Konnichiwa!

Al fin estoy por aquí, mucho después de lo que planeé, pero ya tendrán oportunidad de abuchearme por ello si es necesario. Sólo espero que disfruten este capítulo bien largo, hecho con amor exclusivamente para todos mis bellos lectores. Disculpen si hay errores, este cap fue escrito por pedacitos y aún no tuve tiempo de revisarlo.


Capítulo IX

El que quiera entender que entienda

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Intentó que su suspiro no fuera lo suficientemente fuerte, como para alertar de su inquietud a aquel que le hablaba desde el otro extremo de la línea, mientras caminaba de un lado a otro, alrededor de la cocina.

Si este encargo no fuera importante, no le estaría pidiendo esto, Inuzuka-san —se oyó un carraspeo en el fondo—. Espero que sea capaz de cumplirlo.

—No se preocupe, Tanaka-san —contestó el moreno, simulando un tono de voz apaciguado—. Dígale al jefe que estoy dispuesto a hacerlo.

De acuerdo. Contamos con usted.

Con lo que la nueva empresa en la que trabajaba le acababa de pedir, al menos la mitad de los planes de Kiba Inuzuka se habían ido al tacho. Porque, sin duda alguna, Hinata se negaría rotundamente a postergar aquella estúpida "cena" que estaba preparando para confesar a Menma que el estúpido ese de Naruto Uzumaki era su padre, para acompañarlo a Londres más temprano de lo previsto.

¡Mierda!

Ahora estaba rabioso y completamente seguro de que ese infeliz intentaría algo con Hinata una vez que terminara aquella ridícula cena. Y lo que más lo enfurecía era el hecho de que esta vez, no era muy seguro que ella lo apartara o lo pusiera en su lugar. Era como si ahora fuera más difícil que su mujer evitara al rubio, pues su relación había, en cierto modo, mejorado.

Rechistó.

Hinata ya le había prometido que iría con él a Inglaterra pero en una situación como esa, ya daba por sentado que ella partiría después de él, cuando le hubieran dicho al pequeño que en realidad su padre era ese Uzumaki. No había mucho de malo en ello, lo único que le preocupaba era que en dicha cena ocurriera algo que la hiciera dudar aún más de él y que se arruinaran todos sus planes acerca de la propuesta.

Suspiró por enésima vez. No tenía caso atormentarse por ello. Sólo había una persona a la que le podía pedir que vigilara que Hinata se portase bien y, aunque le costara admitirlo, esa era Hanabi Hyuga.

Después de mucho pensarlo, decidió enviar un mensaje a la Hyuga menor, pidiéndole encarecidamente que no dejara que ese odioso rubio se acercara de más a su hermana mayor, prometiéndole que la recompensaría al volver de aquel viaje a Europa. El hecho de haber enviado ese mensaje, hacía que se viese simplemente como un idiota celoso, patético e inseguro, pero eso no importaba ya.

Si le tenía un poco de consideración, Hanabi debía ser capaz de ayudarlo.

Lo que Kiba no imaginó fue que la joven castaña, al leer su mensaje, lo sintió como algo tan cínico y mordaz, por lo cual había decidido hacer exactamente lo contrario.

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—¡Pa, pa!

La niña sonrió ampliamente en dirección a su progenitor, cuando logró desenredarse de entre aquellas cortinas para finalmente salir de los vestidores. Había terminado de probarse aquel divino vestido color rosa pastel, suelto, con bonitos detalles bordados, algo de encaje y varios listones alrededor de la cintura, muy inocente y muy a su estilo. Estaba casi segura de que lo quería.

—¿Te gusta cómo me veo como este vestido? —inquirió totalmente ilusionada.

—Me gusta —opinó Naruto, sin embargo, se mostró repentinamente serio.

Naruko frunció el entrecejo ante el gesto e infló los mofletes, indignada.

—Mentiroso.

—¿Por qué dices eso?

—Porque dijiste que te gustaba.

—Y me gusta.

—¡¿Entonces por qué no sonríes, pa?! —elevó el tono de voz, reclamándole.

—Es que te ves demasiado bonita… —se excusó el mayor, reprimiendo una carcajada, intentando mantenerse aparentemente serio—. Me pondría celoso si un niño te viera así y se enamorara de ti, mi pequeña.

La niña se sonrojó a más no poder y regañó a su padre frente a todos los presentes en aquella boutique, quienes no podían estar más divertidos con la situación. Le dijo que no se preocupara, que al único que ella quería era a Neji-san, pero como Neji-san se casó e iba a tener un hijo con Tenten-san, ya no podría escogerlo como su príncipe. Así que no le importaban los chicos.

Naruto no tardó en estallar en carcajadas y, luego de pagar por el atuendo de su hija, la tomó de las manos y se retiraron del lugar sin más. Ahora debían ir a una tienda para adultos y comprar algo decente para él, con lo que pudiera vestirse en la cena de esa noche. Estaba más que ansioso.

Por otro lado, sin que el hombre se percatara, una de las que atendía en el lugar se había dedicado a analizarlo profundamente con la mirada. Estudiándolo y estudiando también su relación con la pequeña rubia que tenía por hija.

Oh, sí.

Naruto Uzumaki estaba cada vez más guapo, se veía genial como padre aun siendo tan joven, tenía dinero y además amaba a su hija, ¿qué más podías pedir?, incluso aún vestía como los demás jóvenes de su edad… Estaba bien bueno, pensaba la pelirroja. ¿De qué demonios se estaba perdiendo su estúpida amiga?

¿Debía esperar o informarle pronto acerca del peligro que había presentido hacía ya un tiempo, con respecto a la vuelta de cierta mujer?

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Había pasado tiempo desde que Hanabi Hyuga había tocado una escoba.

No podía creer que acababa de ayudar a su hermana a terminar de limpiar el apartamento, cuando tranquilamente podía estar arrojada en su cama con los auriculares puestos, un rock pesado al máximo volumen y su laptop sobre sus regazos. Realmente sólo lo hacía porque esa ocasión lo merecía.

La felicidad de su pequeño sobrino estaba primero que todo.

Colocó los bocadillos sobre la mesa, acomodó los cojines en los sillones y se sentó junto a su padre, que había llegado hacía unos minutos con la intención de compartir la dichosa cena en la que se aclararía al fin un inconveniente de años.

Minutos más tarde, cuando Hinata y Menma bajaron a la sala, ya aseados y producidos correctamente, alguien había llamado a la puerta.

El salir a recibirlos fue algo incómodo para Hinata. Kushina la había observado con cierto recelo, mas había sonreído al fin al cabo de unos segundos. Minato la había saludado cálida y respetuosamente, con su mejor sonrisa, como siempre, tranquilizándola un poco. Naruko había saltado hasta ella, exclamando "¡sensei!" con gran entusiasmo, haciéndola sonrojarse. Y Naruto… El hombre sencillamente había asentido en su dirección a modo de saludo y le había sonreído con cierto deje de frialdad que ella no supo cómo interpretar. Su "Hola, Hinata" casi formal la había destrozado por dentro en cierto modo hasta algo confuso para ella misma. Sí, él seguía con aquella postura indiferente.

Pero, de momento, no había nada que pudiera hacer al respecto.

—¡Naruto-san! —Menma casi dejó sin respiración al rubio cuando se lanzó a sus brazos apenas lo vio ingresar al hogar. Este último lo recibió gustoso y comenzó a mimarlo, recibiendo la mirada enternecida de todos. Incluso de Hinata. Incluso de Naruko, que bien ya sabía por qué estaban allí reunidos.

Hinata les indicó cortésmente que tomaran asiento.

—Muchas gracias por venir —mencionó una vez que todos de hubieron acomodado en el living de su acogedor departamento.

Después de saludar a los recién llegados, su padre y su hermana intentaban por todos los medios abandonar aquel semblante serio que los caracterizaba, sin embargo, teniendo a aquella familia allí, se hacía más difícil que de costumbre. Un ligero ambiente de tensión se formó entre los presentes y a Hinata le sudaron las manos de pronto.

Esta vez, brindar calma al entorno fue trabajo de Kushina Uzumaki, quien sonrió abiertamente, dirigiéndose a la mujer: —Estábamos esperando esto.

—Menma, ven aquí —Naruto lo bajó al suelo y lo tomó de las manos—, quiero presentarte a algunas personas —dijo, comenzando a guiarlo hasta sus padres. Kushina reprimía algunas lágrimas de emoción.

—¿Por qué no vamos al grano? —intervino Hanabi, desde su lugar. Todos la observaron con sorpresa, duda y cierto nerviosismo. Ella se encogió de hombros y miró a Naruto con una inesperada sonrisa—. ¿No crees que así será más fácil presentar a todos luego?

