Hola... CAPITULO DEDICADO A NUKI... FELIZ CUMPLEAÑOS GENERALAA!!!

Esop... nos vemos abajooooo (ya saben ke ni los perosnajes ni la historia me pertenecen asi ke no joda)


Cielo y Tierra

Nueve

Goei Hiruma sabía cómo hacer ha­blar a la gente. En primer lugar, la cuestión era ser consciente de que, tras de una capa de digni­dad y discreción o incluso de reticencia, lo que la gente realmente quería era hablar. Cuanto más extraño y sórdido fuera el asunto, más ganas de charlar tenían.

Se trataba de una cuestión de paciencia y per­sistencia, y de dejar de vez en cuando un billete doblado sobre la palma de una mano.

Aquella historia le provocaba tanto interés co­mo deseos de dedicarle tiempo. Volvió la vista atrás, al acantilado de la autopista número 1, don­de una mujer desesperada había simulado su pro­pia muerte. Era un lugar pintoresco: mar, cielo y rocas. Se imaginó unas fotografías austeras en blanco y negro de efecto dramático.

Ya no pensaba simplemente en un reportaje en una revista. Goei había subido el listón hasta plantearse la idea de escribir un libro jugoso, un li­bro de gran éxito.

La semilla de aquella ambición se había sem­brado el día de su primera visita a Seta. Pensó que era raro que no se le hubiera ocurrido antes; que no se hubiera dado cuenta de lo ansioso de fama y de fortuna que estaba.

Otros ya lo habían hecho antes que él: habían volcado sus conocimientos o sus aficiones en libros con cubiertas satinadas y con grandes ventas. ¿Por qué él no?

¿Por qué estaba malgastando su tiempo y sus habilidades, que eran considerables, en revistas donde le pagaban por el número de líneas redacta­das? En lugar de tener que perseguir a Larry King para que le concediera una entrevista, ahora sería Larry King quien le buscara a él.

Una voz en su interior, que hasta entonces ig­noraba que existiera, le susurraba todo el tiempo¡A cobrar!

Y eso es lo que se disponía a hacer.

Empezó a seguir el rastro de Misato Seta, ahora Misao Makimashi, juntando pequeños re­tazos de información, especulaciones y hechos pro­cedentes de los archivos policiales.

Mantuvo una interesante conversación con un hombre que aseguraba haberle vendido a Misao la bicicleta de segunda mano que había utilizado co­mo primer medio de transporte; y después de ha­cer preguntas en la estación de autobuses de Car­mel consiguió confirmar la descripción de la bici. Misato Seta había iniciado su largo viaje pe­daleando sobre una bicicleta azul de seis marchas.

La imaginó subiendo y bajando colinas.

Llevaba peluca, según algunos pelirroja, según otros castaña. Él se decantaba por ésta última, seguro de que su intención había sido pasar desaper­cibida.

Había empleado más de dos semanas en rastrear y volver a rastrear, chocando contra un muro de fal­sas pistas, hasta que consiguió su primer premio gordo en Dallas, donde Misao Makimashi había alquilado una habitación con cocina en un motel ba­rato y se había empleado como pinche en un bar mugriento.

Se llamaba Lidamae, según se leía en la placa que llevaba prendida sobre el uniforme de color rosa fuerte. Había servido mesas durante treinta años, y suficientes tazas de café como para llenar el maldito Coito de Méjico. Se había casado dos ve­ces y había echado a patadas en sus perezosos culos a dos hijos de puta.

Tenía un gato llamado Bola de Nieve; no había terminado el bachillerato, y hablaba con un deje de Tejas tan agudo como para cortar diamantes.

A Lidamae no le importaba dejar de lado sus obligaciones un momento para hablar con un periodista. Además no vaciló en aceptar la oferta de un billete de veinte dólares por su tiempo y las molestias. Escondió el billete donde se supondría que lo haría: en la copa de su generoso sujetador.

Respondía tan perfectamente a la típica ima­gen de la camarera, con su pelo rubio platino pei­nado en enorme cascada, el intenso azul de la som­bra de ojos que cubría sus párpados casi hasta las cejas, que Goei se preguntó quién podría hacer su papel en la película que se rodaría basándose en el libro.

—Yo le dije a Tidas, Tidas dirige la cocina, que había algo raro en aquella chica. Algo espeluznante.

—¿Qué quieres decir con espeluznante?

—Su forma de mirar, una mirada de conejo, asustada de su propia sombra. Siempre vigilando la puerta, además. Por supuesto, me di cuenta de que estaba huyendo —con un gesto de asenti­miento satisfecho Lidamae sacó un paquete de Camel del bolsillo de su delantal—. Las mujeres no­tamos estas cosas a nuestra manera. Mi segundo marido intentó patearme una o dos veces —expul­só el humo como si fuera su aliento—, pero, fue su culo el que acabó pateado. El hombre que me le­vante una mano haría bien en contratar un buen seguro, porque iba a pasar una buena temporada en el hospital.

