NA: Contenido no apropiado para todo el público.
Responsabilidad del lector.
10
A media luz
En el ministerio, recibieron el informe de los detenidos en Azkaban. A pesar de ser un buen número, sabían que apenas comenzaba. Temían por lo que fuese a ocurrir con Dian, pero más temían no volverla a ver. Remus estaba ensimismado en sus pensamientos y en el dolor, en el interno; tenía heridas abiertas, pero había sido atendido por el servicio del ministerio y se encontraba reposando, demacrado y deprimido.
Si Dian había huido y no volvía, nunca se lo iba a perdonar. Además, la había decepcionado, le había fallado; ella parecía muy preocupada cuando le pidió hablar, sintió un escalofrío al pensar que aquel momento nunca llegase a ocurrir.
–Dian no nos abandonará –dijo Lily, confiada–. Debió marcharse pues estaba asustada, pero volverá.
Miraron a Lily inseguros, ya no sabían qué esperar de Dian. No sabían qué pensaba, a pesar de que había vuelto, no era la misma. Sirius entregó una taza de té a Remus, que no quiso beber.
–No pasó nada, Lunático –comenzó Sirius, sin preocupación–. Además, si te hubieses acercado más a ella te hubiera dado tu lección.
Sirius sonrió, pero Remus no estaba de humor para soportar sus bromas, siguió pensando. Por la ventana el viento entró denso, se escucharon los aleteos de una lechuza que pronto entró en la oficina con una nota entre las patas. No tenía dirección de remitente. Lily la tomó y la alisó con cuidado. Sirius regaló un panecillo al ave, que lo tomó pero no se marchó, se quedó esperando.
–Creo que quiere la respuesta –dijo Sirius, observándola.
–Es de Dian –dijo Lily, con ahínco.
–¿Qué dice, qué dice? –se acercó James, ansioso, mientras Remus miraba de soslayo.
"A medianoche, en su oficina…
Sin espectadores sorpresa.
Ráfaga de Oro."
–¡Ja! Ese apodo fue mío –dijo Sirius, cruzándose de brazos.
–Contestémosle –Lily tomó tinta y pluma y comenzó a hacer la nota.
–Qué grosera, Roosevelt, no me mandó saludos –dijo Sirius, dándole otro panecillo a la lechuza–. ¿Será que ya no me quiere?
–Es porque quiere a Remus –Peter Pettigrew entró en la oficina, sonriente y con semblante recuperado.
Los chicos se quedaron mudos, al fin Peter hacía aparición. Y aparentemente sabía todo de Dian.
–Colagusano, ¿dónde te habías metido? –preguntó Sirius, sorprendido–. ¿Tú sabes lo de Dian?
–Sí, a pesar de que ustedes no me lo dijeran –respondió Peter, mosqueado–. Me lo ha dicho Alice. Creo que es maravilloso.
Lily ató la nota de respuesta en la pata de la lechuza, que partió agradeciéndole a Sirius los panecillos con dos aletazos dóciles.
–¿Cómo es que hasta ahora apareces? –recriminó James–. ¡Necesitamos varias manos aquí!
–Lo siento, lo lamento mucho –comenzó Peter, con gesto de lamentación–, pero desde que fui atacado aquella vez no me he sentido bien y he tenido que hacer algunas visitas a San Mungo.
–¿Tan grave fue? –preguntó Lily, preocupada.
–Sólo fueron unos hechizos reversibles –dijo Remus, confundido.
–Lo sé, lo sé, pero tuvieron efectos secundarios.
Los aurores lo miraron, parecía muy recuperado, seguramente en San Mungo habían hecho un excelente trabajo, se le notaba incluso contento, lo cual alegraba a James, pues en los últimos días habían tenido que librar una batalla ellos solos y ahora con el encantamiento Fidelio necesitaban a Peter más que nunca.
–Entonces no se hable más, Colagusano –dijo James y lo apartó del grupo, mientras los demás volvían a sus deberes.
–¿Qué sucede? –preguntó éste, azorado.
–Es sólo que Lily y yo… –comenzó a decir James.
–James, ¿tienes un minuto? –dijo de pronto Lily, con una extraña mirada que dirigió a su esposo.
James la miró y luego a Peter, Sirius se apartó un poco. Se escuchaban los murmullos de los demás trabajando, incluso la voz de Remus que se encontraba un poco más animado. Lily se notaba muy nerviosa. Jugando con los dedos de su mano, miró a James, que no comprendía lo que pasaba.
