Capítulo 9: Embarazada
Sus vidas estaban cambiando radicalmente desde que supieron que Kagome estaba embarazada. Aquella tarde, cuando salió de la cabaña y la vio acariciando al lobo, pensó que iba a darle un infarto allí mismo. Se decidió a mantener la calma y la serenidad para tomar la escopeta sin alertar al lobo y matarlo antes de que la atacara. Sin embargo, sus planes se echaron a perder cuando se percató de que no todo iba bien. Kagome se quedó pálida y temblorosa de un segundo a otro. Demasiado tarde se dio cuenta de que iba a desmayarse. El lobo salió corriendo al escucharle gritar, pero, desgraciadamente, no fue lo bastante rápido para evitar que ella cayera al suelo y se golpeara la cabeza.
Kagome pasó el resto del día en cama después de aquello, mareada y confusa. Se negó a llamar al médico a pesar de los síntomas. Decía que solo era una leve contusión y que, si no se le pasaba para el día siguiente, ella misma le pediría que lo llamase. Decidió hacerle caso para no disgustarla, y la cuidó, temeroso de que aquel episodio volviera a repetirse. Una semana más tarde, cuando todo parecía haber regresado a la normalidad, la encontró desmayada en el suelo de la cocina cuando regresó del trabajo. La comida que estaba preparando hervía y toda la cabaña se estaba llenando de humo negro. Abrió todas las ventanas y la subió al dormitorio para atenderla. Al despertar, le confesó que se había desmayado en otra ocasión en esa semana.
Decidió que ya habían esperado demasiado. Salió de la casa al galope y sacó al doctor Nobunaga de su consulta para que atendiera con urgencia a su esposa. Al principio, se quejó por su brusquedad, más aún porque entre ellos ya habían tenido sus roces, pero, en cuanto le explicó la situación de su esposa, comprendió la presteza. Al llegar, tras hacerle unas preguntas y examinarla, se rio, desconcertándolos a ambos. ¿Qué tenía tanta gracia? A él no le hacía ninguna gracia ver a su esposa enferma reposando en cama porque era incapaz de mantener el equilibrio.
Nobunaga diagnosticó un embarazo. La noticia los pilló por sorpresa a ambos, más aún cuando habían estado conversando días antes sobre tener hijos. Habían decidido esperar unos meses más si era posible, pero la naturaleza había hablado. Debió ser más cuidadoso con su esposa. Aun así, a ninguno de los dos les decepcionó la noticia de que iban a tener un hijo en verano. Desde entonces, estaban planeando. Él no dejaba de pensar en la arquitectura de la casa. Solo tenía un dormitorio libre. Dos criaturas del mismo sexo podrían compartirlo, pero se negaba a poner a un niño y a una niña juntos, y no descartaba que pudieran tener más hijos. Iba siendo hora de ampliar la primera planta. Como solo abarcaba la mitad de la cabaña, podría convertirla por entero en un piso y añadir una buhardilla bajo el techo. El problema era ponerse a realizar una obra de semejante calibre mientras Kagome estaba embarazada o cuando el bebé naciera. No era un buen momento.
Algunos de los vestidos nuevos que encargaron la semana anterior ya habían sido enviados al hogar, así que tuvieron que acercarse a la tienda de la modista para pedirle que ensanchara los que faltaban del encargo. No hizo falta decir que el motivo era el embarazado de Kagome. La modista les sonrió de oreja a oreja y les dio un discurso sobre las maravillas de ser padres. A los dos les dolía la cabeza después de salir de la tienda.
En su trabajo, la noticia había corrido como la pólvora y ya le había caído toda una lluvia de felicitaciones y de regalos para el bebé. Tenían faldones, mantitas y cubertería infantil suficiente como para montar su propia tienda de bebés. Kagome abría cada regalo encantada y los guardaba todos con la misma ilusión en el cuarto que estaban adecentando para el bebé. Lo habían vaciado por completo a excepción del armario que estaban llenando de cosas. Él dedicaba todo su tiempo libre a construir los muebles para el recién nacido.
