A la mañana siguiente me desperté antes que Killian, sobresaltada y con la sensación de no haber descansado demasiado. Saqué con cuidado su brazo de encima de mí y me levanté sin hacer ruido, para no despertarlo. Cogí el teléfono y vi la hora: ¡Dios mío, era casi la hora de comer! Decidí vestirme rápido y despertar a Killian para avisarlo de que me iba y no se asustase cuando se despertase y yo no estuviese ya en casa:
- Killian…- dije muy bajito. – Killian, cariño, despierta – continué mientras le apartaba el pelo de la cara.
- Ey, guapa – comenzó a decir él. - ¿Qué haces ya vestida?
- Es tarde, es casi la hora de comer. Voy hasta mi casa a preparar todo para esta noche, ¿vale?
- Sí, claro, dame cinco minutos para que me ponga algo de ropa y te acompaño.
- No es necesario, tonto – le dije dándole un beso en la frente. – Sigue descansando un rato y después habla con Milah. Según lo que habléis ya me dices si puedes venir o no. El avión sale a las 21:30, pero hay que estar antes en el aeropuerto para facturar y todo eso.
- Swan…- dijo él remoloneando y apretándome contra él en la cama. – Dame un beso en condiciones, amor.
Sonreí y lo besé, mientras le acariciaba la cara y jugaba con su pelo. Cuando noté las intenciones de Killian de que el beso fuese a más, me separé y le sonreí:
- Lo siento, pero no tenemos tiempo para eso. Ven a Nueva York conmigo y te prometo que te lo pasarás muy muy bien – le dije guiñándole un ojo, mientras me levantaba de la cama y me dirigía hacia la puerta de la habitación.
Lo escuché gruñir y mascullar por lo bajo: "Un día me mata de un calentón", para luego decir ya en alto:
- Cuenta conmigo, Swan. Te llamo en un rato. ¡Te quiero! – me gritó.
- ¡Y yo a ti! – le contesté antes de salir por la puerta de su apartamento hacia la calle.
Fui caminando hasta mi casa, pensando en todas las posibilidades que había de que todo esto saliese mal, pero íbamos a pelear, me recordé a mí misma. No tenía ninguna intención de tirar la toalla.
Cuando llegué por fin, fui directa a hablar con mi hermano, para informarlo de mi cambio de planes, por supuesto sin comentar nada acerca del embarazo de Milah. Era algo que le correspondía a Killian contarle.
- ¿David? – grité al entrar en casa
- ¡En el jardín! – contestó enseguida mi hermano.
Me dirigí hacia allí y me encontré a mi hermano y mi cuñada tumbados en un par de hamacas disfrutando tranquilamente del sol:
- Chicos, ha surgido un imprevisto. Tengo que volver esta noche a Nueva York para una sesión de fotos. Volveré en unos días cuando todo esté terminado.
- Ohh…¿pero no estabas de vacaciones? – preguntó mi hermano frunciendo el ceño.
Eso pensaba yo también, pero…el trabajo es el trabajo. Como he dicho, en cuanto os deis cuenta, estaré de vuelta. A lo mejor Killian se viene conmigo.
- Bueno, al menos podréis disfrutar juntos de la gran ciudad – comentó Mary Margaret.
- Sí – dije yo, sin querer meterme en detalles. – Bueno, voy a hacer rápido la maleta y dejar todo listo, que después a última hora siempre me entran las prisas y es horroroso.
Subí a mi habitación y comencé a guardar todo lo que necesitaba en una maleta. No quería ir muy cargada. Sólo lo justo. Al fin y al cabo, aún tenía todas mis cosas en mi apartamento de Manhattan. Mientras estaba terminando de empacar, me llegó un mensaje de August:
August: Al final tu compañero para la sesión es el actor escocés que pensábamos: Sam Heughan. Te quejarás de los compañeros que te consigo para las sesiones.
Busqué en Google para ver quién era este chico y la verdad que abrí la boca de la sorpresa. No era exactamente mi tipo, pero había que reconocer que no estaba nada mal. Ni un gramo de grasa en ese metro noventa de estatura. Si Killian venía conmigo, la sesión de fotos iba a ser interesante – me reí para mis adentros.
"Si Killian venía". Ésa era la cuestión. ¿Y si no venía? Me daba miedo terminar siendo siempre el segundo plato. Iba a ser padre, y los hijos siempre son lo primero. En fin, no íbamos a adelantar acontecimientos. De momento no me quedaba otra que esperar a que me llamase.
Se escuchó el timbre de casa y ante la insistencia y que mi hermano David no se dignaba a levantar el culo de la tumbona para abrir, bajé yo corriendo para ver quién era.
- Killian… ¿qué haces aquí? No contaba contigo tan temprano…
- Me han dicho que podía comprar aquí un billete a Nueva York – me dijo él sonriendo a la vez que se hacía a un lado y me dejaba ver su maleta.
