La historia y los personajes no me pertenecen, es una adaptación del libro "El Heredero" de Johanna Lindsey con los personajes de Naruto de Masashi Kishimoto.
9
Naruto no podía creer que, por segunda vez, no le hubiera preguntado a la muchacha cómo se llamaba. Y no había reparado en ello hasta que Jiraya le preguntó quién era. Fue entonces cuando se azoró. Había ido en su busca por tercera vez, convencido de que tendrían una discusión cuando le dijera que había invitado a alguien que no era noble. Aquella fue la conclusión que Naruto extrajo cuando la muchacha le explicó por qué Jiraya la había excluido de su lista de invitados. Eso y que ella y sus tías vivían en una casita.
La posición social de la muchacha no cambiaba nada para él. Seguía gustándole, en particular su sentido del humor, que con tanta facilidad dispersaba cualquier preocupación que pudiera acosarle. Y su propósito no era casarse con ella, por lo cual, ¿qué objeciones podía poner Jiraya? Pero Naruto se estaba engañando.
Él sabía que la clase de personas que habían sido invitadas por Jiraya, todas ellas nobles, podrían ofenderse si alguien que perteneciera a otra clase se hallaba en la misma fiesta que ellas, no como sirviente, sino como un invitado más. También sabía que aquella iba a ser la objeción de Jiraya y por eso estaba convencido de que tendrían una discusión.
Pero Naruto no iba a reñir con él cuando ni siquiera estaba en disposición de decirle a su abuelo quién era la muchacha. Supuso que podría haberle mencionado que no era noble, pero decidió aguardar a que el viejo lo descubriera por su cuenta. Después de todo, era una excelente oportunidad para ver cómo reaccionaba en una situación así. Naruto averiguaría si era un aristócrata de la vieja escuela, que en su mayoría eran de un esnobismo sin límite, o si pertenecía a la escuela más ilustrada y opinaba que un título no representaba la valía de un hombre.
Aunque Naruto debería haber optado por la discusión, que sin duda le habría servido para desahogar parte de la tensión que lo atenazaba. Y la tensión no hizo más que agudizarse mientras se dirigía a la posada de Oxbow. Solo se había olvidado de ella durante un instante, al intentar averiguar dónde podría estar «la casita junto al camino» de la que le había hablado la muchacha. En todo el trayecto, él no había visto ni una sola vivienda pequeña, solo una casa señorial y unas cuantas casas de labranza.
Tal vez había querido decir en el camino a Oxbow viniendo de la otra dirección, o en las afueras de aquella pequeña ciudad ‑al fin y al cabo, había muchas casitas en las callejuelas que desembocaban en la calle principal‑. Pero, como distracción, no duró mucho, pues e1 trayecto a caballo era muy corto.
Naruto aún no podía creer que se hubiera prestado a hablar con Sakura Haruno, cuando esperaba no volver a verla en su vida. ¿De qué serviría, salvo para aliviar la mala conciencia que tal vez ella tenía? Cualquier disculpa suya significaría bien poco para él. Le había demostrado cómo era en realidad. No había nada que pudiera decirle para excusar la gravedad de sus insultos. Y además ahora Naruto sabía, si podía fiarse de ese tal Sasuke, que ella había sido la autora de aquellos ridículos rumores sobre su «brutalidad».
Sakura aún no estaba en la posada. Naruto admitió que había llegado con cinco minutos de antelación, aunque había supuesto quealguien impaciente por hacer las paces estaría allí antes de hora, paraasegurarse de que él no se marchaba. Ahora tendría que aguardar y, en su opinión, ella no se merecía que la esperaran ni cinco minutos.
Le indicó al posadero que no quería tomar nada y se sentó junto a la gran chimenea de la posada. Habría preferido un trago de whisky, pero quería tener la cabeza despejada al tratar con aquella muchacha.
Sakura entró por la parte de atrás. Entonces, ¿había llega pronto después de todo y solo pretendía realizar una entrada triunfal? Lo cierto es que lo fue. Con aquel gorro blanco de pieles sobre su cabellera rosada, el largo abrigo de terciopelo azul pálido y una esclavina orlada de blanco, estaba deslumbrante, casi cegadora, cuando lo vio y le sonrió antes de dirigirse a él. Lo hizo despacio, dándole tiempo más que suficiente para que quedara hipnotizado por su belleza. La luz, combinada con las pieles blancas, la hacía resplandecer con una etérea hermosura.
Naruto no era el único que no podía quitarle ojo. Los clientes reunidos allí la miraban con la boca abierta. Él no estaba tan deslumbrado, a pesar de todo, aunque tuvo que hacer un esfuerzo para no olvidar que, a pesar de su hermosura, aquella muchacha era malvada. Mirándola era imposible saberlo, pero en cuanto abría la boca era difícil no percatarse de ello.
