Disclaimer: Rose, Scorpius, sus cuestionables parientes y demás personalidades reconocidas pertenecen a J. K. Rowling. Lo demás, humildemente, me pertenece a mí.
Ron no quería a Scorpius Malfoy cerca de su hija, pero alguien tenía otros planes. Una muchacha inocente y un joven manipulable en medio de una disputa que siempre les será ajena. Una venganza, tres corazones rotos y una historia que no se deja olvidar. La tormenta está por llegar.
¡Hola! Bueno, aquí vengo este miércoles con la siguiente entrega. Personalmente este capítulo me gusta mucho (: ¡Gracias por leer y comentar, agregar a alertas, favoritos y todo eso! Es genial. Espero que les guste este capítulo… ¡Muchos besos!
Capítulo X
Confianza
(Parte II)
Entonces, justo cuando comenzaba a pensar que se regresaba y ya, escuchó pasos a sus espaldas. Unos pasos solitarios pero decididos que, dado el silencio y la soledad del vestíbulo en que se encontraba, la asustaron. Se debatió por un instante entre volverse para enfrentar al desconocido o simplemente echar a correr, cuando decidió que lo último era inútil y que mejor le plantaba cara al extraño. Se dio la vuelta para mirarlo, y al reconocerlo se le abrió literalmente la boca.
…
Scorpius Malfoy, con la camisa blanca y los pantalones oscuros asomando por debajo de la capa, se acercaba a Rose caminando por el corredor, bastante rápido por cierto. Lucía tanto o más sorprendido que ella.
– ¿Scorpius? –Murmuró, atónita, cuando él se hubo detenido frente a ella– ¿Qué haces aquí?
Scorpius se demoró un momento en hablar. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, una única vez, trasluciendo una genuina admiración. Sin embargo, Rose no se dio cuenta. Estaba demasiado asustada para hacerlo.
–Tú qué haces aquí, Rose, sola a estas horas–Le recriminó él finalmente, cruzándose de brazos–. Es peligroso.
– ¿En Hogwarts? –Rose sacudió la cabeza, escéptica–No puede ser peligroso–El semblante impertérrito de Scorpius la hizo titubear–. ¿Verdad?
–Yo no me arriesgaría–La respuesta tan tajante de Scorpius la asustó.
–Dios–Murmuró, evocando a su abuela materna y sus expresiones religiosas.
–No era para que te lo tomaras tan en serio–Scorpius enarcó una ceja–, pero Filch anda por aquí. Ése sí que asusta.
–Ya–Rose suspiró, ligeramente aliviada–, claro.
Estaba asustada, pero al menos Scorpius no estaba con el grupo de encapuchados, ella estaba casi segura de que ellos se habían marchado en la otra dirección, por lo que Rose descartó casi por completo la posibilidad de que estuviera con ellos. Sin embargo, seguía resultando sospechoso que estuviera por allí a aquellas horas de la noche.
–Voy a una fiesta en la sala común de Hufflepuff–Respondió Rose tardíamente a su pregunta–. Iba, de hecho. Se me fueron las ganas–Y era verdad. Después de casi un mes de descanso, aquel asunto de los Illuminati había vuelto a ella, la desazón tan fuerte como si nunca se hubiera ido.
–Se te fueron las ganas porque me viste a mí, ¿Cierto? –Scorpius le guiñó un ojo, recobrando súbitamente su actitud habitual–Eso lo explica todo.
–Ya cállate–Rose rodó los ojos, aunque sonrió–, simplemente no quiero ir.
Scorpius le apartó un rizo de la cara, rozándole apenas una mejilla con los nudillos. Sus ojos también la rozaban, una mirada suave y doliente, tormenta y terciopelo, una caricia angustiosa. Rose se estremeció.
–Entonces no vayas–Le susurró en voz muy baja, muy personal. Muy él mismo. Su voz también la acariciaba–. Ven conmigo.
A Rose aquel planteo la tomó completamente desprevenida, con la guardia baja. Ciertamente, Scorpius siempre la pillaba con la guardia baja.
–No…–Balbuceó, sin saber bien qué decir. No podía irse sola con él, sin que nadie supiera a dónde iba. No le inspiraba la suficiente confianza, ¿Cómo podía inspirársela?– ¿Cómo le aviso a Sam que yo…?
