CAPÍTULO 10:

Estuve de nuevo en el hostal hacia la hora de comer, y me recibieron varios miembros del staff con cara de pocos amigos.
-Señor, los animales están prohibidos en el establecimiento, lo pone claramente en las reglas de la casa que firmó al reservar su habitación.
-Pero si no he traído a ninguna mascota conmigo...
-¡Hay un gato en su habitación, señor! ¡Un gato que, además de ser ilegal, es tan agresivo que ya ha agredido a dos señoras de la limpieza! Le rogamos que recoja sus cosas y deje libre su cuarto cuando antes, en compañía de su mascota. Si no se ha ido en una hora el establecimiento le pondrá una denuncia formal.
El encargado desapareció y me quedé ahí, completamente desorientado. Subí las escaleras hacia mi habitación y me topé de narices con...
-¿Ches'?
El animal maulló suavemente y corrió a frotarse contra mis piernas.
-¿Se puede saber qué haces aquí? -pregunté, acariciándole las orejas.
Se sentó delante de mí y me lanzó una mirada más que reprobatoria.
Y a ti qué te parece, carapan (NdT: he estado a nada y menos de poner "pollaboba". Deberíamos usar más ese insulto). He venido a buscarte y llevarte de vuelta a Baker Street, aunque tenga que arrastrarte de la oreja.
Eh... ¿me has seguido hasta aquí? ¿O has olfateado mi rastro...?
¡Y eso qué más da ahora! Déjate de tonterías y haz la maleta, volvemos a casa.
Pero...
¡Ni peros ni peras! (NdT: no sois buenos hijos si vuestras madres nunca os han soltado el famoso "NI PEROS NI PERAS, RECOGE TU CUARTO" o alguna variante) ¡No has pasado estas últimas horas con Sherlock, no tienes ni idea de en qué estado se encuentra!

Aquellas palabras hicieron "clic" en mi cabeza y como un resorte cogí la maleta que ni siquiera había deshecho, agarré a Cheshire del lomo y salí del motel. Me encaminé hacia Baker Street, cruzando los dedos para que Sherlock no estuviese en casa.

¡Mira, yo espero que esté presente cuando cruces la dichosa puerta! ¡Cómo se te ocurre irte así de pronto cuando lo único que necesitaba era un poco de tiempo para aclararse las ideas!
Sí, bueno, me entró el pánico, no tenía ganas de que Sherlock se sintiese incómodo, ni forzado a nad...
John Hamish Watson, no tienes otra cosa que miedo a que te rechace, a mí no me vendas excusas baratas A MÍ, que estoy EN TU CABEZA, por muy vacía que la tengas.
Sí, bueno, pero de todos modos por tu culpa voy a tener que volver a casa antes de lo previsto.
¡Y bien que haces! No tienes NI IDEA de por lo que he tenido que pasar.

Ni siquiera le pregunté. Era perfectamente capaz de imaginar lo que podría llegar a hacer Sherlock bajo un ataque de cólera o nervios. Y en cierto modo me alegraba de no haber estado ahí para verlo.
Sherlock no te va a rechazar.
Me permití una carcajada más falsa que un billete de treinta.
No veo qué es lo que te permite estar tan seguro de ello.
De no ser así te habría empalado con la primera caricia.
Ah. Se me había olvidado que el dichoso animal estaba en mi cabeza ergo podía leerme la mente. Puta telepatía.

Llegué a Baker Street y abrí la puerta antes de soltar a Ches', quien se precipitó al piso de arriba. Mrs. Hudson salió al oír el ruido, lanzándose sobre mí.
-¡Joven, no sé qué ha pasado entre los dos ni me importa, pero más te vale arreglarlo HOY MISMO, ¿entendido?! ¡Ese pobre animal no ha dejado de maullar en toda la noche, y cuando Sherlock se ha ido esta mañana para asesorar a Lestrade y he subido arriba me he encontrado un verdadero desastre! Así que vais a reconciliaros ahora mismo, ¿está claro? ¡Sino me encargaré yo misma de encerraros a ambos en una habitación y no saldréis hasta hacer las paces!
Sólo conseguí farfullar un vergonzoso "sí, Mrs. Hudson, se lo prometo, señora..." antes de subir las escaleras.
El apartamento era un desastre. En muy pocas ocasiones había visto un espacio tan reducido en un estado tan catastrófico, y suspiré antes de ponerme a recoger. Si Sherlock estaba con Lestrade, aún tenía un margen de tiempo antes de que volviese.

