Hola a todos aquellos que han seguido esta historia a lo largo de estos meses me apena decirles que está historia ha llegado a su fin pues este es el ultimo capitulo, aquí sabremos que pasara con nuestros protagonistas así que pues a leer se ha dicho los dejo con este desenlace de Un jefe muy especial, hasta la próxima.
Capítulo Diez
Serena saludó por última vez a su hermana mientras Darien arrancaba el coche. Sólo cuando giraron en la curva se dejó caer en el asiento, sintiéndose vacía y exhausta.
—¿Estás cansada? —preguntó Darien.
—No es eso. Una visita a mi familia siempre me deja un poco agotada mentalmente. Y esta vez...
—¿Ha sido peor? —Darien intentó hablar con ligereza, pero había tensión en su voz.
Serena lo miró con gravedad. No quería que pensara que era culpa de su presencia.
—Pues sí. No es muy agradable ser huésped cuando los anfitriones se están peleando. Y Mina estuvo excesiva contigo por el consejo que le diste a Rubeus. Cualquiera hubiera dicho que lo mandaste a la calle con una pistola cargada.
—¿No estás de acuerdo con el punto de vista de tu hermana? —preguntó Darien ante su tono indignado.
—En general, estoy de acuerdo. Pero la vida no es una abstracción. Y la postura de Mina ha sido ignorar el problema y dejar solo a Rubeus.
Darien sintió que su tensión se disipaba. Serena parecía estar más cerca de sus ideas de cómo educar a un hijo. Pero es que Serena era una persona muy práctica. No se pasaba la vida lamentando los ideales perdidos, sino que se enfrentaba con la realidad. ¿Sería lo bastante práctica como para ver las ventajas de casarse con él? ¿Y lo bastante práctica para reconocer que formaban una pareja fantástica?
—Aunque —siguió Serena—, no creo que a Mina le hubiera importado tu intervención si no llega a estar tan nerviosa y tensa por el asunto de Atlanta. Pobre Mina.
—He hablado con Yaten esta mañana —dijo Darien mientras tomaba la carretera—. Y tiene la idea de abrir una agencia de contabilidad.
—Lo que implicaría que no tendrían que trasladarse —Serena vio inmediatamente las ventajas de la solución y miró a Darien—. Eso me suena mucho a ti. Yaten siempre ha sido demasiado prudente. ¿Se lo sugeriste tú?
—No, fue idea suya. Ha llegado al punto en que tiene mucho más miedo de seguir para siempre en el mismo trabajo que de fracasar en un negocio.
—No tiene por qué salir mal. Él es muy bueno y conoce a media ciudad. Bastará con que mi familia vaya a su empresa, para que sea un éxito —Serena sonrió, sintiéndose mucho mejor al saber que el problema de Mina tenía una salida. Pero seguía preguntándose cuál sería la postura de Darien en una crisis matrimonial similar a la vivida por su hermana.
Serena quería preguntar, pero sólo se le ocurrían preguntas demasiado oblicuas. Así que decidió ser directa.
—Darien —comenzó lentamente—, quería saber por qué pensaste desde el principio que Mina debía seguir a Yaten y sacrificar su trabajo.
Darien la miró de soslayo y luego volvió a mirar la carretera, preguntándose qué habría detrás de aquella pregunta.
—Porque me parecía que aunque Mina tuviera que empezar de más abajo, siempre puede enseñar y ella adora enseñar. Yaten en cambio odia lo que hace y está al borde de una depresión.
—Ya veo —dijo Serena considerando su explicación. Era razonable y basada en los hechos, no en los prejuicios, ni en la inmediata asunción de que la esposa debe sacrificarse por el marido.
Era una buena cosa que Darien fuera tan abierto de mente, porque Serena no tenía fuerzas para alejarse de él. La idea de no verlo nunca más le provocaba un frío interior cercano al pánico. No quería vivir sin él. Amaba discutir con él de cómo presentar una idea al cliente. Le gustaba pasarse media noche retocando un proyecto. Reírse hasta las lágrimas hablando de las fobias de sus clientes.
Necesitaba a Darien para su bienestar mental. Por no hablar de su bienestar emocional.
Miró las amplias manos de Darien sobre el volante y una desazón erótica la recorrió al pensar en sus caricias.
