Kyoko había visto muchas veces desde la distancia la casa de piedra con tejado de pizarra; pero, intimidada por su tamaño, nunca se había atrevido a acercarse. Con su perfil recortado contra el verde bosque, la casa tenía cuatro pisos, incluyendo el ático, y se encontraba situada en lo alto de una loma cubierta de hierba y cruzada por cercas blancas. El exterior se había librado de tener un aspecto severo gracias a sus abundantes adornos de madera blanca: un porche de columnas con una terraza saliente, postigos en todas las ventanas y volutas a lo largo de los aleros, decoración que Kyoko nunca en su vida había visto en otro lugar.
Muros de piedra con albardillas blancas bordeaban el jardín frontal, y el camino de entrada a la casa estaba marcado con pilares pintados de blanco en la parte superior, que tenían faroles colgando de ellos. ¡Faroles, nada menos! Esto le parecía a Kyoko una completa locura. ¿Luces fuera de la casa? Cuando su padre tenía que salir en medio de la noche, simplemente llevaba consigo una lámpara.
Mientras el carruaje se bamboleaba y se sacudía a lo largo del camino de entrada, ella miraba fijamente la casa a través de una cortina de lágrimas, y su pánico era cada vez más grande. Sus padres la habían regalado... Tan implacable como un puñal, este pensamiento atravesaba insistentemente su cabeza. Sin duda habían dejado de quererla. Porque estaba engordando, supuso. De modo que la habían regalado.
Y a aquel hombre, nada menos.
¡Dios santo! Kyoko tragó saliva y contuvo la respiración, temiendo hacer algún ruido sin querer. El desconocido tenía el látigo de papá. Estaba allí, a su alcance, en el asiento junto a él. Un movimiento incorrecto, y con toda seguridad le pegaría con aquella tira de piel.
Ella ya sabía que éste no era el mismo hombre que le había hecho daño en la cascada. Cuando apareció debajo de ella en el recibidor, pudo mirar detenidamente su rostro. Líneas tenues se abrían en abanico desde los rabillos de los ojos de color caramelo y de pestañas espesas, indicio de que era unos cuantos años mayor que el otro sujeto.
Y le pareció también que sus rasgos dorados por el sol eran un poco más angulosos. Pero, por lo demás, las diferencias entre ellos eran tan leves que apenas se notaban. La misma nariz recta que nacía entre sus cejas leonadas, un contrapunto perfecto para sus pómulos salientes y su mandíbula cuadrada.
El parecido era demasiado marcado para ser una mera coincidencia, esto era indudable. Si no fuese por la diferencia de edades, aquellos dos hombres eran tan parecidos que podrían ser hermanos gemelos. Esto seguramente quería decir que eran parientes cercanos, a lo mejor hermanos. La idea le revolvió el estómago.
Hermanos... Kyoko supuso que los hermanos debían de ser tal y como las hermanas: vivían en la misma casa y tenían muchas similitudes, no sólo en todo lo relacionado con la apariencia física, sino también en muchas otras cosas. Si un hermano era bueno, el otro probablemente también lo fuese. Si un hermano era malo, era muy posible que el otro también lo fuese.
Kyoko, en fin, sabía a ciencia cierta que aquel hombre tenía un pariente cercano, quizá un hermano, que era muy malo. Esto la asustaba muchísimo. Para tratar de sentirse mejor, se repetía insistentemente que él ya le habría hecho daño si así lo hubiese querido. Y, hasta entonces, no había intentado nada. Pero esto no quería decir que no lo hiciese si llegara a apetecerle.
El carruaje se detuvo con una sacudida. Aterrorizada, ella se quedó mirando fijamente la casa, y le vino a la mente otro pensamiento. Era posible que el otro hombre, el de las cataratas, estuviese allí dentro. Esperándola, tal vez.
El corazón le dio un salto de terror, y miró en torno suyo, buscando la manera de escapar. Pasara lo que pasara, no podía entrar en aquella casa.
Como si él hubiese intuido lo que ella estaba pensando, el desconocido la sujetó con más fuerza.
Kyoko apenas pudo contenerse para no gritar, pero se puso a temblar y sus dientes empezaron a castañetear. Ella no podía oír este sonido, pero pensó que él quizás pudiese. De ser así, sabría cuánto miedo le tenía. Los maltratadores siempre eran más crueles cuando pensaban que ella tenía miedo.
