10. Por un beso (II)

Habían pasado dos semanas de aquel momento tan embarazoso en el Icarus y Daichi seguía sin poder enfrentarse a Kahna.

Y no era que no le cayera bien. Kahna era divertida, sarcástica y mordaz hasta decir basta. Se reía de sí misma con la boca llena de dientes y las bromas de mal gusto eran su pan de cada día. Tenía un tatuaje de Slytherin en la parte interna del muslo que le enseñaba a todo el mundo que preguntaba por él. No sabía callarse ni una, ni siquiera cuando la situación claramente pedía un poco de decoro, así que Daichi mantenía la guardia bien alta, tanto que apenas podía ver el final.

Pero en fin, tampoco era que la evitara a propósito, al contrario, hablaban entre clases, quedaban en la cafetería y la acompañaba mientras sus compañeros fumaban en los alrededores del campus. Así que siempre que estuvieran rodeados de gente, Daichi estaba a salvo.

Debería haberla conocido mejor.

Porque no podía esperar que una chica que jamás se callaba un comentario fuera de tono pudiera a dejar pasar aquel asunto.

Así que se encontró en el piso de la chica (un ático de cuatro habitaciones, terraza y jardín, impolutamente pintado de un suave amarillo huevo) con una botella de vino blanco en la mano y unos pantalones nuevos. Fue a las cuatro y cuarenta, casi media hora después de que empezara la fiesta, para así evitar encontrarse cara a cara con ella y que empezaran las preguntas incómodas a las que no tenía respuesta.

Al ver que no había nadie más en la supuesta «fiesta», Daichi entendió que había caído en la trampa.

—Tenemos que hablar. Ahora —ladró ella sentándose en el sofá de color chocolate.

—Debería haberlo visto venir —susurró Daichi haciendo de tripas corazón.

—¿Qué esperabas? —inquirió ella con un tic en el ojo que cada vez era más insistente. Cogió un cigarrillo de la cajetilla aplastada del bolsillo de su pantalón y lo encendió con movimientos frenéticos—. ¿Que se me hubiera olvidado? Tío, esto es gordo, muy gordo, he estado esperando durante quince días a que hicieras algo y ya no puedo más. Ichigo es mi amigo y tengo que saberlo, ¿vale? ¿Qué coño te pasó en el karaoke?

—Me equivoqué con la letra —masculló él sabiendo que aquella era una excusa patética.

Kahna lo miró, incrédula, confirmando el nivel de estupidez de su disculpa.

—¡¿Crees que me voy a tragar esa chorrada?! —exclamó lanzando cenizas por todas partes. Después, cogió aire con respiraciones profundas y descontroladas hasta que al final pudo hablar sin que la ansiedad le atragantara la voz—. Mira, te lo voy a recordar por si por algún casual se te ha olvidado. Hace un par de semanas, estábamos los dos, ¿vale? Tú y yo, cantando en el Icarus. El público se volvió loco con nuestra actuación y no era para menos porque lo petamos como nadie. Y yo estaba encantada de haber podido hacerte cambiar de opinión en cuanto a respetar la sexualidad de cada uno. Pero luego la cagaste. Porque vino el último verso de la canción, ese que dice Oh, I love you, Ken, y tú dijiste…

Kahna levantó la mano, forzándole a terminar la frase. Daichi soltó todo el aire que tenía atascado en la garganta. No entendía por qué ella le hacía decirlo de nuevo, había soñado con esas palabras cada noche desde que las había pronunciado.

—Dije I love you, Suga.

—Repítelo que creo que no te he escuchado bien.

I love you, Suga —repitió sin poder alzar la voz más que un susurro. Encogiéndose en el asiento. Mirando el suelo laminado con vetas oscuras.

—¿Y pretendes hacerme creer que tú, tú, el tío que sacó un puto sobresaliente en Política Económica porque escribió el capítulo nueve de memoria, te equivocaste al decir una palabra?

—Solo me estudié el capítulo nueve porque tú me dijiste que habías visto los exámenes y…

—¡Ni te atrevas a intentar despistarme! ¡Quieres hablar ahora!

Aquello parecía una pregunta. Debería haber sonado como una, al menos. Pero con demasiados gritos y alaridos y unos cuantos insultos por su parte, solo parecía un ultimátum con muy mala leche. Una exigencia que Daichi tenía muy merecida.

—No sé qué quieres que te diga —admitió él echándose hacia atrás y entrecerrando los ojos, augurando una conversación bien larga—. Yo… Suga es mi amigo. Le quiero, vale, lo daría todo por él; simplemente me equivoqué de palabra.

