Disclaimer: Los personajes son de JK Rowling y la historia de Mary Balogh

Muchas gracias por sus reviews y como lo prometido es deuda aquí un nuevo capítulo de esta hermosa historia.

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Dejó el abanico sobre el sofá en la sala de espera privada y se quitó los guantes. Luego se despojó de las plumas deshaciendo algunos bucles ensortijados. La jovial sonrisa que había lucido toda la tarde y la mitad de la noche, había quedado aparcada en el umbral. Parecía agotada y estaba pálida. No miró una sola vez a Harry, pero no trató de escabullirse metiéndose en su vestidor.

—Estuviste al borde de la indiscreción — dijo él.

—Muy cerca, quizá —concedió ella, jugueteando con el diamante que colgaba de su pecho—. Pero no excesivamente. No hay nada reprensible en pasear con un invitado por un jardín iluminado con faroles.

—¿Y sentarse a la sombra en un lugar apartado del camino? ¿Y darle la mano para que se la lleve al corazón?

«¿Cómo iba a olvidarte?» «Ha sido muy amable.» Esas frases le martilleaban la cabeza desde que las había oído hacía tres o cuatro horas. Todavía no había tenido ocasión de analizar por qué lo habían afectado, enojado y… herido tanto.

—No le di la mano. Fue él quien la cogió. Yo la estaba retirando.

—Ah, te ruego que me perdones. —Permanecía de pie ante la chimenea, con las manos apretadas a la espalda, escrutando la cabeza inclinada de la ojimiel— Todo fue fruto de la coacción, supongo. El baile, la salida al balcón y la bajada al jardín, la elección de un banco apartado en la oscuridad. Y que se cogieran de las manos.

—Harry… —comenzó Hermione, pero luego pareció que no encontraba nada más que añadir. Tenía los ojos nublados por la tristeza.

—¿Quién es? Confieso que no me suenan ni él ni su apellido.

—El vizconde Malfoy es hijo del conde de Slytherin —contestó ella— Viven en Didcote Park, a ocho kilómetros de Gryffindor.

—Ah —replicó él, consciente de que se estaba comportando como un marido celoso convencional, pero al mismo tiempo incapaz de controlarse. Hermione lo había deslumbrado durante la primera hora de baile. Había estado… Sí, había estado en enamorándose un poco de ella. Quizá no fuera malo que hubiera ocurrido algo que lo devolviera a la realidad. Pero no por ello dejaba de sentirse enfadado y herido.

La castaña pugnó por añadir algo, pero se limitó a agitar la cabeza y a manosear una de las plumas que yacían sobre sus guantes.

—Me mentiste —dijo él— Me dijiste que no había nadie más. Me dijiste que no había nadie con quien desearas casarte.

—No —replicó ella— Dejé que lo supusieras y luego no te contradije.

—Fue una mentira por omisión —dijo él— y no por acción. Pero no deja de ser una mentira. Tendrías que habérmelo dicho. En la terrible escena del jardín me tocó injustamente el papel de villano.

—Así que no oíste todo lo que dije. —Apartó la mano de la pluma y aferró con ella el diamante que le colgaba del pecho— Le dije que me salvaste, a mí y a todas las personas que dependen de mí. Le dije lo amable que habías sido conmigo.

—¡Amable! —le espetó él, en un tono y con una fuerza muy semejantes a los que había empleado Malfoy unas horas antes— No me dedico a intercambiar cortesías, señora. Nunca me habían acusado de ser un hombre amable. Me casé contigo para pagar la deuda contraída con un moribundo.

—En ese caso ¿por qué estás tan enfadado?

Era una pregunta incómoda, para la que no tenía respuesta.

—No volverá a haber ninguna cita privada como la de hoy— prosiguió Hermione— ¿Es eso lo que temes? ¿Qué te ponga en evidencia y cubra de oprobio a tu familia? No va a ocurrir. Escogí deliberadamente no esperar al vizconde Malfoy y casarme contigo. No ha habido ninguna traición, Harry. Nuestro matrimonio nunca ha aspirado a ser más que un pacto de conveniencia. No esperábamos pasar más de dos o tres días juntos, ¿no es cierto? Acepté las consecuencias de mis actos. Y las sigo aceptando ahora.

Harry sabía que debía dejar las cosas como estaban. Hermione se estaba mostrando razonable y sincera.

Supongo —dijo— que tu amante era él.

La ojimiel movió la cabeza lentamente, aunque no para negar sus palabras, o eso le pareció al pelinegro.

—Dejémoslo así, Harry —contestó— Todo eso forma parte del pasado. Ha desaparecido. Ya no existe. —Había un ligero temblor en su voz, aunque el ojiverde tuvo que contentarse con imaginar la causa de su emoción.

—¿Seguro? —preguntó. Detestaba poder ponerle un nombre y un rostro al amante de Hermione— Es hijo de tu vecino. Cuando te acompañe hasta Gryffindor me iré para no volver jamás.

—Harry. —Aferraba el diamante con tanta fuerza que tenía los nudillos pálidos— No me hagas esto.

La miró pensativamente. No le había importado lo más mínimo que no hubiera llegado virgen al matrimonio; como mucho le había sorprendido. Pero sí le preocupaba que siguiera amando a aquel hombre, que la necesidad de casarse con él y no con Malfoy hubiera destruido todas sus esperanzas de felicidad futura. Se sentía como el villano de la representación, aunque sabía que no lo era y que Hermione no lo veía así. ¡Maldita sea!, se lo merecía todo por idiota. ¿Había bajado tanto la guardia como para enamorarse de la castaña? ¿Y descubrir entonces que ella ya le había dado su corazón a otro? ¿Y sabiendo perfectamente que había dado su palabra de honor de dejarla para siempre al cabo de un par de semana? ¿No había pasado tantos años diciéndose que donde mejor estaban los sentimientos tiernos eran guardados bajo siete llaves, en un lugar muy profundo de su corazón, que había llegado a convencerse de que tales sentimientos no existían? Sus esfuerzos le habían costado granjearse aquella reputación de hombre con un autocontrol férreo.

—Tiene usted razón —dijo— Toda la razón del mundo. No diremos nada más sobre este asunto. Pero desalentará a Malfoy si trata de tener otra cita a solas con usted.

Hermione apretó la mandíbula y se le endureció la mirada.

—Eso no era necesario, Harry —dijo— No hagas de marido déspota conmigo. He tenido la oportunidad de escoger entre mi propia felicidad y esperar la llegada de mi amor o pensar en la felicidad ajena y casarme contigo y te he escogido a ti. Si pudiera dar marcha atrás y me enfrentara a las mismas circunstancias, lo volvería a hacer. He elegido y seré fiel a mi elección. No en nombre de los Potter, sino por respeto propio.

