No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Sarah Morgan. Yo solo me divierto un poco.

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—¿Qué quieres decir con eso de que no puedes encontrarla? —preguntó Edward al tiempo que suspendía su paseo por la habitación.

Por su expresión y el tono de voz, era evidentemente que había perdido el proverbial control de sí mismo.

Cuando ella le prometió el infierno, Edward fue incapaz de suponer que el primer paso sería desaparecer de su vista. La fría lógica le decía que el desafortunado descubrimiento de la verdad no había influido en el resultado de sus planes. Estaban casados y las acciones de su esposa habían pasado a su poder. Misión cumplida. ¿Entonces a qué se debía ese repentino vacío en su vida?

Era un hombre que nunca había sentido la necesidad de dar cuenta de sus acciones y, sin embargo, de pronto necesitaba hacerlo. Explicar hasta el último detalle. Pero no podía encontrar a la única persona con la que deseaba sincerarse. El hecho de haberse enterado de que estaba extremadamente triste antes de desaparecer, no hacía más que aumentar su inquietud.

La preocupación y la frustración se mezclaban con una aguda sensación de culpa.

—Parece como si se hubiera desvanecido, Su Excelencia —dijo Jasper Withlock, desolado.

—Es imposible que alguien se mueva en este palacio sin que se enteren al menos unas diez personas. Debe de estar en alguna parte. ¡Encuéntrala!

—Nadie la ha visto desde que se marchó de la sala de audiencias esta mañana.

—Encuéntrala —repitió en un suave tono letal que hizo retroceder a Jasper hasta la puerta.

Sí, estaba muy alterada cuando se marchó del gabinete. Era posible que hubiera salido del palacio y anduviera deambulando por los barrios más sórdidos de Fallouk.

Al no conocer los alrededores de la ciudad podía encontrarse en peligro, pensó Edward. Entonces decidió unirse a la búsqueda.

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Sentada en un rincón del establo, sin prestar atención al largo vestido de seda, Isabella miraba a la hermosa yegua árabe que comía en un montón de heno. Tras soltarse el pelo, se había quitado los altos zapatos de tacón.

Había caído la noche, era tarde, estaba oscuro y había llorado tanto que no se atrevía a imaginar el aspecto de su cara, pero no le importaba. Antes de decidirse a volver al palacio tenía que desahogar su dolor.

—Supongo que pensarás que soy una estúpida —murmuró a la yegua—. Otra vez he hecho el tonto con el mismo hombre. Está claro que nunca aprendí la lección. Pero ahora no se trata sólo de mí. Por mi culpa, mi padre ha perdido su empresa. Y todo porque fui demasiado ciega para no pensar en las consecuencias de mi matrimonio con Edward —dijo con las lágrimas rodando por sus mejillas.

La yegua volvió la cabeza hacia ella con un suave resoplido.

—Pensé que Edward me quería. Sé que es arrogante y autoritario, pero no puede evitarlo, y yo sentí compasión por él a causa de su infancia tan triste. Creí que podría enseñarle a demostrar sus sentimientos —confesó con las largas piernas recogidas bajo el cuerpo—. Sin embargo, la incapacidad de expresar sus emociones se debía a que no me amaba y, francamente creo que es incapaz de querer a nadie —dijo reclinándose contra la pared con los ojos cerrados. Toda su ira se había evaporado dejándola exhausta e incapaz de tomar decisiones—. No sé cómo he podido permitir que el mismo hombre me haya herido dos veces.

La yegua rozó la mano de Isabella con el belfo. Entonces, abrió los ojos y acarició la cabeza del animal.

—No sé lo que voy a hacer. No tengo amigos en este palacio, nadie con quien hablar. Su familia me odia. Mi padre está lejos y no puedo comunicarme con él, ni siquiera para contarle lo que está sucediendo. Mi vida es un desastre.