- ¿Eso significa que te vienes conmigo? – pregunté yo emocionada.
- Exactamente, Swan.
Salté a sus brazos y le di un fuerte beso en los labios, entregándome por completo, a la vez que rodeaba su cintura con mis piernas. Él aprovechó el momento para tocarme el culo y acariciarme la espalda, a la vez que gemía por el contacto.
- Mmmm… ¡Menudo recibimiento, amor! – me dijo al oído. – Vamos a tener que ir de viaje juntos más a menudo.
- ¿Qué he dicho de las demostraciones de cariño en público? – se escuchó gritar a mi hermano al entrar al salón. – Que se me van a quemar las retinas, por Dios… - continuó mientras se tapaba los ojos con las manos.
- ¡Qué tonto eres, David! – contesté yo, mientras enterraba la cabeza entre el cuello y el hombro de Killian y le daba un beso antes de volver a apoyar las piernas en el suelo y separarme de él.
Deduzco por el ataque de pasión de mi hermana que os vais juntos a Nueva York.
- Así es – contestó Killian mirando para mi mientras sonreía.
No te acomodes mucho en la ciudad, amigo. Tienes que traer a mi hermana de vuelta. Me niego a perderla otra vez tan pronto – dijo mi hermano arrugando la frente.
- Tranquilo, Dave, a Swan me la traigo de vuelta conmigo ni bien acabe la sesión que tiene que hacer – contestó Killian muy serio.
Pasamos la tarde con David y Mary Margaret, dándonos un pequeño chapuzón en la piscina y jugando a las cartas. Cuando la hora de ir al aeropuerto se iba acercando, entramos en la casa y nos preparamos para marchar.
- ¿Llevas todo? – pregunté yo
- Creo que sí. De todas formas, si algo se me ha olvidado, lo compraré allí y punto. Sin dramas – me contestó él guiñándome un ojo.
- Bueno, pues entonces creo que podemos marcharnos.
Nos despedimos y fuimos hacia el coche de Killian, para ir ya hacia el aeropuerto.
Facturamos nuestras maletas y nos dirigimos para hacer los controles de seguridad. Cuando ya estaba todo listo, por fin nos llamaron por megafonía diciendo que ya podíamos embarcar. Nos acomodamos en nuestros sitios y charlamos durante todo el viaje. Se nos notaba felices a ambos. Por un momento, nos olvidamos de todas las complicaciones de nuestra relación, de Milah, de todo.
Después de dos horas y media escasas de vuelo, por fin llegamos a Nueva York. Esperamos por nuestras maletas en la cinta y salimos del aeropuerto para tomar un taxi hasta mi casa. Hicimos todo el trayecto de la mano, Killian parecía no querer soltarme ni un minuto.
Subimos al taxi y le dije mi dirección al conductor. Durante todo el camino, él me pasó un brazo por encima de los hombros y me acurrucó contra su pecho, dándome de vez en cuando algún beso en el pelo. Yo cerré los ojos y me relajé. Unos veinte minutos después, el taxista nos avisó de que ya habíamos llegado. Killian no me dejó pagar y por fin, saqué las llaves de mi apartamento y subimos.
- Bueno, bienvenido a casa – le dije yo, de repente muy tímida.
- Guau, Swan… ¡menudo apartamento! – dijo Killian abriendo la boca.
Mi apartamento no era muy grande. Era un dúplex de dos habitaciones, un estudio y dos baños. Pero era todo exterior y tenía unas vistas magníficas de la ciudad. Sobra decir que estaba muy orgullosa de él. Fue lo primero de valor que me compré una vez tuve el dinero suficiente como para permitírmelo y con el tiempo lo había ido decorando poco a poco hasta hacerlo acogedor y sentirme en él como en mi segunda casa.
- Vamos, te enseñaré nuestra habitación. Tiene unas vistas estupendas.
- ¿Nuestra? – preguntó Killian, con los ojos brillantes.
- Por supuesto. Ésta es nuestra segunda casa. Tenemos una casa en Storybrooke, que es tu piso y otra en Nueva York. Somos afortunados – le dije yo llena de razón. Quería que se sintiese él también como en casa.
- Lo somos – me dijo él agarrándome de la cintura y besándome apasionadamente.
Cuando por fin nos separamos, a Killian le sonaron las tripas ruidosamente y preguntó tímido:
- ¿Podemos pedir una pizza, Swan?
- Podemos pedir lo que te apetezca – le dije yo riéndome a carcajadas. – Tengo un par de folletos en la cocina para que puedas escoger. Yo, por desgracia, no puedo acompañarte. Sólo líquidos para mí la noche antes a una sesión de fotos.
- Eso es una tortura, Swan. Estás buenísima y no lo digo porque sea tu novio. No creo que un trozo de pizza vaya a cambiar eso – me dijo él acariciándome todo el cuerpo con la mirada.
