Disclaimer: Vocaloid y todos sus personajes son propiedad de Yamaha y Crypton Corporation.
Capítulo X
Solos, en los confines más oscuros de la biblioteca, el par de fugitivos se detenía a recapitular lo acontecido en la última hora. La bibliotecaria había sido llamada a una reunión de personal en el salón de maestros, una junta urgente y obligatoria convocada por la dirección, y había cedido la tarea de custodiar la entrada de aquel templo de conocimientos a manos de un estudiante chino, Yuezheng Longya, que, a pesar de ser dos grados mayor y poseer el semblante feroz de un asesino, sucumbía cual cachorro pateado ante la mirada frívola de Rui Kagene y la enfadada de Len Kagamine.
Tras una eterna pausa, el reinado del rígido silencio fue derrocado por la voz raspada de Rui.
—¿Lo viste?—Se puso de pie y una brisa fría se propagó, cual ola en los campos azules e inmóviles de una sosegada laguna, con el humor pusilánime de sus palabras.
Las sombras de las largas y abastecidas estanterías les proporcionaban refugio. Hacía un frío estremecedor. El piso de mármol había quedado recubierto por un polvo gélido y azulado, que emitía un precioso brillo plateado, semejante al resplandor de los diamantes. Varios anaqueles, algunas sillas y unas cuantas mesas tenían sus bases y patas arropadas por una capa de nieve sólida. Se trataba de la alteración que el gen-V de Rui era capaz de generar en la temperatura atmosférica cuando una presión esporádica y masiva atacaba su sistema nervioso.
—Lo vi—respondió Len, pasivo. Se mostraba inmune a la frialdad del ambiente y a la exaltación del temperamento de su interlocutora.
Rui continuó deambulando alrededor de las mesas en las que habían tomado asiento, dejando un rastro de huellas frías, contorneadas por un borde granizado, con cada paso. Masticaba nerviosamente un chicle de cereza mientras hacía malabares con una regla en sus manos. Dicha regla padecía una condición similar a los mobiliarios desafortunados de la biblioteca: había sido sellada en un solidificado estuche de hielo.
—¿Era él, verdad?—Ella detuvo su andar por breves instantes, considerando la probabilidad de errores y figurando los escenarios posibles para ellos; apretó la frágil recta de plástico (que, por cierto, comenzaba a agrietarse) entre sus manos y prosiguió con su desesperada marcha errante.
—Así es—Len inhaló suavemente, como si no solo pretendiese convencer a Rui de tal verdad, sino que procuraba asimilarla también—. Era él.
Rui partió la regla en dos partes y gruñó, agitando sus alocados brazos en el aire. Fragmentos de plata y cristal se dispersaron como agujas y kunais. Len armó un escudo de fuego para salvaguardarse de los picos afilados que la chica, en medio de su bravo estupor, había expulsado en su dirección.
—¡¿Qué demonios está sucediendo?!—La exclamación le ocasionó un accidente molesto. El chicle que machaba entre sus molares terminó deslizándose traviesamente por su garganta, atorándose en su canal respiratorio y obstruyendo su libre respiración por segundos. Al bajar su guardia, la nieve comenzó a derretirse.
Len se apresuró hacia ella, golpeó su espalda hasta cerciorarse de que el obstáculo hubiese sido erradicado, le condujo a la silla que anteriormente había ocupado y le sentó. Rui intentó levantarse, alegando que le era imposible permanecer quieta cuando su gemelo—a quien habían dado por perdido y se creía muerto—milagrosamente aparecía en escena para colaborar con el maquiavélico complot de las zafadas siervas de la Academia. La situación había sido desastroza, pavorosa y propicia para la explosión de un enfrentamiento bélico. Era un verdadero alivio que, gracias a una miserable pizca de sensatez, más una pequeña porción de coherencia y de auto-control que revoloteaban aún por su conciencia, Len había evitado que la pelinegra cometiera una locura.
Las emociones de Rui estaban desenfrenadas, hasta el punto de representar una grave amenaza para ella. Tal fenómeno, que implicaba la supresión de los parámetros auto-impuestos que limitaban a su virus, únicamente sucedía en ocasiones extremas. Y, cuando tenía lugar tan horrendo espectáculo, su gen-V se desataba como una avalancha. Ella quería calmarse, quería que las pulsaciones erráticas y los espasmos conociesen su fin, pero la insistente repetición de aquella memoria tan terrible trastornaba y lo rebobinaba todo.