Él le hizo una pequeña venia.

—No diremos ni una palabra más sobre este asunto. Le deseo buenas noches.

Hermione lo seguía mirando, con la cara pálida y las mandíbulas apretadas en un gesto de terquedad. Él se dio la vuelta y salió a grandes pasos en dirección a su vestidor personal. En realidad nada había cambiado. Nada y todo. Una cosa era haberse casado con ella cuando parecía que la boda lo único que haría sería permitirle a Hermione conservar su casa, su fortuna y sus queridos casos perdidos. Otra muy distinta era saber que había destruido un sueño de amor, que debía de haber sido apasionado. La ojimiel no era una mujer que hubiera perdido su virginidad si no hubiera amado apasionadamente y no se hubiera comprometido a casarse con su amante. Había pasado una semana durmiendo con ella, enormemente satisfecho con sus relaciones sexuales y con ella, aunque el componente emocional de sus encuentros había ido creciendo sin que él se diera cuenta. Hasta ese momento no había comprendido que no lo atraía solo el sexo, al menos a él. Ella también había disfrutado durante esas noches, estaba seguro. Pero para ella había sido una relación física, como él había creído también en un principio. Todo el tiempo el corazón de Hermione probablemente había echado de menos al amante que no había regresado.

Era un descubrimiento sumamente desagradable. Humillante. Y muy doloroso.

Cerró la puerta detrás de él y advirtió que no estaba solo.

—Creí que te había dicho que no me esperaras despierto —dijo, alzando las cejas—. Soy perfectamente capaz de quitarme la ropa y meterme en la cama sin ayuda, Severus.

—Ya lo sé —concedió su ordenanza— Pero tirará las prendas como si fueran harapos, señor, y me llevará un tiempo infinito deshacer las arrugas y plancharlas. Prefiero sacrificar tres cuartas partes de las horas de sueño.

—Eres de lo más impertinente —dijo Harry— No sé por qué te mantengo conmigo. No te quedes ahí mirándome como un mártir. Ayúdame a salir de este gabán. Habría que obligar a quien diseña los uniformes militares a ponerse en primera línea durante una batalla. Así aprenderían la lección, si es que vivían lo suficiente para aprenderla.

Decidió que esa noche dormiría en su propia cama. Esa noche y el resto de las noches de su vida. No volvería a visitarla. No podía. No podría soportar volver a tocarla.

Estaba destrozado.

Hermione permanecía en su habitación escribiendo una carta a los suyos. Tenía tanto que contar que no sabía por dónde empezar. Pero en lugar del buen ánimo con el que contaba estar por la mañana, se sentía abatida y a punto de llorar, aunque no había logrado hacerlo en todo el resto de la noche, después de acostarse. De acostarse sola.

Draco había vuelto a Inglaterra hacía dos meses. ¡Dos meses! En todo ese tiempo no había tenido ni un solo día para ir a verla a Oxfordshire. Su vida social lo había tenido demasiado ocupado. Durante más de un año —y antes más tiempo aún— había esperado y suspirado por un hombre que nunca había tenido intención de desposarla. Ahora comprendió que esa era la verdad, aunque no sabía qué ocurriría con sus sentimientos. Era demasiado pronto para saberlo.

Pero los recuerdos de Draco se mezclaban con visiones de Harry. ¿Por qué se había enfadado de ese modo? ¿Por qué se había comportado como un marido celoso y déspota al que hubiera engañado? ¿Y por qué ella no estaba simplemente enfadada? ¿Por qué le había dolido tanto que la volviera a tratar de «señora»? ¿Por qué le había parecido la cama tan vacía sin él? ¿Por qué, si seguía amando a Draco, le había parecido durante la primera parte del baile que estaba enamorándose de Harry? ¿Era posible amar a dos hombres?

Aunque no se sentía en absoluto alegre, la castaña se echó a reír mientras arreglaba la pluma después de escribir una frase. Pensaba en que amaba a dos hombres, uno de los cuales no tenido nunca la intención de casarse con ella, mientras que el otro se había casado con ella y tenía la intención de abandonarla para siempre, de acuerdo con el pacto mutuo y sus deseos explícitos.

Había acabado el primer párrafo de su carta, con una prolija descripción de su aparición en el palacio Saint James, cuando la puerta se abrió de golpe.

—¡Vaya, aquí está! —dijo Ginebra— Pensé que a lo mejor seguía en la cama. Es increíble me he quedado dormida y me he perdido la cabalgata matutina con Harry y Bill. Supongo que no monta usted a caballo….

—¡Pues claro que sí! Crecí en el campo.

—Pero si nunca ha venido con nosotros —dijo la pelirroja.

—Nunca me lo han pedido.

—¡Vaya, mujer! —exclamó Ginebra acercándose— Si espera a que alguien se lo pida siendo una Potter, Hermione, se quedará mustia en la oscuridad como una violeta marchita. Lo que, por cierto, pensaba yo de usted hasta ayer por la mañana. Hace un montón de tiempo que no me divertía tanto como cuando la vi bajar la escalinata vestida de negro, con la nariz tan de punta que por lo menos parecía una duquesa. Y admiré su temple ayer por la noche. Estoy segura de que la tía Rochester le dijo terminantemente que no debía sonreír como una calabaza de Halloween, sino limitarse a agraciar a los invitados con una sonrisa distante y graciosa.

—¡Madre mía! ¿Así es como sonreía?

—Harry estaba más que encantado —añadió Ginny— Me atrevería a apostar a que ustedes dos serán hoy la comidilla de todos los salones de moda. Una pareja de casados que tiene la desfachatez de mirarse en público con cara de estar a punto de devorarse. Estoy orgullosa de usted. Por supuesto, todos estábamos convencidos de que, cuando Harry cayera, se enamoraría hasta la médula. Supongo que lo mismo puede decirse de todos nosotros.

—Sí, pero… —comenzó Hermione.

Su cuñada agitó la mano con impaciencia.

—Vaya a ponerse la ropa de montar y daremos una vuelta por el parque. Supongo que tiene ropa, ¿no es así?

—Sí, un equipo nuevo. Pero no tengo caballo.

—Cedric tiene las cuadras a rebosar. Son todos ejemplares de primera. Haré que ensillen uno más. Espero que no necesite usted uno inválido.

—La castaña lanzó una carcajada y secó la pluma. Ya tendría tiempo de acabar la carta más tarde. Quizá un poco de aire fresco le aclarara las ideas.

