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TODO VA A SALIR BIEN
El cielo plomizo cae sobre mí, y me envuelve como una opresiva manta. El aire es irrespirable, copos de ceniza se me meten en los pulmones y me hacen toser continuamente. Camino dando traspiés, me caigo, me levanto y me vuelvo a caer, una vez y otra. Un sudor frío me impregna la piel y un escalofrío me recorre la espalda. Tirada en el suelo, noto como el suelo está tibio. Me levanto con repugnancia. Los soldados del fuego han derretido la nieve, que siempre lo ha cubierto. Debajo, solo hay tierra gris, yerma, muerta y resbaladiza. Me siento terriblemente acalorada, respiro agitadamente y noto mi cuerpo como una prisión, una prisión terrible y maldita, que encierra a mi espíritu. Pero no puedo hacer nada. Me limito a contemplar pasivamente el paisaje devastado. ¿Me estaré rindiendo? Todo esto me es dolorosamente familiar. Las cabañas destruidas, el hielo derretido, la nieve sucia y gris, el cielo plomizo y el ambiente viciado y recargado, extrañamente cálido. La tristeza lánguida se desliza por cada una de las cosas que veo: la suave inclinación de la colina, la manera en que las olas acarician la orilla de la playa e incluso los miembros de la tribu, que se mueven con los hombros agachados, recogiendo con pesar los escombros que quedan de sus hogares. Todo tiene un aspecto tan… derrotado. Porqué ha vuelto a pasar. La Nieve Negra, no tan terrible cómo la última vez, pero igual de desastrosa. Los recuerdos de la anterior incursión de la Armada afloran en mi mente, ejercen una presión sorda en la nuca. Yo la intento ignorar, pero todo lo que veo me recuerda a aquél día: una piedra que ha caído en una posición extraña, los gritos estridentes de los niños, mientras se tiran ceniza unos a otros, el sol, con su luz oscura y deprimente. Debería ayudar. Debería ayudar a las mujeres a reconstruir el campamento, al menos para que vuelva a ser habitable. Y volver a empezar. Otra vez. Un terrible desánimo inunda mi pecho nada más pensarlo. No quiero ayudar. No quiero hacer nada. Estoy cansada de luchar. Sólo deseo dormir, que todo desaparezca, y no volver a verlo nunca más.
En esas cosas pienso mientras estoy sentada de rodillas, en la playa, con la mirada perdida en el horizonte, mientras jugueteo con las cenizas. Las lanzo al aire, y se expanden y forman una pequeña nube gris que, durante un momento se queda suspendida sobre mí. La nube explota, y los trozos de ceniza caen débilmente al suelo, mientras revolotean por el aire. "Se ha ido", pienso de repente, mientras mis cabellos castaños ondean al viento. Ni siquiera tengo ánimos de rehacerme el recogido. Aang se ha ido y la Nación del Fuego se lo ha llevado. Cómo Madre. Cómo Padre. Cómo mi niñez, mis sueños y mis esperanzas. Es muy dolorosa la esperanza, sobre todo cuando es vana y estúpida. La esperanza no encuentra comida. No levanta casas ni construye canoas, ni te protege del frío en invierno ni de las tormentas en verano. No evita la enfermedad, o el dolor o la pérdida, sólo te da un empujoncito para salir adelante. Una pequeña señal de apoyo, un signo de futuro. He aprendido que todas las cosas que amo, desaparecerán de mi vida, en un momento u otro.
Katara… -es Sokka, por supuesto, se acerca por detrás y me echa una manta sobre los hombros- ¿Estás bien? –silencio-
Y él me aparta el pelo de la cara, los mechones que se agitan sin control al viento me los devuelve a la melena y, con lentitud y pulcritud, me echa todo mi pelo por detrás de los hombros y, con parsimonia, me hace una trenza. Ha traído consigo un par de pasadores, que engancha a mi frente mientras me recoge los cabellos cortos del flequillo. Y todo esto en el más absoluto silencio. Sus manos delicadas tocándome el cabello me relajan. Respiro hondo, pero aún no soy capaz de mirarlo a la cara. Al final, con una floritura, hace un último nudo y se pone delante de mí, entre el horizonte y yo.
Guapísima… -murmura y esboza una tímida sonrisa- Como siempre, por supuesto.
Gracias, Sokka –digo, con dificultad. Tengo un nudo en la garganta que apenas me deja hablar. La conmoción ha podido conmigo- ¿Cómo has aprendido a peinar a una dama?
Hombre, –sonríe con suficiencia- Llevo toda la vida observando cómo te peinan. Algo debería haber sacado.
La belleza no va a solucionar nada –digo, con un tono neutral-
No te pongas pragmática ahora, Katara –me reprocha Sokka, aunque lo dice con cariño- Escucha… yo… te necesito –dice flojito- Te necesito –repite, ahora más fuerte- No puedes irte. Todos te necesitamos. Eres mi hermana… Me notaría vacío si te fueras.
No pienso irme Sokka –con dificultad, consigo componer una pequeña sonrisa, que parece más bien una mueca- Pero… es todo tan doloroso. Todo me recuerda a aquél día… Madre… Oh, Dios mío, Madre…
Sin previo aviso, rompo a llorar. Sokka me abraza y yo apoyo la cabeza en su hombro. Entonces, él me empieza a susurrar una canción al oído. Oírla me relaja al instante. Es la canción que Madre nos cantaba cuando teníamos miedo por las noches. Me concentro en su voz, grave y pausada, mientras entona esa dulce melodía:
Duerme, las estrellas ya han llegado.