—¿Alguna vez le preguntaste algo al respecto?

—Esa no diría ni mu —resopló al tiempo que lanzaba por la nariz una nube de humo como si fue­ra un dragón—. Siempre guardando las distancias. Hacía su trabajo, no puedo decir otra cosa, y siem­pre era educada. Una señora, le dije a Tidas, esta Misao es una señora. Llevaba la clase escrita en la ca­ra: delgada como un hilo, con el pelo arreglado de cualquier forma, teñido de castaño poco definido, pero era igual, se le notaba la clase —dio otra calada al cigarrillo y lo sacudió—. No me sorprendí lo más mínimo cuando vi el reportaje en las noticias —con­tinuó—. La reconocí enseguida, aunque en la foto­grafía que enseñaron, iba muy arreglada y era pelinegra.

Lo comente con Suzanne... Suzanne y yo estába­mos haciendo el turno de comidas, le dije: «Suzanne mira quién sale en la televisión»; en aquella de ahí, la que está encima de la barra —señaló la televi­sión para más información de Goei—. Le dije: ésa es la pequeña Misao que trabajó aquí unas sema­nas el año pasado. A lo mejor Suzanne se quedó de piedra, pero a mí no me sorprendió.

—¿Cuánto tiempo trabajó aquí?

—Pues serían unas tres semanas. De repente un día no apareció en su turno. No volvimos a ver­le el pelo hasta el reportaje en las noticias de la te­levisión. Déjame decirte que Tidas se cabreó. Esa chica sabía cocinar.

—¿Vino a verla alguien alguna vez¿Hubo al­guien que le prestara más atención de la normal?

—Nadie. De todas formas pocas veces sacaba la cabeza de la cocina.

—¿Tú crees que Tidas me dejará ver los con­tratos laborales?

Lidamae dio una última calada a su cigarrillo, mientras estudiaba a Goei a través de una nube de humo azul.

—Preguntar no hace daño¿verdad?

Le costó otro billete de veinte dólares ojear el papeleo, pero le consiguió la fecha exacta de la partida de Misao. Con ese dato y un cálculo aproxi­mado de los ahorros de Misao, Goei se lanzó a explorar la estación de autobuses.

Le siguió la pista hasta El Paso, donde casi la perdió, si no es porque se topó con un hombre que le había vendido un coche.

Siguió su rastro día a día, leyó una y otra vez, cada artículo, entrevista, informe o comentario aparecidos a raíz de la detención de Seta.

La chica había trabajado en comedores de es­cuelas, en restaurantes de hoteles y cafeterías, permaneciendo en cada lugar no más de tres semanas, durante los seis primeros meses de su viaje. Pare­cía que había hecho el recorrido sin ton ni son.

Goei dedujo que aquél había sido precisa­mente el propósito. Misao se había dirigido al sur, luego al este y después, siguiendo de nuevo sus propias huellas, se encaminó de nuevo al norte. Aún así, con el tiempo se había marchado hacia el este otra vez.

Aunque no otorgaba gran credibilidad a la opi­nión que Lidamae tenía sobre su propia perspicacia, encontró un hilo conductor en las entrevistas a patrones y compañeros: Misao Makimashi era una señora.

¿Qué más era? Le correspondía juzgarlo por sí mismo. Tenía que encontrarse con ella cara a cara. Pero antes, quería más: quería la historia de Soujiro Seta.

Sin saber que su vida estaba siendo examina­da minuciosamente en aquel mismo instante, Misao aprovechó su día libre y la mejora del tiempo.

El deshielo de febrero trajo una falsa sensación de primavera y una temperatura que no requería más abrigo que una ligera chaqueta.

Se llevó a Lucy a dar un paseo a la playa y ju­gueteó con la idea de ir al pueblo y comprar algo insensato e innecesario. El hecho de que pudiera hacerlo era uno de sus milagros cotidianos.

De momento, se contentaba con la playa, el mar y la gran perra negra. Mientras Lucy se diver­tía cazando gaviotas, Misao se sentó en la arena y contempló las olas.

— Tienes suerte de que esté de buen humor, porque si no debería abrirte un expediente por te­ner al perro suelto.

Misao alzó la mirada mientras Megumi se dejaba caer a su lado.

—También deberías abrir otro para ti. Esta mañana cuando habéis salido las dos a correr, tampoco he visto que cogieras una correa —respondió Misao.

—Esta mañana utilicé la correa invisible. —Megumi se rodeó con los brazos las rodillas que tenía levantadas—. ¡Dios mío¡Qué día! Me gustaría que hubiera cientos como éste.

—Ya lo sé. Yo no he podido quedarme en casa. La lista de lo que tengo que hacer es tan larga co­mo tu brazo, pero me he escapado.

