Capítulo 9

PUES CIERTAMENTE no se había aburrido, pensó Serena, mientras conducía su viejo Datsun en dirección a Saint Alban. Frustrada, exasperada y debilitada por el incontenible entusiasmo de Seiya, sí se había sentido... pero nunca aburrida.

En ocasiones, parecía encontrarse en una especie de torbellino de sucesos y emociones. A veces surgían momentos de serenidad y paz, durante los cuales podía dedicarse a la arrobada contempla ción de su amor, para volver de manera inesperada al interminable tiovivo.

En una ocasión llegó Seiya con una gran cantidad de cintas y discos de las óperas más bellas. Cientos de dólares de música, sólo para ella.

-Por favor, devuélvelos -había suplicado Serena.

-Todo el mundo tiene derecho a escuchar la música que le gus ta. Es el alimento del alma. ¿No es eso lo que dicen? No sería un buen anfitrión si no te trajera algo estimulante para el espíritu - fue la solemne réplica.

-Seiya, no quiero que gastes tanto dinero en mí -porfió la viuda.

Seiya pareció ofenderse.

-Pero lo hago con gusto.

Serena se empecinó.

-No los escucharé. Debes devolverlos.

-No; no permitiré que te aburras -fue la tajante decisión del cineasta y tuvo que conservar las cajas con discos y cassettes.

Luego llegaron las bicicletas para Robert y Edmund. Fue muy difícil discutir con Seiya ante la delirante alegría de los chicos pero lo intentó:

-Los niños deben tener bicicletas -gruñó él.

No importaba cuánto protestara Serena, de alguna manera, Seiya se las ingeniaba para derrotarla. ¿Cómo podía oponerse a un hom bre cuyo placer era dar alegría? Recibió la mirada chispeante de en tusiasmo y tuvo que ceder. Y, por supuesto, a los chicos les pareció fabuloso. Y lo era.

Pero a Serena no le gustaba vivir con tantos lujos. Los años de cuidadosa administración, ahorro y frugalidad hacían que ella tu viera una gran cautela, siempre creciente ante la dispendiosa extra vagancia del cineasta. Ni siquiera estaba segura de que él hubiese olvidado la idea de construirle una casa, aunque le dijo, una y mil veces, que ella no podía costearla. Pero ante esto, él siempre la mi raba como si no entendiera una palabra.

O como si no quisiera entender. Se negaba a aceptar de la viuda la menor aportación para su sostenimiento y la situación comenza ba a ponerla en tensión. No podía seguir aceptando, indefinidamente, la generosidad de Seiya. Por otra parte, no deseaba separarse de él. Sin embargo, habría preferido poseer una casa propia para go zar del placer de una relación con Seiya sin sentirse tan dependiente.

No pasaba un día sin que el cineasta la pusiera en un dilema emo cional... Como esa mañana.

-Puesto que vas a la ciudad sólo para concluir este asunto del seguro y, como no te gusta que te compre cosas, creo que me voy a quedar en casa -declaró Seiya, pero Serena pudo percibir su ac titud evasiva.

-¿Sí? ¿Qué vas a hacer aquí? -preguntó con fingida desilusión.

El cineasta hizo una pausa y luego su rostro se iluminó.

-Los chicos necesitan aprender a montar en bicicleta sin riesgo y yo les enseñaré la mejor técnica.

-¿Tú les enseñarás a conducir sin riesgo? -preguntó Serena alar mada. Era una locura. ¡Seiya era peor que los niños!

-Sí. Algo como la forma de descender por una pendiente. Es muy importante que aprendan cosas así.

¿Qué podía decir? Si todavía estaban completos cuando ella re gresara, sería un verdadero milagro.

Serena comenzó a bajar por el camino vecinal de la colina y la última hazaña de Seiya se presentó ante sus ojos. Pisó el freno hasta el fondo, detuvo el coche a un lado de la carretera y se quedó boquiabierta ante el tractor más grande que hubiera visto jamás. El viejo horno de ladrillo había desaparecido. Un vehículo transpor taba los restos de tabiques ennegrecidos a un camión. Serena salió de su coche y se dirigió como aturdida hacia la nueva cerca.

«La cerca será derribada...»

«Luego el horno y los cobertizos...»

«Luego la casa...»

«Y después tú. Vas a caer en mis garras y recibirás lo que tienes merecido».

Esas habían sido las palabras de Seiya, tal como las recordaba y he allí que todo se había cumplido... excepto su final rendición. Y eso sólo era cuestión de tiempo, ahora que vivía bajo su techo. Seiya no la había presionado para que se acostara con él; parecía dispuesto a esperar hasta que ella estuviera lista y Serena sabía, en el fondo, que eso era inevitable. En realidad, cuanto más se acerca ra el momento final, más atractivo le resultaba.