–Tengo esta… preocupación –decía ella, hablando mientras se tronaba los dedos–, de que algo no anda bien.
–¿Qué es lo que no anda bien? –preguntó James, con el ceño plegado.
–No sé, realmente no lo sé –dijo ella, mordiéndose el labio inferior–. Por un momento he pensado que… Sirius debe ser nuestro guardián. No Peter.
–¿Por qué? –preguntó James, sorprendido–. Has escuchado las razones de Canuto, me parecen sensatas.
–Sí, lo son –dijo ella, con un brillo especial en sus ojos–, pero no sé si nosotros estamos siendo sensatos.
–De verdad no sé qué pensar, Lily. No quiero que esta sea sólo una decisión mía.
–No sólo se trata de nosotros, James –dijo Lily, con una voz profunda y que parecía que en cualquier momento se iba a quebrar–. Es también nuestro hijo, es Harry. Vamos a entregarle la confianza de nuestra familia.
James se sintió completamente desarmado. Encontraba las razones de Lily más claras que nunca. Jamás hubiese pensado que tuviera que debatirse algo así. James había confiado en los dos, en Sirius y Peter, en realidad había confiado en cualquier persona, pero Harry había cambiado su mundo de un modo que también tenía que cambiar él.
Sujetó las manos de Lily firmemente, la miró y luego las besó jurándole sin palabras. Los ojos de Lily brillaban más que nunca. Desde hacía un año había dejado de ser sólo Lily Potter, sino que era también la madre de Harry Potter y no había nada más que pudiese ser importante.
–Ayúdame a hacer lo mejor, Lily –James sentía el alma pesada.
Lily lo miró con todo el dolor que presentía venir, como la sabiduría de toda madre.
En unas cuantas horas comenzaría el sol a ocultarse. Ella miraba nerviosa el horizonte. Se encontraba arraigada en la soledad, donde su única posibilidad de ser libre se veía muy lejos. Remus no había aparecido, ella temía que él no hubiese comprendido la gravedad del problema, temía que él ni siquiera supiese que tenían un problema. Porque lo había y más serio de lo que se esperaba.
Dian había intentado ser un mortífago, el mejor de todos los tiempos y había fallado. Ahora, intentaba ayudar a los aurores y también comenzaba a fallar. Su plan no iba tan bien como lo esperaba. Ahora se encontraba lejos del bullicio que se había armado en el clan. Había fracasado en todo. No había podido hacer nada bien; no había sido la mujer exitosa que se imaginaba después de Hogwarts, ni la increíble jugadora de quidditch. No había sabido ser una buena amiga, una buena novia para Remus, una buena hija, y tampoco aquello que por unos instantes de su vida imaginó que podía ser.
Todo lo bueno, todo lo digno, todo lo que merecía la pena ya lo había hecho en Hogwarts y esos años ya no volverían. Deseó que el tiempo no hubiesen pasado tan rápido. Aún recordaba el día en que había conocido a Lily en el vagón, cómo se había hecho su amiga en tan sólo unos minutos. Recordó aquella emoción al ver a Remus por primera vez, aunque nunca lo había admitido con nadie. Siempre le gustó, siempre se sintió atraída por él y todas esas cosas estúpidas que ella hizo por orgullo y por diversión le hicieron perder el tiempo tan valioso que ahora deseaba recuperar.
Una lechuza surcó el atardecer. Dian se encontraba un sitio oculto, en el viejo castillo Roosevelt, era lo más cercano, ahora, a un hogar. Sólo ahí, ella podía estar sola, lejos de la sarta inmunda de los mortífagos salvajes y de las atrocidades que diario tenía que soportar.
Cuando desdobló la nota reconoció perfectamente la letra de Lily, confirmaba la hora para encontrarse en el ministerio. Dian sintió confort en su corazón. Ahora reconocía cuánto había extrañado a sus amigos, cuán difícil había sido sobrevivir a todo eso.
Una lechuza más apareció en el horizonte. Dian no tenía idea, nadie sabía del lugar exacto del castillo, y aquella no era la lechuza que ella había mandado. Rápidamente tomó la nota, la letra rápida y precipitada de Donovan Juk podía leerse.
"Hogwarts, esta noche".
Dian sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. Donovan ya se había enterado de que ayudaba a los aurores. Había sido tan obvia. Pero se sintió agradecida de que él la apoyara, era la segunda vez que lo hacía. Se sorprendía con la idea de que él se involucraba, sabía que no se encontraba bien y temía por su vida.
