Disclaimer: Bleach pertenece a Tite Kubo. La trama y los personajes originales son míos.
10. La victoire des ombres
(La victoria de las sombras)
"Con la espada rota, el martillo libera sus sombras. Al sol negro le es imposible enfrentarse a ellas, ya que su corazón sucumbe ante ellas, lo que preocupa a la luna blanca. Con su destino invadido de penumbras, intentarán pelear pero ambos saben que no podrán ganar. Sólo les queda ir allá, al ombligo de la luna"
Lentizzio Nostárdamos
Después de oír esa voz, nadie quería dirigir la mirada hacia arriba. Pero el impulso de echar un vistazo al techo fue más fuerte que el de ser precavidos, y todos miraron hacia donde había salido la voz
Allí, de la tenue sombra que proyectaba la lámpara del techo, la cabeza de Rotunslav Desmodov salía de la clara penumbra y los observaba con una leve sonrisa. Algunos, como Orihime, dieron un respingo en su lugar, otros, como Ichigo y Chad bajaron rápidamente la mirada.
El capitán acentuó más su sonrisa al ver la acción de ambos hombres ― Discúlpenme por mi intromisión ―detuvo su mirada en Rukia―, pero me parece inconcebible que no sepan quien somos. Por eso ―dio un vistazo rápido a todos―, aprenderán un poco de nosotros ―comenzó a meter la cabeza en la sombra, como si se sumergiera en agua―. Veo que Ichigo no pudo con nadie ―clavó su mirada en la cabeza del joven, éste pudo sentirla puesto que tuvo un pequeño escalofrío―, por lo tanto merece un pequeño castigo ―y se "sumergió" en la sombra de la lámpara.
Al retirarse Desmodov, Urahara se puso de pie: ― Rápido ―ordenó, con un tono algo apurado― tenemos que salir. Hay que ir al Seireitei ahora mismo.
Todos se levantaron abruptamente de pie, y guiados por Urahara, salieron al pasillo. En el breve recorrido podía sentirse la tensión previa a una cacería en la que ellos, seguramente, serían las presas.
― Vaya ―dijo Mayuri mientras caminaban―, esto es bastante interesante. Un ser que puede usar las sombras. Ni los quincys que nos invadieron podían hacer eso.
― Rápido ―les apuró Urahara a todos―. Sigan por este camino y llegarán al sótano ―señaló una trampilla en el suelo―. Ichigo, Chad, ustedes primero ―ordenó a los dos jóvenes.
Chad ingresó a la habitación subterránea, con Uryu a sus espaldas y cuando Ichigo estaba a punto de entrar al sótano de Urahara, un incómodo frío recorrió su espalda, poniéndolo en alerta máxima.
― "Tu no vas a ninguna parte, Ichigo" ―habló la voz del capitán Desmodov en su cabeza. El joven de pelo naranja se paralizó.
― "¿Qué demonios intentas hacer conmigo?" ―le preguntó mentalmente Ichigo a la voz.
La voz del hombre de smoking soltó una suave pero perturbadora risa: ― "Lo verás en un segundo. Sólo mira hacia atrás"
Ichigo, sordo a las protestas de los demás y a las preguntas de por qué se había detenido, dirigió su mirada hacia atrás y vio algo que le hizo abrir mucho los ojos.
De forma lenta y precavida, una cosa negra y traslúcida, con la forma de un tentáculo se iba acercando al grupo. Al parecer nadie se dio cuenta de esto, porque estaban demasiado ocupados en empujar a Ichigo para abrirse camino al sótano.
Entonces, el negro y traslúcido tentáculo se alzó y, tomando la forma de una "S", apuntó a su objetivo y se lanzó hacia éste. Ichigo sólo pudo ver, totalmente incrédulo, como la cosa había tomado del cuello a Rukia y comenzaba a arrastrarla hacia el exterior de la tienda.
― ¡RUKIA! ―exclamó Ichigo, empujando a todos para intentar alcanzar a la cosa que capturó a la chica.