Tuvo que morderse el labio para escapar de las ensoñaciones, pues no era momento para dejarse arrastrar por la excitación. Tenía que ser razonable y planear los siguientes pasos. Tenía que decidir qué iba a hacer cuando llegara a su apartamento.
En gran medida, dependía de la actitud que tomara Darien. ¿Iba a seguir tratándola como a una amante? De nuevo la excitación la hizo moverse con nerviosismo. Entonces un rayo de sol dio en su anillo y éste brilló con fuerza, recordándole su presencia. ¿Estaría Darien dispuesto a pedírselo? Era demasiado valioso para que lo hubiera olvidado.
Serena se pasó la mano por las sienes, pues le dolía la cabeza de tantas preguntas sin respuesta.
—¿Te duele la cabeza? —la pregunta de Darien la sorprendió, pues no creía que la estuviera observando.
—Tensión —la respuesta era la verdad sin matices.
—¿Por qué no te duermes? —propuso Darien—. Una vez que lleguemos a Nueva York tenemos que decidir qué hacemos con la propuesta de la diputada.
Serena se sintió como si Darien estuviera leyendo el guión que ella había escrito. Pero no sabía cuánto duraría su perfecta disposición. Pero de momento no podía sino aprovechar la ocasión.
De manera que cerró los ojos y aunque quería pensar, se quedó dormida.
Darien miró el rostro apacible de Serena y sintió una repentina oleada de ternura. Deseaba llevarla a su apartamento. Quería abrazarla sobre su cama y hacer el amor con ella. Encerrarla con él en su pequeño mundo y pasar horas sin que nada los molestara. Parecía un acto de crueldad separarse de ella después del fin de semana que habían compartido.
Hacer el amor con ella había sido la experiencia más importante de su vida y el resto palidecía en comparación. Necesitaba tenerlo de nuevo. La idea de perderla le hizo aferrarse al volante con furia. No iba a suceder. No sabía cómo, pero no iba a permitir que Serena saliera de su vida.
En primer lugar, necesitaba saber qué sentía ella respecto a él. Darien sabía de sobra lo que sentía por ella, y cómo la deseaba y la encontraba excitante y dulce y deliciosamente atractiva...
Basta, se dijo, pues las ideas eróticas le hacían pisar el acelerador inconscientemente.
Después de discutir sobre los asuntos profesionales, intentaría besarla y si no le daba una bofetada, intentaría llevarla a la cama. Y así seguiría hasta encontrar el modo de convencerla de que se casara con él.
Un coche lo adelantó con cierta brusquedad y Darien tuvo que frenar levemente. Tenía que concentrarse en el tráfico o no llegarían a ninguna parte.
—Despierta, Serena —dijo Darien cuando aparcó ante su casa.
Las palabras del hombre entraron en sus sueños, añadiendo a éstos un tinte erótico. Serena sonrió ante los amados tonos. Con los ojos cerrados, buscó a Darien y le echó los brazos al cuello, sintiendo al momento una sensación ardiente cuando sus labios se encontraron. Se movió lentamente para abrazarlo mejor,
Pero algo la impedía moverse y protestó adormilada contra sus labios. Abrió los ojos y se encontró con la mirada brillante de Darien.
¡No estaba soñando! Se sonrojó profundamente, alejándose con brusquedad.
—Perdona —murmuró, intentando despertar del todo.
—Deja las maletas de momento —dijo Darien al ver que Serena intentaba infructuosamente abrir la portezuela—. Luego las subiré, cuando decidamos qué vamos a hacer con la campaña política.
¿Luego? Darien hablaba como si pensara pasar toda la tarde con ella. Se sintió mucho más animada.
Serena fue hacia la casa, analizando y rechazando diferentes planes de seducción. Los métodos que solían verse en las películas se basaban en situaciones extremas o peligrosas, unidas a exótica ropa interior. Incluso suponiendo que ella tuviera tales prendas, no veía la forma de ponérselas sin parecer idiota.
Y el único peligro que la acechaba era la locura fruto de la frustración, lo que sin duda no contaba.
Serena seguía sin imaginar una forma de lograr su objetivo cuando abrió la puerta de su apartamento. Al entrar en el vestíbulo, la paz de su hogar actuó como un bálsamo sobre sus nervios agitados.