- La sesión de mañana es importante para mi carrera. Quiero que todo salga perfecto. Por cierto, vas a venir conmigo al set, ¿verdad? – pregunté esperanzada.
- Por supuesto que voy a ir. Además, voy a ir armado. Y si ese escocés se pasa de la raya… - dijo bromeando mientras me miraba de arriba a abajo. - ¿Acaso creías que me iba a perder ver a mi chica posando en ropa interior? Ni de coña, Swan.
- Perfecto – le dije dándole un suave beso en los labios. – Quiero que vengas conmigo. Ahora, pide lo que quieras. Yo mientras me voy a dar una ducha.
- ¿Te apetece compañía? – preguntó de repente, dejando los folletos de nuevo encima de la mesa.
- ¿Tú no estabas hambriento?
- Oh, Swan…- gruñó él. – Créeme , lo estoy, pero no sólo de comida.
- Bueno, en ese caso… te dejaré que me enjabones la espalda – le dije guiñándole un ojo y tirando de su camiseta para sacársela por encima de la cabeza.
A partir de ahí, todo pasó muy deprisa. Perdimos la ropa rápidamente y la dejamos tirada por el suelo, marcando un camino que terminaba en el baño. Nos metimos en la ducha y abrimos el agua, poniéndola bien caliente. Killian se puso detrás de mí, pegando su pecho contra mi espalda, dejándome notar su erección contra mi trasero. Comenzó a besarme el cuello, parándose a darme un mordisco detrás de la oreja.
- ¡Cuidado! – gemí yo.- Nada de marcas hoy o mañana tendrás que soportar la furia de la maquilladora– dije yo mientras jadeaba.
- Oh…Swan…no eres nada divertida… - contestó él mientras seguía la exploración de mi cuerpo.
Me acarició los brazos con sus grandes manos, para luego posarlas en mi cintura y subir hasta mis pechos pellizcándome los pezones. Yo me apreté contra él. Sus manos por mi cuerpo, unidas al agua caliente que me iba cayendo hacían que me relajase por completo. Killian, inconscientemente movía sus caderas contra mi trasero, buscando sin duda algo de alivio.
De repente, me giró y me empujó contra la fría pared de azulejos de la ducha, para ponerse de rodillas enfrente de mí. Me agarró una de mis piernas y la puso encima de su hombro, a la vez que comenzaba a darme besos en la parte baja de mi barriga, marcando un camino directo hacia donde ambos queríamos.
- ¿Te he dicho hoy lo increíble que eres, Swan? – dijo mientras me rascaba con la barba la parte interior de mis muslos.
- Killian… - gemí yo, mientras movía mis caderas hacia él, indicándole que continuase.
No me hizo esperar más y comenzó a besarme entre las piernas. Primero comenzó muy suave, sólo pequeños roces de sus labios contra mi piel, para sin previo aviso, comenzar a devorarme. El cambio de ritmo me hizo gritar su nombre y agarrarle la cabeza para que no la sacase de entre mis piernas. Escuché como se reía y las vibraciones contra mi parte más sensible casi hicieron que me corriese en ese preciso momento. Killian continuó, como si se le fuese la vida en ello y me llevó al borde del orgasmo dos veces, pero sin dejarme caer, hasta que yo ya no pude aguantarlo más:
- Por favor, Killian, lo necesito – le pedí.
Volvió a aumentar la velocidad de su boca y su lengua contra mí y añadió al combo dos de sus dedos que se introdujeron en mi vagina. No habían pasado ni dos o tres minutos, cuando yo por fin exploté y tuve uno de los mejores orgasmos de mi vida.
Killian se levantó lentamente, besándome todo el cuerpo, hasta llegar a mi boca. Yo respiraba pesadamente, intentando recobrar la respiración, mientras le acariciaba la espalda.
- Tu turno – susurré yo, mientras posaba una de mis manos en su trasero y lo empujaba contra mí.
- No es necesario, Swan. Esto era para ti, amor – dijo él.
- Tonterías – le contesté yo. – Déjame al menos que te acaricie.
Comencé por su cara, sus cejas, sus labios para seguir por sus hombros, sus brazos. Al llegar a su pecho, me paré y succioné fuerte.
- Tú si puedes dejar marcas, ¿no? – contestó él, comenzando a respirar entrecortadamente.
- Exactamente. Eres mío, Jones – le dije mientras dejaba otra marca en la parte baja de su barriga.
- Lo soy, Emma. Todo tuyo – me dijo mientras me ayudaba a levantarme para poderme besar en los labios.
Mientras nos besábamos, deslicé una mano entre nosotros y lo acaricié donde él más lo necesitaba. Él no pudo aguantar el contacto e interrumpió el beso, dejando caer su cabeza contra mi hombro y moviendo sus caderas contra mi mano. Seguí deslizándola de arriba a abajo, presionando un poco más cada vez que llegaba a la punta. Con la otra mano, le acaricié suavemente los testículos y Killian gritó de placer y empujó sus caderas contra mi mano cada vez más rápido.
