Capítulo Noveno: Cita

-1ra parte-

Gío colocó la mano izquierda bajo la nuca, sobre la almohada y se divirtió observando el techo de su habitación.

—¿Cómo estuvo el día en el trabajo? —le habló al móvil que sostenía junto a su oreja derecha.

—Horrible —respondió la voz de Betty quien se acababa de acurrucar entre sus sábanas estampadas de diseños de 'La Bella y la Bestia'—. Hubiese preferido no haber tenido que levantarme y pasar todas esas horas en la oficina.

—¿Qué hubieras hecho entonces, linda, si hubieras tenido todo el día para ti sola?

—Bueno, para empezar… me hubiera gustado pasarlo contigo.

Azotado por una idea repentina al escuchar esas palabras, Gío se incorporó con rapidez de forma que el libro que tenía abierto de par en par sobre su estómago cayó sobre la cama perdiendo el marcador de la página que había estado leyendo.

—¡Pues hagámoslo! No vayas a trabajar y pásate el día conmigo.

Betty le escuchó tomada por sorpresa. Hacía varios días que Gío había dejado a Betty suturar su dolor con lágrimas. Y Betty le estaba agradecida, sentía que había dejado un gran peso tras ella. Las cosas en Mode no estaban del todo mal y, aunque Henry evitaba encontrarse con ella en la oficina, la carga laboral y los chistes de sus colegas ayudaban para nada a recuperar su humor usual. Sabía que Gío había hecho un gran sacrificio en esperarla para empezar a compartir el tiempo juntos, pero no valía la pena esperar más. Hacía días que deseaba verle, así que no le pareció mala idea.

—Supongo que podría pedir un permiso. O talvez tomar un día de mis vacaciones.

—Me imagino que sí. Por mi parte solo tengo que darle unas pocas instrucciones a Raúl y a Rori y todo marchará como si estuviera ahí —trató de convencerse más que creerse sus propias palabras—. ¿Entonces, estás de acuerdo? Qué tal… el viernes.

Betty vaciló por un momento.

—Tal vez no debería. No he recibido mi cheque todavía y el departamento de contabilidad ha tenido muchos problemas esta semana desde que Henry tomó dos días de licencia para atender un problema en Tucson…

Una sombra pasó por el rostro de Betty. Gío no podía verla pero imaginó su expresión de tristeza por el tono de voz que escuchó a través del teléfono.

—No, no, no. No Henry. Nada de Henry este viernes. ¿Sabes qué? ¡Pide el día libre! Después de todo sabes que, obviamente, yo pagaré por todo.

—Tranquilo, Casanova —sonrió un poco—. Yo también tengo planes para mi primera cita contigo. Y ni sueñes que voy a dejarte pagar por todo. Sé que el negocio no le está yendo tan bien como debería. Y, si acaso no recuerdas, yo también trabajo.

—¡Interesante! ¡Una feminista! —se burló— Otra cualidad en tu lista de múltiples facetas. Antes que nada, debo dejar de andar contándote mis cosas por que siempre la usas en mi contra. Además, no estamos casados… —pausó un segundo— todavía. Y, segundo, no te preocupes por el dinero, ya nos arreglaremos.

Pasaron minutos discutiendo las cosas que podrían hacer y como no pudieron ponerse de acuerdo, resolvieron compartir el tiempo en lo que les viniese a cada uno en la cabeza. Distribuyeron el tiempo en cuatro secciones y la sortearon entre ellos. Sólo había una condición:

—Lo que sea que se te ocurra, quedamos en que no gastaremos ni un centavo en efectivo.

—O con la tarjeta de crédito —ella completó.

—¡Vaya! Es horrible tener una novia tan inteligente: difícil de ganar contigo. De acuerdo, sin la tarjeta de crédito.

—Trato hecho. Creo que será divertido.

—Siempre que uno de nosotros no termine harto de estar con el otro el día completo.

—O si nos no terminamos asesinándonos mutuamente —rió.

