Capítulo 5: nacidos por y para la magia


Casi todos los capítulos difieren de entre un año a dos, como podrán llegar a notar. Agradezco el review nuevamente, deseando que todos los que lean el fic dejen uno, aun si este les parece una verdadera chorrada. Es bueno saber lo que piensan los lectores.

Nuevamente aviso que he agregado nuevos personajes, uno de ellos es Seth. ¿Por qué le puse Seth a Seto? Bueno, cuando leí en una revista las temporadas por venir y los protagonistas, me encontré con que en el antiguo Egipto Seth era el nombre de Seto Kaiba y, como esta historia ya tiene imaginada sus buenos años, así lo llamaré.

Sin más que decir espero que disfruten este nuevo capítulo que dejo entero.


-No tiene por qué ser tan amargado –refunfuñó mientras caminaba con los brazos en el pecho, molesta-.

-Quizá no se encontraba de buenas –intentó explicarle Kitiary.

-¡Siempre está de malas! –exclamó Liey, dolida-. Ni siquiera tiene amigos y yo que no entendía el porqué. Vaya, si lo único que yo quería era mostrarle que puede contar conmigo y ya –alzó sus brazos al cielo, molesta.

-Ya sabes, no tuvo una infancia como la tuya –volvió a explicarle Kitiary con calma-. Mientras tú crecías sana en el palacio él se tuvo que en contentar con lo más bajo del reino.

-A mi me hubiera dado igual crecer del lado izquierdo del río, en Saqqara –gruñó, indispuesta a dejarse dominar por las razones que le daba su madre.

-No todos somos iguales. Probablemente él te envidia.

-¡Ja! –los transeúntes sólo se les quedaban viendo, ya que por lo regular la niña se mostraba más cooperativa y hasta alegre hacia su madre-. Ni siquiera sabe quién soy yo y no pienso decírselo. Así que no tiene motivos para estar con su genio de los mil demonios.

-¡Basta, Liey! –Kitiary se volvió molesta hacia la agresiva princesa con ademán severo-. No dejaré que digas eso del pobre chiquillo. Tan perfecto, tan centrado…

Liey se la pasó murmurando el camino de regreso, pensando en la manera de evitar el encontrarse nuevamente con ese pequeño limón, como le gustaba llamarle su amiga Jushay.

El palacio se encontraba sombrío, algo que le chocaba porque últimamente su hermano tomaba sus lecciones fuera, con el ejército, entrenándose para una hipotética guerra. Por diversión fue hacia la orilla del río a ver a los peces que nadaban por ahí antes de pasarse por las lecciones de Karim, donde seguramente se ganaría una reprimenda por no poner atención en nada de lo que su profesor le explicaría. A diferencia de los cálculos mentales que requería la magia para poder desarrollarse, vivir y lograr su objetivo, las matemáticas comunes lograban dormirla profundamente. Hizo una mueca al recordar que esa misma tarde tenía que ver a Kaoda para el siguiente "Juicio-prueba"; donde indudablemente la bruja la presionaría para que sacara más de lo que podía, como quería hacer desde hacía unos meses atrás.

-Hey -gritó uno de los guardias que solían cuidar a su hermano-, puede caerse, princesa.

La niña hizo un gesto de fastidio, pidiendo que la dejara en paz un rato. Seguía dolida por el rechazo del chico nuevo, el que habían transferido desde la región del Alto Egipto. No culpaba a sus padres por haberlo hecho, pues el Delta era la mejor zona para crecer. Pero tener un hijo con semejante carácter ya era un acto criminal.

Se quedó mirando su reflejo en el agua, pensativa, mientras los peces se acercaban nadando hacia ella. Conforme sus ojos se fueron acostumbrando al resplandor del sol sobre el agua y ella se calmaba, su reflejo cambió por completo. Sus ojos grises se tornaron azules y su largo cabello negro encogió y se aclaró hasta llegar al castaño oscuro, la expresión de su rostro se mostró más fría y distante. En cuanto se dio cuenta del extraño cambio, Liey se alejó del agua con un débil grito de sorpresa, ya que el chico nuevo le devolvía la mirada desde el río.

