Capítulo 10

Volverás a mí

La tenue luz en la alcoba y el olor a encierro hacían evidente la cargada atmósfera de abandono.

—De verdad que no estoy de humor, Regina—formuló Emma, hecha un ovillo en el rincón más alejado de la cama, pegada a la pared.

—¿Ni siquiera para mirarme y darte cuenta que no soy ella?—preguntó en un susurro una inconfundible voz, entrando del todo a la habitación para seguidamente cerrar la puerta.

—¿Eres tú?—exclamó, sentándose de golpe para mirarla con detenimiento. Se quitó de la cara el cabello revuelto y sus ojos la miraron sin pestañear. Tal vez era un sueño…un mes completo imaginándose que de un momento a otro la vería atravesar esa puerta y ¿ahora estaba ocurriendo realmente o su mente había comenzado a divagar? Ya no estaba segura de nada. Sostuvo el aliento, pendiente de si se desvanecía o simplemente para comprobar que se trataba de Regina utilizando el collar, como venía sucediendo.

—Soy yo—confirmó, sonriéndole a penas. Estaba nerviosa, demasiado. Quería lanzarse a sus brazos y decirle que la había extrañado enormemente, pero debía controlarse. ¡Oh, dioses!, porque tiene que ser tan difícil, se lamentó silenciosamente, mordiéndose la mejilla interna.

—¡Volviste!—dijo sin poder creer que estuviera frente a ella. Era real. Margaret estaba en su habitación, frente a ella. Retiró las mantas que la cubrían, pero sin atreverse a levantarse.

—No dejaré que sigas arruinando tu vida, Emma—musitó, aun sin moverse.

—¡Detente ahí!—frenó las palabras, alzando su mano a la defensiva—. Si viniste con la capa de madre salvadora, márchate—exigió con reproche y con profunda rabia.

¿Por qué lo hacía? ¿Por qué se presentaba solo para hundirla más? Ya estaba harta…harta de todo, de la situación, del dolor…estaba agotada física y mentalmente. Necesitaba aire…necesitaba un respiro, un momento de paz, un solo maldito momento de claridad, y estando ahí no lo lograría jamás…Y fue en ese instante en el que vió sus gestos nerviosos y torpes, que se decidió…ella no cambiaría de parecer, lo sabía tan solo con observarla. No había venido para enmendar lo ocurrido. No estaba de pie en esa habitación para decirle que había sido un error estar separadas…todo lo contrario. Estaba frente a ella para delinear su postura, la de una madre queriendo recuperar lo que nunca tuvo…Emma se sacudió por un escalofrío repentino. Margaret jamás sería su madre. La amaba, la amaba como mujer, como amante. Nunca podría pensar en ella como otra cosa….y a la expectativa, con el silencio invadiendo la pequeña alcoba fue que lo supo, ya no había porque postergarlo más…Sería lo mejor para todos que se largara y a toda prisa. Y eso haría.

—Quiero ayudarte—expresó Blanca, dando dos pasos hacía ella, pero sin atreverse acercarse demasiado.

—No quiero tu ayuda, tú sabes lo que quiero, y claramente no lo tendré nunca…Me iré a Boston—soltó decidida, evitando cruzar miradas—. Dejaré a Henry al cuidado de Regina, necesito alejarme. No puedo seguir aquí—confesó con la voz quebrada.

Era lo mejor. Era ridículo seguir en ese pueblo, esperando algo que nunca llegaría. Comenzaría una nueva vida o intentaría hacerlo. Dejar atrás toda esta locura de cuentos de hadas, madres que aparecen de la nada, magia y mundos paralelos. Ya había sido suficiente. Su cordura estaba pidiendo a gritos que regresara a una estabilidad, que para ser sincera con ella misma, nunca tuvo. Pero se las arreglaría. Podía sobrellevarlo estando en Boston, trabajando de caza recompensas.

—Te perdí dos veces, una cuando naciste y otra cuando se rompió la maldición. Por favor, no me hagas esto, no podré soportarlo—rogó, desconsolada.

¿Se iría? ¿Se marcharía y la dejaría atrás? No podía estar sucediendo. Su respiración se aceleró con la solo idea de perderla. ¿Cómo habían llegado a este punto sin retorno? Sus sentimientos estaban mezclados con los recuerdos. La quería a su lado, todo su ser clamaba por amalarla sin restricciones, pero…¿cómo permitírselo? Era su bebé…su pequeña que había crecido sin ella. La misma que había introducido veintiocho años atrás en un armario para salvarla…no podía. Perversa y sucia…esa eran las palabras que definían sus pensamientos.

—¿Para qué me quieres aquí? ¿Para ser mi madre?—preguntó Emma, casi a los gritos y levantándose de golpe—. Cómo tú me dijiste el día que viniste a despedirte: "No puedo"…bueno, entérate que yo tampoco—escupió, tensando la mandíbula.

—No te marches, por favor—volvió a suplicar—. ¿Qué quieres, que me ponga de rodillas y te lo implore? ¡Lo haré!—aseguró, dispuesta hacerlo.