Ella echó a andar, a buscar la escoba. Ya no podía regresar el tiempo, ya no podía volver a ser lo de antes. Pero podía hacer cambiar las cosas. Hacerlas bien esta vez.
–¿Dónde habría estado todo este tiempo?
–En San Mungo, ya lo dijo.
–Vamos, no dirás que le crees.
–¿Tú no?
–No.
–No me hagas esto, Lunático. Intento confiar en él.
–Yo no. Es decir, no creo que sea seguro que él siga en esta misión.
–¿Hablas de sacarlo por completo?
–Sí, deberíamos planteárselo a Moody.
–Moody te pedirá pruebas.
Sirius miró a Remus. ¿Qué estaba diciendo? Si no había enloquecido ya, creía que Remus quería sacar a Peter de los aurores. Aunque Peter había cometido muchos errores, aquello le parecía drástico e insensato.
James y Lily habían charlado un rato a solas. Después se marcharon a casa, prometieron volver antes de que anocheciera y así encontrarse con Dian. Por su parte, Peter iba de un lado a otro de la oficina, Sirius intentaba desquitarse de todo el trabajo inútil que había tenido que hacer y ahora se lo había impuesto a Peter. Le parecía divertido, pero Remus lo había inquietado.
Alice Longbottom se dirigió a la oficina de los aurores. Preocupada. Miró a los chicos que se encontraban descansando, tomándose el té. Se apartó de ellos y caminó hasta la vieja chimenea. Remus y Sirius no pudieron evitar mirarla con detenimiento. Ella se notaba nerviosa y exasperada.
–¿Qué sucede, Alice? –preguntó Remus, extrañado.
–Una voz –dijo Alice, agachándose en la chimenea–. Ha estado siguiéndome. Les juro, les juro…
–¿Qué te hace suponer que estará en la chimenea? –preguntó Remus, confundido.
–En cada chimenea por la que me he parado en el ministerio, la escucho –dijo Alice, revolviendo el viejo hollín y polvo, sin importarle–. ¡Dice mi nombre! En el Departamento de Accidentes Mágicos, luego en el Departamento de Misterios. Comenzó en el vestíbulo y…
–Alice te persiguen las voces del más allá –dijo Sirius, divertido, bebiendo té.
–¡No es gracioso, Black! –dijo ella, volviéndose contra él.
–No te ofendas, pero no creo que sea algo realmente importante… o real –dijo Remus, incauto.
–¡No estoy loca, Remus!
–Alice, por favor, no me dirás que no has visto un fantasma –dijo Sirius, sin darle importancia–. En Hogwarts almorzábamos con ellos.
–¡No es un fantasma! –dijo Alice, exasperada–. ¡Son voces!
–Sí, sí, Alice –continuó Sirius, bebiendo café–. Así son las chicas: no pueden con controlar sus propios nervios e histerias…
De pronto, una explosión inesperada ensordeció su voz, provenía de la chimenea. Sirius soltó un grito, casi femenino, mientras torpemente tiraba la taza del té. Remus se puso de pie rápidamente con la varita lista. Alice corrió hacia ellos, aferrándose al brazo de Remus, ya que Sirius no encontraba su varita.
Una silueta se divisó entre todo el hollín y el polvo que rodeaba la habitación.
–Ya habrías muerto, Black… coff –dijo la voz sutil de Dian Roosevelt, ahogada en el hollín–. Remus, baja eso que sólo se trata de mí.
Remus sonrió, nervioso. Alice se soltó de su brazo, aliviada, mientras Sirius apuntaba con la cuchara de la taza del té.
–¡Por Dios, Alice! –exclamó Dian, sacudiéndose el polvo de la túnica y de la cara–. ¡He intentado hablarte por todo el ministerio! Me habrías ahorrado la horrible tarea de limpiarles la chimenea.
–¿Eras tú? –exclamó Alice, asombrada–. ¿Ahora lo ven? ¡Claro que oía voces!
–¿Y por qué no hiciste caso? –preguntó Dian, exaltada.
–Tantas cosas que han pasado, lo siento mucho Dian –respondió ella, preocupada, ayudándola a sacarse el hollín.
Remus le ayudó con la gabardina.
–¿Ves Alice? No era ningún fantasma –dijo Sirius, sirviéndose más té.
–Ya veo que no, Sirius –contestó ella, sarcástica.
–Has llegado más temprano de lo acordado –dijo Remus, observando el reloj.
–Es urgente, no podía esperar más tiempo –contestó ella, mirando alrededor–. ¿Dónde están los demás?
–Han salido, pero no tardarán en regresar –contestó Remus.