Calma, no pasa nada, sólo es un tonto reflejo –se dijo a sí misma, pero aún así, la sorpresa no se iba del mismo modo que el reflejo se negaba a desvanecerse.

-¡Bu! –sintió como alguien le agarraba por detrás, haciendo que saltara y soltara un golpe contra su agresor-. ¡Auch! –se quejó Mana, sobándose la cabeza.

-Lo siento –se disculpó Liey, arrepentida por haberla atacado. Se hizo a un lado, cubriendo al reflejo.

-¿Qué haciendo? –su hermanamiga revoloteó a su alrededor, esperando encontrar la fuente de su curiosidad-. ¿Te agrada ver el reflejo, no?

Liey saltó de sorpresa nuevamente, roja como jitomate maduro. Maldijo en voz baja al chico nuevo y a su reflejo mientras se disponía a derribar a Mana para que no viera ni contara nada.

-Te ves bien hoy –continuó su amiga, aparentemente sin comprender nada. La miró a los ojos y la abrazó con fuerza-. Por primera vez en el año, Liey está enfadada –canturreó.

-No estoy molesta –se sentía traicionada por sus sentimientos, así que el único camino que le quedaba era negarlo todo mientras pudiera.

-Claro que sí –le respondió Mana, alejándose de ella lo suficiente como para no resultar dañada en un ataque-. Estas molesta… ¿quién habrá logrado tal hazaña?

-¿A qué te refieres?

-Bueno –su amiga paró ex abrupto sus vueltas hasta quedar de frente a ella, separada por un buen trecho-, es todo un reto hacerte enfadar, ya que tienes una alegría insuperable desde pequeña y, cuando alguien te hace algo, tu primer impulso es ponerte triste. Y si las cosas siguen mal, dominas tus emociones con tu autocontrol.

Liey se rió ante las aseveraciones de su amiga, admitiendo con ello la verdad en las palabras de Mana.

-Ahora, ¿quién te hizo enfadar? –la risa de la princesa dejó de escucharse y en su lugar una Liey pensativa miraba a una Mana expectante.

-¿Por qué tu empeño en conocer a aquél que me hizo enfadar? –respondió con otra pregunta.

-Ah, porque quiero asegurarme de que no te volverá a hacer enfadar –las razones de Mana volvieron a tomar desprevenida a Liey, quien se sonrojó violentamente-. ¿No me crees? –Mana resopló, ofendida.

-Sí te creo –admitió Liey-. Lo que ocurre es que dudo mucho que puedas impedir que Seth me haga enfadar otra vez.

-¡Ajá! ¿Así que se llama Seth?

-Sí, viene del Alto Egipto, quizá de Luxor –respondió la más joven de las dos-. Pero, ¡ah! –volvió a exclamar, irritada nuevamente.

-¿Qué hizo? –Mana estaba perpleja otra vez, pues creía que su amiga ya estaba más feliz.

-Su carácter –sintetizó la otra, agarrándose la cabeza con ambas manos y sentándose en el suelo-. No soporto su carácter. Se cree… el único con problemas o algo así. Quise ser su amiga, ya que no tiene ni quien le dé una mirada de aliento, pero ahora comprendo del porqué.

-Hum –Mana se puso a pensar-. Me encantaría conocer al tal Seth. Me arrepiento de no ir más a la Casa del Cambio.

Seth caminaba por al mercado junto a su madre, ayudando a ésta a cargar parte de la comida del día. Parecía sumido en sus pensamientos, algo que a su madre no le extrañaba pero sí a los que pasaban por ahí. Si bien el niño era serio y ayudaba a su madre, no dejaba de ser un niño y por eso mismo era extraño que no estuviera jugando por ahí.

-Espera un poco, hijo –le pidió su madre, dejándole a la sombra de una palmera-. Iré a conseguir unas cebollas para la cena.