—Sí, vale. —Kahna se echó hacia atrás y se acomodó en su asiento mientras le lanzaba una mirada analítica que solo podía significar que estaba calibrando la mejor manera de atacarle a la yugular—. Bien, al menos ya sé por dónde empezar. Estás en fase de negación.

—No estoy pasando ningún duelo —bromeó Daichi con una sonrisa falsa que tenía más que ensayada desde hacía un par de semanas.

—Oh créeme, lo estás pasando pero no te das cuenta. —Un par de aspiraciones llenas de humo más y dejó la colilla desgastada en la mesita de café—. Te gusta Suga.

Daichi sintió un escalofrío en el estómago. No en la piel, más adentro, donde se encontraban sus entrañas y sus miedos más profundos.

—Claro que no.

—Te gusta tu jodido mejor amigo, Daichi —sonrió ella con todo el veneno que podían tener las víboras más letales—. Te gusta, te jode que esté saliendo con Ichigo y por eso estás tan simpático con todo el mundo, para ocultarlo. Porque eres un cobarde. No me mires así, es lo que eres. Además de un niño estúpido que ha conseguido todo lo que quería a lo largo de su vida y no puede soportar no tener la única cosa que quiere de verdad…

—¡CÁLLATE! —saltó Daichi alejándose de su cercanía como si su mera presencia quemara—. ¡NO SABES DE LO QUE HABLAS!

—Bien, llegamos a la fase dos. —Kahna descruzó las piernas y se levantó con él sin dejarle tiempo para pensar. Sin importarle que estuviera sufriendo el mayor ataque de ansiedad de la historia—. ¿Por qué dices que no sé de qué estoy hablando? ¿Eh? Contéstame pero sé sincero contigo mismo Sawamura. Aquí y ahora. Qué te ocurre.

Aquel momento fue de lo más extraño. Después del ataque de furia que le pedía a gritos destrozarlo todo con las manos, vino un momento de calma seguido por una risa histérica que no parecía suya. Todos los nervios y la incomprensión que había estado guardando esas semanas, estaban saliendo en forma de vapor caliente y él no sabía controlarse.

—¿Sabes qué? —Daichi cogió la botella de vino y se la entregó sin florituras, solo atinaba a quitándose las lágrimas de risa de los ojos con el dorso de la mano—. No tengo por qué estar hablando contigo de esto. Quédate con el vino como gesto de amabilidad hacia ti, pero espero que no volvamos a tratar este tema.

—Guau, ahora con las negociaciones. Al final será verdad lo que dicen los profesores de que eres un estudiante muy aplicado.

Kahna cogió la botella de la mano congelada de Daichi. Con la otra mano seguía enjugándose lágrimas de risa. Cada vez más lágrimas. Y más abundantes. Y no se podía controlar.

Cuando tuvo que acallar un sollozo se dio cuenta de que no eran lágrimas de risa.

Fue corriendo hacia la habitación que tenía más cerca, que resultó ser un escobero. La sensación de agobio fue intensificándose más por el poco espacio y el olor a lejía y suavizante. Ya tenía las dos manos en la boca, intentando respirar por la nariz, tratando de recuperar el control que desde siempre había estado con él. En los exámenes difíciles. En los partidos imposibles. A la hora de ir a la universidad cada mañana a las ocho, hacer nuevos amigos, llamar a sus padres por Skype, explicarles cómo se encendía la camarita, hacer trabajos larguísimos, salir, despejarse, hacer fiestas de disfraces, probar el alcohol por primera vez y enterarse que su mejor amigo era gay y que estaba saliendo con otro.

Con otro que no era Daichi.

El hallazgo llegó hasta él como un puñetazo. La impresión fue tal que le cortó el llanto de golpe. Su cabeza empezó a dar vueltas en espiral hacia recuerdos lejanos, recuerdos reprimidos, flashes frente a sus ojos en los que dormía al lado de un Suga con dieciséis años recién cumplidos. Abrazados. En un futón demasiado estrecho para los dos. Soportando una ola de calor colocando tres ventiladores en puntos estratégicos de la habitación solo para dormir abrazados.

Y entonces despertó. Daichi. También con dieciséis primaveras, unos calzoncillos de batman y sus primeros pelos abriéndose paso en el pecho. Un problema de adolescente hormonado entre las piernas. Y su mejor amigo a su lado.

Al ver que el problema era cada vez mayor y más acuciante, decidió levantarse para ir al baño a por un alivio rápido (no sin antes ajustar los tres ventiladores para que el viento no diera directamente a la cabeza de Suga. Por alguna razón, siempre se levantaba con migraña cada vez que le daba el viento en las sienes).