Pese a que todos le gritaban "¿Qué demonios estás haciendo" "Ichigo, ¿a caso te volviste loco" "Kurosaki, ¿ya observaste bien a tu alrededor?", Ichigo sólo se dedicaba a seguir y atacar a esa cosa que había atrapado a Rukia, la cual iba esquivando muros y puertas mientras se encaminaba hacia el exterior.
Cuando Ichigo estuvo a punto de alcanzar a Rukia, en la habitación de la tienda, intentó tocar la cosa, sólo sintió un frío bastante horrible, como si ese tentáculo hubiera estado expuesto a una inclemente helada durante horas. Eso hizo que quitara rápidamente la mano, dejando al tentáculo libre para avanzar al exterior. Ichigo no dejó de seguirlo y abrió la puerta.
Al llegar afuera, la solitaria y estilizada figura del capitán Rotunslav Desmodov, volando a unos metros del suelo. Sostenía a Rukia de cuello sin ningún cuidado, evitando que la chica emitiera algún sonido.
― ¡Suéltala! ―demandó Ichigo, apretando los dientes con furia y empuñando fuertemente a Zangetsu.
Desmodov sonrió marcadamente y movió la cabeza de un lado a otro: ― Has sido un mal muchacho, Ichigo ―dijo, y sus ojos comenzaron a emitir ese hipnótico brillo, dejando a Ichigo paralizado―, por eso debes sufrir un poco.
El capitán desenfundó su kilij y, de una manera rápida y precisa, le cercenó la cabeza a Rukia, la sostuvo en alto para que Ichigo la contemplara y arrojó el cuerpo al suelo.
Si bien Ichigo estaba paralizado, la acción de Rotunslav lo dejó atónito. Una mezcla de miedo, ira y venganza comenzaba a formarse dentro de él. Las emociones eran tan intensas, mucho más que cuando el otro ser se había llevado a sus hermanas. Quería que Desmodov lo liberara para comenzar a pelear con él, quería rebanarlo hasta dejar a Zangetsu sin filo y ver su desmembrado cuerpo por todas partes.
El capitán Desmodov leyó todas emociones en Ichigo, como si observara a unos pececitos en un estanque de agua clara, así que sus ojos dejaron de brillar, permitiéndole al joven de pelo naranja mover sus músculos.
Ichigo se dirigió rápidamente hacia Rotunslav, con Zangestu preparada y pegó un salto, dispuesto a darle al hombre de smoking un corte vertical. El capitán también preparó su kilij, pero en lugar de cubrirse con su arma, usó la cabeza de la segadora como escudo. Y el golpe de Ichigo la impactó.
El joven de pelo naranja vio estupefacto como la cabeza de la segadora pelinegra era cortada limpiamente de la coronilla a la barbilla. Aprovechando el instante de estupor de Ichigo, Rotunslav le arrojó la cabeza partida y se lanzó contra el segador. Ichigo sólo pudo dar un salto y apartarse de la cabeza mutilada y, de forma algo torpe, interceptó el ataque del capitán, provocando que retrocediera hasta el interior de la tienda.
Allí, comenzaron una feroz pelea. El capitán Desmodov atacó a Ichigo con una serie de cuchilladas y reveses tan rápidos y fuertes, que el joven de pelo naranja tuvo algunas dificultades para esquivarlos, llevándose incluso algunos cortes en su rostro, pecho y brazos.
Los demás llegaron unos segundos después y contemplaron por un instante el recién iniciado combate. La gran mayoría le gritaba cosas a Ichigo como que tenía que ser más prudente con ese enemigo, que tuviera cuidado o que dejara la pelea y partiera con ellos a la Sociedad de Almas. Pero sus gritos parecían que no surtían efecto en el joven de pelo naranja, ya que se encontraba absolutamente concentrado en la pelea.