—Perfecto —aprobó Ginebra— Desprecio a las mujeres que gritan aterradas cada vez que un caballo trata de correr más rápido que un trote corto y se ponen a buscar frenéticamente a un hombre que vaya galopando a su rescate.

Veinte minutos después iban trotando por las calles de Londres en dirección a Hyde Park. Le encantaba volver a montar a caballo, en especial porque su montura era excelente. A pesar de todo, le resultaba extraño y un poco peligroso maniobrar entre vistosos carruajes, carretas y viandantes como cruzaban.

A su paso las cabezas se volvían. Por supuesto, se debía sobre todo a la pelirroja. Envuelta en un traje de montar verde bosque, con un vistoso sombrero decorado con plumas apoyado sobre la cabellera, suelta y lisa, que le bajaba hasta la cintura, resultaba enormemente atractiva, aunque nadie la hubiera calificado de hermosa tradicional. A su lado, La ojimiel se sentía muy modesta y recatada con su traje azul celeste nuevo y los cabellos recogidos bajo un sombrero del mismo color.

—¿Vendrá a nuestra mansión a pasar el verano? —le preguntó Ginebra— Sé que a Harry solo le queda un mes de permiso, pero usted podría quedarse un poco más y conocer a Ron, abreviatura de Ronald, como seguramente sabe, y a Luna. ¿O seguirá a los tambores del regimiento?

—Ni lo uno ni lo otro —replicó Hermione— Poco después de la cena de Estado en Carlton House regresaré a Gryffindor y allí me quedaré. A lo mejor ni el duque ni Harry le han explicado la naturaleza de nuestro matrimonio.

—¡Oh, al diablo con eso! ¿¡No irán a atenerse a ese estúpido pacto! Se morirían de aburrimiento al cabo de un año. Si yo estuviera en su lugar, exigiría un hueco en la vida de mi marido, y también en la de su familia.

—Pero yo no… —empezó la ojimiel.

—Harry es mi hermano favorito —dijo Ginny— Es importante para mí que sea feliz. Y no es que no los quiera a todos, incluido Cedric. Pero Harry es… especial.

Hermione seguía a su cuñada por los vericuetos que conducían al parque e inmediatamente recordó lo que había sentido cuando Harry la había llevado por el mismo lugar el día de su boda. Parecía que hubieran vuelto al campo como por ensalmo. Pero le intrigaba lo que acababa de decir Ginebra.

—Especial ¿en qué sentido? —le preguntó.

—Bueno, por ejemplo, fue el único que me apoyó sin dudarlo hace tres años. ¿Le ha contado algo al respecto?

—No. —Pero la castaña recordó algo—. Sí me dijo que se había peleado con el duque y abreviado su estancia hace unos tres años. ¿Tenía que ver con usted?

—Me acababa de comprometer con el vizconde Crewey, vecino nuestro, primogénito del conde de Redfield. Hubo una escena espantosa, porque yo quería casarme con Colin, su hermano menor, y cuando este se enteró de mi compromiso, vino a galope tendido a nuestra mansión, resoplando como una locomotora. Y aporreó la puerta hasta que le abrió Ron. Se pelearon sobre el césped hasta hacerse sangre y Colin volvió a su casa y le rompió la nariz a Dennis, o quizá fue al revés. El caso es que se produjo un escándalo sensacional, muy digno de los Potter. Harry llegó a casa de permiso al cabo de unos días.

—¿Y se puso de su parte? —dijo Hermione. Qué terrible que fuera el único. Pero ¿cómo pudo el duque de Bewcastle hacer caso omiso de sus sentimientos?

—Obviamente, todavía no conoce a Cedric —respondió Ginny— Además, yo había accedido a comprometerme. Después de todo, Dennis era el primogénito y yo sé cuál es mi deber.

Iban por el césped, sin seguir ninguna senda. Los pájaros cantaban. Se iban cruzando con otros jinetes y amazonas.

—¿Qué ocurrió? —preguntó la ojimiel— ¿Sigue usted comprometida con él tres años después?

—Murió —dijo la pelirroja encogiéndose de hombros— Y Colin se convirtió en el heredero. Una deliciosa ironía, ¿no le parece? El año pasado, cuando regresó Colin, que también había estado combatiendo, Cedric pensaba en ingeniárselas para que nos casáramos. Pero volvió con una prometida, una señorita tímida y bien educada, insípida, se lo aseguro. Le deseo una larga y tediosa vida a su lado. Para mí fue como si me liberaran de un deber. Prefiero mil veces seguir libre que casada con un antiguo pretendiente.

Hermione la observó con detenimiento. Dudaba mucho que a Ginebra no le importara. El solo hecho de que se mostrara tan hostil con la novia sugería que sí le había importado, y mucho, y que quizá aún le importara.

—¿Por qué más es Harry especial? —preguntó luego. Se moría de ganas de que le hablara de él.

Ginny señaló un lugar que tenían delante con la fusta.

—Ahí está Rotten Row. Allí podremos probar de qué madera están hechos estos caballos. Harry siempre fue el más serio de todos, si esa es la palabra justa. Adoraba a nuestro padre y fue el más afectado por su muerte. Solía acompañarlo cuando visitaba las granjas y consultaba a su administrador. A veces, cuando desaparecía sin dejar rastro, solían encontrarlo en los campos, trabajando mano a mano con los agricultores. Era un niño alegre, sonriente, de risa fácil.

—¿Harry?

—Y de repente murió nuestro padre y comenzaron tremendas peleas con Cedric —prosiguió Ginebra— Aunque en general no parecían peleas. Cedric es incapaz de pelearse con alguien si hay otra persona en la misma habitación. Se lleva al rival consigo a su biblioteca, desde donde puede oírse una voz que grita con intervalos de silencio. Los silencios son la respuesta de Bewcastle. Nunca levanta la voz. Nunca le hace falta hacerlo. —Ginebra suspiró— Es así de poderoso.

—No me gusta —dijo Hermione, y de inmediato se mordió la lengua por haberle dicho semejante cosa a su hermana.

Pero por toda reacción Ginebra se echó a reír.

—No siempre ha sido así. Los dos han cambiado. Harry siguió siendo fiel a los demás. A mi edad no me dejaban sacar la nariz fuera de casa sin una carabina. Y Harry siempre estaba dispuesto a hacer ese papel, aunque estuviera ocupado con otro asunto. Siempre tenía tiempo para ir a pescar o a cazar con Bill o Ron. Siempre pasaba un rato con Luna en el cuarto de los niños.

Las lágrimas que Hermione no había podido verter la noche anterior se le agolparon entre la garganta y el pecho. Le hacía daño. Era mucho más cómodo conocer a su marido únicamente como un hombre frío y taciturno.