—La lista seguirá estando ahí.

—Tendrá que esperar.

Como vio que Misao continuaba mirándola fija­mente, Megumi se bajó las gafas de sol y la escudriñó por encima de ellas.

—¿Qué ocurre?

—Nada. Pareces... contenta contigo misma —sentenció Misao—. No te he visto demasiado en las últimas dos semanas, pero cuando nos hemos encontrado parecías algo ensimismada.

—Ah¿sí? Bueno, la vida es bella.

—Ya, ya. Has estado con Sanosuke Sagara.

Megumi deslizó sus dedos por la arena dibujan­do florecillas.

—¿Ésta es tu forma educada de preguntarme si lo estamos haciendo?

—No —Misao esperó un instante antes de con­tinuar—. Pero bueno¿lo habéis hecho?

—No, todavía no —Megumi se inclinó hacia atrás satisfecha y apoyó los codos en la arena—. Me está divirtiendo esta etapa presexual más de lo que nunca pude imaginar. Sobre todo porque siempre he creído que si ibas a bailar, pues llegabas y a bailar. Pero...

—Un romance es un baile, de alguna manera.

La mirada de Megumi fue rápida y cortante.

—Yo no he dicho que estemos teniendo un ro­mance de los de corazones, flores y miradas de cor­dero. Es un hombre interesante con el que salir, na­da más... cuando no está buscando fantasmas, claro. Ha estado en todas partes. Quiero decir en lugares de los que yo ignoraba su existencia. —Recordó que incluso sabía cuál era la capital de Liechtenstein—. ¿Sabías que se licenció con dieciséis años? —conti­nuó—. Eso es ser inteligente¿no? A pesar de todo eso es una persona normal. Le gusta el cine y el béis­bol. Quiero decir que no va de listillo...

—No es un intelectual snob —corrigió Misao, divertida.

—Eso es. Le gusta Rocky y escucha música normal. Es como si tuviera una enorme capacidad intelectual que le permitiera usar las fórmulas de la gravedad, y a la vez disfrutar de una buena teleco­media. Además, en el agua, a la que es muy aficiona­do, demuestra estar en una forma excelente, aunque a veces, en tierra firme, puede llegar a pisarse sus propios pies. Es encantador.

Misao abrió la boca para añadir algo al respecto, pero Megumi ya se había lanzado de nuevo.

—La verdad es que es un loco de la electróni­ca, pero muy hábil. Me arregló los auriculares cuando ya iba a tirarlos. El otro día además... —frunció el ceño cuando vio la amplia sonrisa de Misao—. ¿Qué ocurre ahora?

—Estás completamente colada.

—Por favor... ¡Menuda expresión! —soltó un bufido y cruzó las piernas por los tobillos—. Com­pletamente colada. ¡Jesús!

—Es la expresión perfecta para lo que estoy viendo. Y además pienso que es maravilloso.

—No te subas al barco del amor, Misao. Esta­mos bien juntos y punto. Después nos acostare­mos y seguiremos juntos. Continuaremos lleván­dolo amistosamente hasta que no me cuelgue el cartel de bruja del cuello. Entonces volverá a Nue­va York y escribirá su libro, o su reportaje, o lo que sea. No estamos enamorados.

—Puedes decir lo que quieras, pero en todo el tiempo que llevo en Tres Hermanas, nunca te he visto pasar tanto tiempo con alguien, ni estar tan feliz.

—O sea, que me gusta más que la mayoría de los hombres, que es el que más me atrae... —dijo Megumi enderezándose de nuevo y encogiéndose de hombros.

—Totalmente enamorada —murmuró Misao entre dientes.

—Cállate.

—¿Por qué no le invitas a cenar?

—¿Qué?

—Tráelo esta noche a casa a cenar.

—¿Por qué?

—Porque voy a preparar el plato favorito de Aoshi y habrá comida de sobra.

—¿Vas a preparar carne a la cazuela? —A Megumi se le hizo la boca agua.

—Estoy convencida de que a Sano le gustará tomar algo hecho en casa en lugar de comida preparada, cenar en un restaurante o calentarse algo de lo que yo vendo —Misao se puso de pie y se sacu­dió la arena de los pantalones.

—Desde luego, le gusta comer. Misao, no estás intentando hacer de casamentera¿verdad?

Misao abrió sus ojos verdes con aire de inocencia.

—Por supuesto que no. Dile que venga a las seis y media y avísame si no le viene bien.

Dio unas palmadas llamando a Lucy y se diri­gió a casa.

Tenía mucho que hacer en poco tiempo.

—No estoy preparando ningún encantamiento —declaró Misao.

Kaoru inclinó la cabeza y sonrió dulcemente a Misao que fruncía el ceño frente a la patata que esta­ba pelando.

