Capítulo 10

Sólo pudimos llevar una maleta. Yo no podía cargar una, y mamá insistió en que ella no podía llevar dos, así que tuvimos que hacernos espacio en esta maleta negra que mis padres obtuvieron como regalo de matrimonio hace un millón de años, una maleta que suponía debía pasar su vida en locaciones exóticas pero terminó mayormente yendo y volviendo de Dayton, donde Morris Property Inc., tenía una sucursal que papá visitaba a veces.

Discutí con mamá que yo debería tener un poco más de la mitad de la maleta, ya que sin mí y mi cáncer, nunca estaríamos yendo a Ámsterdam en primer lugar. Mamá rebatió que ella era dos veces más grande que yo por lo que necesitaba más tela para conservar su modestia, merecía al menos dos tercios de la maleta.

Al final, ambas perdimos. Así que fue.

Nuestro vuelo no salía hasta el mediodía, pero mamá me despertó a las cinco y media, encendiendo la luz y gritando, "¡ÁMSTERDAM!" Corrió alrededor toda la mañana asegurándose de que tuviéramos adaptadores de enchufes internacionales y cuádruple chequeando que tuviéramos el número correcto de tanques de oxígeno para llegar allá y que estuvieran todos llenos, etc., mientras yo solo salía de mi cama, me puse mi vestimenta para viajar a Ámsterdam, jeans, una camiseta sin mangas rosada, y una chaqueta negra en caso de que en el avión hiciera frío.

El automóvil estaba cargado para las seis quince, por lo cual mamá insistió que tomáramos desayuno con papá, a pesar de que tenía una oposición moral a comer antes del amanecer en las tierras porque no era un ruso del siglo diecinueve felizmente fortificándome para un día en el campo. Pero de todas formas, intenté ingresar a mi estómago algunos huevos mientras mamá y papá disfrutaban estas versiones caseras de los Huevos McMuffins que les gustaban.

—¿Por qué las comidas para el desayuno son comidas para el desayuno? —les pregunté—. Como, ¿por qué no comemos curry para desayunar?

—Quinn, come.

—Pero ¿por qué? —pregunté—. Me refiero a que, en serio: ¿Cómo los huevos revueltos se quedaron atascados en la exclusividad del desayuno? Puedes poner tocino en un sándwich sin que nadie enloquezca. Pero en el momento en que tu sándwich tiene huevo, bum, es un sándwich de desayuno.

Papá contestó esto con su boca llena. —Cuando vuelvas, tomaremos desayuno para cenar. ¿Trato?

—No quiero tomar un "desayuno para cenar" —contesté, cruzando el cuchillo y tenedor sobre mi plato casi lleno—. Quiero comer huevos revueltos para cenar sin esta ridícula interpretación de que una comida que incluya huevo revuelto es un desayuno incluso cuando ocurre a la hora de la cena.

—Tienes que escoger tus batallas en este mundo, Quinn —dijo mi mamá—. Pero si este es el problema que quieres defender, estaremos detrás de ti.

—Un poco más atrás de ti —agregó mi papá, y mamá rió.

De todas formas, sabía que era tonto, pero me sentía algo mal por los huevos revueltos.

Luego de que terminaron de comer, papá lavó los platos y nos acompañó al automóvil. Por supuesto, él comenzó a llorar, y besó mi mejilla con su húmeda cara sin afeitar. Presionó su nariz contra mi mejilla y susurró—: Te amo. Estoy tan orgulloso de ti.

¿Por qué?, me pregunté.

—Gracias, papá.

—Te veré en unos días, ¿bueno, cariñito? Te amo tanto.

—También te amo, papá —sonreí—. Y son sólo tres días.

Mientras nos alejábamos de la entrada, continué despidiéndome con la mano de él. Él estaba despidiéndose de vuelta, y llorando. Me imaginé que podía pensar que tal vez nunca me vería de nuevo, lo que posiblemente pensaba cada mañana de toda su vida semanal mientras se iba al trabajo, lo que probablemente apestaba.

Mamá y yo fuimos hacia la casa de Rachel, y cuando llegamos allí, ella quería que me quedara en el auto para descansar, pero fui a la puerta con ella de todas formas. Mientras nos acercábamos a la casa, podía escuchar a alguien llorar dentro. No creí que fuera Rach al principio, porque no sonaba en nada como el sonido de su hablar, pero entonces escuché una voz que era definitivamente una retorcida versión de la suya decir—: PORQUE ES MI VIDA, MAMÁ. ME PERTENECE A MÍ. —Y rápidamente mi mamá puso su brazo alrededor de mis hombros y me giró de vuelta al auto, caminando rápidamente, y yo estaba como—: Mamá, ¿qué está mal?