Cerró la puerta con llave y se colocó de espaldas al espejo, algo avergonzado de aquella reacción durmiendo con su mejor amigo. Que era lo más normal, claro, pero no podía haber elegido un momento más oportuno. Uno en el que no tuviera el cuerpo parcialmente sudado de Suga pegado a él. Uno el que su pelo no le oliera a lavanda y menta o, mucho mejor, que no se acordara de Suga después de haber salido de la ducha con una toalla ínfima y que le recorrieran gotas de agua sueltas por los brazos. Aleatorias. Chispeantes.

Aunque habría estado bien. Sí, que se hubieran acercado un poco más. Y más aún. Que Daichi hubiera pasado un dedo por el recorrido a esa gota de agua que se perdía por la toalla ínfima. Era pequeña. Blanca. Suave. Una de sus favoritas. Y le molestaba. Así que no habría quedado más remedio que dejarla en el suelo y comerle la boca como un animal.

Después de aquello, Daichi solo recordaba tres cosas: el éxtasis subiéndole en el pecho, la mano completamente mojada y entrar a la bañera con el agua a cuarenta y cinco grados para quemarse la piel. Esto no ha pasado. No es posible. No ha pasado. Yo no soy de esa clase de gente. Yo no puedo serlo así que no lo soy. No ha pasado nada, no ha pasado nada, todo está bien, no he hecho nada.

Varios meses después, tras una maratón de El señor de los anillos, Daichi lo tuvo muy claro.

—Sam está coladito por Frodo —pregonó Sugawara apoyando suavemente la cabeza en su hombro.

Lavanda y menta.

Nononononono. Eso no ocurrió. No ha ocurrido nunca. Y jamás va a pasar.

—Eso es asqueroso —dijo él reprimiendo una fantasía que no existía en su mente—. Solo son amigos, tío. ¿De verdad piensas que un par de colegas pueden ser… eso? Eso no pasa nunca.

Suga tartamudeó que todo había sido una broma y Daichi sintió el alivio esparciéndose dentro de él. Y reprimió esos pensamientos. Los contrajo hasta que ocuparon el espacio más ínfimo posible y después, desaparecieron.

Daichi salió del escobero con la mente más aclarada. Se sentía avergonzado por el berrinche sinsentido pero parecía que Kahna no lo tenía en cuenta. Solo había colocado varios platos de dulces y patatas con sabor a ajo y le estaba entregando una copa gigante llena de vino blanco hasta el borde.

—¿Mejor? —preguntó ella llevándose un pastelito de limón a la boca.

Daichi no contestó de inmediato. Estuvo saboreando el vino durante lo que parecieron horas y sintió la mente más accesible, lejos del refugio de continua negación al que la había estado sometiendo aquellos últimos meses. Se sentía exhausto después de haber estado soportando el incesante barboteo de sus pensamientos. Es Suga. Y es bueno. Y es amable. Y es gracioso. Y es inteligente, guapo, cuidadoso, atento, tolerante, compasivo. Y es todo lo que quiero.

Pero no de esa forma.

Pero no de esa forma.

Pero no de esa forma.

—¿Quién fue? —inquirió Kahna al ver que no iba a recibir respuesta.

—¿Perdón? —saltó Daichi. La coba de su mano llevaba la mitad de su contenido inicial.

—La persona que te metió toda esa mierda de que ser homosexual es monstruoso y que no puedes sentir nada por un tío.

Daichi reflexionó un segundo, recabando entre sus pensamientos más recónditos. Ahora que lo veía todo mucho más claro, como una puerta que quedaba a la vista del amanecer, no fue difícil dilucidar quién había sido el culpable involuntario de su autoaversión.

—Creo que fue mi padre —comentó aun sin estar del todo seguro—. Es muy estricto y tradicional. No recuerdo que dijera nada en contra de ellos pero sí que no les tenía demasiado aprecio.

—Nosotros.

—¿Qué?

—Que tu padre no dijo nada en contra de nosotros —apuntó ella alzando su copa hacia el techo.

—Supongo que tienes razón. —Pero a pesar de que se estaba haciendo a la idea de estar en ese reducido grupo de personas con gustos alternativos, no se podía quitar la sensación de ser un bicho raro, una aberración.

¿Suga se ha sentido así siempre?

Pero pensar en ello le hacía sentir muchísimo peor, así que apartó suavemente sus pensamientos para cuando pudiera reflexionar a solas.

—Te irás acostumbrando —comentó Kahna adivinando el hilo de tus pensamientos—. Por ahora come un poco de helado de chocolate, lo vas a necesitar para pasar el mal trago.

—No creo que pueda comer nada en un año.

—Ya. Bueno, seguro que se te pasa con este sándwich vegetal que te he preparado con todo mi cariño y amor. Con pimientos verdes y pepinillos.

