Capítulo 9: Profesor y jefe de aurores
Entró en el Gran Comedor, buscando con la mirada a la pequeña rubia que encontró al otro extremo de la sala, junto a la profesora Emma Zeller. Caminó sin prisas hasta allí y recibió una sonrisa amable por parte de la profesora.
—Ya le he indicado a la señorita Malfoy lo que tiene que hacer —dijo con su peculiar tono suave y cariñoso—. Acompáñeme, le indicaré su trabajo.
Albus miró de reojo a Helen y después siguió a la profesora hasta la pared de los ventanales, desde los cuales se veían las aguas del Lago Negro, calmadas, brillantes.
—Decorará con esas flores rojas —dijo la profesora señalando unas cajas cercanas a la chica Malfoy— los bordes de los ventanales. —Se dio cuenta de que el chico contemplaba a la Slytherin y sonrió—. La señorita Malfoy no puede utilizar la varita porque todavía no sabe hechizos. Pero usted —añadió inclinando la cabeza— tiene mi consentimiento para utilizarla. Aunque quiero que la utilice con todo el amor que pueda sentir para San Valentín.
Ante la expresión confusa de Albus, la profesora se le acercó al oído y añadió:
—Sé que sólo quiso defenderse del señor Sullivan.
Lo miró desde su posición, unos centímetros más alta que el chico, y le volvió a sonreír cariñosamente. Después se alejó, de camino a la sala que había detrás de la mesa de los profesores.
No le parecía justo. Observó a la hermana de su amigo y bajó los hombros. Ella estaba colgando las mismas flores que él debía colgar, pero por las sillas de los profesores. Guardaba la varita en el bolsillo interior de su túnica de Slytherin, obedeciendo las órdenes de la profesora.
Albus se acercó a ella con dudoso sigilo y se detuvo detrás de la caja de las flores. Sacó su varita, manteniendo una mano en el bolsillo de su vaquero, y conjuró una de las flores, conduciéndola hasta la silla contigua a la que se encontraba la chica.
Helen siguió con su trabajo, ignorando el gesto del Gryffindor. Se saltó la silla ya decorada y continuó como si él no estuviera allí. Albus alzó los hombros y entonces, sin moverse del sitio, empezó con su parte del trabajo. Miraba de vez en cuando a la chica, ayudándola cuando parecía no poder enganchar bien un ramito.
—No hace falta que me restriegues tus hechizos por la cara —le soltó con voz áspera en una de esas veces.
El chico tragó con fuerza, sorprendido por la reacción de la rubia. Él no había pretendido eso, sólo quería ayudarla, quitarse la culpa de que él tuviera el trabajo más fácil. Pero con el comentario de la chica se dio cuenta de que no había pensado en sus sentimientos, en cómo interpretaría sus gestos.
Se alejó con paso lento, pensando. Su frase se había quedado resonando en su cabeza, rebotando. Esas palabras, con ese tono de voz. Le resultó extraña la forma en que su voz volvía más fría e insensible la frase, con un deje de arrastrar de palabras. Le hizo sentirse peor.
—Dame una razón —suplicaba la voz de un chico.
Albus salió de su ensimismamiento, dejando que la frase de la chica siguiera rebotando en un rincón de su cabeza. Se detuvo en el escalón y contempló a la pareja que se había detenido un poco más abajo, al pie de esa misma escalera.
—Francis, es mejor que no lo sepas —dijo con firmeza una morena de ojos azules, siguiendo su camino.
El Gryffindor de pelo castaño y rizado apretó la mandíbula y después pegó un par de pasos para alcanzarla, sujetándola por el brazo en el acto.
—¿Hay otro? —preguntó con fuerza, pero sin alzar la voz.
Los ojos azules miraron los marrones, contestando sin necesidad de hablar. Francis Wood, sin querer, apretó un poco más sobre el brazo de la chica, de pura rabia e impotencia.