El rubio abrió los ojos cuan grandes eran, algo dentro de él se estrujó, pues había llegado la hora. Hinata, boquiabierta, comenzó a temblar en su lugar. ¿Tan pronto lo dirían?

Menma, que seguía agarrado a Naruto, intercalaba mirada entre todos los presentes. No entendía nada de nada.

—Eh, ¿no crees que es un poco apresurado? —le susurró Hiashi a su hija pequeña, al ver el rostro de desconcierto de ambos padres que debían dar la "noticia"—. No tienen que decirlo ya.

—¡Yo quiero hacerlo!

Todos observaron impresionados a la pequeña Naruko, que hasta ese momento se había mantenido al tanto, en silencio, sentada junto a su abuelo. Ahora se veía emocionada e incluso bastante decidida.

—¿Puedo decírselo yo? —reiteró sus intenciones, con rostro angelical—. ¡Por fis! Déjenme hacerlo —se puso de pie, ante las miradas anonadadas de todos y caminó hasta su pequeño compañero—. Men-kun, debemos contarte algo…

—¡Oe! —Naruto estaba a punto de reprenderla, cuando escuchó la risa de Hinata a un lado. Se volvió hacia ella y la vio acercarse a gran velocidad. La misma se colocó de cuclillas junto a los niños y sonrió.

Todos los demás los observaban expectantes.

—Bien, vamos a hacerlo juntos, Naruko-chan, Naruto… —elevó su mirada a él una milésima de segundos, luego volvió la vista a su hijo—. Menma-kun, ¿recuerdas cuando me preguntabas adónde había ido tu papá?

El niño se vio sorprendido con lo mencionado por su madre. Asintió débilmente luego de unos segundos de sepulcral silencio.

—¿Recuerdas que cuando vivíamos en Inglaterra te dije que tu padre estaba en otra parte del mundo? —continuó la mujer.

El pequeño volvió a asentir, recordando que se imaginaba a su papá como el más grande y valiente aventurero que hubiera existido. Sin embargo, no sabía que estaba muy equivocado. Él no era aventurero… y mucho menos el más valiente.

—¿Quieres saber dónde está tu papá, Menma? —insistió la ojiperla con la voz quebrada, comenzando a derramar unas cuantas lágrimas involuntarias.

—¡Sí! —habló por fin el niño, ansioso—. ¡Quiero saberlo, mamita!

La mujer asintió, suspiró y pasó la mirada fugazmente de Naruto a la pequeña que estaba a su lado: —Naruko-chan…

La aludida sonrió orgullosa, confundiendo a Menma. Le enseñó la lengua, ocasionando que el mismo frunciera el ceño y, con la voz chillona y alegre de siempre, le dijo:

—Está justo a tu lado, toooonto.

Hanabi se rio un poco. Menma se vio impactado. Desvió la vista, no muy convencido, hacia quien estaba junto a él. Levantó el rostro y observó a Naruto-san, quien le sonreía con calidez, con los ojos vidriosos y lo sintió presionar más su agarre de manos.

Segundos después, comenzó a sollozar.

—¿Na-ruto…-san… es mi… papá? —cuestionó, incrédulo, soltándose del mismo y comenzando a frotar sus ojitos, del cual caían ya numerosas lágrimas.

—Así es, y eso quiere decir que yo soy tu hermana mayor —añadió la pequeña rubia, con tono burlón debido a las lágrimas de su amiguito, haciendo que, con ello, la mayoría de los presentes se sintiera menos presionado.

Especialmente Hinata.

Desde que supo que debía soltar la verdad a su hijo, pensó en la posibilidad de lo mucho que aquello podía lastimar a la pequeña, sin embargo, no fue así. Ella lo había aceptado gustosa a pesar de no tener conciencia aún de lo enredado que estaba todo aquello. Aun cuando Shion no se aparecía y ella no pudiera disfrutar de su padre y su madre… Aun cuando Hinata no era más que una simple conocida para ella.

—M-Menma… —Naruto, ahora agachado junto al pequeño, también empezaba a soltar unas cuantas lagrimillas. Lo desesperaba el hecho de que su hijo no dejara de llorar luego de haber recibido la noticia. ¿Podría ser que estuviera molesto con la idea de ser su hijo? No sabía qué iba a ser de él si así fuera.

Kushina también derramaba una que otra lágrima, mientras Minato la consolaba; era doloroso para ella ver a un niño pequeño llorar así y también ver a su hijo así de preocupado. Hiashi suspiraba y observaba la escena con cierto miedo… Aunque fuera mínimamente, por primera vez parecía comprender a Naruto, pues él también era padre y tenía hijas a quienes amaba y deseaba proteger siempre. Hanabi, por su parte, sonreía con ternura, observando especialmente a Naruko… ¡esa niña era un ángel! Y Hinata…

Hinata se había puesto de pie para observar mejor a padre e hijo. A ella no le preocupaba el hecho de que Menma estuviera llorando aún, porque había una cosa de la que estaba completamente segura:

—Estoy feliz… —dijo el pequeño Menma, ahora abrazando a su progenitor inesperadamente, tomándolo desprevenido—, e-estoy muy feliz, papá. Por favor ya no llores.

Y, con ello, un ambiente de paz rodeó la sala del departamento.

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—Pa, ¿puedo ponerle algo de ketchup a mi sándwich? —inquirió la niña, interrumpiendo la charla entre su padre y Hanabi Hyuga.

—Puedes —contestó el hombre con una brillante sonrisa.

—Papito, ¿verdad que están deliciosos los bocadillos de mamá? —preguntó ahora el niño, con la boca llena de comida.

—Seguro. Están exquisitos —hizo un gesto de "excelente" con los dedos.

—Pa, ¿por qué el abuelo y Hiashi-san no se callan ni un ratito?

—Porque están hablando de negocios, hija.

—Papi, ¿y de qué hablan mi mamita y la abuela Kushina?

—No lo sé, campeón, de cosas de mujeres.

—¿Por qué Hanabi y tú hablan nombres raros, pa?

—Porque son grupos de música que nos gustan, hija.

—Y esa música, ¿es para bailar, papi?

—Bueno, más bien diría yo "saltar", hijo —comentó, guiñándole un ojo a la par.

—Papá…—

—¡Ya basta! —interrumpió Hanabi, con la paciencia colmada, cuando los niños iban a —seguramente— seguir atacando al pobre de Naruto con más y más preguntas sin sentido, propias de niños de esa edad—. ¿Por qué no se van a jugar al patio de atrás? —sugirió la joven, sonriendo entre dientes—; ya han terminado de cenar y Menma tiene una pelota nueva que aún no estrenó, ¿cierto?

Al infante se le iluminaron los ojitos.

—¡Es cierto! —tomó de las manos a Naruko y comenzaron a dirigirse a la puerta trasera. Se detuvieron a medio camino—. ¡Papá! ¿Podemos salir a jugar afuera?

Naruto se rio y asintió, levantando el pulgar en dirección a los pequeños, quienes exclamaron una celebración y en seguida estuvieron afuera. Hanabi suspiró sonoramente, como si estuviera aliviada. El rubio se carcajeó.

—Hey, ¿y esa ínfima paciencia?

—No sabes lo que es lidiar con ese pequeño terremoto todos los días —respondió con un deje de cansancio.

—Pues ahora lo sabré.

La radiante sonrisa que colocó al pronunciar aquello, dejó pasmada a la Hyuga menor, y se vio obligada a corresponder el gesto con una sonrisa similar. Demonios. Si Hinata no aprovechaba esa noche para hacer las paces con él, debía estar loca.

—Naruto.

Ambos se voltearon en dirección a la voz y vieron a Hinata allí, parada frente a ellos. Hanabi carraspeó y dijo tener "algo que hacer", para retirarse de allí, no sin antes lanzar una última mirada cómplice a su hermana mayor, que simplemente fingió no notarlo.

—¿Quieres hablar fuera? —continuó la mujer, señalando la puerta de entrada.

—Claro.

Caminaron a paso lento y en silencio, mientras sus respectivos padres seguían hablando de una increíble oportunidad de que la empresa Hyuga rebrotara en el mundo de los negocios, demasiado ensimismados como para notar que ellos se apartaban de todos.

Una vez en frente, Hinata se sentó en la pequeña escalera de concreto, de espaldas a la entrada, y Naruto la imitó. Eran cerca de las nueve y media de la noche y ya eran escasos los vehículos que por allí circulaban.

—Lo de hoy fue un gran logro —comenzó él, para romper el silencio, con la vista prendida al frente. Ella lo observó de perfil, el cual era alumbrado por apenas una tenue luz del único farol que había en ese lugar.

