Nota.- Créditos a Encarta y Larousse por las definiciones de "reflexión" :P
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"Réquiem de una Banshea"
Por: Galdor Ciryatan
CAPÍTULO 10.- Sobre reflexión
Parecía ser que la noche se había retrasado para todos los que se hallaban bajo ese techo. La noche común, donde dormir es la especialidad del día y el silencio se impone con autoritarismo repentino, no parecía querer pedir posada, huía quizás de los olores a muerte, lobo, desconfianza e incertidumbre.
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Ilúvënis yacía apoyada en el marco de la ventana (aquella que se atoraba al tratar de cerrarla), miraba a través del cristal y se preguntaba cuánto más podría callar y por qué.
"No hablaré sobre Samara… No aún y mientras pueda evitarlo" pensó.
— ¿Qué fue eso de allá abajo? — preguntó Leon a sus espaldas y tomó una de sus manos para frotar sus dedos, ahora tan corpóreos y tangibles; imposible imaginarlos desmaterializándose.
— ¿En verdad quieres oír un cuento de hadas donde los niños son comidos por monstruos? — le dijo ella con un toque humorístico. En realidad le complacía aquello ya que podría evitar temas relacionados directamente con sus familiares.
Leon asintió con indecisión. Prefería que el leñador hiciera su entrada triunfal en el último minuto y con su hacha descuartizara al malvado lobo, pero ¿qué se le va a hacer? No siempre se consigue el final feliz.
— Quiero contarte entonces sobre las Bansheas, lo que son, lo que hacen… Será una historia larga.
Espantando al sueño y retrasando más la llegada de esa noche confortable Leon asintió de nuevo y prestó oídos a cada palabra de la albina.
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A unos metros de la habitación de Leon, atravesando la gruesa y celosa pared silenciosa, estaba Billy Coen, uno de esos personajes que (si bien no tienen constantes dilemas existenciales) no dejan de preguntarse, de dudar, de rumiar… De reflexionar.
Porque la reflexión es un círculo vicioso imparable que termina exactamente donde empieza, sólo que a cada vuelta está arrastrando lastres diferentes (menos o más, eso depende). La reflexión es darle vueltas a un asunto, acribillarlo bajo la fría ética y parcharlo cariñosamente con nuestra particular moral; consiste en engullir entera una idea para luego escupirla o mascarla; es un aro dentado imposible de parar que arrastra consigo nuestros peores y mejores momentos atravesándolos con sus puntas.
Y en Billy, por su puesto, la reflexión no era distinta.
Estaba recostado boca arriba en la cama acompañado por la silenciosa oscuridad y la ridículamente impotente luz de su celular, que comenzó a extinguirse de improvisto.
Había estado a punto de llamarle a su jefe, pero entonces rumió la idea, las palabras que le diría y resolvió dejar el móvil por la paz y ponerlo en el buró de al lado a que su minúscula luminosidad muriera.
Otra vez estaba en completa oscuridad, casi hermética. Le daba vueltas a su engranaje dentado, el infinito círculo de la reflexión, y se percataba de la invisible unión de las partes del aro, ese alfa-omega… Era Khalil, inevitablemente era ese hombre. Coen no lo negaba, era consciente de que muchos aspectos de su vida estaban en función de Kyle; el más reciente era su razón de existir en ese preciso punto del amplio universo. Aún así le seguía dando vueltas al asunto —a pesar de que ya conocía su alfa-omega— y se removió inquieto en la cama pensando mil maneras de contarle lo ocurrido esa noche (la escapada de Ilúvënis y el encuentro con Gabriel, entre otras cosas de índole más sobrenatural) pero de alguna forma siempre se obligaba a darle otra vuelta al engrane —"la última y nos vamos" — para agregar una palabra o quitar un gesto, para hacer memoria de nuevo y omitir un detalle, para pensar y olvidar.
Sin embargo, al final, como muchas veces sucede al reflexionar, tiró todo a la basura y se quedó justo como había empezado: Sin saber exactamente qué decirle y cómo decírselo a Kyle. Billy no se mortificó por ello a un punto álgido, sino que hizo lo que la mayoría: Esperó al siguiente amanecer; ello no resolvería el problema pero le daría una tabla rasa para hacer más garabatos.
