Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de Stephenie Meyer, la historia pertenece a Ellen.
Isabella Swan, la más joven de siete hermanas, no es la belleza de la familia. Con su cabello rojo como una llama brillante, su mordaz lengua y el extraño don de la videncia, ningún hombre la quiere; pero El Demonio la tomará.
Entregada como novia al enemigo declarado de su padre, el noble de las Highlands Edward MacCullen de Kintail, no tiene más elección que casarse con el hombre que se rumorea que asesinó a su primera esposa, y de quien se dice que no tiene ni corazón ni alma...
Edward sólo quiere utilizar el don de Isabella para saber si el niño que tuvo con su primera esposa es en realidad hijo suyo. Pero Isabella no está dispuesta a conformarse con unas pocas migajas, sino decidida a desafiar a Edward y tentarle con lo que él más teme en el mundo: el amor.
CAPITULO DIEZ
Con su capa envuelta apretadamente alrededor de ella, Isabella se detuvo encima de las almenas e intentó permanecer inmune a la fría mordedura del aire húmedo y salobre. A lo lejos por debajo, un grupo de burgueses pobres cruzaban el puente del castillo en su camino de regreso al pueblo.
Por tres días ella se había mantenido ocupada observando sus idas y venidas, había usado la distracción para expulsar el rostro burlón de la primera esposa de Edward de su mente.
Al principio sólo unos cuantos vinieron, apenas unos pocos, como si aún estuvieran cautelosos del terrible laird de Eilean Creag. Pero, gradualmente, su número había aumentado incluso en algunas ocasiones en una corriente estable de ellos que había desfilado de acá para allá a través del estrecho puente de piedra.
Todos venían para recoger limosnas en las puertas del castillo... como era la costumbre.
Y su feudal marido estaba todavía ausente y no podría ver esta pequeña victoria que ella había ganado para él.
Una bocanada firme de viento del mar desgarró repentinamente hacia atrás su velo y ella sacudió sus trenzas, sin importarle que tan húmedo o enredado pareciera.
Los santos lo sabían, su apariencia le importaba poco. Ella podría trenzar su pelo con cintas tejidas en oro y podía usar un vestido elaborado con rayos de luna, y Edward todavía la encontraría poco atractiva.
¿Y cómo podía culparlo?
¿Qué hombre podría desearla cuando había poseído a una mujer tan bella que hasta una reina la envidiaría?
No, su apariencia no era tan maravillosa. Pero ella deseó que Edward hubiera visto el regreso de los necesitados hasta la puerta de su castillo. ¿Quizás su muestra de confianza borraría una parte de la oscuridad de su alma?
A decir verdad, sin embargo, ella no estaba segura de que eso haría una diferencia. Quizá las heridas bajo la máscara sombría que él a menudo traía puesta eran ya demasiado profundas.
Demasiado crudas.
Demasiado sólida, la pared que él había construido para protegerse.
Pero él le había permitido vislumbrar fugazmente al hombre dentro.
- ¿No vendrá adentro, milady? Una feroz tormenta se aproxima, - Le rogó Jasper, mientras se le acercaba. - Mi señor me desollará vivo si usted se enferma, y él sabrá que no he podido evitarle hacerse daño a sí misma.
- Entiendo que estés preocupado, pero mi capa me mantiene seca y mi cabello no me causa problemas.- Isabella le brindó al primer escudero de su marido una débil sonrisa. - Hasta ahora, sólo ha sido una lluvia ligera y no me molesta.
Jasper miró con irritación las nubes negras que se acercaban cada vez más sobre el lago. - Le imploro, señora, pues mi señor ciertamente estaría muy disgustado, y yo no trataría de poner a prueba su temperamento tan pronto regresara.
¿Y cuándo no es terrible su temperamento? Isabella se tragó rápidamente la réplica mordaz que tenía en la punta de la lengua, agradeciendo que los chillones graznidos de una pasajera bandada de pájaros marinos le impidiera liberar su frustración en el bienintencionado escudero.
En lugar de eso, ella colocó su mano amablemente en su manga y negó con la cabeza. - No, Jasper, yo temo que le das mucha importancia al valor que yo tengo para tu señor. Estamos solos y somos lo suficientemente adultos como para saber porque él se casó conmigo. A él no le importará si la fiebre intermitente me mata, ni él te castigará si yo no hago lo que tú me pidas.
El escudero negó con la cabeza. - Discúlpeme si disiento, pero está equivocada. Sir Edward se preocupa profundamente por usted.
Volviéndose, Isabella se agarró firmemente a la fría piedra de la pared del pretil. - Por favor no digas cosas que no son ciertas, eso es cruel y yo no la habría esperado de ti.
- Mis palabras no son falsas. Lo juro por todos los restos mortales santos en la tierra, - Jasper le imploró, su tono lo suficiente sincero como para conmover el corazón de Isabella. - Es nada más que la verdad y todos lo saben.
Todos salvo su laird. Su propia verdad hizo eco en su cabeza, burlándose ella de la futilidad de Edward quizás preocupándose porque ella todavía no lo sabía. Presionando sus palmas más firmemente contra la fría y húmeda almena, quiso llorar con la desesperante situación.
Aun si ella creía en Jasper, y no estaba segura de que debería hacerlo, todavía no sabía cómo romper los muros que su marido había levantado contra ella.
Cómo ganarse su corazón.
Un corazón que ella temía descansaba en la tumba de Lady Tanya.
- Señora, por favor, - Jasper la urgió otra vez, - no piense que digo falsedades, Yo preferiría caer fulminado antes que mentirle.
Incapaz de resistirse al tono caballeroso del escudero, Isabella retrocedió para enfrentarlo. - ¿Están todos los hombres MacCullen, salvo mi marido, dotados con lenguas de plata?