Y ahí se quedó Seth, esperando a su madre. Pequeños demonios más jóvenes que él o de su misma edad pasaban corriendo al lado de los comerciantes, arrancándoles maldiciones aparte de una que otra mercancía. El niño no pudo evitar dirigirles una sonrisa de desprecio, mientras seguía mirándoles correr frente a él.

-¡Eh! ¡Un nuevo! –gritó un chiquillo unos palmos más altos que Seth, y se acercó corriendo frente a él seguido por varios individuos de su pandilla-. ¿Quién eres tú? –casi le reprochó.

-¿Qué te importa? –otra pregunta no es una buena respuesta, pero en el caso de Seth era lo mejor que se podía obtener.

Los chiquillos se alejaron un poco, acobardados por el timbre mandón de su voz, seguro de sí mismo. Bueno, casi todos, porque su líder se quedó plantado frente al pequeño niño.

-Vaya, parece que no te han educado bien –respondió en voz baja. Se acercó más y, acto seguido, agarró a Seth por los cabellos y le derribó en el suelo.

Las carcajadas de los compinches de su agresor hacían vibrar sus oídos mientras se levantaba y les hacía frente, molesto. Apretó los labios y adoptó una actitud de ataque propia de los pupilos de la Casa del Cambio. Lógicamente, los otros no notaron el sutil cambio sufrido por su presa.

-Esa nenita ni siquiera se puede defender –se río un crío gordo apenas unos palmos más alto que él. Se atrevió a empujarle con fuerza en el pecho, haciendo que Seth trastabillase y cayera al suelo nuevamente.

-No lo intenta –se burló otro, escupiendo al suelo que estaba al lado del chico caído-. Posiblemente no pueda defenderse.

-En ese caso…

Antes de que Seth fuera consciente de lo que ocurría la pandilla de diablillos tomó las cosas que su madre le había encargado y se lanzó calle arriba. El niño les persiguió entre gritos de ayuda hacia los comerciantes e insultos a los ladronzuelos que escapaban con el botín por ser más rápidos. Y es que cuando un niño como Seth deja de hacer lo que los niños hacen, pierde parte de las habilidades que todo pequeño debe tener.

-¡Deténganse! –gritó, lleno de rabia. Saltó sobre un saco de patatas y pasó por detrás de una carnicería, llevándose unos insultos por parte del dueño-. ¡Devuélvanme las cosas de mi madre!

-Corre, Helemán, que casi nos tiene atrapados –pudo escuchar que uno de sus amigos le gritaba al gordo que lo había derribado al suelo, el cual estaba por mucho más atrasado que los otros. El gordito volvió la cabeza hacia Seth y al verlo más y más cerca, aceleró el paso.

Aunque no fue lo suficiente.

Como una flecha, el perseguidor pasó al gordo Helemán, arrebatándole lo que llevaba en el brazo y tirándolo al suelo. Escuchó los sollozos del niño mientras seguía a sus amigos, intentando alcanzarlos.

-¡Deténganse, malditos ladrones! –volvió a gritar Seth mientras entraba en el mismo callejón al que habían accedido los niños.

No debió haber hecho eso.

Un golpe en la cara le recibió, haciendo que cayera al suelo y se diera un golpazo en la cabeza, que rebotó en la tierra. Sintió la sangre que manaba de algún lugar de su cabeza y el dolor de su mejilla derecha, aparte de la cabeza que le daba vueltas, no le ayudaba mucho. Intentó levantarse, pero un pie sobre su espalda se lo impedía.

-Ratas –gruñó, ganándose una patada en el tórax.

-Ahora sí que está más tranquilón –dijo uno de los ladronzuelos, levantando las cosas que Seth le había arrebatado a Helemán y llevándoselas con él.

-Deja eso, Gidel –pidió otro, el que se decía líder-. Ya está manchado con su sucia sangre.

Las carcajadas no se hicieron esperar.

-Mira el botín que obtuvimos.

-Caya, Fateemn, que si alguien nos escucha…

-Nadie puede escucharnos, no seas tonto Riras.

