Disclaimer la historia como los personajes no me pertenecen, estos son de sus respectivas autoras Patricia Briggs y JK Rowling.
ADVERTENCIA: esta historia tendrá contenido yaoi (boyxboy) la pareja principal es SeverusxHarry.
Esta historia es una adaptación de la obra Alfa y Omega de Patricia Briggs con los personajes de Harry Potter, espero les guste.
Resumen:
Como la pareja de Severus Snape, el hijo —y ejecutor— del líder de los hombres lobo de Europa, Harry Potter sabe perfectamente lo peligrosas que estas criaturas pueden llegar a ser, y más cuando un hombre lobo enfrentado a Severus y su padre ha sido abatido. La reputación de Severus hace de él el primer sospechoso, y el castigo por ese crimen es la ejecución. Ahora Harry y Severus tendrán que combinar sus talentos para atrapar al verdadero asesino... o Severus lo pagará muy caro.
Capítulo 6
Severus se obligó a caminar. No tenía prisa. Ted habría representado un problema en otras circunstancias, pero su pareja estaba con él para calmarlo. Y pese al dolor y la debilidad, Ted jamás haría daño a un Omega.
Se sentía inquieto, y sabía que era por Harry. No estaba acostumbrado a dejarse llevar por el pánico, y aquello le ponía nervioso.
Había pocas personas que le preocuparan lo suficiente como para sentir pánico por lo que podía ocurrirles, y la mayoría de ellas llevaban mucho tiempo muertas y ya no necesitaban su ayuda. Habitualmente, tanto su padre como su hermano Sirius sabían defenderse solos.
Pero Harry le hacía sentir vulnerable.
Le había dicho que estaba bien, y no había razón para pensar que no fuese cierto. Pese a la tensión en su voz tras haber luchado por su supervivencia, parecía estar momentáneamente a salvo. Y Ted necesitaría tranquilidad para poder curar sus heridas, no a un lobo con la adrenalina hasta las cejas que ni siquiera era de su manada. Sin embargo, incluso esforzándose por caminar lenta y de forma regular, el Hermano Lobo seguía poniendo a prueba su control, cada vez más inquieto.
Y su parte humana tampoco ayudaba mucho. Alguien había intentado cazar a su Harry y él no había estado a su lado para evitarlo.
Un hombre joven que caminaba en la dirección contraria levantó la cabeza para mirar a Severus... y volvió a bajarla rápidamente cuando sus ojos se encontraron. Solo entonces Severus se dio cuenta de que estaba gruñendo débilmente.
Se detuvo, respiró hondo y titubeó un instante cuando detectó en el aire algo... inusual. Algo no terminaba de encajar. Ni rastro de la habitual mezcla de olores propia de la ciudad.
Se encontraba sobre una amplia franja de asfalto que parecía tan reluciente como el día que lo habían vertido. No era extraño que en una ciudad como Seattle, donde la lluvia limpiaba las calles regularmente, no hubiera ni rastro de basura. Lo que resultaba desconcertante era la ausencia de basura, de olores, de todo. Lo suficientemente desconcertante como para dejar a un lado la frenética necesidad de reunirse con Harry para asegurarse de que se encontraba bien y detenerse un instante a reflexionar.
Según Harry, la bruja de Ted había eliminado el rastro de sangre, y ante sí tenía el resultado: una serpenteante franja sobre la acera mucho más pálida que el cemento circundante. Seguía siendo un rastro para el que estuviera dispuesto a seguirlo, aunque supuso que una persona ciega no podía darse cuenta de eso. Y era mucho mejor que el reguero de sangre que habría conducido a la policía directamente hasta el hotel.
Podía seguir el rastro hasta el hotel o podía salir de caza. Se quedó completamente inmóvil y lo consultó con el Hermano Lobo. Dio media vuelta y dirigió sus pasos en la dirección contraria a la del hotel.
Sí, dijo el Hermano Lobo exultante al unísono con su mitad humana.
Ambos necesitaban sangre y carne. Harry les estaba esperando, pero Alastor no tardaría en llegar al hotel con su coche y entonces estaría perfectamente a salvo.
Tenía tiempo de cazar. Para que tanto él como el Hermano Lobo pudieran librarse de aquella ira y recuperar el equilibrio perdido.
Solo tuvo que recorrer unas cuantas calles para que la acera mágicamente blanqueada recuperara su aspecto habitual Pese a la lluvia, el rastro de Harry persistía en el aire.
Aunque no era muy tarde, calculó que poco más de las seis, ya había oscurecido. Hacía veinte minutos que Harry había recurrido a su poder, quince desde que habían hablado por teléfono. Por entonces, las sombras no debían de ser tan insondables, pero lo suficiente para que las criaturas de la noche salieran de caza.
Volvió a la zona limpia y echó un vistazo a su alrededor. Distinguió una pieza de ropa ennegrecida, húmeda y sucia, y a unos metros de distancia, una bolsa de plástico de la que asomaban dos pares de zapatos de hombre junto a otro zapato, este de tacón y de color rosa chillón. Un breve examen al perímetro del hechizo de la bruja le permitió detectar la presencia de vampiros.
Vampiros atacando a hombres lobo en Seattle. Mientras reflexionaba sobre sus implicaciones, apretó los puños ante la idea de que SU Harry hubiera tenido que enfrentarse a los chupasangres.
La pieza de ropa no olía a nada. Sin embargo, el solitario zapato rosa no se había visto afectado por el hechizo de Meda. Cuando se lo acercó a la nariz, percibió un débil hedor a carne chamuscada y a vampiro.
Los dos pares de zapatos eran nuevos y olían a piel y a tinte y conservaban el débil rastro de Harry.
Severus no podría haber tenido menos interés por los zapatos, y sospechaba que al resto de los hombres les ocurría lo mismo. De hecho, le traían sin cuidado. Lo prefería desnudo, aunque las últimas semanas había empezado a pensar que la segunda mejor opción era vestido con su ropa.
