"¿Gilbert? ¿Qué traes ahí?" preguntó Francis al notar como Gilbert escondía algo indiscretamente.
"¡N-nada, nada!"
Antonio y Francis se levantaron de sus lugares con una sonrisa de oreja a oreja y se dirigieron peligrosamente a su amigo.
"¡N-no se acerquen!" les gritó el otro, caminando en reversa hasta que se topó contra la pared. Mierda, estaba acorralado.
"¡Déjanos ver, Gilbo!" reía Antonio, divertido
"¿Oh es acaso algo que no debamos?" preguntaba Francis, poniendo rostro pervertido
"¡Apuesto a que es una carta de una chica! ¡Gil tiene muchas admiradoras, ¿cierto?!"
"Toni, eres tan inocente, podría ser algo más sucio"
"¿Sucio?"
La sonrisa de Francis se acrecentó mientras le susurraba a Antonio algo en el oído y éste se ponía completamente rojo.
Los dos se abalanzaron sobre Gilbert, intentando quitarle lo que sea que trajera.
"¡Queremos ver!" gritaba Francis
"¡Déjenme en paz! ¡Locos!" decía Gilbert, ocultando el objeto con todas sus fuerzas
"¡No le diremos a nadie, Gil! ¡Lo prometemos!" decía Antonio
"¡Yo no prometo nada!"
Finalmente abrieron las manos de Gilbert y el misterioso objeto cayó al suelo, haciendo un sonido metálico. Francis y Antonio lo vieron.
"…Una…" comenzó Antonio
"… ¿llave…?" terminó el francés
"Francis, esto no es lo que tu decías…"
"Eso puedo verlo, Antonio"
Francis caminó hasta la llave y la tomó. Era plateada y tenía un diseño bastante extravagante.
"Tiene un lindo diseño" comentó Francis, amante del arte
"Por supuesto que lo tiene" dijo Gilbert, orgulloso "Yo mismo la mandé a hacer. Es única"
"¿Y qué se supone que abre?" preguntó Antonio
"…" Gilbert calló
"Hooo, ¿podría ser que lo que abre esta llave es el verdadero secreto?" sonrió el rubio
"¡No es nada que les importe!" dijo el albino y le arrebató la llave de las manos para después irse
Francis sonrió triunfalmente.
"Eso ya lo veremos, Gil" susurró maliciosamente ante el rostro inocente de Antonio
.
"Francis… esto no se me hace buena idea…" dijo de pronto Antonio, escondido a un lado del francés entre los arbustos
"Shh, no hagas ruido, Toni, Gil va a escucharnos" susurró el otro
"Pero es un secreto de Gil… Si él no quiere decirnos hay que respetarlo. Somos sus amigos"
"Tu no entiendes lo que es un verdadero amigo, querido Toni. Un verdadero amigo es aquél que conoce todos tus secretos. Se los hayas dicho tu o no"
"…Siento que eso está mal, de alguna forma…"
"Silencio. Ahí va"
Vieron como Gilbert salía de su casa con una lámpara de alcohol y avanzaba entre las desérticas calles de Prusia. Llevaba algo, un bolso de tamaño mediano. Gilbert miró a los lados, procurando que nadie lo estuviera viendo, pero no notó a sus dos amigos escondidos en los arbustos y continuó su camino, con Francis y Antonio detrás de él.
Llegaron a un bosque alejado de la ciudad, cada paso que daba la cosa se ponía más extraña. ¿Quién entraría a un bosque a media noche con una bolsa?
"F-Francis… creo que tenemos que regresar…" susurró Antonio, asustado
"Ya llegamos hasta acá. No podemos echarnos para atrás" y siguieron
Se adentraron mucho más lejos, hasta donde ni siquiera la luz de la luna podía iluminar por la gran cantidad de enormes árboles, sólo iluminados por la lámpara de alcohol de Gilbert.