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La reflexión también es como un cubo rubik, con la variante de que aquí no se trata de acomodar cada color en una sola cara, no. El punto es poner cada cuadro donde nos guste y plazca, donde queramos. Y aquí viene la dificultad oculta: No podemos debatir con nosotros mismo qué es rojo o qué es verde, simplemente lo sabemos, pero lo que queremos…eso no lo sabe ni cada uno de nosotros.
Esa noche Ilúvënis jugaba con el provocador de frustraciones multicolor pero, no contenta con ello, también se atrevía a intentar armar un rompecabezas: Le hablaba a Leon sobre las Bansheas pero en el fondo pensaba otros asuntos un tanto diferentes.
Te fuiste porque había problemas y ahora…¡ahora hay una guerra! ¿Por qué quedarse?
— Muchas son casi albinas, aunque también las hay de cabello negro. Y no es cierto lo que dicen las historias, no vamos por ahí todo el día llorando de tristeza.
— ¿Entonces por qué los lamentos? — rió Leon.
— Son ecos, nada más. Y ¿sabes?, la Banshea se alimenta de dolor, sí, peor no de quien se lleva, sino de los familiares. No somos asesinas. Se trata de dar paz al enfermo o al herido y a cambio se toma el alimento de quienes lloran su partida.
— ¿Pueden llevarse a cualquiera?
— Sólo a los que están marcados.
— Oh, ahora somos como ganado. Y el hombre es el ser insensible…
— No seas bobo. La marca es un halo sobre su cabeza, no una pinta roja en el lomo. Son personas quizás destinadas a morir pronto, aunque la Banshea es quien decide si toma o no el encargo de darles paz.
…¡ahora hay una guerra!
"Guerra…".
Por un segundo se sumió en silencio deseando que alguien fuese capaz de darle paz, que no fuese ella la Banshea que veía halos y que ojala pudiera arrojar el rubik contra la pared y partir en dos la pieza que ahora intentaba encajar, peligrosamente, en una vida. Sin embargo volvió a dominarse y continuó hablando de hadas, le contó anécdotas a Leon disfrazadas de cuentos y recordó sucesos como si hubiera sido ella la espectadora. Todo se sentía superficialmente llevadero, a su pesar, pues en realidad no ponía atención en lo que decía; su corazón era el encargado en aquellos momentos de pensar.
El corazón, el motor del cuerpo que para echar a andar la reflexión es más potente que la cabeza. Nos hablan de amor sobre el corazón, de pasión y de rítmicos latidos, no obstante, es una poderosa maquinaria cuya fuerza no puede detenerse. Con él, en Ilúvënis, los engranajes con forma de bocas de lobo se pusieron en marcha y, al igual que muchos Garou y Bansheas, no esperaría al siguiente amanecer para una conclusión. Que la maquinaria girara hasta detenerse sola, avanzadas las horas y los segundos, y que la respuesta brotara eterna del aro infinito.
¿Por qué quedarse?
Ilúvënis continuó con su rubik y con su rompecabezas.
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Reflexión… El diccionario lo define como "Actividad mental en que el pensamiento se vuelve sobre sí mismo", "Meditar, pensar", "Considerar nueva o detenidamente algo", "Advertencia o consejo con que alguien intenta persuadir o convencer a otra persona"…
Mil maneras podría haber de llamarle, sin embargo, encerrado bajo un cielo sin estrellas y atado con cadenas invisibles, para Gabriel la reflexión no era más que el círculo infinito que lo arrastraba. Él no lo ponía en marcha, de eso nada, no era lobo de pensamiento crítico pero, de vez en cuando, el freno flaqueaba y la bola de nieve caía cuesta abajo, creciendo con cada vuelta. A él no le gustaba; complicarse no figuraba en su lista de cosas por hacer. Para su pesar la reflexión era un paso obligado ya que de alguna manera era muy inteligente —aunque no brillante—; se veía orillado a recordar ciertas cosas, rememorar palabras de su padre y traer a la mente reminiscencias de eventos decisivos.