Y ella dijo—: No podemos escuchar a escondidas, Quinn.

Volvimos a entrar al auto y le envié un mensaje a Rachel de que estábamos afuera cuando estuviera lista.

Miramos fijamente la casa por un rato. La cosa rara sobre las casas es que casi siempre lucen como si nada estuviera pasando dentro de ellas, a pesar de que contienen la mayoría de nuestras vidas. Me pregunté si ese era el punto de la arquitectura.

—Bueno —dijo mamá luego de un rato—, estamos con algo de anticipación, supongo.

—Casi como si no tuviera que haberme levantado a las cinco y treinta — dije.

Mamá se inclinó hacia el panel entre nosotras, levantó su tazón de café, y tomó un trago. Mi teléfono vibró. Un mensaje de texto de Rachel.

"Solo NO PUEDO decidir que usar. ¿Te gusto más en una blusa o en un suéter?"

Yo respondí: Suéter.

Treinta segundos después, la puerta delantera se abrió, y una sonriente Rachel apareció, una maleta con ruedas atrás de ella. Usaba un suéter apretado de color azul cielo con botones y unos jeans ajustados. Un Camel Light colgaba de sus labios gruesos. Mi mamá salió para saludarla. Ella se quitó el cigarrillo momentáneamente y habló en la voz segura a la cual estaba acostumbrada.

—Siempre es un placer verla, Señora.

Las observé a través del espejo retrovisor hasta que mamá abrió el maletero. Momentos después, Rachel abrió una puerta al lado de mí y comenzó la complicada tarea de entrar al asiento trasero de un auto con una pierna.

—¿Prefieres a la fuerza? —pregunté.

—Absolutamente no —dijo ella—. Y hola, Quinn Fabray.

—Hola —dije—. ¿Bien? —pregunté.

—Bien —dijo.

—Bien —dije.

Mi mamá entró y cerró la puerta del auto.

—Siguiente parada, Ámsterdam —anunció.

Lo que no era cierto.

La siguiente parada era el estacionamiento del aeropuerto, y luego un autobús nos llevó a la terminal, y luego un auto eléctrico abierto nos llevó a la línea de seguridad. El chico de seguridad en la línea del frente estaba gritando sobre como nuestros bolsos mejor no contuvieran explosivos o armas de fuego o nada líquido sobre 85 gramos, y yo le dije a Rachel—:

Observación: Pararse en línea es una forma de opresión —Y ella dijo—. En serio.

En lugar de ser registrada a mano, preferí caminar a través del detector de metales sin mi carro o mi tanque o siquiera las prominencias de plástico en mi nariz. Caminar a través de la máquina de rayos X marcó la primera vez que avancé un paso sin oxígeno en unos meses, y se sintió algo increíble caminar libre de peso así, avanzando a través del Rubicon, la máquina silenciosamente reconociendo que yo era, aunque por un tiempo corto, una criatura des-metalizada.

Sentí un dominio corporal que no puedo describir excepto al decir que cuando era una niña solía tener una mochila realmente pesada que llevaba a todas partes con todos mis libros en ella, y que si caminaba alrededor con la mochila por suficiente tiempo, cuando me la quitaba me sentía como si estuviera flotando.

Luego de cómo diez segundos, mis pulmones se sintieron como si estuvieran plegándose sobre ellos como flores al anochecer. Me senté en una banca gris justo al pasar la máquina e intenté recuperar el aliento, mi tos una vibrante llovizna, y me sentí algo miserable hasta que tuve la cánula de vuelta en su lugar.

Incluso así, dolía. El dolor siempre estaba allí, empujándome dentro de mí misma, demandando ser sentido. Siempre se sentía como si estuviera despertando del dolor cuando algo en el mundo exterior de pronto necesitaba mi comentario o atención. Mamá estaba mirándome, preocupada. Ella acababa de decir algo. ¿Qué acababa de decir? Luego lo recordé. Ella había preguntado que estaba mal.

—Nada —dije.

—¡Ámsterdam! —medio gritó ella.

Sonreí.

—Ámsterdam —contesté.