—¿Ves? Ya te regresa el buen humor.

—No estaba tratando de ser graciosa.

—Bueno, con o sin intención, me diviertes bastante —Gío hizo una pausa luego de consultar el reloj que estaba junto a la mesita de noche—. Ya es tarde. Así que… duerme bien. Es más, estoy seguro que tendrás dulces sueños.

—¿Ah, sí? ¿Y qué exactamente piensas que soñaré hoy?

—Sólo… sueña con el viernes que viene, ¿de acuerdo? Olvídate de todo lo demás. Buenas noches, Betty. Sueña conmigo… completamente desnudo.

—¡Ahí vas de nuevo! —protestó antes de colgarle.

—0—

Era viernes por la mañana. Betty descendió del tren 7 y se encontró ante la plataforma de la estación de la Quinta Avenida. Miró a su alrededor y divisó a lo lejos una figura recostada contra el muro de acero pintado de rojo. El vestido corto de estampados azules y verde mar que llevaba se agitó al correr hacia aquel que buscaba con la vista entre las personas que habían descendido de los vagones del tren.

—¡Gío! Estás temprano.

—Y tú estás tarde —le dijo sin poder quitar la vista de la flor carmesí colocada en el punto medio del escote del vestido.

—Esa no es forma de tratar a tu chica en tu primera cita —Betty siguió la vista a donde Gío dirigía la mirada y contempló sus escote revelar sutilmente sus pechos a pesar de la gran rosa tejida en lana que tenía sobre ellos. Trató de cubrirse con los brazos pero Gío los apartó con sus dos manos.

—Ya es hora que entiendas que eres una mujer muy atractiva —se acercó a ella lentamente—. Vamos, linda, dame un beso.

Betty movió la cabeza a un lado y los labios de Gío terminaron posados sobre su mejilla izquierda.

—No antes de saber lo que tienes preparado para mi. Es nuestra primera cita, no lo olvides.

Gío le siguió el juego. La tomó de la muñeca y le exhortó a que la siguiera. El sonido de sus botas de piel marrón retumbó contra el metal de la escalera que los condujo a la plataforma superior. Betty se dejó arrastrar a través del angosto corredor que conectaba con la próxima estación y caminó sumisa al lado de Gío, contemplando las tenues rayas negras sobre su camisa gris manga corta, que dejaba libre sus anchos brazos tostados de sol y los jeans negros que le daban forma a su cuerpo bien formado. No les fue difícil trasladarse entre plataformas, eran pocas las personas que surcaban en la estación.

Se detuvieron ante un hombre de cincuenta y tantos años, alto y de tez oscura que se apoyaba de una de las paredes del corredor mientras limpiaba un instrumento musical.

—Giovanni, amigo mío —le dijo el hombre a Gío quien respondió el saludo con un fuerte apretón de manos— ¿Cuándo piensas visitar a tu padre? Sabes que pregunta por ti.

—Hoy no vengo a hablar de él, Duval. Fran, Joseph, ¿cómo va todo? —un joven caucásico en sus treinta, desempacaba un extraño instrumento y le saludó con la mano, sentado a horcajadas en el suelo del pasillo. A su lado una mujer y otros dos más jóvenes discutían por lo bajo. Gío introdujo a Betty como su novia a cada uno de los miembros del pequeño grupo y Betty saludó a todos con el rostro en perfecta combinación con el color de la rosa sobre su pecho.

Una señal de parte del señor que parecía liderar el grupo y las notas empezaron a retumbar en el corredor con suavidad y dulzura. Betty y Gío se entretuvieron escuchando la melodía de dos canciones movidas hasta que se hizo silencio y el que respondía por nombre de Duval vociferó a la pequeña congregación que ya se había formado alrededor de ellos y a todo aquel que quisiera escuchar:

—Esta canción se llama 'Bel fi' y es para la bella señorita —y señaló a Betty de entre todas las personas.