Una de las habilidades de Ichigo desarrolló en su entrenamiento segador fue la de sentir las espadas de sus enemigos al momento de chocarlas. Hasta el momento, había podido sentir ira, soledad, arrogancia y otros sentimientos que emanaban las zampakutos, pero esta espada era diferente. Sólo era un frío y simple pedazo de metal tan afilado y duro como una katana, sin ningún tipo de emoción o sentimiento propio. Pero eso no significó que pudiera sentir algo que le erizara los vellos de la nuca.
Cada vez que atajaba los golpes del capitán Desmodov, podía percibir esa oscura energía espiritual que le provocaban miedo, ira, soledad, inseguridad y un deseo de venganza, por lo cual se mostraba un poco indeciso al parar los tremendos ataques del hombre de smoking, quien, pese a manejar la kilij con una sola mano, tenía una fuerza perfectamente comparable con la de Kempachi o la de Aizen.
Percibiendo las confundidas emociones de Ichigo, Rotunslav, con la ayuda de un fuerte revés, apartó a Zangetsu hacia la derecha, dejando descubierto al joven de pelo naranja. Haciendo uso de una increíble velocidad, el capitán Desmodov aprovechó ese momento y, con su mano libre, tomó a Ichigo del rostro y lo arrojó hacia fuera sin ningún cuidado.
Ichigo aterrizó de espaldas llevándose un golpe tremendo en su parte posterior. Pero no tuvo tiempo de quejarse, pues Rostunslav se acercó volando, con su kilij lista. El joven de pelo naranja se puso de pie lo más rápido que pudo, pero la siniestra imagen del capitán aproximándose, con sus alas desplegadas y su penetrante mirada amarilla, hicieron que Ichigo se sintiera un poco intimidado, cosa que no le había pasado en alguna pelea.
Un desesperado grito hizo que saliera de su trance: ― ¡Con un demonio, Rey, contrólate! ―exclamó Ogichigo en el interior de su cabeza. Rontunslav le dio una poderosa cuchillada que mandó a Zangetsu al piso― ¡Deja se sentir tantas emociones a la vez o ese maldito nos hará trizas! Mejor hazle caso a Urahara y larguémonos de aquí.
Pero Ichigo, como la noche anterior, ignoró a su Hueco y siguió con su ataque hacia el capitán Desmodov, sólo que esta vez un poco más inseguro, no porque el hombre de smoking le estaba llevando la delantera, sino porque había un incómodo silencio en el ambiente, como si sus amigos faltaran en la escena, gritándole idioteces o apoyándolo silenciosamente. Después de propinarle una cuchillada a Rotunslav, que fue esquivada, dio un rápido vistazo a su alrededor.
No había absolutamente nadie. Sólo ellos dos, peleando afuera de la parcialmente destruida casa de Urahara, en compañía del decapitado cuerpo de Rukia. Sin embargo no sentía la presión espiritual de alguno de sus amigos, pese a dejarlos algunos minutos atrás. Sabía que estaban vivos, pero no podía percibirlos.
Ichigo cortó sus meditaciones debido a la interrupción del capitán Desmodov. Entonces comenzó otro feroz intercambio de golpes, en donde Rotunslav tomó rápidamente la ventaja, atacando a Ichigo con brutales golpes de su kilij, dándole dos cortes profundos en el pecho. Pero el joven de pelo naranja no se amedrentó y comenzó a ganar terreno, pese a que el hombre de smoking no tenía ninguna herida.
Hubo un momento en que Zangestu y la kilij se trabaron. En ese instante, Rotunslav hizo contacto visual con Ichigo y abrió mucho sus ojos amarillos, provocando un ligero temblor en el joven de pelo naranja.
― ¿Piensas ganarme, eh Ichigo? ―preguntó de manera apacible el hombre de smoking. Ichigo frunció pronunciadamente el ceño―. Parece que no tienes ni la más remota idea a lo que te enfrentas ¿verdad? ―imprimió un poco más de fuerza en su espada, haciendo retroceder a Ichigo―. Por lo visto crees que me puedes derrotar, pero te demostraré que ni siquiera puedes hacerme sangrar la nariz.