—¿Entonces por qué me has pedido que vinie­ra y que comentáramos tus planes para la cena de esta noche? —preguntó Kaoru.

—Porque admiro tu buen gusto.

—Busca otra excusa.

—Porque conoces a Megumi mejor que yo.

—Continúa.

—De acuerdo. —Misao tomó rápidamente otra patata, mientras hacía una mueca de disgusto—. No vale un conjuro, eso no estaría bien... ¿verdad? —aña­dió al tiempo que miraba por el rabillo del ojo.

—No, no estaría bien. Ninguna de las dos par­tes te ha dado permiso, a lo que hay que añadir que interferir en la vida privada de alguien es cruzar la línea.

—Lo sé —Misao hundió los hombros un mo­mento—. ¿Incluso cuando te guía la mejor de las intenciones? —dejó la pregunta en el aire, aunque sabía la respuesta—. Se la ve tan feliz. Tú lo has comprobado. Está como en ebullición.

—¿La ayudante Shinomori en ebullición? Daría di­nero por verlo —Kaoru rió entre dientes.

—Pues sí, lo está y resulta adorable verla. Lo que quiero es sólo darle un pequeño empujón, pe­ro sin meter por medio ningún hechizo —añadió rápidamente, antes de que Kaoru pudiera hablar—. Una cena agradable en familia, añado un poco de esto, un poco de aquello, lo justo para que vean más claro. Algo que reduzca un poco las barreras, un poco nada más.

—¿Y si ven lo que necesitan ver y sienten lo que necesitan sentir en ese momento¿Podrás es­tar segura de que tu... empujón no va en la direc­ción equivocada?

—¡Eres muy frustrante cuando te pones prác­tica! Es peor que cuando tienes razón. Es muy du­ro no utilizar lo que se tiene para ayudar.

—Los poderes son un asunto muy delicado. Si no fuera así, perderían su significado. Tú misma estás enamorada. Todavía estás en pleno apasiona­miento, y te gustaría ver a todo el mundo emparejado, a gusto y contento. No todo el mundo consi­gue lo que tenéis Aoshi y tú.

—Si hubieras oído cómo hablaba de él sin ce­sar, antes de cerrarse en banda. —Misao limpió la verdura que había pelado a la vez que sacudía la cabeza—. Está a punto de enamorarse de él y no es consciente.

Kaoru se permitió un instante de envidia y de sa­tisfacción al pensar que su amiga de la infancia había caído.

—Si no lo sabe y tú le ayudas a darse cuenta de lo que quizás está ocurriendo en su interior, puede echarse para atrás antes de caer. Sería muy propio de ella.

—Tienes razón otra vez. Me fastidia. Dime qué te parece Sano. Has hablado con él más que yo —le pidió Misao.

—Creo que es un hombre muy inteligente, muy astuto y muy centrado. No está presionando a Megumi con su investigación porque sabe que ella se mostraría reacia a entrar en ese tema. Por eso da vueltas a su alrededor —Kaoru se dirigió hacia el bo­te de las galletas y se inclinó sobre él—. Un trozo de chocolate. ¡Estoy perdida!

—Eso resulta un tanto calculador. —Automá­ticamente, Misao fue hacia la tetera para preparar un té para que Kaoru tomara con las galletas—, si la está utilizando...

—Espera —Kaoru levantó un dedo, mientras co­mía galletas—. Por supuesto que la está utilizando. Eso no siempre está mal. Megumi no le deja ser di­recto, por lo tanto tiene que dar rodeos. ¿Acaso Sano debería ignorar lo que es Megumi, sólo por que ella lo haga, Misao?

—Lo que no está bien es que se entretenga con ella y juegue con sus sentimientos —respondió

Misao.

—Yo no he dicho eso, y además no creo que sea así. Sano está demasiado bien educado. Creo ade­más que, aparte de ser atractivo, es buena persona.

Misao asintió.

—Sí, yo también lo creo.

—Me imagino que se siente atraído por ella, a pesar de que sea brusca, irritante y cabezota.

—Eso tiene sentido —dijo Misao, y asintió con la cabeza—. Te preocupas mucho por ella a pesar de lo ocurrido entre vosotras.

—Eso fue hace tiempo —dijo Kaoru de forma inexpresiva—. El té está hirviendo.

—A ella le importas. Os importáis mutuamen­te, da igual lo que haya sucedido entre vosotras —Misao se giró para ocuparse del té y no vio la ex­presión emocionada de Kaoru.

—Tendremos que solucionarlo las dos, una y otra. Hasta que Megumi no acepte quién es, qué es y lo que se espera de ella, no podrá abrirse a lo que tú tienes. Tú sentiste miedo. Lo mismo le ocurre a ella. Lo mismo nos sucede a todas.

—¿De qué tienes miedo tú? —Misao se dio la vuelta tan pronto como formuló la pregunta—. Perdona, pero cuando te miro sólo veo seguridad, una increíble confianza en ti misma.