Descansa, pequeño guerrero, porqué ya estás en casa.
Y no temas por nada, porque yo estoy contigo.
Al acabar me incorporo, y Sokka me enjuaga una lágrima de la cara:
Pero esta vez va a ser diferente. –abro los ojos con sorpresa- No nos vamos a quedar sin hacer nada cómo un par de niños asustados. Iremos a buscarle.
¿Buscar a quién? –pregunto-
A Aang, por supuesto.
¿Qué? –exclamo con incredulidad- De… ¿de verdad? –consigo articular, a duras penas-
Claro –al ver que se me humedecen los ojos, Sokka se pasa una mano por la cara- Y no te pongas a llorar otra vez, por favor. Tengo la canoa preparada. Vamos.
Casi no puedo creerlo. Mientras regreso al poblado, me voy haciendo la idea de que volveré a ver a Aang. Por primera vez, noto que realmente estoy luchando contra las adversidades. Eso me hace sentir fuerte y sorprendentemente poderosa. Soy Katara, de la Tribu del Agua del Sur, y esos soldados del fuego van a ver cómo me las gasto. Basta de rendirse, basta de conformarse con una vida destrozada, una medio vida, basada en sobrevivir e intentar salir adelante, día tras día. Llego a la canoa y con pasos decididos embarco en el pequeño buque. Sokka va detrás de mí y está a punto de empujar la canoa hacia el océano, cuándo una voz nos interrumpe:
¿No volveréis a pescar, verdad?
Los dos nos giramos sobresaltados. Yo salgo de la barca rápidamente. La abuela está frente a nosotros, con los brazos en jarras y el ceño fruncido en su anciano rostro. Mi hermano y yo hablamos a la vez, intentamos excusarnos, pero ella nos calla con un gesto con la mano, y sonríe.
No os preocupéis, lo entiendo. En realidad, llevo mucho tiempo esperando esto.
Calla y nos mira. En sus ojos hay multitud de sentimientos: hay orgullo, fe, pero también algo parecido a la tristeza. Sé que su mente debe de estar repasando los miles y miles de recuerdos que mi abuela atesora día tras día: cuándo tiré al suelo a Sokka con una tromba de agua con cinco años, o cuándo a él se le quedó un diente pegado a la pared del iglú y tuvo que estar tres días en la misma posición hasta que conseguimos quitárselo...
¿Qué es lo que entiendes, abuela? -pregunto con curiosidad. La Gran-Gran entiende muchas cosas, la mayoría de ellas no las comparte con nosotros.
Hacía años que no tenía esperanza... -cierra los ojos y levanta la cabeza al cielo, al parecer, ignorando mi pregunta. Su cara, pequeña y arrugada como una pasa, sobresale de la capucha del anorak. Es un rostro tan antiguo como el tiempo, parece tan frágil... Pero cuando el viento acaricia su piel, puedo ver una serena fortaleza en sus profundas arrugas - Pero esta ha renacido, y con más fuerza si cabe. -abre los ojos y nos mira. Tiene unos ojos de un profundo color azul, cenagosos y turbios como la superficie de un lago. Esos ojos han visto tantas cosas, tantas experiencias, que por un momento, siento miedo- Aang es el Avatar... Oh, por Tui, el Avatar... -un escalofrío le recorre el cuerpo- Es una idea demasiado maravillosa para ser cierta. Sin embargo...
Exacto abuela. -mi hermano Sokka la mira decidido, con esa expresión de cuando se le mete algo en la cabeza- Y tenemos que recatarlo de ese estúpido soldado de la Armada. Es la única esperanza del mundo. Y si vas a impedírnoslo... -añade con voz dubitativa-
Sabréis que como cualquier abuela, sólo deseo tener a mi familia cerca y segura. -se me cae el alma a los pies- Y, cómo cualquier abuela también, sé cuando ha llegado el momento de dejarla marchar. Id. Salvadlo.
Mi hermano y yo nos quedamos estupefactos. ¡La sobre protectora Gran-Gran, que no nos dejaba salir por miedo a que resbalásemos con el hielo, quiere que vayamos a un buque de la Armada! ¿Es que el mundo se ha vuelto loco? Pero habla en serio. Y, de repente, me entra miedo. Que mi abuela lo apruebe lo vuelve todo muchísimo más real, no meras fantasías infantiles.
Eso haremos, Gran-Gran. -Sokka asiente muy convencido- Esta noche estaremos todos cenando en el iglú y...
En esta bolsa, -interrumpe mi abuela, mientras saca una bolsita azul de su abrigo- están todas las monedas de Hielo Azul que le tocaron a la Sexta Tribu tras el último Ritual de la Extracción. -parece que le cuesta decir estas palabras, su voz suena forzosa pero decidida- Esas que nunca se usaron porqué en ese año dejaron de venir los comerciantes. Su espera ha concluido. Ah, y también necesitaréis sacos, mantas y tiendas... -mientras dice esto, va sacando diferentes paquetes de unas alforjas que no había visto antes-
¡Abuela, no nos vamos a las montañas de Spala! -protesto alarmada-
No, iréis mucho más allá de las montañas de Spala. -dice con voz suave. Nosotros la miramos confundidos- Habéis rescatado al Avatar de su sueño eterno. Ahora, vuestros destinos están irremediablemente unidos al de él. Debéis seguirlos adondequiera que vaya, pues sois lo único que tiene en este mundo. Ahora lo sé. -asiente, ahora parece muy convencida- Y puede que ese viaje no dure un día, o una semana, sino muchos meses, años quizá, eso no importa... Yo sólo sé que, a la vuelta, habré perdido a mis niños... Debo dejarlos ir. Volar... -su voz pierde consistencia. Y tardo unos segundos en darme cuenta de lo que quiere decir-
Pero abuela, ¡nunca hemos salido del Polo! -le digo asustada. Noto que me estoy poniendo pálida.