- Por favor – dijo muy bajito. – No pares.
Por supuesto que no paré, es más, puse más empeño en hacerlo que se sintiese al menos la mitad de bien que yo me sentía cuando él se encargaba de mí. Comencé a besarle el pecho y le mordí los pezones, que fue lo que terminó de hacerlo explotar contra mi mano. Noté como se ponía rígido contra mí y comenzaba a temblar, sin duda disfrutando de su orgasmo, mientras gemía y susurraba mi nombre.
Cuando poco a poco se fue relajando, me agarró las mejillas y me acercó para darme un profundo beso, mientras el agua de la ducha nos caía encima.
- Ha sido increíble, Swan. ¡Menudas manos que tienes! – dijo bromeando conmigo y guiñándome un ojo.
Me reí ante el comentario y ahora sí comenzamos a ducharnos. Nos ayudamos a enjabonarnos la espalda y Killian insistió en lavarme el pelo. Era un detalle precioso, que me hacía sentirme muy querida.
Cuando salimos de la ducha, nos secamos y pedimos por fin la pizza de la que habíamos hablado antes. Al final, me permití comerme un trocito pequeño, ante la insistencia de Killian. Después de remolonear un rato en el sofá, acurrucados el uno contra el otro, decidimos que era hora de irse a la cama.
- Vamos, amor. Necesitas tu sueño de belleza para mañana – dijo riéndose.
Era una habitación diferente, pero nosotros actuamos igual que en Storybrooke. Nos pusimos en nuestros respectivos lados de la cama y nos juntamos en el medio como hacíamos siempre: mi espalda contra su pecho y un brazo de Killian rodeándome la cintura, con su mano en uno de mis pechos. Todo igual.
Nos dimos un breve beso de buenas noches y nos quedamos profundamente dormidos casi al momento. Mañana iba a ser un día largo.
La alarma sonó y me desperté de un salto a apagarla. Me levanté y me duché rápido. Me vestí de forma sencilla y me dejé el pelo suelto y la cara sin gota de maquillaje. Ya se encargarían de eso el equipo de maquillaje y peluquería del estudio. Cuando ya estaba lista, preparé el desayuno para Killian y yo me tomé un yogur y un gran vaso de agua con limón para ponerme a tono.
Me acerqué a la cama y le di un beso en la frente a Killian:
- Arriba, bella durmiente – dije suavemente. – Tienes el desayuno en la mesa.
Se estiró y se frotó los ojos. Después me agarró de la parte posterior de la cabeza y me empujó hacia él para darme un tierno beso de buenos días.
- Eres como un ángel – dijo con la voz una octava más grave debido a que todavía estaba medio dormida.
- Venga…arriba, que no me puedo permitir llegar tarde – le dije pinchándolo entre las costillas para espabilarlo.
- Ya voy, ya voy… - dijo él levantándose.
Cogí mi bolso y metí en él todo lo que iba a necesitar para el día. Salimos de casa y tomamos un taxi hasta el estudio.
Al llegar, August ya estaba allí esperándome en la puerta:
- ¡Hola preciosa! – dijo dándome un cálido abrazo. – Sé que sólo han sido unos días, pero te he echado de menos.
- Hola August… - le contesté yo dándole un beso en la mejilla. – Te presento a Killian, mi novio. Killian, éste es August, mi representante y mejor amigo aquí en la ciudad.
- Encantado – dijo Killian tímidamente, extendiendo una mano hacia August.
- Sé quién eres perfectamente, amigo – dijo August tomándole la mano. – Como le vuelvas a hacer daño a Emma, me encargaré de ti. ¿Está claro?
Por la cara de Killian, lo que estaba claro era que August estaba apretándole la mano demasiado fuerte.
- Clarísimo – contestó él entre dientes.
Entramos por fin en el estudio y el equipo de maquillaje y peluquería me cogió por banda. Me giré hacia Killian y le dije:
- Puedes quedarte aquí con August. Me imagino que yo aún tardaré un rato en empezar. Creo que mi compañero para la sesión aún no ha llegado.
- Vale, Swan. No te preocupes por mí, estaré bien. Tú céntrate en tu trabajo, lo vas a hacer genial.
Estuve un buen rato preparándome para las fotos. Fue un trabajo exhaustivo. Primero trabajaron con mi melena, para darle un toque desordenado y enredado, pero de una forma muy estudiada, para que pareciese recién levantada de la cama. Después entró la maquilladora y comenzó a pintarme el rostro, centrándose sobre todo en los ojos y haciéndome un suave ahumado en tonos marrones. Natural, pero resultón. Por último, tocó el turno de broncear el cuerpo. Cuando acabaron, no parecía yo, aunque había que reconocer que habían hecho un gran trabajo. Me pusieron un albornoz y me dejaron salir a ver cómo estaba Killian.