Pese a sonreír débilmente ante el recuerdo de Harry enfundado en su jersey, no perdió la concentración en la caza. Siguió la pista del hechizo de la bruja hasta dar con el rastro que habían dejado los vampiros al huir. No le resultó muy difícil, ya que al menos uno de ellos sangraba copiosamente. Dejó trabajar a su olfato y la sonrisa desapareció de su rostro.
Al principio había creído que el ataque había sido obra de un solo vampiro, tal vez dos. Pero ahora su olfato le decía que habían sido muchos más. Percibió seis rastros distintivos. Seis vampiros tras la pista de Harry.
Y entonces se preguntó si había sido sincero con él cuando le había dicho que se encontraba bien. El zapato rosa se partió en dos en su mano y lo dejó caer al suelo. Volvió a gruñir débilmente mientras seguía el rastro de los vampiros hasta un aparcamiento, plaza cuarenta y seis.
Cuatro minutos después y, tras cierta dosis de intimidación, lo que, dado su estado de ánimo, no le resultó muy difícil, descubrió que la plaza había sido alquilada para un periodo de seis meses pero que había estado ocupada de forma intermitente.
No había modo de saber si los vampiros tenían algún tipo de relación con la persona que había alquilado la plaza o si simplemente habían encontrado el sitio libre y lo habían utilizado. Aunque se inclinaba más por la segunda opción. No tenían previsto estar mucho tiempo, y el personal del aparcamiento hacía una ronda cada dos horas.
—Sí —le dijo el encargado, un chico que probablemente no habría cumplido aún los veinte. Ya no miraba a Severus a los ojos, lo que le ayudó a tranquilizarse un poco—. Se marchó como si le persiguieran todos los demonios del averno. Lo recuerdo porque era un mono volumen, un Dodge azul. No es el típico coche que suelen utilizar los tipos que se meten en líos. No lo vi llegar, y cuando hice la ronda al empezar mi turno, no recuerdo haber visto ningún mono volumen salvo el de la señora Sullivan.
A Severus no le interesaba aquello. Los juegos mentales que afectaban a los humanos eran una de las especialidades predilectas de los vampiros. Si le habían dicho al encargado que no recordara nada, no lo recordaría.
—¿Quién iba en el mono volumen?
—Tres hombres y una mujer. Todos vestidos como si fueran del FBI, ya sabe. Serios y conservadores. —El chico volvió a mirar a Severus—. ¿Es usted poli? ¿No tendría que enseñarme la placa o algo así?
—O algo así —murmuró Severus, y el encargado empalideció y volvió a apartar la mirada. Severus le agradeció amablemente la información y se marchó.
Podría haberle pedido que le dejara ver las imágenes de las cámaras de seguridad, pero no había necesidad de traumatizar más al chico; de todos modos, ya tenía sus rastros, y no tenía intención alguna de olvidarlos. Aunque no fuera hoy, algún día se cruzaría con ellos; el mundo no era un lugar tan grande para alguien que vivía eternamente. Cuando los encontrara, les haría recordar aquella noche.
Cuando regresó al lugar del ataque, se detuvo a recoger los zapatos de Harry y los guardó en la bolsa de plástico. No había encontrado sangre ni carne al final de la cacería. El Hermano Lobo no estaba muy satisfecho. De hecho, no lo estaba en absoluto.
De camino al hotel, logró recuperar parte de su control. Tendría que conformarse con eso.
"* * *"
Alastor estaba sentado en el suelo frente a la habitación, leyendo el periódico. Aunque su actitud no era muy amenazadora, Severus no habría confiado en muchos más lobos para proteger a su pareja. Pocas cosas eran capaces de superar al viejo lobo que gobernaba Seattle.
—¿Alguna noticia interesante? —le preguntó Severus educadamente.
—Nada. —Alastor dobló el periódico con precisión quirúrgica y se puso en pie, evitando en todo momento la mirada de Severus. Al Alfa de la Ciudad Esmeralda no se le escapaba nada. Por mucho que Severus hubiese adoptado su mejor cara de póquer, cualquier lobo experimentado habría olido la frustración tras una caza frustrada a sesenta metros de distancia.
—Tu pareja se ha negado a dejar entrar a nadie hasta que llegaras. Con Ted herido y Meda...
—... sin magia suficiente para encender ni una vela —terminó Harry desde la puerta—. Y lo siento, pero aún no conozco a Alastor. Sé que nos presentaron, pero esta mañana he conocido a mucha gente. Y creo que el ataque ha sido preparado desde dentro. No me ha parecido muy inteligente abrir la puerta simplemente porque alguien aseguraba ser Alastor.
Severus le dirigió una mirada intensa... él solo había olido la presencia de vampiros. ¿También había un hombre lobo? Volvió a poner bajo control a su depredador interior.
Necesitaba respuestas. Y debía asegurarse de que Harry no percibía el esfuerzo que debía realizar para fingir estar en calma, equilibrado. Por suerte, Harry todavía estaba trabajando en aprender lo que le decía su olfato.
—Como no he detectado ninguna amenaza urgente, he decidido que lo mejor era sentarse y esperar a que llegara alguien que Harry conociera —dijo Alastor, visiblemente satisfecho con Harry.
—Harry —dijo Severus, ignorando el impulso de examinarlo más de cerca para asegurarse de que estaba bien—. Este es Alastor, el Alfa de la Ciudad Esmeralda. Jamás, bajo ninguna circunstancia, le habría tendido una trampa a Ted, y menos con un grupo de vampiros.
Alastor miró fijamente a Severus mientras Harry le examinaba detenidamente, lo que obligó a Severus a dominar sus instintos de posesión. Solo estaba evaluándolo. El Alfa de la Ciudad Esmeralda era solo unos cuatro o cinco centímetros más alto que su pareja, quien ya de por sí no era un joven muy alto, y tampoco pesaba mucho más. Era enjuto y algo robusto. El cabello rubio rojizo y los ojos oscuros le otorgaban una belleza algo excéntrica que utilizaba sin piedad. La gente que no le conocía solía subestimarlo, lo que probablemente era una de las razones que explicaban la satisfacción que parecía sentir por las precauciones de Harry. La otra razón era más que evidente: la determinación con que había protegido a uno de sus lobos.