Con una inexplicable amargura, Serena tuvo que reconocer que el cineasta tenía razón respecto a que la vieja casa estropeaba la vis ta. Ahora que estaba arrasada, podía ver que la zona era mucho más bonita, con un amplio paisaje en torno a la mansión de Seiya.

Una leve sonrisa curvó sus labios. Era absurdo, pero empezaba a gustarle la monstruosa construcción del cineasta. El cuarto de los tigres ya no le parecía grotesco; era como una suntuosa fantasía ro mántica y ella disfrutaba despertándose en él, deleitándose en la sen sual opulencia del mobiliario.

Pero no era su hogar y tenía que comenzar a hacer algún plan definitivo para el futuro. El dinero del seguro no sería suficiente para construir una casa nueva. Quizá si cogía el dinero del seguro de vida de Diamante... Pero si lo hacía, ¿podría ganar suficiente dine ro con su cerámica para mantener a sus hijos? Lo más sensato sería vender el terreno, con lo que obtendría un buen capital; pero eso significaría mudarse de allí.

Volvió a subir al coche y condujo hasta el sendero particular del cineasta, sin haber resuelto el dilema. Cuando entró en la casa, Seiya descendió a saltos por la escalera que conducía a su estudio con una extraña mezcla de ansiedad y expectante regocijo en el semblante.

-¡Tengo algo que mostrarte! -exclamó.

-Ya he visto que te has librado de lo que estorbaba tu vista - dijo ella con resignación.

-Era peligroso, Serena -afirmó él con lentitud, observándola con atención-. Los chicos fueron a curiosear allá el otro día. Me pareció conveniente enviar el tractor. Eso evitará que sufran algún daño.

Serena tuvo que sonreír. El director siempre sabía salirse con la suya.

-No podría existir una razón mejor que esa -aseguró Serena con cálida aprobación.

La sorpresa y el alivio asomaron al rostro del cineasta.

-¿No estás enfadada conmigo?

-Dijiste que lo harías. Y además, el paisaje ha mejorado mu cho -aseguró Serena .

Seiya la abrazó con entusiasmo.

-¡Empiezas a pensar como una mujer sensata! -exclamó con alegría.

La mirada de Seiya aceleró los latidos del corazón femenino. Sólo una vez en su vida había visto esa expresión... cuando Diamante le pidió que se casaran. Y allí estaba otra vez: apremiante, ansiosa, profunda. El amor brillaba en los ojos azules. Era innegable, Seiya la amaba.

¡La amaba! Eso explicaba todo lo sucedido: por qué era tan bue no con ella, tan gentil y generoso, tan considerado. En un intenso momento de humildad, Serena juró que jamás volvería a hacer algo que lastimara a ese hombre.

-Ven a mi estudio -la instó-. Hay alguien a quien quiero que conozcas, y algo que quiero que veas.

Serena le siguió. Un hombre alto y delgado estaba sentado en el escritorio del cineasta.

-Serena, te presento a mi arquitecto, Darien Chiba.

El aludido saludó con una inclinación de cabeza.

-Pero... Seiya, no quiero otra casa. Si deseara construir otra, la haría yo misma. Creo que preferiría comprarla en otra parte; to davía no sé lo que voy a hacer.

El director se rió y depositó un beso en la frente de Serena.

-No será una casa; sólo un pequeño taller de cerámica. Cuando mandé derribar tu horno, no pensaba dejarte sin un lugar de tra bajo. Darien ha elaborado unos planos que quiero que estudies con atención. Todavía se hallan en la etapa preliminar y deseo que ex pliques, exactamente, lo que quieres y necesitas.

No podía seguir aceptando la generosidad de Seiya; se sentía como una especie de parásito. El director percibió el titubeo en la actitud de ella y de inmediato se valió de sus dotes de persuasión:

-Serena, una artista de tu talento merece lo mejor. ¿Cómo po drías realizar obras maestras si...?

-Pero yo... -no podía aceptarlo, pero tampoco deseaba ofen der al cineasta. No podía hacerlo quedar mal en presencia de su arquitecto-. Esto es demasiado. En realidad no soy tan buena ce ramista, Seiya. De veras.

El hombre se volvió, cogió un objeto situado sobre un anaquel y lo mostró a Serena, con un brillo de humor chispeante en los ojos. Serena quedó como petrificada al reconocer su obra:

-Cualquiera que pueda crear algo tan magnífico como esto debe continuar con su trabajo -declaró Seiya con aire triunfal.

La pieza era una de los camellos que Serena había modelado con la terrible animosidad en el corazón; el rostro de Seiya Kou era perfectamente reconocible. La vergüenza invadió a Serena y miró a su protector con expresión culpable.

-Seiya, yo... Lo siento mucho...