Mientras hablaban, Seth volvió a intentar levantarse. Se sentía humillado y, lo peor de todo, sentía que había fallado en la misión, en la sencilla misión, que le había encomendado su madre.

-No, no lo harás –sintió otro golpe en el tórax, un golpe que le llegó hasta el alma y que hizo que se le escaparan algunas lágrimas de dolor.

-¡Deténganse! –escuchó una voz infantil, femenina sin lugar a dudas.

Nuevas carcajadas se escucharon.

-Vete, no tienes nada que hacer aquí –objetó desdeñosamente el líder, mientras sus compinches se desternillaban de risa.

-Lo han lastimado, deténganse, por favor –rogó la niña-. Por favor, hermano.

Mientras tanto, Seth sintió como la presión del pie se hacía menos fuerte, así que tomando impulso con sus manos y haciendo caso omiso del dolor, se levantó de golpe, derribando a su captor principal.

-¡Mira lo que has hecho! –le gritó uno de ellos a la niña-. ¡Eres una entrometida, Kisara!

Seth no les dio tiempo de volver a atraparlo. Juntó sus dos manos y con ellas formó un círculo, del cual salió una energía azul que realizó otro círculo a sus pies.

Volvió el rostro hacia la niña, a la cual el líder, Fateemn, tenía agarrada por una mano, inmovilizada. Los cabellos azules de Kisara volaban al viento mientras que sus ojos y los ojos de todos los demás se encontraban fijos en el joven aprendiz.

-Adiós generosidad. Suéltala, ¿me escuchaste? –ordenó Seth con odio, señalando a Kisara, quien se debatía débilmente por salir de la cárcel de los brazos de su hermano. La sangre que corría por el rostro del niño le daba un aspecto mucho más decidido y peligroso-. Ahora…

-¿Qué me harás si no? –aunque Fateemn intentaba sonar fuerte lo cierto era que en sus ojos un terror primitivo se mostraba directamente ante Seth.

-Ah, eso lo haré tanto si la sueltas como si no –susurró el niño, moviendo su mano derecha y rompiendo el círculo que había creado. Al instante la energía azul comenzó a avanzar hacia ellos, encerrándolos en su interior hasta formar otro círculo mayor que el anterior-. ¡Suéltala! ¡Y devuélveme mis cosas!

Los niños le lanzaron las cosas, inclusive lanzaron a Kisara a sus pies. Pero esta reacción sólo hizo que Seth sonriera… y se decidiera a atacar con más fuerza.

-Ahora me las pagarán…

-¡No! –Kisara se puso en pie, agarrando su mano derecha-. No dañes a mi hermano ni a sus amigos, por favor no lo hagas.

La miró directamente a los ojos, incapaz de creer lo que había dicho la pequeña.

-Ellos nos han humillado, ¿y aún así me pides que los perdone? –incrédulo, el aprendiz miró con los ojos azules a la pequeña.

-Por favor –rogó la niña-. No les hagas daño.

Seth se quedó sorprendido ante la extraña petición de la niña. Cerró sus ojos y negó con la cabeza.

-Temo que eso no puedo concedértelo –susurró hacia ella y después miró a los niños-. ¡Ahora, enfrenten su destino!

El círculo de energía de Seth comenzó a cerrarse ante el terror de los chiquillos y la impotencia de Kisara. Los pequeños prisioneros no podían moverse, ya que sentían sus pies pegados al suelo, aparte del calor que irradiaba la energía mágica del otro chico.

-¡Alto! –dos voces le detuvieron antes de que consumara su ataque. Al instante otros dos círculos, uno lila y el otro rosa, se formaron a los pies de los niños, con lo cual su terror aumentó. Seth y Kisara alzaron el rostro hacia arriba de una de las casas, del lugar del que las voces habían surgido.

Y el aprendiz se encontró con la niña que unos días antes había intentado ser su amiga, la cual estaba al lado de otra chica con los cabellos castaños de punta y ojos azules como los suyos. Las dos señalaban a los niños con su mano derecha mientras que con la mano izquierda lo señalaban a él.