—Tengo miedo de que mi corazón se rompa por segunda vez, porque no creo que pudiera superarlo. Prefiero vivir sola que arriesgarme a sufrir.

Aquella exposición de los hechos, que contenía una sencilla verdad hizo que a Misao se le encogiera el corazón.

—¿Tanto le amabas?

—Sí—Kaoru pensó que dolía solamente decirlo, tanto como siempre le había dolido—. No existían barreras entre él y yo, por eso creo que puede ser peligroso darle un empujón a Megumi. Sanosuke Sagara forma parte de su destino.

—¿Tú lo sabes?

—Sí, y verlo no significa interferir. Están co­nectados el uno al otro. Pero lo que hagan al respecto, las decisiones que adopten, son sólo de su incumbencia.

No se podía discutir la lógica de Kaoru. Pero... no existía ninguna razón para no escoger velas rosas para la mesa. Ni se las dedicaba a ellos, ni pretendía hechizarlos. Era pura coincidencia que el color rosa fuera el utilizado para los encanta­mientos.

Misao había colocado ya un bote con romero en el alféizar de la ventana, para cocinar, por supuesto, y para absorber la energía negativa de paso. Era cierto que era la planta que se utilizaba normal­mente en los hechizos de amor, pero eso no venía al caso.

Tampoco la rosa de cuarzo que había colocado en un cuenco, ni la amatista de cristal que estimu­laba la intuición.

No pretendía poner en marcha una batería de sortilegios.

Colocó la vajilla de porcelana de la abuela de Aoshi y Megumi, los candelabros de plata que había encontrado unas semanas antes y que había limpia­do hasta dejarlos relucientes, un mantel de encaje antiguo, regalo de bodas, y un centro de lirios del valle con el que alejar la melancolía del invierno.

Las copas de vino, otro regalo de bodas, tenían la base de color granate y pensó que combinaban bien con el rosa pálido de las velas y con los capu­llos de rosa pintados en la vajilla.

Estaba tan absorta contemplando el resultado que dio un brinco cuando Aoshi se acercó hasta ella y la abrazó por la cintura.

—Muy bonito —Aoshi rozó su pelo con los la­bios—. No había visto la mesa puesta así desde... Déjame pensar... Nunca la he visto así.

—Quiero que todo esté perfecto.

—No me imagino cómo podría estar mejor, ni oler tan bien. Cuando he pasado por la cocina casi caigo de rodillas. ¿Cómo es que Megumi no te está ayudando¿Es su cita, no?

—La he echado hace media hora. Me estaba molestando, como tú ahora —se volvió y le besó con suavidad.

—Pensé que necesitarías que alguien probara esos pequeños canapés que tienes en la cocina.

—No.

—Demasiado tarde, están riquísimos —Aoshi sonrió abiertamente.

—Aoshi. Maldita sea, los tenía ya colocados.

—Los he movido todos no he dejado ni un hueco —contestó mientras la seguía a la cocina.

—No pongas tus dedos en la comida o te los cortaré y prepararé un estofado de buey y bolas de masa con lo que quede de ellos.

—Misao, cariño, eso es realmente horrible.

—No te enfades. Deja que te mire. —Misao dio un paso atrás y le miró de arriba abajo—. ¡Que guapo estás sheriff Shinomori!

Aoshi enganchó un dedo en el cinturón de los pantalones.

—Ven aquí y repítelo.

Misao obedeció y en el momento que levantó su boca hacia la de su marido oyó que llamaban a la puerta.

—Aquí está —dijo Misao; se apartó de Aoshi y se quitó el delantal.

—Oye, vuelve aquí. Megumi puede abrir la puerta.

—No, no puede. Tiene que hacer una gran en­trada. Oye, pon música o algo —pidió haciéndole señas con la mano, mientras se apresuraba.

Sano traía vino y flores, ganándose así la apro­bación de Misao. Rozó tres veces la mano de Megumi, que Misao contara, mientras degustaban los aperiti­vos en el salón.

Se encontraban cómodos, como ella había querido, y el ambiente era agradablemente infor­mal, tal y como había planeado. Además, ver jun­tos a aquellos dos le hizo sentir una agradable sen­sación de bienestar. Cuando se sentaron en el comedor a cenar Misao se daba palmadas de felicita­ción a sí misma en la espalda.

—De todos los lugares que conoces¿cuál es tu preferido? —le preguntó a Sano.

—Mi favorito es siempre aquél en el que estoy, y creo que Tres Hermanas es una parte del mundo perfecta.

—Y sus habitantes son lo suficientemente agradables —añadió Aoshi.

—Lo son. —Sano le hizo un guiño a Megumi, mientras comía el asado—. La mayoría.

—Esta temporada hemos convencido a la gen­te para que no se coman a los misioneros y exploradores, por lo menos no a la mayoría —Megumi se ensañó con una patata.