La juvenil y gallarda cara de Jasper se sonrojó, y él le hizo una ligera inclinación. - Eso es verdad, pero no soy un MacCullen. Soy un MacRae. Mi padre me envió aquí para ser adoptado cuando tenía siete.
- Tiempo más que suficiente para aprender sus maneras, - bromeó Isabella, asombrada con el fácil encanto del escudero, su humor mejoró. Pronto, ella sería tan estúpida como Sue, nada más escuchar palabras bonitas, y sería incapaz de percibir la verdad.
Isabella levantó un poco su barbilla, no sería una tonta como Sue, que después de las adulaciones del viejo Billy, veía la luna en los ojos de él. Pero entonces el brusco senescal apareció para capturar la atención de Sue.
Ella no podía decir lo mismo de su marido.
Él simplemente había mostrado por ella la misma preocupación que él tendría sobre cualquiera dentro de sus dominios.
-Dime, Jasper, - ella le preguntó, antes de que pudiera perder su nervio, ¿Por qué piensas que Sir Edward se preocupa por mí?
- Permítame escoltarla adentro, señora, y luego le explicaré,- le dijo, ofreciéndole su brazo.
Tomándola del brazo, Isabella no podía ayudar sino sonreír. - Veo que eres listo tanto como caballeroso.
- Mi señor me enseña adecuadamente, - le dijo, guiándola hacia la puerta de la torre, que permanecía entreabierta.
Él no habló otra vez hasta que la hubo escoltado a su recámara. Después de abrir la puerta con exagerada cortesía, él le hizo una inclinación, luego, antes de que ella pudiera adivinar su intención, él tomó su mano y la atrajo hacia sus labios.
- La respuesta para su pregunta es obvia para aquellos que conocen bien a mi señor, - dijo al soltar su mano. - Usted sólo tiene que observar su rostro controlado, como si se convirtiera en una máscara, cada vez que él se encuentra con Anthony.
Sus cejas se juntaron en un ceño fruncido. - No entiendo.
- ¿No? ¿En serio? - Una de las cejas del escudero se alzó en una imitación perfecta del frecuente gesto de su marido.
- No, a menos que... - un pensamiento repentino, no... Una esperanza... anidó en su mente, pero ella no se atrevió a expresarlo no fuera que estuviera equivocada.
- Sí, milady, - Jasper se rió, una ancha sonrisa extendiéndose a través de su cara, probando que había leído sus pensamientos. - Edward ama a Anthony cariñosamente, pero está demasiado cegado por la cólera y el dolor para darse cuenta de eso. Pero todos nosotros lo sabemos. Cuando él la mira, tiene la misma expresión que cuando él mira a su hijo.
Isabella abrió su boca para hablar, pero ella no pudo emitir las palabras después del picante nudo que se formó en su garganta. Las lágrimas brotaron de sus ojos, nublando su vista, pero logró dirigir a Jasper una trémula sonrisa.
Sonriendo a sus espaldas, él colocó una mano sobre su hombro. - ¿ahora entiende?
- Yo... quiero... a, - ella tartamudeo.
- Usted debe, - él le dijo, dando un paso atrás, su tono y su expresión seria otra vez. - Pero sólo con comprenderlo puede curarlo. Esa es la única cosa que él nunca ha tenido y lo necesita mucho.
Isabella asintió, deseando poder reconfortar al joven, pero ¿cómo podía hacer promesas que ella dudaba poder cumplir a cabalidad? Entender lo qué la molestaba de su marido no era difícil.
Sabiendo lo qué eso era.
Y mucho más difícil era creer que él se preocupaba por ella.
Jasper tenía que estar en un error.
Bastante después de que el escudero hubiera reanimado el fuego en su chimenea y la hubiese dejado a solas, Isabella se quedó mirando fijamente las llamas. Las vio crecer y lamer los troncos, su chisporroteo, y el distante retumbar de los truenos, pero ni de cerca tan ruidoso como el retumbar de su corazón.
Si sólo pudiera calentar el alma de Edward tan fácilmente como las llamas calentaban sus manos extendidas.
Si sólo pudiera inflamar sus pasiones.
Si sólo las palabras de Jasper fueran ciertas.
Pero ella había estado bastante tiempo sola, demasiado tiempo desencantada como para atreverse a tener esperaranzas.
Fue más tarde cuando Edward y sus hombres volvieron de patrullar, y más tarde aún cuando él finalmente se encaminó escaleras arriba hacia el dormitorio de su esposa.
Él había ido inmediatamente después de engullir un bienvenido trago de cerveza en el vestíbulo, pero Emmett había permanecido bajo las escaleras desde dónde él se había retirado un poco antes, prediciendo condenas y desesperación si Edward buscaba la presencia de su esposa sin primero consultarlo con él.
Cansado e irritable, Edward había esperado para hablar con el Sassunach. Su paciencia era escasa, pues él estaba ansioso por unirse a su esposa en la cama.
Y no meramente para dormir, sino para compartir los tiernos servicios de los que ella no era consciente que él conocía.
Pero en lugar de hablar, su amigo le dio un frasco, diciéndole donde lo había descubierto.
Ninguna otra explicación había sido necesaria. Con un creciente pánico en su interior, Edward entendió: Isabella se había aventurado dentro de su anterior dormitorio.
Ella había visto la pintura de Tanya.
Olas de cálido enojo y fríos estremecimientos habían hecho mella en él. Enojado consigo mismo porque él no había destruido el retrato de Tanya años atrás, y los escalofríos por la sombría predicción que había hecho su cuñado acerca de cómo afectaría a Isabella.
Como si de una gran distancia viniera, la profunda voz de Emmett había canturreado, aconsejándole cual era la mejor manera de abordar a su señora.