–Dijiste que sería a medianoche –respondió Sirius.
–No, no, no podemos perder más tiempo –siguió Dian, muy impaciente.
–¿Qué sucede?
–Los mortífagos atacarán Hogwarts.
–¿Ahora? –preguntó Alice, temerosa.
–A la medianoche –contestó Dian–. No lo sabía, acaba de llegar la noticia.
–¿Estás segura? –preguntó Remus, impresionado.
–Sí, sí –respondió ella–. Debemos hacer algo, pero…
–¿Escuchaste a los mortífagos?
–No, no he ido ahí.
–¿Entonces?
–Me llegó una nota.
–¿Por qué Hogwarts ahora? –preguntó Alice, alarmada.
–Lo único que se me ocurre es que algo se le ha escapado a Voldemort de las manos–dijo Dian, consultando su reloj–. Si nos damos prisa podemos llegar antes que los mortífagos al castillo, planear una emboscada, adelantarnos y esperarlos. Podemos atacarlos por medio de…
–Dian, Dian, Dian –dijo Remus, de pronto–, tú eres un mortífago. No puedes ir con nosotros.
–No, Remus. Yo ya no soy un mortífago. Nunca he sido uno –respondió ella–. Pude haber hecho miles de cosas, pero nunca maté a nadie. Nunca pude ser el mortífago que se esperaba. Pero estoy consciente de que tampoco puedo ser auror. Sólo quiero hacer lo correcto.
Los tres aurores se quedaron perplejos: que Dian no hubiese cometido ningún asesinato los tomaba por sorpresa.
–Lo correcto es que nosotros tomemos partido en esto –dijo Remus, pensativo–. Pero no podemos adelantarnos así como así. No al menos involucrándote a ti.
–¿Qué quieres decir?
–Estoy de acuerdo con Lunático –dijo Sirius de pronto–, debemos hacer esto solos. No puedes aparecer así, Dian. Te torturarían, te matarían, o algo peor… qué sé yo. No podemos arriesgarnos a que te pase algo. Y créeme que todos están de acuerdo.
–¡No! –exclamó Dian, exasperada–. Yo no puedo quedarme así como así, sin hacer nada.
–Has hecho demasiado por nosotros –dijo Remus–. Podemos ir a Hogwarts y enfrentar esto.
–¿Qué se supone que haré yo? –preguntó ella, desesperada.
–¿Qué quieres hacer?
–Yo… no… no regresaré con los mortífagos –dijo con la vista clavada en Remus–. No puedo volver. Voldemort debe estar esperando para matarme. Si voy a morir prefiero que sea con ustedes.
Remus no quería escuchar aquello. Hubo un silencio muy incómodo.
–Claro que nos ayudarás –exclamó Sirius, intentando desviar el tema–. Pero no irás a Hogwarts con nosotros.
–Bien, entonces díganme qué hacer –cedió Dian.
–Necesitamos avisar de esto a Dumbledore –dijo Remus.
–Y a Moody –intervino Sirius–. Moody debe enterarse antes de Dumbledore.
–¿Dónde están ellos? –preguntó Alice, preocupada.
–Moody ha salido temprano –respondió Remus–. Dumbledore debe estar en el castillo.
–¡Oh, Dios! –exclamó Alice, tapándose la boca–. ¡Hay clases en Hogwarts!
–Tenemos que evitar cualquier daño a inocentes –dijo Remus, preocupado.
–Yo iré a buscar a Dumbledore –dijo Dian de pronto.
–Genial, eso sería lo mejor –dijo Sirius, frotándose el mentón–. Tienes que salir del castillo antes de que sea la medianoche. Antes de que los mortífagos ataquen.
–No tengo mucho tiempo para eso –dijo Dian, mirando nuevamente su reloj.
–Yo puedo avisar a Moody –dijo Remus–. Creo saber dónde se encuentra. Esta mañana mencionó Azkaban, debe seguir el juicio de los nuevos capturados.
–Bien, bien, bien –decía Sirius, pensativo.
La puerta se abrió de pronto, por ella aparecieron James, Lily y Peter. Se encontraron con la mirada mortificada de Dian y para su sorpresa ella estaba más temprano de lo acordado.
–¿Qué sucede? –preguntó Lily, extrañada.
–¡Planean un ataque en Hogwarts! –exclamó Alice, angustiada.
–¿Ahora? –preguntó James, ansioso.
–No, no ahora –respondió Dian, nerviosamente.
–A la medianoche –dijo Remus–. Hemos planeado ir en busca de Moody y Dumbledore.