Con un movimiento circular, Rotunsalv deshizo el cruce de espadas, e inmediatamente atacó a Ichigo con un corte trasversal. El ataque fue tan brutal, inclusive más fuerte que los de Kempachi, que provocó que Zangetsu saliera volando hacia la derecha del joven de pelo naranja.
El capitán Desmodov clavó su mirada en el segador desarmado: ― ¿Ves Ichigo? ―preguntó suavemente, y sus ojos brillaron, paralizando al joven―. No hay manera de que me ganes, esta pelea es totalmente inútil y ellos ―señaló con su kilij a espaldas de Ichigo― lo saben. Date la vuelta y lo verás.
Ichigo dio lentamente una media vuelta. Allí, ante la destruida entrada de la tienda de Urahara poco a poco iba notando unas borrosas siluetas que gradualmente adquirían forma. El joven de pelo naranja se sorprendió un poco al notar que esas siluetas eran las de sus amigos, quienes parecía que le gritaban cosas, pero él no podía escucharlos. Al prestar más atención, vio a alguien que hace que casi pierda un poco la cordura.
Enfrente de él estaba el cuerpo decapitado de Rukia, pero junto a los demás se encontraba una furiosa Rukia que, al igual que los otros, le estaba gritando cosas. Ichigo casi no se lo podía creer, pero notó rápidamente que el "cadáver" de Rukia comenzaba a desaparecer, de la misma forma como si se disolviera lentamente en un líquido.
Un fuerte agarre en su nuca, casi como una trampa de piso para osos, hizo que desviara un poco su atención: ― ¿Ya te diste cuenta, Ichigo? ―le preguntó la voz del capitán Desmodov al oído―. Ellos han estado todo el tiempo gritándote que entres en razón pero tú no les haz hecho caso, y ¿sabes por qué? ―aumentó la fuerza de su agarre, e Ichigo sintió que le iba a romper la nuca―. Yo puedo manipular la percepción de los Huecos, los hago ver cosas, los he llevado a la demencia y al suicidio ―Rostunslav separó a Ichigo un poco y lo obligo a mirarlo―. Y contigo fue muy fácil, ya que, además de la energía de Hueco que tienes, me diste una pista muy valiosa proveniente de tu corazón. Pero basta de explicaciones, hay que mover un poco la espada ―y esos ojos amarillos brillaron con mucha intensidad.
Y una vez más, Ichigo fue cayendo en el profundo abismo de las sombras.
El resto de segadores y humanos que habían contemplado la pelea entre Ichigo y el capitán Desmodov se prepararon para el combate, ya que nuevamente el joven de pelo naranja estaba sucumbiendo psicológicamente ante el hombre de smoking. Y la primera que avanzó fue Yoruichi, quien gracias a su prodigioso shumpo logró aturdir nuevamente a Ichigo con la zanpaperona, cargarlo y escapar de Rotunslav con un corte en su brazo.
El capitán miró la sangre de Yoruichi en su kilij, y le dio una fugaz mirada al variopinto grupo. Sonrió levemente y limpió la sangre en su arma antes de guardarla. Nadie pudo interpretar ese gesto, salvo una persona.
― ¡Vámonos! ―les exigió Urahara, volcando la atención de los humanos y los segadores hacia él― ¡Tenemos que salir de aquí!
― ¡Capturen al tipo estrafalario y a la mujer morena! ―exclamó la voz del capitán Desmodov imperativamente a la nada― ¡Córtenles las manos y los pies, y llévenlos a Shimonoseki con Orciono! ¡También al gigante de lentes, el pelirrojo bajito y la jovencita de ojos tristes!
Antes de que alguno pudiera usar el shumpo o correr, la propia sombra de Urahara y Yoruichi comenzó a succionarlos. Renji y Shuuhei, al igual que Orihime y Rukia, intentaron ayudar a los dos adultos, pero fueron apartados inmediatamente por los mismos que estaban en problemas. Jinta, Ururu y Tessai fueron absorbidos sin ningún problema.