—¿Rei?—Había llamado Rui al ser arrastrada fuera del salón por Piko y distinguir una mata de mechones azabaches idéntica a la suya. Su hermano extraviado avanzaba indiferentemente hacia su presa, Rin Hanazono, sin dar importancia a su presencia—, ¡¿Rei?!—Había repetido, en balde, al instante en que Len salía del aula. Tan o más turbado que Rui, él quiso acercarse al Kagene, anonadado con su aparición súbita y su falta de respuesta.
—Rei—intentó él mientras caminaba, indignándose cuando le premió con el mismo trato indiferente—, ¿qué rayos...?
Fue entonces que sus ojos curiosos le traicionaron al parar en el místico mar escarlata que tanto aborrecía y que, en esos momentos, le ahogaba con una tóxica y enfermiza sensación de picardía y mofa. De esta forma entendió que sería en vano. Nada podría contrarrestar el control adquirido.
—Rui, ven conmigo...—La aludida sacudió sus hombros y trató, cual necia y caprichosa jovencita, de aproximarse a su hermano—, ¡Rui!
—¡Rayos, Len, déjame ir!—Ella le propinó un codazo y corrió. No obstante, antes de que pudiese alcanzar a su objetivo y confrontarle, colisionó bruscamente con una pared invisible. Al entrar en contacto con aquel campo de fuerza, fue repelida y arrojada a los pies del desconcertado Len; por causa de una descarga agresiva. Tanto sus manos como barbilla enrojecieron y comenzaron a hincharse.
Conocían a una sola persona en la Academia que era capaz de recrear barreras energéticas y manipular los campos magnéticos de los cuerpos para alterar las fuerzas de atracción y repulsión. Estaba parada detrás de Rin y a un lado de Rei, la inconfundible Lenka Yamamoto.
Rui pudo jurar que el tiempo se había congelado cuando Len y Lenka cruzaron miradas.
—¡Sorpresa, sorpresa!—Cul aplaudió para romper las murallas incómodas que comenzaban a levantarse—, Lenka-chan está preciosa, ¿verdad que sí? Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que ustedes dos se vieron. Lenka-chan, éste de aquí es Lenny-kun. Fue uno de tus compañeros de clase, pero, por supuesto, tú no lo recuerdas.
Lenka permaneció muda e indiferente, limitando sus respuestas a breves asentimientos.
—Vamos, ponte de pie. No hagas más cosas inútiles—el rubio cargó a la pelinegra y, con aquella expresión desfallecida que ambos compartían, salieron por el pasillo hacia la biblioteca. Ninguno dijo nada por el resto del camino.
En conjunto, suspiraron a causa de una similar y aborrecible melancolía. Parecían haberse perdido a merced del mismo recuerdo.
—¿Qué tal un aperitivo para reducir los nervios?
Con sus frágiles y pálidas manos, pescó un par de caramelos ovalados de su bolsillo, les despojó de sus envolturas y amablemente ofreció uno a Len. Él lo recibió e introdujo instantáneamente en su boca, sin notar la necesidad de detenerse a apreciar el obsequio. Ella le observó sin parpadear al instante en que lo degustaba. De haber estado en sus cinco sentidos, Len hubiese rechazado el caramelo, objetando que no era el momento indicado para ser golosos y, asimismo, añadiendo que si Rui continuaba alimentando ese tachable vicio—porque Len Kagamine repudiaba las cosas dulces—, acabaría como un vejestorio sin dientes.
Por lo menos sabía, gracias a esa pequeña y simple prueba, que no era la única gravemente afectada por lo sucedido.
Pasaron unos extensos segundos antes de que el rubio, exhibiendo una cara de puro disgusto, se encaminara hacia la papelera más cercana. Escupió la porquería que envenaba su paladar y lanzó a Rui una mirada irritada. Ella le contestó rodando sutilmente los ojos.
—Qué desperdicio. Si lo hubieses rechazado desde un principio, como un humilde ser con conciencia, podríamos haber evitado ese pecado.
Len arrastró otra silla, sin dar retórica a la sátira de Rui, y la posicionó al lado de la fulminante pelinegra. Ella, percatándose del aire pesado y denso que ahora merodeaba al rubio, enmudeció. Era difícil figurar qué cosa sería más apropiada para iniciar la conversación que sabían no podían retrasar.