—Eres una bruja —medio bromeó él dando cuenta de su plato. Cuando llevaba más de medio bocadillo comido, se atrevió a preguntar—: Oye, ¿y por qué has dicho que yo estaba pasando por las etapas del duelo? ¿A qué te referías?

—Porque estabas pasando un duelo por tu heterosexualidad perdida, obviamente.

La risa de Daichi se escuchó a la perfección desde la calle. Y, por una vez, no le importó incordiar a sus convecinos.

oooooooo

Asahi echaba de menos a Noya.

Y no era que Noya hubiera desaparecido por completo, seguía llamándolo regularmente después de su turno o antes de ir a hacer la compra, le seguía contando las bromas que se gastaban Tanaka y él entre clases y describía sus concursos de comida con el más amplio detalle. Todo normal. Como siempre había sido.

Lo que no era normal era el comportamiento de Asahi.

Asahi dormía, comía, jugaba con Conejo e iba a trabajar donde se esforzaba más que nunca en hablar con los clientes de forma amena. Disponía los micros en el karaoke, barría, fregaba y recogía el bar a su hora. Se volvía a dormir. Y volvía a despertar. Una rutina que antes le parecía tranquila y simple, lo que él buscaba tras la muerte de su abuela, se volvía un suplicio diario que debía pasar durante las terribles horas del día.

No hablaba más de lo necesario. No comía más de lo necesario. Incluso tenía la sensación de no respirar más de lo necesario. Encerrado en su cuerpo, atado con cadenas y ahogado en sus propios pensamientos silenciosos, Asahi vivía porque era lo que tocaba.

Suga y Daichi intentaron acercarse a él varias veces, trataron de hacer que explotara de una vez y les contara qué pasaba, pero solo consiguieron que se alejara más y más de la realidad. Así que pasaron a una técnica mucho menos agresiva, sugiriéndole que saliera con ellos cada dos días para así no agobiarle. Sin querer dejarle solo cuando sus ojos oscuros no brillaban, nublados por sus propias cavilaciones.

No, no pensaba en la Asociación que quería montar. No planeaba qué hacer con el dinero de su abuela ni con un futuro prometedor llevando un equipo de volley para niños de cuatro años. Su mente repasaba una y otra vez la devastación de Noya. Cada arruga que tenía en el ceño, cada expresión de su cara se convertía en incertidumbre, dolor y resignación.

Le había partido por la mitad verle así.

Así que Asahi repasaba paso por paso la conversación. Se preguntaba si debería haberle llevado a un restaurante a pesar de no tener hambre, si debería haberle dejado hablar a él primero, haberle explicado que el darle la mano no era un gesto romántico sino que a veces Noya le parecía tan pequeño que tenía miedo a perderle de vista. Intentó decírselo en la fiesta pero aquella bebida afrutada le había nublado la capacidad de expresarse y al final solo había compartido un abrazo con Noya que había sido muy poco fraternal.

Maldita sea, tenía que haberlo entendido. Todo era culpa suya.

Y su error le estaba ahogando, le estaba desgarrando desde dentro y no sabía cómo sacarlo.

Finalmente, vio la final del túnel a finales de julio.

Asahi había empezado una nueva rutina. Cantaba las canciones del bar mientras acudía a él, intentando alegrarse algo, tratando de salir él solo de aquel pozo que lo arrastraba a una depresión profunda.

Yuki lo había citado una hora antes de su turno pero aun así llegó diez minutos antes de lo convenido (total, no tenía nada más que hacer) así que al llegar se sorprendió a ver que el bar ya había abierto y que Yuki estaba sentada en uno de los taburetes de la barra con su vestido de lentejuelas diminutas de color plata revisando su móvil sin prestar demasiada atención a lo que aparecía en la pantalla.

—Siéntate conmigo, muchacho —dijo señalando el asiento que se encontraba junto a ella.

Asahi ya se esperaba lo peor: un despido por la cantidad de quejas que habrían recibido durante esas semanas al no prestar excesiva atención a los clientes, por lo que avanzó despacio hacia ella preparándose mentalmente para el golpe.

—Te voy a ser muy directa —continuó Yuki tirando las tres colillas que había en el cenicero y colocando un rociador con olor a hierbabuena para que Ichigo no notara el mal olor. Se suponía que había dejado el tabaco hacía años pero siempre recaía cuando las preocupaciones la sobrepasaban. Asahi ahogó un quejido de miedo—, así que espero que seas un buen chico y me respondas con sinceridad, ¿vale? Ni con medias tintas ni con tartamudeos ni nada que me indique que hay algo más detrás de tu respuesta, ¿te queda claro?