Nunca se hartaba de escuchar lo afortunado que era por haber encontrado una mujer como Kagome. Hasta entonces ya lo había escuchado de Takeo Higurashi, de Nobunaga, de Miroku, de Sango, de Houjo Akitoki, de Bankotsu Shichinintai (y eso que solo la conocía de oídas), y de muchos más. Todos ellos tenían razón. Salvarla fue lo mejor que había hecho en toda su maldita vida. Kagome se estaba convirtiendo en su redención después de toda una vida de sufrimiento. Ella era su recompensa. Si Kagome había llegado a su vida, era porque Dios de verdad existía.
Ese día estaba muy contento. Había construido su propia calesa para llevar a Kagome a la ciudad. El doctor recomendó que no cabalgara en su estado, pues el traqueteo del caballo podría provocar un aborto. Fueron los dos juntos a la ciudad por la mañana. Mientras que él trabajaba, Kagome estaba en la tienda de la modista para hacerle algunos encargos para el bebé y quería hacer otros recados. Aceptó con la única condición de que no cargara nada de peso. Debía dejar las compras preparadas en las tiendas y él las recogería al salir de trabajar.
Solo le quedaba terminar el plano para la reestructuración del banco y podría salir en busca de su esposa. Habían quedado en que ella lo esperaría frente a su almacén a las dos; no quería retrasarse ni un solo minuto. Comerían en algún restaurante y regresarían a casa juntos.
Tomó la pluma y, con la ayuda de una regla, trazó el último tramo. Después, extendió el plano sobre la mesa, poniendo pisapapeles en las esquinas para que no se enrollase, y lo miró con detenimiento para corregir cualquier error de cálculo. Lo revisó minuciosamente sin encontrar nada que lo desconcertara. Era otro trabajo bien hecho. Mojó la pluma en el tintero y firmó en la esquina del plano. Estaba perfecto.
Salió de la oficina, donde Houjo estaba sumergido en su acostumbrada montaña de papeles. No lograba explicarse que siempre entregara todo a tiempo cuando era tan terriblemente desorganizado. Cogió su chaqueta y se la colocó.
— He dejado el plano del banco extendido sobre mi mesa. — le explicó — Cuando esté seco, guárdalo en un tubo y precíntalo para llevarlo mañana al inversor.
Houjo asintió con la cabeza y se lanzó sobre un papel que salió volando de su mesa.
— Nos vemos mañana.
Se dispuso a marcharse, pero la voz de Houjo lo detuvo.
— ¡Señor Mattews!
— ¿Qué sucede ahora? — consultó su reloj de bolsillo con fastidio al comprobar que ya llegaba dos minutos tarde — Tengo prisa.
— V-Verá… y-yo… ¡Yo quería disculparme!
Lo miró sin entender de qué estaba hablando.
— P-Por su esposa… — se explicó — Yo no sabía… cuando… es complicado…
Por fin entendió. Se estaba refiriendo a aquel día, cuando Kagome lo invitó a comer y quedó más que patente que eso lo disgustó. Había estado enfadado por eso durante semanas, pero la verdad era que ya no le importaba demasiado. Iba conociendo a Kagome, su forma de ser; ella era simplemente así. Sabía que seguía dándole de comer a ese maldito lobo a sus espaldas. Solo se estaba callando para no alterarla.
— No te preocupes, Houjo. Eso ya es agua pasada.
— Gracias, señor Mattews… — suspiró aliviado — No quería interponerme entre su señora y usted…
— Tranquilo. — sonrió — Además, nunca habrías tenido ni la más mínima oportunidad con ella.
