A la mañana siguiente Serena tenía un duende atravesado sobre sus pies cuando despertó

Antes de comenzar quiero agradecerle a todas las chicas que se toman el tiempo para leer este fic gracias a todas 

A la mañana siguiente Serena tenía un duende atravesado sobre sus pies cuando despertó.

Tenía sueño, pues había dormido a rachas durante esa larga e inquieta noche, por lo que tardó un momento en darse cuenta de que sus piernas no estaban paralizadas por el agotamiento sino por un peso muerto. Abrió los ojos y vio unos tiesos bigotes bajo un montón de lana gris desde donde la miraban unos malévolos ojos que parecían dos rajitas amarillas. Lanzó un chillido y se bajó de un salto de la cama.

La cosa desapareció antes que llegara a aplastarse contra la puerta panel. Pero el movimiento del trozo de sábana que colgaba a los pies de la cama le dejó claro que ese era su escondite. Con la mano apoyada en el pecho trató de respirar, pensando si no se habría vuelto loca. Hombres y bestias habían atormentado sus sueños durante toda esa interminable noche. En un sueño tras otro había abierto los brazos al Dragón invitándolo a echarse en ellos, sin saber ni importarle si él quería besarla o comérsela. Podría haber creído que el encuentro a medianoche sólo había sido un sueño si no estuviera segura de que seguía sintiendo su sabor cada vez que se pasaba la lengua por los labios.

-No existe eso que se llama dragón –musitó en voz baja-. No existen los duendes tampoco.

A pesar de esa atrevida declaración, antes de acercarse a la cama sacó un quitasol enrollado del arcón. Se arrodilló con el quitasol vibrando en su temblorosa mano. Acababa de recuperar la cordura suficiente para pensar si su visitante no invitado no sería una rata monstruosa. Temiendo que la cosa se arrojara sobre ella si levantaba el extremo de la sábana, metió el quitasol debajo y lo movió tímidamente de aquí allá. A sus oídos llegó un gruñido no humano que le puso carne de gallina en los brazos. Se incorporó y se apartó de la cama. Fuera lo que fuera eso (y ya no sabía si deseaba saberlo), estaba atrapada ahí con é1. Su chillido no había provocado ninguna acción de rescate. Por un breve momento consideró la posibilidad de saltar encima de la cama y ponerse a gritar a todo pulmón, pero temió que sus gritos pudieran producir un frenesí sanguinario a esa criatura. Miró alrededor desesperada. En sus exploraciones anteriores en busca de una ruta de escape sólo había visto esa ventana enrejada a la que le era imposible llegar. Pero bueno, eso fue antes que milord Dragón la hubiera provisto amablemente de una mesa, y una silla para poner encima. Y eso fue lo que hizo. Al cabo de un momento estaban ella y la silla equilibrándose precariamente encima de la mesa. Si con los pies sobre la mesa lograba desprender la rejilla, podría subirse a la silla y tratar de pasar por la ventana redonda. Al principio llegó a pensar que la oxidada rejilla resultaría inamovible, pero metiendo la punta del quitasol en las grietas y escarbando, al final logró deshacer el mortero ya viejo en terrones de polvo. Reprimiendo un estornudo, le dio un violento empujón con el quitasol y la rejilla se desprendió. Alcanzó a cogerla, pero se le deslizó por los dedos y cayó fuera, sobre algo, con un golpe metálico tan fuerte como para despertar a los muertos. O a los vivos, pensó, mirando nerviosa hacia la cama. Se puso de puntillas para mirar por la ventana, y sintió una oleada de alivio al ver que su único medio de escape no era zambullirse en las aguas del agitado mar. Lo que vio le dio más motivos de esperanza de los que había imaginado: bajo la ventana, a menos de cuatro palmos, había una estrecha pasarela protegida por un parapeto de piedra. El corazón comenzó a latirle más deprisa. Si lograba llegar a la pasarela, podría bajar por una de las semiderruidas escaleras hasta la planta baja. Y si lograba llegar a la planta baja podría echar a correr hacia el pueblo, escapando para siempre de las garras de milord Dragón. Titubeó un momento, tentada de ir a echar una última mirada a los regalos que é1 le había hecho. Estaba resuelta a no llevarse nada de é1, aparte del camisón que tenía puesto y el recuerdo de un beso tan dulce que igual se pasaría el resto de la vida pensando si sólo lo había soñado. Miró detenidamente la ventana. En su tiempo había logrado pasar por agujeros más estrechos. De niña, una vez estuvo escondida en el tronco hueco de un saúco hasta que cayó la noche mientras Diamante y sus amigotes peinaban el bosque buscándola para que hiciera de burro en el alborotado juego de clavar la cola. Dejó el quitasol en la mesa y se subió a la silla. Pasando los dos brazos por la ventana se cogió del áspero lado exterior del muro, se dio impulso e introdujo el cuerpo en el agujero hasta quedar tocando el borde del respaldo de la silla con las puntas de los pies. El sol de la mañana hacía brillar el mar en la distancia, ofreciéndole una vista maravillosa. El mar estaba en calma esa mañana, y las olas grandes parecían susurrarse tiernas palabras en lugar de rugir. El aire salobre se derramó sobre ella, llevándose el seductor aroma a sándalo y especias. Acicateada por una mayor confianza, empezó a reptar enérgicamente. Empezaba a meter las caderas por el agujero cuando lo oyó. Pum, pum, pum. Se quedó inmóvil, en su impaciencia por liberarse de milord Dragón, había olvidado a la bestia metida debajo de la cama; pero estaba claro que ésta no la había olvidado a ella. Casi se vio a sí misma desde su punto de vista: un jugoso bocado agitando los pies en el aire, con el cuerpo atravesado en la ventana, mitad fuera y mitad dentro. Hizo una inspiración profunda y se dio impulso con los brazos para retroceder y liberar las caderas, pero estas no se movieron. No sólo no podía avanzar, tampoco podía retroceder. Dejó de oír el ominoso pum pum de los pies de la cosa pisando el suelo. Dejo de agitarse, retuvo el aliento y oyó unos golpecitos que le indicaron que la cosa saltó del suelo a la mesa y de la mesa a la silla. Cerró los ojos y apretó los dientes, a la espera de que la rata más enorme de toda la Tierra le enterrara sus afilados dientes en el tobillo. Algo le frotó los dedos de los pies, con una fricción cálida y suave comola lana de cordero. Abrió los ojos al llegarle otro sonido a los oídos, un sonido tan tranquilizador e inconfundible como el murmullo del mar: un ronco ronroneo. Estaba tan atenta a su reverberante música que no se dio cuenta de que se había abierto la puerta de la torre hasta que una voz dijo en tono guasón:

