Siempre los cariñitos
me han parecido
una mariconez.
Y ahora hablo contigo
en diminutivo
con nombres de pastel…
"Quédate en Madrid" - Mecano
Símbolo 22: Cobre
A Ginny le gustaba cuando Teddy Lupin intentaba imitar el color de su cabello. Evidentemente, el pequeño aún no controlaba del todo bien su metamorfomagia, pues nunca podía lograrlo de manera perfecta. Lo más que podía acercarse era a un tono precioso de café rojizo, que combinaba espléndidamente con sus ojos color miel (tenía naturalmente los ojos de Remus; por algún motivo Teddy no solía cambiarlos).
A Ginny le gustaba cuando el pequeño aplaudía complacido al alcanzar este color, y ella lo colmaba de dulces y besos. Pero luego, cuando, al pasar por casualidad por delante de alguna superficie reflectante, podía observarlos juntos, se largaba a llorar desconsoladamente. La diferencia era evidente: el suya era café rojizo; el de ella, rojo fuego.
A Ginny le gustaba arrullarlo hasta que se calmara, recogerse el cabello de modo que él lo viera lo menos posible y hacer malabares para que el niño eligiera otro color como referencia. Darle chocolate era siempre un buen método. Por algún motivo, siempre que comía chocolate, Teddy elegía un fucsia chillón para su cabello. Evidentemente, por algún motivo que nadie podría entender nunca, le recordaba a su madre. Pero su madre (la de Ginny, no la de Teddy) la regañaba siempre que se enteraba que le había dado chocolate. (Y no es que fuera muy sencillo ocultar que el bebé tenía el cabello rosado. Ginny lo había intentado.) No estaba del todo equivocada. Sin nadie que los controlara, Harry y ella echarían a perder al niño. La Señora Weasley se había percatado de que Andrómeda estaba demasiado conmovida por el afecto que los dos jóvenes demostraban por su nieto como para decirles nada, así que había decidido tomar las riendas del asunto. Ginny odiaba las restricciones que tenía para mimar a su (casi) ahijado, pero en el fondo admitía que su madre tenía razón.
A Ginny le gustaba que Andrómeda le dejara quedarse a Teddy por una noche. Adoraba sentir la manito cálida en la suya mientras él tomaba su leche tibia. No podía resistirse al encanto de sus hermosos párpados cerrándose lentamente al ritmo de las canciones de cuna que Molly le había cantado a ella, y de las canciones en francés que le había enseñado Fleur, y que pronto acunarían a Victoire, su primera sobrina. Porque a Ginny le gustaba sentir que, más que su sobrino, más que su ahijado, más que su hermano menor, Teddy era casi como su hijo.
A Harry le gustaba llegar temprano de la Academia, y poder compartir las risas y los juegos de Ginny y Teddy. No podía creer lo preciosa que se veía su pelirroja con un bebé en brazos, y lo maternal que podía ser para con el niño. Le agradaba también ver lo feliz que era él, y poder estarse con la mente tranquila de que no estaba traicionando la confianza que Remus y Tonks habían depositado en él.
A Harry le gustaba llegar tarde de la Academia, y poder observar a Ginny y a Teddy dormidos en su cama. No podía evitar pensar lo armoniosos que se veían juntos y lo llenaba de orgullo saber que esa era su familia. Ginny y Teddy. Y por supuesto todos los Weasley, Hermione incluida, pero ellos dos eran el centro de su universo, el núcleo básico e irrompible de su felicidad.
A Harry le gustaba llevar a Ted en brazos hasta su cuna, y despertar suavemente a Gin con un beso. Anhelaba el momento en que ella abriría lenta y perezosamente los ojos lagañosos, le echaría los brazos al cuello y lo besaría. Lo obligaría a echarse en la cama, aunque él no se hubiera desvestido, se acurrucaría a su lado y le diría, con voz soñolienta:
- ¿Sabes, Harry? Hoy también volvió a poner el cabello color cobre.
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Feliz San Valentín a todos.
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Lean, escriban, sueñen, amen, sonrian
Estrella