Es cierto, -Sokka se ha puesto pálido también- Solo aquella vez que fuimos a la Primera Tribu porque su jefe...
El destino no es una cosa para tomársela a la ligera. -dice mi abuela, con dureza. Pero noto que esto le está costando más de lo que quiere admitir- Y no he criado a un par de inútiles. Sois perfectamente capaces de desenvolveros por el mundo.
¿Cómo conseguiremos comida? ¿y quién lavará la ropa? ¿y cómo nos moveremos? -pregunto angustiada-
Katara, llevas más tiempo de lo necesario haciendo todas esas cosas. Y tu Sokka -se dirige a mi hermano- Sé de buena gana que no vas a dejar que os ataquen, ¿Verdad?
Claro. -mi hermano asiente, aunque sin mucha convicción.
Tendrá que ir a Ciudad Nívea a aprender Dominio del Agua, -sigue diciendo mi abuela- Y tú también. -me señala- Tendrá que aprender los cuatro Dominios y luego... acabar con esta maldita guerra. -silencio- Y vosotros le ayudaréis.
Pero abuela, ¡somos niños! -protesta Sokka, y le sale un leve graznido en la voz. Parece realmente aterrado- ¡Y es el Avatar, por todos los espíritus! ¡Tendrá a gente muchísimo mejor para que le ayude! Podrá aliarse con el Rey Tierra, o con poderosos maestros, y generales y gente importante... ¡Se verá involucrado en un montón de asuntos políticos!
Y vosotros iréis con él.
No puede... -digo en voz baja, con un poco de vergüenza- ¿No puede ir un adulto?
No sois niños que se escondan tras las rodillas de sus padres. Ese placer se os fue arrebatado a una edad muy temprana, por desgracia. Además, tenéis que ver mundo, no podéis quedaros aquí toda la vida, como hice yo... Y sois valientes, sé que os enfrentaréis a todo lo que se os pongo por delante. Lo sé.
Hay un momento de silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. Les doy la espalda y me giro de cara al mar. El mar, siempre ha sido un elemento más del paisaje, pero ahora adquiere un nuevo significado. Observo cómo se abre ante mí, sus infinitas posibilidades, sus azules aguas que se extienden hacia todos los confines de la tierra. En el horizonte están las montañas de Spala, y más allá... más allá está el mundo. Un mundo que nos está esperando. Tiemblo, aunque no sé exactamente de qué. ¿Emoción? ¿Miedo? Supongo que una mezcla de las dos cosas.
Nunca he visto un árbol. Ni el desierto. Nunca he estado en alta mar. No sé cómo es la sensación de estar en la cima de una montaña, con el mundo a tus pies, o en una calle rodeada de gente. Y de repente noto un desesperado deseo de ver todas esas cosas, estoy harta del hielo y del frío. Quiero tener que quitarme el abrigo, andar hasta que me duelan los pies, levantarme con el sonido de los pájaros. Estoy harta de levantarme tiritando y tener que encender un fuego con los dedos sumidos en carne viva y los labios agrietados, harta de tener que pensar todo el día que comer, que cenar, harta de esta especie de rueda de responsabilidades que parece no acabarse... Nunca he tenido la necesidad de salir de aquí, pero ahora, esa necesidad es más urgente y apremiante que nunca. Miro a Sokka, y sé que él está pensando exactamente lo mismo y, de repente, me siento muy unida a mi hermano, nuestros pensamientos son uno, nuestras ansias una sola. Me devuelve la mirada, y, a la vez, asentimos despacio.
Tenéis unas alas muy bonitas... -dice la Gran-Gran con la voz extrañamente ronca- Ahora sólo tenéis que echar a volar...
Al mirarla, vuelvo a la realidad súbitamente. ¿Marcharse del Polo? ¿Dejar sola a la Gran-Gran? ¿Abandonar a toda la Tribu? Mi corazón está aquí, como dice Aang. Aang...
¡AANG! -exclamo. Me había olvidado completamente de él- ¡Mientras nosotros estamos aquí pensando, Aang sigue prisionero en ese inmundo barco!
¡Es verdad! -Sokka pega un bote y le echa una mirada de desconfianza a la canoa- No le alcanzaremos con esto...
Es cierto... -mi abuela parece tener la cabeza en otra parte.
La solución cae del cielo. Literalmente. Appa, el gigantesco bisonte volador de Aang aparece de la nada y ruge con urgencia.
Es su animal guía. Supongo que debe saber que está en peligro... -susurra Sokka.