Se veía… bien.

—Sí —respondió al cabo de unos segundos—, y te estoy agradecida.

Él sonrió, algo confundido, y al fin la observó.

—No hay nada que debas agradecerme, al contrario —la atrapó con su tan poderosa mirada azulada, esa de la cual sus ojos aperlados no podían desprenderse—, me alegra que al fin hayamos decidido hacerlo.

—Pero no tenía idea de que esto iba a ser así —se sinceró ella, tomando y rodeando sus rodillas con sus brazos, protegiéndose de esa manera de la brisa que comenzaba a tomar posesión de la noche.

—¿Cómo así?

—No lo sé… —ella miró al frente—. Pensé que sería… más difícil.

—Tampoco fue pan comido —aportó él, riendo con diversión—. Si no fuera por Naruko, me hubiera quedado estancado en la duda.

Ella lo miró nuevamente y le sonrió con dulzura, hipnotizándolo.

—Igual yo. Esa niña es un verdadero ángel…

—Claro que lo es, es mi hija.

Rieron un momento y se quedaron en silencio, todavía observándose, luego. Hinata se sintió al fin más cómoda en su compañía, sintiéndolo tan refrescante como siempre; como si al fin pudieran estar en armonía. Menma había conocido a su padre, a su hermana, y a sus otros abuelos y parecía más que conforme con ello. Y eso la hacía inmensamente feliz.

—¿Sabes? —habló el hombre, sacándola de sus cavilaciones—. Yo tampoco pensé que sería así —confesó—. Al principio, pensé que me darían arcadas de sólo recordar lo que sucedió hace poco aquí…— señaló, refiriéndose al incidente de Kiba. Hinata se removió inquieta—. Pero está bien. Ya me he arrepentido y te pido disculpas por lo sucedido.

"Te pido disculpas". Era tan frecuente en él…

—No tienes que disculparte, ya casi lo tengo claro —exhaló ella luego de mencionarlo y él no comprendió.

Su plan debía estar llevándose a cabo. En ese momento, Hanabi debía estar con Naruko, enseñándole una fotografía de Kiba, en pos de averiguar de una puñetera vez si el moreno había sido quien abrió la boca o no. Sabía que ello era una clara muestra de desconfianza, pero qué más daba. Estaba harta de todo aquel asunto y ya no podía remediarlo de otra manera.

En cuanto Hanabi le diera la noticia y le tocara partir para Londres, tomaría su decisión final. Por lo pronto, estaba contenta con lo logrado esa noche.

—Como quieras —dijo él, no muy convencido con sus palabras—. Aun así fui un imbécil.

—Ya no tenemos que hablar de ello —de alguna manera, aumentó la intensidad del contacto visual—. Ambos hemos cometido errores, pero así es como estamos ahora. —frotó sus manos para calentarlas. Estaba comenzando a sentir algo de frío.

Naruto sonrió con algo de nostalgia y procedió a despojarse del sencillo jersey que llevaba. La posó en los hombros de Hinata, quien lo observó asombrada y agradecida a la vez. Así que él aún se comportaba así de caballeroso con ella.

—No tengo bien claro eso de "así es como estamos ahora" —opinó el apuesto hombre. Ella lo recorrió con la mirada fugazmente y recién notó que lo que llevaba puesto le sentaba tan de maravillas—, pero supongo que estamos relativamente bien. Aunque pienso que lo nuestro es algo extraño.

Ella hizo una mueca con los labios. Que él dijera "lo nuestro", le causaba una inexplicable sensación de añoranza. Recuerdos venían a su cabeza, pero intentaba evadirlos pensando en las tantas cosas que aún estaban inconclusas en su vida.

—Sí, todo es extraño —le dio la razón, manteniendo su semblante cálido—, pero veámosle el lado bueno. Creo que dejamos un poco atrás nuestra cobardía esta noche. Me alegra poder estar charlando contigo al fin como gente civilizada.

Naruto vaciló un poco y luego se carcajeó.

—Oh, ¿debo tomarme eso como una indirecta?

Ella se ruborizó y se retractó en seguida: —Ah, no. ¡No! No quería insinuar nada, es sólo que siempre terminamos… arruinándolo.

—Era sólo una broma —aclaró él, con una ceja enarcada—. Yo pienso lo mismo. Nos costaba demasiado observarnos al rostro sin incomodarnos, eso debemos admitirlo —rio con nerviosismo—. Y tienes razón con eso de que siempre lo arruinamos. En especial yo. Aunque de verdad espero que esto sea el comienzo de algo como "no arruinarlo más".

Hinata no entendió bien el rumbo que tomaron sus palabras. ¿A qué se refería con eso de no arruinarlo más? ¿Acaso nuevamente iba a decirle que todavía iba a esperar por ella? No, no. Definitivamente ella lo estaba malinterpretando. Él debía seguir algo molesto con ella.

—Yo también lo espero —respondió entonces, sencillamente.

Naruto sonrió abiertamente. El corazón de Hinata comenzó a latir con mayor rapidez. Se sentía tan bien poder conversar así. Era como quitarse un peso de encima. Él ya no la miraba con esa frialdad derribadora. Ahora le mantenía la mirada fija y le sonreía con sinceridad.

"Menma, ellos son Minato y Kushina. Son mis padres. Son tus abuelos" —el oírlo decir aquello con tanta felicidad y orgullo había hecho que algo dentro de ella se estrujara, como últimamente pasaba cada vez que veía a Naruto y Menma comportarse como verdaderos padre e hijo. Sonrió ante sus pensamientos. Se sentía bien saber que ahora podría disfrutar el uno del otro sin restricciones. Jamás se arrepentiría de haber tomado aquella decisión.

—Hinata —habló él, sacándola una vez más de sus cavilaciones. Ella lo miró—. No te he dicho aún lo bien que te ves esta noche.

Lo dijo porque le dieron ganas. La verdad era que aquel look juvenil (jeans, blusa floreada totalmente al cuerpo, ahora cubierta por su propio suéter, y converse negros) le sentaba demasiado bien como para guardarse el comentario. Ella se había vestido de aquella manera tan sobria también en el pasado. Cuando solían tener citas.

Fue imposible para él no recordarlo.

Ella se sorprendió enormemente, mas no tardó en sonreír tenuemente. Él estaba siendo amable y aquello era un gran paso, ¿verdad? Estaba bien halagarse de vez en cuando, ¿cierto?

—Gracias, Naruto —y lo observó también con más atención.

Él no se quedaba atrás con lo de "look juvenil". Llevaba una playera, azul oscura, lo suficientemente justa como para que sus fornidos brazos se notaran, al igual que su torso perfectamente tallado. Jeans negros y tenis a juego. El pelo todo desordenado como siempre, un reloj en la muñeca y una pequeña cadenilla alrededor de su ancho cuello. Todo estaba en su lugar.

La brisa se coló entre ellos, con lo cual cierto rastro del perfume varonil viajó hasta las fosas nasales de la Hyuga. Sonrió involuntariamente, aunque por dentro tuvo que maldecir. O era idea suya, o el destino se había decidido a recordarle lo guapo que se encontraba su antiguo amor de preparatoria. Incluso más que en esos tiempos.

—Tú también te ves bien. —decidió que no estaba mal devolverle un poco el elogio.

Él sonrió otra vez, mostrando todos sus perfectos dientes.

—De verdad—

—Lamento interrumpirlos… —Minato apareció junto a la puerta con una sonrisa nerviosa, ocasionando que ambos voltearan el rostro hacia él—. Pero me temo que los niños han estado armando tanto alboroto afuera, que… se han quedado tendidos sin energía en el césped.

Hinata suspiró y Naruto se carcajeó.

Éste se ofreció a llevarlos a la cama. Ya lo había visto venir. Naruko era un poco débil en cuanto a fuerza física se refería y por lo general no aguantaba mucho tiempo corriendo de un lado a otro, frenéticamente, y menos en horas de la noche. Seguro había caído rendida del cansancio.

Cuando ambos ingresaron de nuevo al departamento, uno tras el otro, Minato los analizó un poco y, finalmente, sonrió para sus adentros. Aquello había mejorado considerablemente.

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Apenas puso un pie en la cocina, la vio allí de espaldas.

—¿Qué tal está Naruko-chan? —ella había sentido que alguien se acercó y supuso que se trataba de él.

—Bien —Naruto sonrió por la facilidad con que ella lo reconoció—. Está descansando ahora, esperaré un poco más a que recobre las fuerzas y enseguida la despertaré para que podamos retirarnos. Realmente se quedaron sin energías esos dos.