-No se metan ustedes… -comenzó cuando la mayor de ambas niñas le increpó.

-No debes usar tus poderes sobre alguien indefenso – exclamó Mana, intentando parecer ruda. No se le daba muy bien ese papel, pero aún así lo hacía a la perfección.

-Ni mucho menos para la venganza –terminó Liey con una expresión en el rostro que recordaba mucho a Zorc cuando se enfadaba-. Eso es perverso.

-Si no les importa, agradecería que dejaran de meterse en lo que no son sus asuntos –el círculo de Seth tomó más color, pues el niño había impreso su ira en él. Como respuesta, el círculo lila se tornó más oscuro hasta alcanzar al morado.

-Detente ahora, Seth, o juro que te las verás conmigo –habló Liey con voz clara y firme. Su actitud hizo que Mana la viera directamente a los ojos, pues por lo general su amiga no era ruda.

Pero a Seth la reacción de la princesa le dio mucha gracia. Se puso en posición de combate, haciendo caso omiso de Kisara, quien seguía colgada de su mano. Por su parte Liey también adoptó la posición defensiva, liberando parte de la magia que se encontraba oculta en su corazón. Sus cabellos se alzaron debido a la estática que su poder formaba.

-¡Detente, Liey! –Mana se colgó del brazo de su amiga, haciendo que un escudo protector la lanzara unos palmos lejos de la princesa. Pero esa reacción fue más que suficiente para que la niña despertara y se concentrara en otra cosa que no fuera el duelo.

-¿Qué ocurre? –preguntó Seth, decidido a no rendirse-. ¿Acaso temes que destroce a tu amiguita?

El rostro de Mana se encendió. Iba a gritar todos los improperios que tenía prohibido decir en el palacio cuando Liey posó su mano sobre la suya. Aun así, eso no evito que Mana terminara.

-Temo que te destroce a ti –terminó con una mirada envenenada hacia el chico.

-Entonces continuemos –Seth desvió su atención hacia los niños, quienes seguían envueltos en tres círculos de poder.

-Espera –pidió Liey, alzando su mano y atrayendo nuevamente su atención. La ira se había desvanecido de su rostro y en su lugar había dejado la inexpresividad característica de los Jueces del Alma-. Te daré tu duelo, pero no ahora ni hoy.

-¿Cuándo será? –preguntó el otro, indeciso.

-Mañana, saliendo de la Casa del Cambio –su voz suave tenía un toque tranquilo, nada tenso. Quizá por eso logró convencer a Seth de lo que decía.

-¿Qué se me dará a cambio?

-La certeza de que, de ganarme tu, no volveré a interferir en tus asuntos –prometió Liey. Mana la miró como si se hubiera vuelto loca, pero la niña hizo caso omiso de ella.

Seth sonrió.

-Demasiado tentador. Pero deberás agregar que jamás me volverás a hablar en tu vida.

-Trato –Liey movió otra vez su mano, expandiendo el círculo que rodeaba a los niños-, pero ahora déjales tranquilos.

Seth se soltó de Kisara y deshizo su círculo. Se volvió para salir del callejón después de tomar sus cosas, pero antes giró hacia la niña y terminó-. Mañana, sin falta…

-… En el Campo de los Hechiceros –terminó Liey con un extraño brillo en los ojos. En cuando Seth se alejó ambas amigas se atrevieron a romper sus círculos, liberando a los niños y dejándoles libres. Antes de que ellos les agradecieran su intervención, ambas ya corrían por las azoteas de las casas en dirección al palacio.

-Un mago nunca muestra todo su poder –pensó la niña después de haber analizado todas las reacciones de Seth, quien indudablemente creía haber visto todo lo que ella era capaz de hacer.


Despertó cuando su caballo saltó sobre un montículo. Movió su cabeza, buscando a un agresor responsable del sobresalto de su montura, pero sólo se encontró con su guardia… y volvió a sumirse en un estado de duermevela. Habían transcurrido varios meses desde que había salido hacia el Alto Egipto para reconocer el territorio que algún día, si los dioses así lo deseaban, sería suyo.