No queremos dejarte sola, abuela... -digo, también en un susurro. Los dos miramos a nuestra abuela, y lo que dice a continuación parece costarle muchísimo-
Cuándo vuestros padres se casaron... -hace una pausa y se muerde un labio, indecisa- Bueno, se casaron muy jóvenes, ya lo sabéis, Hakoda tenía diecinueve años... Y, aunque no os tuvieron hasta muchos años después, se armó mucho revuelo en las Tribus del Sur... -revuelve la cabeza, parece estar a años luz de aquí, sumida en recuerdos lejanísimos- La noche antes de la boda, vuestro padre, a diferencia de como marca la tradición, pasó la noche en su iglú, conmigo. Me preguntó que le parecía mi decisión. Acababa de morir vuestro abuelo, en un horrible accidente de caza, y estaba un poco mustia... Pero le dije exactamente lo mismo que os voy a decir a vosotros. -nos miró fijamente a los ojos y dijo- Os tendré en mi corazón siempre, pase lo que pase y hagáis lo que hagáis. Recordad lo que está bien y lo que está mal. Rezaré todos los días que quedan de mi vida para que vuestra copa siempre esté llena, para que siempre haya alguien sosteniendo una vela para iluminar el camino. Si alguna vez estáis solos, o asustados, o en peligro, recordad que yo estoy con vosotros. Siempre. -entonces, saca una cosa de otra alforja, algo alargado con cosas verdes pegadas- Esto es una rama de olivo. Me la dio un comerciante la primera vez que vine aquí... Quiero que la tengáis vosotros. -nos la alargó- Esto es lo único verde que hay en el Polo Sur. Sigue manteniéndose fresco por una serie de propiedades que le eché. Y se mantendrá así siempre. Con esto quiero decir... a pesar de todas las cosas maravillosas que veáis, y que vais a ver, no me cabe la menor duda, recordad vuestro hogar, recordad la Sexta Tribu... Aquí siempre tendréis una familia, ocurra lo que ocurra.
Calla y nos contempla, deleitándose con nuestra vista. Sonríe pero es una sonrisa triste, aunque a la vez alegre, algo muy difícil de explicar. No sé qué decir. Echo una mirada de soslayo a Sokka, y veo que él tampoco.
Oh, abuela... -musito-
La Gran-Gran se acerca y me abraza. Me abraza tan fuerte que creo que me va a romper las costillas, pero no me importa, porque le devuelvo el abrazo con más fuerza aún. Cuándo no separamos, deposita sus manos en mis hombros y dice:
Adiós, mi pequeña maestra del Agua. Y tú, -se dirige a Sokka, que la abraza- Cuida bien de tu hermana.
No te preocupes, Gran-Gran. -Sokka agarra con mucha fuerza la rama de olivo y la guarda cuidadosamente entre los paquetes que nos ha dado la abuela.
Ponemos todo en la cesta de Appa y volvemos a bajar. Se produce un silencio incómodo.
Bueno... No tiene sentido esperarse más. Venga, marchaos.
¿Y el resto de la Tribu? -pregunta Sokka-
Ya se lo comunicaré... -parece que tiene prisa. Cruza los brazos, los descruza- Las despedidas siempre se alargan.
En silencio, nos subimos a la cesta, y Sokka coge las riendas.
¿Qué decía el calvito para que está cosa funcionase? -murmura pensativo- ¿Yap-Yap? ¿Pepe-Pep? -agita las riendas inútilmente, Appa no se mueve ni un milímetro- ¿Yeep-Yeep?
Súbitamente, Appa sacude la cola y salimos volando entre una nube de polvo helado. Chillo de sorpresa. No tenía pensado irme tan pronto. Quería mirar por última vez el Polo, hablar con la abuela... Sokka tampoco parece querer irse todavía. Pero Appa tiene otras ideas. Giramos la cabeza con frenesí, y vemos a nuestra abuela. Está llorando. No solloza, simplemente deja que las lágrimas le caigan por su arrugado rostro. Pero sonríe, y nos saluda con una mano. Después de un momento, en que parece debatir consigo misma, nos grita:
¡Katara, cepíllate el pelo! ¡Si no luego los enredos no se pueden quitar! ¡Y Sokka, acuérdate de cortarte las uñas de los pies! ¡Que luego hay que...!
Los dos nos miramos y esbozamos una sonrisa cómplice. Sokka hace bocina con las manos y grita a la abuela.
¡NO TE PREOCUPES! ¡HASTA PRONTOOO!
¡ADIÓS ABUELAAAA! -grito yo también-
Appa sólo me da un instante para echar un último vistazo a mi hogar, observar el hielo, las montañas, el cielo... Admirar los destellos de la luz invernal en el suelo helado, aspirar el aire limpio y puro del Polo. La Gran-Gran y la Sexta Tribu cada vez se hacen más pequeños, hasta que sólo son un diminuto punto en la inmensidad del blanco. Y delante nuestro sólo está el mar y el cielo, amplio, bello, perfecto, eterno. Pero una mancha negra ensucia el paisaje, algo que parece una embarcación con chimenea... Sin que nadie le diga nada, Appa se dirige hacia allí.
Ahora entiendo cuándo Waipo decía que yo era un niño "huracanado". En dos días he puesto a una chica contra su familia, he puesto en peligro a toda una tribu y he logrado que los ígneos me secuestren. Ah, y he utilizado el Dominio por primera vez en mi vida para hacer daño a alguien. Eso es un récord, incluso para mí, y estamos hablando de una persona que ha empezado una guerra y que es el Avatar.