No obstante, Harry conocía a Tobías, alguien a quien se le daba incluso mejor que a Alastor aparentar ser menos de lo que era en realidad. Aunque Tobías lo hacía a propósito.
—Perdóname si te he ofendido. —La disculpa de Harry era sincera.
—No te preocupes —dijo Alastor—. ¿Parezco ofendido? Entremos, así podrás contarnos lo que ha ocurrido y ver qué podemos hacer. Vampiros, ¿eh?
Harry se apartó de la puerta. La habitación estaba saturada del olor que desprendía la angustia y el hedor del miedo reciente. Su labio superior se contrajo al percibirlo también.
—Lo siento —dijo. Tenía la camiseta manchada de sangre y el aire de la habitación estaba cargado con la acritud que solían desprender las heridas abiertas.
No son suyas, le dijo el Hermano Lobo con voracidad. Pero podrían serlo. Severus no pudo precisar quién de los dos había pensado aquello último, puede que ambos. Su control se resintió: le estaba costando mucho más de lo habitual mantenerlo a raya.
Debía mantener las distancias, solo hasta que pudiera recuperar la calma y centrarse. Permitió que Alastor pasara entre él y Harry, y cuando comprobó que el Hermano Lobo no perdía los estribos, respiró aliviado y se permitió examinar a Harry.
Debido a la palidez de su rostro, las pequeñas pecas eran más visibles que nunca, pero el olor de su miedo no era reciente. Alastor no lo había asustado, simplemente se había mostrado cauteloso. El Hermano Lobo se tranquilizó no sin cierta desconfianza.
—Aquí tienes —le dijo Severus al entregarle la bolsa con los zapatos.
Harry se quedó mirando la bolsa desconcertado y su rostro se iluminó con una sonrisa.
—Eres sobrenatural, Severus. Absolutamente sobrenatural.
Abrió la puerta del armario y guardó en este los zapatos junto a muchas otras bolsas que aquella mañana no estaban allí. También había un par de trajes cubiertos con una funda de plástico, colgados junto a los albornoces del hotel. Había vuelto allí con parte de las compras antes del ataque. Puede que los vampiros lo estuvieran esperando, vigilando el hotel, y que los hubieran seguido.
Un gruñido ronco hizo que volviera a dedicar toda su atención al problema que tenían entre manos. La menuda bruja aún llevaba puestas las gafas de sol, y estaba acurrucada sobre la enorme almohada junto al cabecero de la cama. Si Harry estaba pálido, el rostro de la bruja parecía de tiza en contraste con la negrura de su corto cabello, y tenía un aspecto demacrado, como si hubiese perdido cinco kilos desde la última vez que la había visto.
Severus se fijó en que el cubrecama estaba arrugado, por lo que supo que el lobo marrón que era Ted había estado tumbado frente a la bruja, aunque se había incorporado al percibir la presencia de otros lobos. Una de sus patas delanteras parecía torcida, y pese al dolor que debía sentir, mantuvo la compostura.
Severus apoyó las manos en los hombros de Harry antes de que este se interpusiera entre Alastor y Ted y lo hizo retroceder.
—No —le dijo—. No pasa nada. Alastor se ocupará.
En una situación como aquella, algunos Alfas le habrían hecho sentir cierta inquietud, pero Alastor tenía mucha experiencia y sabía a lo que se enfrentaba: un lobo protegiendo a su pareja de una amenaza incierta. No era un desafío.
—Ted —dijo Alastor con voz fría y autoritaria—. Nadie le hará daño. Nadie. —Puede que Alastor no fuera muy alto, pero su voz, cuando decidía utilizarla, poseía el poder suficiente como para revivir a los muertos.
El lobo mostró sus poderosos colmillos y volvió a gruñir.
—Atrás —dijo Alastor, poniendo toda la fuerza de que disponía en aquella única palabra.
Y el lobo se tendió inmediatamente sobre su estómago, respirando ásperamente al intentar acomodar la inquietud que sentía por la presencia de otros lobos junto a su pareja estando herido con la obediencia debida a su Alfa.
—¿Ted? —La bruja parecía perdida. Severus se preguntó qué estaría pensando en aquel momento. Debía de ser lamentable estar ciega en un mundo de monstruos.
—Está bien —le dijo Harry—. Solo es su instinto de protección. Sabe que ahora mismo no puede protegerte, y aún no se ha recuperado del todo de la transformación. Siente mucho dolor y le cuesta pensar. Vamos a dejarle un minuto para que se calme.
Muy hábil, pensó Severus, sonriendo para sí. Harry deslizó la información a Alastor mientras aparentaba estar hablando con Meda para que el Alfa no creyera que estaba diciéndole lo que debía hacer. Pero lo estropeó todo al ordenar a todo el mundo, Severus incluido, que dejaran tranquilo a Ted. El fugaz destello de sus dientes le dijo a Severus que Ted también se había dado cuenta, aunque decidió mostrase cautivado.
—Sí, será lo mejor —dijo Alastor al tiempo que se sentaba en el brazo de la butaca más próximo a la ventana—. Alan llamó cuando estaba en el pasillo. Tardará unos cinco minutos. Mientras le esperamos, y también a Ted, ¿podría alguien explicarme quién le ha hecho eso a mí lobo?
—Vampiros —dijo Harry—. Seis, y cazaban como una manada. —Miró a Severus.
— ¿Como si estuvieran acostumbrados a cazar juntos? —preguntó Severus, y cuando Harry asintió con total naturalidad, supo que había logrado mantener su expresión de calma.