—¡Suéltame, estúpido! ¡Me haces daño! —Clary se desasió de la dura mano de su, ahora, ex-novio.
—No me habrás engañado, ¿verdad? —Francis podía soportar que lo dejara porque le gustaba otro, pero no porque le gustara después de haberlo probado. Un escalofrío lo recorrió cuando ella no contestó, sintiéndose más furioso que nunca.
—Clary, mi hermano te busca —dijo Albus después de estar pensando si debía interrumpir o no.
La chica lo miró, pero no demostró alivio como había esperado el moreno. Francis se sobresaltó y se giró para mirar a Albus. Dio unos pasos atrás, alejándose de la chica, y aparentó normalidad. Después sonrió.
—Sí, es él —dijo con ironía Clary acercándose al moreno y enganchando un brazo en el suyo.
Francis pareció relajarse y sonrió de forma más natural. Se había dado cuenta de lo ridícula que había sido su actuación y se dirigió hacia el Gran Comedor, mientras se formaba una pregunta en su cabeza que debía resolver.
—Gracias, chico —le dijo la morena a Albus soltándole el brazo y revolviéndole el pelo como hacía su hermano.
No sintió ganas de sonreír. No era muy experto en eso de las relaciones, pero poco a poco iba aprendiendo y se hacía una idea de ellas. Por ahora, con lo poco que sabía, no tenía ningún motivo para querer salir con nadie.
Ella ya se había ido y decidió ir al Gran Comedor, a cenar de una vez.
Mientras tanto, Clary se desvió del camino que iba a seguir el chico, dirigiéndose a un pasillo que tenía a la vez un pasadizo secreto. Ella conocía su existencia por el mapa del Merodeador que James tenía y que tantas veces habían utilizado. Se adentró en él, deteniéndose de pronto al ver un par de figuras acercándose por el otro lado. Se apoyó en la pared, mirando a los dos chicos que se acercaban con una sonrisa torcida.
—¿A dónde creéis que vais?
James y Fred contuvieron la respiración al escuchar una voz, pero como estaban a oscuras no supieron quién era en un primer momento.
—Nos has asustado, Clary —susurró James acercándose a la chica.
—Habla por ti, Jamsie —lo contradijo el otro cruzándose de brazos e imitando la sonrisa de la chica.
—¿Qué hacéis aquí?
—Buscar otra dichosa pieza. Así podremos utilizar más horas la Sala de los Menesteres.
—James, se suponía que la buscaríamos nosotros dos —rechistó Fred, descruzándose de brazos—. Ahora tendremos que compartir las horas con ella si nos acompaña.
—¿Tienes algo en contra de que me pertenezcan algunos minutos de esa sala? —preguntó provocativa.
—Sí, porque no quiero que "esa sala" se convierta en un cuarto oscuro —contestó Fred acercándose a la chica, con una expresión parecida a la de Clary.
—¿Queréis parar? —los cortó James antes de que aquello fuera a más, porque no quería estar en medio de ese pasillo estrecho cuando los hechizos lo cruzaran de un lado a otro—. El acertijo quiere que vayamos a un lugar de Hogwarts donde no hay magia. Centraos en eso.
Los otros dos se miraron con furia y pusieron unos centímetros de distancia entre ellos. Fred suspiró y se volvió a cruzar de brazos.
—Ya te he dicho que el colegio es "de Magia y Hechicería" —repitió Weasley cansinamente—. ¿No puede significar otra cosa?
—A menos —lo cortó la chica con una de sus miradas— que se refiera al aula de Estudios Muggles. Allí no se utiliza la magia, por eso se llama así.
—¡Claro! ¿Cómo no lo había pensado antes? —exclamó James con una sonrisa—. Vamos.
De camino, Clary le pidió al chico que le citara la frase.
—"En un lugar en el que la magia parece extinta, busca en la antigüedad donde los muertos intentan cruzar" —dijo James leyendo un papel—. La primera parte la tenemos. Ahora sólo falta encontrar eso de los muertos.