Y entonces, de repente, a lo lejos, se divisó una casa pequeña y vieja. Gilbert se vio frente a la puerta y la abrió, ésta no tenía seguro ni nada por el estilo. Francis y Antonio se asomaron por la ventana empolvada, apenas y podían ver. Gilbert se paró frente a una puerta y sacó de su bolsillo la tan importante llave que había mandado a hacer, abriendo la puerta y entrando.
Francis y Antonio se quedaron en la ventana en silencio por unos minutos hasta que Gilbert volvió a salir, cerrando la puerta con la misma llave. Su bolso se veía vacío. Fuera lo que fuera que llevaba dentro lo había dejado en aquella habitación. Los espías se escondieron del albino a un lado de la casa y lo vieron alejarse.
"… Bien, vamos a entrar" dijo Francis, pero Antonio lo detuvo
"E-e-espera, Francis… No creo que debamos hacerlo…"
"¿Otra vez con eso, Antonio?"
"No, no, ésta vez es por una buena razón… ¡¿Qué pasaría si Gilbert es en realidad un secuestrador o un asesino en serie y guarda los cadáveres de sus víctimas ahí dentro?! ¡¿Y si lo que llevaba en el bolso era una cabeza o el arma homicida?!"
"¡No digas tonterías!"
"¡Piénsalo Francis, todo tendría sentido! ¡¿Qué otra cosa nos ocultaría si no fuese eso?!"
"¡Deja de hacer de esto una película de terror!"
"¡Si vieras ahí dentro y encontraras los cadáveres, ¿qué harías?! ¡¿Lo delatarías?! ¡¿Vivirías con la culpa de saber que tu mejor amigo es un asesino y que tú te quedaste callado?! ¡¿Te harías su cómplice?!"
"¡ARGH! ¡Ya entendí! ¡Ya entendí! ¡Está bien, no vamos a entrar, ¿de acuerdo?!"
.
Roderich miró a Francis, esperando algo más.
-… ¿Y qué pasó después?- preguntó después de un rato de silencio -¿Qué había dentro de esa habitación?-
-¿Acaso me prestaste atención? Como dije, no entramos. Ni Antonio ni yo volvimos a tocar el tema. Han pasado tantos años desde entonces que prácticamente ya había olvidado todo eso…-
-… Ya veo…- Roderich se levantó de la silla – ¿Dónde está el lugar?-
-¿Qué…?-
-Iré a ver que hay dentro, ¿me acompañas?-
-¡No! ¿Y si Antonio tenía razón?…-
-¿Queda muy lejos de aquí?-
-…No… no realmente. Queda entre la frontera Austria-Eslovaquia. Si tienes auto, puedes ir y venir en unas 4 horas-
-Entonces perfecto. Iré ahora mismo-
-¿Ehh? ¿Ahora?-
-¿A dónde vas a ir?- preguntó una voz inocente desde el marco de la puerta. Roderich y Francis miraron a Feliciano al mismo tiempo.
-…F-Feli…- susurró Francis
Roderich le dedicó una mirada al francés.
-Los dejaré solos. Regreso en unas horas- le dijo y salió de la sala, dejando solos a los dos.
-…-
-…-
-…Umm… ¿cómo has estado, Feli?- le preguntó Francis. ¿Porqué la situación era tan incómoda? Ambos podían sentir el peso de la atmósfera sobre sus hombros.
-Bien, ¿y tú?-
-Bien, también…-
Fin.
El silencio que le siguió fue aún más pesado que el de antes.
-Yo…- comenzó Feliciano -…no tenía idea de el porqué venías a esta casa cada año…-
-Ahh… ¿Rode te lo dijo?- preguntó tomando un sorbo de su café
-Sí…- miró al suelo –Francis… ¿podría ser que tu… aún te sientes culpable de lo que pasó… con Louis?-
-…- Francis dejó la taza en su lugar, con una mirada seria –Sí- dijo
-…Francis… tienes la mala costumbre de aferrarte a los muertos… cuando debería de apreciar más a los que siguen con vida…-
El francés sonrió, pero sus ojos tristes no cambiaron de expresión.