― ¡Váyanse! ―les ordenó Urahara, a medida que se iba hundiendo en su propia sombra―. Lleguen al río, muévanse saltando y no…―pero no pudo terminar, ya que la sombra lo succionó como si fuera un fideo.
― ¡Rápido que esperan! ―les apremió Yoruichi, y arrojó a Ichigo hacia Rukia, quien cayó al suelo intentando atrapar al chico. Y a continuación también fue succionada por su sombra.
En otras circunstancias, eso habría sido algo cómico el que un Ichigo inconsciente aplaste a Rukia, y ésta le respondiese con bastantes insultos. Pero ese no era momento para risas, pues la tensión había crecido, y la prioridad era salir de ahí. Sin embargo, un agudo chillido les puso los pelos de punta a todos, pues había sido el hombre de smoking quien hizo ese sonido.
El capitán Desmodov había observado cómo Rukia era derribada por el inconsciente Ichigo, y en ese simple contacto observó algo. Algo que lo tenía inquieto antes de llegar a Japón, algo que había escuchado de un hombre hace casi quinientos años. Al principio no lo creyó, pero ahora era distinto, porque eso estaba ante sus propios ojos. Y si lo había visto, entonces indudablemente sus inquietudes estaban confirmadas, por lo que volvió a emitir otro escalofriante chillido.
― ¡MATEN AL HOMBRE DE PELO NARANJA Y A LA MUJER BAJITA DE GRANDES OJOS! ―gritó Rotunslav a la nada desesperado. Su sereno rostro estaba deformado, pues tenía sus ojos bastante abiertos, la mandíbula apretada y los músculos del cuello notoriamente tensos. Y se lanzó contra los segadores y humanos, al mismo tiempo que otras figuras salían disparadas de las sombras de los edificios, en dirección hacia Ichigo y Rukia.
Si bien la mayoría consideró prudente apartarse, Ikkaku fue le quien interceptó al capitán Desmodov. Podía sentir su fuerza, la cual era tremenda, comparable a la del capitán Zaraki. El oficial intentó imprimir un poco más de fuerza a Hozokimaru, pero el hombre de smoking destrabó las espadas de una manera bastante brusca y le propinó a Ikkaku una fuerte cuchillada que apenas pudo bloquear.
Mientras Ikkaku y Rotunslav se batían, los demás permanecían alerta por si su sombra los succionaba, como les pasó a Urahara y Yoruichi, o cubrían a Rukia de los ataques de los demás seres. Entonces algo fue lanzado hacia el grupo. Era Ikkaku, quien parecía herido del pecho, pues tenía una enorme mancha de sangre, pero su cara reflejaba el placer que sólo él obtenía con las peleas. A unos metros de distancia, el hombre de smoking pegó un salto de varios metros hacia arriba, abrió sus alas y, nuevamente, se lanzó contra el grupo. Pero ahora fue el capitán del Décimo Escuadrón quien paró su ataque
Toushiro aprovechó el momento: ― Rápido Kira ―ordenó, retrocediendo un poco ante la fuerza de Rostunslav ―. Llévate a Madarame y vete al río ―Izuru sujetó a Ikkaku, pero éste se zafó de su agarre, por lo que Shuuhei intervino y lograron inmovilizarlo. Desaparecieron con shumpo―. Abarai, ayuda al amigo de Ichigo ―le dio una fugaz mirada a Chad, que todavía cargaba a Uryu. Renji asintió y dejó que Sado posara una mano en su hombro para esfumarse―. Matsumoto, tú ayuda a Orihime ―Rangiku le tendió su mano derecha a Orihime y desaparecieron―. Los demás, ¡vámonos!
Apartando a Hyorinmaru, Toushiro dio un salto hacia atrás y despareció con shumpo, al igual que el resto. Apareció en la rivera del río, donde todos estaban reunidos, sin decir alguna palabra entre sí. Entonces, sin perder tiempo, Toushiro utilizó su zampakuto para abrir el seikaimon y adentrarse en la Sociedad de Almas.
