Capítulo 8
—Creo que no queremos nada tan pesado. Me gusta lo que elegiste para el segundo menú. El revuelto de verduras con vinagreta de frambuesa es perfecto. Y también la mousse de salmón, los espárragos envueltos en puerro y el roulade de pollo relleno de champiñones. Las mujeres van a ver a todas esas modelos escuálidas mientras cenan. Lo último que querrán es comerse algo que va a ir directo a las cartucheras.
—Excepto por el postre —dijo Bella, sujetando el móvil con el hombro mientras se quitaba el abrigo—. Como dijiste, estaría bien poner un bocado delicioso. Algo de chocolate. Con vainilla o caramelo. Podemos servirlo con el champán que ha donado Elk Cove Vineyards.
Bella pasó por detrás de Harriet Bower, que no dejaba de balancearse y canturrear para sí frente a un cuadro de la sala de estar.
—Un espumoso con algo de caramelo ha de ser una experiencia muy sensual. Lo siento, Alaina. ¿Podrías esperar un segundo? —le dijo a la gerente del hotel Kensington desde el otro lado de la línea telefónica.
La joven sonrió al ver a una de las enfermeras.
—¿Mi abuela está en su habitación? —preguntó rápidamente—. Gracias —añadió y atendió la llamada en espera.
Llevaba todo el día esperando noticias de Alaina Tyler y no quería arriesgarse a tener que llamarla más tarde. La mujer estaba muy ocupada y el hotel había donado todo excepto el coste de la comida, que corría a cargo de la emisora.
—Lo siento, Alaina. ¿Dónde estábamos? Oh, sí —dijo entre risas, cuando la gerente le recordó que estaban hablando de experiencias sensuales—. Tú eres la experta en comida, y sabes que queremos algo escandalosamente sexy y sugerente. ¿Te parece bien?… Oh, gracias —respondió, aliviada.
Mientras se desabrochaba el abrigo, saludó con un gesto a las señoras congregadas frente a la tele.
—Entonces hacemos eso. Te llevaré el contrato tan pronto como me lo mandes.
Bella cerró el teléfono y rodeó la pared temporal que separaba a las residentes de las molestias de la obra.
—¿Sexy y sugerente?
La voz profunda que oyó detrás de sí disparó los latidos del corazón de Bella, que se volvió con una sonrisa fingida.
Edward estaba en el umbral de la pared temporal. Tenía la camisa remangada y unos vaqueros gastados se ceñían a sus caderas. El pelo revuelto le caía sobre la frente y parecía muy serio.
No le había visto en más de una semana, a veces por las circunstancias y otras a propósito.
—Es sólo una forma de hablar.
Él levantó una ceja.
—¿Una experiencia sensual?
—Es un término de… marketing.
—Pensaba que sólo ibas a darles de comer y a enseñarles ropa.
Bella se había pasado toda la semana preguntándose qué pasaría cuando volviera a verlo; si se mostraría distante o amable; si la trataría con frialdad, como un hombre de negocios.
Curiosamente, él hizo lo que ella había planeado hacer: fingir que no había pasado nada.
—Ahí radica la diferencia entre las mujeres y el género masculino —dijo Bella con indulgencia.
Excepto por el susto de volver a verlo, se sentía bien esa noche. Mejor que bien. Una asociación local de mujeres se había sumado al proyecto y habían accedido a hacerse cargo de los últimos gastos. Todo lo que sacaran de la venta de entradas sería destinado a reducir la deuda de la residencia.
—Un desfile de moda es una cuestión de imagen, de posibilidades. Una mujer mira la pasarela, oye la música y se imagina a sí misma llevando ese traje. Y entonces piensa, «Sí, yo quiero eso». Yo quiero esa confianza. Yo quiero ese vestido. Con ellos puedo conquistar mi pequeño rincón del mundo.
—¿Y una mujer consigue todo eso con la ropa?
—¿Y qué hace un hombre cuando elige una corbata roja?
