Capítulo 10
En algunas partes de Inglaterra, la primavera había cubierto la tierra con terciopelo verde y convincentes flores en los setos. En algunas partes el cielo era azul y el aire dulce. Pero no en la tierra de nadie, donde el humo de millones de tubos de chimeneas había agriado la tez de la ciudad con una neblina amarillenta por la que la luz del día apenas podía penetrar. Había poco excepto barro y miseria en este lugar estéril. Estaba localizado aproximadamente a un cuarto de milla del río y lindaba con una colina y el ferrocarril.
Jake estaba sombrío y silencioso mientras él y Cullen dirigían sus caballos por el campo Romaní. Las tiendas de campaña estaban dispersas con holgura, con los hombres sentados en las entradas, mientras modelaban colgadores o fabricaban cestas. Jake oyó a unos muchachos gritarse unos a otros. Cuando rodeaba una tienda, vio un pequeño grupo alrededor de una pelea. Los hombres gritaban con ira instrucciones y amenazas a los muchachos como si fueran animales en un foso.
Parando para echar un vistazo, Jake miró a los muchachos mientras las imágenes de su propia niñez pasaban a través de su mente. Dolor, violencia, miedo… la ira del rom baro, que golpearía a Jake más aún si perdía. Y si ganaba, enviaría a otro muchacho ensangrentado y destrozado al suelo, no habría ninguna recompensa. Sólo la aplastante culpa de herir a alguien que no le había hecho ninguna ofensa.
¿Qué es esto? Había rugido el rom baro, descubriendo a Jake acurrucado en una esquina, llorando, después de haber golpeado a un muchacho que le había pedido que parara. Eres patético, un perro lloriqueando. Te daré uno de estos, su pie calzado con una bota había alcanzado el costado de Jake, contusionándole las costillas, por cada lágrima que derrames. ¿Qué clase de idiota lloraría por ganar? ¿Llorando después de hacer la única cosa para la que eres bueno? Expulsaré la debilidad fuera de ti, gran bebé llorón. No dejó de darle patadas hasta que Jake quedó inconsciente.
La siguiente vez que Jake golpeó a alguien, no sintió ninguna culpa. No sintió nada.
Jake no era consciente de haberse quedado congelado en el lugar o de que respiraba jadeando, hasta que Cullen le habló suavemente.
—Vamos, phral.
Arrancando la mirada de los muchachos, Jake vio compasión y cordura en los ojos del otro hombre. Los oscuros recuerdos retrocedieron. Jake hizo una breve inclinación con la cabeza y continuó.
Cullen se detuvo en dos o tres tiendas, preguntando por el paradero de una mujer a la que llamaban Shuri. Las respuestas llegaban a regañadientes. Como esperaban, los Romaní contemplaban a Edward y Jacob con obvia sospecha y curiosidad. El dialecto Roma era difícil de interpretar, una mezcla de Romaní profundo y lo que llamaban «jerga viajera», un argot utilizado por los gitanos urbanos.
Jake y Cullen se dirigieron a una de las tiendas más pequeñas, donde un muchacho mayor estaba sentado a la entrada sobre un cubo volteado. Tallaba botones con un pequeño cuchillo.
—Buscamos a Shuri —dijo Jake en la antigua lengua.
El muchacho miró sobre el hombro hacia la tienda.
—Mainl —gritó él—. Hay dos hombres para verte. Romanís vestidos como gadjos.
Una singular mujer fue hacia la entrada. No media más de metro y medio de altura, pero su torso y la cabeza eran amplias, la tez oscura y arrugada, los ojos brillantes y negros. Jake la reconoció inmediatamente. Era ciertamente Shuri, quien sólo había tenido aproximadamente dieciséis años cuando se había casado con el rom baro. Jake había abandonado la tribu no mucho después de eso.
Los años no habían sido amables con ella. Shuri había sido una vez de una belleza asombrosa, pero una vida llena de dificultades la había hecho envejecer antes de tiempo. Aunque ella y Jake eran casi de la misma edad, la diferencia entre ellos podría haber sido de veinte años en vez de dos.
Ella miró fijamente a Jake sin mucho interés. Entonces sus ojos se agrandaron y las nudosas manos se movieron en un gesto con el que comúnmente solían protegerse contra los malos espíritus.
—Jake —dijo en voz baja.
—Hola, Shuri —le dijo él con dificultad y lo siguió con un saludo que no había hecho desde la niñez—. Droboy tume Romale.