Sakura seguía sonriendo cuando llegó hasta él. Había vacilado unos instantes, tensándose un poco al reparar en la falda escocesa de Naruto. Él se la había puesto a propósito. Si tenía dos dedos de frente, Sakura se daría cuenta de que la falda era su forma de decirle, sin palabras, que aquel encuentro no tenía ningún sentido.
‑Veo que le han dado mi mensaje ‑dijo ella.
‑Sí. ¿Y por qué ha venido a dármelo esa joven? ‑respondió él.
No era su intención preguntarle aquello. Tenía pensado abordar la cuestión más tarde con la muchacha de ojos violetas y le alivió que ella no le diera una respuesta en sentido estricto. No distraerla. Que dijera lo que quisiera, así él podría marcharse antes. Debía tenerlo presente.
Ella se encogió de hombros.
‑ ¿Por qué no? La mayor parte de las veces, la gente considera un privilegio ayudarme.
Naruto no dijo nada, aunque era difícil pensar en una respuesta cuando estaba concentrándose en no echarse a reír. Aquella simple afirmación decía tanto de ella, y lo irónico era que Sakura ni siquiera se daba cuenta del efecto que causaba. Rebasaba la mera presunción, la más pura arrogancia, y alcanzaba unos niveles de vanidad y engreimiento que Naruto no alcanzó a pensar en la palabra exacta para describirlo, si es que existía alguna.
Su silencio la desconcertó, poniéndola en el aprieto, por así decirlo, de expresar lo que tenía que decir. Naruto llegó incluso a preguntarse si en realidad tenía algo que decirle. Aparentemente, ella venía a presentarle sus disculpas, pero ¿sabría disculparse alguien como Sakura Haruno? ¿No sería esa una noción inconcebible para alguien que pensaba que nunca se equivocaba?
Al ver que ella seguía callada, durante un tiempo que a él le pareció excesivo, Naruto se encogió de hombros y se alejó. No le pareció una grosería, no ante ella, en cualquier caso. Por sus insultos, Naruto había colocado a Sakura en la categoría de «quienes no eran dignos de su atención», y estaba siendo benevolente. Si fuera un hombre, la consideraría un enemigo sin más
Pero su acción la impulsó a hablar.
‑ ¡Espere! ¿Adónde va?
Parecía realmente confusa. Naruto tardó un rato en responder.
‑No he venido aquí para quedarme mirándola con la boca abierta, como está haciendo el resto de la sala. Si tiene algo que decirme, dígalo.
Ella se ruborizó.
‑Quería explicarle por qué no fui muy cordial en nuestro primer encuentro.
‑ ¿Así es como lo llaman los ingleses? ¿No ser muy cordial? Tendré que recordarlo la próxima vez que insulte a alguien de manera deliberada.
‑No fue a propósito ‑intentó explicarle ella‑. Yo estaba muy confusa.
‑ ¿Ah, sí? ‑respondió él con un escepticismo tan evidente que, hasta un niño lo habría notado‑. ¿Debido a qué? ¿A que yo hablara con acento escocés? ¿A que lo pareciera? Supongo que no esperaba ninguna de las dos cosas, ¿no?
Ella suspiró.
‑Ojalá quisiera entenderme. Estaba segurísima de que usted y yo no estaríamos hechos el uno para el otro.
‑ ¿Y de que yo sería un bruto?
‑Bueno, sí, eso temía. Pero ahora me doy cuenta de lo estúpida que fui. Usted no es un bruto.
‑Yo no estaría tan seguro de eso ‑respondió él, exagerando el acento a propósito.
‑La cuestión es que me equivoqué en mis suposiciones.
Naruto tenía la sensación de que aquello era lo más parecido a una disculpa que obtendría de ella. Saltaba a la luz que decir «lo siento» era un concepto demasiado ajeno para alguien como ella, que sin duda estaba convencida de no hacer nada mal.
‑Muy bien, estaba usted equivocada entonces. ¿Quería hablarme de alguna otra cuestión?
Su impaciencia por marcharse era tangible, pero por alguna razón, ella no la percibió.
‑Bueno, de hecho, he pensado que podríamos empezar de nuevo ‑le dijo‑. Ya sabe. Olvidarnos de nuestro primer encuentro, como si no hubiera sucedido nunca.
‑ ¿Como si aún estuviéramos prometidos?
Sakura alzó los ojos y le dedicó una de sus radiantes sonrisas.
‑Sí. ¿No es una magnífica idea?
Él lo había dicho en broma. Ella hablaba en serio. Naruto no salía de su asombro. ¿Pensaba realmente Sakura que él podría olvidar sus insultos? Lo que ella le había dicho aquel día no solo pretendía herirlo a él, sino divertir a una sala atestada de gente. Si un hombre hubiera dicho aquellas cosas, Naruto se habría peleado con él y se habría desahogado. Pero, al tratarse de una mujer, había tenido que marcharse con el rabo entre las piernas, algo que jamás olvidaría.
