Capítulo 10: Instinto animal, recuerdos del cuerpo
El agua de mar se metía en su boca abierta y bajaba alternativamente a sus pulmones y a su estómago a la mínima que se descuidaba. Escupió y tosió como pudo, pero antes de preocuparse por si tragaba esa agua que le quemaba la garganta, debía llegar a la orilla cuanto antes, donde Zoro ya había conseguido arribar y tiró al chico martillo sobre la arena, pisoteando su pecho para que escupiera el agua, sin importarle demasiado el ser brusco.
En pocos segundos consiguió hacer pie, y comenzó a caminar pesadamente por la fricción de la ropa y sus zapatos llenos de agua, dándose cuenta de que con esas botas, era increíble la rapidez con la que se había movido Zoro.
- ¡¡Marimo!! - gritó, pero una ola demasiado fuerte lo derribó, con lo que al darse la vuelta, el peliverde no vio a nadie. - ¡¡Ah!! ¡¡Maldita sea!! - exclamó rabioso, saliendo de un salto del agua con un aura de fuego a su alrededor. - ¡¡Tú, cabeza mohosa, ni se te ocurra ignorarme!!
- Eres tú el que se ha escondido después de gritar. - le respondió, alzándose de hombros.
- No me escondí... - gruñó lleno de furia. - Pero más importante que eso: ¡¡Zoro, no me seas crío!! Si te enfadas conmigo... no tienes que ignorar a tu capitán también. ¡Luffy confía en ti más que nadie!
Ace de repente comenzó a toser y a expulsar el agua que había tragado, poniéndose de costado para no atragantarse. El rubio se preguntó de dónde habría salido, pero eso no tenía demasiada importancia en ese momento.
- Ace, ¿te encuentras bien? - preguntó, acercándose rápidamente a él. Tenía la mirada perdida y se veía desorientado, pero antes de llegar, Zoro le detuvo, desenvainando su nueva katana y apuntando hacia su cuello, y el rubio le esquivó, girando y lanzándole una patada a su costado, que le dio muy poco tiempo a frenar.
- ¿Dónde estoy...? - preguntó en un susurro confusamente el moreno, tosiendo aparatosamente y escupiendo una especie de humo negro que Sanji vio por el rabillo del ojo, al mismo tiempo que se lanzaba a luchar contra Zoro furiosamente.
Por más que tratara de mantener la cabeza fría para poder luchar en plenas facultades contra el marimo, no era capaz de frenar sus golpes ni un ápice. No después de lo que le había hecho pasar... Después de enamorarlo perdidamente y tratarlo como si fuera basura. Aunque él tampoco hubiera jugado limpio, aunque pensara que se lo merecía por haberle mentido, no le perdonaría que le destrozara el corazón, después de haber reunido todas sus fuerzas y dar el paso para estar con él. Porque reconocer que le quería había sido sin duda el trago más duro de digerir.
- No te perdonaré, cabrón... - gruñó con lo dientes apretados, girando y lanzándole potentes patadas que el espadachín frenaba con sus katanas o las esquivaba, mientras él seguía con su rostro impasible, atacando a la menor oportunidad que tenía de devolvérsela.
- Ja. - rió socarrón el espadachín, lanzando sus dos katanas en sus manos cruzadas contra él, como si fueran unas enormes tijeras. Sanji tuvo que dejarse caer hacia atrás y apoyarse con sus manos en el suelo, lanzándole una potente patada que fue directa a su mandíbula y le hizo soltar la espada de su boca.
Zoro frenó un segundo, dando un salto hacia atrás, masajeándose donde había recibido el golpe y evaluando con la mirada el rubio, que le devolvía una mirada de excitación por continuar el combate y despacharlo a gusto.
- Aquí no eres tú el que ha de perdonar. - le dijo el espadachín, sintiendo también esas ganas irrefrenables de continuar la lucha, poniéndose de nuevo en guardia, aunque dejando olvidada su nueva katana. - ¿No crees, cejas de interrogante?
- ¿Sugieres que soy yo el que tiene la culpa, estúpido cavernícola? - le preguntó con los dientes tan apretados que había sido complicado entenderle. - Deja de hacerte la víctima, Zoro. Aquí nadie es un angelito.