—Mejor para mí. He tenido un par de entre­vistas interesantes, con Lulú y los Maceys.

—¿Has hablado con Lulú? —interrumpió Megumi.

—Humm, era una de las primeras de mi lista. Vive aquí desde hace mucho tiempo, pero no ha nacido en la isla, y además está su estrecha relación con Kaoru. Me intriga la forma tan fácil, casi relajada en que Lulú acepta lo extraordinario. Asume los dones de Kaoru de la misma manera que otra perso­na asumiría el color de pelo de sus hijos. Para ti debe ser distinto —le dijo a Misao—, ya que cono­ciste tus poderes en edad adulta.

—Supongo. —A Misao no le importaba hablar de ello. De hecho, pensó que podría disfrutar discutiendo todo el asunto desde un punto de vista intelectual, científico, pero reconoció signos de alarma en la rigidez de los hombros de Megumi—. ¿Más asado? —preguntó alegremente.

—No, gracias. Está estupendo. Aoshi, me pre­guntaba si podría concertar una cita contigo. Conocer tu perspectiva, la de alguien que ha vivido aquí toda su vida y que está casado con una perso­na con un considerable don.

—Por supuesto. Tengo un horario bastante flexible. —Aoshi no era ajeno a las reacciones de su hermana, pero consideraba que era un problema suyo—. Te darás cuenta de que la mayoría de nosotros no pensamos en la historia de la isla conti­nuamente. Lo reservamos para los turistas. La ma­yoría de nosotros simplemente vivimos aquí.

—Esa es una de las cosas que me interesan. Vi­vís con ello, os ocupáis de vuestros asuntos y lleváis una vida normal.

—Somos normales —dijo Megumi con suavidad.

—Exacto —Sano levantó su copa de vino y es­tudió a Megumi Fríamente—. Los poderes no alteran, no deben alterar, las necesidades humanas bá­sicas: hogar, familia, amor, seguridad económica. La relación tan cercana, de tipo familiar, que exis­te entre Kaoru y Lulú, por ejemplo, no se basa en lo que es Kaoru, sino en su forma de ser —Sano miró a Aoshi antes de continuar—. No creo que te hayas casado con Misao porque sea una bruja o a pesar de ello, sino porque es Misao.

—Cierto. Además hay que tener en cuenta su guiso de carne.

—No hay que descartar nada. Las emociones fuertes alimentan los poderes. Yo mismo me he sentido muy afectado por la cocina de Misao desde la primera vez, que probé un plato de su sopa.

Aoshi rió entre dientes, mientras servía vino a todos.

—Menos mal que yo la vi primero —bromeó.

—El sentido de la oportunidad es crucial. Si Lulú no hubiera llegado cuando lo hizo, no habría tenido un papel fundamental en la educación de Kaoru. Si estoy en lo cierto, Misao, si tú no hubieras en­trado en la librería en el preciso momento en que la jefa de cocina se despedía, quizás no hubieras co­nectado como lo hiciste, o no de la misma forma. Y esa conexión nos lleva a tu relación con Aoshi y con Megumi, y de manera un tanto tortuosa a mí.

—Yo no tengo nada que ver con todo eso —la voz de Megumi continuaba siendo suave, pero también se notaba que estaba a punto de estallar.

—Es tu elección —contestó Sano con tranqui­lidad—. Las elecciones son otra de las claves. En cualquier caso, como estás poco dispuesta a ense­ñarme la isla cuando estoy trabajando, quería preguntarte sobre un sitio de la parte sur. Hay una ca­sa grande, antigua, con muchos árboles de pan de jengibre y una gran terraza cubierta. Está justo en­cima de una ensenada de piedra. Hay una cueva pequeña impresionante.

—La casa de los Himura. Son los propietarios del hotel —le explicó Megumi secamente.

—Parece que está vacía —continuó Sano.

—Ya no viven allí. Lo alquilan de vez en cuan­do en estas fechas y en temporada. ¿Por qué te interesa? —quiso saber Megumi.

—Primero, porque es un lugar precioso y una casa antigua muy bonita. Y segundo porque he sacado lecturas especialmente intensas en aquella zona. —Sano vio cómo Megumi echaba una rápida y fugaz mirada a su hermano—. No sé mucho sobre los Himura. Los he incluido en mi informe, por su­puesto, pero nadie parece tener mucho que decir sobre ellos. ¿Desde hace cuánto tiempo no vive nadie de la familia en la casa?

—Desde hace más de diez años —contestó Aoshi; Megumi permanecía callada—. El señor Himura o alguna persona de su entorno van de vez en cuando para echar un vistazo, pero viven en el hotel.

—Es una pena que una casa tan bella perma­nezca vacía. ¿Acaso está encantada? —preguntó Sano.

