Disclaimer: No soy Jotaká, por lo que nada de esto me pertenece.

Este fic participa en el reto anual "Long Story" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black

Testigo

Capítulo 9

Juntos

Seamus abrió los ojos y se quedó mirando al techo. Su brazo derecho estaba dormido, porque Davis se había quedado dormida con la cabeza sobre él. Cuando volvieron del funeral del señor Davis, la joven le había pedido que se quedara con ella, porque no quería estar sola. Su hermana había vuelto a Escocia con su novia ese mismo día.

Él había aceptado quedarse con ella, aunque no había esperado quedarse dormido a su vez. Había sido extraño ir al funeral de alguien que apenas conocía. De hecho, apenas recordaba haber ido a algún funeral en su vida. A los cinco años lo habían llevado al de su abuelo paterno, pero se había escapado de la iglesia. Y claro, el de Dumbledore. Sonrió al recordar que su madre había querido llevárselo antes de eso, pero él había insistido en quedarse. Nunca se había sentido particularmente cercano al anciano director del colegio, pero perderlo le había parecido el fin de una era.

Se dio acomodó en la cama intentando no despertar a la chica que dormía al lado. Tenía los ojos hinchados de llanto —normal, acababa de perder a su padre—, pero estaba profundamente dormida. Eso estaba bien. Necesitaba descansar. Bill Weasley le había dado un par de días libres, además.

Se quedó mirando el rostro de la muchacha dormida. Era guapa, sí. Con la nariz recta y los labios carnosos. Y esos ojos castaños tan expresivos cuando estaba despierta. Curioso que nunca se hubiera fijado en ella en el colegio, aunque en ese entonces había estado algo encaprichado con Lavender Brown, que a su vez estaba obsesionada con Ron Weasley. Y Tracey estaba en Slytherin. Era una cosa de principios.

Aunque desde que había tenido que convivir con ella, se había dado cuenta de que esa chica tenía mucho que mostrar. Porque era valiente, divertida y apasionada. Y nada de eso lo había visto a primera vista. Si alguien le hubiera dicho que la chica furiosa por tener que cargar con un guardaespaldas iba a derrumbarse con la noticia del ataque en Hogwarts, seguramente no lo hubiera creído. En esos momentos, él la había clasificado como una chica caprichosa y acostumbrada a hacerlo todo a su pinta.

Y lo era.

Y aún así, a Seamus le gustaba más de lo que él quería admitir. Más de lo que era apropiado, también.

Él estaba encargado de protegerla, no de… lo que fuera que fuera eso.

Cuando el juicio hubiera pasado y ya no tuviera que protegerla más, se acercaría y la invitaría a salir. Antes de eso, no podía hacer nada. Estaba absolutamente atado de manos en lo que a ella se refería. Se lo había repetido un millón de veces en los últimos días.

La muchacha se removió en sueños y empezó a desperezarse. Seamus se dejó caer de espaldas mirando el techo de la habitación.

—Oh… te quedaste —musitó ella al verlo a su lado. Su voz era somnolienta y tenía los ojos entrecerrados del sueño que tenía. El pelo castaño estaba revuelto y un mechón le caía sobre el rostro. Y aún así, Seamus quería besarla hasta dejarla sin aire.

—Bueno, me quedé dormido un poco después que tú. Lo siento —dijo él. Quizás le había molestado que se quedara durmiendo ahí. Pero ella sonrió.

—No… Está bien. Gracias…

Durante unos momentos no dijo nada, pero pronto se dio cuenta de que estaba aplastándole el brazo al Auror. Se puso colorada y se levantó de un salto, diciendo algo de tomar desayuno mientras cogía su bata del colgador de detrás de su puerta. Aún llevaba el vestido que se había puesto para el funeral, aunque estaba completamente arrugado. Seamus salió detrás de ella de la habitación.

Emma estaba en la salita tomando una taza de café y leyendo Corazón de bruja. Al verlos salir juntos de la habitación de su amiga levantó una ceja inquisitiva, pero no dijo nada y volvió a fijar la mirada en la revista.

—¿No vas a trabajar hoy? —preguntó a su amiga.

—No, Weasley me dio unos días libres para el duelo —respondió Tracey con una mueca—. ¿Un café, Finnigan?

—Asumo que él también se va a quedar —dijo Emma señalando al Auror.