- Ey, ¿qué tal estás? – pregunté yo. ¿Te está tratando bien August? – dije a la vez que miraba a mi amigo de reojo.
- Perfectamente, Swan – me dijo pasándome una mano por la cintura. – Por cierto, estás…buff...no hay palabras… ¡estás impresionante!
August aprovechó que yo estaba con Killian para salir a hacer unas llamadas. Noté como me miraba de arriba a abajo y me susurró al oído:
- Dios, Swan…todas las cosas que te haría ahora mismo y no puedo. Dame un beso – dijo intentando besarme.
- Ah, ah… va a ser que no, guapo – dije poniéndole una mano en la boca. - Recuerda que estoy perfectamente maquillada para empezar.
Killian dándose cuenta, soltó un gruñido y se apartó:
- Más vale que esta tortura acabe pronto – me dijo mirándome muy serio.
- Coge aire, Killian. Porque aún falta que veas los conjuntos de ropa interior que han escogido para mí – le dije sonriéndole de forma seductora.
En ese momento, entró August y detrás de él llegó un chico pelirrojo, que supuse que era mi compañero para las fotos:
- Emma, éste es Sam, tu compañero para las fotos de hoy.
A mi lado noté como Killian se ponía tenso y me clavaba los dedos en la cintura.
- ¡Hola! Encantado – dijo Sam con su inconfundible acento escocés a la vez que me dirigía una sonrisa.
- ¡Hola! – respondí yo con una sonrisa también. – Yo soy Emma Swan y éste es mi novio Killian Jones.
- Ah, hola tío. Encantado de conocerte a ti también – contestó el pelirrojo. – Bueno, voy a que me pongan un bronceado tan genial como el tuyo, porque en Escocia no nos da mucho el sol – bromeó indudablemente tratando de romper el hielo.
Me reí ante el chiste y le dije:
- Claro, claro. Aquí estaremos.
En cuanto Sam se marchó a preparar, Killian con los ojos muy abiertos me miró y me dijo:
- ¿Pero tú has visto a ese tío? – dijo susurrando demasiado alto. - ¿Qué les dan de comer en Escocia? Parece un armario. Debe de medir al menos un metro noventa.
No pude evitarlo, comencé a reírme a carcajadas. Killian puso mala cara y me dijo:
- No te rías, Swan – dijo él esbozando una sonrisa. – Esto es serio. Voy a tener que estar aquí quieto, mirando como este tipo, que parece un Adonis, se hace unas fotos medio en pelotas con mi chica.
- No seas tonto. Son sólo unas fotos de trabajo. No va a ser agradable ni para él ni para mí. Aunque creas que no, es bastante incómodo hacerse fotos medio en pelotas, como tú dices con gente a la que acabas de conocer hace exactamente diez minutos.
- Yo sólo digo, Swan, que las manos van al pan. Y como el pelirrojo éste se pase de listo, va a saber por qué los irlandeses tenemos fama de brutos – dijo Killian frunciendo el ceño muy serio.
- Venga, no te pongas celoso. Tú también tienes la barba un poquito pelirroja – le dije yo guiñándole un ojo.
Killian no pudo evitarlo y soltó una risotada. Sin importarme el maquillaje en ese momento, me puse de puntillas y le di un pequeño piquito en los labios.
Recuerda que cuando todo esto acabe, el que se viene a casa conmigo eres tú – le susurré en la oreja. – Además, no sé si te lo he dicho, pero los prefiero morenos y de ojos azules.
En ese momento, Sam salió ya listo, vestido sólo con unos calzoncillos tipo boxer ajustados de color negro, que no dejaban nada a la imaginación.
- Aunque he de reconocer que este pelirrojo no está nada mal – dije yo mirándolo con la boca abierta.
- Oh…Swan… - gruñó Killian. – Que estoy aquí a tu lado. Deja de babear, te vas a resbalar cuando te vayas.
Me giré para sonreírle y me dirigí hacia la zona donde habían puesto las pantallas y las luces para empezar la sesión. Me quité el albornoz y se lo pasé a August. No pude evitarlo y me giré para ver la cara que ponía Killian al verme. No me arrepentí. Tenía la boca entreabierta y los ojos se le iban a salir de las cuencas. Los puños apretados a ambos lados de su cuerpo. Su respiración acelerada según los movimientos de su pecho. Meneé la cabeza y me coloqué como me dijeron con Sam en la cama con sábanas blancas que tenían preparada como decorado para las fotografías.