—¿Por qué se peleaban constantemente? —preguntó al cabo.

—¿Quién sabe? —dijo Ginny— Ah, por fin Rotten Row. Y no demasiado atestado, gracias a Dios. ¿Por qué no se lo pregunta a Harry? Está casada con él. ¿No conversan entre ustedes?

A la ojimiel le alivió comprobar que su cuñada no esperaba una respuesta a su pregunta. Espolearon sus caballos, que echaron a correr con un galope corto. Rotten Row era un hipódromo de pista ancha, larga y recta, exclusivamente para uso y disfrute de los caballos y sus jinetes. Los caminantes se mantenían a cada lado de la verja.

—Le echo una carrera hasta el fondo —dijo Ginebra, quien de inmediato picó espuelas y salió disparada como una exhalación, encaramada al cuello de su montura.

Hermione salió corriendo detrás. Cuando llegaron al Hyde Park Corner, al final de Rotten Row, prácticamente a la par, las dos iban riendo.

—¡He ganado! —exclamó la pelirroja.

—¡Por un pelo! —protestó la ojimiel— Y porque ha salido con un cuerpo de ventaja….

—¡Vaya, vaya, vaya! —dijo una voz varonil arrastrando las palabras— ¡Así que ahora tenemos a dos asilvestradas en la familia! O tres asilvestradas, cuando venga Luna el año próximo.

Era Bill, que probablemente acababa de llegar al parque. Junto a él iba Harry. Hermione se sintió incomoda. No lo había visto desde que había desaparecido en su vestidor la noche anterior. No sabía si estaban o no enfadados. Si esa mañana iban a hablarse o no. Él la miraba con las cejas levantadas.

—No sabía que montaras a caballo —le dijo.

—No me lo has preguntado. —Lo miró con la barbilla erguida, sin ningún rastro de alegría en el rostro.

—Me parece que se está cociendo una pelea conyugal —comentó Bill— ¿Me echas una carrera hasta la otra punta de parque, Ginny? ¿O estás agotada después de esta victoria tan ajustada?

La respuesta de la pelirroja fue una carcajada burlona. Hizo volver grupas a su caballo y salió otra vez de estampida, con Bill pisándole los talones.

Harry llevaba su viejo uniforme. Parecía perfectamente a gusto con él, sobre el poderoso caballo con el que había ido a Londres para la boda. Su aspecto era más adusto incluso de lo habitual.

—Cualquiera de estas mañanas, cuando me levantaba de la cama y anunciaba mi intención de irme a montar con Bill y Ginebra, podrías haberte unido a nosotros.

—Los primeros días no tenía ropa de montar.

—Eso tenía arreglo. Bastaba con decirle una palabra a la señorita Brown y te la habría tenido lista y entregada en un par de horas.

—¿Tienes tanto predicamento como el duque o tu tía? —preguntó.

—Por supuesto —contestó, algo sorprendido— Vamos a montar.

Se pusieron a pasear lado a lado por Rotten Row, sin decir nada durante un rato. Saludaron a algunos paseantes y jinetes, varios de los cuales había conocido Hermione la noche anterior.

—Ginebra me ha contado lo que ocurrió hace tres años y el verano pasado.

—¿Lo de Colin? —Harry saludó a un jinete— Según Ronald estaba sumamente dolida, pero no lo admitirá en la vida, aunque la torturen en el potro.

—¿De modo que lo amaba? —preguntó la ojimiel.

—Una de las características de los Potter es que no aman con facilidad pero, cuando lo hacen, aman con gran intensidad. Cualquiera lo diría conociéndonos, ¿verdad? Claro que, de nuestra generación, la única que ha conocido el amor ha sido Ginebra, así no puedo estar seguro de lo que digo. Me temo que le costará mucho tiempo recuperarse. A lo mejor no lo logrará jamás.

«De nuestra generación, la única que ha conocido el amor ha sido Ginebra.» Aquella frase le dolió inesperadamente. Y sin duda alguna refutaba cuanto había afirmado su cuñada. Pese a todo, Ginny había dicho casi exactamente lo mismo sobre el amor en la familia Potter. Qué lástima que la pelirroja hubiera perdido al hombre que amaba y que a Harry el honor lo hubiera empujado a un matrimonio sin amor. El entusiasmo de la noche anterior parecía perderse en un limbo lejano y brumoso.

—Vendrás a montar a caballo con nosotros todas las mañanas, a partir de mañana mismo —dijo él secamente— Haré que tu doncella te despierte a tiempo.

¿No la iba a despertar él personalmente? ¿No iba a volver a su cama?

—Gracias —replicó.

—Y si deseas algo más —añadió, o visitar algún lugar, infórmame de ello y te haré compañía.

Era un ofrecimiento glacial, hecho por cortesía. De un marido servicial.

—Gracias —contestó ella—, pero creo que seré capaz de distraerme sin su ayuda, coronel. Su tía ya ha aceptado varias invitaciones en mi nombre y me acompañará ella. No es necesario que te molestes.

—¡Maldición, Hermione!—dijo en voz baja, con fiereza, después de un momento de silencio tenso y hostil—. ¡Maldición!

—Ella se quedó paralizada por la sorpresa. ¿Por qué la censuraba? ¿Y por qué con un lenguaje tan duro? Apartó su montura y se dirigió hacia la verja, donde intercambió unas cuantas frases con una joven y su madre, que había conocido en la cola de la recepción en el palacio de Saint James.

La semana siguiente, Harry pasó cierto tiempo en compañía de su mujer, especialmente durante los paseos a caballo por el parque temprano por la mañana, que la castaña no se perdía nunca, y en dos bailes, un concierto privado y una visita al teatro, donde ocuparon el palco de Bewcastle. Pero incluso en esas ocasiones solían hacer lo posible por evitar quedarse a solas. Harry pasaba la mayor del tiempo con Bill o con sus amistades militares, la mayoría de los cuales se encontraban en Londres para asistir a las ceremonias de celebración. Por las mañanas iba al White's Club o a Tattersall's; por las tardes, a la sala de boxeo Jackson o a las carreras de caballos; después de cenar en la mansión familiar solía ir a algún club. Las noches las pasaba solo en su cama. Por lo que supo, su mujer no tuvo más encuentros con Malfoy. El tiempo que no pasaba en compañía de Harry estaba en casa o con la tía Rochester, Ginny o ambas. No le hacían falta perros guardianes. Le había dicho que sería fiel a su matrimonio y él la creía. Pero detestaba la idea de cuánto debía de añorar un nuevo encuentro, por fugaz que fuera, con su amante. Y se odiaba aún más a sí mismo por unos celos que no lograba reprimir.