—Exacto —dijo su pareja—. No se molestaban unos a otros, ni siquiera cuando cinco de ellos saltaron sobre Ted tras derribar a Meda. Aparecieron del sótano de un edificio, ocultos tras un hechizo de sombras. Olía a magia de lobo, a menos que los vampiros también puedan hacer algo similar. Si Meda no hubiera intervenido, estaríamos muertos.
Cinco contra uno era una situación complicada, incluso para un viejo lobo con la astucia de Ted, quien sabía cómo aprovechar las debilidades de sus adversarios. Y un hechizo de sombras... Harry tenía razón, todo apuntaba a una manada de caza, salvo que no eran lobos sino vampiros.
—Existen hechizos vampíricos que pueden imitar a los nuestros —dijo Alastor—. Ted es lo suficientemente mayor como para poder diferenciarlos. Cuando se recupere, podemos preguntárselo. ¿Por eso crees que hay un lobo detrás de esto?
Harry asintió, pero Meda se adelantó:
—Los vampiros no atacan a los lobos tan a la ligera, al menos no en esta ciudad. Intentaban llevarse a Harry, pero ¿por qué querrían unos vampiros a la pareja de Severus?
Alastor sonrió con frialdad. Los lobos de Seattle dominaban la ciudad desde hacía décadas.
—Si los vampiros de esta ciudad descubrieran que acaban de secuestrar a la pareja de Severus, lo custodiarían con guardias armados y le harían la manicura antes de devolvérmelo sin un rasguño. Podría llamar a su Señor y preguntárselo, pero mucho me temo que estos son unos intrusos. Si los conoce, estoy seguro de que me dará algunos nombres.
—Uno de ellos era una mujer que llevaba zapatos de tacón —dijo Severus—. Aunque creo que, en su caso, no volverá a causar problemas.
Le inquietaba la participación de Meda en todo aquello. Había salvado a Harry, pero... La miró con el ceño fruncido.
—Nunca había oído que una bruja blanca pudiera convo car la luz del sol. Ni siquiera es algo propio de la brujería; las brujas dominan el cuerpo y la mente, no los elementos.
—No convoqué la luz del sol —respondió Meda con brusquedad, Severus supuso que más a su tono de voz que a sus palabras—. Solo hice que los vampiros lo creyeran, incluso los que ya estaban muertos. —Movió sinuosamente los dedos—. Shhhhh, y se convirtieron en polvo o huyeron.
—Eso requiere mucha magia. Los vampiros son resisten tes... y después hiciste desaparecer el rastro que se extendía más de un kilómetro.
—Meda es una bruja blanca —intervino Alastor.
Meda sonrió con ferocidad.
—Soy una mutante, ¿de acuerdo? Una pobre bruja blanca y ciega...
—Las brujas —dijo Severus lentamente— extraen su poder del sacrificio. Sobre todo a partir de la sangre y de la carne de los demás, pero hay rumores que afirman que una de las razones por las que las brujas forman familias es que, de ese modo, pueden obtener sacrificios más poderosos con la muerte de aquellos a quienes aman.
—¿Crees que mato gatitos para potenciar mis hechizos? —dijo Meda con repugnancia, y pese a la persistente sospecha de que algo no terminaba de encajar, el Hermano Lobo se tranquilizó.
No podía dejarlo allí, no con la seguridad de Harry en juego, pero la aprobación del Hermano Lobo le dio un segundo de pausa para encontrar otra respuesta.
—Por lo que sé, el auto sacrificio, como cuando una bruja usa su propia sangre para alimentar un hechizo, es muy pode roso pero resulta difícil de dominar.
La bruja se quitó las gafas de sol y Severus vio confirmadas sus sospechas. Había perdido un ojo como consecuencia de una descarga mágica. No era la primera vez que veía algo parecido; no era algo fácil de olvidar. Tenía el globo ocular blanco y marchito, como si algo se lo hubiera secado, y hacía mu cho tiempo que le había ocurrido mucho porque no pudo detectar ningún olor residual. En su momento debió de apestar a magia durante una buena temporada. El otro ojo había sufrido daños más mundanos, aunque no por ello menos dolorosos, y también bastante tiempo atrás.
Curiosamente, Alastor se puso tenso, como si fuera la primera noticia que tenía, mientras que Harry no mostró reacción alguna. Al menos ante el rostro de la bruja, aunque era evidente que sí ante Severus. No le hacía ninguna gracia el modo en que la estaba presionando.
Cuando Meda creyó que había dispuesto del tiempo suficiente para satisfacer su curiosidad, volvió a ponerse las gafas. Ted le dirigió una mirada recelosa con sus ojos dorados, una mirada que prometía represalias. Harry tampoco parecía estar muy satisfecho con él.
—No conozco a Meda —le dijo Severus al lobo, pues su reacción era la que mejor comprendía—. Lo que sí sé es que nunca había oído hablar de una bruja blanca que pudiera hacer lo que ella ha hecho. Y si una bruja negra se oculta tras una blanca... Para empezar, el engaño significa que es el enemigo, y en segundo lugar —miró al lobo con una sonrisa escrupulosa—, nunca he conocido a una bruja que pudiera ocultarme su auténtica naturaleza.
—Hace unas semanas estuvimos a punto de morir a manos de una bruja negra —les dijo Harry, aún molesto con él—. Aquello nos dejó bastante tocados.
Meda alargó un brazo y acarició a Ted en el costado. A continuación, deslizó la mano por su cola y jugueteó con ella distraídamente.
—Tranquilo, Ted. Aunque haya sido un poco maleducado, es de los buenos.
Y giró la cabeza para mirar a Severus.
—Te entiendo. Yo tampoco había oído hablar de una bruja blanca que pudiera hacer lo que hago yo. Y no sé cómo sucedió exactamente. Comprendo tu cautela.
—Siento haberte presionado —le dijo Severus sinceramente.
