Notas de autor: Hola, estoy de vuelta. Siento la tristeza que os hice pasar la semana pasada, pero era necesario para la historia. Este capítulo es mucho más positivo, mil gracias por seguir ahí a pesar del drama.
10. Annunziata.
Era viernes el día que llegaron un montón de personas con cientos de flores. Lovino no dio crédito. Las flores eran caras y ese cabeza cuadrada había pedido por lo menos cuatrocientas. Soltó un grito cuando vio la mayoría de la sala cubierta por heliotropos. ¿Cómo demonios sabía ese idiota que la flor de su hermano era esa? ¿Hasta dónde habían llegado esos dos? Pero cuando los hombres se marcharon había un dulce aroma tan potente que llegaba hasta la parte más alta del edificio.
"Mi amor por Feliciano está en estas flores. Si su olor se reparte por toda Venecia, estaré contento porque así él lo sabrá, en alguna parte".
Eso pensó Ludwig. Y eso rezaba en la tarjeta que ahora tenía Lovino y que destruyó con sus manos. Después entró al servicio a llorar, aunque él siempre negará este precedente.
Ludwig nunca fue a ver esas flores, le bastaba con el gesto. Aunque sí le llegaron algunos cuchicheos de sus colegas diciendo lo magnífica que estaba la planta baja del Campanile y lo mucho que se habían multiplicado las visitas. La gente, sin embargo, intuyó que era una oda a la primavera, y como ese espíritu en Italia funcionaba, dando la bienvenida a las flores y demás, nunca supieron de su verdadero origen. Si bien no había apenas vegetación en Venecia, todos los sestieres estaban adornados de modo que no podías equivocar la estación del año en curso. Ludwig adoraba los escaparates de la ciudad, hechos con tanto arte y mimo.
Debía cerrar capítulos, y debía hacerlo pronto. La señorita de la basílica seguía moviendo su enorme escote cada vez que Ludwig se presentaba por allí. Ya no le dejaba notas, pero acumulaba tres peticiones al alemán para salir con ella, y ese día, el rubio la enfrentó.
—Señorita, ¿podemos hablar?
—Ludwig, ya somos más que conocidos, ¿por qué no me llamas Annunziata?
Ludwig contempló a la mujer: era robusta, probablemente mayor que él, siempre con el cabello muy cuidado y una sombra de maquillaje en el rostro. Llevaba ropa ceñida y tenía un aire confiado.
—¿Puedes tomar un café conmigo a las seis de mañana? —Ludwig dijo toda esta frase en italiano y la joven abrió los ojos como platos.
—Madonna… tu italiano ha mejorado mucho. Pronto comerás pasta y cantarás por los canales —bromeó, y Ludwig esperaba que se equivocase, porque lo primero ya lo hacía, pero no quería ser uno más de los cantarines italianos que escuchaba alrededor del muelle cercano a su casa que nada tenían que ver con gondoleros—. Claro que voy. Aunque supongo que quieres decir a las seis de la tarde, por la mañana ni siquiera las góndolas están despiertas.
Ludwig enrojeció, aún no era bueno haciendo frases. Se disculpó.
—No es necesario, hombre. Te veo mañana —y le guiñó un ojo para después marcharse.
Si Ludwig hubiera sabido que hablar con Annunziata iba a ser tan sencillo, desde luego que se hubiera hecho amiga de ella mucho antes. Pero entonces no podía saber cuánta comprensión había dentro de esa mujer (no podía verla como alguien más joven que él debido a la personalidad de ella) ni tampoco lo que podía ayudarle siendo chismosa.
Al principio charlaron de cosas nimias, incluso ella se encargó de poner a prueba el italiano de Ludwig, quien no paraba de sonrojarse, hasta que Annunziata tuvo piedad y entonces preguntó:
—Supongo que esto no es una cita, y no es que me moleste estar contigo, pero eres un hombre muy atractivo y necesito prepararme para saber si debo controlarme contigo —Los ojos de Ludwig se abrieron como platos y su boca se abrió cual pez. Sí, ya conocía lo directa que era esta mujer.
—Yo, yo… no digas esas cosas. Me hacen sentir incómodo.