Ella estiró su mano hacia mí y me levantó.

Llegamos a la puerta de embarque una hora antes de nuestro tiempo programado de embarque. —Sra. Fabray, es una persona impresionantemente puntual —dijo Rachel mientras se sentaba junto a mí en la mayormente vacía área de embarque.

—Bueno, ayuda que no esté técnicamente muy ocupada —dijo ella.

—Estás bastante ocupada —le dije, aunque me imaginé que el trabajo de mamá era mayormente yo. Estaba también el trabajo de estar casada con mi papá, él no tenía idea acerca de, como, las finanzas y contratar plomeros y cocinar y hacer cosas más que trabajar para Morris Property, Inc., pero era mayormente yo. Su principal razón para vivir y mi principal razón para vivir aquí horriblemente involucrada.

Mientras los asientos alrededor de la puerta comenzaban a llenarse, Rachel dijo—: Voy a comprar una hamburguesa antes de que nos vayamos. ¿Puedo traerles algo?

—No —dije—, pero realmente aprecio tu rechazo a ceder ante la convención social sobre los desayunos.

Ladeó su cabeza hacia mí, confundida.

—Quinn ha desarrollado un conflicto con la marginación de los huevos revueltos —dijo mamá.

—Es embarazoso que todos caminemos por la vida ciegamente aceptando que los huevos revueltos son fundamentalmente asociados con las mañanas.

—Quiero hablar más sobre esto —dijo Rachel—. Pero estoy muerta de hambre. Volveré pronto.

Cuando Rachel no había aparecido luego de veinte minutos, le pregunté a mamá si creía que algo estaba mal, y ella levantó la mirada de su revista horrible sólo lo suficiente para decir:

—Probablemente sólo fue al baño o algo.

Un guardia de la puerta vino y cambió mi contenedor de oxígeno con uno provisto por la aerolínea. Estaba avergonzada por tener a esta mujer arrodillada en frente de mí mientras todos observaban, así que le envié un mensaje a Rachel mientras ella lo hacía.

Ella no respondió. Mamá no parecía preocupada, pero estaba imaginando todo tipo de destinos fatales del viaje a Ámsterdam, arresto, lesión, crisis emocional, y sentí como si hubiera algo malo del tipo no canceroso en mi pecho mientras los minutos pasaban.

Y justo cuando la mujer detrás del mostrador de pasajes anunció que iban a comenzar a abordar a la gente que podría necesitar algo de tiempo extra y cada persona en el área de embarque se giró de lleno hacia mí, vi a Rachel cojeando rápidamente hacia nosotros con una bolsa de McDonald's en una mano, su mochila colgando de su hombro.

—¿Dónde estabas? —le pregunté.

—La fila se puso muy larga, lo siento —dijo, ofreciéndome una mano.

La tomé, y caminamos lado a lado hacia la puerta para abordar. Podía sentir a todos mirándonos, preguntándose que estaba mal con nosotros, y si eso nos iba a matar, y cuán heroica mi madre debe ser, y todo lo demás. Esa era la peor parte de tener cáncer, a veces: La evidencia física de enfermedad te separa de otra gente. Éramos incompatibles, y nunca fue más obvio que cuando los tres caminamos a través del avión vacío, la aeromoza asintiendo compasivamente y haciendo gestos hacia nuestra fila en la distante parte trasera. Me senté al medio de nuestra fila de tres personas con Rachel en el asiento de la ventana y mamá en el corredor. Me sentí algo acorralada por mamá, así que por supuesto me moví más cerca de Rachel. Estábamos justo atrás del ala del avión. Ella abrió su bolsa y desenvolvió su hamburguesa.

—La cosa sobre los huevos, sin embargo —dijo ella—, es que la desayunización le da a los huevos revueltos un cierto valor sagrado, ¿no? Puedes comer tocino o queso Cheddar en cualquier momento, de tacos a sándwiches de desayuno a queso fundido, pero los huevos revueltos, ellos son importantes.

—Absurdo —dije.

La gente estaba comenzando a entrar al avión ahora. No quería mirarlos a ellos, así que miré hacia otro lado, y mirar hacia otro lado era mirar a Rachel.

—Solo estoy diciendo que: tal vez los huevos revueltos están marginados, pero además son especiales. Tienen un lugar y una hora, como la iglesia.