El hombre la agarró por las muñecas con una mano y, con la otra, tomó el asentador de navajas de afeitar y abrió la puerta del carruaje. Antes de que Kyoko pudiese adivinar lo que él pensaba hacer, metió el asentador en su bolsillo, la sujetó contra su pecho y salió del vehículo. Dado que el hombre la estrechaba con fuerza entre los brazos, sus pies colgaban a varios centímetros del suelo.
Pensó en darle otra fuerte patada en las espinillas o en pegarle de nuevo en la boca con la cabeza, pero enseguida desechó esta idea. Ahora que la había llevado hasta allí, no había manera de saber lo que podría hacerle si le provocaba.
Como si fuera una muñeca de trapo rellena de plumones de ganso, subió con ella las escaleras que conducían a la casa. Luego, sin soltarla, de alguna manera logró abrir la puerta de par en par. Después de dar tres largas zancadas para entrar en el recibidor, se detuvo y dejó que pusiera los pies al suelo.
Puesto que seguía sujetándola con un brazo alrededor de las costillas, Kyoko no pensó en tratar de huir. Aunque lograra escapar, ¿adónde iría? El no tardaría en encontrarla si regresaba a casa.
La vivienda era mucho más grande de lo que parecía al verla desde fuera. Muchísimo más grande. Paneles de roble adornaban la parte inferior de las paredes del recibidor. Sobre ellos se levantaba un mural que representaba un paisaje de principios de otoño. A medio camino en dirección al extremo opuesto del recibidor, una reluciente escalera de roble surgía del suelo de baldosas de color marrón rojizo para conducir al primer y el segundo pisos.
Atemorizada, Kyoko se quedó mirando fijamente el mural. Las hojas que caían de los árboles parecían completamente reales, igual que el arroyuelo que serpenteaba perezosamente a través de un bosque de álamos de Virginia.
El centro del mural era un caballo negro encabritado, parecido a los que ella había visto pastando en el campo, con las patas delanteras golpeando el aire, las vistosas crines al viento y la cola ondeando majestuosamente.
Nunca había visto algo tan hermoso. En aquella casa no sería posible hartarse de las lluvias de invierno, pues allí dentro se había creado la sensación de que siempre lucía un día de sol radiante. Al mirar la pintura, casi podía sentir una cálida brisa acariciando sus mejillas.
Sobresaltada, comprendió de pronto que el calor que rozaba su cara era en realidad el aliento del desconocido. Se había inclinado para mirar la expresión de su rostro. La del suyo era de inconfundible orgullo.
—¿Te gusta? —preguntó Alex.
Durante un largo rato, Kyoko se quedó mirando su tez morena, plenamente consciente de su estatura y de la anchura de sus hombros. Luego, temblando, apartó bruscamente la mirada y enseguida intentó contener una nueva oleada de pánico.
Un temblor en el pecho del hombre le reveló que él estaba hablando de nuevo y, por la fuerza de las vibraciones, supuso que estaba llamando a alguien. Como ardillas surgiendo de sus madrigueras, un mayordomo y varios empleados domésticos salieron de distintas entradas situadas a lo largo del corredor. Al ver a Kyoko, inclinaron cortésmente las cabezas y se retiraron de nuevo.
Un momento después, una mujer de complexión menuda, vestida de negro, apareció en el rellano del primer piso. Kyoko nunca había visto a nadie parecido a ella. Como un enorme cisne negro abatiéndose sobre una presa, la mujer bajó la sinuosa escalera. Al llegar a la planta baja y dirigirse hacia ellos, abrió los brazos en señal de bienvenida.
Kyoko la miró boquiabierta. El único elemento alegre que había en la apariencia de aquella mujer era la punta de su nariz, que estaba roja como un tomate. Llevaba el pelo de color negro recogido tan apretadamente hacia atrás, en un moño sobre su fina nuca.
—De modo que ésta es nuestra pequeña Kyoko. —Lucía una sonrisa de oreja a oreja que dejaba ver una dentadura perfecta—. ¡Caramba, caramba! Tiene el pelo completamente enredado, señor Ren. ¿Su madre nunca se lo peina?
Kyoko no pudo ver el rostro del hombre para saber qué respondía, pero sintió la vibración de su voz repiqueteando sobre sus omoplatos. La mujer lo había llamado señor Ren. Guardó este nombre en la memoria.
La mujer sonrió al oír la respuesta.