Creo que no es consciente. Es más, estoy seguro de que no tiene ni la más remota idea de la trascendencia que ha tenido en mí. Está aquí plantado, sujetando mi bastón con ambas manos y mirándolo con gesto de desconcierto. Dudo que sepa para qué sirve. No tengo nada contra la Nación del Fuego, pero los ígneos siempre han sido unos incultos. No les interesa nada más allá de sus adoradas islitas, son bastante egocéntricos en ese aspecto. Y este espécimen parece ser el ejemplo perfecto de ígneo medio. Lo único que se le ocurre decir es:
Un regalo estupendo para mi padre... -frunce el ceño (el efecto es bastante cómico, hace su ceja quemada menos siniestra) y añade- Aunque claro, qué vas a saber tú de padres, si te criaron unos monjes...
No contesto. Creo que soy espiritualmente incapaz de pronunciar una sola palabra, y su absoluta ignorancia no ayuda. Detrás de él, hay un anciano gordo con una curiosa expresión: parece medio de culpabilidad y medio de triunfo. En cambio, el joven soldado está sencillamente extasiado de haberme encontrado, aunque lo intenta ocultar reprimiendo su sonrisa. Bien, pues que lo disfrute mientras pueda, porque no me pienso quedar.
¿No vas a decir nada, Avatar? -pregunta con voz socarrona- Mejor, así nos ahorramos charlas innecesarias. Ya lo decía mi padre... Ésto, a mis aposentos... quiero decir, a mi camarote. -le da mi bastón a un soldado, que se aleja corriendo- Y esto... -me señala con una cabezada y esta vez, no puede reprimir su repugnante sonrisa- a las mazmorras. El rumbo... Ciudad Ígnea.
Un par de soldados bastante maleducados me cogen por las argollas de las cadenas y me obligan a avanzar hacia el castillo de proa. Antes de alejarnos del todo, aún puedo oír al odioso chico comunicar al hombre gordo:
Creo que le diré a Huo que me bañe...
No puedo reprimir una risotada. Hay que ser inútil para no saber bañarse solo. Luego recuerdo que a los nobles ígneos les gusta que les hagan todo. Compadezco al pobre Huo, quienquiera que sea, tiene que ser difícil soportarlo durante todo el día.
Aún puedo ver al monje Gyatso de pie, delante de todos nosotros, comunicándonos que se nos ha concedido el Servicio, cómo a todos los de nuestra raza. Se rasca la barbilla con aire ausente, como si estuviera pensando en cosas tan trascendentales que apenas logramos entender. Veo a los espíritus áureos, pintados detrás de él. Sus rostros bondadosos me miran, cálidos, dándome la bienvenida. Oigo la ronca voz del monje en mis oídos. Los espíritus saben que el Dominio no puede ser usado para herir a otras personas, ni controlarlas ni abusar de ellas. El Servicio es poder, y el poder es responsabilidad para con los demás. Somos Maestros, debemos respetar a otros que sean de nuestra condición y proteger a aquellos que no lo son. Porque por eso existe el Dominio. Para servir a los demás y hacer del mundo un lugar mejor.
He dañado a alguien... el aire se ha vuelto elemento peligroso, cruel, dañino. Yo lo he corrompido. No quería luchar, pero él me ha obligado. Su siniestra cara quemada vuelve a mi mente, sus ojos centelleantes de furia, una furia orientada hacia mí. Tiemblo, la inseguridad se apodera de mi alma. Noto que nunca más podré hacer Dominio. No soy digno de él.
He hecho daño... Los temblores me recorren todo el cuerpo, un nudo de ansiedad me hace respirar agitadamente, tanto, que apenas puedo inspirar, me ahogo, el aire no quiere entrar. Y su rostro vuelve a mí una vez, y otra, y siento temor...
La verdad, la oscura soledad de una celda es lo que mejor le vendría a mi atormentado espíritu, necesito meditar largamente sobre lo ocurrido. Pero sé que si dejo que estos soldados me metan en la mazmorra, no saldré de ella hasta que me ilumine el ardiente sol de la Nación. Y eso no lo puedo permitir.
Supongo que nunca habéis luchado con un Maestro del Aire... No tenéis ni idea d-de las armas que llegamos a utilizar. -incluso dentro de mi cabeza, la amenaza suena tonta-
Por suerte, los dos me ignoran, aunque quizás me empujan con más impaciencia. Ya veo la infranqueable puerta de hierro. El pasillo se estrecha, me encierra. Es ahora o nunca. Respiro hondo. Su rostro. No puedo hacerlo. Vuelvo a temblar.
Una ventisca tumba a los dos soldados, que sueltan las cadenas y caen desconcertados. Corro y doy un viraje contra la puerta de hierro, el movimiento me alivia. Utilizo el aire viciado y metálico del pasillo para volar, y aprovecho el punzante extremo del casco de un soldado para romper las cadenas.
Corro como nunca he corrido en vida, pero estoy completamente perdido. Todo son pasillos de metal, llenos de tuberías y puertas cerradas. Me da la sensación de estar internándome en las entrañas de alguna horrible bestia. Y no ayuda los gritos que oigo detrás de mí de "¡El Avatar! ¡Se escapa!"
Entro por una puerta entreabierta y el abominable rostro de Agni me recibe. Mira que es repugnante la deidad ígnea. No sé cómo pueden dormir tranquilos con ese monstruo vigilando sus estancias.