Fred soltó una risita que sólo pareció escuchar Clary. Ella se giró para mirarlo y le sonrió. Desde siempre su amigo los había metido en situaciones de riesgo, demostrando cuánto le gustaba a James la acción. Como ahora. Fred le devolvió la sonrisa, adivinando sus pensamientos.
Llegaron al aula del primer piso, entrando con toda facilidad, repartiéndose por toda la sala para encontrar algo que les recordara al acertijo. Pasaron aproximadamente cinco minutos hasta que Fred suspiró.
—No encuentro nada —dijo sentándose en uno de los pupitres—. Yo no sé a dónde querrán cruzar los muertos, pero el que se muere de aburrimiento soy yo.
—Fred, no te desanimes —escuchó la voz emocionada de su amigo, escondido tras las pocas estanterías del aula—. Creo que estoy cerca.
El chico Weasley rodó los ojos y se acomodó en su asiento. Clary lo miró un momento y después siguió buscando entre los libros. No llegó a pasar ni un minuto antes de que James volviera a hablar.
—Creo… creo que lo he encontrado —dijo casi en un susurro—. No, esto no es.
Fred se levantó después de escuchar la voz amortiguada de su amigo para ayudarlo. Pasó por detrás de Clary, la cual le dirigió una mirada provocativa, a lo que él sonrió, y se asomó por el otro lado de la estantería, viendo al final del pasillo a su primo.
—Chicos, creo que tengo el libro.
Fred deshizo sus pasos para volver con la chica, al tiempo que James se acercaba por el otro lado de la estantería. Clary le mostró el libro a Weasley: parecía antiguo, con el lomo desgastado y las hojas casi del mismo color que las de los árboles en otoño.
—Peri Em Heru —leyó James por encima del hombro de su amiga—. ¿Qué significa?
—Es el Libro de los Muertos, más conocido como La salida al día. —Abrió el libro pasando las páginas sin detenerse en ninguna en especial—. Es… una recopilación de los rituales egipcios muggles para recorrer más fácilmente el camino del Más Allá y donde hay consejos para… "renacer" en una vida con más suerte.
Clary alzó la cabeza y se encontró con los ojos extrañados de sus amigos. Alzó los hombros mientras cerraba el libro y se lo pasó a James.
—Mi madre es historiadora y le fascina la cultura egipcia —se justificó.
Sin más, Potter fijó la atención en el libro, revisándolo por entre las páginas, palpando las cubiertas, mirando el lomo…
—Eh, creo que he encontrado… la pieza —terminó de decir al tiempo que hacía palanca con sus dedos entre la cubierta principal y un adorno de color negro que había en la esquina inferior derecha.
Cuando lo hubo arrancado, alzó la figura en forma de ele hasta la altura de sus ojos con la mano derecha y después se la enseñó a sus amigos con una sonrisa. Fred sonrió de lado y Clary se posicionó de forma altiva.
28. Último día del mes de febrero. Marzo está por empezar. Se acercan las vacaciones. El ambiente indica que cada vez se desea más la llegada de la primavera. Las conversaciones del Gran Comedor parecen reavivarse. Los alumnos están alegres. Todos menos uno.
Alan come lentamente, oculto tras las conversaciones animadas de sus amigos, los cuales felicitan al trío más revoltoso del castillo. La noticia del descubrimiento de la cuarta pieza ya había recorrido el colegio incluso antes de empezar la primera clase de la mañana. Es por eso que la mesa de las serpientes era la menos animada; ya iban dos contra uno: dos piezas para Gryffindor y una para Slytherin.
Pero casi parecía irrelevante para un pequeño grupo de leones, pues Scorpius planeaba con Albus y Rose la genial idea que habían tenido a raíz del cumpleaños de Alan. Nada más despertarse ya lo habían felicitado, pero el rubio había hecho un comentario que desencadenó en nuevos planes para esas vacaciones de pascua que llegarían el 1 de abril.