—Ah, bueno, no importa. Yo la arreglaré en un abrir y cerrar de ojos. —Volviendo de nuevo su atención hacia Kyoko y tendiéndole su mano gruesa, dijo—: Soy la señora Matsunai, tu cuidadora. Nos vamos a llevar maravillosamente bien tú y yo. Estoy segura.
Kyoko casi agradeció la sólida presencia del cuerpo del hombre detrás de ella, al tiempo que retrocedía ante la mano de la mujer. Su sonrisa era bastante cordial, y parecía ser una persona amable. Pero había algo en ella que ponía nerviosa a Kyoko. Sus ojos, concluyó. Sin señal alguna de calidez, brillaban como pulidas esquirlas de piedra negra.
Ren agarró a Kyoko de los hombros con firmeza. Ella sintió su pecho retumbando de nuevo. Acto seguido, la entregó a la señora Matsunai. Al principio, Kyoko sintió alivio de escapar de sus garras. Pero no por mucho tiempo.
La mujer la cogió del brazo con fuerza, para obligarla a subir la escalera y atravesar el corredor. Kyoko esperaba que en cualquier momento se abriera una de aquellas puertas cerradas y el hombre que la agredió saliera de un salto. Puesto que no podía oír, sólo contaba con sus ojos para ponerla sobre aviso.
Se sobresaltaba cada vez que veía una sombra, lo que hizo que la señora Matsunai la agarrara del brazo con más fuerza.
La mujer la condujo a un dormitorio que parecía haber sido la habitación de los niños en otros tiempos. En un rincón se encontraba un caballito balancín de madera, que había perdido su color y estaba totalmente desgastado en ciertas partes. Entre dos de las paredes interiores se hallaba un armario estropeado, pero que aún se podía usar, una cómoda a juego y una cama con cuatro columnas de madera tallada. En la tercera pared había una enorme chimenea de piedra.
Sólo una ventana dejaba entrar la luz del sol. Frente a ella, se encontraba una mesa con pie central, llena de marcas, donde ella suponía que los pequeños ocupantes de la habitación habían recibido sus clases en otro tiempo.
Poco después de que la señora Matsunai y ella entraran en la habitación, un hombre enjuto y nervudo, vestido con un uniforme de trabajo, llegó con uno de los baúles de Kyoko. Unos pocos minutos después, volvió a entrar jadeando a causa del esfuerzo con el otro baúl sobre uno de sus hombros.
Inmediatamente después de que se marchara, la señora Matsunai cerró la puerta de roble, dejó caer la llave en el bolsillo de su falda y empezó a examinar las cosas de Kyoko. Una vez que encontró un cepillo y una cinta para el pelo, le hizo señas a Kyoko para que se sentara en una de las sillas de respaldo recto que se encontraban alrededor de la mesa.
Acostumbrada a hacer lo que se le decía, Kyoko se sentó para dejar que aquella mujer le cepillara el pelo. Después de terminar de desenredárselo, emprendió la tarea de trenzar la larga cabellera de Kyoko, tirando de los mechones y retorciéndolos hasta que la chica sintió como si el pelo de sus sienes estuviese a punto de salírsele del cuero cabelludo.
Al ver su mirada suplicante, la señora Matsunai esbozó una fría sonrisa.
—Nos llevaremos bien, chiquilla. Muy bien. —Hizo un gesto admonitorio con el dedo—. Pero no me pongas a prueba. No tengo paciencia para las tonterías.
Kyoko se aferró con sus manos temblorosas a los bordes de la silla.
—Siéntate bien. Cuando haya terminado de deshacer tus baúles, tocaré la campana para que nos traigan la comida.
Kyoko no quería comer. Era lo que menos quería hacer. Su único deseo era salir de aquel lugar y, para poder hacerlo, tenía que adelgazar, volverse flaca para que sus padres quisieran que regresase a casa.
Se rodeó la cintura con los brazos y se quedó mirando a la mujer, mientras ésta sacaba todas sus cosas de los baúles y las guardaba en la cómoda y el armario. El verla trabajar le hizo entender a Kyoko que el señor Ren planeaba tenerla allí durante mucho, mucho tiempo. La pregunta era por qué. Las posibles respuestas hicieron que le dieran ganas de vomitar.