Oigo un grito de terror y algo hacerse añicos. Me doy la vuelta súbitamente.
Es un chico, su tez pálida me recuerda a Innisak, el niño ígneo criado en la Tribu. Me está mirando con cara de susto, parece a punto de caerse al suelo. Va dando vueltas a mi alrededor, observándome en completo silencio, lívido como la cera, como si estuviese en presencia de una feroz bestia. Abro la boca para decir algo, pero él se lleva la mano a los labios, y después de un breve instante de vacilación, me señala un armario situado a mi lado.
Le lanzo una tímida sonrisa, quiero darle las gracias. Él esboza una sonrisa temblorosa. Esta extraña atmósfera de tranquilidad me relaja, y la evidente amabilidad de este ígneo disipa la inseguridad. Pienso que tal vez pueda salir de aquí ileso.
Pero la sensación de triunfo dura poco. La puerta se abre con estrépito, y, por un momento, nos quedamos inmóviles. El chico de la cara quemada, sudando y jadeando, se para en seco al abrir la puerta, y nosotros dos estamos demasiado impresionados como para movernos.
¿H... Huo? -pregunta el chico, confuso. Lo mira y entonces parece recobrar el sentido porque vocifera- ¡SAL DE AQUÍ, COMO TE ATREVES A AYUDARLE MALNACIDO!
Huo pierde el escaso color que le queda en la cara y sale corriendo. E inmediatamente después, tengo al ígneo encima de mí. Pero yo ya estoy preparado. No voy a mirarle. No quiero ver su rostro desfigurado y monstruoso. No voy a hacerle daño. Esquivo sus llamaradas, salto por las paredes, utilizo los muebles para protegerme. Pero no conseguirá corromperme. No esta vez.
¡LUCHA, PEQUEÑO AVATAR! -ruge.
La potencia de su voz me hace mirarlo a los ojos, y la visión de esos ojos sombríos y atormentados (los ojos de mi primera víctima) me hace perder el poco control que me queda. Noto una punzada de miedo, elevo el colchón que hay en un rincón y le pego repetidas veces contra la pared hasta que el pobre cae rendido.
Salgo y miro frenéticamente a derecha e izquierda. Encuentro una pequeña escalerilla y la subo atropelladamente, resbalando y tropezando con los escalones. Creo que he olvidado que puedo (o podía) volar.
Desemboco en una maravillosa sala del timón, con una balconada de metal que se abre al mar y al cielo. En cuanto salgo, respiro con alivio este aire tan puro, tan limpio, que entra sin problemas por mis pulmones. Desplego mi bastón y me dispongo a salir, pero lo que veo en el cielo me hace perder el equilibrio.
Es Appa, y encima de él va (apenas puedo creerlo) Katara y Sokka, al parecer, con intención de rescatarme.
La noche de la Nieve Negra pasó algo que cambió mi vida para siempre. Estaba oculto detrás de una tienda, intentando contener los temblores, mirando al cielo con la vista emborronada por los mocos y las lágrimas, pidiendo, suplicando que aquel infierno terminara y yo pudiera volver seguro a la apacibilidad de mi hogar. Susurro con desesperada urgencia las oraciones que la Gran-Gran me enseñó, rezando a Akkua, a Tui, a La, a quien quiera que esté para escucharme. Pero sus todopoderosos e omniscientes silencios son lo único que recibo. La indiferencia del oscuro cielo del Polo para con el sufrimiento y los llantos de este pobre niño me hace perder la poca compostura que conservo.
Pero algo interrumpe mis fervores plegarias. Un terrible soldado, tan alto, tan negro, tan amenazante; está cogiendo por las muñecas a la pequeña Taknik, que tiembla, se retuerce por el suelo, grita socorro, pero el soldado le tapa la boca con violencia. Nadie acude a la llamada de auxilio de la pequeña Taknik. Sólo yo estoy, al otro lado de la lona de la tienda, oyendo sus desesperados sonidos. Pronto solo se oye el silencio. Gemidos. Chillidos de voz estrangulada. La pequeña Taknik susurra "basta, basta por favor..." El roce de las pieles, el roce del metal de la armadura del soldado contra la piel blanda y suave de Taknik. Un suspiro de placer. Jadeos. Alcanzo a ver, por el resquicio de las lonas, a la negra y terrible figura del soldado aprisionando a la pequeña Taknik, cuyo rostro está paralizado en una mueca de eterno padecimiento. Él suelta bufidos, murmura cosas ininteligibles, Taknik se resiste, él la pega.
Y a pesar de que ya oigo los gritos de mi abuela y mi hermana llamándome en la oscuridad, no puedo despegar los pies del lugar dónde estoy. Noto algo húmedo que baja por mi pierna. El soldado se levanta trabajosamente y se va por debajo de la lona. Y alcanzo entrever a Taknik, que yace muda e inmóvil, como un muñeco con el que nadie más quiere jugar. Hay algo, su postura, sus extremidades dobladas en ángulos imposibles, sus pestañas y sus labios, temblando imperceptiblemente. Sus ojos cerrados con fuerza. Hay algo horrible, algo oscuro y perverso más allá de la maldad normal, es algo tan lóbrego, tan diabólico, que al principio me estremezco de cabeza a los pies. Taknik abre los ojos y me encuentra observándola. Ella llora. Está tan bella y tan pálida, tan fija en su abstracción, con una expresión tan completamente salvaje y como sonámbula, en un sueño de interminable horror. Tiene los ojos completamente abiertos y sus cabellos castaños caen en dos espesos bucles sobre su ropa, que está desaliñada y arrugada. Y el recuerdo se esfuma.