Pero Edward apenas lo había oído. Sólo él sabía el dulce consuelo que ella le prodigaba cada noche, pensando que él dormía. Su señora era buena y casta, pero poseía fuego interior y una fortaleza que Edward admiraba mucho. Y ella era. .. Sensible.
Aunque su amigo había tenido buenas intenciones, Emmett no tenía la experiencia para conocer el corazón de una muchacha robusta y de fuerte voluntad de las Highland como Isabella. Él había estado casado con Rosalie, la hermana de Edward. Una mujer animosa, hermosa y alegre, tan voluble y excitable como Isabella era centrada y serena.
Y antes de que Rosalie hubiera florecido y capturado las atenciones de Emmett, él había coqueteado con las hastiadas señoras del circuito de torneo. O las mujeres mundanas en la corte de Bruce.
Sí, su amigo conocía a las mujeres, pero no a Isabella. Ella no estaría angustiada al ver la gran belleza de su primera esposa. La apariencia le importaba poco a su señora. Cosas así no eran significativas para ella.
Ella estaría más alterada por encontrar su precioso herbario destruido que por mirar fijamente la belleza de una mujer que ella sabía que estaba muerta.
Pero su confianza se evaporó en el momento en que él entró a su dormitorio y la vio sentada ante el fuego.
Ella parecía haber estado fuera en la lluvia durante todo el tiempo que él había estado ausente. Sus cabellos caían sueltos sobre sus hombros y estaban enredados por los vientos de la tormenta, mientras su vestido estaba arrugado y húmedo, el cuero de sus zapatos oscurecidos con manchas de humedad. Sólo el arisaid usado que ella agarraba firmemente parecía estar seco.
- Por Rood, mujer, ¿debo velar por ti cada minuto?- Edward preguntó agudamente, olvidándose de las suaves palabras que él había tenido la intención de pronunciar antes de deslizarse en la cama aguardando las dulces exploraciones de su cuerpo. - ¿Qué te has hecho a ti misma?
- Yo... he estado…
- Yo puedo ver dónde has estado.- Él caminó a grandes pasos hacia ella, manteniendo el pequeño frasco en su mano extendida.
Sus ojos se agrandaron, pero ella no dijo una palabra, sólo se abrieron ante los preocupados ojos de él.
- ¿No tienes nada que decir?- la aguijoneo Edward, acercándose tan íntimamente que él podía oler la sal del mar en su pelo salvajemente enredado.
Pero por una vez ella no lo enfrentó. Sólo negó con la cabeza y clavó los ojos en el fuego. ¿Por qué ella no hablaba por sí misma, mostrándole el vinagre que había vertido sobre él cada día desde que la trajo por primera vez a Eilean Creag?
¿Por qué ella no lo insultaba por echar de menos a su esposa muerta?
Emmett le había advertido que Isabella creería que él la añoraba y, como siempre, el tuerto bastardo había estado en lo cierto.
Y él dudaba que Isabella alguna vez creyera cuán lejos de la verdad estaban sus suposiciones.
Edward juró, un juramento más negro y más ominoso que la noche oscurecida por la tormenta que acechaba más allá de las gruesas paredes de la torre. Como si los cielos entendieran su frustración, el fuerte crujido de un trueno explotó, su sonoro estampido ahogo por completo su maldición. Su esposa brincó como si la hubiesen golpeado, pero rápidamente volvió a su rígida postura.
Sin duda ella había brincado por culpa de él, no del trueno.
Hubiese ella oído sus maldiciones o no.
Era muy consciente de su amenazante apariencia. Pero él había tenido motivos para estar fuera de sí en semejante noche. Él había tratado de sacar a la fuerza a James y sus seguidores, desterrarlos de sus tierras de una vez y para siempre. Esperando enviar a su medio hermano al más vil abismo del infierno por sus muchos delitos.
Pero además, por el bien de su señora.
Para protegerla de ser lastimada a manos de James.
Pero ella retrocedió como si él fuera el único que debía ser temido.
Dando un paso lo suficiente cerca como para elevarse sobre su silla, Edward plantó sus manos en sus caderas y miró abajo hacia ella. - Si no hablas de lo que pesa sobre tú mente, entonces dime porque parece como si hubieras cruzado a nado el lago.
- Yo no salí el castillo, sirrah, - ella soltó, mostrando un poco de su nervio usual. - Yo estaba en las almenas, vi...
- Eso, también, lo sé, milady, pero nadie bajo mi techo me dice la prodigiosa hazaña que ha realizado.- Él hizo una pausa para pasar una mano a través de su pelo húmedo y desarreglado. - Supongo que tu inquietud ha aumentado debido a tu temor hacia un asesino.-
Algo brilló en los ojos de su esposa, y él no pudo decir si había sido cólera, frustración, o piedad. Él esperaba que no fuese lo último, pero lo que fuere que había sido, ella ahora se sentó derecha en su silla, mirándolo con unos ojos que no hacía mucho tiempo parecían asustados.
- ¿Lo hiciste?- le dijo ella bruscamente, perforándolo con una mirada fija tan sabedora como el molesto trasero de su cuñado.
- ¿Qué hice qué? - Disparó en respuesta, totalmente consciente de su significado.
Él sintió que su incomodidad crecía rápidamente bajo su aguda mirada. Era ella quien ahora dirigía la conversación... y en una dirección que él no había previsto.
- ¿Qué hice Qué? - repitió en un tono que amilanaría al alma más prudente.
- ¿Asesinaste a tu primera esposa?
La cara de Edward se ruborizó con calor ante su insensible pregunta, y su estómago se apretó en un frío y duro nudo. - ¿qué piensas tú?- Las tres palabras cayeron entre ellos como diminutas astillas de hielo.
Fe, cómo deseaba él que ella abandonara el descaro que él había anhelado hacía sólo unos momentos atrás y que regresara a su anterior obstinado silencio. La muchacha lo irritaba más de lo que cualquier hombre debería resistir.