E. A. vio aquella sonrisa que ya no esperaba volver a ver en sus ojos.
—Lo entiendo.
Señaló su teléfono móvil.
—Kay dice que no haces más que correr. Sólo has venido dos veces esta semana.
Kay decía que Bella había entrado hablando por teléfono en las dos ocasiones.
—Hay mucho que hacer. Sólo quedan dos semanas —metió el móvil en el bolso y se cruzó de brazos—. ¿Cómo estás aquí tan tarde? Kay me dijo que tú y Charlie os vais a las cinco.
E. A. se giró hacia atrás. Acababa de clavar contrachapado nuevo sobre el agujero de la pared.
—Quería tapar eso. Tengo que irme a Seattle mañana, así que no trabajaré el fin de semana.
Como había pospuesto el viaje a las Bahamas con sus amigos, quería tomarse dos días libres para preparar su barco. Iba a hacer buen tiempo el fin de semana, un milagro en esa época del año. Tenía que poner a punto al Renegade para la temporada.
Una lona tapaba la alfombra donde él estaba parado. Bella miró las herramientas esparcidas por doquier y después reparó en las tablas que escondían las tuberías.
—¿Has terminado?
—Casi hemos llegado a la mitad. Hemos reemplazado la tubería picada y sellado las juntas, pero no podremos comprobar si hay fugas hasta la semana que viene. Entonces podremos empezar a reparar la pared. Es difícil que abran la puerta, pero Kay no quería arriesgarse a que una de las señoras entrara y se hiciera daño.
Él tampoco quería arriesgarse. Bella tuvo esa certeza al verlo observar a las señoras. Ellas estaban más interesadas en ver Gran Hermano y en ese momento estaban discutiendo sobre el volumen de la televisión. Harriet Bower seguía tarareando mientras contemplaba el cuadro del bosque. La enfermera estaba a su lado.
En un rincón aparte, Edith Ross leía una revista. Fue ella quien recibió una dulce sonrisa de Edward que habría hecho derretirse a las más duras. La anciana, sin embargo, llevaba puestas las gafas de cerca y no se dio cuenta.
Bella miró las hermosas líneas de sus facciones. Edith le había hecho galletas de avena. Kay se lo había dicho el domingo. El martes por la noche había oído que varias de las mujeres, incluyendo la cocinera, se ocupaban de darle de comer.
—He oído que te han adoptado.
Edward la miró con sus ojos de niebla.
—Sí —murmuró—. Ha sido… interesante. Es la primera vez que alguien piensa que soy su yerno o su nieto.
Los labios de Bella dibujaron una sonrisa. Él frunció el ceño y se metió las manos en los bolsillos, apartando la vista de ella.
Bella no parecía sentirse incómoda, a pesar de lo mal que la había hecho sentirse aquella noche.
—Viniste a ver a tu abuela. No te entretengo.
De pronto, Bella cayó en la cuenta de que le estaba observando fijamente y miró por encima del hombro.
—¿Ella se acuerda de ti? ¿Desde el día en que te conoció? —le preguntó.
E. A. no supo definir lo que había visto en sus ojos. ¿Esperanza? ¿Preocupación?
—¿Qué? —preguntó él al verla dudar.
—Parece que no.
E. A. deseó haberle dicho otra cosa. La esperanza se había desvanecido, pero Bella levantó la barbilla y esbozó una sonrisa.
—Tendré que volver a presentártela. Pero ahora no. Está cansada por las noches. Y le es más difícil recordar las cosas.
—La próxima vez.
E. A. la miró a los ojos.
—La próxima vez —repitió Bella, como si quisiera decir algo más.
En ese momento la audiencia televisiva rompió en aplausos y Arlene Newcomb empezó a pedir que subieran el volumen con su típico balbuceo.
—Que tengas buen viaje —dijo Bella tranquilamente y dio media vuelta.
Su teléfono empezó a sonar de nuevo.