—No puedes estar más equivocada—dije—. Estás comprando los sentimientos de un punto de cruz de las almohadas de tus padres. Estás argumentando que la cosa frágil, rara es hermosa simplemente porque es frágil y rara. Pero eso es una mentira, y tú lo sabes.

—Eres una persona difícil de reconfortar —dijo Rachel.

—Lo que reconforta fácil no es reconfortante —dije—. Tú eras una rara y extraña flor una vez. Recuerda.

Por un momento, no dijo nada.

—Tú sabes cómo callarme, Quinn Fabray.

—Es mi privilegio y mi responsabilidad —respondí.

Antes de romper el contacto con mis ojos, dijo—: Escucha, lamento evitar la zona de embarque. La línea del McDonald no era realmente larga; sólo… sólo no quería sentarme allí con todas esas personas mirándonos o lo que sea.

—A mí, mayormente —dije.

Podías echar un vistazo a Rach y nunca sabrías que había estado enferma, pero yo llevaba mi enfermedad en el exterior, que es parte de por qué me convertí en casera en primer lugar.

—Rachel Berry, notada carismática, se siente avergonzada de sentarse junto a una chica con un tanque de oxígeno.

—No avergonzada —dijo—. Ellos sólo me enfadan a veces. Y no quiero enfadarme hoy.

Después de un minuto, escarbó es su bolsillo y abrió su paquete de cigarrillos. Cerca de nueve minutos después, una azafata rubia se apresuró a nuestra fila y dijo—: Señorita, no puede fumar en este avión. O en cualquier avión.

—No fumo —explicó, el cigarrillo bailando en su boca mientras habló.

—Pero…

—Es una metáfora —expliqué—. Ella pone la cosa asesina en su boca pero no le da el poder para asesinarla. La azafata estuvo desconcertada por sólo un momento.

—Bien, esta metáfora está prohibida en el vuelo de hoy —dijo.

Rach asintió y devolvió el cigarrillo a su paquete. Finalmente rodamos hacia la pista y el piloto dijo—: Asistentes de vuelo, prepárense para partir —Y luego dos tremendos motores de avión rugieron a la vida y comenzamos a acelerar.

—Esto es lo que se siente manejar en un auto contigo —dije, y ella sonrió, pero mantuvo su mandíbula cerrada herméticamente y dije: —¿Estás bien?

Estábamos tomando velocidad y de repente la mano de Rach agarró el reposabrazos, sus ojos anchos, y puse mi mano encima de la suya y dije—: ¿Estás bien? —No dijo nada, solo me miró con los ojos anchos, y dije—: ¿Estás asustada por volar?

—Te lo diré en un minuto —dijo.

La nariz del avión se elevó y estábamos en el aire. Rach miró por la ventana, viendo al planeta contraerse bajo nosotros, y luego sentí su mano relajarse sobre la mía. Me miró y luego volvió a la ventana—. Estamos volando —anunció.

—¿Nunca has estado en un avión antes?

Ella sacudió su cabeza.

—¡MIRA! —medio gritó, apuntando a la ventana.

—Si —dije—, Si, lo veo. Se ve como si estuviéramos en un avión.

—NADA SE VIO ALGUNA VEZ ASI EN LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD —dijo.

Su entusiasmo era adorable. No pude resistir inclinarme para besarla en la mejilla.

—Sólo para que sepas, estoy justo aquí —dijo mamá—. Sentada junto a ti. Tu madre. Quien sostuvo tu mano mientras dabas tus primeros pasos infantiles.

—Ha sido un beso de amiga—le recordé, girándome para besarla en la mejilla.

—Pues no me ha parecido muy de amiga—masculló Rach lo suficientemente fuerte para que sólo yo la oyera.

Cuando la Rachel de los grandes gestos metafóricos emergía de la Rach sorprendida, entusiasmada e inocente, realmente no podía resistirme.

Era un vuelo rápido hacia Detroit, donde el pequeño auto eléctrico nos encontraría cuando desembarcáramos y nos llevaría hacia la puerta de embarque a Ámsterdam. Este avión tenía televisores en la parte trasera de cada asiento, y una vez que estuvimos sobre las nubes, Rachel y yo programamos el reloj así empezamos a mirar la misma comedia romántica al mismo tiempo en nuestras respectivas pantallas. Pero aún aunque estábamos perfectamente sincronizadas en nuestros presionar el botón de encendido, su película empezó un par de segundos antes que la mía, por lo que en cada momento divertido, ella se reía justo cuando yo empezaba a saber de qué iba el chiste.