–Yo voy a la fiesta–Rose dio un respingo al descubrir a Agatha Dolohov a su lado–. Le digo.
–Agatha–Farfulló–, estabas…
– ¿…Aquí todo este tiempo? –Completó la aludida enarcando las cejas, mirándola como si creyera que Rose era idiota. Lo cual probablemente era cierto–No, acabo de llegar. De igual manera no lo hubieras notado–Señaló a Scorpius con la cabeza–. Solo tienes ojos para este idiota.
Rose enrojeció, y Scorpius soltó una breve risa, una risa cansada.
–Yo también te quiero, Aggie–Ironizó, y Agatha apretó los puños.
–Vuelve a llamarme "Aggie"…–Lo amenazó entre dientes.
–Suele usar apodos que no debe–Comentó Rose.
–…Y te quedarás sin escroto.
–Vaya–Murmuró Rose abriendo mucho los ojos.
–Aggie es así. Bueno, bueno, basta, me gusta mi escroto.
–Entonces cierra la boca–Agatha entornó los ojos, pero se limitó a acomodarse la capa sobre los hombros–. Nos vemos.
Solamente cuando Agatha hubo salido del vestíbulo Rose se percató de seguramente lo más evidente de su situación: primeramente, se había quedado a solas con Scorpius Malfoy. Y por otra parte, y en cierta forma mucho más importante que la anterior, ella había elegido, y querido, quedarse sola con él.
–Vamos a dar un paseo–Le dijo Scorpius, sacándola de sus inquietantes y reveladores pensamientos–. ¿Quieres dar un paseo? Por el jardín.
–No tenemos permiso para salir…
–No tenemos permiso para estar fuera de la cama a esta hora, Rose, y míranos–Scorpius la miró con ojos suplicantes–. Vamos. Está el lago, y es de noche, y hay luna. No me digas que nunca has visto el lago una noche de luna–Exclamó ante la expresión delatora de la muchacha.
–No–Murmuró, empezando a sentirse realmente curiosa, y deseosa, de ver aquello. Oyó la voz de Sam en su cabeza, regañándola: "Ya, claro Rose, quieres ir con él por el lago." Se sonrojó–. Nunca.
–Siempre hay una primera vez–Scorpius sonrió, y caminó velozmente hasta la puerta. La abrió apenas, lo suficiente para que ambos pudieran pasar de uno en uno–. Vamos, coloradita, has algo impulsivo por una vez. Por favor.
Estoy saliendo contigo, sola, justamente contigo; quiso decirle Rose, pero naturalmente, no lo hizo.
– ¿Cuántas veces debo decirte que dejes de decirme así? –Se quejó, yendo hasta la puerta de todos modos– ¿Y si alguien nos ve ahí afuera? –Titubeó junto a él, en el umbral.
–Yo salgo todo el tiempo y nunca me pasó nada–Admitió Scorpius con naturalidad–. No voy a dejar que te castiguen.
– ¿Y cómo irías a impedir eso? –Preguntó Rose, entre curiosa y divertida por su posible respuesta.
–Tengo mis métodos–Repuso, encogiéndose de hombros, y abrió la puerta un poco más. Rose se deslizó junto a él, percibiendo aquel perfume que su padre había usado siempre y que siempre le había encantado. Ahora, en su memoria, era el perfume de Scorpius también. Su capa aterciopelada le rozó la piel desnuda de los brazos–. Ven conmigo.
Y Rose fue con él. Nunca había estado en el jardín de noche, de hecho, era la primera vez que recordaba haber salido de su sala común fuera del toque de queda. Mirando a su alrededor, pensó que nunca había visto una noche tan hermosa. El cielo estaba azul, y liso, y hacía un frío calmo, sin vientos fuertes. Había caído el rocío, pintando de brillo las hojas de los árboles copiosos y el césped. Por un instante temió ensuciar los zapatos de Annie, pero decidió que podría limpiarlos después en caso de ser necesario. Respiró hondo, y, si bien el frío le erizó la piel de los brazos, sintió el aroma profundo de la noche y la naturaleza vivas, latiendo juntas. Y le gustó.