–¿Quién lo ha dicho? –preguntó Peter, curioso e interesado–. ¿Quién ha dicho que hay un ataque en Hogwarts?
–Yo –respondió Dian, mirándolo con la certeza de que no le alegraba en lo más mínimo su presencia.
–¿Cómo te has enterado? –siguió Peter, haciendo pequeños sus ojos lagrimosos.
–Las noticias corren, Pettigrew –respondió ella–. ¡Vamos, Black, no hay mucho tiempo!
–Sí, sí… –dijo Sirius.
Sirius expuso el plan. Era demasiado arriesgado llegar a Hogwarts así como así, Dumbledore tenía que saberlo, para ello contaban con Dian. Tendrían que pedir refuerzos. El plan era demasiado elaborad, cosa que a Dian le preocupaba, a ella las cosas no solían funcionarle así, los mortífagos no solían seguir tantas reglas. Dejó que ellos hablaran, mientras miraba por la ventana. Lily se acercó, le apoyó una mano en el hombro y la miró como se mira a una hermana.
–No debes preocuparte por nada –le dijo, sonriendo.
–No lo sé, Lily –respondió Dian, mordiéndose los labios–. Algo no está bien. Es decir, esperaría cualquier cosa de los mortífagos, pero es demasiado sospechoso.
–Créeme que no habrá nada que nosotros no podamos controlar –dijo Lily–. Me ha dicho Sirius que no volverás con ellos.
–No tengo nada qué hacer más ahí –respondió Dian, aunque en el fondo del corazón sí lo sabía: Donovan. Quería creer que él había huido también.
–Vamos, tranquilízate.
–Estaré bien cuando, después de esto, ustedes estén bien –dijo Dian, sonriendo con pesar–. Dime, ¿qué tal es Potter como marido? ¿Se le ha quitado lo cabeza dura ahora que se han casado?
–Algo así –rio Lily–. ¿Cómo te has enterado?
–Hay gente muy chismosa por ahí –sonrió Dian.
–Tenemos un bebé, su nombre es Harry –dijo Lily con inmensa alegría.
–¿En serio? –Dian parecía sorprendida y entusiasmada, feliz, como pocas veces se sentía–. No perdieron el tiempo, ¿eh? Vaya, ¿cuánto ha pasado?, ¿a quién se parece? Espero que a ti.
–Se parece a James –dijo Lily, divertida–. Sólo ha sacado mis ojos. Ya tiene un año.
–Debe ser un bebé muy hermoso –dijo Dian, con profunda alegría y a la vez tristeza, pues sintió el pecho vacío y su mirada se desvió instintivamente hacia donde estaba Remus, discutiendo con Sirius y sus descabelladas ideas–. Tengo que conocerlo.
–Lo conocerás pronto –sonrió Lily–. Ya verás, cuando todo esto pase, las cosas volverán a hacer como antes. Mucho mejor que antes.
–Sólo espero que todos me puedan perdonar –dijo ella, dubitativamente.
–Todo eso se ha olvidado.
–Harry Potter –dijo Dian, mirando por la ventana y sonriendo–. Suena bastante bien. Espero que no haya sacado los mismos modales que su padre. ¡Sólo el quidditch! Definitivamente debe gustarle el quidditch.
–James también espera eso. Su padrino es Sirius.
–¡Por Merlín! –exclamó Dian, había recuperado los gestos solía hacer cuando chica, en Hogwarts–. ¿Sirius Black? ¡Él sólo le enseñará a cepillarse el pelo y conquistar chicas!
Lily reía divertida. James la observó a distancia, las vio tan unidas como antes.
–Dian no puede ir a Hogwarts –dijo de pronto.
–Irá. Pero antes de nosotros –dijo Remus.
–Me parece perfecto, no quisiera que nada le pasara. ¿Alguien de ustedes puede acompañarla?
–Creo saber el candidato ideal –sonrió Sirius, cruzándose de brazos y alzando las cejas, mirando a Remus.
–Yo la acompañaré al castillo y la llevaré a un sitio seguro –respondió Remus–. No puedo llevarla a Azkaban conmigo.
–No, imagina lo que sucedería –dijo Sirius, alarmado.
Peter escuchaba todo en completo silencio, siguiéndole el paso a James. Mirando a Dian con cierto recelo.
–Listos –respondió James, sonriente.
–Bien, hora de irse –dijo Dian.
Lily la detuvo y la abrazó. Dian sintió como si aquel instante durara para siempre, en su memoria y corazón. Quiso llorar, sin saber por qué, correspondió al abrazo de Lily. Comprendió que tenía mucho miedo. Tenía miedo y ganas de nunca despedirse de ella.