—Sí —contestó él sintiendo un picor constante en la piel de los brazos.

—¿Estás traficando con droga en mi bar, Asahi?

Durante un segundo se preguntó si había oído mal. Los cinco siguientes, supuso que debía ser una broma para calmar el ambiente antes de despedirle. El resto del minuto, Asahi estuvo esperando a que Yuki le indicara que estaba bromeando, un gesto con la mano, una sonrisa cómplice, cualquier cosa.

—¿Y bien?

—Lo siento, creía que había algo más —se disculpó él todavía procesando la pregunta y sin saber cómo había llegado a esa conclusión.

—Te he dicho que iba a ser directa.

—No, por supuesto que no trafico droga —repuso Asahi frunciendo el ceño y juntando las rodillas para caber en el hueco minúsculo que había entre el taburete y la barra—. ¿Por qué piensas eso?

Yuki le dejó un papel con su nombre en el cabecero y la palabra CONFIDENCIAL cubriendo el resto del documento como una marca de agua. Asahi sintió cómo la bilis le subía por la garganta hasta rozarle la punta de la lengua al ver que se trataban de todos los movimientos de su cuenta bancaria durante los últimos meses.

—Deberías cambiar de banco, sus empleados son demasiado fácil de sobornar.

—¿Cómo te atreves…?

—Relaja el tono, nene. No he sido yo. —Yuki cogió de nuevo la cajetilla de tabaco y se encendió otro cigarrillo con un pequeño temblor de manos—. Ha sido el abogado de tu madre, un hombre la mar de gilipollas la verdad. Ha venido aquí exigiendo comprobar si tu salario coincidía con la cantidad de dinero que tenías en el banco.

—¿Y qué le has dicho? —inquirió él, intranquilo al ver que sus cuentas bancarias habían sido vulneradas pero con el foco de su ira dirigida a otra persona.

—Que se fuera a joder a otra, yo bastante tengo con lo mío. —Ella sonrió haciéndole ver que estaba de su parte pero aun así Asahi aún seguía receloso ante sus prejuicios. Ya había tenido bastante con que en su adolescencia lo trataran de delincuente para que ahora viniera su jefa a hacerle sentir de la misma forma—. El caso es que como le he amenazado con llamar a la policía, el buen hombre ha salido por patas al agujero de donde había venido, pero se ha dejado esto aquí —continuó señalando sus recibos bancarios— y yo no soy curiosa pero al guardarlo en un cajón me he dado cuenta de los ingresos que has estado haciendo estos últimos meses. Y son un poco más elevados de lo que cabría esperar, incluyendo las propinas, así que entre eso y tu humor melancólico de estas últimas semanas, he sacado la conclusión de que…

—Soy un drogadicto y utilizo tu bar como excusa para vender mercancía, ¿no es verdad? —exigió saber Asahi cabreándose más con cada palabra que decía.

—¿Tienes una explicación mejor?

Asahi no debería estar tan enfadado. Había estado lidiando con ese tipo de gente durante toda su vida, el tipo en que juzgaba basándose en unas pruebas que no tenían nada que ver con la realidad, como que su altura y su aspecto era de motorista retirado o que no estudiaba en la universidad porque era idiota y un bueno para nada. Debería haber respirado y haberle contado con palabras suaves y correctas lo que había ocurrido con la herencia de su abuela.

Y eso habría hecho Asahi si no hubiera perdido a su mejor amigo hablando de temas de dinero que no interesaban a nadie.

—Mi abuela murió hace un año —susurró él con la calma cortante y fría de una tempestad a punto de caer sobre el mundo—. Me dejó su dinero. Todo su dinero. Me lo dejó a mí personalmente para que no contara en su testamento y que mis padres no se hicieran con él. Tengo la carta que me dejó para demostrarlo. —Asahi sacó la carta de su abuela en la barra con un golpe—. Mis padres lo están buscando. El dinero, a mí no, yo nunca les he importado, claro. Y estoy. Metiendo. El dinero de mi abuela. En mi banco. Para que ellos. No sepan. De. Dónde. Sale.

El frágil control de Asahi se fue resquebrajando hasta que salió con toda presión que seguía soportando desde dentro.

—¡Además, eso a ti no te incumbe! —soltó Asahi golpeando la barra con los puños. La carta dio un salto y volvió a ocupar el mismo sitio. El agarre de su coleta se aflojó y su pelo largo le escondió la cara sonrojada de ira y vergüenza—. ¡Y no tienes por qué pensar que soy un maldito drogadicto por tener más dinero de lo normal! ¿Quién te crees que eres para juzgarme?