—¿Tú la viste?
No necesitaba ser adivina para deducir a quién se refería. Honestamente, no esperaba que aquella cuestión fuera la combustión del tema, puesto que Rei y Rin encabezaban la lista de sus prioridades de acuerdo a las circunstancias, pero nada podía asumirse con Len Kagamine.
—Sí, la vi.
—Era ella, ¿verdad?
Resultaba cómico cómo tejían la conversación con un patrón idéntico al anterior.
—Sí, era ella.
—Oh.
Rui encontró el sufrimiento escondido detrás de aquella careta indiferente en el tono profundo de Len. Se compadeció cuando los rasgos de su cara se contrajeron y su expresión se ensombreció por la agonía. ¿Cómo las personas podían creer que era un chico desalmado? En situaciones como éstas, donde Len exponía su lado más débil y oculto, donde perdía su orgullo y permitía que su vulnerabilidad fuese exhibida para cualquiera, Rui se daba cuenta de cuán despreciables podían ser las actitudes y los prejuicios de la chusma.
—Cul tenía razón, estaba maravillosa—comentó, con aquella nostalgia destructora, tirándose sobre el respaldar de la silla. Rui asintió—. Nunca creí que dos años cambiarían tanto a una persona. Se ha vuelto una preciosa señorita.
—Tsk, suenas como un anciano—señaló ella. Sus orbes dorados se posaron en el rostro perdido del rubio—. Tú también has cambiado, Len. Todos lo hemos hecho. Si del tiempo se trata, es inevitable. No eres hoy quien fuiste ayer y no serás mañana lo que eres ahora—él no contestó y Rui comprendió que sería propicio saltar a otro tópico. Acarició las líneas de su falda de estampado escosés, distraída en sus propias cavilaciones, antes de atraverse a preguntar—: ¿qué haremos al respecto, Len? ¿Qué pasará con Rei? ¿Qué harás con Rin?
—Primero, necesitamos averiguar cómo todo acabó de esta manera. Cuándo y cómo Rei regresó a la Academia será nuestro principal enfoque. Rin tiene transmisores que codifican ondas de entrada y salida en sus audífonos, Rui. A diferencia de los nuestros, que no filtran lo que oímos a otras fuentes, los suyos poseen micrófonos que le comunican directamente con los cuarteles generales—la aludida entreabrió sus labios y volvió a asentir. Len palpó su barbilla, pensativo—. Será imposible sacarle respuestas sin que nos descubran, pero ella es la única que podría darnos alguna. No solo Rei está aquí, en la Academia. Rinto también.
—¿Qué sugieres que hagamos?—Rui frotó sus manos y absorbió los charcos que comenzaban a formarse a su alrededor.—Sé que Mew-sama tiene sumo interés en el gen-V de Rin, es por ello que Cul, Lenka y Haku le vigilan con tanto empeño. Mientras esas cuatro estén rondando como buitres alrededor de un cadáver, no podremos si quiera saludarle sin ser amonestados.
Len observó el techo, apoyando aquella observación.
—Tengo que admitir que fue inesperado que le permitiesen sentarse a tu lado en clases—comentó Rui, lentamente palpando la mesa con sus dedos. Frunció el ceño al percatarse de un evidente detalle—. Aunque, pensándolo bien, Cul ansiaba ver, u oír, tu reacción cuando estuvieses con Rin. Tsk, la condenada obtuvo lo que quería después de todo.
—Tengo una idea—él se levantó de repente, omitiendo la última acusación de Rui—, pero necesitaremos apoyo.
—¡Oh! Entonces, preocuparte no debes—le recriminó la pelinegra, entrecerrando sus ojos. Con un gesto de manos, mostró el espacio vacío detrás de ellos—, porque hay una línea entera de personas dispuestas a ayudarnos.
—Tu sarcasmo no tiene cabida en nuestra prisa—musitó Len, conteniéndose—, así que guárdatelo.
—Lo lamento, a veces es incontrolable—ella comenzó a caminar con él—. No te molestes conmigo, Grumpy.
—¡Rui!—Él dio un golpecito a su frente con las puntas de sus dedos.