Aunque aquella no era la única razón por la cual no se casaría con ella, y le dio otra, respondiéndole:
‑Creo que me hartaría de tener que competir con mi esposa para ganarme su atención.
‑ ¿Cómo dice?
A Naruto no le sorprendió que ella no hubiera captado la idea. Las personas egocéntricas suelen ser las últimas en admitir que lo son, pero quienes están enamorados de sí mismos, como obviamente lo estaba Sakura, son definitivamente un caso perdido.
Él la había escuchado. Ella ni siquiera le había dado una verdadera disculpa. En lo que a él respectaba, ya le había concedido todo el tiempo que se merecía.
‑Buenos días.
Sakura lo miró consternada. Los hombres no la dejaban a menos que ella quisiera que lo hicieran. ¿Qué había sucedido para que él no estuviera postrado a sus pies mostrándole su gratitud por haber cambiado de opinión?
El encuentro no había ido como debía. Le había dado otra oportunidad para casarse con ella. Entonces, ¿por qué no volvían a estar prometidos? Estaba empezando a sospechar que Naruto era un verdadero bruto. ¿Qué otra excusa podía haber para que no hubiera captado lo que ella acababa de ofrecerle con aquella cita?
Sakura aún no sabía que Hinata había sido invitada a la fiesta. Había subido a prepararse sin más dilación en cuanto le dijo que Naruto había accedido a verla. Ni siquiera había preguntado por los detalles. Ni tampoco parecía sorprendida de que él hubiera accedido. Hinata sospechó que podía haberlo dado por hecho, en tan alto concepto se tenía, pero aquel era un mal pensamiento que descartó de inmediato.
Sin embargo, Hinata se dio cuenta, cuando ya era demasiado tarde, de la terrible incorrección que había cometido al aceptar una invitación, cualquier invitación, pues ella tenía una huésped en casa. Y, naturalmente, Sakura no podía quedarse sola. O Tsunade o Shizune tendrían que acompañarla. Y también eso iba a traer problemas, porque seguro que a sus dos tías les apetecería asistir a la fiesta de Jiraya, ahora que habían sido invitadas.
Aunque sin duda se estaba preocupando en vano. Sakura regresaría con invitación propia, tal vez incluso volvería a estar prometida. Lo cierto es que pensarlo la abatía, pero había muchas probabilidades de que así fuera. Hinata había visto con sus propios ojos cómo se comportaban los hombres con Sakura. Algunos se quedaban tan deslumbrados con su belleza que perdían la noción de la realidad en su presencia.
Siguió posponiendo el momento de darles a sus tías la noticia de que habían sido invitadas, convencida de que todas podrían asistir a la fiesta. Sakura regresó, dando un portazo al entrar, y subió corriendo a su habitación, cerrando la puerta con brusquedad. Ahora ya no había duda de que su cita no había ido tal y como ella había planeado, así que Hinata se vio obligada a informar a sus tías sobre lo que ella concebía como un craso error.
Su reacción fue típica de ellas. Por supuesto que tenía que ir, al menos aquella noche. Era una magnífica oportunidad que no podían desperdiciar, ahora que Hinata ya había aceptado, solo porque tuvieran una huésped inesperada. Si Sakura no hubiera estado allí, etcétera, etcétera. Pero Hinata tendría que explicarle a lord Naruto, con mucha cautela, que no podría volver a Summers Glade, al menos mientras durara la fiesta, no hasta que su huésped decidiera regresar a su casa.
A Hinata le pareció divertido que, aun cuando no lo dijeran abiertamente, resultara obvio que ahora sus dos tías deseaban que Sakura se marchara, y cuanto antes mejor.
‑Yo me quedaré con ella ‑se ofreció Shizune, consiguiendo disimular solo en parte un suspiro de tristeza por tener que perderse la fiesta‑. Y le diré dónde habéis ido, si me lo pregunta. Pero ¿hay alguna razón para que deba saberlo si no nota vuestra ausencia? Algo así solo conseguiría ofenderla.
La pregunta iba dirigida a Tsunade, quien se tomó unos instantes para pensar antes de responder con pragmatismo:
‑No veo por qué tenemos que ofender sin necesidad a la muchacha. Y solo será por esta noche. Y si hay que decírselo, tendrá que comprender que Hinata se entusiasmó tanto que olvidó por un momento que Sakura era nuestra huésped.
En realidad, Hinata tenía una excusa mucho mejor que aquella, pero no creía que a Sakura le gustara que se supiera lo que le había pedido que hiciera, así que no había puesto a sus tías al corriente de sus tentativas como alcahueta. No obstante, si se veía obligada a hacerlo, le explicaría a Sakura que aceptar la invitación a Summers Glade había sido la condición para que Naruto se viera con ella.