Mientras tanto, a las afueras de la tienda de Urahara, la tropa de seres alados se juntaba en tierra, un poco molesta por no haber podido alcanzar a matar a alguno de los segadores. Conversaban en susurros y se reunían en torno al capitán Desmodov, quien permanecía inmóvil, con su mirada dirigida al estrellado cielo nocturno. Esta quieta apariencia transmitía un enorme miedo a su tropa, pues al hombre de smoking le irritaba en sumo grado no alcanzar sus objetivos.
Vasile, un poco inseguro, dio dos pasos hacia el Rotunslav, quien estaba de espaldas a él: ― Capitán, ¿cuáles son las siguientes órdenes? ―preguntó titubeante.
El capitán Desmodov dio media vuelta. Sus ojos amarillos reflejaban una ira que lo hicieron retroceder un paso: ― ¿Órdenes, Vasile? ―cuestionó irónico―. Les di una y no pudieron cumplirla. Y creo que todos la pagaremos caro.
― ¿A qué se refiere capitán? ―interrogó Mihaela, algo incrédula.
El hombre de smoking avanzó hacia la del vestido francés: ― ¿Acaso no lo notaste Mihaela? ―inquirió, con un poco de ira. La mujer de pelo azul se encogió un poco―. Esa mujer bajita y el hombre de pelo naranja tienen el poder de cambiar el destino, de poner luz a todas las sombras y de extinguirnos a todos nosotros.
Kurt, un hombre viejo, de larga barba blanca y vestido de gabardina beige opaca y bufanda, dio un paso hacia el capitán: ― ¿No estará pensando en eso, señor? ― cuestionó con escepticismo.
Rostunslav miró al anciano con la misma ira con la que antes se dirigió a Mihaela: ― Así es Kurt ―respondió, con la voz algo alterada―. Dejamos que Zatemnenia escapara íntegro. Y todo por no concentrarnos bien, ¡maldita sea! ―gritó, desencajando su rostro por la furia y desenfundando su kilij― ¡Ahora todos pagaremos con la muerte eterna ese error! ¡Será EL FIN!
La tropa se alejó unos pasos atrás, asustada por el desplante de ira del capitán Desmodov, pero todos prepararon sus kilij. Si bien eran más de una docena armados y cientos más sin espada, no subestimaban la fuerza y poder del hombre de smoking.
― Capitán, contrólese ―le aconsejó Franz, sin bajar su kilij―. Sólo por unas palabras que dijo un hombre hace quinientos años no hace falta que pierda los estribos.
Las palabras de Franz parecieron hacer entrar en razón al capitán Desmodov, pues guardó su kilij, aunque su respiración sonaba agitada y la ira poco a poco comenzaba a retirarse, con lo cual sus serenas facciones regresaron. Todos enfundaron sus kilij al ver a Rotunslav más calmado.
Kyuke se acercó al capitán y se metió la mano izquierda en el bolsillo de sus pantalones deportivos. Sacó una botella de vidrio de doscientos cincuenta mililitros, rellena de un líquido transparente, como agua, y se la tendió al hombre de smoking.
― Tome, capitán ―dijo Kyuke.
― ¿Qué es esto, Kyuke? ―preguntó Rotunslav, tomando la botella y examinándola.
― Es veneno de pez fugu(1) ―respondió Kyuke―. Le tranquilizará, sirve muy bien para la ira y otros estados emocionales fuertes.
Rotunslav sonrió y abrió la botella. Le dio un sorbo y la cerró. No pasó mucho tiempo para que el veneno hiciera efecto, llevándose la ira y relajando un poco su cuerpo.
― Gracias Kyuke ―dijo el capitán. Kyuke hizo un gesto con la mano como diciendo "No hay de que"―. Antes que nada, ofrezco una disculpa. Me alteró mucho lo que observé, pero no fue motivo para desenvainar mi espada contra ustedes ni ponerme de esa manera ―respiró un poco―. Ahora, Kyuke, reúne a todos los yokais que puedas para mañana a las ocho de la noche en la colina norte de esta ciudad. Diles que llegó la hora de su venganza, ¿entendido? ―preguntó con su usual tono suave y autoritario.