—No te entiendo, de verdad que estoy haciendo un esfuerzo—se exasperó, a punto de arrancarse los pelos—. Me quieres aquí , pero no como antes. ¿Cómo se supone que podré soportarlo?—estalló, haciendo un esfuerzo sobre humano para mantenerse en su sitio—. Te amo, no puedo fingir otra cosa. ¿Qué quieres que haga, que acepte ser tu hija y que olvide todo lo que ocurrió entre nosotras? ¡Es imposible! ¡No puedo! ¿Acaso tú sí?—inquirió con el pecho adolorido.

—¡No lo sé, Emma!—chilló, derrotada—. Lo único que estoy segura es que si te vuelvo a perder me muero—confesó, frotándose el rostro, quitando de sus mejillas las lagrimas que salían sin control.

—No me puedes estar haciendo esto, no puedes pedirme que me quede aquí para verte y recordar a cada instante como ya no me perteneces—dijo, histérica. ¿Acaso no se daba cuenta que se estaba consumiendo?

—Mi alma es tuya—susurró con el llanto vibrando por todo su cuerpo.

—No me alcanza—negó, abatida—. Contigo lo quiero todo, darme tu alma es como darme un suspiro…un dulce y helado suspiro, pero inservible—murmuró, ahogada—. ¿Cómo pude enamorarme de ti hasta el borde de la locura?, ¿cómo sucedió?—habló, buscando en su trastornado juicio una explicación sin respuesta.

Blanca, bajó su rostro. No podía darle una respuesta si ni ella entendía como había sido capaz de perder su propia cordura.

—¿Te estás alimentando?—preguntó Emma, inesperadamente y cambiando radicalmente de actitud—. Estás pálida,—dijo, alarmada. ¿Estaba enferma y quería ocultárselo?— ¿quieres que te lleve para hacerte un control? Tomo las llaves del auto y te acompaño—propuso, levantándose de golpe para buscar su chaqueta en aquel lio de ropa, frazadas y todo lo que no había juntado por un mes completo.

—Emma, —detuvo, caminando hacia ella para sostenerla del brazo con suavidad—tú estás peor que yo, por eso estoy aquí. No puedes preocuparte por mí, si ni siquiera te molestas en probar bocado y asear este desorden—dijo, mirando el desastre que era aquella habitación.

—¿¡Estas demente!? ¿Cómo no me voy a preocupar por ti?—frunció las cejas—. Me estaré muriendo, pero siempre me preocuparé por ti—aseguró, deteniendo sus movimientos para expresar la sinceridad de sus palabras.

—Regina nos arruinó la vida—musitó, mordiéndose el labio para ahogar la angustia oprimida.

—No, ahí te equivocas—contradijo, buscando sus ojos—. Gracias a ella, conocí a la mujer más maravillosa. Y daría lo que no tengo para recuperarla.

—Emma..

Emma acortó la distancia y tomando su rostro con ambas manos, la besó dejando que sus saladas lágrimas se mezclaran entres sus labios. La besó con lentitud e intensidad, dejando que sus labios demostraran todo el amor que no podía, ni iba a negar jamás.

La arrinconó contra la pared, al costado de la cama y presionando su cuerpo, logró que gimiera su nombre. Sus latidos acoplándose, sus labios buscándose con desesperación, sus cuerpos reconociéndose. Inmovilizó sus caderas, sin dejar de explorar su boca…Era suya, solo suya…sus reacciones, su respiración, su agitación se lo decían…no podía ser de nadie más.

—Por favor…Emma—suplicó Blanca en su boca, tomándola suavemente de los hombros para detenerla.

Debía ser capaz de estabilizar su enloquecido corazón que amenazaba su delgado juicio. Las piernas le temblaban. ¡La amaba…dioses, como la amaba!, pero ¿cómo admitirlo? Su niña, su preciosa niña se había convertido en su amante, en su amor, en su todo…debía ser fuerte y mantenerse firme, aunque su razón y su entera existencia ya fueran solo un doloroso recuerdo, los cuales no recuperaría nunca.

—Me moriré de amor, ¿te das cuenta?—sollozó Emma, pegando su frente a la de ella, sin apartarse y sin dejar de acariciar sus mejillas con los pulgares.

—No dejaré que ocurra—aseguró, cerrando los ojos. Sabía que si seguían en esa posición ya no lo soportaría. Su pecho aprisionando el suyo…por todos los dioses, estaba a nada de perder la batalla.

—¿Cómo lo impedirás si ni siquiera me dejas tocarte y tampoco marcharme?—preguntó, muriéndose por hacerle el amor y que con ese acto se terminara de convencer de que le pertenecía…que no había persona alguna que la amara como ella lo hacía.

—Puedo abrazarte—dijo, tomando sus manos, encontrando al fin una distancia entre ellas.

—Eso es lo que Regina ha estado haciendo—hizo una mueca de descontento.

—Pero yo no soy Regina.

—No, no lo eres—aceptó.

—¿Puedo abrazarte?—preguntó, alejándose para quitarse el saco y así poder respirar profundo y serenarse.

—¿Cuándo se invirtieron los roles?—torció los labios, mirando cada uno de sus pasos—. Siempre fui yo la que adoptó esa posición.