Contaba los días que faltaban hasta que todos los jefes de Estado de Europa se congregaran en Inglaterra y tuviera lugar la cena de Estado en Carlton House. No concluirían entonces las celebraciones oficiales. Pero Hermione sería libre de volver a su hogar. No dudaba que se iría lo antes posible. Lo esperaba ardientemente. Quería que se fuera, que se fuera de la mansión Potter y de su vida. Pero al mismo tiempo, esa perspectiva le producía pánico.

Detestaba todo ese estúpido sentimentalismo.

Por fin llegó el día de la visita de los jefes de Estado y todos coincidieron por una vez a la mesa para el desayuno, hasta Cedric, que no había asistido a la Cámara de los Lores.

—¿Habéis visto alguna vez las calles de Londres tan atestadas? —preguntó Ginny sin dirigirse a nadie en particular— Hemos llegado al parque a duras penas, y la vuelta ha sido aún peor. ¿Has salido ya a la calle, Cedric?

—Todavía no. Y es posible que no salga en todo el día. Preferiría no tener que estrujarme con el populacho londinense. Pero esta vez parece que se confirma el rumor de que los visitantes aliados ya han puesto pie en tierra inglesa. El duque de Clarence llevó a algunos hasta el puerto a bordo de su Impregnable y lo esperan hoy en Londres.

—Eso es lo que parece creer todo el mundo aquí— dijo Bill— Y todo el mundo, perros y canarios incluidos está decidido a salir a darles la bienvenida. Supongo que la verdadera locura estallará entonces. Suficiente para salir disparados hacia Hogwarths Hall a galope tendido.

—Pero si hemos venido aquí precisamente para las celebraciones —le recordó Ginebra suspirando— Por orden de Cedric, por supuesto. Aunque supongo que es un gran momento, un hito histórico, la celebración de la derrota definitiva de Napoleón Bonaparte.

—¿Sabe exactamente quién va a venir hoy, su excelencia? —le preguntó Hermione, inclinándose levemente.

—El zar de Rusia —dijo el castaño—, el rey de Prusia, el príncipe Metternich de Austria y el mariscal de campo Von Blücher, entre otros.

—¿No vendrá el duque de Wellington? —preguntó.

—No, Wellington no.

—Qué decepción. Pero qué interesante ver llegar a los demás. No me extraña que la gente abarrote las calles.

Harry advirtió que tenía las mejillas sonrosadas y los ojos más brillantes. Estaba notablemente hermosa, aunque el ojiverde hacía tiempo que no lograba verla de otra manera.

—Mañana por la noche los verá a todos, señora —le recordó Bewcastle—, en la atmósfera infinitamente más civilizada de Carlton House. Verá también al príncipe de Gales. Y a la reina, una vez más.

—Será maravilloso —reconoció Hermione— Pero el bullicio de hoy es algo totalmente distinto. Algo de lo que todo el mundo puede participar, ricos y pobres por igual. La alegría reúne a las gentes de toda laya y de todas las naciones. ¿No lo ha notado esta mañana, Ginny? ¿Y usted, Bill?

Bill sonrió burlonamente.

—Supongo que quiere salir a la calle, Hermione, y que la zarandeen, apretujen, la ensordezcan con su griterío y le ofendan las pituitarias con su falta de higiene.

—Sí —replicó ella— Sí que me apetece. ¿No quiere venir nadie más?

—Me atrevería a decir —apunto Bewcastle, reclinándose contra el respaldo de su silla y manoseando su monóculo— que algunos miembros de nuestra familia no pueden resistirse a la novedad de un espectáculo público, pero participar en semejante muestra de histeria colectiva tiene algo de vulgar.

—¿Histeria? —dijo la castaña, enojada— Yo no lo llamaría precisamente así. Más bien euforia.

Harry dejó su servilleta sobre la mesa.

—Si deseas salir, Hermione, yo te acompañaré.

—¿De verdad? —Últimamente no lo miraba casi nunca a los ojos y, cuando lo hacía, era con expresión cautelosa. Pero ahora lo estaba mirando con todo el calor y la impaciencia de un niño que sabe que le van a dar un regalo por el que ha suspirado mucho tiempo—. ¿Te molestaría mucho, Harry?

Sí que le molestaba. Sumergirse en una multitud festiva le repugnaba bastante. Pero su castaña quería ir y desde su baile de presentación en sociedad, hacía ya una semana, no le había pedido nada.

—Nos acercaremos al puente de Londres —dijo el ojiverde— y veremos cómo llegan por el camino de Dover.

—Si lográis llegar hasta allí —precisó Bill.

—Llegaremos —replicó Harry. El pelirrojo soltó una carcajada.

—Muchas gracias —dijo Hermione, poniéndose de pie. Con el permiso de todos, iré a prepararme. Ginny, ¿no quiere venir con nosotros? ¿Y Bill?

Harry esperaba una respuesta despectiva por parte de su hermana. En lugar de ello, Ginebra se limitó a encogerse de hombros y a poner cara divertida.

—Es usted una delicia permanente, Hermione —dijo— Ha dejado de piedra a Cedric y a la tía Rochester al no refrenar su exaltación y, al mismo tiempo, ha sabido resistirse a sus esfuerzos por hacerla entrar en el molde de una futura duquesa digna y muerta de aburrimiento.

—He aprendido muchísimas cosas de su tía —dijo la castaña seriamente— Y le estoy muy agradecida por ello.

Bewcastle levantó las cejas.

—Bueno, si queréis ver el espectáculo, mejor será que os vayáis enseguida.

No hubo más espectáculo que el de una capital enloquecida. Milagrosamente, lograron llegar muy cerca del puente de Londres con la carroza descubierta, quizá porque Harry decidió ponerse el uniforme y entre el gentío muchos lo vitorearon, le dieron palmadas en la espalda y le estrecharon la mano cuando pudieron alcanzarlo. Y lo ayudaron a abrirse camino. La senda que conducía del puente al palacio Saint James estaba jalonada de carruajes y viandantes, todos de un humor festivo y bullicioso. Todas las ventanas de todos los edificios que daban a calle se hallaban atestadas de cabezas asomándose. Los recogedores de basura y buhoneros de toda laya debían de estar haciendo su agosto. El pelinegro supuso que también lo estarían haciendo los carteristas. Cada vez que un caballo o vehículo parecían aproximarse del sur, la gente estallaba en gritos y aplausos. Pero siempre era una falsa alarma.

—Creo —dijo Harry al cabo de un tiempo— que se han hecho circular tantos rumores que es imposible saber la verdad. Quizá todos los dignatarios cuya llegada inminente esperamos estén cómodamente sentados en sus respectivos palacios de sus respectivos países.

