"¿Acaso no has escuchado nada de lo que te he dicho, Black?" Le pregunté enfadado, sin esperar una respuesta. "Debí dejar que fuese McKinnon quien viniese... Así la tendría controlada y no estaría cuidando de un niño recién destetado".
En realidad, llevar a cualquiera de los dos hubiese supuesto lo mismo. Eran críos que acababan de salir de Hogwarts. Me gustaba exigirles más y más cada vez y gritarles mucho, hacer que se desenvolvieran en el caos del ruido ambiental, de mi voz y de la de los enemigos... Eran buenos magos, quizá demasiados jóvenes y con muchos pájaros en la cabeza, pero implacables e idealistas.
Black me miró con rabia y pateó el suelo con frustración. No lo estaba haciendo mal, pero debía ser perfecto si queríamos que la misión fuese un éxito. El chico estaba tratando de aprender en una hora lo que a McKinnon le enseñé en una semana. Si no hubiera hecho caso a Dumbledore ya estaríamos en marcha, pero también hubiesemos corrido el riesgo de perder a otro buen mago de su familia. "Vamos a tomarnos un descanso", dije, dando una palmada en la espalda del chico.
"No, puedo hacerlo...", contestó tozudo.
"He dicho que vamos a hacer un descanso y haremos un descanso..." McKinnon nunca me replicaba las órdenes. Lo mío me había costado domarla. "Te necesito entero".
Di un largo trago de mi petaca (nunca me fie de la bebida que alguien pudiera ofrecerme, por muy de confianza que fuera) y se la pasé. Hizo una mueca de asco al tomarlo. "¿Qué diablos es esto?"
"Poción revitalizante con jenjibre... ¿No pensarías que iba a darte alcohol antes de una misión, verdad?" Le miré con una ceja alzada antes de reír. "No, eso lo guardo para después..."
El color volvió a las mejillas del chico a medida que la poción le hacía efecto. Las ojeras desaparecían y su espalda se irguió levemente. "¿Por qué yo?"
"¿Y por qué no?" Le pregunté de vuelta. "Sé como trabajas y, aunque el sigilo no es uno de tus fuertes, reúnes el resto de requisitos".
"Marlene debe odiarme..." Se pasó la mano por el pelo, revolviéndoselo, con gesto abatido. A mí tampoco me había pasado por alto la expresión de rabia con la que le miró la chica.
"Aún sois jóvenes... Tenéis una larga vida por delante para discutir y manosearos todo lo que queráis cuando todo esto acabe".
"Si es que acaba alguna vez..."
"Lo hará, aunque aún nos quede mucho por sufrir..."
Le sonreí y le palmeé el hombro para indicarle que era la hora. El sonido de un suave chasquido nos hizo girarnos. Ante nosotros se materializó una mujer alta, delgada, mayor que el muchacho, con unos grandes ojos verdes. Era Alyra Archer, auror del ministerio y miembro de la Orden. La incipiente curva de su vientre delataba su embarazo.
"Todo despejado... Arabastar ya está en posición". Nos dedicó una sonrisa de seguridad. "En cuanto a mí..."
"Tú te vuelves al Ministerio". La mujer bufó. "Alguien tiene que controlar que Rook no se entere de ninguno de nuestros movimientos..."
"Rook no tiene nada que ver en esto y lo sabes..." Hizo una pausa mientras tomaba aire. "Da igual... Tened cuidado. Si en doce horas no hay noticias comenzará a coordinarse el rescate..."
"Bla bla bla..." Le dije con un gesto de burla al tiempo que ella se desaparecía. "Aurores..."
"Tú eres auror..." Black me mira divertido, aunque pronto mudó el gesto ante mi expresión nuevamente seria. "¿Ese Rook del que hablábais era Sebastian Rook, del Ministerio? El rompedor de maldiciones en galés..."
Me limité a asentir. No merecía la pena pararse a dar explicaciones sobre la obsesión que tenían ambos entre sí.