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Cuando la puerta del 221B se abrió y se cerró de forma brutal, dando un portazo, yo estaba en la ducha relajándome después de la limpieza colosal que había llevado a cabo. Salí precipitadamente de la bañera, anudándome la toalla en la cintura para correr al encuentro de mi compañero y disculparme lo antes posible.
-¡Sherlock!
El apelado estaba echado de mala manera en el sofá, con aire agotado, y su semblante mudó en una máscara de sorpresa al darse cuenta de mi presencia. Se levantó a toda prisa dirigiéndose hacia mí y deteniéndose a un paso de donde estaba.
-¿John?
Le sonreí y asentí con la cabeza, mis montón de excusas hechas bola en algún rincón de mi garganta, incapaz de decir palabra. El Silencio se paseó por la estancia durante un rato y Ches' le siguió los pasos, acercándose a nosotros poco a poco. Una chispa de luz brilló en los ojos del detective y en una fracción de segundo no hubo espacio entre ambos.
Me quedé ahí ,en silencio, disfrutando de un abrazo que a duras penas fui capaz de devolverle, a la vez turbado y aliviado por la proximidad.
Ches' seguía acercándose hasta frotarse contra nuestras piernas mientras que el Silencio se acurrucaba en el sofá, al lado del violín. Mi amigo terminó por separarse suavemente, mirándome a los ojos. Supe entonces que no tenía que pedir perdón, que Sherlock aceptaba lo que había sucedido pero que yo por mi parte tenía que aceptar su propio ritmo de llevar las cosas.
Si se disponía a decir o hacer lo que fuese, no pudo, porque Ches' agarró con presteza la toalla de mi cintura con las garras y la sorpresa no me dejó reaccionar a tiempo, encontrándome desnudo a mitad del salón.
-¡CHES'!
El maldito bicho hizo una grácil pirueta antes de esconderse tras el sofá, y sentí cómo se me subían los colores mientras podía escuchar a ese desgraciado reírse en mi cabeza.
Sherlock me miró con un aire sorprendido antes de voltearse hacia donde se escondía Cheshire, alzando una ceja.
-¿Vuestra relación amistosa ha desaparecido?
-No ha desaparecido -respondí, enrollándome de nuevo la toalla (NdT: pero no te la enrolles hijo mío echad un polvo contra la encimera ya me cagoNDIOSSS)-, simplemente se ha enfriado un poco.
Mi compañero se puso a sonreír, y después a reír, con una risa cálida y contagiosa, una risa que quería escuchar hasta el fin de mis días, una risa a la que me uní para invadir la estancia que Sherlock había saturado de tristeza por mi ausencia horas antes. Me pareció observar cómo los muros cogían un color más intenso, más alegre, me pareció aspirar el olor del fuego en la chimenea entremezclado con el aroma del té, me pareció sentir en mi piel aún desnuda los rayos de un sol que llevaba horas escondido.

Esa risa también formaba parte de mi hogar. De mi casa. Formaba parte de las cosas que quería sentir todos los días al sentarme en el sofá después de un día duro de trabajo.

Mientras nuestras risas se disipaban poco a poco me percaté de que empezaba a tener frío y volví a mi cuarto para vestirme. Cuando bajé de nuevo el té estaba listo y una taza humeante me esperaba en mi sitio, en el lado izquierdo de la mesa frente al sofá. La televisión estaba encendida y Sherlock estaba al teléfono con nuestro restaurante chino favorito, pidiendo nuestra cena en mandarín.
Sacudí la cabeza, esbozando una suave sonrisa. Me senté, acaparando la taza ardiente y llevándomela a los labios, satisfecho al encontrar la bebida justo como a mí me gustaba. Escuché cómo Sherlock colgaba y se arremangaba la camisa antes de entrar en mi campo de visión.
-Tendremos la cena en un cuarto de hora.
-Perfecto.
Vino a sentarse a mi lado y sorber su propia taza de té. El Silencio se instaló confortablemente contra Ches' en mi sillón hasta que sonó la puerta, perturbándole durante unos segundos.
Saboreamos la cena mirando la tele sin interesarnos realmente en lo que ponían. Justo antes de separarnos para ir cada uno a nuestra respectiva habitación Sherlock rompió el silencio por primera vez en horas.
-John..., Donovan le ha contado a todo el mundo que has sido un capullo con ella. ¿Es cierto?
-Si decir la verdad es ser un capullo entonces sí, es el caso. ¿Por qué?
Me dirigió una mirada inquisitiva antes de revolverme el pelo y murmurar:
-Estoy orgulloso de ti, John.
Un segundo más tarde había vuelto sobre sus pasos y se dirigía a su cuarto. Me llevé una mano al pelo, en silencio unos instantes antes de recomponerme.
-Eh... ¡buenas noches, Sherlock!
-Buenas noches, John.

Mariposas de todos los colores y tamaños parecían haber montado una fiesta nacional en mi estómago, y me sentía tan ligero que durante una milésima de segundo comprendí que puede, al fin y al cabo, que aquel proverbio sea verdad: el amor te da alas.


TODOS somos Mrs. Hudson, Mrs. Hudson somos todos. Cuanto fluff, me lo quitan de las maaanoooooos.