Y dicho eso, volvió a lanzarse contra él, esquivando sus katanas, metiéndose entre ellas y propinándole una buena coz en el estómago, que lo mandó volando varios metros. Pero Zoro, como si se hubiera tratado del daño que podría hacerle el golpearle una mosca, se levantó y corrió hacia Sanji, con una oscura aura violácea que le produjo la ilusión al cocinero de que le veía tres cabezas a su atacante.
- ¿Pero qué...? - tan sorprendido estaba que no le dio tiempo a reaccionar y sintió el frío roce del metal de las seis espadas alcanzándole la piel, pero fue con el reverso con lo que fue golpeado su cuerpo.
Cayó al suelo, a punto de caer en la inconsciencia, y lo último que vio fue a Zoro, alzando a Sandai Kitetsu y comenzando a descender con ella sobre su pecho en posición vertical a gran velocidad, y cerró los ojos.
Sin embargo, una flecha de luz silbó en el aire e impactó en la espada, lanzándola hasta la orilla del mar. Zoro se dio la vuelta y pudo evitar el impacto de una segunda saeta, que iba directa a él.
- Malditos... - murmuró. Doumeki volvía a apuntarle con su arco y otra flecha se formó en él, mientras Watanuki iba corriendo hasta Ace, seguido de Yuuko, y le ayudaban a ponerse en pie.
- Quédate quieto. - ordenó la bruja. - Estás poseído y estás atacando a la persona más importante para ti.
Zoro parpadeó perplejo, pero luego comenzó a temblar. Sus hombros subían y bajaban y en su rostro se formó una sonrisa demasiado retorcida, y dejó escapar una estontórea carcajada que le sacudió entero.
- ¿La persona más importante? La persona más importante... - siguió riendo, volviéndose al mar y recogiendo su vieja compañera, sin importarle en absoluto que Doumeki le estuviera apuntando aún con su flecha, decidido a darle si hacía cualquier movimiento en contra de cualquier persona. - La persona más importante es siempre uno mismo. Ni los amigos, ni los compañeros, ni tu capitán, nadie es tan importante para uno mismo como tu propia persona. ¿Que él es importante? - preguntó señalando a Sanji con su katana.
En ese momento, el de ojos ambar disparó otra flecha, pero tuvo tiempo de sobras para esquivarla, corriendo con una velocidad endemoniada hacia Sanji y dejándose caer sobre su cuerpo inconsciente.
- ¿Que tú eres importante, Sanji? - la respiración del rubio se había vuelto irregular, quedando en una ligera semiinconsciencia que le permitió oír y sentir como en un sueño todo lo que decía, pero demasiado cansado para saber si era realidad o si dormía. - ¿Tú? - de repente se calló, poniéndose terriblemente serio. - Sanji... - sus manos soltaron sus katanas y acariciaron su rostro, sus labios, y luego bajaron por su camisa, acabando de romper la tela y saboreando con su tacto su suave piel. Bajó su cara hasta los moratones que acababa de provocarle, algunos sangrando ligeramente, y sacó lentamente su lengua, deseando lamerlos, pero un dolor agudo le recorrió el costado, tirándolo de lado.
Por fin habían podido acertarle con una flecha, y Zoro notó como aquella espesa oscuridad que no le dejaba pensar bien desaparecía ligeramente. Se dio la vuelta, nervioso, y al ver al chico de rostro impasible volverle a apuntar, decidió abandonar y huír, marchándose sin recoger ni una de sus espadas y con una agilidad animal pasó al lado del arquero y se internó entre los callejones.
- ¿Qué... qué le iba a hacer? - preguntó nervioso el chico de gafas a la bruja. - Parecía que...
- Sí. Quería besarle porque su cuerpo no olvida lo que siente por él. - le explicó la mujer, haciendo salir a Mokona de la manga de su kimono. - Por favor, Mokona.
- ¡Sip! - exclamó, abriendo mucho su boca y comenzando a absorver el aire al lado de Ace. Poco a poco, el sorprendido pirata dejó escapar un espeso humo negro por su boca, que le dejó inconsciente, pero Yuuko dejó que continuara hasta que dejó de salir.