Y, con esas palabras, giró el pomo de la puerta y salió de la zona de las oficinas. La verdad era que se había quedado muy a gusto diciendo aquello en voz alta. Era verdad. Houjo jamás tuvo ninguna posibilidad con su preciosa esposa. La razón era simple: Kagome lo amaba a él. Le había costado darse cuenta, pero por fin sabía que ella lo amaba con locura. No se lo había dicho nunca y tampoco hacía falta. Podía leer en su mirada lo mucho que lo amaba y eso le gustaba, lo reconfortaba. Tenía una esposa y su amor, ¿qué más podía pedir un hombre?
Atravesó el almacén, donde todos los hombres se fueron despidiendo de él, y se detuvo a respirar aire fresco al salir al exterior. El amor de Kagome le estaba dando fuerzas renovadas desde que lo descubrió. Le daba una muy buena razón para levantarse todas las mañanas. Antes solo trabajaba por supervivencia. Desde que la conoció, lo hacía por una preciosa familia a la que quería mantener protegida a toda costa.
Vio a Kagome al frente hablando con una mujer del pueblo que llevaba de la mano a su hijo pequeño. Kagome se había puesto uno de sus vestidos nuevos. El azul cielo le sentaba de maravilla, resaltaba su cabello y sus ojos. El vestido de manga francesa y cuello alto no tenía muchos detalles, pero en Kagome se convertía en toda una belleza. Solo tenía un par de líneas en el talle que caían hasta el final del corpiño y, en la parte de atrás de la falda, una hermosa lazada dorada que caía hasta casi sus rodillas. Lo había combinado con el pañuelo color limón que le regaló y llevaba el cabello recogido bajo un sombrero a juego con el vestido. Kagome se acababa de convertir en la mujer más elegante de todo el pueblo.
Se rio de algo que dijo la mujer; después, se inclinó y acarició la mejilla del niño. Le dijo algo que, aunque él no pudo escuchar, debió gustarle al niño, pues sonrió como si acabara de poner el cielo al alcance de sus manos. Lo besó en la frente y se despidió de la mujer. Era su momento de acercarse.
Reajustó su corbata sobre la camisa y se mesó el cabello para presentarse ante su esposa con buen aspecto, pero no llegó a iniciar el movimiento cuando la vio. Kikio Tama iba directa hacia su esposa, vestida como una cabaretera. ¿Qué demonios estaba haciendo? Se le cortó la respiración en ese instante y el miedo lo embargó. Temía que le dijera a Kagome cualquier mentira, o, peor aún, alguna verdad. Había mujeres a las que les molestaba que sus maridos tuvieran alguna aventura antes del matrimonio. ¡Tenía que intervenir!
Apenas se había despedido del adorable hijo de la panadera cuando una mujer vestida de cabaretera se aventuró hacia ella. Podría haber pensado que solo iba de paso, pero su vista estaba fija en ella. Fuera quien fuera esa mujer, la estaba buscando a ella y no lograba comprender el motivo. ¿Qué tenía ella que ver con una cabaretera? La que más cerca había tenido fue a Sango por su boda, nadie más.
— ¿Kagome Higurashi?
La otra mujer sabía muy bien con quién estaba hablando, pero no estaba de más dejar algunas cosas claras. No le gustaba la actitud que estaba tomando esa mujer.
— Kagome Mattews, ahora.
En realidad, era Kagome Taisho, pero eso ya no tenía importancia.
— Kikio Tama. — se presentó.
Le ofreció su mano y la estrechó con desconfianza, con el único motivo de no mostrarse descortés en medio de la calle. ¡Era verdad! ¡Estaba en la calle! Volvió la mirada hacia los lados, percatándose de que todos las miraban fijamente, como si esperaran que fueran a pelearse en cualquier momento. ¿Qué estaba pasando?
— ¿En qué puedo ayudarla? — preguntó al fin.
— Verá, por su culpa me he quedado sin trabajo…
¿Cómo? Eso sí que no lo entendía. ¿Qué tendría ella que ver con que una cabaretera se quedara sin trabajo? ¿Sería una broma? Si ella apenas había pisado el pueblo en todo el tiempo que llevaba allí. Ese día era el primero en el que paseaba por su cuenta…
— ¿Disculpe?