No me mata salvar al Avatar. Si no fuera porque nuestros destinos están "irremediablemente unidos al de él" y los ojos de cabrita degollada que pone Katara cada vez que lo ve, tal vez no hubiera venido. Sinceramente, no me parece la persona más adecuada para iniciar una empresa de tales envergaduras: ir a Ciudad Nívea, por su fuera poco.
Es demasiado relajado. No se toma las cosas en serio. Sólo me inspira una especie de desdeñoso desdén, algo rayano a la indiferencia más absoluta. Aang es un niño. Da igual lo que Katara diga. Aun así, es el Avatar, y me guste o no, está en su poder cambiar la desastrosa situación de nuestro mundo. Y me doy cuenta de que quiero seguirlo. Quiero ayudarlo con todas mis fuerzas, lo sé al recordar el rostro blanco de Taknik, las cenizas pútridas de la Nieve Negra, el fantasma del pasado de Madre. Quiero que la Nación de Fuego sufra. Que se imparta justicia, que paguen por su abominable crimen. Pro las miles de vidas rotas, de familias destrozadas, de pérdidas y de desesperanzas. Todo es por su culpa. Quiero que paguen.
La venganza no es buena, dice la Gran-Gran. Pero ahora mismo es lo que siento. Estoy tan furioso que si tuviera el Don ya hubiera hecho saltar algo por los aires.
El poderoso Appa acaba de aterrizar en la cubierta de un barco. A mi derecha, una figura naranja perseguida por grandes llamaradas corre hacia nosotros.
¡AANG! ¡Hemos venido a rescatarte! -anuncia de forma tan innecesaria Katara- ¡Rápido, sube!
Aang corre con urgencia pero los soldados del fuego están demasiado cerca, lanzando llamaradas, gritando, y, bueno, haciendo alboroto y molestando. Ni siquiera me parecen enemigos. Sólo cositas pequeñas y gritonas que no tienen ninguna importancia, sólo son un estorbo. Sin embargo, el Avatar no piensa lo mismo. Corre tan rápido que parece que vuela (ah no, está volando, sus pies apenas rozan la cubierta). Un soldado alza el brazo para coger su hombro... saco mi lanza, pero Katara me detiene con una mano.
Déjame a mí. -susurra-
Hay algo extraño en su mirada. Es ese brillo en los ojos tan especial, que parece tan antiguo como el tiempo y a la vez tan inseguro y precoz como una titilante luz. Mi hermana pretende hacer Dominio, justo ahora. Cierra los ojos con fuerza y una bola de agua emerge de la superficie de mar. La miro asombrado. Aang la mira asombrado. Incluso los soldados (entre los cuales se encuentra el irritante chico de la cicatriz) dejan un momento las llamaradas y observan con temor la bola de agua, que levita hasta ellos. Con una orden de mi hermana, la bola se solidifica y impacta contra los soldados. Éstos, caen en todas direcciones, evidentemente desconcertados de lo que acaba de pasar.
Aprovechando la confusión, Aang se empieza a subir a la cesta de Appa. Por desgracia, el chico de la cicatriz le coge un pie y vocifera:
¡Tú no irás a ninguna parte Avatar!
¡Déjame en paz! -rápidamente me pongo en tensión. El tono de Aang ha sido de auténtico miedo. Ha gritado con un chillido agudísimo, casi un gemido, parece que tenga ganas de llorar. Aang da patadas, pero el otro chico le tiene sujeto del tobillo.
¡Suéltalo! -Katara, que parece un poco mareada, intenta soltar los puños del chico, que se aferran con saña al pie del Avatar. Entonces él le pega una bofetada que la deja tumbada a tres metros de distancia.
Una furia terrible emerge inmediatamente de mi estómago, ¿cómo se atreve este imbécil a pegar a mi hermana? ¿Por qué no nos dejará en paz?
Pero nuevamente, alguien me lleva la delantera. Y no es ni Katara ni el chico de la cicatriz. Es Aang.
Está levitando en el aire, con los brazos extendidos y los ojos abiertos. Sucede lo mismo que sucedió la primera vez que lo encontramos. De él emerge una luz azul intensísima, tanto que me ciega y no me permite ver nada. Alcanzo a atisbar como Aang mueve la mano y la bola de hielo se vuelve a convertir en agua y, de un plumazo, destierra al chico de la cicatriz a varios metros de distancia. Se queda unos instantes en esa posición, tan grotesca pero tan elegante a la vez, y luego cae, sin previo aviso, como su fuera una marioneta a la que le han cortado los hilos. Queda tendido en el suelo, inmóvil.
Pero ahora no me puedo preocupar por él, voy rápidamente a las riendas de Appa y le chillo con urgencia "¡Yeep-Yeep! ¡Yeep-Yeep!" a lo que el animal obedece sin rechistar.
Nos alejamos volando del barco inmundo, y aún tienen fuerzas de enviarnos otra llamarada, pero ya estamos demasiado lejos para que nos alcance.
Una vez que el barco sólo es un molesto punto en el paisaje, me giro hacia los otros dos. Katara se frota la mejilla con furia, parece más enfadada que dolorida, y corrobora mi suposición el que me chille muy indignada:
¡Ese... ese espécimen me ha dado una bofetada! ¡Como si fuera una vulgar criada! ¿Qué se ha creído? -pregunta enrabiada.