Pero, si así era, habían logrado engañar hasta a la realeza. Los postillones del príncipe regente, con sus característicos trajes dorados y escarlatas, esperaban en el puente para escoltar las carrozas y llevarlas en triunfo hasta el palacio.

—¿Podemos quedarnos solo un poquito más? —Hermione le puso una mano sobre la manga y lo miró suplicante.

Era incapaz de resistirse a esa mirada y a esa súplica. Empezó a desear fervientemente que tuvieran una ocasión para poner las cosas en claro antes de separase para siempre. No quería que ella lo recordara con hostilidad. Por su parte, él no quería recordarla con remordimiento.

—Solo un poquito más —respondió, poniendo una mano sobre las de ella, que seguía sonriendo.

Los ojos de Harry se cruzaron con los de Ginebra, que estaba al otro lado de la carroza. Había en ellos una expresión inhabitual en su hermana, meditabunda, melancólica, casi triste.

Ginny tenía toda una legión de admiradores, entre los cuales había algunos solteros que eran excelentes partidos. Los trataba a todos con una camaradería despreocupada que hacía perder cualquier esperanza que pudieran abrigar de cortejarla. Harry se preguntaba cuán dolida debía estar, cuánto ardía aún en su corazón la llama que había encendido Colin Crewey. No había forma de saberlo. Cuando tenía que hablar de sí misma, Ginebra era como una fortaleza inexpugnable.

Al rato un nuevo estruendo recorrió la calle, aunque en esta ocasión procedía del lado opuesto. «¡El zar ha llegado!», se gritaban unos a otros con tono perentorio. Estaba en el hotel Pulteney con su hermana, la gran duquesa Catalina. Había llegado por una ruta diferente.

—Sin duda para eludir al populacho. Muy astuto —dijo Bill, al tiempo que grandes grupos comenzaban a dirigirse apresuradamente hacía el hotel.

—Suponiendo que sea cierto el rumor —apunto Ginny— Estoy muerta da aburrimiento. Vamos a otro sitio, a un lugar tranquilo y civilizado. ¿Qué os parece la Royal Academy? ¿Le gusta el arte, Hermione?

Harry la miró.

—¿Qué deseas?

—Supongo —dijo ella— que podríamos pasarnos todo el día y descubrir al final que todos los invitados han tomado un camino distinto.

—Es más que posible —dijo él— ¿Estás muy decepcionada?

—No, al contrario. —Hermione sonrió— De una forma u otra he formado parte de la historia. Lo he vivido. El día de hoy será recordado durante mucho tiempo. Quizá también se recuerde toda esta confusión.

—Y mañana verá usted a todo el mundo —apostilló Harry.

—Sí. —Volvió a ponerle la mano sobre la manga— Gracias por traerme, Harry. Sé que ha debido de ser tremendamente aburrido para ti. —Volvió la cabeza y se dirigió a Ginebra— Me encantaría visitar la Academy. ¿Está muy lejos?

—Está en Somerset House. No mucho.

A Harry no le molestaba haberse aburrido aquella mañana. Había servido para devolver cierta armonía a su relación con Hermione.

Pasaron una hora en Somerset House contemplando los cuadros que atesoraba. La castaña disfrutaba abiertamente, mientras Ginebra, que de costumbre se impacientaba cuando se veía forzada a permanecer demasiado tiempo en un solo sitio, en especial en lo tocante a la cultura, estaba a gusto a su lado, contemplando las pinturas junto a ella. Bill, que tenía algo de experto en arte, se apostó del otro lado de Hermione y le iba señalando los detalles dignos de mención.

Después de visitar la primera sala, Harry se quedó un poco aparte. Pensaba que Hermione se había granjeado el respeto de la familia Potter de la única manera posible: sin buscarlo. Aunque había prestado atención a las instrucciones de la tía Rochester sobre los asuntos que debía conocer, en ningún momento trató de congraciarse con nadie. «Aquí estoy yo», parecía decir con su mera presencia. «Soy como soy». Pese a sus orígenes, era una verdadera dama. Iba a ser muy duro no volver a verla jamás.

Pero el sonido de una voz conocida interrumpió sus pensamientos. De pronto apareció ante él un rostro familiar, redondo, enrojecido y con arrugas, coronado por una cabellera gris que iba encaneciendo. Tenía la voz afable y grave.

—Potter —dijo—, aquí está usted, ¡por fin! Todavía de permiso, ¿verdad? ¿Y metido de lleno en toda esta locura? Aquí nos hemos refugiado, aunque admirar cuadros no sea mi pasatiempo favorito. —Se rió efusivamente.

Era la última persona que Harry esperaba o deseaba ver en ese preciso momento.

—General Vane —contestó.

—Pero lady Vane y Romilda querían venir —prosiguió el general, dando otra de sus alegres risotadas—, así que ¿qué iba a hacer yo? Eran mayoría. ¿Cuál es su excusa?

Antes de que Harry pudiera pronunciar una sola palabra, las damas hicieron su aparición a ambos lados del general. Las dos le dedicaron una amplia sonrisa.

—¡Coronel Potter —exclamó lady Vane—, qué hermosa sorpresa!

—Señora. —Harry hizo una reverencia a las dos damas— Señorita Vane.

Era una joven de pelo negro, alta, fuerte, capaz y sensata, que no resultaba desagradable a la vista, aunque no podía ser calificada de hermosa. Era la compañera ideal para un oficial, pues había vivido esa vida desde su más tierna infancia y era dura como una roca.

—Esperaba encontrarlo aquí, coronel Potter —le dijo, haciéndole una venia.

—Me han traído a rastras de vuelta a Inglaterra, para que pasara el verano aquí —dijo el general, riendo de nuevo—. Dos contra uno. No es justo, ¿verdad, Potter? Y ahora me llevan a rastras por doquier, llenándome la cabeza de cultura. Me está dando una migraña. ¿Y usted qué hace aquí?

—Está mirando los cuadros, Richard, ¡qué pregunta! —dijo lady Vane— y hay que felicitarlo por ello. ¡Qué encuentro tan oportuno coronel Potter! Hemos llegado a Londres hace solo dos días y mañana invitamos a una pequeña fiesta nocturna. Pero, para mi horror, nos falta un caballero. ¿Nos hará el favor de acceder, a pesar del poco tiempo con que le avisamos?

—Venga, por favor —añadió la señorita Vane.

Fue en ese momento cuando la mirada de Harry se cruzó con la de Hermione, que se acercaba a él. Comprendió apesadumbrado que la escena que se iba a producir era inevitable.