—No tienes que hacer eso. Pueden pasar la noche aquí —sugirió la mujer, con aires de calma.

—¿Qué? ¿Y que tú estés apenas a unas habitaciones de mí? —mencionó el hombre medio en serio, medio en broma—. Mujer, eso sería bastante cruel y tentador.

Ella se giró y lo observó con desaprobación, aunque luego, algo dentro de ella se rompió al verlo sonreír entre nervioso y divertido, agitando las manos en señal de que estaba bromeando. Suspiró y decidió evadir el tema.

—¿El niño ya se durmió? —murmuró entonces, volviendo la atención a sus labores.

—Sí, le puse el cobertor y pareció sentirse mejor.

—Qué alivio. Te lo agradezco.

—No es nada. Por mis hijos haría cualquier cosa, ¿sabes?

Naruto se apoyó contra el marco de la puerta de la cocina y se dedicó a observar con atención a Hinata mientras ésta lavaba con paciencia los trastos. Exhaló y desvió la mirada a unos cuadros de pinturas en las paredes. Sonrió al recordar lo mucho que la mujer amaba pintar en sus tiempos libres, estaba seguro de que esos cuadros eran obra suya. Había cosas de ella que realmente lo habían marcado y nunca lograría olvidar.

Volvió la vista a ella y se topó con que lo había estado observando por el rabillo del ojo. Ella apartó la mirada, sonrojada, como una niña. Él enarcó una ceja y quedó mirándola, como estudiándola en absoluto silencio.

Al cabo de unos minutos de silencio sepulcral, la mujer al fin hubo terminado de limpiar todo, sin embargo, siguió en la misma postura por largo rato, como si temiera girarse y verlo directamente a la cara. Como si no supiera qué decirle exactamente.

La velada había sido fantástica. Todos habían cenado en paz, los niños se alegraron con la noticia de que eran hermanos, los padres de ambos habían podido al fin conversar seria y armónicamente de los miles de temas que habían quedado estancados en el pasado y ellos dos, por fin, habían quedado en buenos términos… No obstante, Kiba se encontraba demasiado lejos -Londres, en donde no podía armar ningún alboroto por el hecho de que ellos dos se estuvieran viendo-, Hanabi se había encerrado en la habitación de huéspedes a hablar por teléfono y Hinata sabía que allí permanecería una eternidad, los niños ya estaban durmiendo profundamente, producto de sus agotadores juegos de esa noche… y ella no tenía ni la menor idea de qué hablar con un Naruto inesperadamente más guapo que nunca, observándola tan fijamente que casi hacía que sus piernas fallasen.

¿Qué sucedía con ella?

Se sentía mucho más tensa y perturbada de lo normal. Y él… lo había notado.

—¿No has terminado ya? —la pilló por sorpresa.

—¿Ah? Eh, sí —ella se rascó la nuca, algo nerviosa—, yo… sólo voy a prepararme un café. Puedes dormir en la habitación, con los niños. Yo iré a dormir con Hanabi.

Naruto hizo caso omiso a aquello último.

—¿Un café antes de dormir? —inquirió, extrañado—. Eso sí que es raro. De todos modos, déjame ayudarte.

Hinata suspiró e intentó tranquilizarse.

—No es necesario. Debes estar cansado, ve a acostarte.

—No, yo también quiero uno —la observó al rostro y le mostró su mejor sonrisa al más puro estilo Uzumaki—. Hay leche en la nevera, ¿verdad?

La mujer asintió, impactada. Quedó estática en su lugar, frente al fregadero, pudiendo dedicarse ya sólo a observarlo, estupefacta, mientras él sacaba dos tazas y las colocaba a la espera y después parecía buscar desesperadamente el frasco de café, hablándole con toda naturalidad, como si ellos fuesen pareja y viviesen juntos allí. Entonces se dio cuenta de algo primordial…

Ella no era la única que aún no había superado aquel pasado lleno de errores y desdicha. Naruto debía sentirse igual; también estaba allí, intentando salir adelante y establecer una mejor relación con ella, por el bien de sus hijos, por el bien de todos. La había confundido una vez más con sus actos impulsivos desde que ella había vuelto, la había besado, la había roto otra vez como a todas sus promesas, mas se había disculpado (miles de veces) y estaba tratando de reivindicarse. Entonces… ¿por qué simplemente no podía perdonarlo de una vez por todas? Quizá debía aceptar que ella todavía…

Sí. Eso era… A ella todavía le dolía.

—Dicen que es igual a mí, pero creo que más idéntica es a mi madre. Sí, Naruko es Kushina Uzumaki en miniatura, hasta su forma de hablar es parecida… aunque yo no soy muy distinto—

—Naruto.

Él, al verse repentinamente interrumpido, la observó entre sorprendido y expectante.

—¿Sí?

—¿Por qué lo hiciste?

Entonces él visualizó indicios de lágrimas bajo sus ojos, iluminados por la luz lunar que asomaba la pequeña ventana de la cocina, y oyó melancolía en aquel murmullo, cuyo tono fue más agudo del que quiso denotar ella. Abrió los ojos de par en par, pasmado.

—¿Por qué hiciste que te amara tanto como para hacerme tanto daño al traicionarme? —las palabras salían solas de su boca. Sentía la opresión en su pecho acentuarse—. ¿Por qué hiciste que me ilusionara y te dejara acercarte tanto a mí, y luego me lastimaste de tal forma que incluso ahora me cuesta verte normalmente a los ojos?

Naruto, boquiabierto, había dejado caer el tazón de azúcar, debido a la conmoción.

—¿Por qué no puedes simplemente ser ya alguien normal para mí ahora? ¿Por qué no puedo perdonarte por más de que lo intente? ¿Por qué a estas alturas tienes que ser tan amable y traerme tantos recuerdos cuando todo lo que quiero es eliminar ese terrible pasado que tan mal nos hace a todos? Yo… yo no lo entiendo. Yo no te entiendo, y no me entiendo a mí misma. Es tan frustrante.

Todo le salía con voz temblorosa. Estaba esforzándose tanto por no echarse a llorar, que las palabras le rasgaban la garganta casi con crueldad. Su pecho subía y bajaba rápidamente debido a su agitada respiración, y los ojos cristalizados y aguados hacían que lo viese todo borroso.

De pronto, volvió en sí.

¿Qué demonios acababa de decir? Había soltado todo lo que pensó durante todo ese tiempo tan repentinamente, que no se detuvo a observar la reacción de Naruto al escucharla decir aquello. Se frotó los ojos, y al abrirlos nuevamente lo encontró ya demasiado cerca.

—Hinata.

La forma dolorosa en que soltó su nombre contra su rostro y la filosa mirada que desde arriba le clavaron aquellos orbes marinos hizo que temblara casi ínfimamente. Naruto la había acorralado con fuerza contra el mueble del fregadero, apoyando sus recios brazos a los lados de su cuerpo, dejándole sin la alternativa de huir.

—Si quisiera explicártelo, ¿me escucharías? —preguntó en un susurro, y ella pudo sentir la calidez de su aliento rozar sus labios—. Quisiera decirte toda la verdad sobre lo que ocurrió aquella vez. Sé que incluso ahora no tendría sentido excusarme, porque la culpa es mía por dondequiera que lo mires; pero, si me escuchas, yo… quiero darte a entender que el patético error que cometí fue porque te amaba. Por favor no dudes que lo hacía…

Hinata en ese momento no podía despegar los ojos de los de él. Estaba algo asustada, su mirada masculina era tan profunda e intimidante y aun así le costaba leerla. Era tan complicado que no podía pensar con claridad. Además… Él otra vez estaba diciendo cosas que sólo la hacían dudar más y más.

—Yo… todavía lo hago, Hinata —ella se estremeció un poco ante sus palabras—. Yo aún te amo. Quiero que entiendas eso, por favor. Y por eso quiero que escuches lo que tengo que decirte.

Naruto quería besarla porque simplemente le dieron ganas. Era imposible que no le dieran al tenerla allí, sola, pegada a su cuerpo, con la mirada fija en la de él, tan frágil como en el pasado, tan dolida por su culpa… Pero se estaba conteniendo. Había decidido apartar un poco sus impulsos traicioneros en momentos como ese, y de verdad se estaba esforzando.

Ya no cometería más errores.