-Tú eres la séptima hija. ¿No puedes ver la respuesta a tu pregunta?- Él la desafió, su temperamento apenas bajo control.
Ella apartó la mirada entonces, y por un extenso momento, el retumbar de un trueno y el suave crepitar del fuego fueron los únicos sonidos. Manteniendo su mirada apartada, ella finalmente dijo, - ya sé la respuesta. Pero todavía, me gustaría escucharla de tus labios.
- ¿Si tú puedes ver la respuesta en asunto de tal gravedad, por qué no puedes adivinar si Anthony es mi verdadero hijo o no?-
- Esa respuesta, también, vendrá con el tiempo, milord. Y no fue mi don el que me dijo que no mataste a Lady Tanya, - dijo ella, regresando su mirada hacia él. - Fue mi corazón.
- Entonces tu no podrías darlo por seguro, pues los corazones mienten, - la contradijo Edward.
- No, no lo hacen, - dijo ella simplemente, doblando sus manos en su regazo y mirándolo con esa extraña mirada en sus ojos otra vez.
Incapaz de resistir su íntimo escrutinio, Edward le volvió la espalda y cruzó la cámara hacia la cama, encogiéndose de hombros para apartar su capa mojada mientras él caminaba. De espaldas a ella, pasó la túnica sobre su cabeza, luego empezó a quitarse sus zapatos empapados cuando ella lo detuvo con una condena.
Poniéndose rígido, Edward le pidió que repitiera las palabras suavemente murmuradas que él esperaba haber entendido mal.
- Yo Dije que las acciones tampoco mienten.
- ¿Qué acciones?- No era que él quisiese saber.
- La acción de un hombre afligido manteniendo el retrato de su esposa muerta en su dormitorio, - dijo ella, su tono tan suave como si ella estuviera haciendo un comentario sobre la lluvia que martillaba sobre las persianas.
Edward cruzó el cuarto en un segundo. Asió los brazos de su silla tan herméticamente que no lo habría sorprendido si el pesado roble se hubiese roto en dos bajo sus dedos.
Inclinándose hacia adelante hasta que él pudo saborear su respiración en sus labios, dijo, - Tú no puedes saber por qué mantengo el retrato, y no hablaré de él. Te diré que cualquier cuento que hayas tomado como una razón es falso.
Ella se quedó sin aliento, presionándose hacia atrás en la silla, pero conservando su mandíbula levantada desafiantemente, su mirada injuriada al nivel de la suya furiosa.
- ¡Por la sangre de Dios, jovencita!- Edward maldijo, mientras se enderezaba.
- ¿Debes fastidiarme siempre?
- Entiendo, milord. Realmente. Nunca he visto a una mujer más bella.
- Tú no entiendes nada, ¿me oyes? - Él agarró sus brazos, poniéndola de pie.
- ¡Nada, dije!
- Me estas lastimando, sirrah, - gimió, y él la soltó inmediatamente.
Frotando la parte superior de sus brazos donde él la había agarrado, ella persistió, - Pero lo hago. No es difícil comprender. Al menos porque tú no me has tocado desde nuestra noche de bodas. ¿Lo qué no entiendo es cómo puedes sostener tu mirada sobre mí después de haber estado casado con ella?
- ¿Me llevarás al borde de la locura?- gimió Edward, entonces cerró sus ojos, obligándose a sí mismo a hacer una larga y tranquilizadora respiración.
Cuando se sintió capaz de hablar otra vez, él abrió sus ojos, decidido a guiar su noche a un veloz y tranquilo final. - Estoy cansado y mojado, ambos lo estamos, Isabella, - dijo, con su voz sorprendentemente en calma. - Voy a la cama. Te invito a hacer lo mismo- Él hizo una pausa para enfatizar. - Y quítate esas prendas de vestir húmedas antes que te unas a mí. El propósito no es que caigamos enfermos los dos.
Regresando a la cama sin escatimarle a ella otra mirada, Edward se deshizo de sus zapatos a fin de cuentas, luego se despojó de su ropa hasta que nada sino el frío aire del cuarto tocaba su piel desnuda.
No oyendo ningún murmullo revelador de ropa, y sin prestar atención a su desnudez, él se volvió para confrontarla. -Si tú no estás fuera de esos harapos empapados y en cama cuando yo haya apagado las velas, entonces juro que yo mismo te los quitaré.
Ella lo miró cautelosamente cuando él apretó los labios, pero no hizo movimiento para deshacerse de sus prendas de vestir humedecidas en la lluvia. - Mis ropas están meramente húmedas, no empapadas, y no pienso quitármelas. Te ruego que me dejes así- le dijo, su voz tan baja que él apenas la oyó. - Por favor.
Edward caminó dos pasos, luego se detuvo al ver su rostro.
Esperaba el breve atisbo de genio, una condición que él prefería con mucho... excepto ahora. En su lugar, ella tenía una expresión que él primero pensó que era timidez.
Aún tal modestia tenía escaso sentido pues ella había dormido completamente desnuda al lado de él por muchas noches como ahora.
Y durante esas noches, ella había hecho cosas delirantemente malvadas para sus sentidos, sus inocentes exploraciones excitándolo más que las seducciones de la más experimentada ramera que él hubiera pagado por levantar sus faldas.
Edward clavó duramente los ojos en ella, repentinamente reconociendo que era vergüenza lo que nublaba sus ojos moteados en oro, volviendo su color normalmente encantador en un monótono color café.
La vergüenza hacía que pareciera que ella estaba encogida en sí misma mientras él caminaba otra vez. Y ese conocimiento envió un afilado fragmento de arrepentimiento a través de él, pues supo qué había puesto la vergüenza en su cara y la desconfianza en sí misma en su alma.
Todo lo que el Sassunach le había dicho.