—Estoy segura de que encontraré el modo de devolverte el favor —dijo ella, mostrándole los dientes—. Al menos no has puesto cara de asco antes de salir corriendo.
El reciente ataque se asentó un poco más en sus tripas y permitió que parte de él tiñera su voz.
—Espero que convirtieras en cerdo a quien te hizo eso.
Meda se tensó, sorprendida por su reacción, supuso.
—Lo que merecen los cobardes —dijo Alastor.
Era evidente que la bruja tampoco esperaba apoyo desde aquella parte del campo. ¿Tanta gente había sentido repugnancia al ver sus cicatrices?
No obstante, su respuesta se vio interrumpida cuando alguien llamó tímidamente a la puerta.
—Soy Alan —dijo el intruso—. ¿Podría alguien abrirme la puerta?
En cuanto el lobo sumiso de la Ciudad Esmeralda entró por la puerta, Severus se sintió más cómodo. Alan Chang era de origen chino, y su aspecto no dejaba lugar a dudas: delicado y sorprendentemente fuerte, como una espada bien templada.
Salvo por los momentos en que estaba a solas con Harry, Severus se había pasado toda la vida sintiendo la furia del Hermano Lobo en su interior, quien no dejaba de revolverse y gruñir contra las riendas de la civilización que ambos debían soportar. Eso es lo que significaba ser dominante: estar preparado para matar cualquier cosa que amenazara a los que se encontraban bajo su protección. Matar sin pestañear.
Hoy era peor de lo habitual. El Hermano Lobo estaba furioso, y Severus debía hacer un gran esfuerzo para que nadie se diera cuenta de las dificultades que tenía para mantener el control. Y, para complicar las cosas, debía compartir la habitación en la que se encontraba su pareja con dos lobos dominantes, dos lobos que, además, no eran de su manada.
Todo eso cambió en cuanto Alan Chang entró en la habitación. Pese a no ser un Omega como Harry, era un lobo sumiso y, por tanto, sabía cómo comportarse ante la presencia de hombres lobo furiosos. De algún modo, su presencia equilibró la balanza, y entre él y Harry lograron calmarlos a todos, incluso a Severus.
Se sentó en la silla al otro extremo de la pequeña mesa donde también se encontraba Alastor, más para dejar espacio a Chang que porque tuviera ganas de sentarse, aunque ser capaz de hacerlo con los otros lobos en la habitación era una mejora.
Cuando Harry recorrió con la vista la habitación, Severus supo que su pequeña pareja también era consciente del nuevo silencio que se había instalado. Le miró fijamente a los ojos, le regaló una rápida sonrisa y se sentó en el brazo de la silla.
—Ha sido culpa mía —le dijo Harry a Chang.
Severus negó con la cabeza antes de darle su versión de los hechos:
—No es culpa tuya que alguien decidiera secuestrarte. Ted ha cumplido con su deber, no te apiades de él.
—Oye, Ted, ¿qué has estado haciendo? —Puede que las palabras de Chang sonaran frívolas, pero sus manos se movieron con gran precisión sobre el cuerpo del lobo herido.
Ted permitió que Alan le estirara la pierna sin emitir ni un solo gemido; la pequeña bruja lo hizo por él.
—Maldita sea, maldita sea —murmuró la bruja mientras Alan hacía su trabajo—. Si me quedara algo de poder, podría ayudarte con el dolor. Lo siento. Lo siento.
Finalmente, Alastor, quien no solía mostrar mucho interés por todo aquel que no fuera un lobo, le dijo:
—Ya es suficiente, Meda. Es un dolor soportable, y no durará mucho. Deja de lloriquear. Habría sido mucho peor si no hubieses estado con ellos; seis vampiros son un enemigo temible para dos lobos y cualquier bruja que haya conocido. Si no hubieses utilizado tu magia, ahora nadie se estaría quejando por una pierna rota. Déjalo ya.
Puso tanta fuerza en aquellas dos últimas palabras que consiguió silenciar a la bruja y que el lobo le dirigiera una mirada a su Alfa. Alastor enarcó una ceja y Ted bajó la vista. Alastor puso los ojos en blanco.
—Madre mía, que Dios nos libre de los tortolitos —dijo, y miró a Severus y Harry.
No estaban abrazados; Harry nunca lo hacía. Severus tenía la sensación de que si la vida se hubiera portado mejor con su Harry, disfrutaría con la sensación. Tal vez dentro de unos años lo consiguiera, pero, por ahora, Severus se conformaba con que no se encogiera de miedo cada vez que lo tocaba.
Aun así, estaba sentado lo suficientemente cerca de él como para justificar la sonrisa del viejo Alfa.
—Más tortolitos —dijo—. Los sentimientos siempre son un incordio, y yo no soy una persona paciente por naturaleza. Tú... —Señaló con el dedo a Harry y Severus se levantó como un resorte para interponerse entre ambos.
Un acto reflejo. Tal vez no estaba tan relajado como creía estar.
Alastor bajó el dedo pero terminó la frase.
—Cuéntame qué ocurrió. Quiero más detalles.
—A los británicos no les gusta que les señalen —comentó Chang tranquilamente mientras le vendaba a Ted las costillas para que se curaran más rápido—. Las brujas, los caminantes, todos utilizan los gestos para lanzar hechizos y enfermedades.
Alastor levantó ambas manos y se dejó caer en la silla.
—Por el amor de Dios. No soy ninguna bruja, y tampoco voy por ahí lanzando hechizos... solo quería descubrir qué demonios ha ocurrido esta noche.
Aunque se esforzaba por parecer frustrado y ofendido, todos los lobos de la habitación se dieron cuenta de que Alastor le tenía miedo a Severus. No lo había tenido unos minutos antes, pero al mirar al Hermano Lobo directamente a los ojos, reconoció en ellos la amenaza de la muerte. Alastor era un Alfa con un poder muy antiguo, pero no había ninguna duda sobre quién de los dos era el más dominante.