Como sucedía con muchas cosas últimamente, aquello le dolía en demasía.
Le hería reflexionar, pensar qué hubiera pasado de haber dicho No alguna vez a su padre,
"Estaría muerto" pensó.
tomado otro camino distinto
"Sería libre".
o qué hubiera pasado de no haber nacido Ilúvënis.
"No estaría yo aquí".
En cierta medida le atribuía la culpa a Samara pues era madre de Ilúvënis y por un tiempo ejerció fuerte influencia en Alex. Era tan fácil como culpar a la primera Banshea por haber existido o al padre de Alex por haberlo educado como lo hizo. Cielo Santo, Gabriel podía hasta echarle la culpa al Creador.
No le importaba tanto en realidad —todos eran culpables menos él— pero la reflexión cruel lo empujaba a empuñar una daga y querer sacar respuestas de los intestinos del resto del mundo.
Se sentó en silencio con las orejas erguidas hacia el cielo contemplando la negrura que para él no era otra cosa que un manchón de tinta y un horrible intento de arte que contaminaba la verdadera belleza detrás: Las estrellas, diamantes y zafiros pendientes en la nada haciendo compañía a la Luna, que en la ciudad se veía tan desvaída e insignificante.
Gabriel estaba seguro de ser el único en kilómetros a la redonda que le concedía unos segundos siquiera a Selene, porque aquella era su amada Luna, la que había mostrado toda su reluciente superficie cuando él nació. De verdad la amaba —tan lejana, ominosa e intocable— pues en muchas circunstancias era el freno, la traba que detenía su reflexión a fuerza de embelesamiento. Perderse en su fulgor (por más apagado que pareciera en la ciudad) y observar su parsimoniosa marcha por el firmamento detenían toda otra noción en Gabriel y lo liberaban de la tortuosa reflexión.
El Garou se lamió los bigotes y luego emitió una suerte de aullido lastimero que al instante acalló apenado. No merecía la Luna un sonido tan malo. Preferible callar.
Todo le dolía empezando por su alma y terminando en su hombro, el cual se lamió descuidadamente para después echarse junto a la fría reja metálica a tratar de dormir.
Por supuesto el sueño no llegó pronto.
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Reflexión… Madre de ideas que levantan pueblos y derrumban naciones, ignorada cuestión entre los ciegos rebaños de gente, provocadora de jaquecas y constructora de decisiones, noble y mal-pagado oficio voluntario.
Para un hombre como Albert Wesker la reflexión se daba casi de forma natural, le salía del corazón (por decirlo así) porque tenía el tiempo, la paciencia y el temple. Yacía sentado en una silla frente a un escritorio, sobre la esquina del cual había puesto los pies —llevaba las botas negras de la compañía—. Aproximadamente unas diecinueve carpetas estaban desparramadas sobre el mueble con singular descuido y otra más la tenía entre sus manos. Uno tras otro había examinado los reportes con detenimiento; el que seguía era siempre más raquítico que el anterior, pero a Wesker no le sorprendía
El objetivo fue avistado por última vez en
pues sabía que no solían sobrevivir los testigos presenciales de la cacería de Ilúvënis
A las 20:34 hrs se reportó a la policía local que una albina fue
y ni siquiera los que sobrevivían eran capaces de dar un reporte decente o de pronunciar palabras coherentes
4 agentes murieron en asignación de la misión 988225 a las 2:06 hrs en la ciudad de
por lo que los cuarenta y cinco minutos que Albert llevaba ahí no parecían dar frutos.
El estado de ambos agentes se diagnostica como demencia severa, aunque sin aparente caus…
- blam -
Arrojó la última carpeta sobre el resto. Bajó los pies del escritorio con parsimonia y se frotó distraídamente la zona de la nariz donde los lentes se apoyan… Oh, sus lentes; los buscó en derredor y al no divisarlos comenzó a levantar las carpetas. Ahí debajo estaban. No le importaba revolver los reportes, claro que no; eran sólo copias, pero si las cosas salían como deseaba sería él quien se encargaría de escribir dichos reportes. No es que le emocionara el apasionante mundo del papeleo y la burocracia, al contrario, deseaba salir a campo y deseaba también cazar a cierta mestiza de pellejo blanco.
