Hola Chicas disculpen la tardanza pero aqui les tengo el penultimo capitulo espero que lo disfruten y gracias por seguirme, no las entretengo mas a leer.


CAPÍTULO 09

—Está bien —murmuró Isabella, antes de inspirar profundamente—. Quizá haya llegado el momento de que te diga algo más sobre T.J. Es algo que he esperado demasiado tiempo para decirte, pero es que tenía miedo de...

Isabella no fue capaz de terminar la frase.

—¿De qué? —la instó él a continuar.

—Bueno, en realidad tengo miedo de tantas cosas... Miedo de perder a las personas que quiero, por ejemplo, aunque eso ya lo sabes.

La expresión de Edward se suavizó. Puso su mano sobre la de ella y se la apretó suavemente. Aquello le dio el valor suficiente para seguir hablando.

—También tengo miedo de hacerle daño a la gente que quiero; y durante todo este tiempo he tenido miedo de hacértelo a ti.

—Bobadas; nada de lo que digas podría hacerme daño —replicó él— Bueno, ¿vas a contarme ese terrible secreto o no?

Ella asintió, y le rogó a Dios que le diera fuerzas. —T.J. no es hijo mío; es hijo de Vicky. Yo únicamente lo adopté.

Edward no dijo nada, pero Isabella notó su mano tensarse sobre la suya.

El silencio se prolongó hasta hacerse casi insoportable. Edward, blanco como la cera, le soltó la mano y se levantó.

—T.J... T.J. es mi hijo —balbució en un hilo de voz, la mirada perdida.

—¡No!

Edward se volvió hacia ella.

—Acabas de decir que es hijo de Victoria —le recordó en un tono acusador—. ¿Cómo has podido ocultarme esto durante todo este tiempo?

—Edward, yo...

—¿Qué? ¿Tú qué?

—Quería decírtelo; pensaba decírtelo.

—¿Cuándo?

—Intenté hacerlo... Intenté decírtelo antes de que...

«Antes de que hiciéramos el amor», habría querido decirle. Sin embargo, ¿cómo podría siquiera pronunciar la palabra «amor» cuando Edward estaba allí plantado mirándola con el rostro desencajado por la ira?

—Tú... tú me robaste a mi hijo.

—¡No!, ¡T.J. no es hijo tuyo!

—¿Por qué te empeñas en decir eso? Acabas de confesarme que es hijo de Victoria —repitió él obstinadamente.

—Edward, yo... habría preferido no tener que decirte nunca esto...

—¿Decirme qué?

—Pues que Vicky...

—¿Qué? ¿Qué más tienes que decir de ella? Habla de una vez, maldita sea.

—Vicky estaba enamorada de mi hermano; James le pidió que se casará con él.

—¿Estaba... enamorada de tu hermano? —repitió Edward, aturdido.

Isabella asintió.

—Para entonces ya había superado su adicción a las drogas. Si no, no se lo habría propuesto.

—¿Y si lo amaba, por qué diablos no se casó con él?

—Porque como te he dicho antes Vicky era muy insegura. Tienes que entenderlo; perdió a sus padres a los nueve años; los cambios la aterraban. Lo que más ansiaba en la vida era tener a su lado a alguien que le diese seguridad. La enfermedad de James le daba muchísimo miedo. No podía soportar la idea de casarse con él para verlo morir. Y entonces te conoció a ti; eras rico y...

Edward se cruzó de brazos.

—¿Estás diciéndome que se casó conmigo por mi dinero?

—No, no es eso; no me has dejado terminar. Eras un hombre rico e influyente, sí, pero también fuerte, con confianza en ti mismo, respetado por los demás. Esas eran las cualidades que Vicky buscaba en un hombre, porque pensaba que al lado de alguien así nada podría salir mal.

—Pero no fue así —le recordó él—. Me dejó cuando apenas llevábamos casados seis semanas. Se marchó contigo sin darme siquiera una explicación. Volvimos del viaje de luna de miel y después se fugó.