- ¿Y por qué no puedes desvestirte?- Le preguntó, como si se debiera torturarse a sí mismo oyendo las palabras de sus propios labios. - ¿Qué ha cambiado desde que yo partí que no puedas desvestirte ante mí? He visto suficientemente a menudo tu carne desnuda.- Él recorrió brevemente con la mirada su propia desnudez, agradecidamente en reposo. - Como tú has visto la mía.
- Todo ha cambiado- Ella volvió su cara lejos de la de él.
Refrenando otro furioso juramento, Edward cerró la distancia entre ellos y tomó su barbilla en su mano, obligándola a mirarle. - Nada se ha alterado salvo la tontería que has permitido que domine tu sentido común.
- No, Es mí sentido común lo que ha abierto mis ojos a la verdad. La única tontería de la que soy culpable es... es... haber pensado que podrías quererme.
Él no había esperado sentir semejante puñalada dolorosa de remordimiento, pero él la sintió. Por Rood, él la quería. Él la deseaba, también. Pero los estremecimientos de su cuerpo no eran otra cosa que lujuria. ¿Qué hombre podría quedarse tranquilo cada noche mientras una doncella movía sus suaves manos sobre su carne y no vivificarlo con una necesidad animal?
Sí, él la quería, pero no de la manera como ella lo deseaba.
No en un sentido romántico.
Semejante locura era mejor dejarla para jóvenes escuderos como Jasper, que todavía tenían que ganar sus espuelas.
Todavía sus corazones no habían sido desgarrados y pisados en la suciedad.
- A mí me importas, muchacha, - le dijo, esperando apaciguarla. - Te tengo en la más alta consideración. ¿Piensas que yo no he visto todo lo que has hecho aquí? Ahora deja de preocuparte por una mujer muerta que nada significa para mí, quítate tú traje, y ven a la cama.
En lugar de tener el efecto que él había deseado, sus palabras sólo parecieron hacerla más desgraciada. Y cuando, en la frustración, él empezó a ayudarla a desvestirse, ella se apartó de él, llevando sus brazos sobre su pecho como si se protegiera de un demonio que viniera directamente de las entrañas del infierno.
- No me toques, le advirtió. - No resistiré ser desvestida por ti otra vez. Tú no puedes hacer nada sino compararme con Lady Tanya aún... aún... no puede haber comparación. No soy bella.
- ¡Por el esplendor de Cristo!-explotó Edward. - ¿No me has escuchado decir que te quiero? ¿Debo decirte también que te deseo? ¿Es lo que deseas oír?- En un rápido movimiento, él la jaló contra su duro pecho. - Es verdad, ¿me escuchas? ¡Te deseo!
- No veo cómo puedes desearme.
- Maldición, pero agotas mi paciencia, - le dijo, envolviendo sus brazos apretadamente alrededor de ella. - Por los santos vivos, muchacha, ¿piensas realmente que he dormido estas noches pasadas? ¿Qué clase de hombre piensas que soy para mentir sobre eso, insensible, mientras tú dejabas que tus dedos vagaran sobre todo mi cuerpo?
Su mandíbula se cayó. - ¿Lo sabías?
- Sí, lo sabía, - él respiró, descansando su barbilla sobre su cabeza y deleitándose en la calida y femenina percepción de ella. Él pasó sus manos de arriba abajo sobre su espalda, dejándolas vagar más bajo cada vez hasta que las ahuecó en su trasero y la amoldó firmemente contra él, ella no podía negar la evidencia de su excitación. Ella medio enfadada dijo - Me has estado manejando.
- Y me volverás loca, si no me sueltas de inmediato.- Sus manos estaban aplastadas entre ellos y ella empujó fuerte contra su pecho. - ¿Has olvidado tu propio acuerdo? ¿No fuiste tú quien dijo que no deseaba una verdadera esposa?
- Está bien recuerdo las palabras, pero creo que ejerceré mis derechos como laird y cambiaré de idea.- Él resbaló una mano bajo el velo húmedo de su pelo y empezó a acariciar su cuello.
- ¿Podrías pasar tus manos sobre mí ahora, aunque sabes que estoy despierto? Entonces no tendré que esconder mi excitación de ti, - le sugirió él, la idea le producía ondas que golpeaban de intensa necesidad surgiendo desde su ingle. - Sería una experiencia mucho más interesante si no tengo que fingir que duermo.
Sus ojos se ensancharon, ya sea por el sobresalto de su sugerencia o por la deliberada intimidad del lento movimiento de sus dedos sobre la suave piel de su cuello. Ella pareció más perturbada que excitada, pero Edward no podía separar su mano. La suavidad pesada de su pelo fluyendo tan dulcemente sobre su mano hizo la retirada una imposibilidad.
Como lo hizo la suavidad de su estómago presionada tan tentadoramente cerca de su muy cargado miembro.
- ¿Qué dices, esposa?- Él la soltó y dio un paso atrás, abriendo de par en par sus brazos. - ¿Te importaría explorarme ahora?
- Oh, no, no podría, - ella respiró, las palabras apenas audibles sobre el fuerte repiqueteo de la lluvia contra de los postigos.
- Tú puedes y lo harás- Edward curvó su boca en la sonrisa seductora que él solía usar exitosamente en el pasado, pero ella todavía le miró boquiabierta, claramente alarmada.
- Te lo probaré, ¿Quizá con un beso?- Él persistió, bajando sus brazos.
Sus ojos brillaron en protesta, pero cuando Edward dio un paso adelante y asió sus hombros, ella sólo se puso rígida pero no trató de retroceder como había hecho antes. Animado, Edward la acercó más y acarició sus hombros y espalda, luego sus caderas y dulcemente la rodeo hasta que sintió disminuir su resistencia.