Aquel apodo aludía, según la opinión macabra de la pelinegra, a su supuesto parentesco con uno de los siete enanitos de Blancanievas, Gruñón. Ambos refunfuñaban, siempre se hallaban de mal humor y eran bajitos. Si aquella burla hubiese sido ideada por cualquier otra persona, probablemente nunca hubiesen reconocido sus restos calcinados.
—Ya entendí. Ugh. Ahora tendré un punto rojo que llamará la atención. Gracias.
—¿Cómo puedes sugerir una cosa tan egoísta, Cul?
Frotando con lentitud el cigarrillo encendido que retenía entre sus manos en contra de un vacío cenicero de cristal, lo apagó y lo botó casi entero en un cesto de basura. Cruzó sus piernas y reposó una de sus finas manos sobre éstas. La otra, en cambio, la utilizaba para sostener una delicada copa de cristal. Sorbió del vino tinto que hacía bailar entre las paredes de vidrio antes de continuar—, Rin merece atender sus respectivas clases, tal cual los demás estudiantes. Si le apartamos y le encerramos, ¿no acabaría más rápido la diversión?
La pelirroja hizo girar la enorme silla de cuero en la que se encontraba sentada, detrás del abultado y largo escritorio de caoba y cedro con el cual Mew disponía en su sofisticado despacho. Su olfato se embriagaba con la fragancia dulce y adictiva de manzana y canela que abundaba en el aire. Cul sonrió, naturalmente, y continuó dando vueltas, tan feliz como una infanta en su paraíso de juegos fantásticos.
La directora en mando tomó un expediente, que yacía sobre la mesita de café yuxtapuesta al mueble de terciopelo sobre el cual se reclinaba, y lo leyó detenidamente.
—Mew-sama, pero Len Kagamine...—Quiso intervenir Haku, pero la modesta pelinegra, de hermosa figura de modelo, le detuvo. Cerró el folio y lo tendió hacia la albina. Ella lo recibió en silencio.
—Len Kagamine es Len Kagamine. ¿Qué puede hacer una niño explosivo e impulsivo como él contra los tres tesoros de la Academia? Apostaría todo por ustedes. Sé que mantendrán la situación bajo control, sin contratiempos revoltosos o problemáticos, como siempre lo han hecho. Ahora, Haku, dime una cosa: ¿Rinto se ha reportado ya?
—No. El pronóstico del tiempo predecía lluvias fuertes para Osaka esta semana. Las tormentas han interrumpido las redes de comunicaciones—notificó ella seriamente—, pero los radares tienen su posición exacta, en caso de que trate de escabullirse.
—¿No se los dije?—La directora sonrió con satisfacción—, lo tienen todo bajo control. Sé que no me defraudarán.
Cul saltó de la silla que ocupaba, con un nuevo espíritu batallador, y pasó el escritorio, deteniéndose delante de su jefa.
—¿Nuevas órdenes?
Mew alzó la mirada, portando aquel brillo juguetón y enigmático en sus orbes oscuros, y pronunció:
—Vayan por Lenka. Ha transcurrido lo suficiente. Ya es hora de incorporarle de nuevo a su clase, pues sus compañeros deben de extrañarle. Sobretodo nuestro pequeño rebelde, "Lenny-kun".
—Agh, qué horrible es cuando brilla tanta luz en el cielo—fue la primera queja en abandonar los labios de Rui. Ella, asegurándose de esparcir las aglomeraciones de bloqueador adecuadamente sobre su sensible piel, suspiró exasperadamente—. Es un alivio que vayamos a jugar bajo techo. Odio los días soledados.
—¿Qué no odias, Rui? Aparte de los dulces, el patinaje sobre hielo, Rei, Rinto y, siendo positivo, a mí?—Replicó Len, acercándosele despacio. Rui hizo una pausa y contrajo los hombros.
—No es mi culpa que siempre me den razones para despreciar...bueno, casi todo. ¿O sí?—Ella reforzó la coleta que mantenía presos sus mechones negros, mostrando desinterés en el tema.
—Supongo que no—una corta melena de cabellos rubios pasó volando por su lado, después de que un hombro chocara sin gentileza en contra del suyo, distrayéndole. Len se detuvo en seco.
—Buenos días, Len, Rui—resumió Rin rápidamente antes de seguir con su camino hacia el grandioso gimnasio techado donde tendría lugar la clase de educación física. Se encontró con Miku y Miki más adelante, quienes le recibieron abiertamente, con una actitud familiar y solidaria, como si no hubiese sucedido nada raro en los últimos días.