Estaba en la mitad del pasillo cuando E. A. la vio volverse y esbozar una sonrisa que iluminó toda su cara. Entonces levantó el pulgar y se puso el móvil sobre el hombro.
—Tenemos a Jeremy Walker —susurró y siguió hablando.
E. A. no pudo oír el resto de la conversación, pero era evidente que estaba animada. Antes de entrar en la habitación de su abuela, le dedicó una última sonrisa.
Había mucho más en Isabella Swan de lo que esperaba. A veces podía ser muy inocente, pero ese lado vulnerable era compensado por una fuerza y una sabiduría impropias de su edad.
No era de extrañar que Jessica y Jill confiaran tanto en ella. Siempre que se proponía llevar a cabo un proyecto conseguía su objetivo sin detenerse ni un instante. No importaba si estaba ocupada o preocupada. En medio de una crisis, ella sabía mantener la calma. Para ellas, Bella era el engrudo que mantenía en pie la empresa. Para él, ella era un soplo de aire fresco.
Estaba a medio camino entre Portland y Seattle cuando no pudo aguantar la curiosidad. Bella ya no le hablaba de los preparativos de la gala y debía de ser por su culpa. Le había dejado claro que estaba allí por su propio beneficio y ella habría pensado que no le importaba nada más.
Tecleó su número y se puso el «manos libres». En ese momento adelantó a una fila de camiones en la I-5. Esperaba que las carreteras estuvieran más despejadas el sábado por la mañana.
Ella contestó al tercer timbrazo.
—¿Quién es Jeremy Walker?
La oyó echarse a reír. Parecía algo somnolienta.
—Es uno de los rostros más populares de Portland. Presenta el telediario de la noche. Accedió a presentar el desfile.
Edward miró el reloj del salpicadero de su todoterreno alquilado. El Ford Explorer gris era un buen coche de trabajo. Como llevaba matrícula de Washington, era fácil hacerlo pasar por su coche. En realidad él tenía un todoterreno, un Escalade negro que estaba aparcado junto al Jaguar plateado y al Shelby Cobra que había comprado en una subasta el año anterior. Había pagado el doble de lo que costaría salvar la residencia.
El reloj marcaba las 8:36.
—¿Te he despertado?
—No pasa nada. Tengo que levantarme de todos modos. No quería dormir hasta tan tarde. Me fui a la cama casi a las cuatro.
Él no había visto su dormitorio el día que había ido a su casa, pero podía imaginársela bajo las sábanas fácilmente.
E. A. bebió un poco del café que había comprado en un Starbucks y casi se quemó la lengua. Estaba un poco distraído.
—¿Y por qué te acostaste tan tarde?
—Estuve preparando cosas para la gala.
—¿Puedes ser más específica?
—¿Quieres detalles?
—Por eso he llamado. Me gusta saber cómo han evolucionado mis ideas.
Él le había hecho la sugerencia por teléfono y estaba a punto de recordárselo cuando oyó un ruido por el teléfono. Parecía que ella se había incorporado sobre la cama.
—En ese caso… —dijo Bella y lo puso al día.
Eric había estado ayudándola con los diseños para la campaña de publicidad del evento: anuncios impresos en los periódicos, entradas… las cuales ella tenía que imprimir cuanto antes. Lo que no sabía era cómo abordar a la imprenta que usaba la agencia.
E. A. le preguntó por qué y ella le habló de los temores de Jill, que no quería que la agencia se sintiera en deuda con los clientes. Entonces se enteró de que Bella no había pedido la ayuda de nadie que no conociera personalmente.
—Me preguntaba cómo habría ido esa conversación. ¿Se ha tomado bien lo que estás haciendo?
—No sé si se lo ha tomado bien. Simplemente trata de ignorarlo.
—Siempre que no te ponga las cosas difíciles…
—No lo está haciendo. No sé lo que pasó, pero después de nuestra conversación dejó de parecer resentida con la abuela. No mencionó lo de la gala en el trabajo, así que todo marcha como de costumbre.