- Sí, pienso que te besaré, - le dijo, su cuerpo reaccionó a sus caricias. Ella se puso suave y caliente en sus brazos, casi pareciendo perderse en medio de él a pesar de las ascuas al rojo vivo de cólera todavía visible en lo profundo de sus ojos. - Un beso, milady, para probar el poder de tu pasión.
Bajando su boca hacia ella, él posó sus labios sobre ella con un beso suave y tierno que casi le costó sus últimas reservas de autocontrol. Con toda la moderación que él pudo convocar, dejó que su lengua fácilmente separara sus labios y gradualmente hizo más hondo el beso hasta que un pequeño suspiro escapó de ella.
Satisfecho, Edward moderó el beso para finalizar. Él enmarcó su cara entre sus manos y descansó su cabeza ligeramente contra ella. - eso no fue tan doloroso ahora, ¿lo fue? - Él preguntó, todavía degustando la pura dulzura de sus labios. - Deseo besarte toda la noche, cariño. A Toda tu.
- No... Por favor, milord, - protestó ella, su respiración suave y caliente contra su piel, la manera en que su cuerpo se derretía contradecía la atrevida mentira de sus palabras de rechazo. - No hagas esto.
- ¿Me temes?- Edward odio preguntar, pero él tenía que saber. Con fuego en sus ijares o no, él la dejaría partir si ella temía su toque.
- No, milord, yo no te temo, - dijo ella, y el corazón que Edward suponía que no tenía, se elevó. - Te he dicho que no estoy deseosa de tus atenciones.-
Ella se enfrentó con su mirada encendida, su voz sorprendentemente firme. - No competiré en una batalla en la que no tengo posibilidades de ganar.
Edward refrenó la invectiva oscura que se elevó en su garganta. - Nunca hubo una batalla, muchacha, y si la ha habido, tú habrías ganado.
Tan tiernamente como pudo, Edward la alejó de él. Su pulso revoloteó salvajemente en la base de su garganta, y la vista de eso le hizo jurar tomarla amablemente, ir con calma. Con una voluntad de hierro, él apartó a un lado sus dudas, su renuencia a ir contra su compromiso auto impuesto de monje, y se concentró en ganar la confianza de su esposa.
Que ya no tratase de huir de él, le animó mucho, pero ella seguramente lucharía por controlarse si él desataba la furia de la pasión que despertaba en él. Nunca había besado a una mujer con tal ternura, nunca le había causado tanta dificultad contenerse.
Pero si quería complacerla por completo, y lo haría, debía proceder lentamente y debía hacer uso de todo el conocimiento que poseía sobre la seducción. Edward se resistió a una amarga sonrisa en su mente. Cualquiera que fueran esas habilidades de las que él había hecho uso, fue largo tiempo atrás y quizás las había olvidado.
Concentrándose, exploró profundamente en su pasado, en el distante tiempo antes de Tanya. Lentamente, pequeños fragmentos regresaron a él, pero eran fugaces y también difíciles de retener, flotando lejos antes de que él pudiera hacer cualquier uso de los recuerdos que deliberadamente había suprimido.
Luego él recordó algo que su rey una vez había compartido con él. Bruce había jurado que hablar de amor preparaba a una muchacha más rápido que cualquier otra cosa. Una sonrisa lenta curvó los labios de Edward. Sí, él obedecería el consejo de su señor feudal y haría la corte a su esposa con palabras.
Sintiéndose más contento consigo mismo desde que él había entrado en la recámara, no, desde hacía años, Edward tomó una de las manos de su esposa y la paso lánguidamente bajo su pecho. Se animó cuando ella no trató de soltarse, él comenzó a conducir su mano en lentos círculos, dejándola sentir la textura de su piel, los contornos de sus músculos.
De súbito, el fuerte sonido de un trueno agitó las contraventanas y la luz de un relámpago iluminó la recámara, su atemorizante luz incandescente duró lo suficientemente para que Edward viera que Isabella había cerrado sus ojos y separado sus labios.
Como si esperara, deseando, otro beso. Sus íjares se tensaron a la expectativa. Muy suavemente, para no romper el hechizo que los estaba envolviendo, Edward trajo su mano para que descansara contra su palpitante corazón. - ¿Puedes sentir cómo agitas mi sangre? ¿Te gusta sentirme bajo tu mano?- le preguntó con voz ronca. - ¿Tocarme es placentero para ti?
Ella vaciló, luego asintió. No fue una vigorosa afirmación, pero equivalía a lo mismo.
- ¿Te gustaría tocarme por completo?- Ella casi inclinó la cabeza, pero se detuvo y giró su cara. Edward casi pudo sentir el calor furioso de ella al sonrojarse.
- Tú no tienes motivo para ser tímida conmigo, Isabella, - le dijo, pasando la parte de atrás de sus dedos bajo su mejilla. - Nunca te pediré que hagas nada que tú no tengas el deseo de hacer.- Tomando su barbilla entre sus dedos, él giró su cara de vuelta a la suya. - Pero tú has aprendido que puedes disfrutar tocándome mientras estoy despierto, ¿no tengo razón?
Edward entrecerró sus ojos hacia ella, intentando cautivarla con el poder de su mirada. - Y tú estás disfrutando de esto, ¿no es así?
- Sí, - admitió ella después de otro largo momento de vacilación.
Un tremendo sentimiento de triunfo recorrió a Edward. - ¿Me negarías tú lo mismo?
Tomando su labio inferior entre sus dientes, ella lentamente negó con la cabeza.
- Bien. ¿Entonces qué haremos finalmente con tus prendas húmedas?
Ella todavía lucía insegura, no, avergonzada, pero ella removió su arisaid, luego levantó sus brazos para aceptar su ayuda con el resto. En su aquiescencia, el tirón en la ingle de Edward se volvió insoportable. Luchando para mantener controlada su creciente pasión, él se dio prisa para librarla de su traje.