Hicimos un montón de fotografías, con diferentes poses, todas igual de estudiadas. Me probé cien mil conjuntos de lencería diferentes, algunos más atrevidos que otros. Todo estaba saliendo de maravilla. Tenía que reconocer que era muy fácil trabajar con Sam. En las poses más incómodas, siempre tenía un chiste o un comentario para romper el hielo y hacerlo todo mucho más llevadero. De vez en cuando, por el rabillo del ojo, miraba a Killian y lo veía con la mandíbula apretada y tragando saliva. El muy idiota seguía celoso.
- Bueno, diez minutos de descanso y nos preparamos para la última fotografía – gritó el fotógrafo.
El ayudante de vestuario nos trajo los albornoces otra vez y yo me dirigí hacia Killian para comprobar que estuviese bien:
- Hola guapo – le dije dándole un beso en la mejilla. - ¿Te está gustando?
Me cogió la mano y me arrinconó en una esquina del set. Después dirigió mi mano a su entrepierna y me dijo, con la voz entrecortada y más grave de lo normal:
- ¿Tú que crees? Me estás volviendo loco.
- Jesús, Killian… - dije yo sorprendida. - Estamos en público, haz el favor de controlarte – le dije soltando una risita.
- Llevo toda la mañana intentando controlarme. Pero es que tienes que verte…y otra cosa te diré, el pelirrojo tiene sus días contados. Tanta risita ni tanta leche, me está poniendo nervioso.
- Sólo trata de ser amable, Killian – le dije yo intentando que razonase. – Lo que pasa es que tienes toda la sangre en otro sitio y eso no te deja pensar – le dije yo riéndome por lo bajo.
- Sí, ríete todo lo que quieras, Swan, pero esta noche…esta noche te voy a quitar toda la risa de golpe – me dijo poniéndose muy serio, mientras me metía una mano por dentro del albornoz.
- Killian… - le dije yo en tono de advertencia.
Afortunadamente, en ese preciso instante, el fotógrafo llamó otra vez. El ayudante me trajo lo que me tenía que poner. Me puse detrás del biombo con Killian y me cambié. Me quité el conjunto de lencería que llevaba puesto y me puse lo que me habían dado: unos calzoncillos de hombre. Nada en la parte de arriba.
Cuando ya me disponía a salir, Killian rápidamente me tapó con su chaqueta y me dijo:
- ¿Qué haces? – preguntó muy alarmado. – Todo el mundo te va a ver las tetas, Swan – continuó, hablándome como si estuviese loca.
- Killian, éste es el vestuario para las fotos.
- ¿Sólo unos calzoncillos? ¿Vas a salir en las revistas con todo al aire? – dijo señalándome con la cabeza a los pechos.
- No, no se me va a ver nada, tranquilo.
En este caso las fotos eran de pie, sobre un fondo grisáceo. Tanto Sam como yo llevábamos el mismo calzoncillo.
- Vamos a ver – dijo el fotógrafo. – Estas fotos son para la campaña masculina, pero hemos pensado en darle un toque especial con la presencia de una chica también en el anuncio. Eh, Sam, una mano en la cinturilla del calzoncillo que lleva ella, como tirando de él. Emma, una mano en el pelo de Sam, tirando un poco hacia atrás. Juntáos un poco más para que no se vea nada demasiado. Queremos que sea sugerente. Así, perfecto.
Seguimos así un rato, el fotógrafo nos decía como nos teníamos que colocar y nos iba dirigiendo poco a poco para que la fotografía quedase perfecta.
- Vale, una última variación y acabamos. Emma, colócate con la espalda apoyada en el pecho de Sam y Sam rodea con un brazo a Emma a la altura de sus pechos para que no se vea nada. Así, perfecto, no os mováis.
Hizo un par de pequeñas variaciones y por fin, dio por terminada la sesión.
- Bueno, ha sido un gran trabajo, chicos. Muchas gracias, ha sido un placer – dijo el fotógrafo mientras todo el mundo en el set aplaudía.
Me puse de nuevo el albornoz y lo até fuertemente en la cintura. Antes de poder ir hacia Killian, Sam se acercó y me dijo:
- Ha sido un placer, Emma.
- Lo mismo digo, Sam. Me lo has puesto muy fácil – le dije siendo totalmente sincera.
- ¿Quién sabe? Quizá si la campaña tiene éxito, volvemos a coincidir en la de invierno.
- Sería estupendo – le dije.
Nos despedimos y por fin, fui hasta donde estaba Killian, con cara de pocos amigos.
- Bueno, hemos acabado. Ya podemos irnos – le dije retirándole el pelo de los ojos.
Killian estaba sentado en un taburete. Instantáneamente, abrió las piernas un poco para que yo pudiera ponerme de pie en el medio de ellas.
No quedaba nadie en el set, todo el mundo se había retirado hacia los vestuarios. Killian me desabrochó el albornoz y me acarició la barriga.
- Swan… estas últimas fotos han sido una tortura. Verte así con otro tío… - me dijo mientras comenzaba a tocarme la espalda por debajo del albornoz. – Verlo cómo te tocaba… – continuó muy bajito mientras me tocaba el cuello con la nariz.