—Sí, es mejor en tu casa con vuestra familia —decía Scorpius con una sonrisa, pensando que en su casa no se podría hacer mucha fiesta.
—Vale, se lo diré a mi padre —contestó Albus—. Seguro que no se opondrá a celebrar mi cumpleaños con la familia y tampoco creo que haya muchos problemas porque también celebremos los cumpleaños de dos amigos.
Alan alzó la cabeza ante ese silencio. Había estado escuchando, así que entendía que se hubieran callado ante ese último comentario. Él sería uno de los cumpleañeros, junto a Albus… y Scorpius. Y ahí estaba el silencio. Se debía a que el 12 de abril sería el cumpleaños del rubio y era sabido que los Weasley y los Potter no congeniaban muy bien con los Malfoy, aunque no hubiera disputas entre familias.
—Algún día tendrán que aceptar que somos amigos —dijo Rose acabando con una sonrisa.
Al chico de ojos negros le pasó una imagen fugaz, como si no la hubiera pensado él, como si la hubiera captado de otra mente. Era un recuerdo de la sala común, aquel día que Rose se atrevió a demostrar una parte de lo que sentía por Scorpius. Alan creyó que lo había recordado ella.
—¿Qué te parece, Alan?
Se había perdido un par de frases, pero sabía a qué se refería Albus.
—Genial, así conoceré a tu gran familia. —El chico sonrió levemente, sacándole una sonrisa más grande a su amigo.
Los tres siguieron hablando, cambiando de tema y volviendo también a discutir sobre éste. Y Alan siguió en su misma posición, distante, sintiéndose fuera de lugar, pero sobre todo triste. Cada 28 de febrero era un recordatorio de los días en familia, de los más felices, junto a su hermano, su madre y su padre. Los días que ya no tendría.
Pero no lo sabían; había procurado ocultárselo a sus amigos, no por no confiar en ellos, pero sí para evitar preguntas.
Rose y Scorpius subieron hasta la torre de Gryffindor después de la clase de Aritmancia. Acababan de dejar a Sam y Lysander un par de pasillos atrás y todavía pensaban en ella. Hasta que llegaron frente al retrato de la Dama Gorda y Rose dijo:
—"Buñuelos de plátano"
La puerta se abrió al tiempo que una sonrisa aparecía en la cara de la Dama Gorda. Eso significaba que habría un ambiente alegre en la sala común.
—¡… y le salió! —escucharon que exclamaba Ashley Reese, la chica que le encantaba la asignatura de Charlie Weasley—. Darla me dijo que podemos apuntarnos a unas clases que dará a los otros cursos en Hogsmeade.
Albus apareció entonces por las escaleras de los chicos junto a Alan. Se acercaban a Scorpius, pero los interceptaron por el camino.
—Al, me han dicho que tu padre es un profesor excelente —dijo emocionada Ashley.
Rose se acercó a los chicos llevando detrás a Gina.
—¿Ah, sí? —preguntó incómodo casi en un susurro.
La chica asintió enérgica antes de despedirse de sus compañeros y dirigirse al Gran Comedor para almorzar. Muchos alumnos de tercero salían de la sala común impacientes por que llegara la siguiente clase, pues tenían Defensa Contra las Artes Oscuras con Harry Potter.
—Vamos, tenemos que comer algo antes de la siguiente clase —dijo Rose adelantándose junto a Gina.
Alan la siguió junto a Albus, y Logan y Scorpius los precedieron en silencio.
Llegaron al aula de Defensa y se dispusieron por la clase como pudieron, pues las mesas habían desaparecido y tenían que quedarse de pie. Esa clase la compartían con las serpientes, así que los alumnos se dividían en dos grupos dispuestos en una pared del aula. El único contacto era entre Rose Davis y Scorpius que por ser familia se podían aceptar aun siendo de casas opuestas.