Era evidente que aquello no le había sentado nada bien. Isabella imaginaba que para su ego debía de haber sido algo difícil de encajar.

—Debisteis reíros de lo lindo las dos cuando leyerais sobre ello en los periódicos, todo eso que dijeron sobre mí; en una revista se preguntaban en qué clase de monstruo me convertía por las noches para que mi esposa me hubiese abandonado seis semanas después de la boda.

—No tenía ni idea —murmuró ella—. No leíamos los periódicos. James... el cáncer se estaba extendiendo. James había decidido probar con la quimioterapia. Me pidió que se lo dijera a Vicky. La única razón por la que se marchó fue porque James quería verla antes de empezar con el tratamiento. Estaba aterrado —hizo una pausa y suspiró—. Creo que aquel día Vicky maduró de golpe. Se dio cuenta de que no podía seguir enterrando la cabeza en la arena como un avestruz. James la amaba, la necesitaba.

Las lágrimas no le dejaban ver con claridad a Edward. Parpadeó y se pasó el dorso de la mano por los ojos para enjugarlas.

—Yo no creía que fuese a hacer lo que hizo. De hecho James estaba aquí, en Seatle, porque tenía una última consulta con el médico antes de empezar el tratamiento, pero cuando Vicky lo vio...

Su amiga se había sentido muy mal por haber abandonado a James, por haber traicionado su amor, casándose con otro nombre, y también culpable por no haber permanecido a su lado cuando le habían diagnosticado el cáncer. Ese día Vicky había afrontado por fin la realidad, se había dado cuenta de que no podía seguir huyendo, y de que quería permanecer al lado de James durante el tiempo que le quedase de vida. Había una pequeña posibilidad de que pudiese llegar a curarse, y se aferró a eso, optando esa vez por traicionar a Edward y sus votos matrimoniales.

—Los pocos días antes del tratamiento se quedó con James en mi apartamento, y unas semanas después de que James empezara con la quimioterapia descubrieron que Vicky estaba embarazada —Isabella tragó saliva—; parecía un milagro.

—Pero aún era mi esposa —gruñó Edward.

—Y eso era lo único que empañaba la felicidad que sintieron al enterarse de que Vicky estaba embarazada —le dijo Isabella—. Sabían que tendrían que esperar los dos años que establece la ley antes de que Vicky pudiese divorciarse de ti, y James tenía miedo de que para entonces hubiese muerto, así que decidieron vivir el día a día sin preocuparse de nada más. James estaba convencido de que el bebé era una señal de que iba a curarse, de que viviría, pero seis meses después el cáncer había vuelto a su cuerpo y esa vez los médicos no se mostraron muy optimistas. Sin embargo Vicky y James se negaban a rendirse. Estaban convencidos de que James lograría superarlo.

Por desgracia, sin embargo los dos fallecerían antes de que pudiesen saber si James se habría curado o no. El día en que murieron, James llevaba una semana sin demasiadas molestias, faltaba poco para que Vicky saliera de cuentas, y los tres iban a asistir a una fiesta que unos amigos habían organizado en honor de James.

Nadie habría podido imaginar que tendrían un accidente de coche. James había muerto en el acto. Vicky y ella habían sobrevivido, pero al día siguiente de dar a luz en el hospital, Vicky fallecía también. Antes de morir únicamente había tenido tiempo de ponerle por nombre a su pequeño Tyler James, y de firmar un testamento en el que la nombraba su tutora legal.

A Isabella no le habían quedado secuelas del accidente... a excepción de la horrible sensación de ser la única que había sobrevivido.

—Yo... lo entiendo —murmuró Edward—; supongo que yo habría hecho lo mismo, pero no me parece que fuera justo que se marchara como hizo. Me debía una explicación.