Alastor no había pretendido amenazar a nadie, Severus lo sabía. Pese a todo, le costó más de lo normal volver a sentarse. Si el rápido repliegue de Alastor no había satisfecho al Hermano Lobo, empezaría a correr sangre.
Severus se sentó lentamente y alargó el brazo para apoyar su mano en la rodilla de Harry. El contacto le ayudó a relajarse.
—Bueno —dijo Harry alegremente—. Muy interesante. — El ojiverde también alargó un brazo para apoyar su mano en el hombro de Severus, como si le costara mantener el equilibrio sobre el brazo de la silla. Solo ellos sabían que su contacto le ayudaba a encontrar el equilibrio, y mientras tanto se dedicó a entretener a los otros con sus palabras.
—De acuerdo. Qué sucedió. —Harry respiró hondo—. Ted y Meda me llevaron a la calle Pike, compramos más cosas de las que podíamos cargar y regresamos aquí para dejarlas. Solo me faltaban por comprar los zapatos, de modo que Meda me acompañó a su tienda favorita a unos tres kilómetros de aquí. Nos atacaron cuando volvíamos al hotel. No oímos ni vimos nada. Saltaron sobre nosotros sin avisar. —Una mano fría rodeó la suya sobre su rodilla. No estaba tan tranquilo como aparentaba estar. Severus le dio la vuelta a su mano y entrelazó sus cálidos dedos con los de Harry.
—Cuatro atacaron a Ted—continuó Harry—, uno golpeó a Meda y otro me inmovilizó. Maté al mío... —No pudo reprimir un gruñido de satisfacción y Severus le apretó la mano con más fuerza. Su pareja era duro—. Por entonces, Ted ya había matado a uno. El de Meda decidió que no representaba ninguna amenaza y acudió en ayuda de los que intentaban reducir a Ted. Justo cuando estaba a punto de unirme a la refriega, me di cuenta de que Meda gritaba algo, y cuando mi cerebro procesó sus palabras supe que intentaba averiguar qué nos había atacado.
Harry miró a la bruja con una sonrisa.
—Recuerdo que pensé: «Pobrecilla, no puede verlos. Qué aterrador debe de ser». Y cuando finalmente se lo dije, una luz muy brillante nos rodeó y casi nos deja ciegos. Los vampiros muertos prendieron en llamas y el resto huyó. Llamamos a Alan y, con Ted a cuestas, regresamos al hotel mientras Meda eliminaba el rastro y nos mantenía ocultos.
La bruja, sin dejar de acariciar suavemente el pelaje de Ted, miró a Harry con ojos inocentes. Harry dio un resoplido.
—Pobre bruja ciega, ¡mi culo! Es peor que un equipo de demolición. Los vampiros ni siquiera sabían de dónde les vino el golpe.
—Y estás convencido de que detrás del ataque hay un lobo —le dijo Severus.
Harry le miró. Ahora que lo había contado en voz alta, no estaba tan seguro.
—El instinto no suele fallar —le dijo él.
Su boca se relajó.
—Sí. Creo que era un lobo —cerró los ojos mientras reflexionaba—. Se parecía mucho al ataque de la manada: ocultos a plena vista, un grupo numeroso para facilitar las cosas... O bien no conocían a Meda o bien la subestimaban. —Miró a Severus con una tímida sonrisa—. Y a mí. Concentraron primero el ataque en los más fuertes, una táctica propia de hombres lobo. Y pretendían llevarme con ellos. ¿Qué querría un vampiro de mí?
—Lobos. —Severus intentó recurrir a sus sentidos pero los espíritus no le respondieron, algo habitual cuando se encontraba en una ciudad. En cualquier otro lugar le hubieran servido de ayuda—. ¿Qué opinas, Alastor? ¿Puede ser obra de Karkus? Anoche tuvimos un encontronazo y se marchó lo suficientemente furioso como para querer matar a alguien.
Alastor estaba deliberadamente desmadejado sobre la silla, como si quisiera demostrar lo relajado que se encontraba ante Severus.
—El francés es una bestia. Una bestia poderosa. Pero es adicto a la caza. No permitiría que nadie derramara sangre en su lugar.
—Entonces, ¿quién crees que puede estar detrás?
Alastor frunció el ceño. Parecía irritado.
—A la mayoría no los conozco bien. Podríamos interrogar los... si quisiéramos iniciar una guerra. Los americanos son muy susceptibles en cuestiones de honor. Si iban detrás de un Omega, mejor será que informe a los italianos, para que no pierdan de vista al suyo.
Severus enarcó las cejas.
—Sabía que tenían uno, pero no que había venido con ellos. —Miró a Harry—. Si te hubiera servido de algo, te lo habría dicho, pero hace muy poco que se Transformó y sabe menos que tú sobre el hecho de ser un lobo, y mucho menos de los Omegas. Lucius es mucho mejor maestro... pero no se lo digas.
Alastor centró su atención en Harry.
—Es un joven alemán que sufrió un grave accidente mientras esquiaba en los Alpes italianos. El miembro del equipo de rescate que lo encontró se apiadó de él.
—Y lo convirtió en hombre lobo —dijo Harry.
Severus asintió.
—Y los alemanes se pusieron furiosos cuando los italianos lo reclamaron como suyo.
—De hecho, estalló una batalla por la custodia —dijo Alastor—. Sospecho que esa es la razón por la que los italianos lo han traído con ellos. Para pasarles por la cara a los alemanes que decidió quedarse con ellos.
Severus reconoció interés en la expresión de Harry. Sí, pensó, no estás solo. Tendría que habérselo dicho él mismo. Se en cargaría de que conociera al joven Omega alemán.
—Quizá sea eso —dijo Meda, pensativa—. En la manada no se hablaba de otra cosa... Lo siento, Harry. Pero la mayoría estaban más interesados en ti que en todos los lobos extranjeros que debían llegar. Tal vez alguien desee hacerse con los servicios de un Omega.