Fuera cual fuese el resultado de aquella cita, y el sonoro portazo que había dado Sakura a su regreso no sugería que hubiera ido como esperaba, ella había tenido su oportunidad gracias a que Hinata había accedido a asistir a la fiesta. Aquello no era muy halagador para Sakura y por ese motivo Hinata lo mantendría en secreto mientras fuera posible. Y, como esperaban sus tías, puede que Sakura ni siquiera se percatara de su ausencia y se pasara el resto de la tarde en su habitación, haciendo mohínes. Bueno, era una posibilidad...
Hinata y Tsunade consiguieron marcharse antes de que Sakura diera señales de vida, así que no sabrían cómo le había ido a Shizune con ella hasta su regreso. Sin embargo, en cuanto llegaron a Summers Glade, ninguna de las dos tardó en olvidarse por completo de su huésped.
Era una gran fiesta, bastante más impresionante incluso que las fiestas a las que habían asistido en Londres. Era lógico, porque las cincuenta jóvenes que Jiraya había invitado tenían que ir acompañadas, ya fuera de sus padres, un hermano o dos, sus hermanas, o incluso sus primos. Una invitación enseguida entrañaba cuatro invitados o más y, desde luego, parecía haber allí más de doscientas personas.
Hinata no alcanzaba a imaginarse dónde habían podido alojar a toda aquella gente y se lo comentó a su tía. Summers Glade era grande, pero desde luego no tenía cincuenta dormitorios, y mucho menos cien. Como en su juventud Tsunade había asistido al menos a una fiesta como aquella, le sonrió y dijo:
‑Alégrate de que no nos pidieran que alojáramos a unos cuantos, como han hecho con nuestros vecinos.
Hinata reconoció a varios vecinos sin hijas y se dio cuenta de que los habían invitado únicamente para pedirles que abrieran las puertas de sus casas. También la posada de Oxbow debía de estar a rebosar, por una vez en su historia.
‑Además ‑añadió Tsunade‑, solo los invitados más importantes se alojan en habitaciones para ellos solos. Recuerdo que en una ocasión tuve que dormir con otras seis muchachas y que nuestro padre, que nos había acompañado a Shizune y a mí, no tuvo tanta suerte: lo alojaron con otros nueve caballeros. Pero, cuando celebras fiestas de esta envergadura que duran semanas, lo cierto es que no te queda otra opción.
‑Ha venido usted.
Hinata se dio la vuelta y vio que Naruto se había acercado a ella por detrás. Había estado sonriéndole a su tía y seguía con la sonrisa en los labios cuando lo saludó.
‑ ¿Creía que no iba a hacerlo?
‑Después del resultado de esa cita que nos organizó, tenía mis dudas.
‑ ¿A qué cita se refiere, querida? ‑preguntó Tsunade, que estaba a su lado.
Hinata consiguió no ruborizarse y eludir el tema diciendo:
‑Nada importante, tía Tsunade. Te presento a Naruto Namikaze.
Naruto le hizo una reverencia a su tía, con mucha caballerosidad. De hecho, aquella noche parecía todo un caballero, vestido de etiqueta con un frac azul que resaltaba sus ojos azules.
‑No se parece usted en nada a su abuelo, joven ‑le dijo Tsunade, y añadió con su habitual franqueza‑ Yo lo considero una suerte, para usted.
Naruto se echó a reír, pero él no fue el único en oírla.
‑ ¿Lo dice en serio? ¿Y quién es usted, señora?
Tsunade miró al anciano caballero que se había unido a ellos arqueando una ceja.
‑ ¿No me reconoce, Jiraya? No me sorprende. Ya han pasado más de veinte años.
‑ ¿Es usted Tsunade Hyuga?
‑Desde luego.
‑Ha ganado usted un poco de peso, querida ‑gruñó él.
‑Y usted parece a punto de caerse muerto. Bueno, ¿qué hay de nuevo?
Hinata se tapó la boca con la mano, deseando hallarse a tres metros de allí para poder reírse a gusto. Naruto, mirándolos alternativamente, mientras ellos se fulminaban con la mirada, dijo:
‑Entonces, ¿conocía usted a la muchacha?
‑ ¿Qué muchacha? ‑le preguntó Jiraya malhumorado‑. ¿No estarás llamando muchacha a este vejestorio?
‑Creo que se refiere a mi sobrina, pasmarote ‑puntualizó Tsunade.
Jiraya reparó en Hinata, que en aquel momento ya no tenía ganas de echarse a reír. El malhumor de Tsunade podía ser divertido, pero no cuando insultaba a su anfitrión.