—Nunca dejé de amarte —comenzó, entendiendo el silencio de ella como un permiso para aclararlo todo—. En ese momento intentaba protegerte. Esa mujer… —soltó aquello casi con repugnancia y procuró no decir su nombre por nada del mundo—, ella me chantajeó con el tema de tu padre. Dijo que si estaba con ella una noche, por última vez, te dejaría en paz para siempre —explicó, con la rabia contenida en la voz. Ella, como vacía, simplemente lo miraba, cada vez más estupefacta—. Yo era impulsivo e ingenuo. Accedí al beso, pero ella quería más. Me negué al principio, pero bebí demasiado esa noche… No pude detenerla y no pude detenerme. Cuando me di cuenta de lo que ocurrió, ya era la mañana siguiente, era muy tarde. Supe que fui el imbécil más grande del mundo y estaba dispuesto a decirte toda la verdad para que me botaras, porque era justo lo que me merecía.

Unas lágrimas amenazaron con resbalar por la tostada mejilla de Naruto. Los labios y las piernas de Hinata temblaban cada vez con más ímpetu.

—Pero entonces tú… estabas ahí, nuevamente, esperándome con la sonrisa que me mataba y eso me hizo detenerme. No quería perderte, fui terco y desconsiderado al intentar conservarte cuando sabía bien que no te merecía. Te fallé e intenté explicártelo, pero las palabras no salieron de mí, porque tenía miedo… No puedes imaginar lo mucho que me odié a mí mismo cuando te llegó aquella nota diciéndote la verdad y yo lo negué. Me reprendí por ello cada noche pero aun así no fui capaz de decirte la verdad completa, y menos cuando te dije lo del beso y alegaste que me perdonabas. ¡No sabes lo basura que me sentí!

Hinata se mordió el labio inferior con fuerza, reprimiendo algunos sollozos que pudieran ser de más audibles. Trataba de procesar todo lo que Naruto le estaba diciendo, pero el verlo al fin derramar lágrimas tan sinceras realmente la rompía todavía más.

—Te juro que si pudiera, reescribiría mi pasado, Hinata, pero no puedo y ¿sabes? —él se sobó los ojos y las mejillas, eliminando vestigios lagrimales y sonrió con melancolía—. De hecho, hay algo que no cambiaría y es Naruko.

Ella abrió los ojos de par en par.

—Es cierto que me arrepiento de todo el dolor que te causé y nunca me voy a perdonar por eso, pero Naruko y Menma son lo único bueno, junto a los recuerdos que tengo contigo, de ese pasado, que siempre me gustaría conservar. Quizá me hubiese gustado que ambos tuvieran la misma madre, y que esa fueras tú… Pero no puedo ponerle más excusas a esto, Hinata. Las cosas lamentablemente son como son. El único que se equivocó aquí fui yo, y sé que ahora estoy pagando por todo. Soy inmaduro todavía y estúpidamente impulsivo a veces, así que te pido perdón por ello, por todos los problemas que te causé. Pero ya no hay marcha atrás, y si tú lo quieres así, podemos eliminar de nuestras memorias todo lo que sea necesario, para que los niños puedan ser felices…

Ni una palabra.

Hinata no dijo nada. Se quedaron en esa posición por varios segundos más. Segundos en los que Naruto aguardó a que ella hablase y le soltase todas las verdades que pensaba de él en la cara. Quería que le diera una lección y que le dijera de una vez si de verdad lo quería bien lejos o no. Él lo entendería y se limitaría a preocuparse sólo por Menma y Naruko de ahí en adelante.

Pero ella no respondía, así que él sólo suspiró, retiró los brazos del mueble y se alejó de ella para dejarla en libertad y que así cada uno pudiera continuar como quisiese su vida. Le dio la espalda y comenzó a caminar hacia la puerta, un poco más aliviado porque al fin había podido descargarse y contarle la verdad. Aunque al final no sirviera mucho.

—Piénsatelo, ¿sí? Y gracias por escucharme, Hinata —murmuró sinceramente, con voz tranquilizadora, sin mirarla—. Creo que ahora me iré a dormir.

—E-espera.

El hombre se sorprendió al sentir que una mano lo sujetaba fuertemente del brazo, impidiéndole seguir con su camino. Se volteó velozmente, con los ojos bien abiertos, y vio cómo Hinata le imploraba con la mirada.

—Naruto… —ella llevó las manos a los hombros del susodicho y los presionó con tanta fuerza como pudo—. Bésame, por favor.

Shock.

De verdad creyó simplemente haberlo oído mal, o estar en una repentina alucinación propia de su a veces insana mente aún joven… pero, definitivamente, la mirada sumisa y suplicante de la Hyuga le confirmó que era cierto. Quedó congelado en su sitio, tratando de procesar completamente la petición que aquella esbelta mujer le acababa de hacer. Iba a rechazarla, lo pensó seriamente, porque eso era lo correcto… Ella estaba corrompida y confundida, seguro que no sabía lo que decía. Realmente estaba intentando objetar algo para que ella se diera cuenta de lo que estaba diciendo, pero las palabras no salían de su boca. Él era Naruto, después de todo, y la amaba más que a nadie, por lo que, poco a poco fue desechando la idea de alejarla.

Se le quebró el corazón y se anuló su sentido común también. El enorme esfuerzo que había hecho por actuar meramente racional, se acababa de ir al tacho. Fue como si hubieran intercambiado papeles momentáneamente, y que ese efecto estuviese a punto de terminar, al menos del lado de Naruto.

Hinata, aún completamente consumida por sus impulsos (como pocas veces ocurría), deslizó las manos suavemente de los hombros hasta el cuello masculino, donde las entrelazó. Se colocó en puntitas y comenzó a atraerlo hacia sí, inclinando la cabeza un poco, en un juego donde no había marcha atrás. Frenó muy cerca de su boca, y podía sentir su respiración. Suspiró, causándole cosquillas en los labios.

¡A la mierda todo!

Esa había sido la gota que colmó el vaso. Naruto la tomó firmemente del rostro y, con algo de brusquedad, le estampó un beso arrebatador en los labios, más que ansiado por ambos. El roce, en cuestión de segundos, se volvió completamente apasionado y embriagador. Hinata, apenas habían empezado a besarse, dio paso a la intrépida lengua de Naruto para que explorara su boca a su gusto.

Las dos veces anteriores, en las que él le había robado aquellos besos, Hinata había estado tan sorprendida e indignada que no estaba segura de si había correspondido al contacto o no. Es más, quizá en la primera sí… pero podía jurar que esa segunda vez, en la boda de Neji, había quedado tan congelada que no recordaba siquiera cómo se habían separado.

Lo cierto era que, esta vez, ella estaba más que gustosa de tenerlo así y totalmente entregada a lo que estaban haciendo. Sus labios se deslizaban con fervor y sus lenguas, que bien se conocían, se encontraban una y otra vez. Hinata había empezado a suspirar y acariciar su cuello, por lo que Naruto decidió profundizar el contacto.

La fue empujando hacia atrás de a poco, sin separarse de sus labios, hasta que chocaron con el mueble por el cual ella había estado recostada antes. Él acarició su rostro con cierta ternura y, a falta evidente de oxígeno, cortó el beso para que pudieran recuperar el aire perdido.

Se observaron a los ojos por largo tiempo, hipnotizados el uno por el otro. Respiraban agitadamente y gracias a la tenue luz que ingresaba por la ventana, pudieron divisar sus labios húmedos, ansiosos de más.

—Hinata —susurró él, embelesado, contra su rostro, provocando en ella algo inexplicable, y volvió a atacar sus labios.

Esta vez, el roce era mucho más lento y delicado. Tenía un sabor a añoranza que ninguno supo bien cómo explicar… más que como lo que realmente era: Se habían extrañado. De todas las formas posibles, física y sobre todo sentimentalmente. Era demasiada la emoción que representaba el hecho de que estuvieran así, por lo que una lágrima resbaló por las mejillas de ella. Él lo notó y, con suavidad, retiró los rastros de humedad con sus dedos. Bajó las caricias por su cuello, hombro y brazos, causándole estremecimientos, mientras seguía besándola con adoración.

La tomó finalmente de la cintura y la elevó con firmeza, hasta hacerla sentarse sobre el mueble que tenían frente a ellos. Hinata abrió las piernas, permitiéndole ubicarse en medio y le rodeó la cintura con ellas, haciendo que se comenzara a sentir acalorado.

Se separaron otra vez para mirarse a los ojos. Él apoyó su frente contra la de ella y rio por lo bajo, con ternura. El soplo de su risa le causó cosquillas a la mujer, que no dudó en deslizar sus manos por la amplia espalda masculina, hasta llegar un poco más por debajo de la cintura, en el inicio de su playera. La tomó con ambas manos y comenzó a jalarla hacia arriba, en pos de retirársela. Él la ayudó con eso y en pocos minutos se deshicieron de ella, dejando ver así el firme torso del hombre.