— Su marido era mi mejor cliente… — musitó.
Su primer impulso natural fue el de tirarse sobre ella con las manos extendidas para rodear su cuello y estrangularla hasta la muerte. No lo hizo, pero podría haberlo hecho. Estaba en su derecho a hacerlo como mujer de Inuyasha. Aunque tampoco era tan grave, ¿no? Se sabía desde siempre que los hombres solían frecuentar los burdeles, sobre todos los solteros. Algunos no dejaban de acudir a esos lugares después de casados, pero Inuyasha sí que dejó de ir. Si bien no se lo había contado él mismo, la misma Kikio le había confirmado indirectamente algo que ella ya sospechaba. No tendría por qué enfadarse con él. Solo con esa mala mujer que quería hacer daño, romper su relación.
— Es una lástima, querida. — intentó aparentar normalidad — Espero que logre encontrar otro cliente.
Con esas palabras, trató de despedirse de ella, pero la mujer era tozuda. Tomó su brazo y le impidió pasar a su lado para alejarse. ¿Quién se creía que era?
— ¿Qué cree que está haciendo? — se soltó de un tirón — Esto es totalmente inapropiado.
— Se cansará de ti. — le aseguró — No eres más que una diminuta señorita que no sabe nada de la vida. Nunca serás suficiente para él…
— Yo difiero sobre esa cuestión.
Las dos se volvieron hacia la voz masculina de Inuyasha y lo miraron con horror, especialmente Kikio. Inuyasha se interpuso entre las dos y colocó su brazo en posición para que lo tomara. Hacerse la ofendida e ignorarlo no sería una buena idea cuando eran el centro de atención de medio pueblo. Más tarde, en la intimidad, iban a tener una conversación sobre la atrevida de Kikio Tama.
— Inuyasha, ¿vendrás a visitarme esta noche?
Le dio un vuelco el corazón al escucharle hacer esa oferta frente a ella. ¿Quién se creía que era?
— No iré ni esta noche, ni nunca. Métetelo ya en la cabeza.
Kikio le lanzó una venenosa mirada al escucharlo. Después, bajó la vista hacia su vientre y sonrió con lo que a ella le pareció maldad. ¿Sabía que estaba embarazada? ¡Claro que lo sabía! Todo el maldito pueblo sabía que ella estaba embarazada.
— Los accidentes suceden a veces.
Quizás a Inuyasha no, pero a ella sí que logró asustarla con esas palabras. ¿Cómo que los accidentes suceden a veces? ¿Cómo se atrevía a decirle aquello sin apartar la mirada de su vientre? ¿Acaso conspiraba para matar a su hijo? ¡Esa mujer estaba loca! Y ella tenía miedo. Por un momento, su mirada y sus palabras ponzoñosas le recordaron a Naraku y sus artimañas para lograr cuanto deseaba. La idea de que esa mujer fuese capaz de hacerle algo a ella o a su hijo la aterrorizaba. ¿Por qué Inuyasha tuvo que ir a aquel maldito burdel?
— Lo siento. — se disculpó él a su lado, como si leyera sus pensamientos — Nunca debiste escuchar algo así y menos por mi culpa.
Ella no se conformaba con eso. ¡La había amenazado!
— ¿La has escuchado? — se quejó en voz baja, intentando no llamar la atención — Quiere…
— No importa lo que quiera porque no te hará ningún daño ni a ti, ni al bebé. Te prometo que la controlaré.
— ¿Cómo piensas hacerlo? — le inquirió saber — ¿Vas a volver a visitarla para que se quede tranquilita? Y mientras tanto, ¿qué hago yo? ¿Mezo la cuna del niño y hago como que no sucede nada?