—Aún no me han sacado del caso —el joven se encogió de hombros y se dirigió a la otra chica—. Sí, gracias, Davis.

Emma alzó nuevamente los ojos de la revista que leía con mucha atención y suspiró.

Sospechaba que la esperaba un día muy largo.

-o-

Harry Potter miró por milésima vez el informe que tenía en las manos. El día anterior, una familia sangre pura había sido hallada muerta en su casa, a las afueras de Cardiff. Eso, sumado a la muerte del señor Davis, ex funcionario del departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas, y al ataque que George había sufrido en pleno Callejón Diagon, había provocado intensas protestas por parte de la población mágica.

Esa estúpida de Skeeter —¿cómo era que seguía trabajando?— había escrito un intenso artículo en que acusaba al gobierno de no escuchar las necesidades de la gente. Según lo que ella escribía, el cuerpo de Aurores estaba abocado a buscar a Mortífagos que ya no existían y no a los responsables de todo lo que estaba pasando.

Harry soltó una maldición entre dientes y dejó el informe sobre la mesa. Aunque él mismo y sus segundos al manos, Warren y Hale, estaban cien por ciento dedicados a los casos de los Caballeros de Nemesis, no habían logrado nada.

Nada de nada.

Todas las pistas que tenían los habían guiados a callejones sin salida. Harry estaba empezando a frustrarse.

Apoyó la cabeza entre sus brazos y soltó una maldición por lo bajo. Necesitaba solucionar eso lo antes posible. La presión pública sobre Kinglsley era cada vez peor y Harry estaba convencido de que en cualquier momento se quebraría.

Maldito Victor Leavitt y sus discursos inflamados. No les estaba haciendo un favor, eso era seguro. De hecho, lo único que había logrado era inflamar aún a los magos y brujas asustados. Harry lo había visto en un par de ocasiones y no dejaba de pensar que era un cabrón arrogante y con un carisma envidiable.

Una combinación peligrosa, ciertamente.

—Potter, te necesitamos en el ministerio. —La voz de Kingsley inundó el despacho de Harry. El joven jefe de Aurores levantó la cabeza y se encontró con un lince plateado frente a él. El patronus del Ministro.

Sin pensarlo dos veces, Harry se Apareció en el despacho de Shacklebolt. En teoría, la Aparición estaba bloqueada en todo el Ministerio, con excepción de la enorme recepción del primer piso. Pero como Jefe de la Oficina de Aurores, Harry podía aparecerse en caso de emergencias en la Oficina del Ministro.

Jamás había visto a Kingsley Shacklebolt así. Parecía disminuido, como si los años le pesaran. Grandes círculos oscuros rodeaban sus ojos, obviamente no había dormido en un par de días. Harry sintió que los hombros le pesaban muchísimo. Shacklebolt parecía derrotado.

A su lado estaba Adelle, su mujer. Alta y delgada, la mujer era un contraste abierto con su marido debido a su palidez y a su cabello rubio. Estaba apoyando una mano en el hombro de su marido, sin decir una palabra. Pero no era necesario que hablara para que Harry se diera cuenta de que estaba haciendo todo lo posible por sostener a su marido.

Otras personas estaban ahí: Percy Weasley, el secretario del Ministro, Hermione Granger y la profesora MacGonagall. Hogwarts había cerrado sus puertas después de los incidentes del fin de semana. La anciana mujer había dicho que los Caballeros de Nemesis habían logrado lo que el mismísimo Voldemort no había podido hacer. Pero los padres estaban aterrados ante el peligro que sus retoños corrían en ese lugar, por lo que se optó por cerrar el Colegio hasta nuevo aviso.

—¿Qué pasa, señor Ministro? —preguntó el joven Auror.

—Están pidiendo mi renuncia por todos los medios disponibles. —Kingsley estaba exhausto—. No puedo seguir así, Harry. Tengo que llamar a un referéndum.

Harry se demoró unos instantes en darse cuenta de lo que implicaban esas palabras. Shacklebolt iba a renunciar.

Y todo indicaba que iban a aclamar a Leavitt como su sucesor.

—No puedes hacer eso —masculló entre dientes. Pero la mirada que su viejo amigo le dirigió le dijo que esa batalla estaba perdida.

—Es la única solución, Harry. —Percy sonaba aún más grave de lo normal. Hermione asintió mientras se mordía el labio.