Nos acercamos con sigilo, a plena luz del día. Era un campamento de carroñeros, destartalado pero estable. Si bien esa gente no era muy inteligente, podían llegar a resultar peligrosos: solo atendían al dinero y Gringgots ahora estaba en manos de la Cúpula. Había sido un buen golpe de efecto que había sumido en la miseria a buena parte del mundo mágico. Irónicamente, los que aún mantenían cierto nivel económico (quizá sólo lo justo para sobrevivir) eran hijos de muggles, mestizos o magos y brujas casados con muggles. Eso sólo había conseguido enfurecerlos aún más.
Cada uno entramos por un frente, contando con que la mayor parte de sus miembros estaría buscando alguna víctima o recibiendo instrucciones. Yo entré desde el norte, la zona más cercana a las cabañas o chamizos principales. Había un gran silencio y lo único que delataba mi presencia era la nieve que crugía bajo mis pies. Una por una, fui recorriendo todas hasta que encontré lo que estaba buscando. Un hombre fuerte y alto, de piel morena, esperaba en la puerta y entró después de hacerme un gesto para que me apresurara.
"¿Dónde está Black?"
"Aún no ha llegado..." Arabastar era un hombre sensato, poco hablador y físicamente imponente. Sólamente su aspecto ya te hacía el plantearte alzar la varita contra él. Aún me sorprendía que alguien como Alyra, que era todo lo opuesto a él (extrovertda, imprudente hasta rozar lo suicida y físicamente como una muñeca de porcelana) estuviese a punto de ser la madre de su hijo.
Nos afanamos en soltar cadenas y cuerdas de muñecas, pies y cuellos de todos los presentes. Habia media docena de magos, una pareja muggle y un enano, seguramente uno de los trabajadores de Gringgots que se habían revelado cuando la Cúpula tomó el banco mágico por la fuerza. Estabamos ya intentando devolerles la conciencia a todos cuando Black entró, jadeante y nervioso.
"Sabían que veníamos..." Se apretaba con fuerza un brazo, donde la sangre había empapado la manga. "Son casi treinta personas..."
"Eso nos deja en desventaja", gruñí, haciendo que Andrew McKinnon volviera en sí. "Sólo tres varitas... Y dudo mucho que todos los presentes sean capaces de aparecerse..."
"Yo me encargo de eso", dijo McKinnon, reuniendo fuerzas a pesar del tono verde que había toma su piel al levantarse. Un par de veces más se les unieron.
Necesitaba pensar con rapidez un lugar donde pudiesen llevarlos a todos sin descubrirnos. "Id a San Mungo... Avisa a tu hermana en cuanto llegues, ella se encargará del resto". Me sorprendió lo cabales que habían sonado las palabras de Black, pero asentí convencido.
"Nosotros nos encargamos de cubriros", añadí antes de salir. Arabastar y Black me siguieron al exterior y me miraron esperando órdenes. "El plan: dejádles KO antes de que lo hagan ellos con vosotros..."
No era gran cosa, pero tampoco se me ocurría nada mejor. Indiqué a Arabastar que se refugiara tras un pequeño chamizo verde, algo más al este, mientras Black y yo tomábamos posiciones en la zona oeste. Desde mi posición podría ver quiénes quedaban por desaparecerse y si había algún problema con el traslado de los prisioneros.
Pronto comenzó el cruce de maldiciones y hechizos. Eran demasiados y se acercaban demasiado rápido como para contenerlo mucho tiempo. Por suerte, Andrew ni tardó en aparecer en una de las ventanas indicando que el traslado se había completado. Arabastar estaba demasiado lejos y Black había tenido que cambiar de posición al no poder cubrir así toda la zona. No me quedaba otra opción: eché a correr en dirección al auror. Ya casi había llegado. Había visto como Sirius me había seguido. Ya sólo debía recorrer un par de metros más...
Alguien tiró de mí hacia un lado y sentí un fuerte dolor en la pierna derecha. Me ardía el muslo como si lo hubiese metido en una hoguera. Aullé de dolor al tiempo que la voz de Black gritaba junto a mí algo. Entonces todo giró y el dolor se hizo más y más fuerte. Dejé de gritar porque debí perder la voz en algún punto de camino.
"¡Ayuda!" Clamó la voz de Black al tiempo que procuraba que no me moviera. Sólo pude verle un instante, cubierto de sangre de los pies a la cabeza. Quise llamarle niñato estúpido porque al cargar conmigo podía haber resultado herido él también, pero un hombre se acercó y después... nada.