—Bueno, como ya sabéis, él es Harry Potter —empezó el profesor Brian señalando al mago que tenía a su lado—, conocido por salvar al mundo de Tom Riddle hace unos cuantos años —añadió y sonrió al señor Potter al final.
Albus había saludado a su padre al entrar por la puerta desde lejos, al igual que Rose, y los dos observaban desde su posición la presentación de su padre y tío, respectivamente.
—Ahora trabaja para el Ministerio como jefe en el Departamento de Aurores y como profesor particular en casos especiales, —miró al mago y añadió con una sonrisa: —como éste.
Harry asintió con una pequeña sonrisa y miró hacia la clase de nuevo. Esperaba a que el señor Weaver le indicara por fin el comienzo de su clase, así que se sostenía nervioso las manos en su regazo.
—Así que… cuando quiera.
Harry se adelantó un paso y dejó caer los brazos a sus lados. Cogió aire rápidamente y empezó la clase.
Al acabar la hora se veían caras exhaustas, alegres y/o enfurecidas. Conjurar un patronus nunca era fácil, como había repetido Harry durante toda la clase. A algunos les había salido al segundo intento, al tercero, al cuarto… pero otros estaban frustrados porque seguían intentándolo sin conseguir nada. A unos pocos Slytherin les era indiferente, como era el caso de Fray y Charlie, su sombra, que no le tenían mucha simpatía a Harry.
Cuatro leones se mantenían lejos del frente de la clase, no porque tuvieran vergüenza ni nada por el estilo, simplemente debían ocultar los fallos "mágicos" que cometía uno de ellos. Alan intentaba conjurar un patronus sin mucho interés, presionado por Scorpius, pero sin conseguir nada. Al principio de la clase habían estado en primera fila, hasta que Albus hizo aparecer de su varita una luz azul muy brillante al primer intento. Entonces, y bajo la insistencia de Rose, a la cual no le salía, se arrastraron hasta el fondo del aula.
—Rose, déjalo ya —repitió el rubio, apoyado en la pared—. No pasa nada porque no te salga ahora.
La chica giró la cabeza de golpe y fulminó al chico con la mirada. Entonces se dio cuenta del estado de ánimo de Alan. Habían prometido ayudarlo con su problema, y hasta ahora así habían hecho, pero como conjurar un patronus era tan complicado se habían olvidado de él. Se acercó a él y apoyó una mano en su hombro.
—¿No te ha salido? —El chico negó con la cabeza—. ¿Ni una pequeña chispa? —Volvió a negar y luego suspiró—. Bueno, a mí tampoco me ha salido —dijo a modo de consuelo.
—¿No os podéis alegrar al menos por Al? Está muy emocionado y ni siquiera le hemos felicitado por ser al único que le ha salido a la primera. Ni su padre consiguió eso.
Scorpius se separó de la pared y se acercó a su amigo que seguía practicando con una sonrisa enorme en la cara. El chico de inmediato miró a Scorpius y señaló su patronus varias veces ante la pequeña sonrisa del chico.
—Estoy muy orgulloso de ti, Al.
Los ojos grises y los verdes se alzaron a la vez hacia la voz del mago que había avanzado hasta ellos. Harry sonrió y se acercó más a su hijo para revolverle el pelo a la vez que el chico se medio abrazaba a su padre un poco cohibido.
—Me ha salido a la primera —volvió a repetir emocionado, pero ahora mirando hacia arriba, a los ojos verdes de su padre.
Harry Potter asintió con una sonrisa y después miró al chico que tanto le recordaba a su peor enemigo del colegio. Cada rasgo, cada postura, cada gesto correspondía a su padre, a Draco Malfoy. Pero debía recordarse que Scorpius Malfoy no era Draco Malfoy, porque por alguna razón era el mejor amigo de Albus. Así que de inmediato echó a un lado los malos recuerdos sobre Malfoy, aunque todos eran malos exceptuando los que tenía a partir de la muerte de Tom Riddle, y sonrió al Malfoy de Gryffindor.