—Ya lo sé, pero eres tan varonil, que verte sonrojado solo hace que me gustes todavía más.
—Per… favore… —suplicó Ludwig, sintiéndose virgen a su lado—. No… no es una cita, tampoco quiero molestarte, pero creo que debes saber que me gusta un hombre.
Ahora la sorprendida fue Annunziata.
—¿C-cómo?
—No soy homosexual, o al menos, eso he creído toda mi vida, pero supongo que el amor no entiende de todo eso.
—¿Seguro que no es admiración hacia algún hombre carismático y poderoso? —Ludwig rio. No lo pudo evitar, pero esa descripción no casaba con el dueño de su corazón, por lo que soltó unas enormes carcajadas. Annunziata rio con él.
—Me alegra verte alegre, tenías una cara últimamente que… no sé si hice un chiste, pero no importa.
Ludwig se compuso frente a su café, carraspeó, volvió a ponerse serio y declaró:
—Perdono. Solo quiero decirte que eres una mujer muy deseable, pero no puedo tener nada contigo.
—Oh —la mujer hundió sus hombros como si realmente tuviera una esperanza en alguna parte—. Bueno, ya lo sospechaba cuando no respondías a mis notas y mis flirteos. En realidad, eres el hombre más sincero que he conocido, porque normalmente mis víctimas suelen aceptar este tipo de avances para luego desaparecer porque es mucho para ellos haber tenido sexo conmigo.
Ludwig volvió a reír. Si no hubiera conocido a Feliciano, Annunziata podría haber sido una candidata ideal para salir, divertirse, y por qué no, acostarse.
—En fin, al menos espero que me encuentres más deseable que a Lucrezia —Lucrezia era una compañera de Ludwig, también ingeniera. No estaba en su equipo, en ocasiones se reunían, coincidiendo todos. Lucrezia era más joven, estaba casada, pero muchos de sus colegas la deseaban en secreto. Ludwig apenas se había fijado en ella—. Y cuéntame sobre tu chico, entonces.
—N-no puedo contar mucho más —y pasó a detallarle las pocas cosas que conocía de él, dónde trabajaba, cuán alegre y despreocupado era, la forma en cómo sonreía a todos, especialmente a todas…
—¿Feliciano, dices? No sé de qué me suena el nombre…
—Es un nombre común.
Annunziata se inclinó sobre la mesa.
—¿Y ya diste el primer paso? O no me digas, lo dio él.
—No importa eso, no tengo ya ninguna posibilidad. Solo quería decirte educadamente que debido a estos sentimientos no puedo tener nada contigo ni con ninguna otra mujer. Ni hombre, si se diera el caso.
La mujer arrugó el rostro, y claro, quiso saber más. Ludwig debió adivinar que la cosa no se quedaría en algo tan superficial, a los italianos les gusta indagar sobre cualquier cosa, más aún si se quedan con la información a medias. Ludwig acabó dándole más detalles, y entonces ella pestañeó rápidamente.
—Espera, me has dicho que trabaja en el Campanile. Creo… creo que le conozco.
—¿Fuiste a su funeral?
—¿Funeral? —y entonces soltó el grito más agudo y profundo en todo el sestiere. Hasta el camarero fue a preguntar si ocurría algo, intuyendo que aquel hombre rubio sospechosamente extranjero debía estar haciéndole algo a esa mujerona italiana. Ludwig se levantó para marcharse, pero la morena le cogió del brazo con tanta fuerza que el rubio se giró, asombrado por el agarre.
Ambos volvieron a sentarse, Ludwig le pidió paciencia y decoro, sobre todo, discreción. Porque no controlaba sus lágrimas, como tampoco podía hablarle de un muchacho al que apenas conocía, y menos contarle nada sobre Lovino, ni cuán divertida había sido su vida desde su llegada a la ciudad.
—¿Muchacho? Ese chico es más mayor que tú, Ludwig —ella estalló en carcajadas—. Hablas de él como si tuviera diecisiete años, qué encanto.
—¿Mayor? —sí, recordó cómo Feliciano le había dicho aquello en alguna ocasión, pero la verdad es que nunca le preguntó la edad.