- ¿Qué ha sido eso? - preguntó Watanuki. - ¿Y qué significa lo de que su cuerpo no se olvida? ¡Yuuko-san!
- Mira que es cortito. - suspiró la mujer, haciéndose la desentendida.
- ¡Sí que es cortito!
- ¡¿Qué me habéis dicho?! - preguntó furioso, pero ya no le hacían caso, sólo Doumeki, que se acercó por detrás de él y apoyó su mano en su hombro. - ¿Es que nadie me lo puede explicar?
- ¿Qué quieres que te expliquen? Siempre terminas así con ella. - le contestó simplemente, alzándose de hombros.
- ¡¡GROAAAAARRR!! - exclamó enfurecido el de gafas, dando vueltas como una peonza, tratando así de llamar la atención de alguien, sin éxito. - ¡Pero Yuuko-san! ¡¿Y Sanji-san?! ¿Lo dejamos así?
Pero no hizo falta que le contestaran a esto tampoco. Oyó ruidos de pasos sobre la arena, y al darse la vuelta vio a Luffy corriendo hacia su cocinero, seguido a regañadientes por Kurai, que la llevaba a rastras cogida de la muñeca.
- ¡¡Sanji!! - gritó el moreno, arrodillándose a su lado al llegar. La chica se quedó en pie, libre por fin del agarre del Sombrero de Paja, y le dirigió una mirada seria a la bruja. - ¡Oye! - dijo de repente. - ¿Qué le has hecho a Ace?
- Muéstrale un poco más de respeto, cabeza hueca. - le recriminó Kurai con los dientes apretados, rechinándole, y apoyando su pie sobre su cabeza, hundiéndolo ligeramente aunque no dio señales de percatarse de ello.
- Estaba poseído. Y tu espadachín también lo está. Le he ayudado y le he quitado parte de la fuerza que le obligaba a luchar en contra de su voluntad, pero es posible que no se despierte en un tiempo.
Luffy no dejó de mirarla con dureza, para relajarse unos instantes después y sonreír abiertamente.
- Si es eso, gracias.
- No hay de qué. - contestó la bruja, dándose la vuelta y mirando al pecoso inconsciente. - Nos lo llevaremos a mi casa. No podrá despertarse, pero tampoco le afectara ninguna maldición.
- ¿No se despertará? - preguntó esta vez confuso Watanuki.
- El tiempo allí esta detenido. - le explicó Doumeki con su gesto serio de siempre.
- ¿De verdad? ¿Y cómo sabías tú eso? - cuestionó receloso.
- Callaos ya. - les interrumpió Kurai con el ceño fruncido, dirigiéndoles una mirada desaprobatoria, para después dirigir otra más amable a la mujer. - Yuuko-sama, hay una mujer a la que la maldición de la isla le puede costar la vida. ¿Puedo pedirte que cuides de ella?
- ¿Eh? ¿Quién? - Luffy miró curioso a la chica, y Yuuko asintió.
- Está bien, trae a Nico Robin.
- ¡¿Qué?! ¡¿Robin?! ¡¿Qué le pasa a Robin?! - preguntó esta vez con desesperación.
La gótica negó con la cabeza y se volvió hacia él, suspirando.
- Su maldición hace que su cuerpo caiga a pedazos. - le explicó con aparente calma, pero se notaba algo de preocupación. - Vine a buscar a vuestro médico y me encontré con ese por el camino. - dijo, señalando con la punta del pie al rubio inconsciente.
Luffy se quedó sin habla durante unos segundos, y entonces algo cruzó por su mente.
- ¡Espera! ¡¿Puedo pedirte que ayudes a Nami también?! - le pidió.
Yuuko posó su vista en él unos segundos y le explicó con gravedad.
- Tienes que darme algo a cambio.
- ¿Cómo...? - pero la mujer le interrumpió.
- Vosotros ya pagasteis el precio para que os condujera hasta la raíz de la maldición de la isla a cambio de eliminarla. Y Kurai ya pagó por traerme aquí y le ayudara a romper la maldición. Todo tiene que estar en equilibrio, todos tienen que pagar con un precio justo si quieren algo a cambio.