—¿Eres un espíritu? —le preguntó ella.
Cullen lo miró alerta.
—No soy un espíritu, Shuri. —Le lanzó una sonrisa tranquilizadora—. Si lo fuera, no me habría hecho mucho más viejo, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza, los ojos como rendijas con una mirada suspicaz de reojo.
—Si eres realmente tú, enséñame la marca.
—¿Puedo hacerlo dentro?
Después de una larga vacilación, Shuri asintió de mala gana, haciéndoles señas a ambos, Jacob y Edward, para que entraran en la tienda.
Edward hizo una breve pausa en la entrada y le habló al muchacho.
—Asegúrate de que no roban los caballos —le dijo— y te daré media corona. —No estaba seguro de si los caballos estaban en más peligro con los Chorodies o con los Romanís.
—Sí, kako —dijo el muchacho, usando un título respetuoso para un macho mucho mayor.
Sonriendo con pesar, Edward siguió a Jacob hacia la tienda.
La estructura estaba hecha con barras clavadas en la tierra que se doblaban en lo alto, con otras barras de apoyo sujetas a ellas con cuerda. Todo esto estaba cubierto por una tela gruesa marrón que había sido fijada junta sobre los nervios de la estructura. No había sillas o mesa. A un romaní, el suelo le servía perfectamente bien para ambos fines. Pero había un montón de abundantes ollas y zanjas en la esquina y una ligera plataforma cubierta por un paño. El interior de la tienda estaba caldeado por un pequeño fuego de carbón encendido en una olla de tres patas.
En dirección hacia Shuri, Edward se sentó con las piernas cruzadas cerca de la olla de fuego. Sofocó una sonrisa burlona cuando Shuri insistió en ver el tatuaje de
Jacob, lo cual provocó una mirada de resignación en él. Siendo un hombre modesto y reservado, Jacob probablemente rechinaba por dentro al tener que desnudarse delante de ellos. Pero apretó la mandíbula, tiró de su abrigo y se desabotonó el chaleco.
En vez de quitarse la camisa del todo, Jacob la desabrochó y dejó que se empezaran a revelar la parte superior de la espalda y hombros, las cuestas musculosas brillaban como el bronce. El tatuaje era todavía una visión ligeramente asombrosa para Edward, quien no lo había visto nunca sobre alguien excepto él mismo.
Refunfuñando en Romaní profundo, usando unas palabras que sonaban como lengua sánscrita, Shuri se acercó por detrás de Jake para mirar el tatuaje. La cabeza de Jacob bajó y respiró tranquilamente.
La diversión de Edward se desvaneció cuando vio la cara de Jacob, indiferente salvo por un leve ceño fruncido. Para Edward habría sido una alegría y un alivio encontrar alguien de su pasado. Para Jacob, la experiencia estaba siendo pura miseria. Pero lo llevaba con una estoica entereza que emocionaba a Edward. Y Edward descubrió que no le gustaba ver a Jacob tan vulnerable.
Después de recorrer con la mirada la marca del horrendo caballo, Shuri se alejó de Jacob y le hizo señas para que se vistiera.
—¿Quién es este hombre? —le preguntó ella, cabeceando en dirección de Edward.
—Uno de mi kumpania —refunfuñó Jacob. Kumpania era una palabra que solía describir un clan, un grupo unido aunque no necesariamente por vínculos familiares.
Colocándose la ropa de nuevo encima, Jacob le preguntó con brusquedad—. ¿Qué le ha pasado a la tribu, Shuri? ¿Dónde está el rom baro?
—En la tierra —dijo la mujer, con una indiferencia mordaz respecto a su marido—.
La tribu se dispersó. Después de que la tribu vio lo que te hizo, Jake… te hicimos… abandonarte para morir… todo fue mal después de eso. Nadie quiso seguirlo. Los gadjos finalmente lo ahorcaron, cuando lo cogieron haciendo wadafu luvvu.
—¿Qué es eso? —preguntó Edward, incapaz de seguir su acento.
—Falsificar dinero —dijo Jacob.
—Antes de eso —siguió Shuri—, el rom baro había intentado hacer que algunos muchachos jóvenes entraran en ashribe, ganar monedas en ferias y en las calles de Londres. Pero ninguno de ellos podía luchar como tú y sus padres no dejarían al rom baro ir tan lejos con ellos. —Sus sagaces ojos oscuros se giraron en dirección a Edward—. El rom baro llamaba a Jake su perro de lucha —dijo—. Pero los perros eran tratados mejor que él.