—Bueno, si es el Feliciano del que yo hablo, sí. Por los detalles lo parece. Aunque desconocía su fallecimiento, pero llevaba tiempo sin verlo. ¿Cómo… cómo puedes contarme algo tan horrible con esa cara tan seria?
Annunziata debió ser consciente de la historia entre ambos, porque sacó un pañuelo y se sonó los mocos. Sus ojos se elevaron hacia él, aguados.
—No tengo más lágrimas ya —confesó el pobre alemán, lo que hizo a Annunziata volver a sonarse.
—Esto no puede ser… casi preferiría que me hubieras rechazado a que…
Ludwig asintió y miró el reloj. Quizá podría invitar a Annunziata a cenar, había estado pasando un muy buen rato. Sus risas eran contagiosas, tal vez si se dejaba llevar esa noche… sin embargo, la mujer hizo un movimiento rápido y cogió su bolso.
—En fin, muchas gracias por contármelo. Sé que no eres un hombre extrovertido. Aunque me apena saber todo esto. ¿Por qué no me lo dijiste desde el principio? —se bebió el sorbo del café restante, hizo un gesto pensativo y fue ella quien miró el reloj—. Tengo que marcharme, Ludwig.
—C-claro —se levantó para despedirse.
—Gracias por la invitación. Podemos salir siempre que quieras —y le pinzó el trasero—. Aunque ya sabes que conmigo puedes darte un revolcón. Me encantaría ver cómo son los misiles alemanes.
—¡Verdammt!
—Si hasta tu habla es sexy —se despidió ella besándolo en la mejilla.
Debido a su timidez, Ludwig no se dio cuenta del gran paso dado ese día: había salido con una mujer por su cuenta, le había contado su gran peso emocional, hasta habían bromeado, inclusive había hablado con ella en italiano. Tal vez, si ella se hubiera quedado, habría ocurrido algo. Quizá su cuerpo necesitado de afecto se hubiese desentumecido.
Los fantasmas de Feliciano, sin embargo, seguían acechando en forma de recuerdos, como cuando él y Kiku cenaron en un restaurante y en el hilo musical se escuchó a Claudio Baglioni. El rubio se tapó los ojos y sollozó en la mesa frente a su amigo, ni siquiera pudo levantarse al baño; Kiku esperó pacientemente hasta que el otro volvió a su ser. Ninguno hizo comentarios al respecto.
A veces, Ludwig abría sus manos, como si se sintieran vacías, añorando el contacto con el italiano. Ya no había nadie entregándole abrazos.
Se dejaba envolver por la nostalgia en ocasiones, pero en su vida diaria bloqueó cualquier amago de recuerdo. La gente decía que solo necesitabas tiempo para olvidar. Se preguntaba cuánto debía pasar para no añorarlo, para no soñarlo más.
Ludwig desembarcaba de Lido tras unos intensos días de reuniones, informes y contactos. Por lo menos hizo otros contactos que serían muy interesantes para seguir adelante con el proyecto, y si así fuera, Ludwig casi estaría atado a esa ciudad de por vida. Se quitó la ropa, se masturbó furiosamente en la ducha y cayó como un saco sobre su cama.
Le extrañó sobremanera que su teléfono le despertara cuando tenía dos días libres tras la concentración de Lido. Alargó su brazo pesadamente hasta alcanzar el móvil para responder con voz rasposa:
—Ciao.
—Ludwig, soy Annunziata. Disculpa que te llame al móvil, pero, ¿podrías pasarte hoy por la basílica a eso de las cuatro de la tarde?
Ludwig se despertó de inmediato.
—C-ciao, Annunziata. ¿Cómo estás? ¿Todo bien?
Unas risas se oyeron al otro lado.
—¿Podrás o no?
Apenas tuvo tiempo de repasar su agenda, cuando recordó su inexistencia.
—Sí, sí —tanto balbuceo… ¿qué había hecho esta mujer con él? Hasta notó un leve sonrojo.
Se miró al espejo, extrañado. Aún notaba un pinzamiento en la zona del pecho. Aún veía a Feliciano en sueños. En ocasiones lo veía correr por la playa desnudo, mientras él pescaba. A veces Kiku iba con ellos.