Darien la siguió preguntándose dónde estaría el dormitorio. Una puerta semi abierta daba paso a la cocina, pero ni rastro de camas.
Serena observó su interés y de pronto la asaltó el temor. No podía dejarlo entrar en su estudio.
Allí estaban sus dibujos expuestos por todas partes, la prueba viva de su obsesión erótica. Una revelación que sin duda llevaría su relación a la ruptura. Y eso era algo que todavía no podía afrontar.
Intentando parecer natural, cerró la puerta de su estudio. Para su alivio, Darien no comentó el gesto.
—Siéntate mientras hago café —dijo y empezó a moverse por la cocina intentando recuperar la calma.
Con el café en la bandeja, Serena tomó asiento en su sofá y contempló a Darien que tomaba notas en un cuaderno. Tenía arrugas en la frente por la concentración y le pareció adorable.
Deseó borrar esas líneas con sus besos.
—Esto es prometedor —dijo él al fin.
¿Prometedor? Serena sopesó el término y decidió que no era la expresión adecuada para describir lo que sentía al besarlo. Euforia, más bien, o...
—¿Serena? ¿Estás dormida?
No hablaba de besos. Serena hizo un esfuerzo valeroso por recuperar su concentración.
—Perdona —dijo—. ¿Qué decías?
—Que hacer los anuncios de la diputada ampliará enormemente nuestra cartera de clientes.
Serena hizo una mueca dubitativa.
—Puede ser. Hay montones de políticos. Salen de las piedras.
—Estás dejando que tus prejuicios interfieran en los negocios.
—No son prejuicios. ¡Son mis principios!
—Pero si no te gusta la forma habitual de hacer propaganda política...
—La basura, quieres decir —masculló Serena, pero Darien la ignoró.
—Aquí tienes una oportunidad de cambiar las cosas.
—¿Ya has olvidado la campaña de la sopa?
—No, y espero que tú tampoco. No te estoy pidiendo que hagas esta campaña. Sólo quiero que compartas tus ideas conmigo y analicemos la dirección que valdría la pena tomar —Darien miró la pared y luego dijo—: Quizás ha llegado la hora de contratar a alguien más en la oficina.
Serena se sintió desolada. No quería a nadie más en la oficina. No quería que nadie ocupara el tiempo y la atención de Darien, rompiendo su intimidad.
—De eso tendrás que preocuparte si nos dan la campaña de la sopa —dijo Serena, intentando posponer lo inevitable. Se sintió aliviada al ver que Darien asentía.
—¿Cómo crees que deben enfocarse las campañas políticas? —preguntó Darien.
—Deberían basarse en los problemas y las respuestas, por revolucionario que parezca —exclamó Serena—, Me encantaría ver a un candidato contarme qué opina de determinados temas.
—¿Mostrando su oposición al candidato contrarío? —propuso Darien,
—Puede ser. Pero creo que entramos en terreno minado.
—La vida está llena de terrenos minados —dijo Darien dejando el cuaderno sobre la mesa.
No sabes hasta qué punto, se dijo Serena. Su vida entera se había vuelto peligrosa e incierta.
—Evítame la psicología de bolsillo y bébete tu café —dijo Serena, rechazando sus personales temores.
—Quiero un poco de crema —replicó Darien que se temía que lo mandara a casa cuando se terminara el café.
Serena lo miró con sorpresa.
—¿Desde cuándo tomas el café con crema?
—Desde ahora.
—Pues no tengo crema.
—Leche entonces —dijo Darien—. Tu tío Jedite dice que beber leche en el café elimina el efecto de la cafeína.
—El tío Jedite también dice que un trago de whisky a primera hora de la mañana y antes de acostarse es el secreto de la longevidad.
Una sonrisa repentina curvó los labios de Darien y Serena sintió una oleada de afecto que borró en parte sus miedos.
—¿Significa eso que no me darás leche?
—No, no significa eso —poniéndose en pie, fue a la cocina. Estaba poniendo leche en un cuenco cuando se le ocurrió una brillante idea. Llenó el recipiente hasta el borde y dijo una muda plegaria al santo encargado de esa clase de causas antes de regresar al salón.
Fue hacia Darien con decisión. Cuando estaba a su lado, simuló un tropiezo y con todo cuidado le vertió la leche encima. Observó con satisfacción el líquido blanco empapando su camisa y recorriendo sus pantalones dejando marcas húmedas.