Notó que Inuyasha se tensaba a su lado, pero no tuvieron oportunidad de discutir absolutamente nada. El sheriff escogió ese momento para cruzarse en su camino. La abrazó y le expresó lo feliz que estaba de poder felicitarla en persona por la gran noticia del hijo que esperaban. A ella ya no le parecía una gran noticia. No desde que la amenazaron con un maldito aborto forzoso. Debió estrangular a esa mujer cuando los dedos le cosquillearon por la tentación.
Un día que había empezado tan bien estaba resultando desastroso. ¿Quién le iba a decir que iba a acabar teniendo un encontronazo con esa mujer después de tan agradable mañana? Se había levantado con Inuyasha, estrenaba uno de sus preciosos vestidos nuevos, había paseado por toda la ciudad con el permiso de su preocupado marido para comprar cuanto se le antojase y tenía un montón de cosas nuevas para llevar a la casa. Todo era perfecto y todo seguía siendo perfecto cuando el hijo pequeño de la panadera se tropezó con sus faldas y las rasgó sin querer. No le importó. De hecho, escuchó emocionada todas las cosas que su madre decía que hacía, pensando en que algún día ella hablaría así de orgullosa sobre su hijo. Aunque, claro, la madre también podría haberle hablado de Kikio Tama.
Todo el mundo en ese pueblo parecía saber quién era Kikio y en qué parte de su vida y la de su marido encajaba. Todos lo habían sabido desde el principio, habían murmurado, pero ninguno tuvo la decencia de explicárselo. ¿Qué esperaban? Seguro que las veían como la esposa y como la amante. No obstante, su marido no se había movido de casa ni una sola noche, podía dar fe de ello, y el burdel cerraba de día. ¿A quién quería engañar? Si querían verse, podrían haber encontrado la forma, pero tenía la esperanza de que Inuyasha no hiciera algo así. No era eso lo que le enfadaba. Le enfadaba que su estúpida aventurita con esa mujer tan odiosa iba a causarles problemas.
En realidad, se estaba comportando como una estúpida, ¿no? Inuyasha todavía se estaba preparando y esperaba día a día noticias de su padre con la esperanza de saber qué planeaba Naraku en venganza. Estaba convencidísimo de que no lo dejaría pasar por alto y ella también. Inuyasha ya tenía bastantes problemas teniendo que adoptar un apellido y una vida falsa. Por otro lado, ella le había atraído a uno de los hombres más poderosos y más peligrosos del condado. ¿Quién era ella para juzgarlo a cuenta de una prostituta con la boca muy grande? Tendría que disculparse con él y encontrar la forma de hablar del tema de forma civilizada, sin dejarse llevar por esos celos enfermizos que sentía.
Lamentablemente, el momento de poder hablar del tema se iba a retrasar más de lo esperado. Después de ayudarles a recoger todo lo que había comprado a lo largo de la mañana, Miroku se apuntó a la comida. De camino al restaurante, se cruzaron con Sango, a quien Miroku también invitó, y terminaron los cuatro pidiendo mesa. Todos los miraban por lo extraño de la situación. El arquitecto y su esposa, el sheriff y una cabaretera… Si se lo contara a su padre, no se lo creería, seguro.
Pidió pasta y verduras. Sentía el estómago demasiado revuelto como para comer carne, y no habló durante toda la comida. Hubo un momento en el que los dos hombres se levantaron para ir a pagar; entonces, se quedó sola con Sango. Esta aprovechó para inclinarse y hablarle.
— Me he enterado de lo que ha sucedido con Kikio. — confesó — No le eches cuenta.
A esas alturas, ¿quién no sabría lo sucedido?
— Kikio está celosa. Siempre creyó que conseguiría cazar a Inuyasha y hacerse con su dinero, pero llegaste tú y le demostraste lo poco que ella le importaba.
No sabía si sentirse satisfecha al escuchar eso o apenada. Al fin y al cabo, aunque Kikio fuera una egoísta y codiciosa mujer, debía estar muy sola. ¿Qué tenía una prostituta? Los hombres ya pagaban por ella, no necesitaban más de ella. Debía ser muy solitaria esa vida.