–Es hermoso–Murmuró Rose, hasta en un punto sobrecogida.
–Y eso que no lo has visto en verano–Aseguró Scorpius, sonriendo–. Cuando hace calor, todos los perfumes se acentúan, se intensifican. Hasta los colores.
–El verano es lindo. Me gusta ambientar mis historias en verano–Comentó Rose con una naturalidad que incluso la sorprendió a ella misma–. Pero prefiero el invierno. Todo es más puro en invierno.
–Muy poético–Observó él, y Rose se encogió de hombros. No le parecía poético en absoluto–. Y eso de tus historias… ¿Qué quiere decir?
–Uhm…–Rose vaciló, acariciando el césped con el tacón bajo del zapato–digamos que escribo.
– ¿Escribes? –Se sorprendió Scorpius– ¿Escribes qué?
–Cosas. Escenas. Retazos–Carraspeó, todavía con los ojos fijos en el suelo–. Empecé una novela en el verano.
– ¿En serio? –Scorpius en verdad lucía asombrado–Vaya, te felicito. En verdad tienes que ser muy inteligente para eso.
–Sólo tiene que gustarte–Repuso Rose, aunque sonrió al oír sus palabras–. Gracias.
–Así que eres escritora…–Scorpius asintió una vez en gesto apreciativo–. Vaya, eres una caja de sorpresas, coloradita.
– ¿Yo? –Exclamó Rose, enarcando las cejas– ¿Justamente yo?
– ¿Quién más? –Scorpius sonrió ante la expresión atónita de Rose, y ella supo que estaba bromeando–Vamos al lago–La tomó de la mano, gesto que la dejó completamente desconcertada. Tenía la piel cálida, como si no tuviera frío–. Quiero que lo veas de cerca. Es especial.
Scorpius la ayudó a cruzar a través del pasto largo, que se enredaba en sus tacones y le entorpecía el paso. Tomaron el camino más corto, evadiendo el sendero, y llegaron rápido al lago, liso y negro cual espejo, sin mácula ni imperfección alguna. La luna se reflejaba, redonda y perfecta, sobre la superficie casi estática del agua.
–Te dije que era especial–Le dijo Scorpius, todavía con su mano en la suya, al tiempo que Rose recorría la escena con ojos atentos, empapándose del esplendor. La muchacha asintió.
–Lo es.
–Como tú.
Rose se volvió a mirarlo, repentinamente ruborizada y turbada, con aquel vaivén emocional tan brusco que sólo experimentaba cerca de él.
–No tengo nada de especial–Intentó decir con voz firme, pero apenas le salió un susurro.
–Hablo en serio–Le aseguró Scorpius. Le apretó ligeramente la mano, y sólo entonces Rose recordó que seguían enlazados.
–Todo es muy subjetivo, supongo–Concedió, mirando las manos unidas, todavía sabiéndose sonrojada.
Suéltalo, se dijo. ¿Por qué no lo sueltas? ¡Suéltalo!
–Al menos ya no me lo niegas–Contestó Scorpius, y se volvió para mirar el paisaje–. Nunca me canso de esto, ¿Sabes? La noche, la calma.
– ¿La oscuridad? –Aventuró Rose.
–No–Repuso, quizá demasiado tajante. Parpadeó, y luego su voz recuperó su cadencia habitual–. No, prefiero ver por dónde voy. Me gusta la luz.
Scorpius se volvió para mirarla, y a Rose aquello le pareció un juego de palabras, una frase que escondía un mensaje subliminal que ni siquiera Scorpius era capaz de comprender. Aquello sonaba demasiado a los Illuminati, y sin embargo…sin embargo Rose había visto salir a Urquhart del castillo con un grupo de gente, pero Scorpius no estaba con ellos. Sino no se explicaba cómo había aparecido tras ella, solo con Agatha, cuando los otros se habían marchado.
– ¿Qué hace un grupo de Slytherin yendo a una fiesta de Hufflepuff? –Preguntó Rose, y sintió como si lo estuviera poniendo a prueba. Casi sin darse cuenta, cruzó los dedos de su mano libre detrás de la espalda. Scorpius frunció el ceño.