Yuki se quedó callada y Asahi le agradeció esos escasos segundos para recuperarse de su exaltación. Era difícil respirar y el dolor que llevaba guardando se había multiplicado por infinito. Asahi empezó a jadear al notar que se estaba rompiendo algo por dentro y el aire no le llegaba más allá de la garganta.

—Asahi, tranquilízate niño. —Yuki le cogió las mejillas sudadas y le obligó a hacer varias respiraciones profundas. Él seguía con los ojos cerrados, procesando todo el sufrimiento que seguía fragmentando sus huesos—. Así, muy bien. No pasa nada. Respira conmigo. Una, dos, tres. Muy bien, cariño. Así me gusta.

Poco a poco, Asahi fue recuperándose de su arrebato y fue capaz de abrir los ojos sin ver multitud de pequeñas manchas sobre su campo visual.

—Bien, bien. ¿Estás mejor?

—Eso creo —titubeó él sintiendo el labio inferior tembloroso. Pero aparte de eso parecía volver a la normalidad, incluso parecía poder respirar mucho mejor que antes.

—¿Has hablado con alguien de esto, Asahi? —preguntó Yuki con preocupación peinando sus mechones sueltos con los dedos.

—Solo lo sabe Noya. —La voz de Asahi se rompió a medio camino. El nudo que empezaba a aflojarse justo en el comienzo de su estómago se hizo más fuerte que nunca. Con un esfuerzo colosal se tragó un sollozo muy poco profesional (pero ya que había explotado delante de su jefa y le había insultado en su cara, no parecía tener nada más que perder).

—No fue muy bien la última vez que hablaste con él, ¿no?

—Se lo dije y… me besó —admitió él en voz baja, sintiendo que con cada palabra que decía volvía a poner los pies sobre la tierra y dejaba atrás el agujero de oscuridad en el que se había envuelto. Aunque, de repente, ya no tenía control sobre sus palabras—: Y no… a mí no… O sea, le quiero, claro, le quiero más que nadie. Es el primero de personas importantes en mi vida y lo daría todo por él, o sea, todo. Lo que necesitara, yo se lo daría porque le quiero y su felicidad es lo más importante para mí. Porque es bueno y alegre y tiene energía para dar y regalar. ¿Y sabes qué? Siempre la regala, sobre todo a mí. Y es inteligente pero no de sumar o de traducir al inglés alguna frase; es inteligente con las personas, ¿sabes? Es como si supiera lo que necesitan, como si las entendiera y se ocupe de ellas a su manera. Es fantástico y tengo suerte de que esté conmigo y por eso le quiero.

—¿Pero? —inquirió Yuki invitándole a continuar.

—¿Cómo?

—Dices que le quieres y le dijiste que no, he supuesto que había algún pero por ahí.

Asahi se quedó callado sintiendo calor subiéndole por la cara y se quedó momentáneamente sin palabras.

—Si quieres podemos seguir hablando del dinero de tu abuela —bufó su jefa con una sonrisa burlona—. Ya sabes, ese tema que te preocupaba hasta hace unos treinta segundos.

—Oh. —Asahi jugueteó con sus uñas que tenía mordisqueadas hasta haberse hecho pequeñas heridas con forma de sus dientes—. Porque. Me pone muy incómodo pensar en… eso.

—¿Tener sexo con un hombre?

—Sexo en general —admitió bajando aún más la voz. Haciéndose más ínfimo en el asiento de cuero. Deseando desaparecer de la vista de todos.

—Comprendo —susurró Yuki acomodando su tono de voz con el de Asahi, como si compartieran un secreto—. Creo que eso es lo que te ha estado molestando todo este tiempo, querer al pequeño Noya, que por cierto es un bomboncito, y no poder… ¿quizás corresponderle como crees que se merece?

Asahi asintió con la cabeza antes de reflexionar la pregunta, sabiendo la respuesta que siempre había estado presente en la capa más externa de su memoria.

—Pues deberías preguntárselo, ¿sabes? —continuó Yuki de nuevo colocando el ambientador. El olor a menta le dio un puñetazo en la nariz—. Antes de hacer suposiciones de lo que crees que se merece, tienes que preguntarle qué es lo que quiere.

—Puede que tengas razón…

—No, no puede. Tengo razón.

—Tienes razón —admitió Asahi con una pequeña sonrisa que apenas se veía con la luz del atardecer.

—Pero quizás, antes de hacer todo eso, deberías plantearte si todo el cariño que sientes por él tiene naturaleza romántica o solo amistosa. Y decírselo, por supuesto.

—Por supuesto —aceptó él sintiéndose más ligero. Tenía que haber hablado con Yuki antes de meterse en aquella vorágine de pensamientos confusos.