Cuando finalmente él había sacado la delgada camisola de su cuerpo, su necesidad fue más acuciante que nunca antes. La visión de ella, desnuda delante de él, liberada a su mirada, y no tratando de escudarse, casi le deshizo. Él sabía que era duro para ella permanecer quieta, sus brazos a los lados, mientras su mirada la recorría.
Pero ella lo hizo, y su buena voluntad de cumplir sus deseos a pesar de su infundada vergüenza despertó en él una necesidad profunda y primitiva que creía muerta desde hacía mucho tiempo. La necesidad de verdaderamente complacer a una mujer. Y ser uno con ella.
Su manera modesta, tan inocente y pura, tan poco artificial, agitaba algo en su vida que estaba enterrado profundamente dentro de él. El diablo podría tomarlo por un necio, pero él incluso sospechaba que ella lo deseaba. Verdaderamente lo quería.
Algo semejante a la felicidad bombeada a través de él frente a esa posibilidad. Una sensación de poder y de elevación que envió una porción de su dolor lejos, liberándole, y haciendo que la luz de un faro resplandeciera en la región más oscura de su alma.
Un maravilloso sentimiento de placer abrumador tan poderoso y profundo en intensidad emocional como el punzante tirón en su ingle era ferozmente carnal.
Una emoción poco familiar que él no había pensado experimentar, que nunca había esperado lograr. No con Isabella, no con cualquier mujer. Así de firmemente había aplastado su primera esposa los sueños de su joven corazón.
Nunca verdaderamente disfrutando la pasión, ella había tomado su placer bajo la idea de que su belleza y su desinhibido apetito carnal eran una mezcla bastante potente para hacerle que él, o cualquier hombre que cautivara con sus ojos, deseara ardientemente sus lascivos encantos.
Aún sólo la contemplación de su nueva señora, tan sencilla e inocente, le despertó más que el libertinaje practicado con Tanya en toda la vida que llevaron juntos.
Su gentil Isabella con sus curvas redondeadas y brillante pelo rojo lo enardeció, incluso el pensamiento de ella elevaba lejos su deseo.
Deleitándose en las exuberantes tentaciones de su esposa, tan diferente de la forma lisa de Tanya, Edward tragó difícilmente, su boca se había secado de necesidad.
¿Cómo había pensado él alguna vez que el delgado cuerpo de su primera esposa era tan deseable? Ni siquiera una vez ella había inflamado su sangre de la manera en que Isabella lo hacía. Nunca había él ansiado amar a Tanya tan dulcemente, tan completamente, como tenía la intención de hacerlo con Isabella. Como probando la fuerte atracción que él sentía por ella, Edward clavó su mirada encima del lujuriante nido de rizos rojo-dorados en la unión de sus muslos bien proporcionados.
Por todos los santos, pero él deseaba tocarla allí, fortalecer su pasión con sus dedos, luego darse un banquete en la carne de su dulce mujer con sus labios y su lengua hasta que ella gimiera su dicha, totalmente consumida por la estruendosa liberación que él tenía la intención de darle. Sólo entonces él saciaría su propia lujuria.
Afiladas saetas de anhelo candente lo atravesaron con el mero pensamiento de todas las formas en que él quería darle placer. La urgencia de su necesidad lo atrapó tan fuertemente que él sintió que las puntas de sus pies desnudos se enervaban. Si él no se aliviaba pronto, entonces explotaría en pedazos.
- Milord, - la voz de su señora atravesó la neblina de su pasión. - ¿Aun tienes la intención de besarme otra vez?
Sus cejas se levantaron con la sorpresa, pero, a decir verdad, su franqueza lo complació y calentó su sangre aún más. - Sí, eso haré, - le dijo, su voz ronca por la pasión, tan lleno, tan ansioso, que él apenas podía hablar. - te besaré completamente toda la noche, y no sólo en tus labios.
Ella aspiró bruscamente en busca del aire que sus últimas palabras le quitaron, y Edward percibió un fugaz vislumbre de su lengua. - Lo suficiente. No con exceso. - Con un gemido roto, él la atrajo en un salvaje abrazo, inclinando su boca sobre la de ella en un beso duro, profundo, y posesivo.
Un beso que tenía la intención de arrojar fuera los últimos vestigios de sus dudas y despertar el ardor que él sospechaba ardería tan brillantemente como el suyo. Refrenando su deseo lo mejor que pudo, Edward se enfocó sólo sobre ella. Él tenía la intención de asaltar sus sentidos hasta que ella se rindiera completamente, y empezó a asaltarlos. Él quería el completo abandono de ella.
Probando el fuego que ella poseía, su boca repentinamente se abrió más debajo de él y ella atrevidamente deslizó su lengua en la boca de él, enredando la suya con la de él en un erótico baile que envió los fragmentos de su freno fuera de control.
Conducido por los impulsos más poderosos que él alguna vez hubiera conocido, la tomó en sus brazos y la llevó a la cama. Sin interrumpir su beso, él usó su hombro para apartar de un empujón las cortinas de la cama y la bajó fácilmente, cuidando de no aplastarla bajo su peso. Por un largo momento, él permaneció equilibrado encima de ella, sólo sumergiéndose en el dulce néctar de su boca, chamuscado por el calor de su cuerpo, consumido por su necesidad de poseerla.
Su beso se volvió febril, su misma respiración mezclada en una sola hasta que parecía que él perdería su alma en el sabor, percepción, y olor de ella.
¡Y, que los santos lo ayudaran, él lo quería!
Como un hombre desesperado, largo tiempo privado de sustento, él raptó sus labios, saciando su sed, su hambre, como un poseído.
Ella gimió en señal de protesta cuando finalmente él se apartó. - No pares, - murmuró ella, su suave súplica fue directamente bajo su piel, haciendo otra grieta en sus defensas.