—Me temo que no podré aceptar su amable invitación señora —dijo mientras la castaña se acercaba y miraba inquisitivamente al grupo— ¿Me conceden el honor de presentarles a mi mujer? El general y lady Vane, Hermione, y la señorita Romilda Vane.

Hermione sonrió e hizo unas reverencias, advirtiendo que las caras de los tres Vane, más que sorpresa, reflejaban conmoción.

—¿Su mujer, coronel? —preguntó la señorita Vane.

—Vaya, esta sí que es una sorpresa tremenda —dijo el general. Tosió y pareció recuperar el dominio de sí mismo— Una sorpresa tremenda e inesperada. Cuando nos encontramos en la península Ibérica no me dijo una sola palabra de que estuviera comprometido, Potter.

—Conocí y desposé a Hermione después de mi regreso —explicó Harry, tomando la mano de su mujer y poniéndola sobre su manga, sin dejar de rezar ni un solo momento por que a sus pies se abriera un pozo negro y se lo tragara.

—Bueno, lady Potter—dijo la señorita Vane—, le deseo lo mejor. Espero que esté preparada para afrontar algunas penalidades cuando siga al regimiento.

—No lo haré, señora —replicó Hermione— Mientras Harry esté ausente yo me quedaré en casa.

—Les ruego me disculpen —dijo la señorita Vane— acabo de ver a un conocido desaparecer en la sala de al lado. Tengo que ir a presentarle mis respetos.

—Voy contigo, Romilda —lady Vane.

—Un oficial necesita que su mujer lo acompañe cuando está en guerra —dijo el general, dirigiendo una mirada severa a Harry— Pero si opta por desposar a una mujer que prefiere quedarse en casa, me atrevería a decir que contará con el aplauso de la sociedad. Coronel, lady Potter, que tengan ustedes un buen día. —Se alejó persiguiendo a grandes pasos a su mujer e hija.

Hermione miró a Harry y este le devolvió la mirada.

—¿Qué es lo que ha pasado? —preguntó la ojimiel.

—¿Cómo? —acertó a decir él, tontamente.

—Mi aparición los ha dejado atónitos. Y seguramente no saben quién soy. Así que no ha sido por esnobismo. ¿Por qué ha sido, Harry?

—Como ha dicho el general, algunos creen que los oficiales deberían casarse con damas dispuestas a viajar con ellos.

—Quizá con damas que ya viajan acompañando al ejército y saben qué cabe esperar de la vida militar —dijo ella en voz baja.

—Quizá —concedió él.

Hermione apretó la mandíbula y acertó a decir en un susurro:

—¿Estabas comprometido con ella?

—No, claro que no.

—Aunque había expectativas. ¿Un acuerdo quizá? Posiblemente similar al que yo tenía con Draco, con el vizconde Malfoy quiero decir, aunque distinto en los pormenores….

—Nunca hubo ningún acuerdo —afirmó él.

Ella no le quitaba la vista de encima.

—Al menos, no verbal —añadió Harry— No habíamos tratado el tema, Hermione. Ni lo había hablado con el general. Únicamente había… a lo mejor….

—Expectativas —completó ella.

—A lo mejor.

—¡¿Y se ha atrevido a tacharme de mentirosa porque no le había hablado del vizconde Malfoy?

—Yo no me he acostado con la señorita Vane.

Hermione retrocedió como si le hubieran asestado un puñetazo. Harry no había querido decir eso. Solo había querido sugerir que el secreto que ella le había ocultado era de mucho mayor peso que el suyo porque ella había amado a su prometido y se había entregado a él.

—Hermione —dijo, pero ella ya se había dado la vuelta airada y se dirigía rauda a unirse a Ginebra y Bill, que conversaban con unos conocidos con los que se habían topado casualmente.

¡Dios mío!, pensó Harry. ¿Por qué diablos duraba tan poco la paz entre ellos?

Pero ¿importaba eso cuando dentro de unos días se separarían para siempre?

Importaba, pensó. Claro que importaba.

¿y ahora? Los dos están en "tablas como se diría en el ajedrez, pero para que vean que soy buena aquí les dejo un buen adelanto del siguiente capítulo.

Cuando la ojimiel se despertó, decidió que al día siguiente anunciaría su intención de regresar a Gryffindor. Había tomado esta decisión después de la escena de la Royal Academy, donde comprendió horrorizada que, cuando Harry la había convencido de que casara con él, ya estaba atado a otra mujer, tan atado que estaba de manifiesto que la familia esperaba que se declarase en cualquier momento. Y la mujer en cuestión era la hija de un general que había seguido al regimiento con su madre. Habría sido un casamiento perfecto para ambos.

Desde que se había enterado, Hermione se sentía mal. Echaba tanto de menos a los suyos que le dolía. Sus brazos añoraban estrechar a sus niños. Echaba de menos todo Gryffindor. La inminente cena de Estado la ponía nerviosa. Le había entristecido la noticia, cuatro días antes, de que no estaba encinta, aunque al mismo tiempo le alegraba ahorrarse esa complicación en su vida. La perspectiva de la interminable ronda de actividades sociales que tenía por delante le resultaba agotadora, pese a que, en otras circunstancias, habrían podido resultar divertidas. La fatigaba tener que eludir a Draco, al que veía a menudo y que indefectiblemente trataba de llevarla consigo a un rincón apartado.

Pero, sobre todo, la deprimía la constatación involuntaria de que se había enamorado de Harry. Quería regresar a casa por encima de todo, acabar con la inevitable despedida. Quería que su vida volviera a la normalidad, empezar a olvidar, lamerse las heridas en privado, concentrar todo su amor en los niños.

Al día siguiente, cuando la cena de Carlton House fuera cosa del pasado, anunciaría a Harry y al duque que iba a regresar a su hogar. Se iría al otro día con el coche de postas. Naturalmente, el duque discutiría esa decisión o, más bien, daría algunas órdenes, pero ella se mantendría firme. Estaba agotada.

Además, el ojiverde debía estar tan desesperado por deshacerse de ella como ella de irse.

—Creo que me voy a ir a casa, Bewcastle —dijo la tía Rochester, poniéndose de pie— Sería imperdonable llegar tarde a la cena de Carlton House.

Estaban todos reunidos tomando el té en la sala de estar de la mansión Potter. La tía Rochester había vuelto con Hermione y Ginny después de acompañarlas a una breve expedición para adquirir algunos accesorios de último momento para su invitación vespertina y la ojimiel había comprado un libro para cada uno de los niños de su casa. Durante todo el día no se había hablado de otra cosa que de la próxima tarde. Todos los dignatarios extranjeros habían llegado efectivamente el día anterior. Si hubieran permanecido junto al puente en lugar de ir a Somerset House, habrían visto a la multitud rodear al mariscal de campo Blücher, desensillar los caballos de su carroza y arrastrarla hasta Carlton House, donde hicieron entrar al mariscal en volandas.