Ella se mordió el labio inferior, lo cual a él terminó de enloquecerlo. La besó otra vez, tomándola por sorpresa, y comenzó a guiar sus manos hacia los prominentes senos de la mujer… algo que siempre lo había dejado maravillado. Los acarició por sobre la tela, suscitando a que ella gimiera suavemente entre el beso.

Naruto todavía no podía creer que había sido ella quien iniciara todo aquello, y el pensar en ello sólo hacía que su interior estallase en felicidad. Iba a romper otra vez el beso, para lo cual decidió darle un pequeño mordisco en el labio inferior, causando que ella se quejara mínimamente, mas dicha queja, evidentemente, no había sido de dolor, sino de placer. Él observó fascinado el rostro dócil y pudo sentir la respiración de más agitada de Hinata. No se contuvo más y, con mucha avidez, le retiró la blusa que tanto lo estaba molestando a esas alturas.

—Hinata…

Ah, la forma dulce y sosegada con que él pronunciaba su nombre se oía tan bien. ¿Qué tenía Naruto que la hacía perder sus cabales así? Por una parte se sentía triste porque algo dentro de ella le decía que si no actuaba pronto, podía perder todo eso para siempre. Y le daba rabia saber que estaba actuando por mero impulso, obrando totalmente absorta al mundo exterior, a su cruel realidad. Pero, por otra parte, algo le decía que no se iba a arrepentir de haberse soltado un poco y haberle hecho caso a su corazón.

—Naruto…

No sabía por qué, pero deseaba que él viera en sus ojos que de verdad aquello no era simplemente como estar "dejándose llevar". Aquello era mucho más… era a voluntad.

Pero Naruto lo sintió. Lo supo desde el principio. Como también sabía que todo eso estaba mal. Él había decidido empezar a pensar un poco más en las cosas y, aunque Hinata había acabado con su juicio desde que lo pidió besarla, aún le quedaba esa pizca de cordura que hacía falta para aclararlo todo.

—Dime… que todavía lo sientes —musitó, profundizando de alguna manera el contacto visual, llevando el dedo índice junto al pecho izquierdo de ella, cerca de su corazón—… aquí.

Ella temblaba junto a su cuerpo. Podía jurar que él sentía el martillar de su corazón con ese dedo. Abrió los labios; quería responder, pero otra vez se quedaba muda.

Tenía miedo… ¿qué debía decir? ¿Qué respuesta debía dar?

—Yo… —continuó entonces él, viendo que no iba a haber respuesta—. Te dejaré en paz, lo prometo —declaró, observándola fijamente, sin pizca de titubeo—. Juro que me alejaré de ti de esta forma y me limitaré a reconocer que sólo tenemos en común a Menma… si tú me lo pides.

El ceño de la Hyuga se arrugó en una mezcla de tristeza, confusión y desesperación.

—Si me dices que no me amas y me pides que me aleje, sinceramente, mirándome a los ojos- suspiró, algo tembloroso—, yo… de verdad lo aceptaré. ¿Puedes hacerlo? —llevó una de sus manos hasta su mejilla—. ¿Puedes decirme lo que verdaderamente deseas?

Silencio.

Todo lo que se podía oír era la conmocionada respiración de una perpleja Hinata, que no podía procesar todo el peso de la situación de una vez. Estaba demasiado expuesta. Sabía que si le pedía a Naruto que la dejara en paz él de verdad lo haría, podía ver sinceridad en su mirada, pero ¿eso era lo que en verdad quería?

La respuesta era obviamente que no. Quería seguir entregándose a sus caricias y seguir escuchándolo clamarla de modo tan acogedor. Sabía bien la razón de ello: él aún habitaba dentro de ella. Él aún la tenía a su merced. Y, ¡estaba bien! De hecho, no era como si ella no lo hubiera notado ya, sólo estuvo siendo terca durante todo ese tiempo y no lo había querido aceptar. Sin embargo, aunque le dijera que se quedara con ella, lo conocía demasiado bien…

Estaba segura de que si decidía perdonarlo y empezar de nuevo, había tantas cosas que aún estaban inconclusas en su vida y que él no le dejaría solucionar. Como lo de Kiba.

Necesitaba darse un tiempo para organizar todas sus ideas y aclararlo todo con quienes necesitaba hacerlo. Por ello aún no podía aceptar a Naruto de nuevo, porque estaba segura de que, por más de que prometiera no hacerlo, él intentaría interferir. Si Kiba se pusiera muy mal, ella era la única que iba a saber cómo llevar la situación y Naruto no tendría por qué actuar, pero sabía que él querría estar allí por cualquier eventualidad, y eso no lo podía permitir. Esa era su lucha y ya casi estaba claro lo que quería hacer.

Aunque también estaba la opción de que, si no le daba una respuesta clara, él podría cansarse y dejar de estar allí. Quizá era por eso que aún dudaba demasiado de lo que iba a decir.

—Hinata… —habló otra vez él, con tonada semejante a una queja—, si no me dices ahora lo que piensas, yo interpretaré tu silencio como una respuesta —advirtió, volviendo a pegar sus frentes—. Y, ¿sabes? No soy muy bueno entendiendo este tipo de mensajes por mí mismo. Podría creer que aún me amas… y besarte de nuevo —susurró esto último con tono sugerente, comenzando a cerrar los ojos—. Eso sería un problema, ¿no?

—Naruto.

Estaban a tan sólo milímetros de besarse de nuevo, cuando oyeron tenues pasos aproximarse en su dirección.

Se separaron con brusquedad, sintiendo la adrenalina correr por sus cuerpos. Hinata pensó que si se trataba de Hanabi no habría mucho problema, porque ella la conocía y sabría perfectamente lo que estaba pasando, pero los niños no podían verlos así.

Se sintió aliviada al recordar que sólo se habían deshecho de sus camisetas, y bajó inmediatamente del mueble para tomar su blusa del piso y comenzar a colocársela con toda rapidez. Naruto iba por lo propio –la suya había sido arrojada a un rincón más lejano-, pero no lo alcanzó a hacer, ya que una pequeña silueta apareció junto a la puerta de la cocina.

—Mamita, papito, no puedo dormir…

Menma comenzó a frotarse un ojo con una de sus manitas, mientras con la otra sostenía un peludo, viejo y deshecho oso de felpa color marrón. Tenía el rostro adormilado y estaba descalzo.

—¿Me leen un cuentito?

Tanto el hombre como la mujer parecieron derretirse inmediatamente con la ternura emanada por su pequeño hijo. Se observaron y sonrieron algo nerviosos y avergonzados. Comprendieron que debían continuar con lo suyo en otro momento.

—Claro, bebé —respondió Hinata en tono maternal—. Estabas tan cansado que fuiste a dormir sin ponerte el pijamas —comentó con una sonrisa mientras se acercaba a él, para alzarlo en brazos—. Aprovechemos para cambiarte.

—Déjame hacerlo —dijo de pronto Naruto, hincado de cuclillas a su lado, con una sonrisa paciente—. Este personaje pesa demasiado para que una dama lo cargue, ¿a que sí, grandulón? —bromeó con la vista prendida en el infante, que fingió enfadarse con lo dicho por el padre.

Hinata se vio levemente conmovida y vaciló antes de ponerse nuevamente de pie. El hombre cargó al niño y se encaminó escaleras arribas.

—¿Qué libro deberíamos leer? —cuestionó el rubio, simulando estar pensando delicadamente en una opción que escoger.

—¿Ya te gusta leer, papá? —inquirió Menma con la vocecita cargada de curiosidad y encanto.

El Uzumaki mayor rio un poco. El pequeño no dudaba un segundo y aprovechaba cada ocasión que pudiera para llamarlo "papá". Ello lo hacía increíblemente feliz.

—Si voy a leer para ti, sí me gusta.

Hinata los observó arribar rumbo a la habitación, mordiéndose el labio inferior. Nunca terminaría de superar aquellas escenas en donde salía a flote la verdadera y pura compenetración que existía entre ellos. Era algo único e inexplicable. La hacía olvidar todos los malos ratos.

—¡Ok! —chilló el infante aferrándose a su progenitor—. Por cierto, papito, ¿por qué estás sin camisa?

—Eh… —el aludido rio nervioso—. Hace calor, ¿verdad?

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Naruto sonrió y respiró con mayor tranquilidad, una vez que escuchó la respiración acompasada de su pequeño. Se acercó y le besó la frente con suavidad. Caminó hasta el futón en donde descansaba su pequeña hija y también le plantó un beso de buenas noches en la frente.

Salió de la habitación, rumbo al tocador, y la vio parada justo allí frente a las barandas, aguardándolo con una sonrisa que se vio algo nostálgica.