Por fin regresaban a casa, después de tanto tiempo. Sabía que para muchos de sus guardias el retorno significaba el regresar con las esposas e hijos que no habían visto en mucho, mucho tiempo. Con él ocurría algo parecido, pero lo que él encontraría después de tanto tiempo fuera sería a su padre y a las dos aprendices de mago, a las que consideraba más que sus hermanas. Ya podía sentir el abrazo estrangulador de Mana y la sonrisa de bienvenida que le daría Liey.

-¿Cuánto tiempo falta? –volvió a preguntar, con las ansias de llegar renovadas por sus pensamientos. Desgraciadamente, esa excitación no era compartida con nadie más. De hecho ya tenía hartos a Mahad y a Shada, quienes cabalgaban a su lado sin dejar de mirar al frente para evitar sus preguntas.

-No mucho –respondió parcamente Mahad, escrutando al horizonte. El sol se pondría dentro de poco tiempo, por lo cual la comitiva iba cada vez más rápido para alcanzar un lugar seguro en donde poder descansar.

Atem permaneció otro buen rato en silencio, esperando, al parecer, otra respuesta por parte de su profesor que el ya bien conocido "no mucho". Al parecer era lo único que, sino Mahad, Shada decía, y por ello las dos palabras ya no significaban mucho para el joven príncipe. Cuando se dio cuenta de que no le iban a responder otra cosa, decidió insistir.

-Supongo que dormiré esta noche en el Palacio –sonrió con falsa inocencia y un dolor en el corazón hizo que no disfrutara plenamente de su chiste privado. El irritar a sus maestros era la actividad preferida de Mana de manera, pues inconscientemente siempre se la pasaba repitiendo lo mismo durante un largo rato. Su recuerdo le removió el estómago, deseando verla lo más pronto posible.

Mahad suspiró.

-No nos encontramos tan cerca –aceptó el mago.

Contra su voluntad, Atem bufó. Cada día le parecía una eternidad estando lejos de las personas que conocía. Sí, había hecho buenos amigos en el sur, pero una amistad de meses no tenía nada que ver con una de años. Sin contar que extrañaba de sobremanera a su padre.

La noche había caído completamente cuando el joven príncipe únicamente escuchaba los cascos de los caballos rítmicamente. Ya se había acostumbrado a su sonido y no les prestaba atención cuando una nueva tonada sorprendió a sus oídos. Primero escuchó atentamente. No, quizá había imaginado todo. Ya volvía a adormecerse cuando el mismo sonido regresó.

-Bueno, al menos no estoy loco –pensó con una extraña sonrisa que Mahad no pudo comprender.

Volvió a prestar atención al sonido de los cascos cuando el sonido paró nuevamente.

-¿Ya mero llegamos? –preguntó preocupado a Shada, ya que este era más paciente que su amigo. Pero Mahad también escuchó el cuchicheo.

-Ya se lo he dicho –que cansada sonaba su voz-. Faltan unos momentos para llegar a la ciudad más cercana…

Las palabras del mago se ahogaron entre varios gritos furiosos que surgieron de la noche. Rostros con muecas terribles hicieron su aparición mientras que un gran grupo de individuos se arrojaba sobre ellos, en lo que se podía interpretar como una emboscada.

Al instante Atem se inclinó sobre su caballo y sacó su espada, dispuesto a defender su vida y la de los que estaban a su lado. A pesar de que su comitiva era ligeramente más grande que el grupo de asaltantes, estos contaban con el factor sorpresa. El Ignaignay que les acompañaba fue uno de los primeros en caer.

-¡Protejan al príncipe!

En un santiamén un compacto grupo de soldados a caballo y a pie le rodeaban en una especie de escudo humano. De la misma manera sintió una energía que le protegía, una energía negra que le ayudaba a confundir a sus amigos y camaradas con las sobras de la noche.