— Has herido su orgullo, nada más. Se le pasará. — le aseguró — O le daré con la sartén.
La miró sorprendida al escuchar esa afirmación. ¿Darle con la sartén?
— Tú me caes bien, ella no. — se justificó.
No le contestó nada porque los hombres ya regresaban, pero fue capaz de volver a sonreír después de escuchar a Sango. Estaba muy feliz de oír que le caía bien a alguien en ese pueblo y que estaba dispuesto a repartir sartenazos en nombre de su honor. Sango había terminado arreglándole el día.
Miroku e Inuyasha se sentaron frente a ellas con sus habituales vasos de whisky. Trajeron un café para Sango y leche caliente para ella. Sango, en vez de aceptar el café, le quitó a Miroku su vaso de whisky y se lo bebió de un trago.
— Parece mentira que no me conozcas. — le reprochó.
Los cuatro se rieron y conversaron sobre cosas sin importancia.
— Debe ser estupendo tener un estanque entero para vosotros solos. — comentó Sango — En verano, seguro que se está estupendamente allí.
— Sí, algunas veces voy a nadar. — confirmó Inuyasha.
— ¿Un estanque? — preguntó sin comprender.
— ¿No recuerdas el estanque? — le reprochó Inuyasha — Casi te ahogaste en él.
Ya recordaba ese estanque. Nunca había ido allí desde aquel incidente. En la noche y medio inconsciente, no pudo verlo. ¿Tan cerca estaba el estanque de la cabaña? De repente, se le pasó por la cabeza que, tal vez, en verano, todos los vecinos del pueblo se acercaran allí a bañarse. No le gustaría tener eso lleno de gente cuando era tan tranquilo el resto del año.
— ¿Suele ir mucha gente por allí? — preguntó preocupada.
— En realidad, no. — contestó Inuyasha — Creo que eres la primera que se cuela en mis terrenos.
Ella lo miró sin comprender.
— Kagome, media montaña me pertenece. Bueno, nos pertenece ahora.
¿Inuyasha había comprado media montaña? ¡Qué estúpida! Bueno, en su defensa podía decir que no vio ningún cartel que señalizara su propiedad privada. Y, aunque lo hubiera visto, no habría podido leerlo en la noche. Lo mirara por donde lo mirase, subir a la montaña fue una estupidez. No podía atravesar una propiedad privada sin permiso del dueño.
— En verano tendrás un estanque para ti solita. — añadió Sango de nuevo — ¡Qué envidia!
Envidia para nada en su situación.
— No sé nadar…
— ¿No sabes nadar? — preguntó asombrada la otra mujer como si fuera algo anormal.
— Nunca aprendí… — musitó avergonzada.
— ¡Inuyasha tienes que enseñar a nadar a tu esposa! — le ordenó Sango.
No tuvo tiempo ni de contestar cuando las puertas del restaurante se abrieron abruptamente y entró una mujer que parecía estar de muy mal humor. Era bajita y rechoncha, tenía el cabello negro recogido en un moño, los ojos castaños entrecerrados y los labios finos apretados. En sus manos llevaba un rodillo de amasar y tenía toda la pinta de estar dispuesta a matar a alguien. Su mirada en su mesa, en Miroku. ¡Era su esposa!
— ¡Miroku! — lo llamó — ¿Cómo te atreves a humillarme así públicamente?
Sango se levantó de un salto y le tiró el café caliente encima a Miroku.
— ¡Me dijiste que la habías dejado!
Miroku intercaló la mirada ente una mujer y la otra sin saber qué hacer. Su esposa fue más rápida y se lanzó hacia la mesa con el rodillo en alto. Antes de que el sheriff esquivara el golpe y el rodillo impactara en la mesa, Inuyasha la agarró y la levantó. ¿Se podía hacer eso? ¿No era ilegal? ¿Podía Miroku arrestar a su esposa? Aunque se suponía que le estaba poniendo los cuernos, y la ley del oeste era muy clara…
— Nosotros nos vamos. — dijo Inuyasha — Mejor solucionad vuestros problemas solos.