Isabella se encogió de hombros y se puso de pie. —Temía que estuvieras enfadado con ella. Creía que irías a buscarla, y había pensado que entonces te lo explicaría todo.

—Lo dudo —replicó él—; más bien habría dejado que fueses tú quien me lo explicases... sólo que nunca fui a buscarla.

—No, en vez de eso le enviaste un acuerdo de divorcio —recordó ella.

—Y también le concedí una generosa cantidad; ¿qué fue de ese dinero? —quiso saber Edward.

Isabella no podía creerse que le estuviese preguntando aquello.

—Ahora forma parte de un fondo a nombre de T.J. en el banco que pasará a su disposición cuando cumpla veinticinco años —le respondió, alzando la barbilla—. Entonces podrás demandarlo si quieres para que te lo devuelva.

—Jamás le haría eso al chico —replicó él, sintiéndose insultado—; no necesito el dinero. Lo que me gustaría saber es por qué Victoria se casó conmigo cuando amaba a otro hombre.

Isabella exhaló un suspiro. —Yo también me he preguntado eso una infinidad de veces. Al principio creía que lo suyo con James no podría funcionar, no cuando él se negaba incluso a hablar del cáncer, a someterse a ningún tratamiento, y quería hacer como si no estuviese enfermo. Además a Vicky la aterraba quedarse sola cuando el muriese, y creo que tenía la esperanza de que con el tiempo llegaría a quererte.

Ella misma se había aferrado a esa esperanza, a la esperanza de que el matrimonio entre ambos funcionaría, porque así al menos habría valido la pena que hubiese sufrido todo lo que había sufrido.

—¿Y tú —inquirió Edward, curioso—, qué pensabas tú de todo eso?

Isabella apartó la vista.

—Las decisiones que Vicky tomó las tomó libremente, sin que yo interviniera en ellas.

—Pero tú no aprobabas que se casara conmigo.

—No, es verdad —asintió ella—; le dije que no debía casarse contigo, que no era justo, pero a ti no podía contarte la verdad. Te había ocultado su relación con mi hermano y yo no era quién para delatarla. Intenté convencerla de que los dos sufriríais si se casaba contigo, pero... —dejó la frase en el aire y se encogió de hombros.

—Es una lástima que ninguno de los dos siguiéramos tu consejo. Yo fui tan estúpido y arrogante, que creí que no querías que me casara con ella porque me querías para ti. No sé cómo no me di cuenta de lo equivocado que estaba; al fin y al cabo cuando empecé a salir con Victoria no volviste a intentar flirtear conmigo ni una sola vez.

—Me temo que eso no es cierto del todo —murmuró Isabella con una sonrisa triste—. ¿Recuerdas el día del ensayo de la ceremonia, la noche antes del día de la boda?

—¿Cuándo me rogaste que no me casara con Victoria? ¿Que los dos lo lamentaríamos? ¿Cuando me negué a escucharte y te lanzaste a mis brazos para besarme? ¿Cómo podría haberlo olvidado?

—Tú respondiste al beso —murmuró ella.

—Habría sido de hierro si no lo hubiese hecho —contestó él—. Aquello debería haberme hecho entrar en razón; pero en vez de eso pensé que me había vuelto loco, que estaba bajo el embrujo de una mujer a la que...

—A la que despreciabas —terminó ella.

—Sí, es verdad, no voy a negarlo —asintió Edward en un tono quedo—, pero también me engañé a mí mismo a ese respecto. En realidad me aterraba ese poder que parecías ejercer sobre mí.

—Y por eso me dijiste que no volviera a acercarme a Vicky después del día de la boda.

Edward se frotó la nuca.

—Creo recordar que te insulté, y no estuvo bien, pero buena parte de esa ira que descargué sobre ti iba dirigida a mí mismo. No podía creerme que hubiera respondido a ese beso, que hubiera sido tan débil como para traicionar a Vicky. Siempre me había considerado un hombre de principios —le dijo—. Pero, a excepción de esa noche, es cierto que no intentaste flirtear conmigo ni una sola vez desde que Vicky y yo empezamos a salir. Y tampoco te mostraste jamás hostil con ella. ¿Por qué?