—¿Caótico?
—Medio caótico. Parte del personal ha empezado a presionar a los del turno de noche para que cumplan con los plazos, y Jill ha empezado a entrevistar recepcionistas. Oh, y Jessica firmó un contrato muy importante y lo quieren todo para ayer —bajó la voz como si hubiera hablado más de la cuenta—. Pero tú ya lo sabías. ¿No?
—En realidad, no.
Sólo había hablado con su hermana una vez desde su llegada a Portland. Jessica le había llamado la semana anterior mientras se estaba mudando a un modesto despacho del que su hermano habría estado orgulloso. Ella le había dicho que tenía algunos nombres de promotores inmobiliarios que podían alquilarle oficinas con vistas al mar. También se había ofrecido a buscarle una al no haber encontrado una de su agrado, y le había dado el nombre de un diseñador con el que podía concertarle una cita si así lo deseaba.
Su primer pensamiento fue que no quería ocuparse del Plan B en las semanas siguientes. Además, no quería que ella se hiciera cargo de nada que no estuviera relacionado con los negocios para no sentirse en deuda con ella.
E. A. le había dicho que había pospuesto la búsqueda de una oficina y que llamaría al diseñador cuando lo necesitara. Pero también le había pedido que no se tomara tantas molestias.
—Dale la enhorabuena de mi parte. ¿Quieres? —le dijo a Bella—. Bueno… ¿Qué falta para celebrar tu desfile de moda?
Ella le dijo que lo único que quedaba por hacer era recoger las donaciones para la subasta, aparte de preparar la gala. Fue entonces cuando guardó silencio.
—¿Qué? —le preguntó él.
—Sé que suena raro, pero voy a echarlo de menos.
—¿Ir corriendo de un lado para otro sin tiempo para nada?
—Parece que apenas tengo tiempo de pensar, pero… Sí.
—¿Y entonces por qué crees que lo vas a echar de menos?
—No tengo ni idea.
—Quizá sea por eso. Porque no tienes tiempo para pensar.
Bella tardó en responder.
—Quizá. Eso es lo que tú haces. ¿No? Siempre vas de un lado a otro.
—Así es.
—¿Y te gusta?
—Tiene sus ventajas.
Bella pareció vacilar.
—No sé si eso es bueno o malo.
Hace no mucho tiempo él hubiera dicho que un trabajo ajetreado era algo bueno. Últimamente solía pasarse las noches trabajando en los planos de la terraza interior con el portátil. Sin embargo, había una sutil diferencia. Trabajar en los planos, así como hacerlo con sus propias manos, era una experiencia mucho mejor.
—Quizá no sea ninguna de las dos cosas.
Se oyó otro sonido a través de la línea.
—Bueno, sea como sea, espero que disfrutes lo que estás haciendo este fin de semana.
—Haré lo que pueda. Me voy a navegar.
—¿En serio?
—Básicamente voy a mover el barco un poco, para prepararlo para la nueva temporada. Pero le daré una vuelta por las islas.
—Si ves alguna orca, salúdala de mi parte.
E. A. se echó a reír y le dijo que así lo haría. Después se pasó el resto del viaje deseando haberla invitado para que pudiera saludarlas personalmente.
La semana siguiente pasó volando para Bella, que por fin pudo acostarse a media noche. Cuando no estaba en la oficina se pasaba el tiempo pegada al teléfono móvil. No sabía qué estaba pasando con Jill, pero no le había pedido que le hiciera ningún recado. Incluso se había ocupado de recibir los muebles ella misma, quedándose en casa todo el sábado.
Todavía no había dicho ni una palabra de la gala benéfica, pero Jessica había empezado a preguntarle cómo iba todo. Y sobre todo, quería saber cómo iban las reparaciones en la residencia.