Rin brincaba y platicaba con una fascinante emoción, contagiando un entusiasmo inusual a tan tempranas horas por una cosa tan simple y nula como la clase de educación física—su primera clase—, y Len no pudo evitar fruncir el ceño.
—Eso era lo único que nos faltaba—masculló Rui, cruzándose de brazos—. Cul le está pegando su rareza. ¿No bastaba con ella?
—¿Recuerdas lo que discutimos, cierto?
—Lo recuerdo.
—Muy bien.
El primer período del día era gimnasia con Gackupo. En sus clases, el maestro tendía a separar el grupo en dos categorías: los de pensamiento rápido y los de pensamiento analítico extremo—porque sonaba rudo decir que eran lentos en cuestión de agilidad para los deportes, así que Gackupo solo mencionaba que tendían a contemplar en exceso sus acciones antes de ponerlas en práctica. Afortunadamente, la clase de segundo de secundaria se balanceaba perfectamente: de veinticuatro estudiantes, doce eran del primer grupo y la otra mitad del segundo.
Esa mañana, despejada y preciosa, pensaba repartir a sus estudiantes en cuatro equipos, con el propósito de formar oponentes para jugar volleyball. La idea de Gackupo era agruparles en conjuntos distintos a los que acostumbraban, equilibrando adecuadamente a tres miembros de la primera categoría con tres miembros de la segunda, y enfrentarlos en una riña supuestamente justa. El premio del equipo ganador—había aclamado al leer la lista de jugadores preparada con anticipación—sería un visita extra a la plaza localizada en los terrenos surestes de la Academia.
Dicha plaza, había explicado Gackupo cuando Rin había preguntado qué era tan especial de visitar una simple plaza—lo cual tuvo a Len recapitulando la alegría que ella había enseñado por una simple clase de gimnasia, pero no comentó nada al respecto—, era la concentración de diferentes locales que vendían mercancía traída del exterior. Era administrada por trabajadores de la Academia—esos hombres y mujeres en traje que nada más hablan con la Cabeza Ejecutiva y el Consejo Directivo—y los estudiantes podían visitarla hasta cinco veces al mes, dependiendo de la categoría de su equipo. La atracción principal era el modesto Vocaloid Shopping Mall, un complejo comercial que contaba con un par de tiendas departamentales, una feria de comida y un cine. Para la cima de tal declaración, Rin no podía disimular su asombro.
Al acabar aquella tremenda revelación, Gackupo procedió a separar a los estudiantes como había planificado. Dado que faltaban dos miembros de pensamiento rápido—Rinto y Rei—, se decidió que hubiesen dos equipos con seis integrantes y otros dos de cinco. Gackupo realizó los divisiones de forma parcial y terminó llamándoles de la siguiente forma:
Equipo 1—Pensamiento rápido: Gumiya, Gachapoid; pensamiento analítico: Miku, SeeU y Teto.
Equipo 2—Gumi, Neru, Piko, Akikoroid y Suzune.
Equipo 3—Rui, Akaito, Len, Oliver, Lui y la estudiante china, Luo Tianiyi.
Equipo 4—Miki, Meito, Zhiyu Moke (pariente de Tianiyi), Luna, Iroha y Rin.
El primer y el segundo equipo se enfrentarían, de igual manera que el tercero y el cuarto, y los ganadores de cada juego competirían por el privilegio de visitar la plaza.
Al verse contados en el mismo grupo, Len y Rui compartieron miradas de regocijo. Probablemente Gackupo habría previsto tales arreglos a su conveniencia, sabiendo que él no hubiese tolerado trabajar en aquella anti-sistemática organización sin Rui—la única persona fuera del Equipo Especial que apreciaba—y le hubiera obligado a ajustar ciertos cambios sin importar qué. De lo contrario, Len se hubiere rehusado a cooperar y acabaría en dirección, por cuestiones del reglamento relacionadas con sabotaje, presto para ser inmolado. Estaba seguro de que el maestro todavía se sentía lo bastante culpable como para hechar más leña al fuego de su resentimiento.
—Bien chicos, vamos a comenzar. Ajuste de carga: activar—dijo cuando notó que los grupos ya se habían organizado y segregado.