-Me tranquiliza saber que eres tú quien dice eso. Desde el momento en el que entraste me di cuenta. Tus ojos cambiaron. Te ves más feliz, te ves más completo. Dime, ¿te enamoraste?-
-…- Feliciano se sonrojó –Sí… lo hice-
Francis sonrió con él.
-Que bueno. Me alegro por ti-
-Hey, Francis…-
-¿Hm?-
-… ¿Alguna vez… durante el tiempo que estuvimos juntos… sentiste algo por mí?-
-… ¿Qué es lo que quieres que te responda?-
-Quiero la verdad. No me importa cuál sea-
Y entonces, Francis lo recordó…
.
Recordó la lluvia cayendo por su rostro, empapando sus ropas y su cuerpo, y recordó un azul claro que no provenía del cielo ni de los charcos que se formaban en el suelo.
Y recordó a aquél niño, empuñando una espada contra él, con lágrimas en los ojos, sin saber la razón. Herido y apenas capaz de mantenerse en pie.
Y después recordó el color carmesí del que se manchó su sable.
Y el rostro del niño que en sus últimos alientos sonrió y susurró un nombre.
"…Feli…"
Y luego vio el mismo azul ahora sin vida. El niño inmóvil y pálido, pero sereno. Con los labios formando una cálida sonrisa, sin arrepentimientos.
¿Por qué sonreía?
Recordó a una joven valiente, alguien a quien había amado hace mucho tiempo. Alguien que también había sonreído mientras sufría y su cuerpo moría.
Comprendió en ese momento la razón.
Porque morir era doloroso.
Pero morir por quien amas es hermoso.
Y sus rodillas perdieron fuerza y chocaron contra el suelo y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas al haber cumplido con su misión y darse cuenta de lo que había hecho. Y solo el cielo gris fue capaz de escuchar su grito desgarrador.
Que egoístas.
… Aquellos que mueren y dejan atrás a los que los aman…
.
"…Feli…" susurró al ver al tierno e inocente niño que vestía de sirvienta hincado frente a la lápida, rezando, llorando, un año después de la tragedia.
Y entonces vio de nuevo aquellos ojos sin vida que había visto en Louis. Pero ésta vez en un cuerpo que sí se movía. En unos pulmones que sí respiraban, en un corazón que sí palpitaba. En un cuerpo con alma, pero sin vida.
Y pasaron los años y aquellos ojos topacio no habían cambiado.
"Hola, Feli" le saludó con una sonrisa, hincándose a su lado y poniendo el ramo de flores frente a la tumba.
"Hola, Niichan" le saludó, con una sonrisa forzada, fingida. Feli se puso de pie "Tengo que irme" dijo en seco
"Ah, espera" le pidió Francis, tomando su muñeca y vio como el pequeño hacía una mueca dolor.
Y de lo poco que había levantado la manga de su vestido pudo ver rojo en sus muñecas.
"¿Necesitas algo más, Niichan?" preguntó el pelirrojo, fingiendo ignorancia
"… No… no necesito más…"
.
"Tenemos que hablar, Rod"
"¿Qué haces aquí, Francis? Normalmente visitas la tumba y te vas"
"…Es acerca de Feli…"
"¿Huh?"
.
Roderich entró a la habitación en el tercer piso, azotando la puerta. Después de la muerte de Louis, él sabía que Feli había entrado en un estado sumamente depresivo. Pero lo había superado todo hasta ahora. Había dejado de fumar, de beber y de consumir drogas. Pero lo que hacía ahora sobrepasaba los límites.
Elizabetha se había quedado petrificada en la puerta cuando vio a Roderich abalanzarse sobre Feli.
El dueño de la casa tomó con fuerza los brazos de su sirvienta y levantó las mangas. Su corazón se detuvo al ver las cicatrices y las heridas que aún no cicatrizaban en sus muñecas.