No obstante, él no parecía haberse dado por aludido y ahora estaba mirándola con ávida curiosidad hasta que al fin dijo:
‑Bueno, maldita sea, son realmente perlas, ¿verdad? Pensaba que el muchacho estaba exagerando. ‑Luego, como si se le acabara de ocurrir en aquel mismo instante, añadió‑: Dios mío, ¿es usted una Hyuga?
Hinata sabía por qué se había sobresaltado. Por desgracia, al igual que sus tías, también ella era en ocasiones más directa de lo que debería y respondió:
‑La última vez seguía siéndolo, y continúo viva.
Jiraya tuvo la cortesía de ruborizarse. Y Hinata también, por haber sido tan poco diplomática en su respuesta. Naruto, percatándose de ello, frunció el entrecejo y dijo:
‑Perdónennos ‑y se llevó a Hinata a rastras a la estancia contigua.
Allí también había muchísima gente; pero como era el salón de baile, tres veces más grande que el resto de las estancias, y aquella noche albergaba un bufé para cenar y no iba a haber baile, Naruto consiguió encontrar un sitio en un rincón donde nadie podría oírlos. Y ella sabía exactamente por qué necesitaba él un poco de intimidad. El pobre estaba muy confuso, y era comprensible.
‑ ¿Sería tan amable de explicarme a qué viene todo esto? ‑preguntó en cuanto se detuvo y le soltó el brazo.
Ella torció el gesto en una mueca.
‑ ¿Debo?
Como respuesta, él se limitó a mirarla, y siguió haciéndolo hasta que Hinata hizo otra mueca, esta vez genuina.
‑Muy bien. ‑Suspiró‑. Pero esta historia sería mucho más interesante si se la contara otra persona. ¿Está seguro de que no prefiere que se la explique su abuelo? No me cabe la menor duda de que la exageraría para que le causara más impacto. Casi todo el mundo lo hace.
‑ ¿Es amargura lo que aprecio en su voz? ‑preguntó él.
Hinata parpadeó y le dedicó una sonrisa.
‑Ha descubierto usted mi secreto.
‑Soy todo oídos.
‑Pero si acaba de oírlo.
Naruto se dio dos palmaditas en la oreja, diciendo:
‑Entonces, debo de tener algún problema de oído, porque, lo que es oír, aún no he oído nada.
‑Caramba. ¿Cómo puede haberse olvidado tan pronto, cuando acaba de decir que ha apreciado mi amargura? Ese es mi secreto. El resto ‑ dijo Hinata haciendo un gesto con la mano‑ es del dominio público. De secreto no tiene nada.
Él volvía a mirarla de hito en hito, con resolución, indicándole que esta vez sus tonterías no iban a distraerle. No obstante, por si había alguna duda, dijo:
‑ ¿Debo recordarle que no hace mucho que formo parte del público y que cualquier cosa de estas tierras que supuestamente debería saber me es desconocida?
‑Entonces, permítame que le dé la versión abreviada, puesto que en realidad no es nada interesante. A los Hyuga, es decir, a mis parientes cercanos, se los conoce porque sus muertes no se deben a causas naturales sino, digamos, a su propia iniciativa. Eso ha dado origen a la conclusión generalizada de que en mi familia hay «sangre mala» y de que, sin duda, yo seguiré el mismo camino. Algunas personas, al parecer, son incapaces de entender por qué sigo viva. Otras incluso juran que no lo estoy, que sin duda debo de ser…
‑ ¿Un fantasma?
‑Ah. ¿Recuerda que yo lo mencioné?
Él asintió, respondiéndole:
‑Creo que preferiría oír la versión larga, la que explica por qué esto le causa a usted cierta amargura.
‑En realidad, no siento amargura, Naruto. Con franqueza, a veces todo esto me parece divertido, como la vez en que al verme lady Marlow, una mujer muy corpulenta, gritó hasta desgañitarse antes de perder el conocimiento y caer al suelo. Puede que no todo el mundo hubiera oído sus gritos, pero seguro que todos laoyeron desplomarse. Hubo incluso quien felicitó a nuestro anfitrión por tener una casa tan sólida como para que el suelo no cediera (la dama en cuestión era francamente voluminosa). Oh, venga. Sé que quiere sonreír.
Naruto empezó a reír con suavidad. Luego se interrumpió bruscamente e intentó aparentar seriedad de nuevo. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero no lo consiguió. En aquel punto, Hinata podría haberlo hecho reír a todo pulmón sin demasiados esfuerzos. Con ello, Naruto podría haber olvidado que quería oír la «versión larga». Pero, al final se habría acordado. Y lo mejor sería acabar cuanto antes para que Hinata pudiera disfrutar de su única noche en Summers Glade.