—Shuri… —Jacob habló entre dientes, frunciendo el ceño—. Él no necesita saber…
—Mi marido quería que Jake muriera —continuó ella—, pero ni siquiera el rom baro se atrevería a matarlo abiertamente. Entonces privó de comida al muchacho y lometió en demasiadas peleas, no le dio ninguna venda o bálsamo para sus heridas.Nunca le dieron una manta, sólo una cama de paja. Solíamos escamotear comida ymedicinas para él cuando el rom baro no miraba. Pero no había nadie para defenderlo,pobre muchacho. —Su mirada se volvió enfurruñada mientras hablaba a Jacob directamente—. Y no era fácil ayudarte, cuando tú no hacías nada más que gruñir y chasquear los dientes. Nunca una palabra de agradecimiento, ni siquiera una sonrisa.
Jacob guardaba silencio, la cara apartada mientras se terminaba de abrochar el último de los botones de su chaleco.
Edward se encontró a sí mismo pensando en que era bueno que el rom baro estuviera ya muerto. Porque sentía el poderoso impulso de perseguir al bastardo y matarlo. Y a Edward no le gustaba la crítica de Shuri a Jacob. No es que Jacob alguna vez hubiera sido un modelo de encanto… pero después de haber crecido en un ambiente tan despiadado, era un maldito milagro que fuera capaz de vivir como un hombre normal.
Los Swan habían hecho más que salvar la vida de Jacob. Habían salvado también su alma.
—¿Por qué tu marido odiaba tanto a Jacob? —preguntó Edward suavemente.
—El rom baro odiaba todas las cosas gadjo. Solía decir que si cualquiera de la tribu alguna vez se iba con uno de los gadjo, los mataría.
Jacob la miró repentinamente.
—Pero yo soy Romaní.
—Eres poshram, Jake. Mitad gadjo. —Ella se rió ante su asombro—. ¿Nunca lo sospechaste? Tienes la mirada de un gadjo, sabes. La nariz estrecha. La forma de la mandíbula.
Jacob negó con la cabeza, mudo ante la relevación.
—Santo infierno —susurró Edward.
—Tu madre se casó con un gadjo, Jake —siguió Shuri—. El tatuaje que llevas es la marca de su familia. Pero tu padre la abandonó, como tienden a hacer los gadjos. Y después de que pensamos que habías muerto, el rom baro dijo: «Ahora sólo hay uno».
—¿Sólo un qué? —logró preguntar Edward.
—Hermano —Shuri se movió para remover el contenido de la olla al fuego, enviado un destello brillante a través de la tienda—. Jake tenía un hermano menor.
La emoción inundó a Edward. Sintió un deslumbrante cambio en toda su conciencia, una inflexión nueva en cada pensamiento. Después de haber pasado toda su vida creyendo estar solo, aquí había alguien que compartía su sangre. Un hermano de verdad. Edward clavó los ojos en Jacob, observando la comprensión en los ojos oscuros como el café. Edward no creía que la noticia fuera tan bienvenidas para Jacob como lo era para él, pero maldita sea si le importaba.
—La abuela cuidó de ambos niños un tiempo —siguió Shuri—. Pero entonces la abuela tuvo razones para pensar que los gadjos podrían venir y llevárselos. Quizás incluso matarlos. Entonces se quedó con un muchacho, mientras Jake fue enviado a nuestra tribu al cuidado de su tío, el rom baro. Estoy segura de que la abuela no sospechó como el rom baro abusaría de él, o no lo habría hecho.
Shuri echó un vistazo a Jacob.
—Probablemente pensó debido a que era un hombre fuerte, haría un buen trabajo protegiéndote. Pero él pensaba en ti como una abominación, siendo medio… —Se detuvo con un jadeo cuando Edward apartó de un empujón la parte superior de su abrigo y la manga de la camisa y le mostró el antebrazo. El tatuaje pooka sobresalía, un relieve negro sobre su piel.
—Soy su hermano —le dijo Edward, con la voz ligeramente ronca.
La mirada de Shuri se movía de la cara de un hombre al otro.
–Sí, lo veo —murmuró finalmente—. No hay un parecido evidente, pero ahí está. —Una sonrisa curiosa tocó sus labios—. Devlesa avilan. Ha sido Dios quien os ha juntado.