—Tu vida no es un desastre, mi familia no te odia y puedes hablar conmigo. De hecho, ojalá que lo hicieras —oyó la voz grave y tensa de Edward que se acercaba después de cerrar la puerta de la cuadra para asegurarse de que no iba a huir.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con un sobresalto—. No quiero hablar con un hombre tan horrible como tú. Vete.

La yegua alzó la cabeza, pateó el suelo y Edward le acarició el cuello con suavidad.

—¿Tienes idea del alboroto que has causado? Hace horas que te buscamos. Toda la guardia de palacio está movilizada.

Por primera vez veía a Edward con un aspecto desaliñado. Llevaba la misma camisa blanca que le había visto por la mañana, pero en ese momento parecía sucia y arrugada.

—¿Por qué me busca la guardia de palacio?

—Porque desapareciste de la faz de la tierra. Pensé que habías sufrido un accidente. Estaba muy preocupado por ti.

—Preocupado por tu inversión, querrás decir. Si hubiera sufrido un accidente no habría importado, porque mis acciones ya son tuyas.

—Aunque pienses lo contrario, esto no tiene que ver con las acciones de la empresa de tu padre —dijo al tiempo que se pasaba una mano por los brillantes cabellos oscuros—. No puedo creer que estemos conversando en los establos y en plena noche. Ven conmigo y hablaremos con calma.

—No quiero hablar y no me moveré de aquí hasta que me encuentre en disposición de hacerlo, y no antes.

—Querrás decir que no deseas conversar conmigo, porque hace horas que le hablas a mi yegua —repuso con un toque de ironía—. No sabía que te gustaban los caballos.

—¿Y cuál es la diferencia? Nunca mostraste interés en mí como persona. Lo único que deseabas era casarte conmigo por interés, todo lo demás era irrelevante.

—Eso no es cierto. Ahora lo único que deseo es que regresemos a nuestro apartamento y hablemos con tranquilidad. Está casi helando, llevas un vestido muy ligero y no puedes pasar la noche en mis cuadras.

—¿Por qué no? Los establos son agradables y tu palacio está lleno de ratas.

—Podemos solucionar nuestros problemas.

—No lo creo. Esta vez te has excedido. Aunque a ti no te importa, ¿no es así?

—¿Vas a ser razonable?

—Posiblemente no. No estoy en condiciones de razonar. Me siento como una estúpida a causa de mi ingenua credulidad. El descubrimiento de tus manipulaciones no es el mejor incentivo para ser razonable —dijo temblando de frío.

—Basta de discusiones. El hecho de estar enfadada conmigo no es una razón para contraer una pulmonía —dijo tomándola en brazos y saliendo del establo.

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Edward entró en el palacio sin hacer caso de los servidores que miraban sorprendidos antes de inclinar la cabeza a su paso.

Cuando llegaron a la espaciosa habitación, la dejó sentada en la inmensa cama. Una cama que todavía no había compartido con él y que nunca compartiría, se prometió a sí misma sin poder impedir la excitación que repentinamente se había apoderado de su cuerpo.

Al ver que Edward se desabotonaba la camisa con un brillo intencionado en los ojos, ella saltó de la cama.

—No se te ocurra, Edward. Piensas que todo se puede resolver con una buena relación sexual, pero no es así —le advirtió cuando la camisa cayó al suelo.

—¿Por qué te niegas a ti misma lo que sabes que deseas? —preguntó, con los ojos clavados en ella.

Cuando empezó a desabotonar la cintura del pantalón, ella sintió que la sangre le hervía de deseo y decidió evitar hacer algo de lo que iba a arrepentirse más tarde.

«Cuarenta días y cuarenta noches» se dijo a sí misma.

Y luego a casa y a pasar el resto de la vida intentando olvidar.

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Además de emplear su tiempo en algunos compromisos sociales, Isabella se dedicó a evitar a Edward. Incluso dormía en el amplio vestidor de la suite, encerrada con llave.

Había intentado una y otra vez comunicarse con su padre, pero era imposible dar con él y cada día se sentía más ansiosa. ¿Qué diría cuando descubriera lo que su hija había hecho?