–Cuídate y cuida a Harry –dijo Dian y abrazó también a James–. Que juegue mucho quidditch.
James sonrió asintiendo.
–Vamos, suerte –le dijo–. Nos veremos pronto.
–Suerte –siguió Sirius–. No vuelvas a espantarme así.
–No vuelvas a gritar como una niña, Black.
Rieron y se abrazaron.
–Sólo dime la verdad –pidió Sirius, mirándola a los ojos–. ¿Mi hermano ha muerto?
Dian hizo una pausa, no había pensado en decírselo.
–Sí –fue su respuesta.
Sirius apesadumbrado asintió resignado. Ella no deseaba irse, sin embargo caminó hacia la chimenea. Remus fue junto a ella.
–Yo te acompañaré.
–¿Estás seguro?
–Completamente.
Dian sonrió. Ambos desaparecieron en ese instante, dejando sólo el rastro de sus sombras que también se desvanecieron.
Una tormenta se avecinaba y los rayos caían sobre Hogwarts y sus alrededores. Los pasillos estaban muy silenciosos, todos los estudiantes se encontraban ya en sus respectivas salas comunes, descansando. Las clases del día de mañana aguardaban. La fría noche de octubre amenazaba con un otoño helado.
Hogwarts era el sitio más seguro del mundo. Nadie podía utilizar objetos o productos muggles, ni redes de espionaje, ni artículos de broma. Mucho menos aparecerse por los pasillos y jugar al escondite. Al menos todo esto señalaba el manual que Filch se había asegurado de divulgar año tras año.
Antes de la medianoche, dos siluetas habían quebrantado una de las leyes principales del manual: se aparecieron, así como así, como si nada, en un pasillo estrecho que olía a pergamino nuevo y té recién hervido.
Dian Roosevelt reconoció el aroma familiar, giró la vista, miró las altas y relucientes paredes de mármol que se alzaban ante ellos. Remus divisó la entrada al despacho de Dumbledore. Los mortífagos se aproximaban a Hogwarts y no quedaba mucho tiempo. Dian le sonrió, había sido como regresar el tiempo: estaba él, en Hogwarts de nuevo, como si nunca se hubieran ido de ahí.
–¿Qué esto no va contra las reglas? –dijo Dian, caminando un paso detrás de Remus.
–Quisiera saber cuándo te importaron las reglas de Hogwarts –dijo él, sonriendo.
–Me he vuelto algo vieja.
Llegaron al final del pasillo, donde una estatua de gárgola se imponía amenazadora. Remus se aclaró la garganta y se quedó en silencio por unos segundos.
–Tengo la contraseña–dijo Remus, chasqueando los dedos–. Pero… no logro recordarla.
–¡Vamos, Lupin! –le recriminó ella–. ¿Cómo es posible?
–Es que es demasiado complicada –dijo él, tocándose la frente–. Nos la dio a todos los aurores, pero…
–¿Sorbete de limón?
–No.
–Vamos, piensa.
Remus estaba muy nervioso. Se había metido en un verdadero lío. No se sabía la contraseña, la había olvidado.
–Rápido Lupin, no será muy bonito ver un mortífago en Hogwarts. Y me refiero a mí.
–¡Eso es! –exclamó Remus y se acercó a la gárgola con voz clara–. "Calcetines cálidos y moteados, invisibles a cualquier mortífago o auror chiflado".
Dian lo miró con una ceja arqueada.
–Yo no hice la contraseña –dijo Remus mosqueado, cuando la gárgola les abrió el paso.
Subieron rápidamente las escalerillas. Remus encabezaba la marcha y Dian se sentía muy nerviosa: no había visto a Dumbledore después de tanto tiempo y tenía miedo de que éste ahora la detestara.
Remus llamó a la puerta, dos veces, con urgencia. Dian se tronaba los dedos dentro de los bolsillos de la túnica. Unos pasos se escucharon y para su sorpresa no fue Albus Dumbledore quien salió del despacho.
–¿Minerva? –preguntó Remus, confundido.
–¡Roosevelt! –exclamó Minerva McGonagall, sorprendida–. ¿Qué hacen ustedes aquí? –preguntó aturdida–. ¿Qué significa esto?
–Necesitamos hablar urgentemente con Dumbledore –dijo Dian, con premura.
–Pues bueno, él no está –contestó McGonagall ofuscada–. Estoy encargada de la dirección desde esta mañana. ¿Qué hace usted aquí, señorita Roosevelt?