—Gracias por tratarlo tan bien —mencionó, sin saber verdaderamente qué decir.

—Hinata, no te preocupes —respondió él, tras un suspiro—. Es mi hijo, después de todo.

—Sí, tienes razón… —bajó la mirada, avergonzada. Había perdido la fortaleza para sostenerle el contacto visual. Se encontraba mucho más vulnerable—. Yo…

Él la miró, serio.

—Quería pedirte un favor.

—Dime.

—Quisiera que te encargaras de Menma unos tres días, a partir de mañana… —comentó, algo cohibida—. Si no es mucho problema.

Él la observó con confusión, ella evadía su mirada.

—Seguro —sencillamente dijo.

—Eh, bueno, puedo pedírselo a Hanabi también —repuso, rápidamente, mirándolo con duda. Se veía como una adolescente titubeante y toda nerviosa—. Yo sólo… supongo que a él le gustaría estar contigo.

Naruto negó con la cabeza, sonriendo un poco.

—No, de hecho quiero que se quede conmigo todo el tiempo que sea posible —dejó de sonreír, suspiró y bajó la vista, desganado. Lo había pillado todo—. Vas a ir, ¿cierto?

La mujer cerró los ojos y asintió quedamente.

—Tengo que encargarme de ciertos asuntos allá. No tardaré demasiado.

El hombre frunció los labios y se revolvió frenéticamente el cabello. Él ya sabía perfectamente desde antes que ella querría ir a Londres. Y también sabía con exactitud que él estaba allá.

Kiba.

Bufó y la miró a los ojos, verdaderamente molesto.

¿En serio se iría campante donde Kiba aún después de lo que había sucedido (y casi llegaba a más) esa noche entre ellos? ¿En qué demonios estaba pensando? Ella era la única que iba a hacerse daño si continuaba con eso. ¿Por qué simplemente no se daba un respiro ya? Ella no estaba en deuda con él, no tenía por qué salir con alguien por compromiso o por lástima. Esa no era ella.

¿Qué demonios pasaba por su cabeza?

—Hinata.

La tomó del mentón con fuerza, obligándolo a que lo viera a los ojos. Estaba enfadado, de eso no había dudas. Miró sus labios temblorosos y luego volvió a sus ojos. Ello a Hinata la derrumbó. Estaba casi segura de que él la besaría otra vez. Y, esa vez, tampoco pensaba detenerlo.

—Nada, olvídalo.

Pero, sorpresivamente, él ya no la besó. La soltó y pasó a su lado, comenzando a bajar por las escaleras. Ella lo comprendió, también lo aceptó así, aunque doliera. Eso era todo.

—Prepara su equipaje, por favor —habló él, de espaldas a ella, a mitad de camino, con indiferencia en la voz—. Mañana por la mañana lo llevaré a casa.

Ella suspiró, cabizbaja.

Esa era su respuesta… quizá así estaba mejor, después de todo.

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Cuando Kiba Inuzuka creció, cayó en la cuenta de que su vida realmente era una mierda.

Desde pequeño había vivido en el campo, concretamente en una vieja granja, con su amable y gastado abuelo, que —ante el abandono de toda su familia— había procurado por todos los medios que, al menos, no le faltara lo más importante: cariño.

Vivió creyendo que con ello era feliz. Aunque a veces le dolía, realmente no le daba mayor importancia a la gente que quisiera menospreciarlo, porque eso le sucedía a menudo en la escuela.

El abuelo le había obsequiado, con mucho esfuerzo, un bonito perro de divino pelaje blanco, con el propósito de que le hiciera compañía. Y Kiba lo amó. Lo cuidó, lo adiestró y le hizo acompañarlo a todos los lugares a los que fuera. No le importó que ello sirviera para que las burlas de todos se acrecentaran. No. Él tenía a Akamaru –como lo nombró- y con ello le bastaba. No le importaba tener que ser agresivo para defender a quienes apreciaba, aunque eso lo convirtiera en alguien completamente solo a los ojos de la sociedad.

De ninguna manera se quejaba de la vida que llevaba, porque sabía que no siempre sería así. Sólo debía crecer y forjar su propio futuro, para demostrar a todos cuán equivocados estaban. Él no era el simple "perro callejero" que ellos llamaban. Él era Kiba Inuzuka, y su sueño era el de ser un gran y reconocido empresario que pudiera tapar la boca de todos y brindar los mejores cuidados a su abuelo, que tanto había hecho por él.

Con esa mentalidad había vivido siempre, hasta que ingresó a la preparatoria.

Cuando cursó el primer año, conoció a un grupo de chicos. Por primera vez, le habían hablado sin la necesidad de molestarlo. Con el tiempo hizo unos cuantos amigos y sin darse cuenta, realmente fue feliz. Entre esos amigos estaba Kin Tsuchi, una de las compañeras más hermosas y amables que había en su clase. Era preciosa, tenía el cabello negro, largo y liso, perfectos ojos oscuros e intrigantes, un cuerpo de infarto, y una sonrisa más que angelical. Kiba realmente no entendía cómo pudo llegar ella a hablarle a alguien como él.

Fue dejando atrás su carácter agresivo y sus notas fueron subiendo. Se volvió una persona verdaderamente agradable, espontánea, divertida y refrescante. Tanto, que hasta él estaba sorprendido consigo mismo.

Llegó el último año. Kiba se dio cuenta de que estaba irremediablemente enamorado de Kin. Un chico de su círculo de amigos le aseguró que la chica sentía lo mismo y que ello era más que obvio. Así que no dudó mucho y pronto decidió ir por todas y confesársele.

La chica lo correspondió recién en el tercer intento. Salieron por varios meses. Disfrutaban de la compañía del otro y, en la noche de graduación, dieron la prueba de que realmente se amaban. O, al menos, Kiba lo entendió así. Fue su primera vez. Estaba nervioso y desconfiado al principio, pero cuando la vio gozar bajo su cuerpo, sintió que era el joven más feliz del mundo. Nunca había amado así antes, lo sabía porque su corazón no dejaba de martillarle el pecho cada vez que la veía sonreír.

Sin embargo, un par de semanas después, todo se fue al tacho.

Akamaru estaba viejo y deshecho, en algún momento tenía que partir. Eso a Kiba lo entristecía, pero estaba dispuesto a aceptarlo una vez que sucediera. Gracias a él, en parte, había cambiado y ahora era diferente. Pero no fue el canino el primero en irse.

El joven no había notado que, entre tanto volverse sociable y convertirse en novio de Kin, había dejado de prestar la atención que su abuelo se merecía. El dulce anciano falleció de un ataque al corazón y dejó a su nieto devastado. Poco después, lo siguió Akamaru, para agregar más sufrimiento al moreno.

Kiba estuvo deprimido un mes entero y, aunque Kin lo acompañó en todo momento, no fue hasta después de varios días que lo notó y se disculpó con ella. Supo que no todo estaba perdido. Aún le quedaba ella, su musa, su inspiración. La única que lo hacía sentir que aún no estaba solo.

Y se venía alguien más…

"Kiba-kun, estoy embarazada" —había dicho la chica y a él no le importó haber terminado recién el instituto.

Iba a tener su propia familia y eso era lo verdaderamente importante. Fue feliz otra vez. Consiguió un empleo como mesero en un restaurante y, con ello, hacía lo posible por consentir a su novia y a su pequeño en camino. Cada vez que la veía sonreír, observaba al cielo y decía "¿Ves, abuelo? Tuve mi revancha". Se convencía de que el viejo lo miraba con orgullo y le sonreía también. Todo iba bien…

Hasta que, de pronto, la vida decidió jugar en su contra.

"Kiba-kun, me siento mal"

Iba cerca del quinto mes de embarazo, cuando Kin empezó a presentar cierto tipo de dolores que, al principio, pensaron que era de lo más normal. No obstante, cada vez eran más intensos, tanto que la hacían romper en llanto, retorcerse, querer detenerlo todo. Kiba empezó a preocuparse más que nunca. Iban periódicamente al médico, pero nunca determinaban con exactitud lo que ocurría con la mujer.

"Disculpe, joven. Lamento informarle que el feto está acabando con la vida de su mujer" —dijo el médico una vez, cuando finalmente el equipo de blanco había sacado ciertas conclusiones. El mundo de desmoronó ante sus ojos, cuando les dieron las únicas dos opciones posibles: O la mujer abortaba, o se arriesgaba a dar a luz a un niño con malformaciones congénitas y, dicho sea de paso, morir ella misma al momento del parto.