Bella no habría reparado en ese repentino interés de no haber sido porque conocía bien el motivo. Lo que no entendía era por qué su hermanastra no se atrevía a preguntarle a Edward cuándo iba a terminar, pero finalmente se dio cuenta de que Jessica estaba intentando averiguar con cuánta frecuencia lo veía ella.
Así, le dijo que no lo había visto en los últimos días, y que sólo había hablado con él por teléfono. Jessica limitó su respuesta a un «Oh» y Bella no supo qué pensar. ¿Qué estaría pasando entre ellos?
Lo que quería era mantener a raya a su corazón, pues él debía de estar al caer por la agencia. Era un cliente y la empresa esperaba contar con él por mucho tiempo. Si él y Jessica llegaban a tener algo serio, podría empezar a pasarse por la oficina un día sí y otro también, y en ese caso no tendría que preocuparse de tratar con él. No obstante, cada día se le hacía más difícil hablar con él, a pesar de lo fácil que era en realidad.
A diferencia de mucha gente, Bella sabía que hacía ese trabajo porque no tenía elección, y las preocupaciones por su abuela aumentaban cada vez que la veía. Edward conocía su lista de deseos, y eso era algo de lo que nunca le había hablado a nadie. Era como si él la conociera de verdad, como si realmente escuchara lo que decía.
Había llamado al regresar de Seattle para contarle que no había visto ninguna orca. Estaban a finales de octubre y la temporada de migración había terminado. No obstante, había visto a una ballena corcovada a cierta distancia y le había hecho una fotografía que quería enviarle por correo electrónico. Se habían pasado más de una hora hablando de las distintas variedades de ballena y sus costumbres migratorias.
Él también le había hablado de una isla boscosa desde donde se divisaban orcas todos los veranos. Desde una de sus calas había fotografiado una enorme ballena hacía tiempo.
Por lo visto tenía un problema con un proyecto, así que no podría ir a Portland hasta mediados de semana. Bella entendía por qué necesitaba un respiro.
Sin embargo, la semana fue pasando y Bella supo que debía de estar trabajando tan duro como siempre. Kay le decía que atendía largas llamadas durante las que hacía pedidos, daba órdenes al personal y fijaba reuniones; así que Bella se preguntaba cuándo tendría tiempo para trabajar en los planos de la terraza interior, que no eran más que un boceto todavía.
Él ya se había marchado de Elmwood House cuando Bella había ido a visitar a su abuela en la noche de Halloween, y el sábado siguiente había sido ella la que no había podido ir.
Pero su todoterreno sí estaba allí cuando Bella llegó la mañana del domingo.
—Edna está en el invernadero —le dijo Kay al pasar por delante de la nueva pared del salón—. Quería quitar los crisantemos del jardín. Le dije que no se estropearían durante el invierno, pero ella insistió en que se morirían, así que la dejé arrancarlas y replantarlas en el invernadero. Seguro que mañana quiere volver a plantarlas fuera. El comportamiento ilógico es normal. Síguele la corriente —le dijo Kay, consciente de su preocupación—. No se está haciendo daño ni nada parecido. Está feliz y eso es lo que importa.
Fuera hacía frío y la tierra estaba húmeda por las lluvias, pero el sol brillaba a través de las nubes y hacía resplandecer las hojas carmín de los robles y espinos. A los lados del jardín había crisantemos amarillos, naranja y púrpura rodeados de arbustos de hortensias y azaleas que no florecerían hasta la siguiente primavera. El césped color esmeralda se extendía hasta una pequeña huerta.
Una enfermera recogía los frutos de un manzano con la ayuda de dos residentes.
Algo preocupada, Bella se enrolló la bufanda alrededor del cuello y echó a andar por el camino de cemento que llevaba hasta el invernadero. Sólo había dado unos pocos pasos cuando vio a su abuela, de pie junto a la terraza interior que estaba al fondo de la casa. Vestida con un chándal verde y un sombrero rosa, estaba arrodillada junto a las flores al lado de los setos que delimitaban el jardín.