—¡Oh, Dios, cuánto lo siento! —exclamó con la mayor teatralidad—. Debo estar medio dormida.
Darien se estremeció al sentir la leche fría entre sus piernas. La miró a los ojos y toda su incomodidad desapareció al leer una oscura emoción en los ojos azules. ¿Sería posible que lo hubiera hecho a propósito para desnudarlo? La idea le hizo sentirse feliz hasta que el sentido común recuperó el mando de su mente. Aquella luz en los ojos de Serena debía ser vergüenza.
—Odio el olor de la leche al agriarse —dijo Darien para probar suerte.
—Lo siento —repitió Serena—. Lo menos que puedo hacer es lavar tu ropa antes de que la leche cuaje.
¿Y qué sería lo máximo que podía hacer por él?, se preguntó Darien. La excitación lo llenó ante la evidente respuesta.
—Gracias —masculló, sintiéndose algo incómodo—. Me voy a quitar la ropa para que puedas meterla en la lavadora —miró a su alrededor y al ver el pasillo, decidió seguirlo hacia el dormitorio. Allí podría cambiarse, pero prefería no pensar en lo que pasaría después, por si se estaba haciendo ilusiones.
—Ahora vuelvo —dijo, intentando parecer natural.
Serena lo vio marchar, admirando el juego ligero de sus caderas mientras avanzaba. Tenía la musculatura más fascinante, se dijo. Podía pasarse horas explorando la textura de cada uno de sus músculos. Al menos, lo haría si fuera capaz de tomárselo con calma. Pero por algún motivo, cuando estaba entre sus brazos, sintiendo su cuerpo desnudo, perdía toda paciencia y sólo deseaba sentirlo dentro de ella.
Serena se quedó paralizada. ¿Cuerpo desnudo? ¿El cuerpo desnudo de Darien? Un dibujo de tamaño natural del cuerpo desnudo de Darien estaba colgado en la pared de su cuarto. ¡Darien iba a verlo!
El horror la hizo correr detrás de él, deseando que no se hubiera dado cuenta. Entró en el cuarto y se encontró con Darien bajándose los pantalones. Asombrado, se volvió hacia ella y Serena olvidó por un segundo qué iba a hacer. Tragó saliva al observar la evidencia de su excitación y tuvo que contenerse para no lanzarse en sus brazos.
—Ya iba a llevarte la ropa —dijo Darien y el tono grave de su voz le recordó por qué lo había seguido. Serena evitó mirar el dibujo en la pared y se concentró en el rostro de Darien. Tenía los rasgos tensos, como si estuviera bajo una gran presión. Quizás no había mirado la pared. Ojalá, se dijo Serena. Hay mucha gente que nunca se fija en esas cosas.
Arrastrada por la atracción de su hermoso cuerpo, Serena fue hasta él y le quitó la ropa que sostenía en la mano.
—Buscaba algo que ponerme —dijo Darien, desconcertado por la repentina irrupción de Serena y por la visión de un dibujo en la pared que lo representaba desnudo. Quería saber qué significaba aquello. Le hubiera gustado descubrir que Serena estaba tan fascinada por él como él por ella, pero no sabía cómo conocer la verdad. ¿Cómo iba a preguntarle de repente que hacía él colgando desnudo de la pared de su dormitorio? Su mente no encontraba una respuesta lógica.
Serena se pasó la ropa de una mano a la otra, incapaz de apartar la vista del cuerpo casi desnudo de Darien. «Haz algo», se ordenó. «Hazle saber que quieres hacer el amor con él. Pero hazlo de manera delicada, por si te rechaza». Le aterraba la idea del rechazo, pero llegados a aquel punto, le aterraba más perder la oportunidad de hacer el amor con él.
Serena tomó aire y alargó la mano, rozándole delicadamente los hombros. Se sintió un poco más relajada al ver que Darien se estremecía.
—¿Qué estás haciendo? —dijo con una voz ahogada.
—Estoy intentando descubrir una manera adecuada de preguntarte si quieres hacer el amor conmigo —nada más decirlo, sus ojos se abrieron, asombrada por su propia audacia.
—Sí —dijo secamente Darien y le quitó la ropa de las manos, tirándola al suelo antes de abrazarla con pasión.