- Lo que en Fullmetal Alchemist llaman "el intercambio equivalente" - explicó Mokona en pose chula.
- ¿El qué? - preguntaron varios al mismo tiempo.
- Sí, eso decían. - corroboró Doumeki.
- Serás friki... - murmuró cabreado el de gafas, mirándole con los ojos entrecerrados.
- En todo caso, puedo hacerme cargo de la petición de Kurai, pero no de la tuya si no me ofreces algo. - resumió la bruja, obviando los últimos comentarios.
Luffy se quedó pensativo unos segundos, y finalmente le echó una mirada dubitativa a Kurai, que se había quedado con los brazos cruzados sobre el pecho.
- No dudes, ella es la que podrá cuidar mejor de cualquiera, por algo tiene esa casa... - le dirigió una sonrisa ladeada a la bruja, que no hizo ningún gesto ante aquello.
- Entonces ¿qué quieres a cambio?
- Que no le podrás decir a tu hermano que le amas.
Un frío silencio llenó el ambiente y a Luffy casi se le salen los ojos de las órbitas. ¿Cómo... sabía que le amaba? ¿Y por qué le pedía eso? Era demasiado cruel...
Pero la vida de una nakama estaba en peligro... y su deber como capitán era protegerla, costara lo que costara. Aunque eso suponiera no poder estar nunca con su hermano. Pero bien mirado, igualmente nunca había tenido posibilidades con él... ¿no?
- Está bien. - murmuró Luffy, levantando lentamente la cabeza para mostrar una mirada decidida. - Cualquier cosa por una compañera.
- Muy bien. - aceptó la bruja. - Mokona, ve con ellos y recoge a las dos chicas.
- ¡Sip! - dijo el bollo negro, llevándose una patita a la frente como saludo militar.
- Ah, y Watanuki. - añadió, volviéndose hacia su empleado. - Tú lleva a Ace-san hasta casa.
- ¡¿Yo solo?! - gruñó él, haciendo grandes aspavientos, pero Doumeki, sin decir nada, le ayudó a cargarlo, haciendo que Watanuki se sonrojara ligeramente.
Y sin decir nada más, el grupo de la bruja se marchó hacia las desiertas calles, mientras los cuatro que quedaban allí se quedaban unos segundos inmóviles y en silencio.
- No te tendría que haber dicho que aceptaras. - musitó Kurai, llevándose una mano a la frente con gesto decaído. Hizo una gran pausa en la que suspiró y finalmente Luffy dirigió su vista hacia ella. - Sé mejor que nadie lo que se siente por no poder declarar tu amor a quien quieres... y arrepentirte para siempre.
El capitán no dijo nada. Estaba desolado por el alto precio que tuvo que pagar, pero le sorprendió ver a esa chica preocupada por él. Antes se había mostrado bastante fría con cualquiera de ellos, o muy grosera, y verla así le resultaba extraño, pero le agradecía su preocupación.
- No pasa nada. - dijo poniéndose en pie y sacudiéndose la arena de las rodillas. - Peor sería dejar morir a Nami. No podría perdonármelo. - y se agachó ligeramente para cargar con su inconsciente cocinero, echándoselo al hombro, mientras Kurai iba a por las katanas olvidadas del peliverde.
- Pero... - llamó la atención Mokona. - Yuuko ha dicho que no le puedes decir que le amas. Pero no que no puedas decirle otras cosas, juju... - rió con malicia.
Kurai y Luffy se quedaron con los ojos muy abiertos, dándose cuenta de que era verdad, y ambos chocaron su puño contra su palma.
- ¡Es verdad! - dijeron al mismo tiempo.
- Entonces aún hay esperanza, Luffy. - le dirigió una cálida sonrisa que el chico creyó que tal vez era una ilusión.
- Oye, ¿sabes que cuando sonríes no das miedo?
- ¿Qué me estás diciendo, goma de mierda? - le rugió la chica, cambiando otra vez a una pose más agresiva, pero él se limitó a reír, mientras iban todos hacia el barco.