Los audífonos de los estudiantes vibraron y los símbolos en ellos fulguraron. El color de las luces incandescentes variaba de acuerdo al rango; se veían amarillas, rojas, azules y blancas. Transcurrió un breve intervalo antes de que escucharan una voz metálica pronunciado, en un tono vacío y escalofriante, "reconocimiento: finalizado. Gackupo Kamui. Permiso aprobado".
—Nivel de bloqueo: número 5—sintieron cosquillas en los cartílagos de sus orejas, como si el viento hubiese traspasado el material plástico y hubiese rozado su pabellón auricular, antes de que los audífonos titilaran un par de veces más y se apagaran. Nadie, además de Rin, parecía extrañado—. Muy bien, los dos primeros equipos distribúyanse en las canchas.
—¿Eso que Kamui-sensei hizo fue para...?
—Para prevenir que utilicemos nuestros genes mientras el juego se desarrolla—contestó Miku educadamente—, así requerirá más esfuerzo de nuestra parte. A Gackupo-sensei le gusta estimular nuestra determinación a ganar sin "ventajas" de ningún tipo.
—Oh.
—Solo se aprovecha de sus privilegios como maestro—conjeturó Gumi.
Inició el primer partido con un el ruido estremecedor de un silbato. Desde las gradas de anfiteatro, Rui y Len observaban con detenimiento a cierta persona. Rin se hallaba dos filas más abajo, felizmente apretujada entre Luna y Miki, platicando sobre trivialidades y animando periódicamente a cualquier equipo que anotase algún punto. A pesar de exhibir una sonrisa espléndida y emanar un aura contenta, Len sabía que se sentía incómoda. El desventurado evento del día anterior se había regado como fuego por todos los pasillos de la Academia. Si antes Rin era vista como un fenómeno por no tener conocimientos sobre la naturaleza de su gen-V, ahora era temida por poseer uno tan extraño y peligroso.
Bienvenida al club de parias.
Su mente deambuló por varios universos hasta que escuchó a Gackupo celebrando. El partido había sido rápido, mucho más de lo que los alumnos hubiesen esperado, y el equipo de Gumi se coronaba como el vencedor—para la sorpresa de la gran mayoría, pues casi todos habían apostado en su contra. Rui escuchó al sesenta por ciento de sus compañeros quejándose con Tianyi, la estudiante china que leía y controlaba mentes, acusándole de haber manipulado a Gumiya y a Gachapoid para que perdieran. Ella no se inmutó, en parte porque su vocabulario no abarcaba tantas vulgaridades que decían sus compañeros y porque sabía que eran necios e inventarían cualquier tontería para drenar su rabia. Simplemente les recordó a los que habían perdido la apuesta que le debían bastante dinero.
—Toda esta conmoción me recuerda que tú ahora me debes un café—le avisó a Rui, sonriendo con una cómica arrogancia. La pelinegra gruñó. Ambos se pusieron de pie cuando el equipo al que se enfrentarían, es decir, el de Rin, desfilaba hacia la cancha. Rin chocó palmas con Miku, SeeU, Gumi y Suzune, felicitándoles por el entretenido partido, antes de trotar con una diligencia enérgica hacia su posición asignada. Detrás de ella, en el puesto seis, se paraba un castaño larguirucho cuya presencia deterioró el ánimo de Len—. Rui, será mejor que ganemos. No pienso perder ante el idiota de Meito.
Meito Sakine, hermano menor y cómplice de la audaz profesora Meiko, era la persona que Len más detestaba de su clase, aunque Rui no sabía exactamente por qué. Cuando cursaban primaria, Rui recordaba una efímera época en la que Len había admitido a Meito en su reducido y preseleccionado círculo de amigos, y llegó un punto en el que Rui creyó que Rei y Rinto acabarían desplazados. No obstante, ocurrió, en cuestión de una noche, que dejaron de hablarse y se declararon una guerra fría. Eso había sucedido un año antes de la huida de Len.
—Pan comido—la chica estiró sus brazos y tronó su cuello—. Si ganamos este partido, todo será más fácil... Nos enfrentaremos al equipo de Gumi y poner el plan en marcha será más sencillo.
—Cada segundo cuenta.
—Lo sé.