Para distraerse, se dedicó a explorar el palacio de Edward y encontró cosas maravillosas, pero lo más importante fue el descubrimiento que había hecho el primer día de su llegada a palacio: los establos del sultán. Durante los días siguientes aprendió a conocer a los caballos por su nombre y su personalidad.

Tras decidir que sus funciones como reina eran un fracaso, tanto como su matrimonio, consiguió unos pantalones de montar y una camiseta holgada y se dedicó a dar paseos y a cuidar de los caballos. Y si sus servidores pensaron que su conducta era muy extraña, guardaron religioso silencio.

Una semana después de su llegada a Fallouk, escuchó unos sonidos desagradables, aunque muy familiares. Eran los gritos incontrolables de un niño en pleno berrinche. Instintivamente, dejó de lado el cepillo que utilizaba en ese momento y salió de la cuadra.

La tía de Edward miraba con gran frustración a un niño de unos siete años tendido en el césped frente a los establos y que no paraba de patear. Con las mandíbulas apretadas y él cuerpo rígido, movía las piernas y los brazos de arriba abajo amenazando con golpear al primero que se le acercara.

—¡Si no te calmas te voy a dejar solo! —exclamó la tía de Edward que al instante cambió de expresión al ver a Isabella.

Pero la joven alcanzó a notar la tristeza desesperada en sus ojos. Y reconoció esa mirada porque la había visto muchas veces en el rostro de otros padres. De inmediato supo que el problema era más grave que un simple berrinche.

—¿Qué le sucede? —preguntó, sin saber qué hacer.

—Ben tiene problemas de conducta. No es fácil manejarlo. Hay que dejarlo solo hasta que se le pase el mal humor. No soporta que lo toquen, así que no lo hagas —dijo antes de alejarse y dejarlo solo, tendido en el césped y sin dejar de chillar.

Isabella movió la cabeza de un lado a otro y se sentó tranquilamente cerca del chico. Y de pronto recordó que una vez habían enviado a la escuela de equitación a un niño con los mismos problemas y que había mejorado notablemente gracias a los caballos.

Sin dejar de mirarlo, pensó en los ponis que había en las cuadras de Edward. ¿No valía la pena intentarlo? Y así fue cómo Ben se convirtió en un proyecto importante para ella. Todos los días lo llevaba a las cuadras.

Al principio, el niño se sentaba en silencio sobre un montón de heno y se limitaba a observar mientras ella limpiaba a los caballos. Después de unos días, sin decir palabra, Isabella le tendió un cepillo para que la ayudara a limpiar al poni más tranquilo y dócil que había encontrado.

Ben la miró un largo instante y luego tomó el cepillo.

—Con movimientos circulares. Así —dijo ella tranquilamente antes de alejarse un poco para no estorbarlo.

Con mucha inseguridad, el niño empezó a cepillar el cuello del animal y poco a poco sus movimientos se volvieron más seguros. Algunos días después, Isabella pidió a unos de los mozos de cuadra que la ayudara durante el primer paseo del chico en su poni.

Cuando estuvo instalado en la montura y el caballito dio sus primeros pasos, Ben sonrió. Y sonrió de verdad. A medida que pasaban los días, y tal como Isabella esperaba, los berrinches fueron bastante menos frecuentes.

Una mañana vio que el niño abrazaba a su poni y le daba golpecitos en el cuello.

—Sí, a él le gusta —dijo suavemente—. Los abrazos son muy importantes, Ben.

—Me alegro que pienses así —oyó una voz grave a sus espaldas. Sorprendida, la joven se volvió. Era Edward que la miraba con ironía—. Parece que has encontrado una residencia permanente en mis establos —alcanzó a decir antes de notar la presencia de Ben junto al caballo—. Isabella, necesito hablar contigo, inmediatamente.

Temerosa de que la frialdad de Edward pudiera alterar al niño, Isabella salió del establo sin discutir y se alejó lo suficiente para que Ben no les oyera y al mismo tiempo mantenerlo vigilado.