Serena se sintió invadida por una tensión de otra naturaleza que llenaba de niebla su cerebro.
Alzó la cabeza con gesto soñador y se encontró con el dibujo de Darien. El pánico se unió a sus demás sensaciones. Si seguían allí mucho tiempo, Darien terminaría por darse cuenta del dibujo y siendo como era, no guardaría silencio. Le haría toda clase de preguntas que llevarían a una discusión para la que no estaba preparada.
—¿Darien?
—¿Sí? —su aliento le acarició el cuello, haciéndola temblar.
—Siempre he querido hacer el amor bajo una tienda. ¿Sabes? ¿Estilo jeque árabe? —dijo lo primero que le vino a la mente.
—Te cambio tu fantasía por la mía —Darien la mordió levemente en el cuello.
Serena echó hacia atrás la cabeza, para facilitarle el acceso y preguntó:
—¿Qué fantasía?
—Cuando compré el jacuzzi, el vendedor dijo que era de tamaño perfecto para hacer el amor dentro, pero nunca lo he probado.
Serena sintió una oleada de felicidad ante sus palabras. No sólo nunca había hecho el amor con nadie en su baño, sino que además tenía la intención evidente de prolongar su aventura. Colocándose de manera que su cuerpo se interpuso entre Darien y el dibujo, Serena lo llevó hasta la cama y levantó la colcha.
—Métete debajo —dijo y suspiró al ver que obedecía.
Rápidamente Serena se quitó la ropa y se deslizó junto a él.
Estaba oscuro bajo la colcha, pero no necesitaban luz. No podían perderse en tan pequeño espacio. El calor que emanaba del cuerpo de Darien era como un neón en la oscuridad, señalando cada uno de sus gestos.
Alargó los brazos y se encontró con un hombro de Darien. Acarició su piel flexible y sintió el familiar aleteo en el estómago ante la sensación de tocarlo. Era una delicia y le encantaba cómo la hacía sentirse. A punto de derretirse y al mismo tiempo al mando de la situación.
Sus dedos acariciaron los brazos y el pecho, hasta alcanzar el pezón de Darien. Lo examinó con detenimiento, sintiéndose feliz al comprobar que el hombre se tensaba bajo su caricia. Serena se sentía muy caliente, y plástica, por así decirlo, plegable a todas las formas que su amante quisiera darle,
—Tienes un cuerpo un tanto primitivo —anunció Serena,
—Tú hablas demasiado —el brazo de Darien pasó bajo su cuerpo delgado y la abrazó con fuerza. Serena perdió toda concentración al sentir que todo su cuerpo lo tocaba y que sus nervios clamaban por una pronta satisfacción.
Los dedos largos de Darien se hundieron en su cabello revuelto y la obligó a mirarlo en la oscuridad, acercándose a ella.
Se movió sobre él, jadeando y tomando aire con sorpresa cuando su muslo chocó con su erección.
Sintiendo su aliento en la mejilla, se volvió hacia Darien para un contacto más íntimo. Al momento, éste tomó su boca y la presionó con furia, hundiendo en ella su lengua y llenándola de la ardiente dulzura de sus besos.
Serena gimió profundamente al sentir que Darien exploraba su boca, mordiendo sus labios y acariciándola con la lengua, mientras ella se aferraba a su cuello.
Lo deseaba con impaciencia. Quería sentir su cuerpo presionándola contra el colchón. Quería tenerlo dentro y sentir la felicidad de cada uno de sus movimientos reverberando en su interior.
Lo tomó por los hombros, intentando ponerlo sobre ella. Pero igualmente podía haber golpeado una pared.
Los labios de Darien dejaron su boca para acariciar la piel suave detrás de su oreja.
—Hueles tan bien —dijo con voz vibrante, acariciadora—. Y sabes aún mejor —de nuevo la besó en los labios.
Serena se retorció, agitada por la necesidad de tenerlo aún más cerca, ardiendo bajo sus palabras.
—Darien —susurró con urgencia—, por favor, hazme el amor.
—Pensé que eso estaba haciendo —le mordió el lóbulo de la oreja y al oírla gemir, lo tomó entre sus labios.
Serena quiso tragar saliva, pero tenía la boca seca. Se sentía en llamas. Ardiendo por la fuerza de su deseo.