—Y en cuanto al dinero de tu abuela —continuó ella limpiando la ceniza de la barra con las manos—. Pensaré en algo, no te preocupes, no dejaré que tus padres pongan un dedo en lo que te pertenece.

—Muchas gracias, Yuki —le agradeció con emoción.

—Y ahora ponte a barrer todas estas colillas que a saber de dónde han salido.

Asahi se puso manos a la obra sin rechistar. Con una pequeña sonrisa que revelaba todo el alivio que sentía al poder sentir de nuevo. Alegría y comprensión y paz.

oooooooo

La revelación le llegó como una puñada entre las costillas.

Suga sabía que llevaba semanas postergando lo inevitable pensando que solo necesitaba tiempo para adaptarse a tener pareja, que si había ido muy bien al principio que podían volver a empezar, que en realidad no pasaba nada y todo existía en su cabeza. Eran simple excusas. Y cuando Ichigo le dio el ultimátum lo tuvo claro.

—¿Tú me quieres, Sugar?

Suga supo que aquella no era una pregunta como las de siempre en las que le pinchaba la cadera y tenía un tono socarrón que parecía decir todo lo contrario. Era una pregunta insegura, incierta, de las que verdaderamente desconocía la respuesta.

Y Suga debería haber dicho que sí, que no se preocupara, que tenía demasiados trabajos y que no daba tiempo para más. Pero al abrir la boca no salió nada. Ni un mensaje esperanzador y tampoco una señal de que lo que sentía podría llegar a convertirse en amor en un futuro. Suga se quedó callado y supo que lo había perdido.

Y entonces la revelación le llegó. Ichigo era amable, extrovertido y disparatado. Era todo lo que Suga buscaba y no era suficiente.

Parece que te estás conformando, Suga.

Pues claro que sí. Se conformaba con lo que tenía porque lo que realmente quería no iba a conseguirlo. Y saber que solo era eso, que se contentaba con su suerte, le hacía sentir como si le abrieran las heridas más profundas que tenía escondidas. Había estado utilizando a Ichigo, cómo se le ocurría, le había estado dando esperanzas para algo que no iba a ir a ninguna parte. Ichigo era una de las mejores personas que había conocido, el único que le había ayudado a aceptarse tal y como era y solo había pedido un poco de cariño a cambio. Suga no había podido darle ni eso.

Pero Suga no lloraba. No se lo permitía. Se merecía que el dolor le destrozara las entrañas para así hacerle recordar que no se podía jugar con los sentimientos de otras personas. Debía contener las lágrimas vacías porque tampoco consentía llorar por su futuro hueco y su soledad frívola.

—¿Suga?

La voz de Daichi le hizo salir de su cuerpo y volver a la realidad como la marea traía a un náufrago a la orilla. Su cara de preocupación le sirvió para saber que no ocultaba tan bien sus emociones como pensaba.

—¡Dai! ¿Qué tal la fiesta? —pensó levantándose del sofá para ocultar el semblante oscuro que sabía que no podía ocultar más.

—¿Qué te pasa?

—Nada, solo pensaba en todos los trabajos que tenía que hacer.

Sugawara recorrió el loft con pasos largos para llegar a su habitación donde se refugiaría tras una montaña de manuales de psicología contemporánea y su libreta de notas para continuar estudiando algo. Cualquier cosa que le sirviera para fingir que no pasaba nada, que él no era un monstruo y que había roto el corazón a una persona mucho mejor que él. Que a pesar del peso de la culpabilidad que llevaba por dentro solo tenía ganas de darse la vuelta y gritarle a Daichi, exigiéndole que le quisiera a él. A Suga, su mejor amigo, el chico que había estado a su lado en las buenas y en las muy malas; no a una chica cualquiera con el pelo largo amante de los gatos y con alergia a los frutos secos.

Estoy siendo muy irracional. Yo no tengo derecho a exigirle nada.

Así que alzó la mano para abrir la manija y esconderse detrás de la puerta.

Y otra mano le detuvo.

—Dime qué ha pasado. —La voz de Daichi tras el oído tuvo la fuerza suficiente como para hacerle doblar las rodillas contra la madera—. Por favor, Suga.

—No ha pasado…

—Por favor.

Suga se tragó el nudo de la garganta y no pudo contener las lágrimas durante más tiempo. Daichi no sabía hacer otra cosa que empujar el tema, forzarle a soltar la verdad que seguía escondida, tratar de comprender lo que ocurría para intentar ayudar.

—Ichigo y yo… ya no… ya no estamos…

—¿Por qué?