No era una persona difícil de olvidar, supuso, pero ya poco podía hacer salvo olvidarlo y seguir con su vida. No sería fácil volver a enamorarse, entre su timidez y su falta de comunicación debido a su personalidad, pero desde luego debía dejar atrás el pasado. Se lavó la cara, bajó a la cocina y miró el calendario. Arrancó la página de marzo porque en su ausencia había comenzado el cuarto mes. Inclinó la cabeza: ahí, junto al número seis, una pequeña cara sonriente con los ojos cerrados y el pelo alborotado decía "compleanno".
Ludwig conocía muy bien aquella cara. Es más, alguien la había dibujado en su ausencia, probablemente cuando Feliciano se quedó en su casa a cuidarlo, o quizá cuando él estaba duchándose. El día seis había transcurrido ya. Notó cómo sus ojos volvieron a emborronarse. No. No de nuevo. Llevaba casi dos semanas sin sollozos, pero pensar en que el día anterior él mismo podría haber invitado a Feliciano a una pequeña cena en la altana, donde tanto le gustaba asomarse, o tal vez en el salón, viendo después una película juntos en su portátil, mientras le acariciaba el cabello y él lo molestaba constantemente para preguntarle cosas de la película que no entendía, le acabaron de derrumbar. Tardó dos horas en preparar un desayuno que nunca comió. Ni siquiera salió a correr, tampoco quiso afeitarse. Por poco se le olvida el recado de ir a la basílica. En el camino, Kiku lo llamó para decirle que se iba a ir por trabajo unos días a Verona. Le deseó lo mejor, mientras rodeaba a unos empleados que sustituían unas viejas tablas en el muelle. Ni siquiera iba arreglado, Annunziata le regañaría, seguro. Sin embargo, al llegar a la basílica ella no estaba por ninguna parte, y en su lugar había una nota para él "pásate por el Campanile".
El rubio suspiró, alzó la vista y se dirigió al edificio de enfrente. Lovino no tenía guardia, sino otro compañero que le miró de arriba abajo y le entregó otra nota.
"Vendere la Pietà Inmediatamente" (1)
¿Había alguien deseoso de probar su italiano y de paso, su paciencia? Ludwig agarró al conserje del brazo.
—Prego. ¿Quién manda esto?
—No lo sé, signore, solo soy un mensajero.
Ludwig alzó las cejas, bufó. ¿Esto era cosa de Annunziata? ¿Algún juego de la italiana para tratar de conquistarlo? No, desde su última charla le parecía haberse explicado correctamente, y ella haber entendido. El conserje volvió a encogerse de hombros.
—¿Dónde está Lovino?
—Libra hoy, signore —respondió, despacio, al notar que el otro trataba de hablar el idioma con dificultad.
—Prego —se despidió Ludwig intentando atisbar algún retazo de la sala, pero había casi una completa oscuridad.
La Pietà. ¿Cuántas veces la había visitado para orar? Muchas más que para admirar su arte, se dijo. Si bien lo sabía todo de ella, como casi todas las iglesias (Ludwig era muy bueno para retener datos), no le apetecía demasiado volver. Recordaba un día especialmente duro donde pasó dos horas metido y hasta el cura se acercó para tratar de animarlo. Últimamente se utilizaba mucho como sala de exposiciones y conciertos, aunque había quedado muy bien después de la renovación, unas obras obligadas. Le gustaba especialmente el fresco que decoraba la bóveda que sujeta el coro de la iglesia. Además, en el momento en que entró, la luz le fue propicia y pudo apreciar el juego de colores entre los reflejos de blanco azul en la entrada y en las paredes, con los reflejos de amarillo dorado solar de la mampara dorada, ahí donde se unen con el área del presbiterio y del ábside. La belleza del arte de Venecia siempre le dejaba asombrado, por un momento olvidó que en ese caso no estaba de visita; sin embargo, la iglesia parecía vacía, por lo que paseó por ambos lados para tratar de vislumbrar a algún padre o la figura de Annunziata contemplando alguno de los frescos. Así, pasó por los altares importantes del lado izquierdo para seguir por los del lado derecha, los Santos Dominicanos (una señora rezaba fervientemente a este lado), Santo Domingo, para llegar finalmente a la Piedad, donde un joven en silla de ruedas miraba con fijeza la hermosa pintura renacentista. Le escuchó decir algo en italiano; parecía molesto. Ludwig pensó que quizá podría ofrecerle ayuda; si el hombre no hablaba lo suficientemente rápido, podría entenderle. Pero entonces, una rueda aplastó su pie. Ludwig se quejó en alemán.