Los acordes de la música surcaron en el aire, hermosos y sublimes. Fran era la vocalista y de su voz surgieron sonidos en un lenguaje que Betty no entendió pero tan dulces a sus oídos que no le pareció importante comprender las palabras.

Gío la tomó de la mano y entrelazó sus dedos con los de ella. La acercó al muro lejos de la multitud que, distraída, se conglomeraba alrededor de los músicos. Betty percibió la sensación de frío del muro al acercarse a él. Las losetas húmedas, quizás debido a la proximidad de las raíces de árboles que abundaban sobre la superficie de la estación del metro. Y había un poco de frescor en el aire, a pesar de ser la última semana de junio. A manera de escudo, Gío se situó al lado de Betty protegiéndola como un escudo de las personas que venían tras su espalda.

—Cierra los ojos —le dijo.

—Pero estamos en el metro, es peligroso.

Gío le dio un ligero jalón con la mano.

—Tienes que darle oportunidad a la música a que te penetre —se acercó más a ella y le susurró al oído—, Hazme caso. Cierra los ojos.

Déjate llevar.

Betty sintió el cosquilleo tibio de su aliento rozar la piel de su oreja y no pudo más que obedecerle. Su calor tan próximo le hizo estremecer haciéndola sentir un dolor placentero en su pecho y en su bajo vientre. Percibió las notas vibrar en su cuerpo y se olvidó del sonido de los pasos, de las voces murmurantes y del eco. Sintió la presión de la mano que sujetaba la suya, el roce de su brazo, el calor de su respiración. Mientras los acordes se intensificaban y caían repentinamente y volvían a subir en un coro celestial, casi inhumano, dejó su cuerpo conmoverse en éxtasis y se abandonó sin fuerzas como la paz postrera a una sensación orgásmica. Sintió un ligero mareo y perdió el balance.

Unos brazos fuertes la sostuvieron.

—¡Epa! No te me vayas a caer.

—Se sintió maravilloso… —fue todo lo que Betty atinó a responder.

El sonrió. Había gozado observarla 'sintiendo' a su lado. No iba a decirle que la había contemplado todo ese tiempo que ella estuvo con los ojos cerrados, deleitándose en capturar cada detalle de su rostro en su memoria.

Cuando Gío lo encontró pertinente, se marcharon. Hablando animosamente de la impresión de la música, aún unidos de la mano. Gío le explicó los distintos tipos de jazz que existían. Sobre todo del jazz creole al cual Duval era adicto y fungía como maestro de los demás artistas que estaban con él. Le dijo que tenía un pequeño café y que esa canción la había compuesto para su difunta esposa quien había estudiado con Gío en el colegio. Murió muy joven hacía ya unos años.

—La canción habla del verdadero amor y de la espera en la otra vida. No sé por qué cada vez que la escucho me da una sensación distinta. Es increíble.

Se entretuvieron tanto con la charla que no percibieron el golpe de calor que los golpeó al surgir de la estación subterránea del tren. El cielo estaba despejado, pero había llovido horas antes y la brisa azotaba las hojas verdes de los árboles del Parque Bryant llenándolo todo de fresco aroma a hierba mojada.

—¿Cuál era ese instrumento tan largo que el hombre de cabellos rojos estaba tocando?

—El Jazz Bassoon —Gío respondió—. Joseph es bastante talentoso, ¿no crees?

Betty lo soltó de la mano y se encaró frente al hombre que tenía ante sí.

—¿Quién eres y dónde está mi Gío?

—¿'Tu Gío'? Estoy seguro que tenías una imagen completamente errada de mí —le sonrió y trató de besarla. Ella dio una mirada rápida a su alrededor mientras daba un paso atrás empujándolo gentilmente por el pecho.

—¡No! En público, no —protestó.

—De acuerdo —dijo pasándose la mano por los cabellos que caían sobre su frente y luego cruzándose de brazos—. Es tu turno ahora. ¿Qué tienes en mente?