—Hace algún tiempo conocí a alguien así —dijo Harry con frialdad—. Asegúrate de avisar a los italianos.
—Sí —dijo Alastor, y miró sorprendido a Severus después de que Harry le hubiera dado otra orden.
—Recuerda que debes prepararte para la cena —dijo Meda.
Severus miró a la bruja, aunque no fue el único que lo hizo. Meda sonrió abiertamente.
—No sabemos qué pretendían exactamente. Lo más proba ble es que quisieran raptar a Harry, pero también existe la posibilidad de que no quisieran que conocieras mejor a Phineas.
—Además —dijo Alastor—, ¿por qué darles la satisfacción de cambiar de planes cuando nadie ha salido gravemente herido?
Severus no tuvo más remedio que darle la razón. Su lógica era aplastante. Habitualmente, no sentía muchas ganas de salir y socializar, y después del ataque lo único que deseaba era coger a su pareja y protegerlo detrás de una barricada.
—Iré a pedir otra habitación —dijo—. Ted y Meda pueden quedarse aquí hasta que él se recupere, e incluso pedir que les suban algo de comer.
—Me quedaré con ellos —dijo Alastor—. Hasta que Ted pueda cuidar de sí mismo.
Severus miró al Alfa y se dio cuenta de que no era el único que tenía impulsos protectores.
—Está bien —dijo, y se marchó para hacer lo que había dicho.
"* * *"
Un suspiro de alivio general acompañó la marcha de Severus, aunque nadie dijo nada hasta oír el débil timbre del ascensor a través de la pared.
Harry sabía que Severus ejercía aquel tipo de efecto sobre la gente, pero aquella noche no había visto ni sentido nada especial. Salvo por el incidente del dedo.
—Bueno —dijo Alastor, y Ted gimió—. Ahora entiendo por qué Tobías recurre a él para intimidar a los díscolos. Creo que acabamos de presenciarlo todos.
—¿El qué? —dijo Meda.
—Exacto —dijo Alan Chang mientras recogía el material que había utilizado—. Cuando Alastor señaló con el dedo a su pareja, ni siquiera le vi moverse. Simplemente estaba ahí. Interponiéndose entre su pareja y Alastor. —Y entonces dijo unas cuantas palabras en chino.
Harry descubrió que no le gustaba saber que los demás estaban asustados de Severus. Era algo que aceptaba, pero sabía que a él le hacía daño. Puede que fuera más seguro, pero no significaba que fuera algo positivo.
Alastor agitó la cabeza.
—¿Se han fijado en las caras de algunos lobos cuando ha hablado esta mañana? Apuesto a que ni siquiera sabían que pu diera hablar, no digamos ya que su discurso tuviera algún sentido. Ha sido como si un tiburón empezara a hablar el inglés del Rey.
Ted levantó la cabeza para mirar a Alastor, y Alan dejó de murmurar en chino para concentrarse en su Alfa.
—El inglés de la Reina —dijo Harry en un tono más cortante de lo que pretendía—. Y a Severus no le ocurre nada.
—Por supuesto que no —reconoció Alastor—. He pensado, fíjate, está hablando en público como cualquier otra persona. Quizá los otros rumores que circulaban sobre él eran también exagerados. Pero no lo eran. Ni por asomo. No quiero enfrentarme jamás a ese hombre con garras y colmillos.
—Si no te callas —soltó Harry—, puede que acabes metido en lo que pretendes evitar.
Y Alastor volvió a sentarse con una sonrisa de satisfacción dirigida a Harry.
—Bien —dijo Alastor en un tono de voz completamente distinto—. Puede que sí.
Harry miró a Ted y a Alan Chang y comprendió que se trataba de una encerrona. Había confundido el asombro de Ted por beneplácito. Alastor había estado jugando con él.
—¿Qué necesidad había de ponerme a prueba? —preguntó Harry.
Alastor se encogió de hombros.
—Hace mucho tiempo que conozco a Severus. Vi cómo pasaba de ser un niño reservado a convertirse en el arma que su padre necesitaba... que todos necesitábamos. Que comprendiera la necesidad, no significa que no lo lamentara. Quería asegurarme de que veías al hombre detrás del asesino.
—Entonces ¿le provocaste a propósito?
Alastor sonrió abiertamente.
—¿Con lo del dedo? ¿Crees que soy tan estúpido como para hacer eso después de una caza frustrada y mientras sentía un impulso irrefrenable por vengar con sangre el ataque que habías sufrido? No, eso fue un accidente.
Harry bajó la vista, concentrándose en el brazo de la silla, y empezó a rascar con la uña una imperfección en la madera. Ahora que prestaba atención, distinguió el olor de la sinceridad en Alastor. Estaba preocupado por Severus, temía que Harry pu diera hacerle daño.
—Sé que hay mucha gente que le teme —dijo el ojiverde —. ¿Estás seguro de que piensan que le ocurre algo... malo?
Alastor ladeó la cabeza, pero fue Alan quien respondió.
—Dejémoslo en poco convencional. Perturbado no... diferente. Ven al despiadado asesino de su padre, alguien que solo es leal al Marrok. Creen que sólo habla por boca del Marrok, como si fuera su marioneta, aunque algo más aterradora.
Harry recordó el enfrentamiento entre Severus y su padre, el modo en que Severus logró finalmente imponerse, y abrió la boca para comentarlo en voz alta. Pero se contuvo. Si la gente le veía de aquel modo era porque Severus deseaba que así fuera.
—Lo hace deliberadamente —le dijo Alastor, mirándolo fijamente. Pese al esfuerzo por ocultar sus pensamientos, Harry supo que no lo había logrado del todo. Alastor tamborileó en el brazo de su silla con impaciencia—. Si los otros lobos le temen, no cometerán el error de provocarle. Y conozcan o no el motivo, tienen razón. A Severus le ocurre algo. No me digas que no te has dado cuenta. Su lobo está totalmente descontrolado. Lo que debería convertirlo en un asesino implacable... pero no es el caso.