Cualquiera que fuera la opinión de Jacob sobre quién o qué los había reunido, no la compartió. En cambio preguntó concisamente:
—¿Sabes el nombre de nuestro padre?
Shuri lo miró con pesar.
—El rom baro nunca lo mencionó. Lo siento.
—No, ya has ayudado bastante —le dijo Edward—. Sabes algo sobre por qué los gadjos podrían haber querido…
—Mami —llegó la voz del muchacho desde fuera—. Los Chorodies están llegando.
—Quieren los caballos —dijo Jacob poniéndose rápidamente de pie. Presionó unas monedas contra la mano de Shuri—. Salud y buena suerte —le dijo.
—Kushti bok —contestó ella, devolviéndole el sentimiento.
Edward y Jacob se dieron prisa en salir de la tienda. Tres Chorodies estaban acercándose. Con el pelo enmarañado, las caras sucias, las bocas podridas y un hedor que los precedía mucho antes que su llegada, parecían más animales que hombres.
Algunos romanís observaban desde una distancia prudente. Estaba claro que no habría ninguna ayuda de aquel cuarteto.
—Bien —dijo Edward en voz baja—, esto debería ser divertido.
—A los Chorodies les gustan los cuchillos —dijo Jacob—. Pero no saben cómo usarlos. Déjame esto a mí.
—Ve directo al cabecilla —le dijo Edward agradablemente.
Uno de los Chorodies habló en un dialecto que Edward no pudo entender. Pero gesticulaba hacia el caballo de Edward, Pooka, quien los miraba nerviosamente y se revolvía.
—¡Y una mierda!—refunfuñó Edward.
Jacob contestó al hombre con un puñado de palabras igualmente incomprensibles. Como él había predicho, el Chorodie alargó su mano hacia la espalda y sacó un cuchillo dentado. Jacob parecía relajado, pero sus dedos estaban flexionados y Edward vio la forma en que su postura se alteraba sutilmente preparándose para el ataque.
El Chorodie se abalanzó con un áspero grito, apuntando hacia la zona media del torso. Pero Jacob se dio la vuelta haciéndose a un lado ágilmente. Con impresionante velocidad y destreza, agarró el brazo del atacante. Tiró del Chorodie desequilibrándolo, usando su propio ímpetu contra él mismo. Antes de que otro latido hubiera pasado, Jacob tiró a su oponente contra el suelo, retorciendo el brazo del bastardo en el proceso. Una audible fractura hizo que todos ellos, incluso Edward, se estremecieran. El Chorodie aulló de agonía. Cogiendo el cuchillo de la mano laxa del hombre, Jacob se lo lanzó a Edward, quien lo cogió en reflejo.
Jacob echó un vistazo a los dos Chorodies restantes.
—¿Quién es el siguiente? —preguntó con frialdad.
Aunque las palabras fueron pronunciadas en inglés, las criaturas parecieron entender su significado. Escaparon sin echar la vista atrás, abandonando a su compañero herido arrastrándose mientras se alejaba con ruidosos gemidos.
—Muy bonito, phral —dijo Edward con admiración.
—Nos marchamos —le informó Jacob de forma cortante—. Antes de que vengan más de ellos.
—Vamos a una taberna —dijo Edward—. Necesito un trago.
Jacob montó su bayo sin decir una palabra. Por una vez parecía que Jacob y Edward estaban de acuerdo en algo.
Las tabernas eran a menudo descritas como la recreación del hombre ocupado, el negocio del hombre ocioso y el santuario del hombre melancólico. El Hell and Bucket, estaba localizado en los alrededores de peor reputación de Londres, también podría haberse llamado el escondrijo del criminal o el asilo del bebedor. Esto satisfacía los objetivos de Edward y Jake bastante bien, ya que era un lugar que serviría a dos romanís sin parpadear. La cerveza era de buena calidad, doce fanegas de concentración y aunque las camareras eran hoscas, hacían un buen trabajo manteniendo la barra llena y el suelo barrido.
Edward y Jake se sentaron en una pequeña mesa, alumbrada por una vela dentro de un candelero, con cebo prendido sobre sus laterales teñidos de morado. Jake bebió media jarra sin parar y dejó el recipiente. Raras veces bebía algo excepto vino y con moderación. No le gustaba la pérdida de control que conllevaba la bebida.