Betty se ubicó rápidamente y preguntó dónde había parqueado la furgoneta.

—La dejé cerca de la casa de mi hermana. Ella vive aquí en Manhattan, en Tribeca. ¿A dónde quieres ir?

—No, es bastante cerca. Vamos al Parque Central.

—De acuerdo —dijo Gío en lo que retrocedía sobre sus pasos hacia la entrada de la estación del metro.

—No —lo tomó del borde de la camisa haciéndole detener—, vamos a caminar.

—Pero, si podemos tomar el tren.

—Dejé mi pase en la casa, no me quedan más boletos y tú no puedes comprarme ninguno. No podemos gastar ni un centavo, ¿recuerdas?

—Eso quiere decir que no viniste preparada para nuestra cita —dijo golpeándose los muslos con la palma de las manos.

—Claro que sí. Sólo que no contaba que ibas a tener la brillante idea de no traer la furgoneta contigo. Además. Es mi turno ahora. Tú no puedes hacer nada más que someterte a mis órdenes.

—Y tú estás disfrutando cada minuto, ¿verdad? —ella tenía esa mirada autoritaria que lo volvía loco—. De acuerdo, caminaremos.

—Y hablaremos... —lo sujetó del brazo izquierdo y lo atrajo hacia sí en dirección de la acera de la sexta avenida—No es tan lejos. Y también te hará bien el ejercicio.

Betty bromeó colocando su mano sobre su barriga pero ésta se deslizó, sin quererlo, entre el pliegue de la camisa y terminó tocando su piel. Gío la sintió tan cerca al presionar su mano sobre él de esa forma tan íntima que le invadió un repentino golpe de calor que recorrió todo su cuerpo en respuesta a aquella caricia inesperada. Con un movimiento rápido tomó la mano y la alejó.

—No, me da cosquillas —fue todo lo que se le pudo ocurrir. No acabó de decirlo cuando se maldijo a si mismo por esa estúpida reacción. Era obvio que Betty sólo había tratado de jugar inocentemente con él sin segundas intenciones. Betty, cohibida, soltó su mano de las de él y, sonrojándose, volteó el rostro a la calle para evitar su mirada.

Un carro deportivo convertible con música en alto volumen les pasó por el lado desde atrás y se detuvo en la intersección de la calle 42 y 6ta Avenida a la espera del semáforo. Mientras esperaban por su propia señal de peatón, Betty sintió el brazo de Gío vibrar mientras murmuraba las tonadas de la canción. Por fin les tocó el turno para cruzar la calle y el automóvil arrancó con gran aparataje y se alejó a toda máquina. Gío continuó tarareando la canción cada vez más alto en lo que el vehículo desaparecía de su vista.

Betty le advirtió.

—No cantes. Sólo caminemos. ¿Por qué mejor no hablamos?

Gío soltó una carcajada y le apretó uno de las mejillas con su mano derecha.

—¿Qué te pasa, Robert Philip? ¿Acaso no te gusta cómo canto?

Ella pausó un momento pensando en las palabras que acababa de escuchar y, entendiendo el chiste, sonrió mostrando todos sus dientes cubiertos de hierro.

—Espera un momento, Giselle. ¿Acaso al grandioso Giovanni Rossi le gusta ver las películas infantiles de Disney?

—¡Ja! Si quieres que te diga la verdad, sí y no me avergüenzo de admitirlo. Además, recuerda que tengo una hermanita pequeña.

Ella volvió a contemplarlo como se observa a un animal raro de laboratorio, con fascinación.

¿Quién es este tipo?

Se entretuvieron observando la arquitectura de los edificios, como si fueran turistas en Nueva York, las vitrinas de las tiendas, mofándose de las personas que les pasaban por el lado, inventando historias ridículas, tratando de ver quién sabía más de la historia de la ciudad. Betty dio un largo suspiro y alzó la vista aspirando el olor cargado de la ciudad que amaba en brazos del hombre que quería y sonrió, sintió que podía hacerlo por siempre.