—Vicky era como una hermana para mí. Jamás podría haberla odiado.

—¿Ni siquiera cuando te quitó al hombre al que deseabas? —murmuró Edward—. Debo decir que admiro tu lealtad. Es una lástima que Victoria no te correspondiera.

—Supongo que nunca llegó a darse cuenta de... bueno, de lo que sentía por ti.

Edward la miró con incredulidad y Isabella enrojeció.

—¿Tan obvio era que me gustabas? —dijo, algo azorada—. Después de que Jacob muriera pensé que no volvería a casarme, pero entonces te conocí a ti y fue como... no sé, saltaron chispas. Era algo que no podía controlar. Pensé que estábamos hechos el uno para el otro.

—Lo siento —murmuró Edward, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano—. Fui muy cruel contigo. Y además hice caso de todos esos rumores que circulaban sobre ti; únicamente creí lo que quería creer.

—Algunos hombres intentaron seducirme —le confesó Isabella—, tanto estando casada con Jacob como cuando murió.

—¿Y los mandaste a paseo?

Ella asintió.

—Pero por desgracia algunos hombres tienen muy mal perder. Supongo que algunos no querían que se supiese que los había rechazado, y comenzaron a inventar historias.

Edward sacudió la cabeza y se pasó una mano por el cabello.

—Dios... Han pasado tantas cosas en los últimos días... Necesito reflexionar sobre todo esto, Isabella; necesito tiempo.

La joven se mordió el labio inferior. Aquél era el momento que tanto había temido. Durante todos esos días había tenido el presentimiento de que el entendimiento que había surgido entre ellos no sobreviviría a la sombra alargada del pasado.

—¿Quieres que T.J. y yo nos marchemos?

—No —contestó él al instante—; no, por supuesto que no. Es sólo que necesito tiempo para reorganizar mis ideas. En estos días me he dado cuenta de que estaba equivocado en muchas de las cosas que pensaba, y también he descubierto cosas de mí mismo que no me agradan demasiado. Necesito tiempo para digerir todo esto.

Isabella bajó la vista. Todo aquello era por ese exacerbado sentido del honor que tenía, se dijo. No podía perdonarse el haber respondido a aquel beso estando prometido a otra mujer; veía aquello como una debilidad, y sin duda estaría convencido de que cada vez que la mirase recordaría cómo le había fallado a Vicky.

—Lo comprendo.

—No, no lo creo —replicó él con un suspiro de frustración—. Escucha, tengo que...

—¡Isabella, ya estamos de vuelta! —se oyó la voz de Alice en el pasillo.

Edward maldijo entre dientes, y segundos después se abrió la puerta del dormitorio.

—Oh, cuánto lo siento —murmuró Alice, llevándose una mano a la boca.

Edward masculló algo en griego y salió de la habitación, dejando aturdida a la pobre Alice.

Isabella acababa de dejar a T.J. dormido en su cama cuando llamaron a la puerta de su habitación. Se apresuró a abrir antes de que volvieran a llamar, y para su sorpresa se encontró con Edward.

—He venido a despedirme.

Por un instante el corazón se le paró a Isabella y sintió que le faltaba el aire.

Edward debió ver el temor en sus ojos porque aclaró:

—Lo digo porque mañana salgo para Los Ángeles por un asunto de negocios y voy a estar fuera dos semanas. ¿Lo recuerdas?

Isabella respiró aliviada. Se había olvidado por completo de aquel viaje. ¿Por qué se había alterado de esa manera?, se preguntó. Quizá porque después de que le hubiera dicho que necesitaba tiempo para pensar se había temido que había ido a decirle que lo suyo había acabado.