Aoshi frunció los labios al oír los sordos mur­mullos que su hermana estaba emitiendo.

—No que yo sepa.

—¡Qué pena! —dijo Sano sintiendo lo que de­cía—. ¿Y con respecto a la cueva? Tengo las lecturas más intensas allí.

—La cueva es una cueva —soltó Megumi, sintien­do que se le encogía el corazón, cosa que le fastidiaba

—Íbamos allí cuando éramos niños, para jugar a los piratas y al juego del tesoro —explicó Aoshi—. También la utilizaban las parejitas de adolescentes —se detuvo de golpe como si hubiera dado en el blanco.

Kenshin Himura y Kaoru. Una vez fueron adolescen­tes y seguramente la cueva fue su refugio. Al mirar el rostro de su hermana se dio cuenta de que ella lo sabía, y estaba intentando proteger la intimidad de una amiga.

—No me sorprendería que tu equipo estuviera grabando todas aquellas hormonas sueltas ¿Qué hay de postre, cariño? —finalizó Aoshi alegremente.

Al darse cuenta de que algo estaba pasando, Misao se levantó.

—Lo traeré. Megumi¿te importa echarme una mano?

—No, por supuesto —Megumi, molesta, se levan­tó de la mesa y se dirigió a la cocina a toda prisa.

—¿Qué ocurre? —le preguntó Misao—. ¿Qué es lo que no quieres contar de la casa de los Himura?

—No es más que una casa antigua.

—Megumi no te puedo ayudar si no sé de qué se trata.

Su cuñada recorrió la cocina con las manos en los bolsillos.

—Kenshin y Kaoru fueron novios —dijo Megumi.

—Eso ya lo sabía. Él se marchó y nunca ha vuelto. A ella todavía le duele.

—Sí, y Kaoru ha debido pasar las penas del infier­no por su culpa —Megumi se inclinó para acariciar a Diego, el gato, a la vez que soltó un suspiro—. Fueron amantes. Kaoru y yo todavía... éramos... amigas. Sabíamos todo la una de la otra. La prime­ra vez que estuvo con Kenshin, la primera vez que estuvieron juntos fue en la cueva. Era uno de sus lu­gares de encuentro.

—Ya veo.

—Para Kaoru todavía es una herida abierta y no necesita que ningún gilipollas se dedique a hacer preguntas y lecturas de energía.

—Megumi¿no crees que si Sano lo supiera in­tentaría remover este delicado asunto lo menos posible?

—No sé qué pensar de él —Megumi, disgustada, se enderezó—. En un momento determinado es un chico encantador, y al siguiente está intentando sonsacar cosas mientras se zampa tu carne asada. No debería venir aquí como un invitado y presio­naros a ti y a Aoshi.

—Yo no me siento presionada. —Misao sacó un pastel de crema de la nevera—. Siento que te moleste Megumi, pero ya había decidido entrevistarme con Sano. Me interesa su trabajo y quiero contri­buir en su investigación.

—¿Quieres ser una de sus ratas da laboratorio?

—Yo no me siento así. No me avergüenzo de lo que soy y no me asusta lo que he recibido. Ya no.

—¿Crees que yo tengo miedo? —Megumi esta­lló—. Todo es una mierda, una mierda tan grande como esa idiotez de proyecto suyo. Yo no quiero tener nada que ver. Tengo que salir de aquí.

Giró sobre sus talones y salió apresuradamente por la puerta trasera.

No era capaz de pensar, pero sí era consciente de que tenía que deshacerse de su rabia antes de que pudiera hacer o decir algo de lo que se arre­pintiera. Lo que Misao hiciera era asunto suyo, in­tentó convencerse, mientras corría escaleras abajo hacia la playa bañada por la plateada luz de la luna llena. Si Misao quería exhibirse, exponerse a los co­mentarios, al ridículo y a no se sabe qué más, tenía derecho a hacerlo.

—¡Ni hablar! —gritó Megumi golpeando la are­na como si quisiera hundir la playa entera.

Lo que Misao dijera o hiciera tenía una relación directa con ella. Era inevitable. No sólo porque es­taban emparentadas por su matrimonio, sino tam­bién porque estaban conectadas.

Y eso lo sabía el hijo de puta de Sanosuke Sagara.

La estaba utilizando para llegar a Misao, y utili­zaba a Misao para llegar a ella. Había sido una estúpida bajando la guardia en las últimas semanas. Una estúpida. Y no había nada que odiara más que darse cuenta de que se había comportado como una imbécil.

Se volvió al escuchar ladridos, en el momento en que una gran sombra negra emergía de la oscuridad. Lucy con toda su vitalidad le dio un golpetazo en la espalda.

—¡Maldita sea! Lucy.

—¿Te has hecho daño¿Estás bien? —Sano llegó corriendo tras la perra y quiso ayudar a Megumi a levantarse.

—¡Suéltame!