Aún se frota la mejilla, y ese brillo en sus ojos aún no ha desaparecido. Estoy muy impresionado por cómo ha usado el Dominio hoy. Parece mentira, pero esa gran estupidez nos ha salvado. Katara tiene los cabellos revueltos, las mejillas encendidas, bufa como un toro. Se aparta los cabellos de la frente con fastidio. Ahora, en este instante, tiene un aspecto fiero, casi imponente. Y pienso que tal vez no haya que protegerla tanto como creo. Pienso que Katara, ha dejado de ser una niña.
No puedo decir lo mismo del Avatar, por desgracia. Ha recobrado el sentido, y ya no parece la poderosa figura que levitaba en el aire y hacía Dominio del agua. Está sentado, se abraza las rodillas y oculta la cabeza. Sus hombros tiemblan, y me doy cuenta de lo estrechos y delgados que son. Me doy cuenta de lo pequeño y enjuto que es, de lo debilucho, pálido y enclenque que está. Seguramente yo tengo el doble de espalda que él, por Tui, incluso Katara es más alta.
Resopla, intenta contener las lágrimas, todo él se fe sacudido por fuertes temblores. Katara me echa una mirada de inquietud antes de acercarse a Aang, poco a poco.
Aang... ¿estás bien? -pregunta- No te preocupes, ya ha pasado todo. Ya ha pasado...
Pero sus palabras tienen el efecto contrario del deseado. Sólo consiguen que Aang empiece a jadear más fuerte, con voz cada vez más chillona y aguda, parece que se esté ahogando. Entonces, un sentimiento extraño me cruza el pecho. Yo debo cambiar esto. Debo protegerle y enseñarle a ser un buen guerrero si queremos acabar con esta horrible guerra. Y no tiene a nadie más. Aquí sentado, luchando por contener el llanto, sólo hace que inspirarme lástima. Los pensamientos de antes me parecen inocuos y vacíos. Aang necesita a alguien que le guíe. Y podrá tener ayuda de militares y de reyes, de emperadores y príncipes... pero también tendrá la mía.
Aang, -yo también me acerco a él, y le digo con seriedad- Échalo todo, no te lo guardes, si quieres llorar, llora.
Tardamos bastante, entre Katara y yo, a tranquilizar al Avatar. Le susurramos en voz baja, con voz tranquilizadora y pausada, como hemos aprendido de la Gran-Gran, que a su vez nos lo hacía a nosotros. Al final, Aang levanta el rostro y nos observa con inquietud.
¿Qué te pasa? -Katara parece muy preocupada- Después de todo, al final todo ha salido bien...
Nada va a salir bien, -la interrumpe Aang- Esto no está bien, nada de esto está bien. -su voz vuelve a ser normal, pero está impregnada de una tristeza tan profunda y sincera que me choca. Y me doy cuenta que es la primera vez que veo a Aang triste.
¿Por qué?
Es... él. El...chico ese. He luchado contra él.
Y formidablemente, además. -añado-
Yo... -Aang parece no haberme escuchado- Los monjes me enseñaron a no pelear, a evitar conflictos, a hablar... a amar...
Espera un momento, -le interrumpo- ¿todo esto es por qué has luchado? Te defendiste, eso hiciste. No hay nada malo.
Él. Me ha usado... a su antojo. Me siento un juguete. Me ha forzado a luchar. Me ha corrompido...
Aang si quieres acabar esta guerra tendrás saber luchar. No hay otra manera. -le digo cortante- No hay otra manera. -repito-
Tiene que haberla. -el rostro de Aang está ausente, carente de toda expresión, parece sumido en reflexiones muy profunda- Creo... creo que me alegro de que el monje Gyatso y todos estén muertos. Así no me pueden ver. No pueden ver que estoy sucio. Sucio y lleno de pecado...
Aang. -es Katara, por fin habla, ella lo solucionará. Ahora resulta que el pequeño Avatar no quiere luchar. ¡Pues estamos apañados!- En esta guerra muere gente. Muchas personas. Cada día. Tiene que acabarse. ¿Lo entiendes? -él asiente- Muy bien, ya nos preocuparemos de ese tema luego. Ahora hay que decidir qué haremos...
¿Qué haremos? -dice Aang- Os llevaré de vuelta a la Tribu y después tendré que ir a Ciudad Nívea a aprender Dominio del agua...
No, Aang. -digo con suavidad- Nosotros iremos contigo.
¿Qué? -nos mira, incrédulo. Su asombro me hace sonreír- ¿Por qué?
Porque somos tus amigos. -responde Katara con decisión- Y, bueno, "nuestros destinos están irremediablemente unidos al tuyo", pero eso es lo de menos. ¡No puedes ir por el mundo sin amigos! -exclama, sonriendo-
Oh, vaya. -está tan sorprendido y a la vez tan agradecido de que le acompañemos, que suelto una gran carcajada, la primera en varios días.
Los otros dos me siguen, ríen conmigo, reímos los tres. Y aquí reunidos encima de Appa, viajando a un destino incierto, con el sol del Polo poniéndose y los rayos dibujando luces y sombras en el paisaje helado, es cuándo pienso que, tal vez conseguiremos salir todos bien parados de esta locura. Que, realmente, todo va a salir bien.
