Amelia Bones
Amelia Bones estaba preocupada esa tarde. Muy preocupada.
Por el Ministerio de Magia corrían los más siniestros rumores sobre el regreso de Voldemort (ella no temía decir su nombre, al contrario de sus compañeros del Wizengamot). Como si volviesen a estar en el colegio, alguien había hecho circular una especia de lista negra, en la que sus componentes supuestamente estarían amenazados de muerte.
Encabezando esa lista estaban, por supuesto, Rufus Scrimgeour y Cornelius Fudge. Por debajo estaban los directores de los distintos departamentos. Y por último algunos miembros destacado del Wizengamot como Tiberius Odgen o Griselda Marchbanks.
Y ella misma, claro.
Desde luego, esa lista no era otra cosa que una patraña. Pero no pudo evitar sentirse intranquila al ver su nombre en el pergamino. Y conocía el motivo.
Gracias a sus apelaciones y discursos en el transcurso de la primera guerra, muchos mortífagos habían acabado con sus huesos en Azkabán: los Lestrange, Travers, Dolohov, y así hasta un largo etcétera. Y ahora esos mortífagos estaban libres, después de una segunda fuga masiva en menos de un año. Estaban de nuevo a las órdenes de su antiguo amo. Buscando venganza. Vengarse de ella, por ejemplo.
Ahora siempre que volvía a casa conectaba los hechizos anti-aparición y anti-desaparición, ponía sensores supersensoriales en el perímetro de la casa y toda clase de hechizos defensivos y de ocultación. Pero sabía que no eran suficientes. Sospechaba que los mortífagos tenían infiltrados en el ministerio, así que no les sería difícil echar abajo sus defensas.
De modo que solo podía confiar en su buena suerte.
De repente una serie de chasquidos a su espalda la sobresaltaron y sintió un escalofrió extenderse por su columna vertebral.
Parecía que el momento había llegado.
Tranquilamente se dio la vuelta y allí vio reunidos a un nutrido grupo de mortífagos, entre los que se encontraba Dolohov, que la miraba con una mueca burlona.
- Parece que tus protecciones no son muy seguras, Amelia. Con un poco de ayuda hemos conseguido derribarlas.
- Eso parece, Antonin –dijo tranquilamente, aunque estaba muerta de miedo -. ¿Ayuda de quien? Si puede saberse, claro.
- Por supuesto, no creo que eso importe ya –el resto de mortífagos rió a carcajadas su comentario -. Ayuda de Runcorn.
- Claro, Runcorn –musitó más para sí que para los demás -. Trabaja en el Departamento de Seguridad Mágica. ¿Y bien? ¿A que debo el placer de su visita?
- No, no, no, no, querida Amelia –dijo Bellatrix avanzando hacia ella -. No es una visita de cortesía. Digamos que...venimos a saldar un cuenta pendiente.
Amelia retrocedió un paso y notó como algo debajo de su túnica se le clavaba en el costado. Bien, tenía su varita encima: quizás no estaba todo perdido.
- ¿Una cuenta, Bellatrix? –preguntó con fingida ignorancia para ganar algo de tiempo -. Creo que no me debéis nada.
Bellatrix le mostró los dientes con fiereza y Amelia aprovechó el momento para sacar rápidamente la varita y lanzar un protego lo suficientemente fuerte para poder desaparecerse.
- ¡¡Protego!! –gritó emocionada.
Al instante los mortífagos comenzaron a reír.
- Ohhh –exclamó Rabastán -. La pobre Amelia cree que tiene escapatoria, ¿quién la saca de su error?
- Sí, mi querida Amelia –prosiguió Dolohov -. No sé cómo has podido llegar a pensar que éramos tan estúpidos. El hechizo que impide la aparición ha sido anulado. Pero no así el que impide la desaparición. Estás atrapada como un ratón en su ratonera.
En ese momento los mortífagos se abalanzaron sobre ella.
Intentó defenderse lo mejor que pudo a base de protegos y hechizos defensivos: incluso pudo hacer blanco un par de veces. Pero sabía que era inútil. Iban a terminar con ella en cuanto quisiesen...solo estaban alargado su final.
Cuando estaba al límite de sus fuerzas Rabastán la desarmó y la inmovilizó con dos rápidos hechizos. Y Dolohov apoyó la varita en su sien.
- Déjame probar una cosa, Lestrange: siempre he tenido curiosidad por ver como queda un cuerpo al lanzar un avada desde tan cerca.
Antes de que Antonin pronunciase la maldición asesina Amelia solo tuvo tiempo de pensar en su hermano Robert y su familia, los únicos Bones con vida.
Y rezó al dios de los muggles para que fuese así por mucho tiempo.