Sugawara soltó una risita triste y se secó las lágrimas con el borde de la mano izquierda. La derecha seguía apretando el pomo de la puerta con fuerza. La piel de los nudillos empezaba a tornarse de color blanquecino.

—No puedo, Dai…

—Dime por qué, Suga.

—No me hagas decirlo —le suplicó con el alma en el subsuelo, sin fuerzas para colocar un muro a su alrededor y protegerse—. Por favor, Daichi. No puedo más, no voy a poder esconderlo.

Lentamente, como si el movimiento estuviera envuelto en bruma, Daichi le cogió de la muñeca y poco a poco, fue pasando sus labios por cada uno de sus dedos. Como si los besara. Pero no podían ser besos porque eso significaba algo imposible que la mente de Suga no podía admitir.

Sugawara apretó los labios y se mantuvo inmóvil tratando de convencerse de que aquello no eran besos, pero aterrorizado de darse la vuelta y romper el momento que habían creado los dos sin querer.

—Dime por qué. —La voz de Daichi le llegó desde la espalda. El aliento caliente en el oído le provocó un millón de escalofríos.

—Porque te quiero a ti —soltó Sugawara temblando por dentro y con el corazón y con todo lo que él era y había sido por fuera—. A ti, solo a ti, no quiero a nadie más.

El beso no lo vio venir. De verdad que no. Había imaginado tantísimas veces aquel momento que, contradictoriamente, le vino por sorpresa.

Dulce y preocupado, tierno como Daichi solo podía ser, le alzó la barbilla desde atrás y se agachó lo suficiente para que los labios se encontraran. La mente de Sugawara estaba demasiado confusa para comprender lo que estaba pasando y por un doloroso instante pensó que aquella solo era una fantasía más, que su imaginación le había jugado una mala pasada y que en realidad él estaba acostado en su cama, hundiéndose en su pozo de amargura y culpa.

Pero el instante pasó y Daichi seguía ahí, acariciándole la mejilla y besándole con timidez, soltándole en el momento en que Suga se daba cuenta que aquello estaba pasando.

—¿Está… bien? —tartamudeó Dai con la cara demasiado roja para que fuera medianamente sano—. Tú y yo… ¿bien? O sea de… ¿todo bien?

Suga no tenía ni idea a qué se refería. Se sentía febril y mareado y tenía que apoyarse en Daichi para tratar de comprender algo, lo que fuera. Lo que le permitiera saber qué hacer a continuación con el chico de sus malditos sueños besándole y preguntándole si estaba bien.

—Sí —suspiró él girándose para tocarle el pelo. Sintiéndose con derecho para encontrarse tan cerca. Más mareado y más feliz y más aturdido y mucho más confuso—. Sí, todo bien. Todo bien, Dai. Tú y yo. Bien.

Lo siguiente que Suga pudo procesar discernir entre tanta incomprensión era que ambos estaban en la cama (la de Daichi) de costado. Y Daichi le besaba la muñeca. Y Sugawara le lamía el cuello. Y que ambos se besaban de manera muy suave y muy lenta, desacompasada con sus frenéticos latidos.

Los besos fueron poco más que inocentes pero sin rebasar la barrera de la precaución. Sintiéndose inseguro, Suga recorrió su cuerpo con la punta de los dedos mientras le mordía la comisura de la boca. Daichi respondió respirando el mismo aire cálido que compartían y pasando sus dientes por el labio inferior de Sugawara. Y más besos y caricias y suspiros. Infinitos. Dulces. Delicados.

Daichi se separó solo un segundo para mirarle a los ojos y con esa simple mirada le transmitió mucho más de lo que Sugawara podría haber llegado a imaginar.

—Quiero esto —susurró Daichi entrelazando sus dedos y pegando la frente contra la mejilla de Sugawara. Atontado, él solo alcanzó a alzar la mano para acariciarle la piel de la nuca. Se le escapó una sonrisa de máxima felicidad cuando notó que Daichi tenía la piel de gallina y que reaccionaba ante su contacto—. Quiero que estemos juntos, Suga. Tú y yo. ¿Puede ser?

—Sí —musitó él con los ojos clavados en el techo, todavía aterrado a bajar la mirada y que de repente el cuerpo cálido que seguía pegado a él desapareciera—. Sí, Daichi. Sí.

Solo tú y yo, por favor.


¡Ya era hora de que llegara el momento DaiSuga! Me he estado mordiendo las uñas para escribir más rápida la escena y creo que me ha quedado muy cuqui y demasiado cursi jajajaja. Y me da mucha pena Ichigo pero es que estos dos están hechos el uno para el otro, no deberían despegarse nunca (L).

Y os quiero y amodoro, y el feedback es amor.

Duckisses,
KJ*