– ¿Qué fiesta?
–La de Hufflepuff–Rose enarcó ambas cejas–. Agatha dijo que ella iría.
–Ah, sí, la fiesta–Repuso Scorpius rápidamente, sacudiendo su mano libre–. Agatha ya debe estar allá.
– ¿Tú también ibas?
–Claro–Scorpius se encogió de hombros–. ¿Por qué estaría deambulando por ahí a estas horas?
–No lo sé, tú dímelo–Rose alzó el mentón, un gesto que intentaba aparentar seguridad–. Estabas en el vestíbulo.
–Te vi y te seguí–Scorpius alzó una ceja ante su tono evidentemente acusador–. ¿Qué hacías tú en el vestíbulo?
No iba a hablarle a Scorpius de sus conjeturas acerca de los Illuminati ni bajo tortura, por lo que tampoco podía mencionar que había seguido a un grupo de desconocidos que creyó sospechoso. Inconscientemente, Rose soltó su mano.
–Me perdí–Repuso finalmente, y tuvo la sensación de que mentía mucho cada vez que hablaba con él–. Tomé un par de atajos para llegar pronto a la fiesta, y me acabé desorientando.
– ¿Ibas sola?
–Preguntas mucho.
–Tú también.
–Sólo tengo curiosidad…–Murmuró Rose, buscando los ojos de él en la casi completa oscuridad. Quería saber, saber si la creía o no, si estaba molesto o no, si su mirada lo delataba, saber…
Dio un respingo cuando la varita de Scorpius se encendió a la altura de su cara. Manejaba muy bien los hechizos no verbales. La mirada gris y penetrante de él la atravesó cual estocada.
–Dejémoslo así, ¿Quieres? –Dijo Scorpius finalmente, mirándola con ojos atentos. Después de una pausa, Rose asintió.
–Quizá sea algo paranoica…
–Y yo algo intimidante. No tiene importancia.
Ambos apartaron la vista, y por un rato reinó el silencio incómodo.
–No quiero que sientas que te estoy acosando a preguntas–Scorpius rompió el silencio, hablando lentamente–, pero no entiendo por qué desconfías de mí.
–No quiero desconfiar de ti, Scorpius, en serio que no quiero…–Exclamó Rose atropelladamente, girándose hacia él.
– ¿Entonces?
–Eres un enigma. Cuando estoy contigo siento que voy a ciegas…nunca sé por dónde ir, ni por dónde voy…
– ¿Te doy miedo? –La interrumpió Scorpius, completamente serio.
– ¿Qué? No, no. De hecho, me gusta estar contigo–La veracidad de su propia confesión la hizo enrojecer–. Pero nunca sé…no eres territorio seguro. Y eso sí me asusta.
Scorpius asintió.
–Porque soy un Malfoy.
– ¿Puedes dejar de decir eso? –Se sulfuró Rose repentinamente– ¡Cada vez que discutimos este punto tienes que salirme con tu apellido! ¡Y no es por eso!
– ¿Y si no es por eso por qué es? –La desafió Scorpius– ¿Qué motivos pude darte yo para que desconfiaras?
– ¡Dijiste que íbamos a dejarlo así!
– ¡Pero ahora no quiero dejarlo!
– ¡Sé cosas! –Apenas lo dijo Rose supo que se había pasado. Se llevó una mano a los labios, consternada.
– ¿Cosas? –Repitió Scorpius, dando un paso hacia ella– ¿Qué cosas?
–La gente dice muchas cosas–Murmuró Rose, esquiva.
–Si me lo estás diciendo es porque les crees–Scorpius volvió a avanzar, y Rose retrocedió–. ¿De qué se trata?
–Han pasado cosas raras, Scorpius–Dijo con un hilo de voz.
– ¿Hablan de mí? –Preguntó Scorpius con voz acuciante.
–No–Admitió Rose atropelladamente–. No. Pero yo sé–Respiró hondo, y se sintió repentinamente sola, desprotegida. Lamentó haber salido con él al jardín–. He oído cosas.
– ¿Qué clase de cosas? –Scorpius empezaba a parecer exasperado.
–Cosas…–Susurró Rose, casi inaudiblemente. Le temblaban las manos, y también la voz en la garganta–como la luz.