—¿Quieres pasar? —lo invitó, haciéndose a un lado.

—No; no tengo tiempo. He venido porque quería darte esto —dijo, tendiéndole un cheque.

Isabella frunció el entrecejo.

—¿Un cheque? ¿Por qué?

—Por todo el trabajo que has hecho hasta ahora. Es mi manera de... bueno, de asegurarme de que seguirás aquí cuando regrese.

—No puedo aceptarlo —respondió ella, devolviéndoselo.

—No seas ridícula; te lo has ganado. Este es el motivo por el que viniste a Seatle.

—No, ése no es el motivo por el que vine —le espetó ella, alzando la voz sin darse cuenta—, pero tú estás tan ciego, que eres incapaz de verlo.

Edward dejó escapar un suspiro, hastiado.

—Está bien; ¿entonces por qué?

—Porque tu madre estaba enferma y tú estabas preocupado por ella.

—Mira, Isabella, no puedo quedarme a discutir ahora contigo; así que toma el cheque y ya hablaremos a la vuelta —le dijo, poniéndoselo de nuevo en las manos.

Isabella lo rompió por la mitad sin mirarlo siquiera.

—Ya te he dicho que no puedo aceptarlo; estaría incumpliendo el contrato que firmamos Vicky y yo al traspasar Dream Occasions.

Edward la miró sin comprender.

—Hay una cláusula restrictiva.

—Pero si traspasaste ese negocio hace casi cuatro años; no puedo creerme que un contrato te impida trabajar en esta ciudad como organizadora de bodas pasados cuatro años.

—Por esa cláusula me comprometía a no trabajar para ninguno de mis antiguos clientes en cinco años, y ese plazo aún no ha prescrito.

—Pero si mi madre nunca fue clienta tuya...

—Tu madre no, pero tú sí porque organicé los preparativos de tu boda.

Edward se quedó callado.

—Así que lo siento, pero no puedo aceptar ningún pago —insistió ella.

—Podrías habérmelo dicho desde un principio.

—Lo hice, te lo repetí una y otra vez, pero tú no me escuchaste.

Edward exhaló un pesado suspiro.

—Parece que siempre te juzgo mal o no te escucho, ¿no es así? —murmuró—. Dios, qué desastre —murmuró, hundiendo el rostro entre ambas manos. Luego las dejó caer y la miró con tristeza—, Las cosas nunca cambiarán, ¿verdad?

—No pasa nada—contestó ella, encogiéndose de hombros.

Edward se quedó mirándola con una expresión inescrutable.

—No es cierto; claro que pasa —murmuró antes de alejarse.

La ausencia de Edward hacía que la casa le pareciese a Isabella terriblemente vacía durante los días que siguieron. De hecho, incluso le costaba concentrarse en el trabajo, pero finalmente llegó a un acuerdo consigo misma: regresaría a Forks a pasar unos días, pero sólo cuando hubiese completado las tareas que se había propuesto para esa semana. Así tendría un objetivo que cumplir.

La primera de esas tareas era hacer la distribución definitiva de los invitados en el banquete. Alice le había dicho que dejaba aquello a su criterio, pero era algo un tanto delicado, y finalmente decidió consultarlo con Esme, a quien encontró en el salón.

—Ah, Isabella... Pasa, pasa —le dijo, dejando a un lado la labor de bordado que estaba haciendo—. ¿Ha salido T.J. con Alice?

Isabella asintió.

—Le encanta ayudar a Alice en el jardín, aunque supongo que no es de extrañar, porque a todos los niños les gusta jugar con la tierra —le dijo junto a ella.

—Es un alivio verlo tan contento; parece que está superando el susto que se llevó.

Isabella asintió y se sentó. —Hum... Esme... hay algo que quería decirte. Dios, ¿por dónde empezar?, se preguntó Isabella.

—¿De qué se trata, querida?