Como no podía ver, su sentido del oído se hizo más sensible, captando todos y cada uno de los movimientos que se hacían a su alrededor. Cada vez que adivinaba un movimiento que sus compañeros no captaban, cada vez que alguien gritaba, el príncipe se sentía como un estorbo para ellos. Fácilmente podrían salvar la vida si él no les retuviera ahí…

-¡Libérame de las sombras! –ordenó en voz baja pero firme. Su rompecabezas milenario brilló con fuerza, mitigando las sombras que, indudablemente, Mahad había conjurado a su alrededor.

Apareció en medio de una encarnizaba batalla, pero no se detuvo a deliberar los posibles peligros. En cuestiones como esa, Atem y Zorc podían considerarse hermanos por su manera de actuar, tan parecida. El príncipe ni siquiera se asustó cuando una flecha se clavó a un lado de él.

-Hey, por aquí –gritó, intentando hacer que sus guardias perdieran atacantes, mismos que ganaba él.


No se podría perdonar su insensatez. Desde el momento en el cual el príncipe se mostró curioso por la noche debió haber adivinado que algo extraño se cocía en los alrededores. Estaba seguro de que los asaltantes los habían confundido con un grupo de comerciantes debido a las ricas vestiduras de Atem y a que varios soldados los escoltaban.

Mientras peleaba con el que parecía ser el líder y con uno de sus guardias, sintió como parte de su energía regresaba a su cuerpo. La sorpresa del cambio hizo que se perdiera la concentración y casi le rebanaran la cabeza. Pero como siempre, Shada le salvó.

-Hey, por aquí –un sudor frío bajó por su espalda en cuanto el príncipe Atem gritaba para atraer a sus atacantes.

-¿Cómo pudo hacer eso? –se preguntó, ya que su escudo era prácticamente impenetrable.

Volteó en busca del príncipe, quien se encontraba rodeado por varios atacantes y, sin embargo, peleaba con ferocidad a pesar de su corta edad. Tendría ya diez años… y resultaba verdaderamente mortífero. Sin importarle su propia seguridad, Mahad lanzó diversos hechizos que apartaron a los invasores del joven heredero, haciendo que éste frunciera el cejo.

-Ese niño está loco –pensó seriamente el mago mientras se ponía a su lado.

-No dejaré que le dañen, mi príncipe –dijo en voz alta. Tal como había previsto, los hombres que los atacaban no sabían que Atem era el príncipe y en cuanto se enteraron salieron huyendo como almas que lleva el diablo.

-Vengan aquí, cobardes –gritó Atem y ya iba a salir en persecución de ellos cuando varios guaridas le cortaron el paso a su montura. El caballo se encabritó y casi derriba al chico, pero aún así éste pudo mantenerse sobre su montura.

-No es buena idea el salir tras ellos –comentó Shada, con el sudor goteándole por la frente.

-Ya los buscarán otros –aceptó Mahad, con los labios apretados en una fina línea.

Atem miró hacia las dunas por las cuales habían desaparecido los villanos. Movió los labios, contrariado, pero se decidió a no contradecir a sus guardias…

Pero algún día sería faraón… y se las pagarían esos cobardes.


-¡Ah! –gritó Seth cuando su hechizo rebotó contra él. Sintió un gran dolor en la parte media del cuerpo, en donde la maldición le había dado de lleno. Mientras se agarraba ahí en su mente corrían las preguntas.

-¿Te rindes? –gritó la amiga de Liey, Mana, desde fuera de su arena de duelo. Su mano descansaba inerte sobre su regazo y un gesto de dolor cruzaba su rostro. Aún así, parecía realmente concentrada en el duelo que tenía lugar frente a ella, sin prestar atención a lo que ocurría en su mano-.

-Nunca –susurró Seth, generando una descarga de poder que fue directo hacia su contrincante…

Liey arrugó el ceño, sumamente decepcionada.

Con su báculo desvió la energía hacia el cielo, en donde se perdió por completo el ataque del joven mago. Después desapareció de enfrente del chico… para aparecer justo detrás de él. Puso su mano sobre el cráneo de su oponente y ahí lo dejó mientras una concentración de su poder la rodeaba, protegiéndola de los posibles ataques que diera Seth.