Rose aguardó una reacción, cualquiera que fuera, pero Scorpius guardó silencio. Se quedó contemplándola, sin soltar palabra, su semblante completamente adusto. Rose sintió el frío más espeso a su alrededor, y empezó a temblar. Aunque quizá lo hacía del miedo, no era capaz de distinguirlo.
Niégamelo, imploraba una parte de ella sacudiéndose para salir a la superficie de su mente. Niégamelo todo, di que todo es mentira. Que no tienes nada que ver con eso. Que esa frase no significa nada para ti.
–Rose–La llamó él, con voz extrañamente comedida, moderada–, ¿Esas cosas de las que hablas te las contó alguien más…o son cosa tuya? –Rose no respondió, y a Scorpius pareció serle suficiente. Suspiró, y sus ojos tristes se clavaron en ella–Tienes razón–Murmuró finalmente, y algo en el interior de Rose se desplomó. Ella misma se sorprendió de su repentina desazón–. Mis amigos y yo no íbamos a la fiesta de Hufflepuff esta noche. Teníamos una reunión. Hay un club en Slytherin, ¿Sabes? Es muy selecto. Y secreto.
– ¿Un…club? –Repitió Rose, desconfiada y al mismo tiempo ilusionada– ¿Cómo se llama? –Preguntó, deseando no oír lo que, paradójicamente, habría sido lo más oscuro que podía imaginarse. Illuminati.
–No puedo contarte. De hecho, no debería hablar de esto con nadie. Como ya te dije, es secreto. Por eso las capas–Scorpius se tocó la prenda por encima del hombro–. Si el club es secreto, también sus miembros.
–Así que sí estabas en el grupo de encapuchados–Murmuró Rose, abriendo muy grandes los ojos.
–Así que sí nos estabas siguiendo–Scorpius sonrió ligeramente, y Rose enrojeció, mordiéndose la lengua–. Me percaté de que estabas tras nosotros y me quedé contigo mientras los otros se iban. Me asustaste, ¿Sabes? Sola a estas horas…
–Pero si ibas a una reunión–Rose ignoró sus últimas palabras, implacable–, ¿Cómo fue que pudiste dejarlos para seguirme…?
–Les dije que iba a distraerte para que no les siguieras–La sonrisa de Scorpius se amplió–. Pero en realidad sólo quería quedarme contigo–Suspiró, dejando caer los hombros–. Voy a quedarme sin escroto de verdad cuando Agatha sepa que te dije.
– ¿Y entonces por qué me lo dices? –Inquirió Rose, todavía desconfiada. Scorpius se acercó a ella, y esta vez la muchacha no retrocedió.
–Porque quiero que confíes en mí–Apoyó ambas manos sobre la piel expuesta de sus brazos, y Rose sintió que se le erizaba la piel ante su tacto. Sus ojos grises, siempre melancólicos, ahora la atravesaban con una férrea determinación–. Quiero que dejes de tenerme miedo.
–No te tengo…–Protestó ella, pero enmudeció cuando Scorpius presionó uno de sus largos dedos contra su boca.
–No me lo niegues–Murmuró él, cada vez más cerca, y Rose percibió su perfume, masculino y terriblemente conocido, el de Scorpius y el de su padre, también–. Sólo quiero que me creas–Su voz la acariciaba, resultaba casi hipnótico, el juego de la luz de su varita en sus ojos, el gris líquido, tormenta y metal. Parecía sincero, terriblemente sincero, la miraba sin siquiera parpadear–. Por favor, Rose, ¿Me crees?
Suspiró, todavía con aquel dedo tibio de él contra sus labios. Lo miró a los ojos un instante más. Y lo decidió.
–Te creo.
Scorpius la miró a los ojos en silencio, apenas por un instante. Entonces sonrió.
–Es imposible desconfiar de ti–Le dijo en voz baja, dejando caer la mano–. Nunca mientes.
Si supieras…quiso decirle Rose. Pero no lo hizo.
–Trato de no hacerlo.
–Tu mirada se hace evidente cuando lo haces–La sonrisa de Scorpius se acentuó, pero sus ojos siguieron teñidos de melancolía.