—Tu segundo intento ha sido mejor que el de muchos otros —halagó el mago.
Scorpius forzó una sonrisa, a pesar de querer hacer otra mueca. No necesitaba que nadie le reconociera nada, pero al ser el padre de Al no dijo nada. Mantuvo sus ojos fijos en los de Harry, hasta que no pudo más y miró hacia el otro lado de la clase.
El auror también desvió la mirada y la fijó en su sobrina Rose, la cual estaba acariciando el brazo izquierdo de un chico de ojos negros. Ella alzó la vista cuando se dio cuenta de que el moreno miraba hacia allí y sonrió al ver a su tío.
—No te impacientes, Rose —le recomendó Harry—. Tu madre consiguió hacerlo cuando dejó de desesperarse —dijo recordando los intentos fallidos de Hermione en las prácticas del ED.
Por último, se detuvo en el chico que estaba pegado a Rose, en ese que sabía que era amigo de su hijo pero que no sabía nada de él.
—Él es Alan, el que saca notas tan altas como Rose —le informó Albus a su padre con una sonrisa que recogió Rose sacándole la lengua.
Harry lo miró un par de segundos más, extrañado, antes de que Albus llamara su atención, intentando despejar los pensamientos de su padre sobre Alan.
—Papá, ¿estas vacaciones pueden venir Scorpius y Alan a casa? Así celebramos el cumpleaños de los tres a la vez. —El chico se había soltado de su padre y ahora quedaba al lado de Scorpius y casi ocultaba a Alan de la visión de su padre.
—Bu… bueno, se lo preguntaré a tu madre —contestó rápidamente, sin haber esperado la pregunta—. No creo que haya problemas.
La clase se había quedado vacía a excepción de ellos cinco y el profesor Weaver que se acercaba a ellos. Sonreía como siempre, llegando hasta la altura de Harry Potter.
—Una clase ajetreada —comentó el profesor mirando a los pocos alumnos que quedaban—. Pero ya ha terminado, así que es mejor que os deis prisa para llegar a la siguiente.
Rose se apartó de Alan de golpe, sorprendida por no haberse dado cuenta de eso y se apresuró a coger su mochila, seguida de Alan y unos segundos después de los otros dos. Se despidieron del profesor y del auror antes de salir por la puerta rumbo a los invernaderos.
Llegaron al Gran Comedor después de una intensa hora de Herbología con el profesor Neville, que por suerte no les había restado puntos por llegar tarde gracias a la explicación de Albus. Le había dicho que estaba hablando con su padre y sólo con eso el profesor sonrió y les dejó entrar a la clase sin problemas, pero no sin antes avisarles de que no se volviera a repetir.
Varias miradas de la mesa de Slytherin les avisaron de que los estaban criticando. Entre ellos se encontraba Fray Sullivan, como era de esperar, y sólo por eso pasaron de largo hasta llegar a la mesa de los leones.
—Ese gilipollas de Sullivan… cómo lo odio —escupió Scorpius cerrando las manos en puños—. A saber qué está diciendo ahora de nosotros.
—Yo lo sé.
Se giraron para mirar a Logan que se estaba sentando junto a Albus. Las miradas de los chicos le incitaban a hablar, pero él parecía querer alargar esa atención.
—Se burla de Albus por la escena de la clase del profesor Brian.
Se puso a comer sin ver la reacción de sus compañeros de habitación. Rose arrugó la frente y miró hacia la mesa de las serpientes.
—¿No será por ese abrazo que le has dado al tío Harry, verdad? —se aventuró la chica, quedando sorprendida al ver la confirmación en la cara de su primo. Bufó ante lo estúpido que sonaba eso.
—Que sus padres no le quieran no es problema nuestro —dijo Alan con una pequeña sonrisa. Albus sonrió.