Mamá tenía este gran plan de que durmiéramos por las últimas varias horas de vuelo, así cuando aterrizáramos a las ocho a.m., llegaríamos a la ciudad listas para chupar la médula de la vida o lo que sea. Así que después de que la película terminó, mamá, Rachel y yo tomamos píldoras para dormir. Mamá cayó dentro de unos segundos, pero Rachel y yo nos quedamos despiertas para mirar afuera de la ventana por un momento. Era un día claro, y aunque no podíamos ver la puesta del sol, podíamos ver la respuesta del cielo.

—Dios, esto es hermoso —dije mayormente para mí.

—El sol se eleva demasiado brillante en sus perdidos ojos —dijo, una línea de Una Aflicción Imperial.

—Pero no está elevándose —dije.

—Se está elevando en algún lugar —respondió, y luego, después de un momento, dijo—: Observación: Sería impresionante volar en un avión súper rápido que pueda perseguir la salida del sol alrededor del mundo por un momento.

—También me gustaría vivir más tiempo —me miró inquisitivamente—. Tú sabes, por la relatividad o lo que sea. —Aún me miraba confusa—. Envejecemos más despacio cuando nos movemos rápidamente contra lo inmóvil. Así que justo ahora el tiempo está pasando más despacio para nosotras que para la gente en el suelo.

—Chicas universitarias —dijo—. Son muy inteligentes.

Rodé mis ojos. Chocó su rodilla, real, con mi rodilla y yo choqué su rodilla de nuevo contra la mía.

—¿Estás soñolienta? —le pregunté.

—No del todo —respondió.

—Sí —dije—. Yo tampoco.

Medicinas para dormir y narcóticos no me hacían lo que le hacían a la gente normal.

—¿Quieres ver otra película? —preguntó—. Tienen una película de Scarlett Johansson, de su época de Quinn.

—Quiero ver algo que no haya visto.

Al final vimos 300, una película de guerra sobre 300 Espartanos que protegían Esparta de una invasión armada de como un billón de Persas. La película de Rachel empezó antes que la mía de nuevo, y después de algunos minutos de escucharla decir, "¡Dang!" o "¡Fatal!" cada vez que era asesinado de algún modo rudo, me incliné en el reposabrazos y ponía mi cabeza en su hombro así podía ver su pantalla y podíamos realmente ver la película juntas.

300 presentó una considerable colección de chicos sin camisa y bien aceitados, así que no fue particularmente difícil para los ojos, pero era mayormente un montón de espadas blandiendo a efectos no reales. Los cuerpos de los Persas y los Espartanos estaban amontonados, y no podía descubrir porque los Persas eran tan malvados o los Espartanos tan impresionantes. —Contemporaneidad —para citar a UAI—, se especializa en el tipo de batallas en las que no se pierde nada de valor, excepto, podría decirse, sus propias vidas. —Y así era con este choque de titanes. Hacia el final de la película, casi todos estaban muertos, y estaba ese insano momento cuando los Espartanos empezaron a apilar los cuerpos de los muertos para formar un muro de cadáveres. La muerte se convirtió en esta masiva barricada estando entre los Persas y el camino a Esparta. Encontré la sangre derramada un poco gratuita, así que miré lejos por un momento, preguntando a Rachel—: ¿Cuánta gente muerta crees que hay allí?

Me hizo callar con un ademán.

—Shh. Shh. Se está poniendo increíble.

Cuando los Persas atacaron, tuvieron que escalar el muro de muertos, y los Espartanos fueron capaces de ocupar el suelo más alto en la cima de la montaña de cuerpos, y mientras los cuerpos apilados aumentaban, el muro de mártires sólo crecía y por lo tanto era más difícil de escalar, y todos balanceaban espadas/lanzaban flechas, y los ríos de sangre se vertían por Monte Muerte, etc.

Saqué mi cabeza de sus hombros por un momento para tomar un descanso de tanta sangre y miré a Rachel mirar la película. Ella no podía contener su sonrisa tonta. Miré mi propia pantalla a través de mis ojos entrecerrados mientras la montaña crecía con los cuerpos de los Persas y Espartanos. Cuando los Persas finalmente invadieron a los Espartanos, miré a Rachel de nuevo. Incluso aunque los chicos buenos habían perdido, Rachel parecía francamente alegre. La acaricié de nuevo, pero mantuve mis ojos cerrados hasta que la batalla terminó.