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Después de que Chopper curara las heridas de Sanji, lo dejaron en su hamaca y Mokona teletransportó a Nami al interior de su estómago, donde estaría a salvo y cómoda hasta que llegaran a casa de Yuuko. Aún tuvieron que hacer otro viaje, Kurai, Mokona y Luffy, para ir hasta la casa de la chica para recoger a Robin, y una vez allí, Mokona se marchó por su cuenta, dejando a los dos chicos solos.
Kurai miró su reloj de pulsera y maldijo entre dientes.
- Me he pasado la noche en vela... - susurró un poco cabreada. - Ya son las 6...
Los dos echaron un vistazo por la ventana, descubriendo un cielo de color grisáceo, a pocos minutos del amanecer. La chica se dejó caer sobre su cama tranquilamente, mientras Luffy observaba detenidamente como poco a poco, la de ojos blancos fruncía el ceño y apretaba los puños.
- Tú sabes algo de Yume. - afirmó, en vez de preguntar.
Luffy asintió con la cabeza, sorprendido de que supiera eso.
- Sí, ella nos salvó a todos. Se sacrificó por nosotros para que pudieramos dejar la isla.
Kurai se tapó los ojos con un brazo, escuchando atentamente tanto al sombrero de paja como los espíritus que le susurraban cosas al oído.
- Y se sacrificó porque te quería...
Luffy se quedó muy quieto, recordando lo que había dicho aquel hombre. Y poco a poco comenzó a recordar todo lo ocurrido una vez se los llevaron a los dos a aquel oscuro sótano...
FLASHBACK
Yume había quedado inconsciente. Aquel gigantesco hombre la había golpeado brutalmente al llegar a una especie de sala de tortura, tirándola con fuerza contra la pared y cayendo al suelo como una muñeca de trapo.
Luffy quiso gritar, pero el vampiro le había amordazado antes de que se hubiera podido dar cuenta y lo había atado a la pared con esposas de kairoseki.
- Quédate tranquilo. Ella es mi esclava, no tiene nada que ver contigo. Así que disfruta del espéctaculo, sombrero de paja. - le susurró en tono lúgubre, cogiendo a la chica del suelo.
La desnudó, dejando su pálido cuerpo al aire, totalmente ida, con la cabeza moviéndose al compás de los bruscos movimientos de aquel enorme hombre.
- Siempre estás contradiciéndome, estúpida niñata... - murmuró cabreado, atándola a ella también a la pared, para no tener que estar sujetándola todo el rato entre sus brazos. - Mira lo que te ha valido tu estúpida valentía.
Cogió una olla que había en la chimenea de fuego verde, donde hacia rato que se escuchaba el burbujeo de algo hirviendo, y echó su contenido sobre el torso de la chica, que despertó de golpe dejando escapar un alarido de dolor.
Luffy se debatió con fuerza de sus ataduras, pero no tuvo suerte, sintiéndose impotente ante aquel mal nacido.
Por otro lado, Yume temblaba y respiraba entrecortadamente. Lo que fuera que le hubiera echado le había corroído la piel, como si además de estar hirviendo fuera alguna especie de ácido, pero mientras sus lágrimas caían, lentamente su cuerpo había comenzado a recuperarse de las quemaduras, gracias a su sangre de vampiro, aunque eso no borraba el dolor que sentía. El hombre se le acercó con un hierro hirviendo y le golpeó en el rostro, las piernas, los brazos...
Yume apretaba fuertemente sus labios para no chillar, pero cuando clavó el hierro candente en su vientre no pudo evitar gritar hasta que su voz se volvió ronca.
- ¿Qué, Yume-chán? - le susurró el vampiro al oído, retorciendo el hierro y haciéndola gemir de dolor. - ¿Te vas a seguir portando mal? La próxima vez no seré tan benevolente... La próxima vez te destrozaré hasta matarte. - sentenció con una frialdad que no sólo la estremeció a ella, sino también a Luffy, que no acababa de creerse que alguien pudiera hacerle eso a uno de los suyos.
La chica asintió con la cabeza débilmente, con el rostro surcado de lágrimas, y cuando el hombre le sacó el hierro de su interior, arrancando también parte de su piel, se desmayó, y él la liberó, dejándola caer de nuevo al suelo, y tirándole la ropa encima descuidadamente.