—Nadie llegará tarde —dijo el duque de Bewcastle, levantándose al mismo tiempo que los demás caballeros— Quizá Ginny y lady Hermione deseen retirarse con usted tía, para reposar un poco en sus habitaciones.

Ginebra soltó su habitual risotada sarcástica ante la idea, pero Hermione se puso en pie agradecida.

—Creo que eso es lo que haré —dijo. Todavía tenía el estómago revuelto, pero le parecía que era por los nervios. Dentro de unas horas iba a entrar en Carlton House. Vería a la reina y al príncipe regente y a la mitad de los dirigentes y dignatarios de Europa. Se sentaría a cenar en compañía de todos ellos. ¿Conseguiría no convertirse en un manojo de nervios y no desfallecer?

—Oh, Hermione —la llamó Bill en el preciso momento en que Harry les abría la puerta a ella y a su tía— Acabo de recordar que llevo una carta para usted desde hace ya medio día. Me la dio Fleming esta mañana, porque creía que la vería, pero ya se había ido usted. Aquí la tiene.

—Gracias —dijo la ojimiel con una sonrisa y cogiendo la carta— Creí que hoy no había ninguna—. Miró la familiar escritura de Ninfa.

En cuanto hubo llegado a la suite dorada, la castaña se quitó los zapatos de sendos puntapiés y se sacó las horquillas del pelo. Agitó la cabeza y suspiró. Iba a dormir una siesta de verdad antes de vestirse para la noche. Deseó tener una varita mágica y poder dar por acabada la ceremonia. Pero sería una historia espléndida que contar a su regreso. ¿Sería el príncipe regente tan obeso como se decía? ¿Era la conversación de la reina tan tediosa como sostenía Ginebra? ¿Sabría alguno de los dignatarios extranjeros hablar inglés?

Se dejó caer sobre el sofá, dispuesta a leer la carta antes de retirarse a su dormitorio. Era más corta de lo habitual, comprobó con decepción mientras rompía el sello de lacre. Pero no importaba. En pocos días estaría en casa con todos ellos. Se puso a leer.

Un momento después dio un brinco y se quedó horrorizada mirando la carta, como esperando comprobar que había descifrado mal las palabras. Pero el pánico que la atenazaba le decía que no era así. Se dio la vuelta y se dirigió tambaleando hacia la puerta, forcejeó con la manilla y finalmente salió disparada por el pasillo y escaleras abajo, hasta que llegó a la sala de estar. En ningún momento pensó en qué estaba haciendo ni qué aspecto tendría. Accionó el picaporte sin dar tiempo al mayordomo a anticipársele y entró en la estancia como un ciclón.

La seguridad y el bienestar la esperaban a un par de metros. Pero, mientras corría hacia ellos, comprendió que no había seguridad. Nadie podía hacer nada por evitarlo.

—¡Harry —gritó—, me tengo que ir, me tengo que ir!

Él la estrechó entre sus brazos de hierro y, por un momento le dio la ilusión de que estaba segura. Pero solo fue un momento. Sentía pánico.

—¿Qué ocurre? —le preguntaba él una y otra vez— ¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado?

—Los ni… ni… ni… —Los dientes le castañeteaban sin control.

—Tranquila —dijo el ojiverde. Manteniéndola firmemente agarrada con un brazo, le sujetó la barbilla con el índice y el pulgar de la otra mano. Atrapó su mirada y la sostuvo— Tranquila, cariño. Dime qué ha ocurrido y yo lo arreglaré.

Palabras vanas. ¡Oh, cuán vanas!

—Se los ha llevado —respondió ella, con vaga conciencia de estar sollozando— Se los ha llevado y no puedo recuperar… rar… los.

¿Quién? —le preguntó él, con la voz increíblemente tranquila— ¿Quién se ha llevado a quién?

—Du… Dudley —dijo ella—. Se ha llevado a los ni… ni… niños y no puedo recuperarlos. Es pariente suyo y yo no. Y los he aba… ban… donado. Me tengo que ir. Tengo que ir en su busca. Deben de tener tan… tanto miedo.

—De modo que ha encontrado un modo de devolver la puñalada, ¿eh? Ya nos ocuparemos de eso. Recuperarás a los niños, Hermione. Ya le avisé lo que le esperaba si volvía a poner el pie en tu hacienda.

—No, pero no lo sabes todo —dijo ella blandiendo la carta, que tenía apelotonada en el puño— Ha hecho que fueran a buscarlos con un mandamiento. Ha ido al juez y ha hecho que los declararan bajo su tutela. No me los va a devolver. Lo conozco. Me tengo que ir.

—Sí, entiendo —dijo él—. Respira profundamente un par de veces. Con el pánico nunca se consigue nada.

—Harry, ¿podría sugerirte —preguntó una voz gélida y altanera—, que te llevaras a lady Hermione a su cuarto a descansar? Tendrá que recuperar la compostura antes de esta noche.

—Pero si me tengo que ir… —la ojimiel giró la cabeza para mirar al duque, al tiempo que trataba de zafarse del abrazo de Harry— Ahora mismo. Tengo que volver a Gryffindor sin perder un segundo. Los niños deben estar aterrados.

—Está totalmente descartado —dijo el duque— que se ausente de la cena de Carlton House, lady Hermione, máxime después de que la invitación ha sido cursada y aceptada. Además de que emprender un viaje tan largo a estas horas no es demasiado razonable. Si considera que su presencia en Oxfordshire va a cambiar lo que acaba de declarar inmutable, Harry la acompañará hasta ahí mañana con mi carroza. Ahora le sugiero que se tome un descanso.

—No… —comenzó la castaña, pero Harry la interrumpió, le cogió mano y la sostuvo firmemente con el brazo.

—Hermione desea regresar a su hogar ahora mismo— dijo— Y ahora es cuando se irá. Yo la llevaré.

—Harás lo que te digo —insistió el duque.

—No. —La voz de Harry era glacial— En este caso no, Cedric. Las necesidades de mi mujer se anteponen tanto a mi deber como a la fidelidad familiar. Esta noche presentarás nuestras excusas si lo juzgas necesario.

No se oyó una palabra más mientras Harry sacaba a Hermione de la estancia.

Media hora después iban camino de Gryffindor en un coche de punto.

Se avecina una desgracia pero como dice el dicho "no hay mal que por bien no venga" ya se nota más el acercamiento, ¿cómo será ahora ante nuevos problemas?

Bye. Cuídense.