Hacía tanto calor por estar bajo la colcha... Pero su intento de racionalizar se vino abajo cuando las manos de Darien se deslizaron por su cuerpo. Podía sentir el ligero temblor de sus dedos al rozarle los senos y deslizarse más abajo, por su estómago aleteante. Su temblor encontraba respuestas inmediatas en sus entrañas.
—Necesito... —comenzó Serena, pero sus palabras se convirtieron en un jadeo cuando las manos de Darien buscaron el calor húmedo entre sus piernas.
—Sé lo que necesitas —dijo él—. Es lo mismo que necesito yo.
Con un movimiento grácil, se dispuso sobre ella en la posición adecuada. Serena lo tomó por las caderas, pidiéndole con sus gestos que se apresurara. Antes de que se volviera loca.
—Eres tan delicada —murmuró Darien—... Tan delicada —empujó suavemente hacia adelante y Serena contuvo el aliento.
Darien apoyó los brazos a los lados del cuerpo de Serena y penetró más profundamente en ella. Su virilidad parecía alcanzar zonas insospechadas y Serena no se sentía capaz de contener la exquisita sensación de caída. Intentó prolongar el momento, pero con cada embestida del nombre, su cuerpo parecía partirse en dos.
Se movió hacia ella, mientras Serena dejaba caer la cabeza y se entregaba a la exaltación de sus sentidos. Por fin perdió el control y se sintió caer en un mundo de puras sensaciones, cuya belleza la enterneció profundamente. Vagamente fue consciente de la descarga de Darien, pero estaba tan invadida por su propio placer que apenas si lo percibió.
Poco después emergió para darse cuenta de que Darien se había dormido. Su respiración tranquila y profunda era la respuesta perfecta a su anterior gozo.
Serena contó hasta cien antes de atreverse a moverse y salir de la cama. Cruzó el cuarto y en pocos minutos había arrancado el cuadro y lo había ocultado en su armario.
Entonces soltó el aire y volvió a la cama. De alguna forma, había logrado que Darien no se diera cuenta. Quizás su suerte era un anticipo de su futuro y la fortuna iba a sonreírle. Cruzó los dedos y se metió bajo las sábanas, buscando el calor reconfortante del cuerpo de Darien.
—Señor Chiba, como abogado suyo, creo que es mi deber decirle que esto no es buena idea. Basta con que mire a su alrededor para saber que los matrimonios no duran. Ha trabajado mucho para construir esta empresa — Malloy hizo un gesto que comprendía el despacho de Darien—. ¿Qué va a hacer si algo sale mal? ¿Va a pedirle a esta —leyó el nombre en el documento—... Serena Tsukino que le devuelva la mitad de la empresa que le dio como regalo de boda?
—Mi matrimonio no va a fracasar —insistió Darien, aceptando el documento que le tendía su abogado.
Éste replicó con ironía:
—Si tuviera un dólar por cada incauto que me ha dicho eso...
—No soy ningún incauto —Darien lo interrumpió, cansado de las predicciones catastróficas del hombre. Él mismo tenía demasiados temores para mostrarse completamente seguro de lo que hacía. No temía que Serena se divorciara de él, sino que se negara a aceptar su proposición.
Ofrecerle la mitad de la agencia era una forma de demostrarle que se tomaba tan en serio su carrera como la suya propia. Y que estaba comprometido con su vida en común.
Darien se concentró en los elementos que le habían hecho mantener las esperanzas durante las semanas pasadas desde su regreso de Scranton. En primer lugar, su retrato colgado en la habitación de Serena, un indicio increíble que había desaparecido misteriosamente después de hacer el amor. Por otra parle, la mujer no le había devuelto el anillo, aunque no lo llevaba en la oficina y en general no había hecho ningún intento de apartarlo de su vida.
Malloy movió la cabeza, exasperado:
—Bueno, lo habré intentado.
Darien le tendió la mano y esperó a que su abogado dejara la oficina antes de sentarse y mirar la carpeta de color claro que había sobre su mesa. Dos folios. Tanta esperanza contenida en dos simples folios.
Se echó hacia atrás e intentó tranquilizar sus nervios tensos respirando profundamente. No sirvió. Decidió que tenía que preguntárselo pronto o se volvería loco. Necesitaba saber su respuesta. Dé manera que se puso en pie, dispuesto a terminar con la tortura de la incertidumbre.