De repente, se escuchó a August llamándome:
- ¿Emma? ¿Killian? ¿Estáis todavía aquí? – preguntó
- Sí, August. Ya vamos – contesté yo rápidamente mientras me volvía a atar el albornoz.
Killian se reajustó los pantalones tratando de disimular la erección que tenía. No pude evitar soltar una risotada y le dije:
- Anda, vámonos a casa antes de que explotes – le dije riéndome mientras lo empujaba hacia la zona de vestuarios donde tenía mis cosas para cambiarme.
Cuando por fin salimos del estudio y nos despedimos de August, ya era bien entrada la tarde. La sesión de fotos se había alargado y yo estaba muy hambrienta, ya que llevaba más de veinticuatro horas sin comer en condiciones. De camino a casa, paramos a coger comida para llevar en un restaurante chino y nos fuimos hasta mi apartamento. Estaba agotada, pero tenía que reconocer que había sido un día genial. Me encantaba tener a Killian conmigo aquí. Y él parecía encantado también de estar conmigo, por la forma en que me sonreía y me cogía de la mano mientras caminábamos hasta nuestra casa.
- Por fin en casa – grité yo, mientras me tiraba en el sofá.
Killian fue hacia la cocina a coger platos y cubiertos para poder comer. Luego levantó mis pies y se sentó a mi lado en el sofá, poniendo mis pies sobre sus piernas. Terminamos de cenar y dejamos los platos en la mesa de centro del salón y nos relajamos en el sofá. Después de un rato de silencio y de relajación, mientras Killian me masajeaba los pies, yo decidí que me apetecía jugar un rato. Comencé a mover mis pies, rozándole la entrepierna suavemente. Al principio, lo hacía de forma inocente, como si no me diese cuenta de nada de lo que estaba pensando, pero después las caricias ya eran mucho más intencionadas, y yo podía notar como Killian estaba respondiendo a ellas.
- Swan, estás jugando con juego – dijo él agarrándome un pie para que no parase.
- Llevas todo el día prometiéndome que cuando llegásemos a casa me iba a enterar. ¿Qué pasa? ¿Se te ha ido la fuerza por la boca?- bromeé con él, mientras enarcaba una ceja.
Mis palabras lo hicieron saltar al momento y se puso encima de mí en el sofá, abriéndome las piernas para acomodarse entre ellas. Nos besamos apasionadamente y comencé a sacarle la camiseta.
- ¿Sabes una cosa? Cuando estaba con Sam haciendo las fotos, no podía parar de pensar en cuánto me gustaría que estuvieras tú en su lugar… - le dije jadeando, mientras él comenzaba a quitarme la ropa.
- A mi también me habría gustado estar en la piel del tipejo ése…sobre todo en esa última foto… - dijo él echando las caderas hacia delante y frotándolas contra las mías.
Ambos gemimos con la fricción. Mis manos se metieron entre nosotros y comencé a desabrocharle rápido el cinturón y los vaqueros, mientras él hacía lo mismo con los míos. Nos necesitábamos el uno al otro y nos necesitábamos ya. Todo el día había sido un juego de preliminares continuo.
Killian me quitó los pantalones y las braguitas de un solo tirón y se bajó los pantalones sólo lo necesario para lo que íbamos a hacer a continuación.
- Mierda, Swan, no tenemos condones. Me he olvidado de comprar – dijo él mientras seguía frotándose contra mí.
- Tranquilo, en mi habitación hay. En la mesilla de noche – contesté yo levantando las caderas del sofá, tratando de intensificar el roce.
Ante mi comentario, noté como el ambiente cambiaba y como Killian se tensaba, sosteniendo su peso encima de mí, pero sin tocarme más.
- Ey, ¿qué pasa? – pregunté tratando de recobrar el aliento. - ¿Estás bien?
- Sí, es sólo que…la idea de tú haciendo esto con otros hombres…no me atrae demasiado, Swan.
- Bueno, era una chica soltera. Tú tampoco es que fueras un monje precisamente. Al fin y al cabo, Milah está embarazada – solté sin darme cuenta.
Killian se levantó de encima de mí y se puso serio, mirando para otro lado, evitándome.
- Yo no quería que las cosas pasasen así, Swan. Siempre fuimos cuidadosos, pero estas cosas pasan cuando menos te lo esperas – dijo él con un tono de voz muy serio.
- Lo siento – contesté yo. – No debí de haber hecho ese comentario. No lo dije con mala intención ni recriminándote nada, Killian. Lo que quería hacerte ver es que a mí tampoco me hace gracia la idea de imaginarte con otras mujeres, pero no estábamos juntos ni creí que lo fuéramos a estar nunca otra vez. Pero me alegro mucho de que lo estemos. Porque…sé que no te lo digo demasiado, no tanto como tú a mí, pero estoy muy enamorada de ti, Killian. Más de lo que me gustaría, la verdad.