–Tengo tantas preguntas…–Admitió Rose.
– ¿Podemos dejarlas, al menos por esta noche? –Le pidió casi con súplica–Quiero algo especial contigo.
Rose sonrió ligeramente, sin poder evitar sonrojarse un poco.
–Bueno–Murmuró–. Por esta noche.
No pensaba dejárselo pasar. Scorpius suspiró.
–Por esta noche–Repitió, y se hizo una breve pausa–. Por esta noche, junto al lago. Es muy romántico, ¿No te parece? Ideal para la cita.
– ¿Qué? –Exclamó Rose, y Scorpius se volvió a mirarla, divertido.
– ¿Qué, qué?
–Dijiste…–Tartamudeó Rose–dijiste cita.
– ¿Y qué, esto no te parece una cita? –Scorpius abarcó toda la escena con un gesto de la mano–Tú y yo, solos, aquí, en probablemente el lugar más romántico del castillo…Y por encima no sólo es romántico, es especial.
Rose se rió entre dientes, aunque se había ruborizado.
–A cuántas habrás traído aquí y me vienes a querer hacer creer eso.
–Por favor, me ofendes–Scorpius se llevó una mano al corazón, fingiendo sentirse ultrajado–. Eres la primera, y esta vez no miento.
–No sé si creerte–Rose enarcó una ceja al mirarlo, recorriéndolo con la mirada como si estuviera analizándolo.
Al ver que estaba jugando, Scorpius le sonrió de lado, apenas, una mueca de completa desfachatez.
–Nunca dudes de mí.
Rose sonrió, divertida.
–Si pones esa cara, me lo haces muy difícil.
– ¿Cara? –Scorpius se mostró confundido– ¿Qué cara?
–Esa cara de pirata.
Scorpius abrió los ojos como platos ante sus palabras, completamente sorprendido. Luego, sin más, se echó a reír.
–Eres posiblemente una de las chicas más divertidas que haya conocido–Exclamó, todavía entre carcajadas, y Rose se puso automáticamente seria. De hecho, empezó a sentir un malestar en la garganta.
–No me gusta que usen el sarcasmo conmigo.
– ¿Qué? –Scorpius dejó de reírse al ver la expresión repentinamente disgustada de la muchacha. Y al oír sus palabras–Estoy hablándote en serio.
–No lo creo, pero yo sí–Se encorvó casi imperceptiblemente, sin ser consciente de ello–. Sé que no soy divertida, y está bien.
– ¿Quién te dijo que no lo eres?
Rose suspiró con pesadez.
–No sé si lo has notado, pero no tengo muchos amigos.
–Yo tampoco, y soy muy divertido. Está bien–Añadió Scorpius ante la mirada que le echó ella–. Lo siento.
–Los halagos evidentemente falsos son igual de ofensivos que los insultos–Rose vaciló, bajando la vista hasta el suelo–. Al menos para mí.
–Pero yo no te estoy mintiendo cuando te digo que eres divertida–Scorpius enarcó las cejas–. Me haces reír. Eres ocurrente.
Rose alzó el rostro para mirarlo en gesto titubeante.
– ¿Lo dices en serio? –Dudó.
–Por supuesto–Repuso él con vehemencia. Luego la miró con extrañeza–. ¿A qué viene esto?
–No sé…–Rose vaciló, pero finalmente y contra toda costumbre, siguió un impulso y acabó soltándolo todo–. Nadie me invitó a la fiesta de hoy, la de los de séptimo de Hufflepuff. Mi prima nos ofreció a mí y a Sam que fuéramos con ella.
–Tu prima…–Scorpius hizo una mueca, intentando recordar– ¿Tienes una prima en séptimo?
–No, es Lily. Está en cuarto.
–Ah, sí–Scorpius asintió, quedándose en silencio. Luego se sentó en el pasto, sin dejar de mirarla, y dio algunas palmaditas junto a él. Con cierto titubeo, Rose se sentó a su lado–. Y la invitaron a ella. A Lily–Continuó Scorpius, mirándola con interés.
–Ajá–Rose asintió, retomando su narración–. Y luego fui a mi cuarto, y no encontré nada que ponerme. Quizá tú no lo entiendas, porque eres un chico, pero es muy importante para una chica llevar algo bonito a una fiesta.