Mientras los créditos avanzaban, se sacó los auriculares y dijo—: Lo siento, estaba inundada de la nobleza del sacrificio. ¿Qué estabas diciendo?

—¿Cuánta gente muerta piensas que había allí?

—Como, ¿Cuánta gente ficticia murió en esta película ficticia? No suficiente —bromeó.

—No, me refiero, como, alguna vez. Como, ¿Cuánta gente piensas que alguna vez murió?

—Sucede que yo se la respuesta a esta pregunta —dijo—. Hay siete billones de personas vivas, y cerca de noventa y ocho billones de personas muertas.

—Oh —dije.

Había pensado que tal vez desde que el crecimiento de la población había sido tan rápido, había más personas vivas que todas las muertas combinadas.

—Hay cerca de catorce personas muertas por cada persona viva —dijo.

Los créditos continuaron avanzando. Tomó un gran tiempo para identificar todos esos cadáveres, imaginé. Mi cabeza aún estaba en su hombro.

—Hice alguna investigación sobre esto un par de años atrás —continuó ella—. Me estaba preguntando si todos podemos ser recordados. Como, si nos organizamos, y asignamos un cierto número de cadáveres para cada persona viva, ¿seriamos suficientes para recordar todas las personas muertas?

—¿Y lo somos?

—Seguro, cualquiera puede nombrar a catorce personas muertas. Pero somos dolientes desorganizados, así que un montón de personas terminan recordando a Shakespeare, y nadie termina recordando a la persona que escribió Soneto Cincuenta y Cinco.

—Sí —dije.

Estuvo tranquila por un minuto, y luego habló—: ¿Quieres leer o algo?

—Seguro.

Yo estaba leyendo un largo poema llamado Aullido de Allen Ginsberg para mi clase de poesía, y Rach estaba releyendo Una Aflicción Imperial. Después de un momento dijo—: ¿Es bueno?

—¿El poema? —pregunté.

—Sí.

—Sí, es genial. Los chicos en este poema tomaban incluso más drogas que yo. ¿Cómo en UAI?

—Todavía perfecto —dijo—. Léeme.

—Este no es un poema para leer en voz alta cuando estás sentada junto a tu durmiente madre. Esto tiene, como, la sodomía y el polvo del ángel en él —dije.

—Sólo nombraste dos de mis pasatiempos favoritos —dijo—. Bien, ¿me leerás algo luego?

—Um —dije—. ¿No tengo nada más?

—Esto es muy malo. Estoy en un estado de ánimo para la poesía. ¿No tienes nada memorizado?

—"Vamos entonces, tú y yo" —empecé nerviosamente—. "Cuando la noche se extiende contra el cielo/ como un paciente anestesiado sobre la mesa."

—Más despacio —dijo.

Me sentí vergonzosa, como había estado cuando le dije por primera vez de Una Aflicción Imperial.

—Um, está bien. "Vamos, a través de ciertas calles medio desiertas, /los murmullos retirados /de inquietas noches en una noche de hoteles baratos /y restaurantes de aserrín con conchas de ostras: /calles que siguen como un tedioso argumento /o insidiosos intentos /de dirigirte en una abrumadora pregunta… /oh, no preguntes, ¿Qué es?/ Vamos y hagamos nuestra visita."

—Estoy enamorada de ti —dijo tranquilamente.

—Rachel…—dije.

—Lo estoy —dijo.

Se estaba inclinando hacia mí, y podía ver las esquinas de sus ojos arrugándose.

—Estoy enamorada de ti, y no estoy en el negocio de negarme el simple placer de decir cosas verdaderas. Estoy enamorada de ti, y sé que este amor es sólo un grito en el vacío, y este olvido es inevitable, y que estamos todos condenados y que vendrá un día cuando todo nuestro trabajo sea polvo, y sé que el sol se tragará la única tierra que alguna vez tendremos, y estoy enamorada de ti.

—Rachel—dije de nuevo, no sabiendo que más decir.

Sentía que todo se estaba elevando en mí, como que estaba ahogándome en esta extrañamente dolorosa alegría, pero no podía decirle algo a cambio. No podía decirle nada a cambio. Sólo la miré y la dejé mirarme hasta que asintió, labios fruncidos, y se dio la vuelta, descansando un costado de su cabeza contra la ventana.