—Per-perdono, signore —se volvió el joven, cuya maniobra había sido desacertada, pues había girado hacia atrás la silla sin mirar.
Ludwig abrió los ojos, por un momento se le olvidó el dolor, porque había escuchado la voz de los ángeles. Frente a él, un delgado y demacrado joven de cabello alborotado, lo miraba con igual pasmo, con la cabeza alzada.
La luz los permitió reconocerse, en un instante en que el tiempo se detuvo, en un segundo en el que la esperanza y el alivio permitió apaciguar sus corazones.
—¿L-Luddy?
La cabeza del alemán parecía negar lo que sus ojos contemplaban. La visión se volvió borrosa, los frescos, adornos y cualquier tipo de arte desaparecieron para él. No era posible que estuviera viendo visiones. Y seguía sin entenderlo cuando, sus rodillas, solo para ver mejor, se hincaron en el suelo, frente a él.
—Feliciano —Pudo sentir una fría mano en su mejilla, acunándolo, antes de que sus lágrimas barrieran todo.
Ludwig notó su cuerpo temblando, un frío ascendió hasta su pecho, pero seguía notando las manos, ahora dos, de ese muchacho, que seguía diciendo su nombre.
—Ludwig, Ludwig —y debía ser Feliciano, porque ahora también él lloraba.
En su desesperación, el rubio abrió los brazos para llevar junto a su pecho a ese muchacho que creía perdido, un joven talentoso y torpe que no estaba enterrado, ni incinerado. Su cuerpo era dicha, podía tocarlo, y esos ojos, aunque llenos de ojeras, continuaban plasmando vida. Ludwig, apretándolo sobre el regazo, lo miró bien.
Una sonrisa ligera apareció, y sus labios se abrieron para apenas pronunciar "te eché de menos", declaración que hizo a Ludwig repartir besos por toda su cara, inclusive en su boca.
—Madonna, estás temblando —dijo Feliciano, cobijándole ahora en su pecho—. Estoy bien, Ludwig… —y cuando el rubio dejó de sollozar, levantó la cara y volvió a mirarlo, le dijo con pena—. Me dijeron que te habías marchado.
¿Marchado? ¿Él, que estuvo palpando el dolor en todos los rincones de la ciudad? Si hasta había ofrecido flores, incluso su vida por hacerle volver, en uno de sus desesperados rezos.
—Me… me dijeron que habías muerto.
—¿Muerto? Mio horrore, ¿quién te dijo eso? —pero Ludwig volvió a estrecharlo con fuerza. Su hermano, los doctores, la mirada de lástima en el personal del Campanile, Kiku confirmando esa muerte tras hablar con los doctores… ¿todos ellos estaban equivocados? Un momento… ¿seguro que no era otro maldito sueño?
—No… no importa.
—Ludwig —hizo saber con ceremonia Feliciano tocándose los labios—. Me has dado un beso.
Y el alemán pareció volver en sí, sonrojándose. Le limpiaron las lágrimas con dulzura.
—¿Viniste a verme?
Ludwig le contempló. ¿Cómo decirle que él era lo último en ese día que esperaba ver? ¿Cómo decirle que esperaba a una mujer italiana, o quizá todo fue un juego del destino, al ver su horrible sufrimiento, para ponerle fin?
—Estuve muy enfermo. Aún estoy recuperándome, pero he pasado un mes en cama. Ya puedo salir y levantarme un poco de esa silla, pero me han dicho que la recuperación será lenta. ¿Vas a marcharte?
El rubio negó con la cabeza, abrazándolo de nuevo. Frente a él, erguida, orgullosa, la Piedad era testigo de ese reencuentro, ignorante de que, en ese instante, toda ella quedaría grabada en la memoria del alemán para siempre.
(Notas de traducción)
(1) Ven a La Piedad inmediatamente.