Con el miedo reavivado por los pensamientos que la acosaban, echó un vistazo a la puerta cerrada con llave y luego a la ventana. Se le cayó el alma a los pies cuando vio que había barrotes de hierro al otro lado de los cristales. A las ventanas de las habitaciones de los niños que se encontraban en los pisos superiores por lo general se les ponían barras, para impedir que los pequeños se cayeran en un descuido. Pero ella no era una niña.
Si el señor Ren no tenía la intención de hacerle nada horrible, ¿por qué querría encerrarla? Tal y como prometió, la señora Matsunai tocó la campana para que les trajeran la comida en cuanto terminó de deshacer los baúles.
Cuando una criada les llevó las bandejas, la menuda mujer se sentó a la mesa y se abstrajo tanto en su plato de rosbif en lonchas, verduras y pan recién hecho que tardó unos cuantos minutos en advertir que Kyoko no estaba comiendo. Cuando finalmente lo hizo, se limpió las comisuras de la boca, dejó su arrugada servilleta de lino junto al plato y se levantó de la silla.
—¡Qué fastidio! Nadie me dijo que no podías comer sola. Sólo yo tengo la suerte de conseguir un trabajo que consiste en cuidar a una idiota.
La mujer pinchó un trozo de carne con el tenedor y trató de embutirlo en la boca de Kyoko.
—Tienes que comer, chiquilla. Si no lo haces, vas a caer enferma, y eso no será bueno para mí. ¿Entiendes? No puedo perder este puesto.
Normalmente, Kyoko habría sentido compasión por aquella mujer. Los criados de sus padres también necesitaban sus trabajos y, por lo que les había llegado a entender, sabía que no era fácil encontrar un empleo. Pero en aquel caso, no podía permitirse ser caritativa. Pasase lo que pasase, tenía que adelgazar. Y debía hacerlo rápido.
Cuando, después de empujar suavemente el tenedor contra su boca, Kyoko se negó a abrirla, los ojos de la señora Matsunai despidieron un brillo maligno, y la pinchó con el cubierto. Kyoko parpadeó, al principio de dolor, luego de incredulidad. Uno de los dientes del instrumento le perforó el labio. Podía sentir las gotas de sangre corriendo por su barbilla.
—Lo que me gusta de los idiotas, chiquilla, es que no pueden andar contando chismes. Si Tsuruga Ren nota que te ha pasado algo, le diré que tú misma te hiciste daño. —Arqueando una negra ceja, añadió—: No te portarás como una niña difícil. Conmigo, no. ¿Entiendes?
Kyoko entendió perfectamente. Aquella mujer era tan despiadada como bella.
La rebelión, por lo general, era algo completamente ajeno a su naturaleza; pero aquélla no había sido una mañana cualquiera. En un lapso de dos horas, su madre la había engañado, su padre la había traicionado y un hombre que le daba mucho miedo la había tratado mal. ¿Y ahora la pinchaban con un tenedor? Una horrorosa sensación febril se adueñó de ella. A menos que pudiera coger el otro tenedor y pinchara con él a la mujer, había muy poco que pudiera hacer, salvo resignarse al maltrato.
Y esto era precisamente lo que pensaba hacer. Nada de lo que hicieran aquella mujer o Ren la iba a hacer comer. Nada.
Cuando otro pinchazo con el tenedor no animó a Kyoko a abrir la boca, la señora Matsunai optó por otras formas de persuasión que su patrón no notaría con tanta facilidad. La tiró del pelo, le pegó con fuerza en la espalda y luego recurrió a pellizcarla en lugares en los que la ropa ocultaría los moretones resultantes.
Kyoko permaneció sentada mientras aguantaba toda la tortura, fulminando a la mujer con la mirada y con los dientes fuertemente apretados.
Poco antes del amanecer del día siguiente, Kyoko se bajó sigilosamente de la cama y atravesó la habitación andando de puntillas. Hacía un gesto de dolor cada vez que sentía una tabla del suelo ceder bajo su peso. Una de las desventajas de ser sorda, entre muchas otras, era que resultaba muy difícil moverse a hurtadillas. No podía saber con precisión si estaba haciendo ruido. Eso era terriblemente molesto, especialmente cuando anhelaba hacer algo y tenía miedo de que la castigaran si llegaban a cogerla desprevenida.
Como podría suceder en aquel instante...
Al llegar a la ventana, Kyoko apartó la mesa con cuidado. Vio que había espacio suficiente frente a la ventana de guillotina, quitó el cerrojo y apoyó las bases de sus manos en el travesaño. Sin hacer ruido, Kyoko, sin hacer ruido.