–Ayudo a los aurores –respondió ella, pues no se le ocurría mejor argumento–. ¿Dónde podemos localizar a Albus?
–Eso será imposible –contestó Minerva–. ¿Cómo?, ¿usted ya no es mortífago?
–No.
–Es urgente encontrar a Dumbledore –siguió Remus, apresurado–. Planean atacar Hogwarts.
–¿Quiénes?
–Los mortífagos.
–¿Cómo lo saben?
–Me enteré de una fuente cercana –dijo Dian, ruborizada.
–¿Usted también es nuestra espía?
–¿Espía?, ¿hay algún espía?
–Olvídenlo –respondió McGonagall, poniendo una mano en su pecho, muy angustiada–. Debemos hacer algo antes de que pase.
–Amenazaron venir a medianoche y no falta mucho para eso –dijo Remus, consultando su reloj–. Los aurores vienen en camino.
–Lo único que se me ocurre es poner a los estudiantes a salvo –dijo Minerva.
–Sólo hay que llevarlos a un sitio seguro –respondió Remus, apurado–. No permitiremos que entren al castillo.
–Sí, sí, váyanse, hagan lo suyo –dijo la profesora, mientras se ponía la capa para salir–. Tengo que convocar a los profesores.
–Hágalo lo más pronto posible.
–Sí, gracias, gracias –dijo McGonagall y se detuvo antes de partir–. Es bueno tenerla de vuelta, señorita Roosevelt.
Dian asintió complacida.
–Vamos, tenemos que desaparecer –dijo Remus, tomándola de la mano.
–¿A dónde? –preguntó Dian, sujetándolo fuerte.
Hogwarts parecía muy tranquilo. Ellos aguardaban detrás de unos grandes arbustos. Pero no ocurría nada. El frío otoño les calaba los huesos y no lograban reconocer alguna señal de auxilio.
El castillo estaba iluminado, pensaban que seguramente Dumbledore ya había dado alguna alerta. La cabaña de Hagrid también estaba muy silenciosa. Desde ahí, en el huerto de las calabazas, podían ver todo.
La medianoche llegó, sin alerta, sin amenaza. Pensaron que los mortífagos se habían adelantado y temieron por los estudiantes, pero no se escuchaba nada fuera de lo común. Confiaban en que Remus y Dian habían hecho bien su trabajo. En cualquier momento llegaría Moody, los refuerzos estaban en camino. Seguramente Dumbledore ya se había enterado y mantenía a los estudiantes a salvo.
Entonces, ¿qué ocurría? A James no le gustaba aquello, era mala señal. No quiso decir nada, permaneciendo a la expectativa. El sauce boxeador se sacudía a pocos metros de ellos.
–Está claro que esta noche no vendrán.
Hogwarts había sido la trampa perfecta, pensaron. Sin embargo, cuando estaban a punto de marcharse, decepcionados, se apagaron las luces del castillo. Todo quedó en un abrupto silencio, abrumador. James observó nuevamente el castillo y caminó unos pasos adelante, deteniéndose en seco.
–Están ahí –dijo y aceleró la marcha.
–¡Atacaron ya! –gritó Sirius, detrás de él.
–¡Cuidado! –exclamó Lily, cuando un rayo cayó por encima de ellos.
Diez mortífagos reían, enmascarados, montados en escobas.
Ella se tropezó con una madera rota y vencida en el suelo. Remus la sujetó del brazo para que no cayera. Dian apenas si podía divisar dónde se encontraban. Olía a madera vieja y había mucho polvo en el aire. Perdió a Remus entre la oscuridad.
–Lumos –dijo Dian y la habitación pareció iluminarse brevemente.
Remus se encontraba apartando una tabla raída de la pared, para abrir un hueco.
–¿Qué es esto? –preguntó Dian, sin dejar de ver a su alrededor.
–Aquí estarás segura, no puedes ir conmigo a Azkaban, querrán capturarte, no te darían una oportunidad –decía él, mientras se sacudía las manos–. ¿Sabes dónde estamos?
–No tengo idea –respondió, asombrada.
–No muy lejos de Hogwarts –sonrió él–. Estamos en Hogsmeade, en realidad.
Dian miró las ventanas rotas, las paredes manchadas por la humedad y el polvo que se había encargado, durante años, en hacer imposible mirar al exterior.
–¿Me has traído a la Casa de los Gritos? –exclamó Dian, asombrada–. ¿A esto le llamas "seguro"?