Gío también se sentía a gusto con ella, caminando sin prisas bajo el sol. Se desviaron varias cuadras para ver esto o aquello y luego volvían por donde mismo habían caminado. Compartieron sin parar sus impresiones de la vida cotidiana, sus sueños y sus planes, brazo con brazo. Se sorprendieron de las tantas cosas que tenían en común. Se sintió orgulloso de ella, de él mismo, de los dos estando juntos de esa forma, como una pareja perfecta en pleno Manhattan.

Para cuando estuvieron de frente al Parque Central era medio día y estaban agotados.

Honestamente, los dos van a tener que ejercitarse con más frecuencia.

El parque se extendía ante sus ojos mientras esperaban por la oportunidad para cruzar la calle.

—¡Ay! ¡Ay! —se quejó Gío— ¡Y pensar que todavía nos falta más por caminar!

—Silencio. Deja de quejarte. Mira, ya es nuestro turno —Betty lo exhortó a moverse agarrándolo por la mano corriendo y riendo en plena calle.

El sonrió también y se dejó dirigir por ella. Probablemente a los transeúntes les parecería que eran una pareja de jóvenes recién casados. El contempló su cabellera negra agitarse libre mientras corría frente a él, tener vida propia y brillar ante los rayos del candente sol sobre sus cabezas. Así sin darse cuenta Betty se había transformado ante él en otra mujer desde la primera vez que la había conocido, tan triste y reprimida. Esta era la verdadera Betty y estaba dispuesto a descubrirla de nuevo.

—¡Vamos, apúrate! —le dijo al llegar a la acera antes que él girando al vuelo de su falda hasta estar frente a él.

Era tan hermosa.

Gío se distrajo, tropezó y una de sus botas terminó irremediablemente dentro de un charco de agua en el contén de la calle. Betty le vio dar pequeños saltitos hasta acercarse a ella y empezar a sacudirse el agua de sus zapatos. Estaba tan divertida ante toda esa escena que empezó a reírse ahí mismo.

—¿Acaso soy un payaso? —Gío protestó.

—La verdad que sí me haces reír mucho. Y no es mi problema que tengas unos pies tan grandes. Creo que nunca había visto unos pies tan grandes como esos en mi vida —bromeó con una sonrisa falsa en el rostro. Se sorprendió de su propia provocación. O talvez no tanto. Ya encontraba placer en decir cualquier cosa que les hiciera ejercitar el ingenio. Sonrió esperando el comentario que saldría de su boca en respuesta.

Gío lanzó una maldición al golpear accidentalmente el concreto tratando de sacudirse el agua de los zapatos.

Betty seguía entretenida con todo aquello.

—¡Cómo! ¿No más chistes picantes por el día de hoy? Me has decepcionado.

—¿Chistes picantes? ¿De qué hablas? —detuvo su intento inútil de secar el pie y repasó mentalmente las últimas palabras que había dicho.

Pies grandes… manos grandes…

—¡Oh! —se dio cuenta de repente con cara de sorpresa y bajó la mirada hacia sus pantalones.

No tan despierto como creía que eras.

—¡Te interesas de repente en el tamaño de mi 'salchicha'! —una sonrisa traviesa se dibujó en todo su rostro—. Imposible que seas la misma chica que conocí hace meses. ¿O es que siempre has sido así de mal pensada? Betty, no puedo creer lo que escucho: ¡Mi salchicha!

Se veía tan endemoniadamente bonita al reírse entre dientes ante él con esa cara tan inocente. Puso ambas manos sobre sus rodillas y empezó a reírse a pleno pulmón olvidándose totalmente de su pie mojado.

Betty se sonrojó al verlo reír de esa forma tan animada causando la aparición de un hoyuelo en su mejilla izquierda que la hipnotizó por un breve instante. Sonrió y se sintió libre en un mundo sin las barreras invisibles del comedimiento y la vergüenza, como si fuera adrenalina en su cuerpo. Y se dijo que era verdaderamente feliz. Los días nublados de su vida eran cosa del pasado.