—Quiero que saques al niño de la cuadra.

Al notar su auténtica preocupación, Isabella desistió de discutir.

—Ben está bien. Tiene talento para montar a caballo.

—¿Lo conoces bien? Si se enoja puede asustar a los animales y te pueden hacer daño —objetó con suavidad.

—Sí, estás en lo cierto. Pero él no se enfada cuando está con los animales. Esto lo he visto antes. A menudo los niños se relacionan con los animales de un modo que les es imposible con los adultos. Es verdaderamente sorprendente.

Edward entornó los ojos.

—¿Qué quieres decir? ¿Has visto alguna vez niños como Ben?

Ella vaciló un instante. ¿Por qué no decirle la verdad? ¿Qué más le quedaba por perder?

—Constantemente. Trabajo en una escuela de equitación y nos envían niños con toda clase de discapacidades. Desde luego que los caballos no siempre pueden ayudar, pero la mayoría de las veces lo consiguen. Es sorprendente ver la cara de un niño gravemente discapacitado cuando por primera vez pasea por la pista montado en su caballo... —Isabella guardó silencio al notar la extrañeza en los ojos de Edward.

—¿Trabajas con niños?

—Bueno, en realidad lo hago con caballos. Mi trabajo consiste en elegir el que más se adapta al pequeño jinete. No pretendo hacer terapia clínica ya que para eso están los especialistas. Pero conozco bien a los caballos. Tienen personalidad, como los seres humanos. Además, son muy inteligentes. El poni que monta Ben es maravilloso. Justo el tipo de animal que le conviene al niño —dijo al tiempo que señalaba a Ben, totalmente entregado a la limpieza del caballito.

—Ha pasado por la consulta de muchos médicos y psicólogos y ninguno ha podido curarlo de sus terribles rabietas. Me parece que en un par de semanas has hecho lo que ningún especialista ha logrado conseguir.

—No he sido yo, fueron los caballos —dijo, confundida.

—¿Con qué frecuencia vas a la escuela de equitación en Inglaterra?

—Todos los días. De lunes a sábado, aunque a veces hay que ir los domingos. Llego a las cinco y media y me marcho junto con el último niño. Es una jornada muy larga, pero me encanta.

—Y decidiste que no merecía la pena contármelo, ¿no es verdad?

—Es una parte de mi vida que no comparto con nadie. Mi madre nunca pudo comprender que prefiriera que el barro me llegara a las rodillas antes que ponerme unos zapatos de diseño de tacón alto. Estoy segura de que también te sentirás avergonzado, pero no me importa. Lo hago porque me gusta y porque me siento útil. Y ahora voy a echar un vistazo a Ben —dijo antes de alejarse hacia las cuadras.

Después que el niño se hubo marchado, Isabella pasó el resto del día en los establos, sin ánimo de volver al palacio. Estaba absorta en su trabajo, cuando de pronto vio a Edward en la cuadra vestido con un elegante traje gris que realzaba la perfección de su cuerpo.

Los cabellos oscuros brillaban bajo las luces y sus rasgos arrogantes mostraban una tensión evidente.

—Hoy era la cena de bienvenida al príncipe de Kazban —informó con suavidad.

Isabella se sintió culpable.

—Lo siento. Perdí la noción del tiempo. ¿Era obligatoria mi presencia allí?

—Eres mi esposa. Me casé contigo. —Bueno, realmente te casaste con las acciones que me corresponden de la empresa Swan —replicó al tiempo que se volvía al poni que estaba cepillando.

Habría hecho cualquier cosa para evitar mirarlo. Su aspecto era fabuloso, asombroso, extremadamente viril.

Isabella cerró los ojos intentando olvidar la ardiente sensación en la zona de la pelvis. En dos zancadas, Edward estuvo junto a ella, la apartó del caballo y la puso contra la pared.

Isabella quedó atrapada en la fuerza y calor del cuerpo masculino.