El Hermano Lobo, pensó Harry.
—¿Cuál crees que es la razón? —preguntó Chang.
Alastor enarcó una ceja y miró Harry, como si creyera que era él quien debía ofrecer una respuesta.
Un lobo era el responsable del ataque que habían sufrido aquella noche. Harry estaba prácticamente seguro de que Alastor no era el enemigo. Si le hacía caso a su olfato, incluso po día considerarlo un amigo de Severus. Pero no estaba dispuesto a compartir con el Alfa de la Ciudad Esmeralda ninguna conclusión a la que hubiera llegado sobre su pareja, aunque tampoco estaba muy seguro de haber llegado a alguna.
Le devolvió la mirada, se relajó sobre el brazo de la silla y esperó a que Severus regresara.
"* * *"
Furia.
Sentía una furia casi irrefrenable.
Había estado bastante bien hasta llegar al mostrador de recepción. Concentrado en la tarea que tenía entre manos, con seguir otra habitación, había seguido bien cuando regresó al ascensor y empezó a reflexionar sobre el ataque sufrido por Harry. Estaba convencido de poder sacar alguna conclusión de la historia de Harry, encontrar una nueva pista, cualquier cosa.
El control, que siempre parecía moverse en el filo de la navaja, empezó a disolverse. Se quedó mirando fijamente el avance de los números de las plantas y le pareció que el ritmo era demasiado vertiginoso para todo lo que aún debía considerar.
Dos.
Ted había estado a punto de morir. Si Severus hubiese enviado a Harry con cualquier otro lobo de Alastor —y entraba dentro de lo posible—, lo habría perdido para siempre.
Tres.
Seis vampiros.
Cuatro.
Si la bruja de Ted hubiese sido lo que aparentaba ser, habrían logrado llevarse a Harry.
Cinco.
Si ataba a Harry en corto, lo perdería. No era un lobo sumiso, no necesitaba su protección. No de aquel modo. Necesitaba que se mantuviera al margen y lo dejara volar solo.
Seis.
Y si pretendía hacer eso, debería aprender a controlar su temperamento. O, mejor dicho, el temperamento del Hermano Lobo. No solo en aquel momento, aquel día, sino siempre. Suavizar la necesidad de mantenerlo a salvo para que fuera más feliz.
Siete.
Hoy, sin embargo, no estaba dispuesto a perderlo otra vez de vista.
La puerta del ascensor se abrió.
"* * *"
Phineas Nigellus quería que todo estuviera perfecto. Alejó los platos del borde de la mesa y, a continuación, volvió a colocarlos en su posición original.
—Cariño —le dijo su pareja con una sonrisa—, ¿qué estás haciendo? Puede que sea el hijo del Marrok, pero tú eres el señor de las Islas. Le superas en rango. No hay motivo para estar nervioso.
Ella no lo entendía. Aunque estaba acostumbrado. Su esposa era humana, y como tal, eran muchas las cosas que no podía entender. Nunca se lo había tenido en cuenta. No le contaría que Severus era dominante, que incluso con el poder de todos sus lobos detrás de él, Severus logró que Phineas retrocediera con una simple mirada. Lo que significaba que debía recurrir a todas las defensas de que dispusiera. La cena tenía que ser perfecta.
Y para eso, Phineas podía confiar en su pareja.
—Tienes razón, como siempre —dijo él—. No tiene ningún sentido preocuparse por algo así.
Ella se deslizó bajo su brazo, tan esbelta como la chica con la que se había casado cuarenta años atrás. La amaba tanto como entonces, pero su edad le entristecía. Cuando ahora salían a cenar juntos, la gente creía que eran socios, o una madre con su hijo. Cuando había sido joven y hermosa, nunca se planteaba la cuestión de su envejecimiento, y ella tampoco.
Olía a rosas.
—Todo irá bien —dijo ella—. Entretendré a su pareja para que puedas contarle a Severus tus historias.
Besó su dorado pelo sajón, cuidadosamente teñido para conservar el tono que tenía de forma natural cuando la conoció.
—¿Y cómo lo harás?
—Le mostraré mis labores y hablaremos de cosas.
Al darse la vuelta, vislumbró el reflejo de ambos en el gran espejo dorado del vestíbulo. Él vestía una camisa de seda dorada que acentuaba ligeramente el tono de su pelo; sus ojos eran azules, y los pantalones negros que se había puesto hoy se parecían mucho a los que había llevado el día de su boda años atrás.
La camisa azul oscuro de Sunny tenía unas mangas largas y anchas que realzaban la fuerza de sus brazos al tiempo que ocultaban el paso de los años en su piel. La piel bajo su mentón había adquirido la elasticidad propia de su edad y su espíritu risueño había trazado arrugas alrededor de sus ojos. A Sunny le encantaba reír.
Cada día le quedaba un día menos. Pero aún le quedaba mucho tiempo, pensó, décadas, y día a día su piel se haría menos tensa y sus músculos se volverían fibrosos y laxos. Y él sería testigo de todo aquello.
Sunny encontró sus ojos en el espejo.
—Estás arrebatador, como siempre —y le rodeó el brazo que le cruzaba los hombros por encima de sus pechos.
—Te quiero —le susurró él al oído, enterrando la nariz en su cabello, cerrando los ojos para concentrarse en la fragancia que tan bien conocía.
Ella esperó hasta que volvió a abrirlos y le miró intensamente. Y entonces le sonrió con la sonrisa que le había hecho ganarse su apelativo.
—Lo sé.
De nuevo aquí con otro capitulo. Este es en disculpa por haber faltado tanto tiempo. Estoy tratando de ponerme al corriente con mis historias aquí y en Wattpad. Más misterios aparecen. ¿Quien quiere saber más cosas?
Lamento no poder contestar antes los Reviews. Aun así me gusta recibirlos.
Escriban sus teorías locas de quien puede querer a Harry y porque.