Se levantó y salió del lugar con la misma calma que asemejaba una seguridad de que el mundo pudiera rodar con o sin él. Y en verdad así era, pero lo que Wesker pensaba era que él podía rodar con o sin el mundo.
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El cuerpo de Ilúvënis permanecía sosegado en la cama, sereno como el viento de una medianoche densa, inmóvil como el cadáver pálido que era y quieto como un cachorro adormilado, pero su mente… Su mente era ya incapaz de dominarse, volvía al mismo tópico una y otra vez dando vueltas sobre lo mismo. El círculo vicioso aún no se detenía y no lo haría hasta llegar a una conclusión satisfactoria. Leon estaba a su lado, cuerpo apacible al igual que ella (aunque la albina sospechaba que él sí descansaba). No más plática propia de bestiarios ni cejas arqueadas por datos, más que curiosos, inconcebibles. A él no le molestaba escuchar y ella no se limitaba al explicar, mas ambos estaban cansados y lo sabían.
Pero la mestiza no podía descansar, no sin una respuesta.
¿Por qué quedarse?
— Leon— murmuró ella—… Leon, ¿estás despierto?
Creía ya tener su respuesta.
— Mmmh…— El sonido que de Leon emergió parecía dejar muy en claro que no se hallaba bien despierto.
— Quiero decirte algo. Es importante.
Con la intención de atraerlo un poco más hacia la vigilia ella pasó su mano por las facciones del rubio, por su pómulo, su sien y su cenizo cabello. Él separó apenas los párpados.
— ¿Recuerdas por qué me fui? —preguntó de lleno la albina.
Kennedy no debió rebuscar mucho en su mente para dar con la respuesta.
— Por todos los problemas— contestó desperezándose y, viendo que el tópico tenía jugo para exprimir, se apoyó en la cabecera de la cama. Ésa era su pose para cuentos de hadas y pláticas escabrosas de media noche, donde el relato dura bastante y hay que tomar una posición que no te jale al sueño inmediatamente.
— No— replicó Ilúvënis decepcionándolo de forma profunda, casi hiriéndolo—. Si me hubiera ido por los problemas, si hubiese huido de ello, no estaría aquí…ni ahora ni nunca. Hay guerra, y ése es un gran problema… Leon, me fui porque creía que era incapaz de afrontar los problemas. Pero ahora sé que puedo con ellos y tú mereces que lo intente… Por eso regresé, por eso me quedo contigo.
Ante un rato de silencio Leon sonrió; hubiese esperado más divagación pero de nuevo se admiraba con la asertividad de Ilúvënis y se complacía con su sinceridad —porque él confiaba en ella—. Le pasó una mano por los níveos cabellos y se inclinó a besarle la frente.
— Gracias por escogerme.
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Hay cosas que en realidad, y cueste lo que cueste creerlo, no necesitan reflexión —el cariño, la confianza, el amor— porque menos es mejor y todos los detalles que el rubik o el aro puedan agregar están de más. Hay ciertas cuestiones que son mejores yermas.
Y otras que son mejores añejadas.
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La mujer de tez pálida se detuvo al abrigo del granado, cuya sombra fundida con la demás oscuridad se proyectó en pos de ella. Miraba con recelo la casa erguida frente a ella sabiendo que no era objeto de reflexión por parte de ninguno de los habitantes del lugar. Ninguna mente allí dentro mencionaba su nombre —"Samara" — y ningún pensamiento la contenía. Era ignorada incluso por su propia hija no deseada.
Ante tan situación no podía olvidar el hecho que desde hacía años venía agobiándola: La gente ya no creía en ellas y las Bansheas se estaban extinguiendo, muriendo de hambre.
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CONTINUARÁ…
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Notas.- Sobre esto del final y de Samara, esperen más para el siguiente capítulo.
Galdor C.