Nunca había estado tan de acuerdo con Inuyasha. Se dejó guiar por él hacia la puerta ignorando los gritos de Miroku y de las dos mujeres mientras se dirigía hacia la calesa. La escena fue ciertamente cómica, pero no le gustaría presenciarla hasta el final. Tenía toda la pinta de que las cosas se iban a poner muy feas para el sheriff. Una vez, tiempo atrás, escuchó su historia y se sintió muy identificada con él. Le obligaron a casarse cuando apenas era un hombre, como su padre estuvo a punto de hacer con ella. No sabía decir si era afortunado o no de haber encontrado el amor después.
En la calesa, Inuyasha y ella viajaban en silencio hacia su hogar. Ninguno de los dos sabía cómo empezar la inevitable conversación. Al final, fue Inuyasha quien dio el primer paso cuando el pueblo estuvo lo bastante lejos.
— Tenemos que hablar.
Asintió con la cabeza y esperó a que continuara.
— Esa mujer no te hará daño, te lo prometo. No voy a consentirlo y haré cuanto sea posible para alejarla. En la barra le he comentado el asunto a Miroku y me ha dicho que puede encarcelarla si…
— ¿De qué la conoces?
En ese instante poco le importaba esa parte de la historia. Sabía muy bien de qué se conocían Kikio e Inuyasha, pero quería que él se lo contara. Quería escucharle decirlo a él y ver cómo lo explicaba.
— Ka-Kagome… — balbuceó — ¿Es necesario que lo cuente?
Su semblante serio debió ser respuesta suficiente a juzgar por su hondo suspiro.
— Es prostituta y yo era su cliente, nada más.
— ¿Por qué…?
— ¡No lo sé! — exclamó frustrado — Porque estaba disponible, porque necesitaba desahogarme, porque me sentía solo…— enumeró — Quédate con la razón que más te guste.
Creía poder entender lo que Inuyasha estaba tratando de decirle. No tenía ningún derecho a reclamarle por lo que había hecho antes de conocerla; solo quería saber, conocer la verdad para poder juzgarlo correctamente.
— Solo hay una cosa por la que deba disculparme contigo. — admitió — El día que invitaste a comer a Houjo, estaba tan enfadado que fui al burdel.
Por eso llegó tan tarde esa noche. Debió salir a comprobar de dónde venía o quizás lo mejor fuera hacer exactamente lo que hizo. Si en ese momento ya se estaba tomando mal su confesión, peor habría sido en el mismo momento, en caliente. No sabía qué pensar.
— En mi defensa, solo diré que no la tomé. No pude hacerlo.
— ¿Por qué no? — se atrevió a preguntar.
— Porque solo quería tomarla para fastidiarte a ti, en venganza por lo de Houjo…
¡Estaba celoso! No sabía que Inuyasha también pudiera sentirse así. Cuando sucedió lo de Houjo, no sospechó tan siquiera que iban a acabar casados. Por aquel entonces, no pensaba en Inuyasha de forma romántica o no tan romántica. No imaginó que él pudiera estar celoso en relación con ella. Evidentemente, no supo interpretar las señales que le dejó. Podía perdonarle ese desliz, pero solo había una cosa que necesitaba saber para olvidarse de Kikio, de ese burdel y de todo definitivamente.
— ¿Qué sientes por ella?
— ¿Por Kikio? — asintió con la cabeza — ¡Nada, por Dios! Me es indiferente lo que haga Kikio con su vida. Solo quiero tenerla lejos y olvidarme de todo lo que esté relacionado con ella.
Esa explicación le servía. Al llegar a la casa, Inuyasha dejó los paquetes en el salón, a la espera de que ella decidiera dónde guardar o colocar cada cosa. Ahora bien, se sentía muy cansada para hacerlo en ese momento tras todo el día caminando y así se lo hizo saber a su marido. Inuyasha la acompañó a su dormitorio y le ayudó a quitarse el vestido. Después, se puso un camisón, se soltó el cabello y se tumbó para echarse una corta siesta.