-Tal como he dicho siempre, Mal. Esta habitación tiene la vista más exquisita de todo el castillo.

Lo último que esperaba ver el Dragón al abrir la puerta de la torre era el generoso y muy bien formado trasero de la señorita Serena enmarcado a la perfección por el anillo de la ventana. Se aproximaba la aurora cuando por fin logró caer en un profundo sueño, sólo para ser despertado por un ahogado chillido de mujer. Se dio la vuelta y se tapó la cabeza con el almohadón, suponiendo que sólo era un eco de una de las muchas pesadillas que lo habían atormentado desde que llegara a ese lugar. Entonces oyó un estridente golpe metálico que lo hizo sentarse bruscamente en su improvisado lugar para dormir. Temiendo que su cautiva hubiera encontrado un terrible destino buscado por ella, se apresuró a ponerse la camisa y las calzas y subió corriendo la escalera, encontrándose con un igualmente agotado Mal en el segundo rellano. Estaba tan preocupado por llegar hasta ella que no recordó para nada ocultar su cara. Y por lo visto, la señorita Serena sí había encontrado un destino buscado por ella, pero este no era ni de cerca tan terrible como había temido. Al menos no para él ni para Mal. Las piernas le asomaban por en medio de los volantes del ruedo del camisón, colgando sobre la improvisada escalera que se había hecho con la mesa y la silla, ofreciéndoles a los dos un atisbo bastante impresionante de cremosas pantorrillas femeninas. El Dragón miró hacia atrás y se encontró con los candorosos ojos de Mal tan redondos como galletas de canela. Resistiendo el impulso de tapárselos con las manos, lo cogió del codo y lo sacó de la habitación.

-Podrías dar la vuelta hasta la pasarela a ver que puedes hacer desde ese lado.