—Estás helada. ¿Se puede saber qué demonios te ocurre para salir corriendo sin abrigo? Toma. —A pesar de que le golpeaba las manos, Sano con­siguió ponerle la chaqueta que le había dado Misao.

—Perfecto. Ya has hecho tu buena acción del día. Ahora ¡lárgate!

—Posiblemente tu hermano y Misao estén acos­tumbrados a tus repentinas demostraciones de ma­la educación —Sano notó el tono cortante de su propia voz, pero el aspecto obstinado y testarudo del rostro de Megumi le hizo comprender que se lo merecía—. Sin embargo, quiero una explicación.

—¿Maleducada yo? —dijo ella utilizando am­bas manos para apartarle—. ¿Tienes la desfachatez de llamarme maleducada después del interrogato­rio de la cena?

—Yo lo llamaría conversación y no interroga­torio. ¡Espera! —sujetó a Megumi por los brazos, mientras Lucy moviéndose les estorbaba conti­nuamente queriendo jugar—. Tú no quieres cola­borar conmigo en mi investigación y yo no te he presionado. Eso no significa que yo no vaya a ha­blar con nadie más.

—Has caído sobre Misao, y sabes que eso me in­volucra. Has hablado con Lulú, y bien que le has preguntado sobre mí.

—Megumi. —Paciencia, se dijo a sí mismo, no estaba simplemente enfadada, estaba asustada—. Nunca dije que no haría preguntas. Lo que no hago es preguntarte a ti. Si quieres controlar lo que te ata­ñe, entonces dirígete a mí. En caso contrario, tendré que utilizar lo que me llega por terceras personas.

—Todo esto es para acorralarme.

Era un hombre paciente por naturaleza, pero la paciencia tenía sus límites.

—Sabes perfectamente que decir eso es insul­tarnos a los dos. O sea que mejor te lo tragas.

—Mejor...

—Yo tengo ciertos sentimientos hacia ti, lo que complica las cosas, pero intento controlarlo. Dejando eso aparte, tú no eres el centro de todo, Megumi. Sólo eres una parte. Yo puedo trabajar contigo o a tu alrededor. Tú eliges.

—No quiero que me utilicen.

—Yo tampoco pretendo ser el blanco de tus es­tallidos emocionales.

Sano tenía razón, toda la razón y ella vaciló.

—No quiero que me exhiban como a una atracción de feria.

—Megumi —Sano suavizó la voz—, tú no eres un monstruo. Eres un milagro.

—No quiero ser ninguna de las dos cosas. ¿Puedes entenderlo?

—Sí, claro que puedo. Sé muy bien lo que se siente cuando te ven de una de esas dos formas. O de las dos a la vez. ¿Qué puedo decirte? Tienes que ser como eres.

El enfado había desaparecido, no quedaba ni rastro. La había convencido no porque quisiera algo, sino porque lo tenía ya, lo tenía en su corazón.

—Pensé que tal vez no serías capaz de com­prender, y tendría que haber sabido que sí lo eras. Supongo que tener una mente privilegiada es una especie de magia y que no siempre resulta agradable. ¿Cómo lo haces? —preguntó Megumi—. ¿Có­mo consigues mantenerte tan equilibrado?

—Yo no soy... ¡Estáte quieta, Lucy! —Sano se movió, sujetando todavía a Megumi por los brazos cuando la perra ladró y pudo sentir cómo tembla­ba entre ellos. Después vio lo que había captado la atención de Lucy.

Ella permanecía de pie en la playa, igual que la otra vez, y les estaba mirando. Tenía el rostro pálido a la luz de la luna; el viento jugaba con su pe­lo negro; sus ojos parecían relucir en la oscuridad de la noche, profundamente castaños, terriblemente tristes.

La espuma le lamía los pies y los tobillos, pero no mostraba signo alguno de sentir el frío o la hu­medad. Se limitaba a permanecer de pie, mirando y llorando.

—¿Tú la ves? —susurró Sano.

—Yo la veo siempre —Megumi, cansada, se apartó de su lado porque sería demasiado fácil, aterradoramente fácil, refugiarse en él—. Te haré saber qué he decidido cuando yo lo sepa. Además, quiero disculparme por mi mala educación y por mi comportamiento hacia ti, por dificultar las cosas. Pero en este momento... necesito estar sola.

—Te acompaño.

—No, muchas gracias, no. ¡Vamos, Lucy!

Sano permaneció allí, entre dos mujeres, las dos que tiraban de él.

Continuara...


Este capitulo se lo dedike a nuestra generala de las kazukos, nuki, ke hoy ta de cumpleaños... siento no hacerte un mini fics, pero sabes ke no se me da muy bien... En fin... espero ke pases este dia muy bien...
te kero...

beshos a todas las ke postean, espero ke me sigan dejando sus comentarios...

cuidenseeeee...

matta nee