–Pero ese vestido que traes es muy bonito–Observó Scorpius.
–Gracias, pero no es mío–Rose suspiró–. Me lo prestó mi compañera, Annie Wong.
Scorpius asintió.
–Segundo mejor promedio de Gryffindor–Se encogió de hombros ante la mirada interrogante de Rose–. Leo las planillas. Continúa.
–Bueno, Annie me prestó su vestido, y yo me sentía muy bien con este vestido, digo, es un lindo vestido–Rose respiró hondo, sin ser consciente de lo atropelladamente que estaba hablando. En verdad necesitaba sacarlo todo a fuera–. También los zapatos. Combinan, ¿Has visto? –él asintió–Y entonces apareció Lily.
– ¿Y? –Preguntó Scorpius al ver que ella se detenía.
–Y estaba espectacular. Arrebatadora. Matadora. Sensual. Y todas las tonterías que pueden llegar a decirte los chicos.
– ¿Y? –Repitió Scorpius.
–Y no lo entiendes–Rose soltó un suspiro que tenía lo suyo de resoplido–. Lily es…–Sacudió la cabeza–todo el mundo la conoce, es hermosa, va a ser jugadora de Quidditch y tiene una familia perfecta, y yo…–Rose hizo una pausa, sintiéndose impotente–Es mi prima, y la quiero, pero hay veces en las que me siento realmente minúscula a su lado.
Scorpius se la quedó mirando fijamente, sin decir nada, y Rose en verdad creyó que él no la había entendido. O peor, quizá creía que estaba siendo absurda y acababa de hacer el ridículo más memorable de la historia. Apartó la vista, fijándola en la varita encendida, cuando lo vio por el rabillo del ojo ponerse de pie. Rose alzó el rostro, mirándolo con los ojos muy abiertos.
Scorpius se inclinó un poco, todavía mirándola con el semblante serio. Rose observó perpleja la mano que él extendió hacia ella.
– ¿Qué…?
–Baila conmigo.
Más perpleja todavía, Rose sólo alcanzó a repetir:
– ¿Qué?
–Ibas a una fiesta, ¿No? A volver locos a todos esos idiotas que no sabrían apreciarte.
Rose no pudo evitar reírse en medio del sonrojo.
–Sí iba a una fiesta, pero…
Scorpius tomó la mano que ella estaba usando para gesticular y la izó cuan alta era. Rose quedó de pie entonces, tambaleante, y se sujetó a uno de los hombros del muchacho para no caerse.
– ¿Lo ves? –Murmuró Scorpius, y una de sus manos se deslizó hasta posarse en la cintura de Rose. Alzó la vista, anonadada, y allí estaban esos ojos grises, brillantes y oscuros al mismo tiempo, melancólicos y dulces, contradicciones eternas, tormenta y a veces, calma. Seguridad–Estamos bailando.
Rose bajó la vista, sonriendo con las mejillas ardiendo. Scorpius apretó suavemente sus dedos dentro de su mano, y la guió junto con él para girar, lentamente.
No hay música, pensó Rose mientras iniciaban aquel vaivén, adelante y atrás. No hay música, pero estamos bailando.
Se deslizaba sobre sus zapatos por el césped, a través del césped, con la única guía de las manos de Scorpius, una en la suya y la otra en su cintura, y un ritmo acorde que únicamente los dos alcanzaban a escuchar. Rose empezó a percibir el cantar de los grillos, el susurro de la brisa sobre los árboles, el ulular de una lechuza. La cadencia suave de la respiración de Scorpius junto a su oído. Deslizó su mano a través de su pecho, un poco más abajo, y encontró el latido de su corazón. Aquello era tan íntimo, tan perfecto, que simplemente no parecía real.
–Eres hermosa–Susurró Scorpius en su oído, como si no quisiera romper la quietud, la magia del momento–. Eres una de las mujeres más hermosas que jamás haya visto.