Mal trató de mirar hacia atrás por encima del hombro.

-Encuentro mucho más interesante este lado. ¿No sería mejor si...?

-¿Hicieras exactamente lo que te he pedido? -terminó el Dragón, dándole un empujón no demasiado amable hacia la escalera.

Aunque estiró el labio inferior como un niño Regañado, Mal obedeció. El Dragón volvió a entrar en la habitación. Lo que encontró más extraordinario aún que el dilema de la señorita Serena fue la visión del gatohaciendo equilibrios sobre el travesaño superior del respaldo de la silla con el fin de poder frotar su enorme y peluda cabeza en las plantas de los pies de ella. Con la cabeza ladeada, el Dragón escuchó, incrédulo: ¡el arisco felino estaba ronroneando! El gato hizo un desdeñoso movimiento de los bigotes y luego bajó antes que é1 llegara a la mesa. Serena siguió colgada allí, indicando con su inmovilidad que sabía que é1 estaba ahí.

-Creo que olvidó el paraguas, señorita Serena -dijo él, pasando un dedo por los tirantes del paraguas-. Me parece que le resultaría más difícil volar hasta el suelo sin él.

-Esperaba matarme estrellándome la cabeza contra las rocas –repuso ella, con la voz ahogada pero audible-. Así no estaría obligada a soportar ni una más de sus hirientes agudezas.

El Dragón curvó los labios en una desganada sonrisa.

-¿Quiere que intente meterla?

-No, gracias, iba hacia fuera.

-Eso me imaginé.

Quitó la silla y saltó ágilmente sobre la mesa. Los blancos pies de ella se movieron en tijereta en el aire, buscando en vano el apoyo. É1 le cogió los tobillos para inmovilizarlos.

-Ya está, señorita Serena. No tenga miedo. Todo va bien. Ya la tengo.

Serena temió que, por ese mismo motivo, ya nada volvería a estar bien. La voz del Dragón era un sonido más consolador que el ronroneo del gato, pero era una mentira. Las cálidas palmas que le rodeaban los tobillos prometían seguridad, pero sólo ofrecían peligro. Su humillación aumentó al recordar, horrorizada, que había olvidado colocarse la ropa interior

-Mal vendrá por el otro lado -la informó é1-. Tendrá que bajar hasta la planta baja y subir pasando por algunas piedras rotas, así que podría tardar varios minutos. -Subió un poco las manos hacia las pantorrillas- ¿Tal vez si yo le cogiera firmemente las piernas...?

-¡No! -gritó ella, agitándose violentamente-. Prefiero esperar a que llegue el señor Malachite, por favor.

-Mientras espera, ¿leimportaría explicarme cómo llegó a encontrarse en su actual... mmm... problema?

Ella suspiró.

-Cuando desperté, había una especie de animal encima de mis pies.

-Ese tiene que haber sido el gato. El pícaro debió de meterse en la habitación anoche cuando la puerta estaba entreabierta.

Serena no quería pensar en la visita nocturna del Dragón ni en la seductora mezcla de sus alientos que no debería haber sido un beso pero lo fue.

-¿Le tiene miedo a los gatos?

-No, todo lo contrario, en realidad me gustan mucho. -No podía decirle que había tomado al gato por un duende-. Pensé que era... una rata.

El Dragón se echó a reír.

-Si al despertar yo encontrara encima de mis pies a una rata que pesara casi seis kilos también saltaría por la ventana más cercana. -Distraídamente empezó a trazarle un dibujo sobre la piel con la yema del dedo, y a ella se le entrecortó la respiración-. Creo que debo intentar sacarla de ahí yo solo. Mal está tardando demasiado.

-No, creo que oigo sus pasos -gritó ella alegremente, aunque lo que de verdad oía eran distantes ruidos de choques de piedras y una sarta de maldiciones.

Naturalmente él no hizo caso de sus deseos, le rodeó firmemente los muslos, y le bastó un solo tirón con sus musculosos brazos para tenerla deslizándose hacia abajo pegada a su cuerpo. Serena se encontró envuelta por detrás por unas tenazas de terciopelo y acero. Él le tenía rodeada la cintura con los brazos y las caderas apretadas contra la dura parte inferior de su espalda. Los dobladillos de los faldones de la camisa le advirtieron que é1 había olvidado abotonársela, o sea que si giraba la cabeza, su mejilla quedaría aplastada contra su pecho, piel con piel. Pero é1 no le permitiría eso jamás. En su aturdimiento, ella tardó un momento en comprender que é1 estaba tan prisionero como ella.