‑Fue mi bisabuelo Aoba quien dio pie al rumor quitándose la vida. Nadie sabe a ciencia cierta por qué lo hizo, pero era evidente que lo había hecho, y su esposa, incapaz de superar aquella tragedia, le imitó al cabo de poco. Su única hija, mi abuela, ya estaba casada en aquella época y tenía dos hijas, las dos tías con las que vivo. Ella encajó bien aquella tragedia por partida doble, al menos durante un tiempo. Pero cuando tuvo a su hijo varón, mi padre, bueno, cayó por las escaleras. Mis tías insisten en que fue un accidente, pero nadie más optó por pensarlo y, de ese modo, surgió la teoría de que tenemos «sangre mala», lo cual se afianzó todavía más cuando mis padres murieron juntos.
‑Siento lo de sus padres.
‑Yo también. Lo que más siento es no haber llegado a conocerlos, puesto que entonces yo era demasiado pequeña para recordarlos ahora. Pero ellos no se mataron. Comieron algo en mal estado. Hasta el médico, que ya no pudo hacer nada, lo dijo. Sin duda resultaba mucho más jugoso decir que se envenenaron juntos. Y ahora, aunque mis tías, que son de la misma rama, están sanas y fuertes, y no tienen ninguna intención de tirarse por ningún precipicio, es a mí a quien le toca dar el salto mortal.
‑No puedo imaginarme a nadie menos proclive a tomarse las cosas tan en seno como para plantearse siquiera el deseo de acabar con todo.
‑Dios santo. Creo que acaba usted de llamarme cabeza hueca.
‑Yo no he hecho nada semejante ‑bufó él.
‑Me siento gravemente insultada.
‑Es usted una bruja.
Ella bufó.
‑Y de las malas.
Naruto se echó a reír, lo bastante alto como para que se volvieran unas cuantas cabezas. Un individuo que había estado paseándose plato en mano ‑Jiraya tampoco poseía doscientas sillas, por lo cual no todo el mundo podía comer sentado‑ se acercó a ellos. Hinata casi pudo notar la tensión que se apoderaba de Naruto y le molestó que su intento de distraerlo acabara de irse al traste.
‑Así que aquí está, y ¿quién es ella? ‑preguntó el individuo‑. Creo que no nos conocemos.
Estaba mirando a Naruto para que hiciera las presentaciones, pero el escocés se había ruborizado y Hinata se dio cuenta, con retraso, de que ella aún no le había dicho cómo se llamaba. Antes de que Naruto tuviera que admitirlo y se sintiera aún más violento, dijo:
Hinata Huyga.
Al principio, el individuo se sorprendió, pero luego pareció muy encantado.
‑ ¿El fantasma andante? Es todo un placer. Me contrarió mucho no coincidir con usted en Londres. Para serle franco, quería conocer a la joven que puso en evidencia a todos esos necios.
Hinata sonrió al darse cuenta de que aquel individuo no creía en los rumores que corrían sobre ella.
‑ ¿Y usted es?
‑Sasuke Uchiha, a sus pies.
‑Y también se pone en medio ‑añadió Naruto.
Sasuke no se ofendió, sino que pareció haber estado esperando aquel comentario.
‑Oh, venga, viejo amigo, no creerá usted que puede monopolizar a una dama tan interesante como la que tenemos aquí, ¿verdad?
‑ ¿No debería estar haciendo compañía a su hermana? ‑le recordó enfáticamente Naruto.
Sasuke parecía horrorizado.
‑Está rodeada de un montón de amiguitas que no hacen más que reírse como tontas. Dios me libre de acercarme a ellas. Tenga piedad de mí. Además, debería ser usted quien lo hiciera. Después de todo, es usted quien está buscando novia, no yo. ¿Cómo va a tomar la decisión apropiada si no se codea con todas?
‑Tal vez ya la haya tomado.
‑ ¡No diga eso ni en broma! Mi hermana sentiría una enorme desilusión.
‑Su hermana sentiría alivio.
‑Entonces, ¿va usted a solicitar su mano?
‑Maldita sea, márchese.
Sasuke se río con malicia, satisfecho en apariencia de haber enojado a Naruto lo suficiente ‑por ahora‑, pero accedió a marcharse diciendo:
‑Muy bien, me iré en busca de ese viejo escocés que afirma ser su otro abuelo. Es muy divertido lo que dice de usted, y me encanta tener municiones, por si aún no lo sabe.
Las mejillas de Naruto tardaron un buen rato en recobrar su color habitual después de que Sasuke se marchara. Hinata podría haberlo calmado antes, pero también podría haber empeorado las cosas, puesto que el enfado de Naruto venía causado por la rivalidad masculina y eso escapaba a su comprensión. Además, le incomodaba muchísimo pensar que ella podía ser el motivo por el cual acabaran de discutir.
Al final, decidió que debía de haber sido fruto de su imaginación y, para entonces, Naruto ya estaba lo bastante calmado como para preguntarle:
‑ ¿Había oído hablar de él antes de conocerlo?