Olvidando momentáneamente la herida que le había causado el tenedor el día anterior, se mordió el labio inferior. Al sentir un fuerte dolor, optó por morder, mejor, la parte interior de su mejilla. No sabía muy bien por qué, pero según su experiencia, para hacer algo perfectamente bien, tenía que hacer algún gesto con la boca, y morder la parte interior de su mejilla parecía funcionar a las mil maravillas.
Lentamente, abrió la ventana. Lo hizo aterrada, temiendo incluso respirar. Sólo podía esperar que Ren fuese uno de esos tipos quisquillosos que mantenía las puertas y ventanas de su casa bien lubricadas. Si no, lo más probable era que estuviese haciendo ruido suficiente como para despertar a los muertos
Pero los muertos no eran los que le preocupaban. Era a la señora Matsunai a quien no quería despertar. Antes de irse a acostar la noche anterior, la muy desconsiderada la había atado a la cama; con tiras de lino, nada menos. Por las cosas que le había dicho, Kyoko sabía que esa mujer creía que ella era una completa idiota. Y quizá lo fuese.
Pero incluso un bobo tenía la capacidad suficiente para desatar nudos.
El aire fresco entró a través de los barrotes de hierro, pegando el camisón de céfiro de Kyoko a su cuerpo. Antes de que se permitiera relajarse, estuvo atenta a ver si «oía» algún movimiento proveniente del cuarto contiguo. Nada. No sintió pasos vibrando en el suelo. Ni cosquilleos en su nuca. Nada. Se permitió esbozar una sonrisa de satisfacción. La señora seguía durmiendo.
Agarrando los barrotes con fuerza y dejando que sus manos se deslizaran a lo largo de éstos, Kyoko se arrodilló en el suelo de madera. Hizo caso omiso de la arenilla que arañaba su rodilla descubierta y fijó la vista en el cielo. El amanecer. Para ella, ésta era la parte más hermosa del día y, a menos que estuviese enferma, lo cual rara vez sucedía, nunca perdía la oportunidad de contemplarlo.
En aquel instante el cielo estaba de un azul negruzco, como a altas horas de la noche; pero supo por el apagado brillo de las estrellas que ya casi iba a despuntar el día.
Este espectáculo nunca dejaba de asombrarla. Quedándose sin respiración, vio una grieta de color rosa zigzaguear a través del horizonte. Unos pocos minutos más tarde, gloriosos rayos de luz emanaron de ella, dándole a todo lo que tocaban una luminosidad mágica. Cuando las montañas se hicieron visibles, sus picos estaban envueltos en una bruma del color de los pétalos de una pálida rosa. Luego, como una sonrisa que poco a poco se fuera volviendo radiante, los rayos de luz que hendían el cielo empezaron a adquirir un color dorado brillante.
Extasiada, Kyoko apretó con fuerza los barrotes de hierro, pensando que, en lugar de la música, Dios le había dado los amaneceres. Aun sorda, podía oír la canción en su corazón; y no por ello era menos conmovedora. Bella música hecha de luz.
Kyoko cerró los ojos y recordó todos los sonidos que generalmente llegaban con el alba: el canto de un gallo, las estridentes explosiones de los pajarillos, el ladrido distante de un perro, el susurro de la brisa matutina al repuntar. Ya nunca más podría gozar de esos sonidos. No obstante, los había guardado en su memoria. Eran suyos, y podía recordarlos y disfrutar de ellos cada vez que quisiera.
Al abrir los ojos, un movimiento en el jardín que estaba debajo de ella atrajo su atención. Su mirada se centró en un destello dorado que rivalizaba con el de los rayos de sol: el pelo de Ren. Sabía con absoluta certeza que era él por su manera de andar, por las zancadas largas y seguras, que hacían sobresalir los músculos de sus muslos y tensaban la tela de color amarillento de los pantalones de montar.
Dado que se estaba moviendo junto a la casa, ella podía verlo de frente. Llevaba una camisa blanca de algodón, con las mangas remangadas sobre sus gruesos brazos, la parte delantera completamente abierta y los faldones sueltos alrededor de sus estrechas caderas.