Bella acababa de pasar la terraza cuando vio a Charlie, el fontanero. Unos metros más adelante estaba Edward, de rodillas frente a la rampa para las sillas de ruedas.
Charlie la saludó con la mano y ella le ofreció una sonrisa. Edward se puso en pie y le dijo algo a su compañero antes de echar a andar hacia ella.
—¿Charlie está trabajando en la rampa? —le preguntó mientras le veía echarse el pelo hacia atrás.
Se había cortado un poco el cabello desde la última vez que lo había visto.
—Yo creía que era fontanero.
—Lo es. Pero su esposa lo dejó hace unos meses, y Jeanette hace pollo y buñuelos los domingos. Ayudarme es una excusa para disfrutar de una comida casera.
—¿Trabaja para comer?
Él se encogió de hombros.
—No es una comida cualquiera. Aquí nos tienen bien alimentados —frunció el ceño—. ¿No ibas a ver al tipo de la iluminación esta mañana?
—No hasta las once. Quería ver a la abuela antes.
La señora de rosa siguió cavando entre las flores. A su lado tenía una carretilla con media docena de macetas.
—Ha estado muy ocupada esta mañana.
—Eso he oído —no pudo evitar la sonrisa al ver un logo de los marineros de Seattle en su camiseta—. También he oído que te has convertido en el manitas oficial de la residencia.
La brisa le agitó el pelo y un mechón le cruzó la mejilla. E. A. se metió las manos en los bolsillos. Ella parecía algo cansada. Hermosa, pero cansada.
—He tenido que hacer algunas chapucillas. No es gran cosa.
—Para Kay significan mucho.
—¿Joven? —dijo Edna.
E. A. hizo un gesto para restarle importancia, pues la gratitud de otros le hacía sentir incómodo.
—Me llaman.
Bella se apartó el pelo de la cara y fue tras él.
Edna se quitó los guantes y, apoyándose en un cubo al revés, se puso en pie. Entonces empezó a colocar las macetas en la carretilla.
—¿Está listo ese cargamento? —preguntó E. A.
—Sí —dijo ella, añadiendo una última planta.
Bella miró a su abuela y fue a darle un abrazo, pero la anciana volvió su atención hacia las plantas rápidamente.
—Yo solía tener de éstas en casa —dijo para sí misma—. A mi hija le encantan las amarillas. Las flores amarillas siempre fueron sus favoritas.
Bella esbozó una tímida sonrisa.
—¿Te refieres a mi madre, abuela? ¿Las flores favoritas de mi madre eran las amarillas?
A través de los gruesos cristales de sus gafas, sus ojos color cielo se quedaron vacíos y Bella pensó que se enfadaría consigo misma por no recordar, pero en lugar de eso, levantó las flores con ambas manos.
—Éstas son tan hermosas como tú —dijo—. ¿No cree, joven?
—Abuela…
—Desde luego. Las dos son muy hermosas.
—¿Es su novio?
—Soy su amigo —dijo él sin vacilar—. Vamos a llevarlas al invernadero.
Sin decir nada más, la señora se sacudió el barro de los pantalones y le entregó la planta que tenía en las manos. Entonces fue hacia el invernadero.
Bella recogió dos macetas del suelo.
—Hoy la has estado ayudando.
Edward tomó la planta y la colocó en la carretilla.
—Esa enfermera es la que más las ha ayudado. Yo sólo he puesto mis músculos y he respondido preguntas.
—¿Qué preguntas?
—Cosas.
—¿Como qué?
—Primero quería saber qué día es.
—Lleva tiempo sin recordarlo. ¿Qué más?
Edward la miró de reojo y siguió poniendo plantas en la carretilla.
—¿Edward?
—Quería saber si su hija iba a venir hoy.
—¿Mi madre?
—Sí. Creí que debía decírtelo.
—¿Y qué le dijiste?
—Que tendría que preguntarle a su nieta.