Soñó con un niño llorando. Ella estaba abajo cocinando y salió corriendo hacia el piso superior. Una cuna idéntica a aquella que le vio construir a Inuyasha en una ocasión se mecía con el viento que entraba por la ventana abierta. Apartó la mantita que cubría al niño y lo tomó entre sus brazos tiernamente mientras le cantaba una nana. Se acercó a la ventana y la cerró, pensando que hacía demasiado frío para el bebé. Lo meció hasta que se quedó dormido; después, lo volvió a dejar en la cuna y a cubrirlo. Cuando caminaba hacia la puerta, escuchó un ruido a su espalda. Se volvió de golpe. Vio dos sombras que se cernían sobre la cuna de su hijo: una era la sombra de Naraku y otra era la de Kikio. Ambos llevaban cuchillos.
Se despertó asustada, alterada y llorando. No lo había superado en absoluto. No podía olvidarse de Naraku y del momento de su venganza, ni de Kikio y su amenaza velada. Por más que lo intentara, ellos siempre estaban en su cabeza acosándola. Se abrazó a sí misma, aterrada. El sonido de unos golpes en el dormitorio contiguo la aterró. ¿Y si su pesadilla era real? Se suponía que ese cuarto debía estar vacío por el momento, hasta que Inuyasha terminara con los muebles.
Cogió una manta con la que se envolvió y caminó descalza por el pasillo. La puerta del otro dormitorio estaba abierta y la luz iluminaba el pasillo. Escuchó otro ruido que le hizo saltar del sitio. Ya era de noche. ¿Cómo pudo dormir durante tanto tiempo? A ella se le había hecho realmente corto entre pesadillas.
— ¿Inuyasha?
Dio un paso más adelante y se situó en el umbral de la puerta. Inuyasha se volvió y compuso un mohín desilusionado al verla allí. De repente, comprendió todo. La habitación del niño ya estaba más que lista. Entró dentro y contempló fascinada el mobiliario. Inuyasha había construido una cuna más preciosa aún que aquella que ella recordaba y estaba situada justo en el centro de la habitación. Pondría debajo de ella la alfombra de colores alegres que compró. Colocó unas estanterías en la pared para dejar las cosas del niño. También había una caja artesanal de madera en una esquina para los juguetes y un caballo de madera que se mecía. Lo que más le gustó fue la silla mecedora, sustituyendo a la otra que ocupó Inuyasha durante su convalecencia, en la que ella podría acunar a su hijo.
— Es precioso, Inuyasha. — tanto que sentía ganas de llorar — ¡Me encanta!
— Me alegro de oír eso. — dijo a su espalda mientras ella examinaba cada cosa — Temía que no fuera de tu agrado.
¿Cómo no iba a serlo? Todo aquello era absolutamente perfecto.
— También estoy consiguiendo materiales para construirle una cama. La necesitará pronto…
Sí, muy pronto. Se inclinó para coger de la cuna una figurita tallada en madera que llamó su atención. Era un ángel femenino, un precioso ángel que se parecía muchísimo a ella. ¡Era como verse en el espejo! Inuyasha había tallado su rostro y su cuerpo para crear ese ángel.
— ¿Inuyasha?
— Antes me preguntaste qué sentía por Kikio, pero no me preguntaste qué sentía por ti.
Le hizo volverse y la miró tan intensamente que la dejó hipnotizada.
— Tú ocupas un lugar muy importante de mi vida, Kagome. — cogió su mano. — Tú estás aquí. — la colocó sobre su pecho — En mi corazón.
Su corazón. Ya no podía contener por más tiempo las lágrimas, por lo que agachó la cabeza avergonzada. Inuyasha le hizo volver a levantarla y le limpió la cara con paciencia y amoroso cuidado.
— Te amo, Kagome.
Continuará…