Mi confesión suavizó las cosas al momento y Killian me cogió de la cintura y me sentó en su regazo.
- Yo también estoy loco por ti, amor – me susurró al oído.
Me levanté corriendo y fui hasta la habitación a por el dichoso preservativo que había causado la "discusión". Cuando volví al sofá, Killian me echó hacia atrás para tumbarme y se volvió a poner encima de mí. Me desabrochó el sujetador y me atacó los pechos. Cuando ya no pudimos aguantarlo más, se incorporó un poco sobre sus rodillas y se puso el condón. Sin esperar más, abrí las piernas todo lo que pude y Killian comenzó a penetrarme muy poco a poco.
- Hoy voy a ir despacio, Swan. Vamos a hacer el amor – me dijo en un susurro contra uno de mis pechos, mientras me besaba uno de los pezones.
Y así fue, poco a poco nos movimos el uno contra el otro, sin dejar de mirarnos ni un solo momento. Killian me cogió una mano y la hundió contra el sofá a un lado de mi cabeza, para a continuación, comenzar a moverse un poco más rápido, buscando nuestros orgasmos. Levanté mi cabeza para besarlo en los labios al mismo tiempo que él metió la otra mano entre nosotros y comenzó a tocarme el clítoris, pequeños roces que me hacían ir escalando y escalando hacia el éxtasis. Después de unos segundos, mi cuerpo no pudo más y exploté de placer, ahogando mi gemido en la boca de Killian, mientras le daba un profundo beso. Mi orgasmo, provocó el de Killian, que después de un par de erráticas embestidas, se dejó caer contra mi pecho y hundió su cabeza en mi cuello, abrazándome muy fuerte, como si no quisiera dejarme escapar nunca.
Comencé a acariciarle el pelo, mientras nuestras respiraciones se calmaban poco a poco. Lo notaba dentro de mí, poniéndose fláccido poco a poco. Era un momento de intimidad total que ninguno de los dos quería romper. Cuando no quedó más remedio, Killian se incorporó y se encargó de deshacerse del condón y de limpiarnos a ambos. Después, se hizo un hueco contra el respaldo del sofá y me acurrucó contra su pecho.
- Ojalá todos nuestros días pudieran ser como el de hoy, Swan
- Y que lo digas – le dije yo dándole un beso en el pecho, mientras mis dedos jugaban con el pelo que tenía en la zona.
Se hizo el silencio y cuando ya pensé que Killian se había quedado dormido, me dijo:
- Te quiero. Nunca he querido así a nadie, Swan – me dijo muy serio mientras miraba hacia el techo.
- Sé cómo te sientes – le contesté yo.
- Saldremos adelante, ¿verdad? – preguntó él con miedo.
- Por supuesto – contesté yo muy segura. – Y ahora vamos a disfrutar de nuestro viaje, todavía nos quedan un par de días más por aquí antes de que tengamos que volver.
Seguimos charlando en el sofá un rato, nuestros cuerpos desnudos, el uno contra el otro. Hicimos planes para esa noche y decidimos salir a cenar a algún restaurante pijo de la ciudad, para reírnos un rato del ambiente y hacer algo diferente.
Todo iba bien hasta que el teléfono de Killian sonó:
- ¿Diga? – lo escuché que contestaba. No sé exactamente qué le dijeron, pero se levantó de repente y se puso muy serio. - ¿Pero estáis bien? – preguntó Killian. – Sí, cogeré el primer avión hacia ahí- continuó para acto seguido colgar el teléfono.
- ¿Ha pasado algo?
- Milah no se encuentra bien – dijo muy serio, frunciendo el ceño. – Tenemos que volver a Storybrooke.
- Yo todavía no puedo. Mañana tengo una reunión con un par de agencias. Pero, lo entiendo, no te preocupes, vete tú – le dije, tratando de que la voz no me temblara.
- Lo siento mucho, Swan – me dijo acariciándome la cara.
- No te preocupes – le contesté. – Corre, Milah te necesita – le dije, apoyándolo, aunque por dentro me estaba rompiendo.
Recogió sus cosas rápidamente, mientras yo le llamaba un taxi para ir al aeropuerto. Nos despedimos con un beso y un fuerte abrazo.
- Avísame cuando despegues y cuando aterrices y estés ya en Storybrooke, ¿vale?
- Claro – dijo él abrazándome todavía más fuerte. – Te quiero.
- Lo sé – le contesté yo, empujándolo suavemente hacia la puerta. – Anda, corre, que el taxi ya debe de estar abajo – dije con voz temblorosa.
Cogió su maleta y se marchó. En cuanto la puerta se cerró, no pude aguantarlo más y comencé a llorar desconsoladamente. Me dejé resbalar contra la puerta y me senté en el suelo, agarrando mis rodillas contra el pecho.