"… ¿Por qué…?" susurró con dolor, mientras Elizabetha se cubría los labios con ambas manos, aterrorizada. El austríaco le tomó de los hombros y lo sacudió "¡¿Por qué haces esto?!" le gritó, pero no recibió respuesta. Feli estaba en un estado zombi.
En el fondo, Elizabetha cubría su boca con ambas manos, acallando los sollozos y lamentos, dejando libres un par de lágrimas, sintiendo un nudo en la garganta que llegaba a ser doloroso.
¿Por qué, Feli? ¿Por qué quieres marcar en tu cuerpo el dolor de tu corazón?
.
Dicen que el tiempo puede hacerte olvidar.
"…Feli…" le llamó el francés, mirándolo, mientras el joven estaba acostado en su cama. No hablaba. No comía. No se movía.
Pero, en su caso, cada segundo que pasaba le recordaba que aquél al que amaba jamás volvería a estar a su lado.
"Niichan vino a verte, Feli" le dijo con dulzura y acarició su mejilla. No obtuvo ninguna clase de respuesta de parte del otro.
Entonces comenzó a marcar en su cuerpo cada día que no lo veía.
Observó sus cicatrices. Éstas se encontraban por todos lados. Brazos, piernas.
Pero probablemente la más grande no estaba en el exterior.
Y soltaba una lágrima minuto que no lo sentía.
No.
Una herida cicatrizada no duele.
Hasta que un día, finalmente lo comprendió.
La herida dentro de su corazón seguía abierta.
…Estaba solo…
Francis soltó una lágrima y enseguida se pasó la mano por los ojos, limpiándose. Él ya era un adulto, él tenía que proteger a Feli, no podía llorar frente a él…
Pero a lo que más le temía.
Era a olvidarlo.
Por eso lo marcaba en su cuerpo.
Para que su corazón no lo olvidara jamás.
.
Había escuchado acerca del "milagro", como Elizabetha lo había llamado.
Después de su segundo intento de suicidio fallido, finalmente su hermano había aparecido y lo había hecho entrar en razón con una bofetada y unos cuantos insultos.
Y lo había escuchado de Roderich también. Feli había regresado a sus tareas diarias, comía, reía, hablaba. Había renacido.
Así que ese día aprovecharía para verlo y abrazarlo y regañarlo por haberlo preocupado. Caminó por las calles de Viena con su habitual flor blanca en la mano. Llegó a la mansión de Roderich y entró sin siquiera preguntar. Ya se sabía el camino de memoria hasta la lápida que decía "Louis Beilschmidt". Una lápida que solo Roderich, Elizabetha y Antonio sabían que no llevaba un cadáver.
Pero al llegar se encontró con la misma escena de hace años. Vio a Feli, con su vestido de sirvienta de rodillas frente a la lápida con las manos juntas, rezando.
No quiso interrumpirlo, pero en un paso rompió una rama, llamando la atención del italiano, quien dejó de rezar inmediatamente y se ponía de pie. ¿Cuándo había crecido tanto? Ya no era un niño. Probablemente nunca se dio cuenta porque en el pasado se veía realmente débil e indefenso, como si fuese a quebrarse en mil pedazos con el más mínimo roce.
"Niichan, viniste a visitar a Louis" ya era incluso capaz de nombrarlo sin dolor, al contrario, con alegría.
"Oui. ¿cómo has estado, Feli?"
"Muy bien. ¡Ah! El señor Roderich y la señorita Elizabetha salieron hoy, si quieres puedes esperar dentro por ellos"
"Merci" dijo y se acercó a la tumba. Depositó la flor junto con las demás y acarició la lápida, para después entrar a la casa.
Era cierto. Ni Roderich ni Elizabetha se encontraban. La casa estaba vacía. Se sentía solo, así que salió de regreso al jardín a buscar a Feli.