—Ya he oído suficiente. Estás decidida a simplificar lo que no es tan simple, pero ya hablaremos de ello. Por ahora basta de palabras, se me agotó la paciencia. Te he dado tiempo para que te calmaras y volvieras a la razón, pero no lo has conseguido.

—Déjame ir, Edward —pidió abrumada al sentir su aroma, el fuego de sus ojos y sobre todo, su proximidad.

—De ninguna manera.

—¡Oh, Dios! No me hagas esto —murmuró al tiempo que intentaba liberarse.

Sin embargo, no pudo evitar un gemido cuando sintió la excitación de Edward y su cálido aliento muy cerca de la boca.

—Eres la mujer más enloquecedora que he conocido —dijo al tiempo que colocaba los brazos en la pared a cada lado de su cuerpo, bloqueándole la salida —. No sé si estrangularte o besarte.

—Mátame, sería mejor para los dos. No quiero que me beses.

Si lo hacía, sería su perdición.

Edward se apoderó de su boca mientras le tomaba los brazos y los colocaba alrededor de su cuello. Y Isabella olvidó su deseo de que no la besara. Olvidó al hombre que le había hecho tanto daño. Olvidó su resolución de mantener las distancias. Olvidó todo, excepto su anhelo de él tras dos semanas de separación.

El beso fue una caricia salvaje, un asalto primitivo a sus sentidos que terminó por destruir su fuerza de voluntad. Mientras le acariciaba un pecho, ella arqueó el cuerpo ciñéndose más aún contra la excitada virilidad de Edward.

Como respuesta a su silencioso ruego, con ambas manos le abrió la blusa y los botones salieron despedidos.

—Te quiero desnuda —murmuró con una voz ronca y seductora mientras le quitaba el resto de la ropa.

Isabella sintió la boca de Edward en los pechos desnudos y profirió un grito ahogado al sentir sus dedos entre las piernas. Frenética de deseo, intentó bajarle la cremallera de los pantalones, pero de inmediato sintió que la mano de Edward la ayudaba a hacerlo.

—Ahora, Edward, ahora, por favor.

Con la mirada brillante de pasión, él la alzó sin vacilar y Isabella le rodeó las caderas con las piernas. Edward penetró su cuerpo con vehemencia y la joven, aferrada a él, siguió su ritmo cada vez más urgente hasta sentir que su cuerpo estallaba en una lluvia de sensaciones tan exquisitas que por un instante dejó de respirar.

Entonces Edward alcanzó el clímax y ambos descendieron a la vida real, jadeantes y temblorosos. El mundo exterior volvió a introducirse en su intimidad. La fría pared contra la espalda desnuda de Isabella, el poni que comía tranquilamente en una esquina de la cuadra.

Sólo cuando sus pies volvieron a tocar el suelo, Isabella se dio cuenta de que estaba completamente desnuda y él totalmente vestido. Entonces se vistió con manos temblorosas y la cabeza inclinada para evitar su mirada.

—Isabella, realmente necesitamos hablar —dijo Edward con la respiración todavía alterada.

Y eso era lo único que ella no quería hacer. ¿Para volver a escuchar la misma proposición que le hizo hacía cinco años? No, no era eso lo que deseaba. Era cierto que los unía algo muy poderoso, pero sólo era sexo, y no era suficiente para ella. A la larga, Edward terminaría por cansarse de su cuerpo, y entonces, ¿qué sería de ella? Una mujer enamorada de un hombre que no la amaba. No, no podría vivir así.

Edward tenía que dejarla marcharse. Ése había sido su plan y probablemente el hecho de saber que en el fondo ella no era la persona que pensaba, reforzaría su decisión.

Sí, se marcharía para facilitarle las cosas.

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¡Hola, hola! Compensando todo el tiempo que no publiqué jajajaja terminaré de editar el último cap y hoy mismo veremos cómo termina esta historia, ¿les parece?

¡Estamos a nada de terminar!

¡No olviden dejar su comentario!

¡Nos leemos pronto!