—Déjame ser fuerte por ti—pidió, acercándose a la cama para recostarse, y colocar un par de almohadas en el respaldo—. Permite que me haga cargo—dijo, extendiendo su brazo para que se aproximara.

Emma se acercó y acomodándose a su lado, aceptó el tan esperado contacto.

—¿Te acostaste con él?—interrogó en un susurro, apretando los ojos, sin atreverse a enfrentarla.

—No—contestó, acomodando dulcemente su cabello dorado detrás de su oreja.

—¿Te ha besado?

El silencio se extendió, dándole la respuesta.

Emma, se aferró a su cintura y lloró en la curva de su cuello, temblando sin control.

Blanca la abrazó con fuerza, acomodándola sobre su pecho. Y sin dejar de acariciar su cabello, lloró con ella. Sabía que sería inútil explicarle que había sido un beso robado y extremadamente corto. El daño ya estaba hecho y por ese motivo guardó silencio.

Sus vidas eran un desastre.

—¿Te quedarás conmigo esta noche? No te marche, por favor—musitó, sin despegarse—. Hace un mes que no duermo sino es con ayuda de pastillas—confesó, avergonzada.

—¿Te irás a Boston?—se vio preguntando con un lastimoso nudo en la garganta.

Emma alzó su rostro para mirarla y con el corazón hecho trizas, dijo en un susurro:

—Intentaré soportarlo.

—Entonces, por supuesto que velaré tu sueño—asintió, dándole un beso en la frente, animándola para que cerrara los ojos. Un suspiro de falso alivio se coló por sus labios. No se iría, pero ¿hasta cuándo podrían soportarlo?

No era suficiente y nunca lo sería, pero era lo que le estaba ofreciendo y Emma no iba a despreciarlo…tomaría y recibiría lo que le permitiera.

Cerrando los ojos y aspirando profundo para recordar su aroma, se dio cuenta que a partir de ese día, su ya roto y deshilachado camino iba a ser el peor de los calvarios.


La sombra en la ventana de la habitación de Emma se esfumó de golpe, sin que ninguna de las dos se diera cuenta.

Sumergidas en lo que estaban atravesando, ignoraron que por las cortinas a medio cerrar y con la oscuridad de la noche como resguardo un par de ojos y oídos habían estado al pendiente desde el inicio de la conversación.

David calló de rodillas en el acolchonado césped y tomándose el pecho obligó a sus pulmones a rellenarse de aire.

Su mujer y su hija…no, debía ser una confusión, una gran confusión. No podía ser, se dijo apoyando sus manos en el suelo para ayudarse a levantar.

A los tropezones salió del pasillo, tratando de no ser escuchado.

Caminó trastabillando rumbo al apartamento, con su cabeza a punto de colapsar. Y con la calle desierta, sintió como la sangre se le iba acelerando, fluyéndole desbordada.

¿Qué está pasando? ¿Blanca tiene una relación con…? No, es de locos, simplemente es una equivocación. Seguramente entendí mal…pero las vi besándose. Tiene que haber una explicación lógica para lo que ocurrió en esa habitación, se repitió, sudando frío.

Regina se lo había gritado prácticamente en a cara, en el apartamento…Regina lo sabía…su mujer había tenido relaciones con su hija.

¿Cómo demonios había ocurrido?, ¿cómo habían terminado enrollándose?

—¿Qué voy hacer?—se habló a sí mismo, sin lograr razonar—. ¡Maldita sea!—maldijo, sobrepasado.

Lo más sano para todos era que se lo guardara para él. Blanca no debía enterarse de que lo sabía. No podía correr ese riesgo.

Y fue en ese momento que sus sentidos se agudizaron.

Se tomó un momento para respirar profundo y se dio cuenta que estaba en sus manos acabar con esta locura:

Recuperaría a su esposa y a su hija. Blanca era el amor de su vida, su amor verdadero, no pretendía perderla. Y Emma, tarde o temprano, terminaría accediendo. Ellos eran sus padres y su mujer era suya, no la de su hija, ¡Por amor a los dioses!, bramó internamente, invadiéndole un primitivo instinto de propiedad.

Voy a solucionarlo. Cueste lo que cueste, Blanca volverás a mí, se convenció llegando al edificio, subiendo los escalones de dos en dos.


Aquí volví! Pude terminar el cap, por fin! Blanca volvió a ver a Emma. Lo sé, no era lo que estaban esperando, pero van por buen camino… Y omg, David se enteró de la peor manera. Eso le pasa por espiar lo que no debe jaja.

Espero que les gustara.

Como siempre, comenten y abrazos.


Ragamuffin47: Y sí, David se enteró de la peor manera. Veremos que hace a partir de ahora.

Guest: De a poco se van acercando. Falta un quiebre para que Blanca se lance. En el próximo capítulo estará más claro.

Wishforbetter: Oh, desde luego, Blanca terminará con Emma, aunque tendrán que atravesar bastantes cosas. Qué bueno que te guste la historia.

Luna de Swan: Blanca es increíblemente celosa, lo demostrará en futuros capítulos jajaja. Y pobre de Regina que las tendrá que soportar.