"Ah, sigues ahí, Fe-" se calló al ver que el otro lloraba desconsoladamente en el mismo lugar donde lo había dejado. Se mordió el labio inferior. Prefirió no interrumpir, después de todo, las lágrimas solo se detienen cuando se acaban.
Pero entonces vio como Feli tomaba una de las rosas que había en la tumba. Unas rosas que aún llevaban espinas y tocaba éstas con su dedo. Francis pudo presenciar perfectamente como de la yema de su dedo corría una gota de sangre, pero Feli no se detuvo y continuó apretando su dedo contra la espina.
"…No…" susurró, asustado de que volviera a suceder, pero incapaz de moverse
Y después Feli tomó todo el tallo en su mano y lo apretó con fuerza, haciendo que la sangre cayera a la tierra.
"¡DETENTE!" le gritó y corrió a su lado, arrebatándole la rosa y mirando su mano herida "¿¡Qué es lo que hacías?! ¿¡Por qué?! ¡Creí que finalmente lo habías superado!"
Los ojos zombis de Feliciano regresaron a la normalidad. Observó su mano, asustado, como si no comprendiera que sucedía.
"N-no… yo no…" balbuceaba, temblando. Ni siquiera él era capaz de comprender lo que le sucedía.
Francis, en un ataque de pánico solo pudo pensar en hacer una cosa para calmarlo y darle a entender que no estaba solo.
Y lo besó.
Un beso que llevó a caricias y que terminó con dos personas que no se amaban unidas bajo las sábanas.
.
-…Lo siento…- susurró, una vez que había terminado de contarle todo desde su punto de vista a Feliciano
-… No… está bien…- respondió éste, con la cabeza gacha –Bueno… realmente no puedo culparte de nada, Francis. Yo nunca te detuve, y tampoco te ame jamás-
-… Sólo quería… que tú sonrieras de nuevo, como él lo hizo antes de morir… El amor hace feliz a las personas. Por eso, simplemente traté de enamorarte… pero supongo que nunca funcionó-
Feliciano soltó un bufido.
-Bueno, eso explica las flores, dulces y demás regalos-
-Eres difícil. A pesar de que tantas personas cayeron ante mis encantos. ¡Pareciera que solo jugabas conmigo!-
-…Tal vez lo hacía…- susurró con un rostro triste, esquivando la mirada del francés
-… Bueno… No puedo negar que en todos estos años jamás sentí algo por ti…-
-¿Eh?-
El pelirrojo se paralizó al ver a Francis levantándose de su asiento y caminando peligrosamente hacia él.
-Quería conquistarte, pero terminaste conquistándome tú…- le susurró con voz seductora al oído, logrando que Feliciano se estremeciera.
-D-detente- le dijo al sentir los labios del mayor besando su cuello. Al ver que éste hacia caso omiso, intentó empujarlo, para apartarlo, pero Francis lo tomó de las muñecas.
-¿Tanto amas a esa nueva persona?- le preguntó a pocos centímetros de su rostro
-…Sí… así que, por favor, no puedo continuar…-
-…- el francés sonrió ligeramente -…ya veo… En ese caso…- tomó a Feliciano de la barbilla, acercándolo a su rostro –Dame aunque sea un beso de despedida-
Feliciano tembló un poco. Sabía que no debía de hacerlo, pero sentir las manos de Francis tocándolo, y su aliento tan cerca de su rostro le nublaba la razón. Hacía tanto tiempo que Ludwig no lo tocaba que comenzaba a sentirse frustrado y desesperado…
Cerró los ojos y después sintió como el otro lo besaba apasionadamente. No se resistió, dejó que el francés metiera su lengua dentro de su boca y le tocara el pecho, las piernas, el rostro, como cuando eran amantes.
Abrió los ojos solo un poco y pudo ver al fondo, parado frente a la puerta a un empapado Ludwig, observándolos con los ojos muy abiertos.