- Te besaré muchas veces esta noche, mi dama, - dijo Edward, pasando sus manos alrededor de los rellenos globos de sus pechos, deleitándose en la gloria de ellos. - Pero primero te daré el mismo placer que tú me has dado. En este momento mis manos vagaran por ti, te exploraré. Tú te recostarás y me lo permitirás.
Ella pareció derretirse, suavizarse, bajo el propósito mencionado. Mirándolo con los ojos ya no de un color castaño nublado sino de un rico y fundido ámbar, ella se ofreció a él. Sus muslos estaban todavía apretadamente juntos, y ella no dijo una palabra, pero Edward lo supo.
Él tomaría y ella daría.
La vista de su excitación, tan tentadoramente desplegada bajo él, y su voluntad de aceptar su necesidad, le hizo olvidar todo lo demás.
Él la empujó arriba para sentarse a horcajadas sobre sus muslos, luego se quedó con la mirada fija en ella, devorándola con su mirada. Nunca había estado una mujer mejor preparada para satisfacer el ardor de un hombre. Nunca hubo una mujer que encendiera más su pasión. Y nunca él se había sentido más indefenso, más víctima del punzante calor en sus febriles íjares.
Medio loco por su deseo de ella, y por la necesidad de ir despacio, Edward llevó sus dedos a sus labios y lamió el dedo medio de cada mano, mojando completamente los extremos de cada uno. Mientras ella lo miraba, sus dulces labios se separaron en creciente deseo, Edward tocó con sus dedos mojados las puntas endurecidas de sus pechos.
Un agudo lamento estallo en sus labios ante el contacto. Desmedidamente complacido, Edward usó las puntas humedecidas de sus dedos medios para lubricar sus pezones con lentos y pequeños círculos. Ociosamente, él jugó con ellos, tirando suavemente, o simplemente pasando la punta de uno de sus dedos de regreso y pasando de uno a otro sobre cada tenso pico hasta que las caderas de su esposa se elevaron sobre la cama, el montículo de su mujer instintivamente buscando el mismo doloroso placer que él despertaba en sus excitados pechos.
Sus caderas empezaron a moverse con un suave movimiento de mecimiento, y consciente o inconscientemente, sus muslos se abrieron. Cuando se abrieron lo suficientemente para que él la viera completa, los últimos vestigios de sus ridículos votos de abstinencia volaron, se esparcieron por todos lados a los cuatro vientos y se fueron tan completamente como si él los hubiera lanzado con la fuerza de un rabioso vendaval de verano. Con un gemido profundo que empezó en sus mismos huesos, Edward se dio cuenta que estaba perdido. Nada le impediría tenerla.
No ahora, no con su dulzura abierta tan invitadoramente debajo de él.
Ella era su esposa.
Él ya había tomado su virginidad.
¿Por qué él debería negarse a sí mismo placer? ¿O a ella?
¿No parecía ella desear ardientemente sus atenciones? Abstenerse era una tontería y no serviría a nadie.
Los santos lo sabían, él la satisfaría.
Y le enseñaría a satisfacerlo.
La de ellos sería una unión lujuriosa y agradable. Quizás él la mantendría acostada toda la noche, dándole placer hasta que ella estuviese floja de agotamiento y le rogara que cesara.
Él le daría a ella todo... todo excepto su amor.
Eso, él no podría dárselo a nadie, pues él no creía en tales emociones tontas. Pero él le daría su placer.
Noches y noches de placer.
Ella se tensó bajo él, luego el movimiento mecedor de sus caderas desaceleró, sus piernas se estiraron tensas. La cálida y almizcleña esencia de su excitación floto arriba de ella cuando instintivamente buscó su liberación, el profundo aroma femenino cerca volviendo loco a Edward. Luego ella se movió otra vez y la carne sedosa de sus muslos rozó contra su sexo abotagado. El contacto, fugaz como había sido, casi había causado que él derramara su semilla.
- Lo siento, muchacha, yo no puedo contenerme por mucho tiempo- sus palabras se quebraron en un gemido roto cuando su señora descansó dos dedos contra sus labios.
- Esta bien, milord, yo tampoco puedo.
Trabando su mirada con la de él, ella se arqueó hacia arriba, rozándose atrevidamente contra él, su cuerpo no dejaba duda de lo que ella, también, necesitaba. Ella abrió sus muslos para él, no completamente, pero en una invitación que un hombre no podría rechazar.
Aún así, Edward hizo una pausa antes de que él los urgiera a abrirse más. Él registró sus ojos, buscando miedo y no lo encontró.
Sólo deseo.
- Esto puede doler, una vez no es suficiente para que una doncella acepte a un hombre sin dolor, - él le advirtió, su voz profunda por el deseo y la emoción cruda.
- No tiene importancia. No me romperé, - Isabella lo animó, su mirada sosteniendo la de él. Luego ella cerró su mano alrededor de la longitud de él, guiándolo hacia su dulzura, arqueando sus caderas hacia arriba para darle la bienvenida.
El control de Edward escapó en una prisa irrecuperable con su toque, su muestra de aceptación completa y absoluta. Incapaz de negarse por más tiempo, él se zambulló profundamente dentro de ella. Codiciosamente, él tomó todo lo que ella le ofreció... acalorado incluyendo su virginidad.
Su grito de pasión se congeló en sus labios, mezclado con su agudo gemido de dolor justo cuando él rasgó la barrera que él pensaba que ya no existía.
Pero la había, y ambos habían estado engañados.
La consumación de su matrimonio nunca había tenido lugar.
Hasta ahora.
Aaaaa por fin se decidieron darle a eso, casi que no!
No se ustedes pero a mi se me subieron los calores con este capitulo tan hot!
Yo quiero un Edward así para mi!