-¡Sí! –exclamó Mana, alzándose del suelo con las manos en alto-. ¡Ah! –terminó gritando, ya que su mano seguía doliéndole.

Sin embargo, eso no fue todo. Ya que Seth se encontraba indefenso ante la energía mágica de Liey, ésta, incapaz de guardarse todas sus reacciones, liberó su ira en forma de llama, la cual quemó una parte del cabello de Seth. El niño sintió el fuego y olió su propio cabello quemándose, pero no pudo hacer nada para protegerse.

-Nunca liberes todo tu poder, ni aunque estés a punto de perder –susurró la niña, alejándose de Seth-. Si lo haces, tu enemigo se dará cuenta de ello en cuanto no tengas nuevos trucos bajo la manga… ¡y volverás a perder!

Se alejó y se dirigió hacia Mana, dejando a Seth en el campo de duelo mientras éste recordaba el inicio de la furia de Liey.

Flas Back

En cuanto salió de su clase se dirigió hacia el Campo de los Hechiceros a por su duelo con la extraña y excéntrica Liey, quien le había retado. Al no encontrarla comenzó a maldecirla y a llamarla cobarde, algo que enfadó a su amiga, la cual se encontraba esperándola también. Mana le había retado a un duelo mágico en el cual él se burlaba de ella al notar su pobre habilidad mágica. La aprendiz, herida en su orgullo, intentó realizar un conjuro especialmente difícil al cual le faltó el último movimiento, llevándola al desastre.

Seth se aprovechó de ese momento de debilidad y la atacó con toda su fuerza, haciéndola caer. Mana, para amortiguar el golpe, había metido la mano… y posiblemente se la había roto. Por ello Seth comenzó a jactarse de su éxito y a hablar de lo mala que era la niña, poniendo especial énfasis en las palabras más humillantes posibles…

-¿Qué te ocurre? –se rió Seth-. ¿Te duele la mano? ¡No eres más que una vergüenza para los magos!

Durante esos momentos habían comenzado a llegar algunos curiosos a ver el duelo mágico.

-No te burles de mi –lloró Mana en voz alta-, pues algún día seré una de las mejores magas de la corte del faraón.

-¿Quién? ¿Tú? No eres más que una maga de segunda –espetó Seth con una perversa sonrisa. Algunos de los chicos que les rodeaban rieron de aprobación-, una pobre campesina, que no podrá entrar al palacio a menos que sea invitada por caridad.

-¿Caridad, eh? –una voz fría como el hielo había surgido de entre la multitud, acallando las carcajadas que se escuchaban. Varios aprendices se hicieron a un lado para dejar pasar a Liey, quien indudablemente había escuchado las últimas palabras del niño. La princesa caminó hasta situarse al lado de su amiga y la ayudó a levantarse, sumamente molesta.

Todos enmudecieron cuando Mana gritó de dolor en cuanto Liey agarró su mano.

Los labios de la niña eran una fina línea mientras llevaba a Mana a un lugar entre la multitud y regresaba ante Seth con un desplazamiento calculador, digno de un cazador.

-¿Sigues tu? –preguntó Seth, haciendo caso omiso de las exclamaciones ahogadas de la multitud.

-Debiste esperarme –regañó Liey al otro, enojadísima-. Esto era entre tú y yo…

-Había esperado bastante.

-Pues entonces… espero no decepcionarte –una sonrisa tétrica apareció en los labios de Liey, una sonrisa digna de Zorc… y los pocos que habían conocido al temperamental príncipe no pudieron más que notar la similitud sin llegar a saber que esa niña era su mismísima hermana… lo único de lo que estaban consientes era de que Seth había hecho enfadar a la mejor aprendiz de mago que había existido hasta la fecha.

-Descuida, me aseguraré de que así sea

-Entonces… comencemos

Fin Flash Back

-Lo siento –logró susurrar en cuanto todos los presentes se hubieran ido.