-Yo no -la interrumpió con una amplia sonrisa-. Es la me jor pieza de cerámica que haya visto jamás. Algún día será una pie za de colección. Compraré todas las que pueda; las obsequiaré a mis amigos como regalo de Navidad. Ahora, ven a echarle un vis tazo a los planos de Darien .

Mortificada, Seiya accedió con mansedumbre a los deseos del cineasta. El taller que Darien Chiba había diseñado era el sueño de cualquier ceramista. Serena asentía, como un autómata, mien tras el arquitecto le explicaba los detalles del proyecto. La amplia sonrisa que iluminaba el rostro de Seiya delataba su satisfacción. Dio a Darien Chiba el visto bueno y el arquitecto se fue.

La joven fue presa de la culpabilidad; en cuanto estuvieron so los, se volvió hacia Seiya y se disculpó.

-¿No estás enfadado conmigo por haber puesto tu rostro en los camellos?

El director sonrió muy divertido.

-Me parece una idea deliciosamente perversa -respondió él-. Además, ¿por qué debería enfadarme? El hecho de que te hayas to mado la molestia de modelar mi rostro, es señal de que, de una u otra forma, te había causado impresión. ¿No es así?

La risa brotó de la garganta de Serena.

-Así es -luego, una oleada de emoción incontenible la hizo rodearle el cuello con los brazos-. ¿Recuerdas aquella primera no che, cuando querías mostrarme tu cabecera de Bali y yo me negué a verla?

-Lo recuerdo muy bien -murmuró él. Había una profunda nostalgia en su voz.

-Me gustaría verla ahora, Seiya -dijo Serena con suavidad.

Las manos que empezaban a acariciarla, se quedaron inmóviles de repente. El cuerpo masculino se puso tenso mientras los ojos azules escudriñaban el rostro de la mujer.

-Pero no lo haces por un erróneo sentido de la gratitud, ¿ver dad, Sere? -inquirió con voz pastosa, densa.

Ella respondió sin vacilación:

-Nunca lo haría por esa razón, Seiya, te lo juro. Y ya tengo edad para saber lo que quiero.

-¿Podrás amarme algún día?

La pregunta llevaba una nota de súplica y Serena no encontró una respuesta fácil esa vez. Lo único que hizo fue besarlo.

-Créeme, nunca lo haría si... si no... si no lo deseara. Creo que hay una gran probabilidad de que salga bien.

-Resultará bien -declaró Seiya con su habitual optimismo-. Tiene que ser así -murmuró casi para sí, al mismo tiempo que se volvía para conducirla al pasillo.

Era extraño, porque Serena sabía que lo deseaba, que deseaba conocerlo de la forma más íntima que existía, y sin embargo, ahora que había llegado el momento, estaba nerviosísima. Nunca había hecho el amor con otro hombre que no fuera su esposo, y sospe chaba que no era muy hábil en ese terreno. ¿Qué sucedería si lo decepcionaba? ¿Qué ocurriría si él se mostraba aburrido después?

Seiya cerró la puerta de la habitación con suavidad; no parecía tener prisa, pues se apoyó contra ésta, sosteniendo con gentileza las manos de ella. Ella le dirigió una mirada tensa, temerosa y, con una risa suave, Seiya sacudió la cabeza.

-Pareces una chica a la que hayan sorprendido robando una manzana.

-Me siento como Eva cuando Adán le ofreció una -respondió ella, procurando buscar en el humor alivio a su tensión.

La sonrisa de Seiya fue apaciguadora.

-Creo recordar que fue al revés... Sere , tienes toda la razón del mundo para estar asustada, pero me gustaría que te relajaras. Ven -le apretó la mano con suavidad y ella cruzó la breve distan cia que los separaba. El cineasta la apretó contra sí con fuerza-. Abrázame; sólo quiero que estés cerca de mí -dijo en un susurro-. Entiendo. No te obligaré a que hagas algo que no desees o para lo que no estés preparada todavía.

Fue un alivio aceptar ese abrazo, deslizar los brazos alrededor del firme cuerpo masculino, percibir su vigor y tibieza. Se sentía bien así, como si eso fuera lo que le hacía falta. Seiya le acarició el pelo con enorme delicadeza y ternura. No había apremio, ninguna pri sa; daba la impresión de que podía contentarse con permanecer pa rado allí para siempre, sólo abrazándola.

Serena alzó la cabeza y los labios masculinos rozaron los de ella; luego, se apartaron y volvieron a tocarla en una lenta y constante búsqueda de la reacción femenina, deseosos de librarla de sus inhi biciones, pero sin pedir más de lo que ella quisiera ofrecer.

Serena nunca había hecho el amor con Diamante a plena luz del día. La suya había sido una de esas relaciones tranquilas, agradables, carentes de esa deliberada incitación. Resultaba evidente que Seiya disfrutaba del amor a la luz o en penumbra y que estaba desprovis to de inhibiciones.