—Pues... verás, necesito un descanso; quiero ir a Forks unos días para ver cómo van las cosas en el negocio, pero no tienes que preocuparte, porque volveré y ultimaré lo que queda de los preparativos de la boda.

—No me preocupa la boda, niña —le dijo Esme—; me preocupa que te vayas y no regreses nunca.

—Pues claro que volveré —le prometió Isabella.

—¿Cuándo te marchas?

—Estaba pensando que saldremos el viernes a mediodía. Así llegaremos a Forks por la tarde—noche.

Esme asintió, como pensativa.

—¿Lo sabe Edward?

—No, pero él va a estar fuera dos semanas y yo sólo estaré una en Forks. Estaré de vuelta cuando él regrese.

Esme suspiró.

—En fin, ¿qué le vamos a hacer?, si tienes que ir no voy a retenerte aquí —dijo finalmente—. Bueno, ¿vas a contarme ya lo de T.J. o no?

Isabella se sintió palidecer.

—¿Lo de... T.J...? ¿A qué te refieres?

—Pues a que cuándo pensabas decirme que no es hijo tuyo.

—¿Tan obvio es? —musitó Isabella— ¿Cómo te has dado cuenta?

Esme sacudió la cabeza.

—Ay, Isabella, Isabella... Exceptuando el pelo castaño y los ojos es la viva imagen de Vicky. Los rizos, la forma almendrada del rostro, los hoyuelos...

—Y entonces... ¿por qué ayer fingiste que creías que era hijo mío... mío y de Edward?

—Porque esperaba que mi hijo abriera los ojos de una vez y se diera cuenta de que tu sitio está a su lado. Si os casarais, tú no perderías a T.J., a quien es obvio que adoras, y T.J. tendría el amor de una madre y de su padre biológico.

—No. Esme, espera un momento —murmuró Isabella. Aquello no iba a resultar fácil, pero tenía que decirle la verdad— Esme... T.J. no es hijo de Edward.

—Por supuesto que sí; tiene los ojos de la familia.

—No, ésos son los ojos de Vicky.

—Ya sé, ya sé que Vicky tenía los ojos verdes, pero no eran de un verde tan intenso; esos ojos idénticos a los de mi marido Carli, que en paz descanse, y a los de mis hijos.

Isabella negó con la cabeza, aturdida.

—No, te equivocas —le insistió tomándola de las manos—. Escucha, sé que esto va a ser un duro golpe para ti, pero Vicky no amaba a Edward. Estaba enamorada... de otra persona.

—No me dices nada que ya no supiera —replicó la mujer.

Isabella la miró, patidifusa.

—¿Lo sabías? Pero... ¿cómo?

—Soy madre, Isabella. Supe desde el primer momento que Vicky no quería a mi hijo... y que él tampoco la quería a ella. Los dos tenían sus motivos para casarse, y ni en el de ella ni en el de él era por amor. No, yo no estaba conforme con ese matrimonio, y tú lo sabes. Me decepcionó mucho la elección que hizo mi hijo.

—Esme, T.J. es hijo de...

—Shhh... Calla, niña; no digas algo de lo que luego puedas arrepentirte. T.J. es hijo de Edward, y así será en cualquier caso cuando os caséis.

—No, no vamos a casarnos —le dijo Isabella con firmeza—. Me siento halagada de que quieras que forme parte de vuestra familia, pero no puede ser. Jamás funcionaría.

Esme se recostó en el asiento y suspiró.

—¿Sabes? Le dije a ese cabezota de hijo mío que no regresara a Seatle sin ti, y por primera vez en su vida hizo lo que le había pedido —le dijo—. Quería que volviese a verte y que se enamorase de ti. Estoy tan segura de que seríais felices el uno al lado del otro...

Isabella esbozó una sonrisa triste.

—Sé que tu intención era buena, pero no deberías haber intentado hacer de casamentera, Esme.

La madre de Edward volvió a suspirar y le lanzó una mirada extraña de reojo.