‑No, ¿debería?
Él se encogió de hombros diciendo:
‑El viejo Jiraya está encantado con su presencia. Es hijo de duques, por lo visto.
Hinata sonrió.
‑Por lo tanto, eso convierte a su hermana en una buena candidata para usted.
‑ ¿Usted cree? A mí me parece un poco cabeza hueca y sí, esta vez lo he dicho. Hasta su hermano está de acuerdo, pero a lo mejor me caso con ella solo para fastidiarle.
‑Oh, caramba. No le cae nada bien, ¿verdad?
‑Uf, no. ¿Cómo puede preguntármelo cuando tengo unas horribles ganas de aplastarle las narices de un puñetazo?
Hinata estaba disfrutando demasiado como para darse cuenta de que se debía a que Naruto no se había separado de ella ni un solo instante. Hasta había comido con ella, encontrando un par de asientos libres en la sala de música. Luego se habían unido a un juego de cartas en el que ella había tenido que enseñarle las reglas sobre la marcha, sin que los otros dos jugadores se percataran de ello. Sí, aquello había sido desternillante. Hacía muchísimo tiempo que no se reía tanto.
Cuando Hinata cayó al fin en la cuenta de que como invitado de honor, o al menos debido al propósito de aquella fiesta, Naruto debería repartir su tiempo de forma más equitativa entre los invitados, no se lo dijo, como debería haber hecho. Estaba teniendo un ataque de egoísmo y lo reconocía.
Y decidió que, mientras lo reconociera como lo que era, y no intentara engañarse, podía permitírselo solo por aquella vez.
Tampoco intentó engañarse sobre el motivo de que él se quedara a su lado. Se había reído demasiado durante toda la velada como para darle otra impresión que no fuera la de disfrutar en su compañía. No había nada romántico en ello. Hinata le hacía reír. Estar con ella era divertido.
Sin embargo, para Hinata había sido una noche mágica, una velada de ensueño. Pero todos los sueños tienen un final y su noche en Summers Glade no era una excepción.
Cuando vio que su tía la buscaba, con los abrigos en el brazo, se dirigió a Naruto y le dijo:
‑Debo marcharme.
Él no protestó porque esperaba tenerla allí todos los días que durara la fiesta y por ello dijo:
‑La veo mañana, entonces.
‑No. De hecho... no.
Hinata suspiró, lamentando de todo corazón lo que tenía que decirle. Naruto ya estaba empezando a fruncir el ceño, pero ella llevaba toda la velada posponiéndolo y ya no podía esperar más. No obstante, era una lástima, una verdadera lástima, que aquella maravillosa noche, al menos para ella, tuviera que terminar de esa forma.
‑Cuando usted me invitó, bueno, debido a la sorpresa me olvidé por completo de que mis tías y yo tenemos ahora mismo una huésped. Yo ni siquiera tendría que haber venido esta noche. No me había comprometido a asistir antes de que mi huésped llegara, y ella lo sabe. Así pues, no puedo cometer la incorrección de dejarla sola otra vez.
‑Usted no quiere venir.
Ella sonrió ante aquella errónea conclusión, tan rematadamente ilógica que hasta él tenía que saberlo, y dijo:
‑Tonterías. He disfrutado mucho esta noche. Me encantaría volver, y tal vez si nuestra huésped se marcha antes de que termine su fiesta, entonces pueda...
‑Tráigala ‑la interrumpió él.
‑Ah, Naruto. ¿No debería preguntarme de quién se trata antesde hacerme ese ofrecimiento?
‑Mientras no sea Sakura...
Él no prosiguió. No pudo evitar fruncir el ceño cuando vio por la expresión de Hinata que se trataba precisamente de ella.
Casi gruñó cuando al fin consiguió añadir:
‑Maldita sea. ¿Qué está haciendo ella con usted?
Aquello, al menos, era bastante fácil de explicar.
‑Aprovecharse de la misma cortesía que su familia mostró conmigo en nuestra reciente estancia en Londres.
‑ ¿Y hacerle de mensajera era también parte de esa cortesía? ‑ preguntó él.
‑No, eso fue para saldar una deuda ‑dijo Hinata, sonriendo aun a pesar del tono malhumorado de Naruto ‑. Ella me ofreció su amistad, Naruto, y me facilitó mucho las cosas en Londres. Yo no podía negarme a su petición, aunque en realidad no quería hacerlo, pues me sentía en deuda con ella. Pero ahora ya he saldado esa deuda.
‑Entonces, ignore que está en su casa, o déjela de nuevo con su otra tía, como ha hecho esta noche.
Hinata negó con la cabeza.
‑ ¿Piensa usted que yo podría comportarme con alguien de forma tan grosera?
Naruto permaneció en silencio durante un buen rato y luego suspiró.