- Y ahora... - murmuró el vampiro, girándose en dirección a Luffy. - A dormir.
FIN DEL FLASHBACK
Después de eso se había quedado profundamente dormido. Los ojos de aquel hombre le habían sumido en un terrible sopor y no pudo luchar contra él.
Levantó la vista, mirando a la chica echada en su cama. Se había tapado ahora los ojos con ambos brazos y lloraba en silencio, como si no quisiera que la oyera.
- Kurai... - se dirigió Luffy a ella, acercándose a su cama, pero ella le dio la espalda.
- Ve a descansar... - murmuró ahogadamente, sin dejar que viera su cara. - Y cuando tú y ese rubio imitador estéis en condiciones, iremos a... matar a ese bastardo...
- Eh... - Luffy se quedó confuso. - No, a ese lo mató Zoro, y por eso Yume se murió, ella me dijo que...
- Yume esta muerta, y no hay vuelta de hoja. - dijo con voz firme, pero sin mirarle. - Pero aquel... ser despreciable... - las palabras se atragantaron en su garganta antes de salir con rabia de su boca. - ... sigue vivo. El que matásteis no era más que un clon suyo, una sombra controlada desde aquí. El verdadero está en el palacio del bosque... y desde entonces nos controla a todos.
A Luffy se le crisparon los puños y en su rostro se reflejó una tremenda furia.
- Te prometo que no le dejaré ni un hueso entero. - susurró, tratando de contenerse las ganas de marcharse corriendo a matar a ese cobarde. Era realmente despreciable, y Kurai y la gente de su pueblo habían tenido que soportar a ese individuo durante 10 largos años.
- Que no te altere. Ir encendido a hacerle frente sólo empeorará las cosas. - dijo en un murmullo, aunque se notaba que a ella también le irritaba. - Y vete a tu barco a descansar, en cuanto estéis a punto, iré a buscaros.
Luffy no quiso preguntarle cómo sabría cuándo estarían preparados, dándose media vuelta y saliendo de allí. Sabía que aunque no había salido palabra de su boca, ella sabía qué le había pasado a Yume cuando habían estado en aquella mazmorra, se percataba de su fuerte poder sobrenatural para darse cuenta de esas cosas.
Y decidido a estar a punto cuanto antes para patearle el culo hasta quedarse a gusto.
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Ya era bastante tarde. Se daba cuenta de ello por el color anaranjado de la luz que se filtraba por los ojos de buey de la pequeña habitación.
Oyó la respiración ruidosa de Luffy al aspirar el aire por su boca, los agudos ronquidos de Usopp y los gorgoritos de Chopper. Pero faltaba la suave respiración del marimo, aquel sonido que se había detenido a escuchar tantas veces, esperando oír su nombre entre algún suspiro, algún quedo gemido...
Se incorporó, quedándose sentado en su hamaca, contemplando la habitación y a sus compañeros dormidos. Se sentía pesado, todavía con sueño, pero éste había desaparecido al recordar entre sueños lo que Zoro había hecho en la playa y los leves susurros que explicaban que su cuerpo aún le recordaba.
El corazón se le aceleró al recordar sus suaves caricias y el amago de quererle besar... Pero aquel humo negro... ¿Tal vez ese humo podría haberle contagiado a él también? Eso explicaría por qué lo apartaron en aquel momento, cuando estaba a punto de lamerle.
De cualquier forma, se había quedado con las ganas...
- Ese estúpido marimo... está hecho un completo animal... dejándose llevar por los instintos de esa manera... - murmuró haciéndose el fuerte, restándole importancia al asunto, total ¿qué podía hacer en aquel momento? Cuando pudiera ajustar cuentas con él ya le echaría en cara el haber sido tan descuidado. Buscó un cigarrillo que llevarse a la boca pero al encontrarse con su mano echa de pequeñas hojitas de tabaco y como al frotárselas se iban deshaciendo lentamente, se deshizo de la idea.
Se levantó y se marchó hacia cubierta, y mientras pasaba por la borda, para no tener tentaciones, tiró su cajetilla casi nueva al mar, metiéndose en la cocina a preparar algo de comer.