Él deslizó sus dedos por la espalda de Serena, encontrando ter minales nerviosas que la hicieron estremecerse de placer. Las ma nos masculinas le acariciaron con suavidad el pelo, descendieron por el cuello y se posaron en el sitio donde nacían los senos.

-No tienes nada que temer, Sere -le susurró al oído-. Ya te he visto desnuda antes y eres hermosa, encantadora, perfecta...

La boca de la joven buscó con ansiedad la masculina, anhelante por el placer y la seguridad que le proporcionaban esos labios fir mes, sensuales y cálidos. Y Seiya respondió a su necesidad con una delicadeza que apaciguó el ánimo de Serena, acallando sus temores.

Él le desabrochó la blusa despacio, sin brusquedad; luego la abrió, la deslizó por sus hombros y Serena se estremeció de placer al sentir los pechos desnudos contra el torso masculino.

Se preguntó si debía hacer algo... tocarlo, desabrocharle la ca misa, pero cuando las manos de Seiya ascendieron para hacerlo, le pareció mejor dejar que despertaran con el contacto la exquisita sensibilidad de su piel desnuda.

Una vez que se despojó de la camisa, el cineasta la estrechó con tra su pecho con una ternura no desprovista de apremio sexual, Serena nunca había experimentado tan excitante expectación, tan febril deseo.

Seiya le desabrochó la falda, la bajó sobre las firmes caderas e hizo lo mismo con la ropa interior; Serena alzó un pie y luego otro para librarse de las prendas.

Él la cogió en brazos sin esfuerzo y la llevó a la cama, sin despe gar sus labios de los de ella. Abrió las cortinas del lecho con un diestro movimiento y la depositó sobre el colchón, con toda suavidad. Se irguió ante ella, dominante, poderoso, con los ojos brillantes de de seo, mientras se despojaba del resto de su ropa. Lo hizo sin prisa, con la arrogante seguridad de que ella ya no cambiaría de opinión.

La forma en que los ojos masculinos la recorrían, examinándo la hasta el detalle mínimo, fue demasiado para Serena, quien casi se retorcía de expectante placer. Alargó un brazo hacia él.

-Por favor... -su voz era un susurro aterciopelado, irreco nocible.

Seiya se sentó junto a ella y comenzó a pasarle las manos por las zonas sensibles, despertando con sus caricias una deliciosa an siedad. Inclinó la cabeza y sus labios siguieron el recorrido de sus manos y ella gimió con cada contacto, con cada beso que despertaba interminables oleadas de intenso placer. Los sentidos de la joven vibraban con intensas sensaciones, sus terminaciones nerviosas titila ban con feroz deleite.

Seiya se movió sensualmente sobre ella; las manos de Serena recorrieron la solidez del pecho masculino, le acariciaron los hom bros musculosos y la espalda. Él gimió, luego se colocó sobre la jo ven, quien se preparó ansiosa, para recibirlo.

Cuando sus cuerpos se fundieron, comenzaron a moverse como si fueran uno y se abandonaron por completo al ritmo de la pasión.

Los movimientos de Seiya eran lentos, exquisitos y delicados; Serena perdió el control de sí; su cuerpo se contorsionaba en espas mos de placer incontrolables y de sus labios escapaban gemidos aho gados. Oyó que su amante gemía al aproximarse a la cima del éxta sis y experimentó un júbilo indescriptible cuando, juntos, fueron sacudidos por la violenta explosión de los sentidos.

Serena suspiró al relajarse entre los brazos masculinos y des lizó las manos por la espalda de Seiya acariciándolo con suavi dad. Él la estrechó contra sí, enlazó sus piernas con las de ella mien tras se movían con languidez en la cama, saboreando su intimidad. Serena nunca había experimentado una sensación tan deliciosa y sen sual como la que la embargaba en aquel momento, después del éxtasis.

-¿Contenta? -preguntó Seiya en un murmullo.

-Mmm... -Serena deslizó el pie por la pantorrilla del cineasta en una perezosa caricia-. No sabría qué decir sobre la cabecera, pero como amante eres un maestro artesano, Seiya Kou.

Él se rió suavemente.

-Nunca me había sentido mejor en mi vida. Estamos hechos el uno para el otro, Serena Black.

Yacieron en la cama durante largo rato, deleitándose en su apa cible dicha. Luego, el cineasta se movió de manera súbita, incorpo rándose para apoyarse en un codo. La miró con expresión mali ciosa.

-¿En qué piensas? -preguntó Serena.

-Me preguntaba si sería posible ser más feliz que ahora.

-¿Y qué has decidido?

Serena lanzó un gemido cuando él deslizó una mano por su pantorrilla hasta la parte interior del muslo. La expresión del rostro mas culino se tornó más provocativa.

-Que tendré que averiguarlo -murmuró al oído de la joven.