Rose contuvo la respiración, percibiendo nuevamente sus ojos en ella. Una magia diferente se apoderaba del momento, hacía todo más brillante, menos doloroso. Scorpius soltó su mano, y le apartó el cabello del rostro con una caricia. Su mirada se posó inconfundiblemente en su boca, y por una vez, este gesto no la asustó. Era demasiado verdadero, demasiado puro para engendrar miedo, siquiera inquietud. Rose dio un paso inconsciente hacia él…
Y entonces tropezó y literalmente se desplomó sobre Scorpius, precipitándolos a ambos al suelo.
Rose se vio con el rostro contra la garganta del muchacho, y por un instante no se movió, presa de la vergüenza y el desconcierto. Luego, velozmente y roja como un tomate, se apartó de él, dejándose caer de espaldas contra el césped. Se sintió estúpida, y ahora sí completamente segura de haber hecho el peor ridículo de toda su vida. Se quedó perpleja al escuchar a Scorpius reírse.
–Sólo a mí me pasan estas cosas–Lo escuchó decir entre las carcajadas, y eso sólo la hizo sentirse más avergonzada.
–Lo siento.
– ¿Y por qué te disculpas? –Scorpius se giró, apoyándose sobre su codo derecho y así mirándola a los ojos–Si yo no me hubiera puesto una capa tan ridículamente larga, tú no te habrías enredado.
–Si yo no fuera tan ridículamente torpe–Lo corrigió Rose, frustrada consigo misma–, no me habría tropezado. Soy idiota.
–Sólo hay una cosa peor que menospreciar a una chica–La cortó Scorpius antes de que pudiera seguir hablando–: que una chica se menosprecie a sí misma. Es penoso y mucho más cuando no tiene ningún motivo para hacerlo. Estás bien tal y como eres, Rose, mucho más que bien. Y cuando lo sepas, cuando sepas quién eres en realidad…–Scorpius alzó la vista, fijándola en el cielo nocturno. Entonces suspiró, mirándola de reojo–No sé si quiero que ese día llegue, la verdad.
– ¿Por qué dices eso? –Exclamó Rose.
–Verás que eres mucho para mí y dejarás de hablarme.
Rose se echó a reír, sacudiendo la cabeza.
–En verdad sabes cómo hablarles a las mujeres, Scorpius.
–Con la única que quiero hablar ahora es contigo–Scorpius se dejó caer sobre sus espaldas, fijando la vista en las estrellas–. Las estrellas están grandes como puños esta noche.
Rose lo imitó, contemplando el cielo salpicado de estrellas.
–Sí, son enormes–Lo miró de reojo, todavía un poco desconcertada al encontrar a alguien que también usara metáforas en el habla cotidiana–. Es una noche realmente hermosa.
Los rodeó una ráfaga tenue de brisa, y Rose se estremeció. Scorpius se dio cuenta.
– ¿Tienes frío? –Le preguntó genuinamente interesado.
–Un poco. No debí salir sin abrigo…–Se calló cuando lo vio incorporarse un poco para quitarse la capa. Y se quedó perpleja cuando Scorpius se inclinó para cubrirla con ella–No tienes…
–Basta ya.
–Tendrás frío tú también…
–No busques excusas para estar cerca de mí, coloradita–Repuso Scorpius en tono jocoso, acercándose a ella para poder meterse también bajo la capa. Rose sintió la tela de su camisa rozándole delicadamente la piel, y se estremeció otra vez. Pero esta vez no de frío. Aunque esta vez Scorpius no se dio cuenta de la diferencia–Ven.
Rose se irguió apenas, para ver a qué se refería, y pronto Scorpius estaba abrazándola. Iba a protestar, pero entonces se dio cuenta de que en realidad no quería hacerlo. Se sentía tan cómoda a su lado, tanto que era extraño, casi dolía, como respirar aire impregnado de un perfume demasiado hermoso. Rose dejó caer la cabeza sobre el brazo de Scorpius, y cerró los ojos envuelta en su calor y en su perfume. Scorpius continuó hablando, esta vez de las constelaciones, y Rose era lo suficientemente avezada en Astronomía como para saber entenderle. La conversación fluyó, sin ninguna traba ni pausa incómoda, y Rose cada vez se sentía más segura. Tenía muchas preguntas, eso era cierto, pero al menos ahora sabía que confiaba en él. En cierta forma, se sentía liberada.