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- ¿Qué has hecho, Roze? - preguntó el hombre sentado en el trono, al verle aparecer sin katanas y con un desgarrón en el costado derecho de sus costillas.
- Nada... - gruñó, sin mirarle. Sólo había entrado allí para irse directamente a la habitación de su amo, pero antes había tenido que encarar al máximo jefe allí.
Kokugan salió de repente de detrás del tapiz, como si supiera qué le pasaba en cada momento a Zoro, y corrió a examinarle con cuidado por si veía alguna herida. El peliverde se dejó hacer, dejando sus ojos descansar sobre el rostro contraído del chico, que le dirigió una mirada dubitativa.
- Kokugan, responde qué coño ha hecho si no queréis que os castigue a los dos.
- Luché contra un idiota mientras trataba de traer de vuelta a uno de los nuestros. - explicó seriamente Zoro, lanzándole una mirada fulminante. - Pero me hirieron y tuve que huír.
- ¿Has permitido que nos arrebaten a uno de los nuestros? - preguntó con tanta amabilidad y fingida perplejidad en la voz que daba más miedo que si lo hubiera vociferado.
- No pasa nada, amo. - salió a defenderle Kokugan. - Aunque traten de liberarle de nuestra posesión no podrán hacerlo si nosotros no queremos, ¿verdad?
- A ti no te corresponde decidir si pasa o no pasa nada. - le espetó con dureza, y dirigiéndole a Zoro una gélida mirada. - Y tú más vale que vayas a por él y lo traigas de vuelta. Aunque no se pueda deshacer de nosotros, pueden retenerlo, estúpido Kokugan.
Él asintió, con la vista clavada en el suelo, y tiró de Zoro hasta su habitación.
- Curaré a Roze y le daré nuevas katanas. - anunció en voz alta, y antes de que su amo pudiera echarle algo más en cara se escurrió hacia su pequeña habitación, iluminada por un tragaluz que daba un aspecto pálido al habitáculo.
Le condujo hasta la cama y lo sentó allí, dirigiéndole una preocupada mirada.
- Te han hecho escupir algo del humo... - afirmó en lugar de preguntar. Zoro simplemente asintió, dejándose toquetear el lugar en el que le habían disparado.
- No entiendo... - susurró el peliverde, dejando que el chico se centrara en su rostro y se lo acariciara con ternura. - Cuando he visto a Sanji tirado en el suelo... me he abalanzado sobre él, y no para matarle... Si yo le odio...
- No le odias. - murmuró el moreno, apoyando una de sus rodillas sobre la cama, a un costado de Zoro. - No puedes odiar ni olvidar por completo a la persona que más amas, ni tampoco la puedes herir de muerte.
Zoro se quedó rígido, mirándole con aquellos impasibles ojos invertidos.
- Haz que le olvide. - pidió. - O no podré acabar con él la próxima vez.
- Está bien. - aceptó el chico, besando suavemente sus labios, abriéndolos para que parte de su propio humo negro que le controlaba pasara de nuevo a Zoro, oscureciendo aún más su mirada. Entrelazaron sus lenguas, en algo más apasionado que un simple beso, acariciando con sus duras manos la espalda del espadachín, notando cómo se excitaba sólo por aquel simple roce, y poco a poco, escurriéndose en la cama, quedó debajo del peliverde.
Separaron sus labios, mirándose detenidamente durante unos segundos que les parecieron eternos, con el espadachín apoyando su peso en sus brazos estirados, colocados a ambos lados de la cabeza del otro chico.
- Continua... - le pidió con una sonrisa el chico, alzando sus brazos para rodear su cuello, pero Zoro se terminó de incorporar, alejándose de él dándole la espalda, como si para él todo aquello no significara nada.
Kokugan se sentó perplejo en la cama, viendo como se metía en el mismo cuartito de armas que le había mostrado la primera vez.
- Bueno... - suspiró contrariado, alzándose de hombros. - Después de todo... no soy gay... - se rió quedamente. Aunque sin duda, le encantaba lo que le hacía sentir aquel misterioso espadachín, que se había negado a tomarlo.
TSUZUKU