Edward, sin embargo, agotó su propia jarra. Se reclinó sobre su silla e inspeccionó a Jake con una leve sonrisa.
—Siempre me ha divertido tu incapacidad para aguantar el licor —le comentó Edward—. Un romaní de tu tamaño debería ser capaz de beber un cuarto de barril de un trago. Pero ahora al descubrir que eres medio irlandés también… esto es imperdonable. Tendremos que trabajar en tus habilidades de bebedor…
—No vamos a decírselo a nadie —dijo Jake con gravedad.
—¿El hecho de que somos hermanos? —Edward pareció disfrutar del visible estremecimiento de Jake—. No está tan mal, ser mitad gadjo —le dijo a Jake amablemente y rió disimuladamente ante su expresión—. Esto seguramente explica el por qué los dos hemos encontrado un lugar de descanso, mientras que la mayor parte de los romanís deciden vagar para siempre. Es el irlandés que llevamos dentro que….
—Ni… una… palabra —dijo Jake—. Ni siquiera a la familia.
Edward se puso un poco serio.
—No guardo secretos a mi esposa.
—¿Ni siquiera por su seguridad?
Edward pareció meditar esto, mirando fijamente a través de una de las estrechas ventanas de la taberna. Las calles estaban atestadas de vendedores ambulantes, las ruedas de las carretillas repiqueteando sobre los adoquines. Los marcados gritos se elevaban en el aire mientras intentaban interesar a los clientes en cajas de sombreros, juguetes, infernales juegos, paraguas y escobas. En el lado contrario de la calle, la ventana de una carnicería brillaba roja y blanca con la carne recién cortada.
—¿Piensas que la familia de nuestro padre todavía quiere matarnos? —le preguntó Edward.
—Es posible.
Edward se frotó la manga, sobre el lugar donde la marca del pooka estaba localizada.
—Entiendes que nada de esto: los tatuajes, los secretos, mantenernos separados, dándonos nombres diferentes, habría pasado a no ser que nuestro padre fuera un hombre importante. Porque de otra manera, a los gadjos no les importaría un bledo un par de niños mestizos. Me pregunto ¿por qué dejaría a nuestra madre? Me pregunto…
—No me importa nada.
—Voy a hacer una nueva búsqueda en los registros de nacimientos en la parroquia. Quizás nuestro padre…
—No lo hagas. Déjalo estar.
—¿Déjalo estar? —Edward lo miró con incredulidad—. ¿De verdad quieres ignorar lo que hemos averiguado hoy? ¿Ignorar el parentesco que hay entre nosotros?
—Sí.
Negando con la cabeza lentamente, Edward giró uno de los anillos de oro de sus dedos.
—Después de hoy, Hermano, te entiendo mucho mejor. La forma en que…
—No me llames así.
—Me imagino que crecer como un animal de foso no inspira muchos sentimientos por la raza humana. Lamento que fueras tú el desafortunado, el que fue enviado con nuestro tío. Pero no puedes dejar que eso te impida llevar una vida plena ahora. Averiguar quién eres.
—Averiguar quién soy no me conseguirá lo que quiero. Nada lo hará. Así que no hay ninguna razón para ello.
—¿Qué es lo que quieres? —le preguntó Edward suavemente.
Manteniendo la boca cerrada, Jake miró airadamente a Edward.
—¿Ni siquiera puedes obligarte a decirlo? —le pinchó Edward. Cuando Jake permaneció obstinadamente en silencio, Edward alargó el brazo hacia su jarra de cerveza—. ¿Vas a terminarte esto?
—No.
Edward se bebió la cerveza con unos pocos tragos expeditivos.
—Sabes —comentó irónicamente— es mucho más fácil dirigir un club lleno de borrachos, jugadores y criminales varios que tratar contigo y los Swan. —Dejó la jarra y esperó un momento antes de preguntar en voz baja—. ¿Sospechabas algo? ¿Pensaste que el vínculo entre nosotros podía tener este final?
—No.
—Creo que yo sí, en el fondo. Siempre supe que no se suponía que tuviera que estar solo.
Jake lo miró con severidad.
—Esto no cambia nada. No soy familia tuya. No hay ningún vínculo entre nosotros.
—La sangre cuenta para algo —contestó Edward afablemente—. Y ya que el resto de mi tribu ha desaparecido, tú eres todo lo que tengo, phral. Intenta librarte de mí.
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Gracias por leer…