"Tú causas ese efecto en mí, Giovanni Rossi", pensó para sí misma.

Era inicio de verano y la calle estaba llena de gente. Rodeados de personas que caminaban a su alrededor, el sonido de caballos, coches y vehículos y los ruidos de la gran metrópoli, pero todo aquello se había desvanecido y todo lo que ella escuchaba era esa risa fresca y clara. De repente, sólo estaban ellos en el mundo: ella y él.

Dio dos pasos y, cuando estuvo frente a Gío, colocó sus labios sobre los de él, los brazos alrededor de su cuello y lo besó, silenciándolo. El no pudo ocultar su sorpresa ante aquel beso y se incorporó de forma que Betty quedó colgando de sus hombros. Apartó los labios y le dijo, sonriéndole e imitando la voz aguda de Betty:

—¡Cómo! ¡En público!

—¡Basta! —le propinó un golpecito en la espalda—. Sabes que esto no es fácil para alguien como yo.

—Déjame ayudarte.

La besó de nuevo asegurándola con sus brazos alrededor de la cintura y, aún con los labios sobre los de ella, la levantó y la giró alrededor de él. En cuanto los pies de ella volvieron a tocar tierra la sumergió entre sus brazos hasta que casi tocó el suelo y abriendo sus labios se deleitó con ellos en un beso apasionado y sincero.

Un silbido hizo que Betty abriera los ojos y despertara de su ensueño. Uno de los conductores de los carruajes de turistas que estaba en la calle se reía a boca de jarro disfrutando la escena que ellos estaban protagonizando.

—¡Así se hace, hombre! —felicitó a Gío. Dos de los turistas que estaban en el carruaje empezaron a tomarles fotografías.

Toda la valentía que Betty había cultivado hasta entonces se derritió en un torrente de agua fría que le recorrió desde la cabeza a los pies, mientras sentía sus mejillas sonrojarse de la vergüenza.

—¡Tú ves! —se quejó escondiendo su cara en el cuello de Gío. Dándose cuenta de la cantidad de gente que los observaba— ¿Vámonos de aquí, sí?

Un grupo de maratonistas aplaudieron entre risas y silbidos al pasar marchando a su lado y luego terminar adentrándose en el parque.

El le besó la frente y accedió a su plegaria. No sin antes ofrecer con la mano libre múltiples adioses a la divertida audiencia —: Ya, ya. Se acabó el show. Muchas gracias por su atención. Gracias. Gracias.

Algunos de los presentes siguieron aplaudiendo y silbando para el desmayo de Betty mientras Gío la alejaba de la concurrencia en dirección de la esquina más próxima del parque. Betty no levantó la vista hasta que hubo llegado a La Quinta Avenida.

—Ya puedes abrir los ojos —le dijo con suavidad. Betty surgió del escondite que había encontrado sobre su pecho derecho, entre su cuello y el calor de su brazo. Se encontró con el rostro de Gío quien estaba a punto de volver a estallar en risas ahí mismo.

El cellular de Gío sonó de repente y él tomó la llamada. Betty reconoció el difuso sonido de una voz de mujer. Gío se apartó de ella y se alejó varios pasos mientras murmuraba monosílabos en voz baja. No tardó más de dos minutos, cerró el teléfono y regresó a ella.

—Ahora creo que es mi turno. A menos que quieras seguir besándome en el parque. Lo cual estoy cien por ciento a favor.

—No. Tengo hambre —respondió tratando de convencerse que no estaba preocupada por la llamada misteriosa.

—Entonces la comida es mi especialidad y corre por mi cuenta. Dame un segundo. Déjame ver si todo está listo.

Llamó a su cuñado, el esposo de su hermana, y le dio algunas direcciones para que los ubicara y los pasara a recoger.

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Próximo capítulo: Cita -2da parte-