—¿Y me llamaba sólo para esto? —le preguntó el joven al Ministro dando un golpe en el escritorio—. Para comunicarme que renunciará y que se rendirá. No podemos hacer esto, aún no tenemos cómo detener a los Caballeros de Némesis. ¿Acaso crees que Leavitt va a lograr hacerlo? El Ministro no puede controlar eso, es cosa de Aurores investigar y no hemos llegado a nadie.

—Pero la gente tiene miedo —repuso Shacklebolt alzando las palmas de las manos—. Y si con mi renuncia puedo hacer que se calmen las aguas, es lo que debo hacer. Al menos así la gente se sentirá más segura. Quizás así podremos avanzar en algo.

Harry los miró a todos. Se veían tristes y derrotados, como si supieran que todo por lo que habían trabajado durante los cinco años anteriores no había servido para nada.

Él se sentía igual.

—Yo seguiré órdenes, Ministro Shacklebolt. Mis hombres son leales al Ministerio y la justicia del mundo mágico. Pero que conste que creo que está cometiendo un enorme error.

Los ojos del Ministro le dijeron que él pensaba lo mismo.

Definitivamente, el mundo mágico se había vuelto loco.

-o-

Ya era bastante tarde cuando una nueva lechuza del Profeta tocó la ventana del departamento de Tracey y Emma. La primera, que estaba repantigada en el sillón leyendo una novela, se levantó inmediatamente a abrir la ventana.

—Es una edición especial del Profeta —dijo mientras extendía la porta. Al ver el titular, casi dejó caer el periódico.

MINISTRO SHACKLEBOLT RENUNCIA. LEAVITT ASUME EL PODER.

Tenía que ser una broma. Una broma de mal gusto.

—¿Qué pasa, Davis? —la voz de Finnigan se sintió cerca suyo. Sin decir palabra, le mostró la portada del diario.

—Mierda. —Fue la única reacción del joven. Unos momentos después, Emma entró a la salita.

—¿Llegó una lechuza? —preguntó, pero se vio rápidamente respondida por el animal que aún estaba en el alféizar. Finnigan se acercó al bicho y le puso un knut en la bolsita que llevaba—. ¿Por qué tienes esa cara, Tracey? ¿Qué pasa?

—El Ministro ha renunciado. Y ahora Leavitt está en el poder.

—Joder. —Emma se dejó caer en el sofá—. ¿No se suponía que para elegir al próximo Ministro habrían elecciones?

—Supongo que con el apuro no habrán podido organizar elecciones —dijo Finnigan con el ceño fruncido. Tracey tenía la nariz enterrada entre las páginas del periódico y no dijo nada—. Pero eso de poner a Leavitt ahí sólo puede terminar en un desastre.

Los tres se quedaron en silencio.

—Joder —repitió Emma.

En ese instante, otra lechuza golpeó la ventana. Tracey pensó que tendrían problemas con el resto del edificio por atraer aves de ese tamaño. Aunque un segundo después se dio cuenta de lo ridícula que era su preocupación en esos momentos. Un problema con los vecinos no era nada al lado de todo lo que se les vendría encima.

Esta vez fue Finnigan el que recogió el sobre. Tracey reconoció los envoltorios morados que se usaban en el Ministerio.

—Es para mí —dijo el Auror tras leer el dorso del sobre. Lo rompió sin muchos miramientos y extrajo un papel morado. Tracey pudo verlo juntando las cejas mientras leía. La carta no podía decir nada bueno—. Tengo que presentarme mañana a primera hora en el Ministerio.

—¿Por qué?

—No lo dice aquí, pero supongo que tendrá que ver con el nuevo Ministro.

Trace tragó saliva.

—¿Debería ir contigo? —preguntó.

—No lo creo. Me están citando como Auror, tú no tienes nada que ver en esto.

Tracey sintió el impulso de acercarse a él y tomarle la mano. Él no la rechazó, sino que la estrechó con fuerza.

—Estamos juntos en esto —musitó muy despacio.

Finnigan le sonrió.


¡Shacklebolt terminó por renunciar! Es que se veía venir, ¿no creen? Así que ahora Victor Leavitt es el mandamás del Ministerio y Seamus ha sido llamado para algo. ¿Qué pasará en el próximo capítulo? ¿Se besarán Tracey y Seamus de una maldita vez? Todo eso en la siguiente actualización.

¡Hasta el próximo capítulo!

Muselina