― Si capitán ―reafirmó el de pelo verde. Y, desplegando sus alas blancas con manchas negras, despegó y comenzó a volar entre los edificios, perdiéndose rápidamente de la vista de la tropa.
― En cuanto a ustedes ―la voz del capitán Desmodov hizo que el resto prestara atención―. No voy a negar que me irritó bastante que no pudieran atrapar a esos jóvenes que tienen a Zatemnenia encerrado en su interior ―comenzó a pasearse delante de la tropa―. Por lo tanto, para liberar un poco la tensión, les daré Carta Suelta por dos noches en este país, ¿les parece? ―cuestionó, sonriendo suavemente.
La tropa estalló en gritos y escalofriantes risas de alegría, como si hubieran estado esperando esas palabras del capitán. Inmediatamente, abrieron sus alas, emprendieron el vuelo y se dispersaron de manera fugaz entre los edificios, algunos incluso adentrándose en apartamentos a través de las ventanas.
Rotunslav observó esta escena, aun sonriendo. Dio unos cuantos pasos hacia la destruida tienda de Urahara y formó una bola oscura, usando las sombras de unos escombros. A continuación, posó la bola en su mano derecha, y ésta le fue mostrando imágenes de varios jóvenes, entre ellos uno de pelo castaño mirando un catálogo de lencería, a un pelinegro totalmente enfrascado en un teléfono móvil y a una pelirroja de anteojos escribiendo algo.
El capitán deshizo la bola y olfateo el aire. Sonriendo nuevamente, desplegó sus alas y voló hacia la noche, perdiéndose en el oscuro cielo.
El reloj de la oficina del teniente del Primer Escuadrón dio aviso de que ya eran las nueve de la noche. A esa hora, el edificio comenzaba a vaciarse de segadores, pues las actividades y entrenamientos ya habían finalizado. Todos se despedían, deseándose buenas noches, con rumbo a sus habitaciones o a sus casas. Sin embargo, sólo dos hombres estaban aun en sus quehaceres.
― A ver que tenemos aquí ―se decía para si mismo un joven de cabello castaño. Se encontraba en la oficina que anteriormente perteneció a Chojiro Sasakibe, junto a enormes pilas de papeles. El chico tomaba papeles al azar, los leía un poco y archivaba algunos, mientras que otros los dejaba aparte―. Una orden de arresto dirigida a Rukia Kuchiki, esto ya es viejo…Reporte de la Legión de Apoyo del Hades, uh viejísimo…Formato de toma del puesto de capitán Shunsui Kyoraku, un poco más reciente… Orden de arresto para, ¿Ichigo Kurosaki y Sado Yasutora? ―se preguntó al llegar al último papel.
Se detuvo un poco para examinar mejor el papel. Vio la fecha y notó que era del día de hoy, por lo que debía de enviársela de urgencia al comandante.
Levantándose rápidamente, se dirigió a la oficina de Yamamoto. Pero al estar tan concentrado observado el papel chocó contra alguien y el joven fue a dar al suelo.
El segador se incorporó rápidamente: ― ¡Lo siento, lo siento! ―se disculpó apresuradamente―. Iba distraído, siempre me pasa y… ―se detuvo, ya que estaba contemplando a alguien que nunca había visto en el Seireitei
Con quien acababa de chocar era un hombre de aproximadamente veinticinco años, alto, de un metro y ochenta y cinco centímetros de alto, algo delgado, tez trigueña, pelo negro, lacio y corto, de rostro ovalado y amable. Vestía a la usanza de los segadores, con el típico uniforme negro y adicionando a su atuendo un haori de capitán un poco desgastado de la parte inferior.
― Buenas noches ―saludó el hombre, inclinándose levemente―, estoy buscando la oficina del comandante Yamamoto, ¿me podrías indicar dónde está? ―preguntó cortésmente.