–Como no tienes idea –respondió él, divertido, al ver su expresión–. Vamos, no pensarás que te quedarás ahí.
–¿Dónde?
–Ahí, con todo el polvo.
–¿Ah, no?
–Por supuesto que no.
Remus le señaló con la mirada el hueco que había en la pared. Dian se acercó, precavida, parecía que las paredes en cualquier momento se iban a caer. Pero al contrario de lo que imaginaba, dentro era una habitación muy distinta a lo demás: había una cama en una de las esquinas, una mesita con tazas de té, unas ventanas bien aseguradas con unas cortinas modestas y limpias, un sillón y un candil que estaba encima de pila de libros. Parecía que alguien dormía realmente ahí.
–Vaya, quién lo hubiera imaginado –dijo Dian, entrando a la habitación–. Yo que siempre tuve miedo de este sitio. ¿Tú hiciste esto?
–En realidad, lo hizo Dumbledore –respondió Remus–. Es un escondite.
–Vaya –siguió Dian, inspeccionando el lugar–. ¿Por qué?
–Para los aurores –mintió Remus.
Remus había ocupado ese espacio siempre, en sus transformaciones de hombre lobo, ahí era donde intentaba recuperarse de la noche de luna llena. Dian vio algunas huellas caninas en el suelo, pero no dio importancia, no había reparado en ello con detenimiento. Remus agradeció aquello.
–Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras –señaló Remus.
Dian sonrió. Recordó cuando a los once años, Sirius, James y ella habían huido despavoridamente de ahí. Por escaparse a Hogsmeade sin permiso. Luego les habían puesto un castigo y juraron no volver nunca ahí. Las ironías de la vida.
–Gracias –musitó ella.
–Sabes que haría cualquier cosa por ti.
Dian se acercó a Remus, tomó su rostro con ambas manos y lo besó. Tan profundamente que parecía ser parte de él. Remus rodeó la cintura de ella con sus manos, delicadamente, pero asiéndola a sí, como si nunca quisiera. Dian lo quería y lo quería amar para siempre. No podría dejarlo ir, ni perderlo de nuevo, no quería cometer una estupidez más. Sabía que no había forma de regresar el tiempo, sólo quería que Remus se quedara ahí, para ella, como siempre había deseado y nunca había podido hacer.
Remus recargó el cuerpo de ella, suavemente, sobre la pared, la besó todavía más. Dian le correspondía. Él comenzó a besar su cuello, su rostro, sus labios, sus ojos y el resto de su cuerpo. Ella lo deseaba y todo ese tiempo había necesitado de él. Se besaban con un fervor imposible, con una inquebrantable fe. Como si sus oraciones se escucharan al mismo tiempo.
Separaron sus rostros. Dian tenía miedo: hacía tanto que no podía reconocer las cosas buenas de las malas. Remus disipó sus dudas, la volvió a besar, acariciándola; ella se dejó llevar por el suave aroma de su cuello.
Él la condujo hasta la cama, recorrió su cuerpo a besos y acarició sus pechos con frenesí. Dian cerró los ojos, el cuerpo de Remus palpitaba sobre el suyo.
Remus, gentilmente, la desnudó y ella le había ayudado en su misión, despojándolo también de su ropa. Sus cuerpos desnudos, iluminados por el candil que ardía con suavidad en la mesita de noche, se abrazaban.
Aquello no era nada parecido a la primera vez. Dian le demostraba a Remus cuán impredecible podía ser ahora. Él se estremecía a cada delicado contacto con su piel, la miraba con impaciencia, la tocaba con desesperación; había sido mucho tiempo, demasiado tiempo, el que los separó.
Ella buscaba redimirse con sus besos, se retorcía debajo de Remus, mientras él le hacía ahogar gritos. Luego, la penetró, como un ardor de miles de entregas. Ella liberó un suspiro de gratitud, pidiéndole a besos un poco más. Y sus pálidas pieles se fundieron. El calor de sus cuerpos llenó la habitación. Remus serenó sus manos tocándola todavía más; Dian, con él dentro de ella, lo miraba incrédula.
Sus bocas, sus manos, sus dedos, sus cuerpos, sus sexos eran el único principio y final.
Ambos llegaron al éxtasis, casi al mismo tiempo. Liberándose, el uno al otro, del deseo y la impaciencia. Se sintieron infinitos. Reconciliados en el silencio de las sábanas.
Dian se inclinó sobre él y lloró sobre su hombro, acercándose a su oído.
–No me abandones.
Se quedó dormida, iluminada sólo por el candil, a media luz.