Serena alzó la vista cuando la puerta de su despacho se abrió dejando entrar a Darien. Lo miró con seriedad, asombrada por la respuesta de su cuerpo ante la aparición de su amado rostro.
Un sobresalto de temor unido al nerviosismo se apoderó de Darien al comprender que tenía que enfrentarse a la verdad. Quizás fuera un mal momento para hablar con ella. Quizás era mejor esperar. Pero aquello era absurdo: no había ninguna razón para que lo aceptara más adelante si lo rechazaba ahora.
Tomó aire, abrió la boca para recitar su proposición, tantas veces repelida en sus noches de insomnio. Pero no dijo nada. Tenía la mente en blanco.
Tragó saliva y buscó con desesperación en su mente confusa algo a lo que asirse para empezar a hablar.
Serena lo miró con un sobresalto de angustia. Parecía preocupado. En realidad parecía muerto de ansiedad. Como si estuviera pensando en cómo decirle que sus días como amantes habían terminado. Que quería que le devolviera su anillo. Quizás llevaba días esperando a que ella se lo entregara sin más demora.
Sus músculos se tensaron. No quería que Darien se diera cuenta del dolor que iba a causarle su rechazo. Mientras mantuviera la naturalidad y ocultara todo sufrimiento, podría seguir trabajando con él. Podría verlo a diario, lo que era como vivir de pan y agua después de haber sido invitada a un festín fabuloso durante días. Pero era mejor que morirse de hambre.
—Yo —empezó Darien y se esforzó en decir las palabras adecuadas—... ¡Cásate conmigo! —la frase surgió como una explosión de su interior, con independencia de su voluntad. Quiso retirarla y embellecer la proposición, o adornarla para que Serena no pudiera decir que no. Tenía que convencerla con razones lógicas—. Cásate conmigo y te doy la mitad de la agencia.
Le tendió los papeles, a punto de gemir ante el tono mercenario de sus palabras. ¿Cómo había podido decir algo tan horrible con todo lo que había practicado?
Serena lo miró, escuchando las asombrosas palabras tintinear en sus oídos. Quería seguir oyéndolas, pues temía descubrir que había sido una alucinación.
—Ya sé que no soy el marido ideal, pero... —masculló Darien sin saber cómo seguir.
Serena volvió a repetirse sus palabras. No conseguía oír el resto. Su cerebro no conseguía asimilar que Darien le había propuesto matrimonio.
—Lo que quiero decir, es que no tengo ninguna experiencia en cómo funcionan las familias —continuó Darien con vértigo.
—Desde mi punto de vista, eso es otra ventaja —murmuró Serena irónicamente.
Darien miró su cara, tan querida, y sintió que su tensión se relajaba un poco:
—Pero estoy dispuesto a hacer lo que haga falta para que nuestro matrimonio salga adelante —explicó—. Por eso quiero que la mitad de la agencia sea tuya. Así sabrás que estoy completamente comprometido contigo.
Serena no dudaba de que Darien tendría éxito en todas sus aventuras, incluido el matrimonio.
Era una persona muy decidida y valiente.
¿Qué le había hecho cambiar de opinión? Siempre había sido tan contrario al matrimonio...
Aunque llevaba varias semanas sin decir nada negativo de la familia.
—¿Por qué quieres casarte? —preguntó con sencillez.
—¡Porque te quiero! ¿Qué creías? —exclamó Darien casi con furia.
Las palabras invadieron el corazón de Serena, la rodearon como un abrazo. ¡Darien la quería!
Las palabras cantaban en su cabeza como música celestial. ¡La quería!
—No quiero la mitad del negocio —dijo.
Darien la miró con el corazón en un puño.
—Eso es un sí o... —no se atrevía a pronunciar las palabras.
—Sí —dijo Serena y la paz invadió su alma—. Te quiero con locura, Darien Chiba.
Darien la abrazó, apretándola contra su pecho. La besó con urgencia y Serena se sintió mareada. Todo temor por el futuro palidecía al saber que Darien la amaba. No había nada que no pudieran superar estando juntos.
Fin…?
Como toda historia esta llega a su fin , así que nuestra parejita queda junta, aunque no se ustedes pero yo quiero saber mas así que exijo saber que paso después; pero pues eso lo sabremos la próxima semana en el epilogo hasta la próxima.