Localizado en la posición uno, Len fue el primero en sacar. Durante los efímeros instantes en los que aguardaba por el beneplácito del silbato, atisbó la expresión concetrada de Rin en el lado opuesto de la cancha. Pensó que se veía graciosa, con su visión ávida en el seguimiento de la pelota y sus labios apretados hacia adentro, hasta que su mirada decayó en varios manchones púrpuras que cubrían la piel nívea de sus antebrazos. La brecha de rabia se encendió. Una vez que el pitido hubo resonado en los confines del gimnasio, Len empleó una descomunal fuerza al disparar la pelota por encima de la malla. Parecía un misil expulsado para destruir a gran escala.
Irónicamente, terminó golpeando a la persona que menos pretendía lastimar.
—¡Rin!
—¡Rin-chan!
—¡Hanazono-san!
Honestamente, quería tirarse al suelo y reventar su cabeza contra la madera pulida, frustrado por la simple idea de que la suerte no podía escupirle de peor forma en la cara, pero mantuvo su compostura—porque Len Kagamine no se contaba entre las personas que enloquecían por accidentes como ése—y se aproximó sin prisa alguna hasta la desfallecida. Se hincó a su lado, repelendo paulatinamente a los demás miembros del equipo 4, y golpeó su cabeza con la punta de uno de sus dedos.
Para Rui, Rei y Rinto—hastá para Meito, cabe destacar—aquél era un gesto de camadería. Len no era fanático de las demostraciones de cariño y esa clase de golpes inofensivos eran lo más cercano a pruebas de afecto que podía ofrecer. Mas, para el resto de la juzgadora población estudiantil, aquello representaba todo lo contrario.
—Levántate, chillona—Rin, con sus pupilas desenfocadas y sus párpados oscilando de arriba hacia abajo, intentó hacer lo que decía—. Ponte de pie; eso no fue nada. Rin, por favor, demuéstrame que estás bien.
—¡Qué rayos, Kagamine!—Intervino Gumi, enfurecida, corriendo desde las gradas con Miku siguiéndole.—Ya hiciste suficiente al haber aventado la pelota directamente a su cara, y ahora te atreves a golpearla. ¡Qué descaro el tuyo! Aléjate, no la toques.
Empujó a Len Kagamine lejos de la mareada rubia. Los espectadores jadearon. Miku se arrodilló a un lado de Rin, batiéndole gentilmente para que retornara a sus sentidos y confirmara que estaba en perfecta condición antes de que Gumi y Len ocasionaran un pleito innecesario. Gackupo se acercó a Rin y sostuvo su barbilla.
—Si quiero tocarla, la tocaré—contestó Len, ofendido por el disgusto impregnado en las facciones de la otra y su trato irrespetuoso. Su lado impulsivo salió a flote—. Tú no eres mi quién para decirme qué o no hacer, Megumi. Así que retrocede.
—No, tú retrocede—se interpuso valerosamente entre el par de rubios. Rui notó que las venas de Len comenzaban a sobresalir de su piel. Mil y un demonios—. Ya le has causado suficiente daño, Len Kagamine. Ella merece algo mejor, ¿por qué no le dejas en paz?
—¿De qué hablas?
—¡No actúes como si no supieras a qué me refiero!—Ella rugió y Miki y SeeU tuvieron que sostenerla en su lugar—. Siempre, desde que te conocemos, has sido un joven problemático. Pero ya ha sido bastante, ¿no lo crees? ¡Deja de arrastrar a los demás a los líos que tú empiezas! Primero fue Lenka, después Rei y Rinto, ¡y ahora Rin! ¡¿A quién más nos vas a quitar?! ¡Estoy cansada de solo observar y permanecer callada...!
Gumi calló bruscamente. Bueno, en realidad, fue callada bruscamente. Su mejilla izquierda exhibía un enrojecimiento grave y enseñaba indicios de hinchazón. De haber sido una pelota de fútbol el arma homicida, probablemente habría perdido algún diente.
—¡¿Cuál es tu problema, Kagene?!
Rui pulía sus uñas sobre su camisa, con una sonrisa orgullosa.
—Tú eres mi problema, Megpoid. Retráctate antes de que empareje el color en tu otra mejilla.
—Atrévete—Rui entrecerró los ojos y dio tres pasos hacia adelante, agachándose para recoger el balón.
La tensión creció en el gimnasio. Nadie sabía que lado adoptar—si el justiciero e idealista de Gumi, o el seguro y misterioso de Rui y Len.