Bella levantó la barbilla y respiró profundamente. Le habían advertido de que eso podía pasar. Había leído sobre pacientes que olvidaban la muerte de seres queridos y que confundían a los familiares. El deterioro intelectual de su abuela no cesaría y su memoria actuaba de forma caprichosa.
Pero Bella no estaba preparada para lidiar con ello. Un momento antes su abuela la había mirado fijamente mientras hablaba de su única hija sin ser consciente de quién era ella.
—¿Algo más? —le dijo, haciendo acopio de toda la fuerza que poseía.
La brisa volvió a agitar su cabello y Edward le apartó un mechón de la mejilla.
Bella contuvo el aliento y apartó la mirada.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó él.
—Tengo que acostumbrarme a estas cosas… Sí, claro. Estoy bien… ¿Qué más dijo?
—No mucho —Edward agarró la carretilla para no volver a tocarla—. Dijo que quería enseñarle las flores a su hija —le dijo mientras cruzaban el césped—. Entonces Charlie vino a decirme que iba a la ferretería y ella se fijó en su sombrero. Me preguntó por qué llevaba una montaña bordada.
—¿Y qué le dijo Charlie?
—Le dijo que el sombrero era un trofeo. Se lo compró hace unos años después de llegar a la cima del Monte Hood. No sabía que le gustaba escalar, así que empezamos a hablar de escalada y de rappel y ella siguió cavando.
—¿Te gusta escalar?
—Tú has apuntado todos los lugares en los que te gustaría bucear, y yo tengo una lista de todas las rocas que quiero escalar.
—¿Cuántas son?
—Unas doscientas.
Bella vio entrar a Edna en el invernadero.
—¿Y has escalado…?
—Más o menos la mitad.
—¿Te gusta escalar acantilados?
—Me encanta.
—¿Por qué?
Su falta de comprensión le hizo esbozar una irresistible sonrisa.
—Porque no puedo pensar en nada más cuando las únicas cosas que me separan de un cuello roto son mi propia fuerza y una fina cuerda.
Hizo un gesto hacia delante.
—¿Puedes abrir la puerta?
Bella hizo lo que le pedía y él entró con la carretilla. Como el sol se filtraba por los cristales del techo, hacía mucho calor y humedad. Todo el espacio estaba ocupado por largas mesas sobre las que descansaban interminables hileras de plantas.
La abuela de Bella esperaba en un rincón.
—Yo me ocupo —le dijo la joven, tomando las plantas que E. A. tenía en las manos—. Gracias por ayudarla. Y por decirme… —Bella no terminó la frase porque Edna estaba delante.
—De nada.
—Tengo que ocuparme de un asunto en… —estuvo a punto de decir Nueva Delhi, pero se detuvo a tiempo—. Singapur. Así que no nos veremos hasta el sábado. Buena suerte con la gala benéfica —le dijo antes de irse.
Una nube de decepción se cernió sobre el rostro de Bella.
—Gracias —dijo ella, ocultando sus sentimientos.
No se le había pasado por la cabeza que él quisiera asistir a aquel evento para féminas, pero una parte de ella quería que viera el resultado de su genial idea.
Bella se dio la vuelta hacia su abuela, pero se volvió a mirarlo un momento.
—Que tengas buen viaje. ¿Vale?
Él le aseguró que así sería y se metió las manos en los bolsillos para no hacer lo que quería hacer. Las dejó con las flores y abandonó la residencia por la tarde. A las once de la noche de ese día se subió el jet de la empresa y partió hacia Nueva Delhi. Habían surgido algunos inconvenientes y su presencia allí era necesaria.
Se pasó una semana negociando con los inspectores para agilizar la concesión de permisos, pero finalmente logró volver a encauzar el proyecto. El jet privado aterrizó en Portland a la una y media del sábado siguiente. La gala había empezado a las once y media.
A las dos en punto, E. A. Cullen entró en el fastuoso salón del hotel Kensington.