-Ahora parece que soy yo el que está en problemas -dijo é1, sarcástico.

-¿Qué pasa, milord Dragón? ¿Nolleva venda para los ojos en el bolsillo?

-Creo que me la saqué para hacerle espacio a los grilletes y el azote.

-Tal vez podría persuadir al señor Malachite de que le preste su corbata otra vez.

-Eso podría hacer si llega el torpe inútil.

En ese momento los dos lo oyeron, aunque todavía a bastante distancia, lo que hacía piadosamente inaudibles sus maldiciones. Aprovechándose de la situación, el gato saltó sobre la mesa y empezó a meterse por entre el enredo de tobillos.

-Creo que el gatole ha tomado cariño -comentó el Dragón-. Jamás había oído ronronear a ese viejo monstruo gruñón.

-Dada su gordura, me sorprende que no lo haya tomado por un mastín -dijo ella mientras el gato daba fuertes cabezadas contra su pierna.

El Dragón quitó un brazo de su cintura, pero sólo para pasarle los nudillos por la curva del cuello. Ella sintió un estremecimiento de extraña expectación.

-Me alegra saber que fue el gatoel que la asustó -le susurró é1 al oído-. Temí que fuera de mí que quería escapar.

-¿Podría culparme si lo hubiera intentado?

-No -repuso é1 alegremente-, pero la habría culpado de todas maneras.

Serena había olvidado que llevaba puesto el decoroso gorro de noche, hasta que é1 le dio un suave tirón. Los cabellos le cayeron desparramados alrededor de los hombros en sedosa cascada. Cuando é1 hundió la cara en ellos, ella cerró los ojos para combatir la oleada de deseo de sus caricias.

-Si me deja bajar, señor, le prometo no mirarle la cara -susurró-. Si es alguna cicatriz de guerra o una trágica marca de nacimiento lo que quiere ocultar de mis ojos, respetaré su deseo de secreto. Y le aseguro que soy una mujer de palabra.

-Casi me hace desear ser yo un hombre de palabra -musitó é1, apartándole tiernamente un mechón de pelo para dejar al descubierto su nuca.

Ella podría haberlo soportado si é1 la hubiera acariciado simplemente con los dedos. Pero fueron sus labioslos que se posaron sobre ese vulnerable trozode piel. Y continuaron allí, húmedos y cálidos, acariciándola con seductora dulzura. Ella jamás habría soñado que ser devorada por un dragón pudiera ser tan insoportablemente delicioso. La tentaba de ofrecerle todos los bocados de su carne para su placer. Cuando é1 deslizó la boca desde su nuca hacia la curva del cuello y garganta, ella cerró los ojos y echó la cabeza atrás, en tácita rendición. Ahuecando la mano en su mentón con una irresistible combinación de ternura y fuerza, el Dragón le giró la cabeza justo lo suficiente para posar su boca sobre la de ella Serena podía seguir siendo virgen, pero ya no poseía la boca de una doncella. El Dragón reclamó su boca para sí, abriendo la brecha entre sus blandos labios con una agitada lengua de llama, encendiendo a la vida miles de llamas iguales que la recorrieron toda entera; le hormiguearon y se le hincharon los pechos. É1 aumentó la presión alrededor de la cintura, moldeando sus caderas contra su parte trasera. Aunque ella se hubiera atrevido a girarse en sus brazos, no habría sido capaz de abrir los ojos. Los párpados le pesaban como si tuviera encima un encantamiento más potente que cualquier maleficio o maldición. No era tanto la magia de su beso lo que la hechizaba sino su textura áspera y tierna, su sabor dulce y salado. Cuando introdujo la lengua en su boca para saborearlo, a é1 le salió un gemido del fondo de la garganta y la estrecho con más fuerza.

-Eh, muchacho, ¿he llegado demasiado tarde para rescatar a la doncella? -dijo la jovial voz de Mal por la ventana, cayendo sobre ellos como un chorro de agua fría.