—Pues hay otra cosa que no debería haber hecho, pero no te hablaré de ello, porque es algo que podría hacer que la situación se complicase aún más. Debería haber dejado esto en manos del destino.

Isabella frunció el entrecejo, preguntándose qué sería aquello de lo que no quería hablarle, aunque luego sonrió y le dijo:

—Pero si lo hubieras dejado en manos del destino, tal vez no habríamos vuelto a vernos.

Los ojos de Esme se humedecieron.

—Oh, Isabella... Eres la hija que siempre quise haber tenido. Tan buena, tan cariñosa...

Isabella sintió que se le hacía un nudo en la garganta.

—¿Sabes?, la verdad es que no recuerdo apenas a mi madre, pero en mis sueños es exacta a ti —le dijo antes de besarla en la mejilla—. Respecto a Edward y a mi…Hay química entre nosotros, pero hemos acordado darnos un poco de tiempo —añadió—. Voy a echarte de menos estos días, pero como te he dicho pienso volver. Aunque tienes que prometerte que no intentarás hacer de casamentera de nuevo —le advirtió.

—No lo haré; lo prometo, aunque a veces, por mucho que Edward sea mi hijo, se merecería una patada en el trasero.

Isabella, a pesar de su tristeza, no pudo evitar reírse.

El viernes por la tarde, tras una larga jornada de trabajo y después de darse una ducha, Edward salió al balcón de su suite a contemplar el atardecer. No podía dejar de pensar de pensar en Isabella.

Sólo entonces estaba empezando a darse cuenta del tremendo error que había cometido cuatro años atrás. Se había sentido atraído por Isabella, pero la había despreciado, dejándose llevar por sus prejuicios, y se había casado con su mejor amiga para darle a su madre los nietos que ansiaba. Sí, se había casado con ella por razones completamente equivocadas, igual que había hecho Victoria al aceptar su proposición.

En su entierro había mirado a Isabella con resentimiento, pero lo cierto era que se había sentido aliviado porque su matrimonio había sido un desastre y la muerte de Victoria lo había liberado.

Sin embargo, había sido demasiado pronto para que admitiese siquiera para sus adentros el inmenso error que había cometido. Su arrogancia se lo había impedido.

No había replicado a su madre cuando ésta le había dicho que Isabella no podía tener la culpa de que Victoria lo hubiese abandonado, y estaba empezando a pensar que no lo había hecho porque en el fondo sabía que era él quien había estropeado todo; él, no Isabella.

Durante aquellos días lejos de Seatle había tenido mucho tiempo para reflexionar, y se había dado cuenta de que era un cobarde. Nunca le había dicho a Isabella lo que sentía por ella.

Le había pedido tiempo, pero aquello no había sido más que una excusa. Si quería formar parte de la vida de Isabella y de T.J. tendría que dejar atrás sus miedos y actuar.

Volvió dentro de la suite y tomó su teléfono móvil de la mesita sobre la que lo había dejado. Alice contestó el teléfono y le dijo que Isabella no estaba, que se había ido unos días a Forks para ver cómo iba su negocio, y que no estaba segura de cuándo regresaría.

Después de colgar Edward miró la hora en su reloj. En esos momentos Isabella estaría probablemente en Chocolatique. Podría llamar allí, pero lo que tenía que decirle sería mejor que se lo dijese cuando estuviesen cara a cara, pensó.

Tomó su agenda y comenzó a pasar hojas. Casi no tenía un hueco libre en tres semanas. Frunció el ceño.

La semana siguiente estaría todavía allí en Los Ángeles; tenía una serie de compromisos ineludibles, pero después de esa semana…

Tomó un bolígrafo y comenzó a tachar todas las anotaciones de la última quincena del mes. Tendría que posponer todas esas citas y reuniones; iba a tomarse dos semanas libres para poner en orden su vida; iba a mover ficha.