Era una decisión difícil. Sufrieron mucho, lloraron juntos, se discutieron repetidas veces al, obviamente, no poder decidir qué hacer. Kin había rogado a Kiba que escogieran la segunda opción; no quería que le arrebataran el pequeño fruto de amor que crecía dentro de ella. Él, en cambio, confuso y desesperado al pensar en un mundo sin ella, le suplicaba que no se arriesgaran; que escogieran la primera opción aunque doliera y alegaba que, juntos, en un futuro lograrían sanar esa herida, teniendo muchos hijos más.

Por momentos, ella se mostraba ofendida y le decía que nunca iban a tapar la pérdida de un hijo con otro. Él, decía que no dijo aquello con esas intenciones y que simplemente la amaba y no quería perderla.

Entonces ella se lo prometió entre sollozos: "No voy a morir tan fácil, Kiba. No voy a abandonarlos, lo prometo; ni a ti ni a nuestro pequeño".

Y ello, momentáneamente, le dio algo de esperanza.

Sin embargo, no todas las cosas suceden como uno espera, aunque lo desee de todo corazón y, para Kiba, el que Kin falleciera luego de dar a luz a los siete meses de un complicado embarazo, fue como si el mundo se le viniera verdaderamente encima. Pensó en desaparecer también él, pues nada tenía sentido si ella no lo acompañaba. Lo único que quería era que le devolvieran a su amada, que la dejaran vivir, pero eso era imposible ya.

Por momentos, decía odiar a su hijo, porque a causa de él, Kin había muerto. No obstante, una tarde, cuando por fin lograron que el bebé abandonara el sector de terapia intensiva, debido a una considerable mejoría, él lo sostuvo en brazos por primera vez. Se veía tan pequeño y tan frágil, era tan perfecto.

Lo amó.

Se dio cuenta de que en verdad era el fruto del amor que se dieron él y Kin alguna vez. Recobró las fuerzas, y prometió protegerlo como si su vida dependiese de ello. A su pequeño hijo. Lo único que le quedaba.

Sin embargo, no fue hasta la noche después de haberle dado el alta, cuando el pequeño dejó de respirar, que Kiba volvió a sentir la verdadera desesperación. Corrió al hospital, con el niño en brazos, llorando, suplicando que lo salvaran. Al parecer fueron tan numerosas las complicaciones pre y post-parto, que ni los personales médicos pudieron notarlo desde el inicio.

Lo intentaron con todas sus fuerzas, todos, incluso Kiba. Pero no pudieron salvarlo. El pequeño también lo dejó. Como todos. Todo lo que Kiba quería, todo lo que tocaba… Todo, se marchitaba en sus manos. Todo perecía frente a sus ojos.

Ya nada tenía sentido, una vez más.

Pensó, otra vez, en morir. Su vida ya era lo bastante miserable y sabía que si se aferraba a algo nuevo, esto también desparecería, como todo lo que él quería. Se dedicó a beber, aun sabiendo que sin trabajar, el dinero que poseía se le acabaría más pronto de lo que imaginaba.

Pero luego apareció Hinata en su vida. Una chica, de su misma nacionalidad, con varios meses de embarazo, viviendo en su mismo piso, completamente sola —bueno, no exactamente, ya que vivía con su madre, pero la misma no se encontraba en casa gran parte del día— y llorando en la acera frente al edificio.

Fue una coincidencia encontrarla allí, con el corazón roto. Pero decidir hablar con ella fue la mejor decisión de su vida. Ella era la única que sabía todos sus secretos acerca de Kin. Y él era el único que sabía todo acerca de su vida pasada, de su embarazo precoz y del estúpido que la engañó con otra. Sabían mucho del otro y empezaron a consolarse mutuamente.

Se hicieron grandes amigos primero. Ella lo convenció de buscar trabajo y cuando mejor le iba, empezó a ir a la universidad, optó por Administración de empresas. La ayudó con el embarazo y la apoyó incluso en el momento del parto. Nació Menma y fue la dicha más grande para Hinata. Kiba odió un poco al bebé. Le dio un poco de envidia lo sano que nació —a diferencia de su hijo— y le enfadó un poco el hecho de que ahora robara toda la atención de Hinata. Un tiempo después, ella también decidió estudiar, optando por Lengua y Literatura, en inglés y más tarde en español. Su pequeño creció y ella siguió encontrándose con Kiba todo el tiempo.

Eran inseparables y Kiba sabía que ella le estaría eternamente agradecida —aun cuando quizá debía ser al revés—.

Entonces él le pidió que salieran y ella lo aceptó gustosa. Casi sin dudar. Casi, porque en el fondo Kiba siempre supo que lo hizo. Siempre supuso que aquel hombre que tanto la había marcado, seguía en algún rincón de su ser, aunque estuviera perfectamente escondido.

Pero nada de eso le importó.

Porque, a pesar de que todo lo que tocaba se marchitaba y todo lo que amaba lo abandonaba, Hinata no era así. Ella seguía allí junto a él y eso era todo lo que él necesitaba. Ella lo salvó.

Hinata era lo más valioso que tenía.

Y no estaba dispuesto a perderla.

Por esa razón, estaba jugando su última carta.

Y la noche en que ella llegó junto a él a Londres, justo como lo había prometido, él decidió mover sus fichas de una vez.

En medio de la cena, se puso de pie y sacó algo de sus bolsillos. En seguida, caminó hasta ella y le sonrió con un brillo único en los ojos. Se arrodilló ante ella y, con la esperanza elevada hasta los cielos, le tendió la cajita gamuzada y elegante frente al rostro. Dentro, había un anillo perfecto, de oro y con sublimes y diminutos diamantes formando como una flor justo en el centro. La dejó sin palabras.

—Cásate conmigo, Hinata —dijo y se sintió orgulloso de sí mismo.

Sólo que todo se derrumbó al cabo de unos segundos, en el preciso instante en que ella estalló en llanto, allí, en medio de su proposición.

Hinata lloró desconsoladamente y Kiba, deshecho, tragó grueso.

Ya sabía de sobra qué respuesta le daría.

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Continuará…


N/A: Lo sé. No tengo perdón u,u Me he tardado más de lo que quise y me disculpo ENORMEMENTE por ello. Todo ha sido difícil pero a decir verdad no tengo una excusa realmente valedera. Sólo puedo decir, como siempre, que la uni me consume lenta y cruelmente —en especial en esta época en donde los parciales de todos los colores se enciman D: — y que no tuve nada de inspiración. Además, por la puta madre, me agarró la fiebre de Haikyuu! tan mal que… ¡no tienen idea! ¡Estoy tremendamente obsesionada con ese anime/manga tan perfecto! Lo siento T-T de verdad no lo podía dejar. En fin, ya alcancé los estrenos en el manga por lo que la dosis por semana disminuirá *llora desconsoladamente*. Eso, sumado a que hoy debió haber una entrega oral de anatomía (para la cual no estudié XD) y se terminó suspendiendo —no saben lo feliz que fui—, fue lo que me permitió concluir al fin este capítulo con 24 págs de word, creo que es bastante XD

Es uno de los que siempre quise escribir. El cap en donde se aclaraban MUCHAS cosas, todas juntas y en donde al fin había un acercamiento más "intenso" entre nuestros sensuales Naruto y Hinata. Realmente no quería hacer sufrir así a Kiba ;-; pero es algo que decidí ya hace tiempo que pasaría, no me maten, por fi. Otra cosa, disculpen si estuvo muy simple la forma en que se lo dijeron a Menma :c Pero es que quería darle algo de protagonismo también a Naruko… Es que todo era Menma y como que se olvidarían de ella. Creo algunos habrán notado que Mago de Oz influyó otra vez en mí en algo para este capi (si no, fíjense en el título). Lol. A veces los grupos así son gran fuente de inspiración.

En fin, mis notas de autor son más largas que el cap en sí, jajaja. Espero de corazón su opinión y su apoyo. No me abandonen todavía, preciados lectores :3 Prometo seguir adelante con esto por ustedes. No olviden dejarme un sensual review, es lo que me alimenta como fanficker. Lol. Ah! Y no quiero sonar pretenciosa pero, si alcanzamos los 200 RR les juro que regalaré shots como lo hacía antes! Ok, ya me fui de mambos (? Se me cuidan, eh!

Matta-ne!

Gracias totales a:

Gaby hyuga

Guest

Lucas29051995

Noelialuna

Poison girl 29

Uzumaki Tsuki-Chan

Tenshou Getsuga

MusaSpinelli

Nana

hinata heartfilia

Akane Uzumaki-chan

Victor RB

OchibiMar

Eevee Centeno

Nuharoo

NaruHinaRyu

hinata uchiha21

dantesolis1009

sxem-yui28

Envy94

holy24

¿Reviews?

*se teletransporta*