‑No, sé que usted no haría nada parecido. Y la dejaré partir antes de que piense que soy un niño mimado, por la forma en que me comporto cada vez que no me salgo con la mía.
‑Yo jamás pensaría eso. ‑Hinata le sonrió traviesa‑. Un bruto escocés, tal vez...
‑Váyase de una vez ‑espetó él, sonriendo también.
‑Puede que nos veamos en uno de mis paseos ‑dijo ella mientras se alejaba.
‑Sí, y puede que usted se deshaga de su huésped indeseada antes de lo previsto.
Naruto acompañó a Hinata y a su tía hasta la puerta y aguardó durante unos instantes junto al mayordomo mientras subían al carruaje, tiempo suficiente como para tomar nota y observar.
‑Una muchacha encantadora, nuestra Hinata.
Naruto miró al señor Kabuto.
‑ ¿Nuestra? ¿Hace tiempo que la conoce?
‑Sí. Vive aquí casi desde que nació.
‑Sus caminatas por el campo, ¿son frecuentes? ‑preguntó Naruto.
‑Todos los días, haga el tiempo que haga ‑respondió Jacobs‑. Prefiere las mañanas, pero a veces vuelve a salir por la tarde.
Naruto asintió y pensó en salir a caminar a la mañana siguiente, hasta comprender que pasar con ella una o dos horas no bastaría. Y sus dos abuelos montarían en cólera si él desaparecía durante la mayor parte del día, cuando su cometido era dedicarse a encontrar esposa.
Después de aquella agradable velada, la primera en la que había disfrutado desde su llegada a Inglaterra, Naruto se fue a la cama de muy mal humor.
Mientras el carruaje se dirigía a trompicones hacia Cottage by the Bow, la casa señorial a la que Hinata se refería como la «casita» porque en el pasado había existido otra mansión ducal más grande, Tsunade no dejó de hablar de la fiesta. Hinata no le estaba prestando atención, sino que continuaba saboreando sus recuerdos de la velada, hasta oír:
‑Le gustas.
Aquel comentario captó de inmediato su atención y no hubo necesidad de que su tía la pusiera en antecedentes, pues la conocía lo bastante como para saber a qué se refería.
‑Sí, creo que sí, pero no de la forma que tú crees.
Tsunade se ofendió por la parte que tocaba a Hinata y bufó:
‑ ¿Y por qué no de esa forma?
‑Seamos sinceras, tía Tsunade. Si pusieras a alguien como yo junto a alguien como Sakura o incluso Mikoto Uchiha, ni siquiera repararían en mi presencia. Y lord Jiraya ha invitado a la crème de la crème para que su nieto tenga tentaciones de contraer matrimonio. Tú has visto con tus propios ojos que las jóvenes que han asistido no eran las mismas aspirantes que acudieron a Londres este año. Algunas sí, pero la mayoría de las que ha invitado Jiraya no necesitan asistir a fiestas para encontrar esposo. Saben cuánto valen y no necesitan desfilar para que las vean.
‑Vaya. Y ¿qué tiene eso que ver con el hecho de que le gustes?
‑Nos hemos hecho amigos, nada más ‑respondió Hinata‑. Cuando Naruto elija esposa, será una de esas hermosas...
‑Tú no eres la fea del baile. Tal vez quieras pensarlo, pero no es así.
Hinata suspiró. Desde luego, le agradaba oírlo, pero una de las dos tenía que ser realista, o se le llenaría la cabeza de pájaros y empezaría a abrigar esperanzas de que ocurriera algo imposible.
‑ ¿No crees que me habría dado cuenta si un hombre se hubiera interesado por mí de esa forma? Te lo prometo, tía Tsunade. Naruto no me mira ni me ve como a una posible esposa. Más bien, me tiene como a su confidente, alguien que puede ayudarle aconsejándole sobre cuál de esas bellezas le conviene.
‑El tiempo lo dirá ‑respondió Tsunade, por alguna razón poco dispuesta a dar su brazo a torcer.
Hinata, poco dispuesta a seguir discutiendo, dado que prefería continuar saboreando sus recuerdos en silencio, dijo:
‑Y dime, ¿por qué has atacado a lord Jiraya de esa forma esta noche?
‑Bueno, no es nada. Solo es nuestro mutuo desagrado que ha vuelto a resurgir.
Pero Tsunade, obligada a ponerse a la defensiva, no dijo nada más durante el resto del trayecto.
Ya sé, ya se, mucho tiempo paso, pero aquí estamos de nuevo.
Para aclarar dudas, el Sasuke Uchiha que aparece aquí es más gracioso y no tiene cara de amargado todo el tiempo, puedo confirmar que es hasta muy lindo. Solo aquí, en esta adaptación. Nos seguimos leyendo. Saludos.