—Ya fue suficiente—intervino Gackupo. Gumi soltó un gruñido resignado, dispuesta a ignorar lo sucedido y continuar con la clasa, pero Rui sabía que ya era tarde para retroceder—. Dispérsense todos. Llevaremos a Rin a la enfermería. Gumi, Rui: les dejaré ir con una advertencia.
—Está bien—ella frotó su cachete lastimado—. ¿Cierto, Kagene?
—Por supuesto, Kamui-sensei. ¿Qué más podríamos esperar de un maestro tan bondadoso como usted?—Exclamó sin gracia, su mirada tornándose más fría de lo acostumbrado. Gumi, aún irritada por el desenvolvimiento de los hechos, no pasó por alto aquel osado insulto y contraatacó.
—¿Qué rayos está mal contigo? ¿No ves que te está concediendo un favor? ¿O acaso quieres visitar los salones de castigo que, por cierto, nunca has visto porque siempre has dependido de la protección de tu hermano?
Tópico delicado.
—Gumi, por favor—trató el profesor, tras asegurarse de que Rin era cargada por Oliver, del Equipo C, y acompañada por Miku a la enfermería—, regresemos al torneo y-
—¡No! ¡Aún no he acabado!—Desprendiéndose de toda advertencia que Gackupo había dado, señaló a Rui mientras avanzaba hacia ella—. Si eres tan disfuncional como Len y no te importa ser un imán de problemas, bien por ti. Pero, por lo menos, aprecia los esfuerzos que tu hermano ha hecho para resguardarte. ¡Qué vergüenza sentiría si...!
Slap.
—Cállate. Tú no conoces nada sobre Rei. Por lo tanto, no entiendes nada. ¿Cómo podrías? No eres más que una consentida, una niña que creció bajo la protección y la influencia de un maestro en este infierno llamado "Academia". ¿Me llamas dependiente, Megpoid? No seas hipócrita. Primero revísate antes de hablar sobre los demás.
—¡Cómo te atreves!
A continuación, Gumi se abalanzó sobre Rui, transformando sus manos en zarpas de felino y exteriorizando un par de colmillos prominentes. Sus audífonos comenzaron a brillar y Gackupo, por miedo a que su prima acabase gravemente herida por el nivel de bloqueo, desactivó la alteración que había establecido. Como consecuencia, Rui desencadenó su propio gen-V y la disputa se tornó aún más violenta. Empeoraron los arañazos con garras y agujas de hielo, los golpes y las patadas, el griterío se intensificó. Al final, ambas acabaron con notas para una revisión en la enfermería y una posterior cita para detención.
Len sonrió para sí cuando Gackupo liberaba la orden para una descarga eléctrica de 400 voltios.
Paso uno: completo.
¡Hola! ¿Cómo se encuentran todos? Espero que bien :) Lamento la tardanza... Han sucedido unas cuantas cosas en mi país—para los que tengan alguna duda, soy de Venezuela—, y la inspiración ha estado escasa para mí. Um, alguien mencionó en los comentarios que este fanfic se parece a Gakuen Alice. Bueno, en mi perfil, pueden ver que este anime, en efecto, es uno de mis favoritos. La idea de este fanfic fue concebida a partir de ahí—aunque las explicaciones de la alteración genética no provino de ahí. En fin, solo quería dejar eso claro~!
Antes de despedirme, quisiera pedirles un favor: por favor, si no es mucha molestia, encomienden a Venezuela en sus oraciones. Sé que no somos el primer país que tiene problemas en el mundo, pero, como venezolana, les pido que se acuerden de nosotros. Nunca, como una república, habíamos caído en una situación tan crítica como ahora. Las noticias no muestran la gravedad de los hechos, porque así lo dispone el gobierno—que a tantos, por desgracia, nos avergüenza. Sufrimos de escasez, de inseguridad extrema, de corrupción administrativa, de persecusiones a la oposición, de opresión a la libertad de expresión por nuestros medios de comuniación... ¡Por favor, les suplico que nos apoyen en espíritu!
*Suspirando* Solo necesitaba decirles eso antes de agradecerles por sus maravillosos comentarios! ¿Qué les pareció el capítulo? Ojalá haya sido de su agrado. Nos veremos pronto.
Atentamente, Uni Sawada.