-No -contestó el Dragón, ceñudo y estirando el brazo le arrancó la corbata que le colgaba suelta del cuello-. Has llegado justo a tiempo.

Después que Mal terminó de reparar la rejilla de la ventana de la habitación de Serena, salió de las sombras del castillo y se encontró al Dragón paseándose por el patio donde la encontraron atada a la estaca aquella noche. A pesar de que la luz del sol matutino entraba en el patio por encima de los muros derruidos, el semblante de amigo estaba más negro que la medianoche. Salió humo de sus bien cinceladas narices al dar una larga chupada al cigarro que tenía metido en la comisura de la boca. Mal dio un nervioso tirón a la punta de su bigote.

-No era mi intención interrumpir ese beso. Te ruego que me perdones mi falta de discreción.

El Dragón se quitó el cigarro de la boca.

-¿«Tu» falta de discreción? No es tu falta de discreción la que me preocupa sin la mía. ¿Qué debe de pensar de mí? Cada vez que me encuentro a solas con ella, me arrojo encima como la bestia que cree que soy. ¿Tanto tiempo he estado sin una mujer en mi cama que tengo que devorar a la primera inocente que tiene la desgracia de cruzarse en mi camino? –Tiró lejos el cigarro y reanudó su paseo-. ¿Es de extrañar que no sea compañía conveniente para personas civilizadas?

Mal se puso a su lado y le cogió el tranquillo.

-Oye, eso no es exactamente cierto. Mi tía abuela te quiere muchísimo. Dice que le recuerdas a un magnífico y excitable semental que tenía su padre cuando ella era niña. –Movió la cabeza y exhaló un triste suspiro-: Claro que finalmente tuvieron que matar al pobre animal de un disparo en la cabeza cuando le arrancó tres dedos a uno de los mozos de cuadra.

El Dragón interrumpió su paseo para dirigirle una mirada fulminante.

-Gracias por decirme eso. Ahora me siento muchísimo mejor.

El resto del patio lo recorrió en tres largas zancadas, obligando a Mal a trotar.

-No deberías reprenderte tanto, de verdad –le dijo Mal, tratando de consolarlo-. No es que le hubieras quitado el camisón por la cabeza y estuvieras aprovechándote de ella sobre la mesa. Simplemente le robaste un beso inocente. ¿Qué daño puede haber en eso?

El Dragón no podía explicarle a su amigo que el beso había sido de todo menos inocente, y que lo que temía era que le hubiera hecho daño a é1, no a ella. El tímido movimiento de la lengua de Serena contra la suya le excitó la sangre muchísimo más de lo que lo había excitado jamás una provocativa caricia de una lasciva cortesana de otro lado. Su idea había sido darle a probar el aliento del dragón, pero fue é1 el que acabó ardiendo por ella. Se detuvo delante de la estatua que todavía dominaba sobre las ruinas del patio. Afrodita, la diosa griega del amor, se veía patéticamente fuera de lugar en ese patio donde desde casi quince años no había morado el amor. Si una de las balas de los cañones de Beril no le hubiera volado la cabeza, tal vez é1 oiría el murmullo de su risa en el viento.

-Debo marcharme de este lugar -dijo en voz baja, pasando la mano por la curva del hombro desnudo de la diosa-. Antes que pierda la cabeza.

-Les dimos dos semanas para encontrar el oro -le recordó Mal.

-Lo sé -repuso el Dragón, dándole la espalda a la bella estatua destrozada de Afrodita-. Pero eso no significa que no podamos meterles prisa entretanto, ¿verdad? Poner bombas de humo en sus campos, mover antorchas encendidas en las ventanas del castillo, tocar la maldita gaita hasta que les sangren los oídos. Quiero que se peleen entre ellos hasta que supliquen por traerme al cabrón que ha tenido guardado ese oro todo este tiempo.

Mal se cuadró en un elegante saludo.

-Puedes fiarte de que les meteré miedo a Dios en los huesos.

El Dragón se giró a mirarlo con una expresión tan implacable en los surcos de su cara que Mal dio un rápido paso atrás.

-No es a Dios al que tienen que temer. Es a mí.

Gracias a todas por sus comentarios y no se desesperen el lemon llegara prontito y en cuanto a sus dudas con gusto se las aclarare, se despide de ustedes su muy agradecida amiga yuritsukino