Kyoko nunca había visto el pecho desnudo de un hombre, y se quedó mirándolo con curiosa fascinación. En lugar de pálidos senos con puntas rosadas como los suyos, él tenía unas tetillas doradas por el sol, que no sólo parecían firmes, sino que además se tensaban de forma peculiar cuando se movía. En el centro de cada una de ellas había una mancha marrón del tamaño de una moneda de cobre. Al mirar detenidamente, vio que también tenía pelo de color dorado en su pecho. Corto y de aspecto afelpado, estaba segura de que debía de picar. El vello llegaba hasta el ombligo, luego se estrechaba para formar una línea que desaparecía debajo del cinturón.
Cuando pasó justo debajo de la ventana, lo que le permitió observarlo por detrás, él empezó a quitarse la camisa. Estirando el cuello, vio con gran asombro cómo enrollaba la camisa de algodón alrededor del puño de su mano. De un extremo a otro de su espalda, bajo la piel bronceada que brillaba como si le hubiesen frotado aceite, los músculos se movían, sobresaliendo en ciertos lugares y aplanándose en otros.
Salió del jardín para dirigirse a una pequeña edificación anexa, que se encontraba cerca de las caballerizas. Junto a ella había una bomba de agua oxidada, cuyo pitorro se encontraba sobre un palanganero desgastado. Después de tirar su camisa sobre un vallado cercano, movió la manivela de la bomba hasta que el agua empezó a salir a borbotones. Luego, metió la cabeza y los hombros bajo el chorro.
Kyoko se estremeció, imaginando cuan fría debía de estar el agua. Se enderezó, se sacudió como un mapache mojado y se restregó los ojos para secarse.
El pelo le quedó como si alguien se lo hubiera removido con un batidor. Ella no pudo menos que sonreír ante el aspecto tan ridículo que tenía. Pero Ren remedió la situación pasándose los dedos por su oscurecido pelo. Con el torso superior brillando aún debido a las gotitas de agua, cogió la camisa y se la puso de nuevo. Por lo visto, no le importaba que el algodón absorbiera el agua y se pegara a él como una segunda piel.
Fascinada, Kyoko lo vio apoyar una mano sobre la cerca y saltarla sin esfuerzo aparente. Había un caballo castaño dentro del cercado. Cuando la bestia lo vio, sacudió la cabeza y golpeó la tierra repetidamente con el casco de una pata delantera. Ren se acercó lentamente al animal. Cuando estuvo aproximadamente a tres metros de él, el caballo giró sobre las patas traseras y se alejó al galope. Sin hacer ningún movimiento brusco, Alex lo siguió. Una vez más, cuando estaba a punto de salvar la distancia que lo separaba del animal, éste se puso a galopar.
Ren intentó acercarse una y otra vez. Todas las simpatías de Kyoko estaban con el caballo. Mientras el hombre procuraba ahorrar energía, el animal se escapaba al galope constantemente e, impulsado por el pánico, daba vueltas innecesarias alrededor del cercado. Poco tiempo después, el pelaje le brillaba por el sudor y respiraba aguadamente a causa del agotamiento.
Kyoko comprendió que Ren pensaba seguir acercándose al caballo hasta que éste se quedara sin fuerzas para huir de él. La pobre bestia también pareció comprender esto y lo miraba con recelo. Su cuerpo era presa de temblores causados por el esfuerzo excesivo.
A Kyoko le pareció que se trataba de un juego cruel y, al verlo someter al animal a tan dura prueba, se reafirmó en la idea de que no era un hombre bueno.
Tras tener este pensamiento, a Kyoko se le hizo un nudo en la garganta. Se levantó de una manera tan repentina que la cabeza empezó a darle vueltas. Dio la espalda a la ventana, rodeó su cintura con los brazos y dirigió la mirada hacia la puerta cerrada con llave.
Detrás de ella, la luz del sol entraba a través de la ventana, dibujando en el suelo las largas líneas de los barrotes de hierro. Atrapada. Así era como se sentía.
Quizá fuesen simplemente los recuerdos de aquel día en las cataratas ganándole la batalla, pero casi podía ver a Ren entrando en su habitación y acosándola, tal y como había hecho con el caballo, con esa misma implacable determinación, hasta que estuviese demasiado agotada para seguir huyendo de él.
Incapaz de contenerse, volvió a echar un vistazo a la ventana. A través de los barrotes, vio que lo inevitable finalmente había ocurrido. El caballo estaba acorralado en un rincón del cercado, temblando, pero ya sin poder oponerse a que la mano de su amo tocara su cuerpo.