― Sí, ahora mismo lo llevó ―respondió el segador del Primer Escuadrón―. Sígame.
El joven de pelo castaño condujo al hombre a través de los pasillos del Primer Escuadrón. El recorrido no fue largo, sólo unas cuantas vueltas y se detuvieron ante unas grandes puertas rojas de madera.
El segador tocó la puerta y un audible "Pase" se escuchó.
― Enseguida le comunico con el comandante ―dijo el de pelo castaño―. Sólo tardaré un momento.
― No hay problema ―repuso el pelinegro pacientemente.
El segador del Primer Escuadrón ingresó a la oficina de Yamamoto y se inclinó levemente. El comandante se encontraba leyendo algo, que inmediatamente bajó al sentir la presencia del muchacho.
― Buenas noches, señor ―saludó el joven oficial―, aquí le traigo unos papeles que, por error, omití de entregárselos esta mañana ―le tendió la orden de arresto
Yamamoto tomó el papel: ― ¿Orden de arresto doble? ―le preguntó al oficial― ¿Llevarse a cabo esta noche? ―el joven se encogió de hombros―. Esto es de prioridad urgente, oficial Otawara. Comuníquelo al Escuadrón de Castigo.
Otawara hizo una reverencia: ― Sí, comandante ―reafirmó―. Pero antes, alguien quiere hablar con usted ―agregó.
― ¿A estas horas? ―preguntó Yamamoto, un poco extrañado.
― Eh, si ―respondió el joven―. Es alguien que tiene aspecto de capitán de un escuadrón del Seireitei, señor.
Yamamoto movió un poco su cabeza: ― Bueno, pásalo ―dijo, concentrándose ahora en la orden de arresto―, y no te olvides de la orden anterior. Ah, si alguien viene a verme por eso ―señaló el papel―, dile que espere hasta mañana.
Otawara volvió a inclinarse: ― Lo haré señor, con su permiso ―y se encaminó a la puerta, dejando a Yamamoto leyendo el documento.
El joven, una vez afuera, se acercó al visitante: ― Listo, ya puede pasar a ver al comandante ―dijo.
― Muchas gracias, amigo ―contestó el hombre e ingresó a la oficina de Yamamoto. A Otawara se le hizo un poco rara tanta amabilidad por parte de un capitán, y continuó su camino hacia el Segundo Escuadrón, a comunicarle la orden a su severa capitana.
El seikaimon principal del Seireitei se abrió y de él surgió una multitud de mariposas negras, y después varios segadores acompañados de algunos humanos. Todos parecían intranquilos, pues los sucesos de hace unos cuantos minutos no les permitían relajar su mente.
Izuru y Shuuei batallaban con Ikkaku, dado que éste aun insistía en enfrentar al raro capitán Desmodov. Mayuri estaba razonando mucho, y se notaba que la pérdida de uno de sus miembros de Escuadrón no le afectaba en lo absoluto. Rukia dejó a Ichigo en el suelo, y le dedicó una preocupada mirada. Renji ayudó un poco a al andar Chad, y éste dejó a Uryu junto a Ichigo. Rangiku dejó a Orihime, quien fue a reunirse con Ichigo y Uryu, los cuales eran observados por Isshin, y se acercó a su capitán, que daba la espalda al grupo.
― ¿Capitán, qué clase de enemigo era ese? ―preguntó la teniente, un poco seria debido a la situación.
― No lo sé Matsumoto ―respondió Toushiro, en voz baja―. Jamás había visto ese enemigo, ni cuando vivía en el Rukongai. Pero al verlo con el aoandaon, me dio un mal presentimiento.
― ¿Por qué lo dice? ―inquirió Rangiku, con la curiosidad comenzándole a brotar.
Toushiro abrió la boca para contestar, pero inmediatamente desenfundó a Hyorinmaru. Rangiku lo imitó, sacando a Haineko. Inmediatamente que prepararon sus armas, cincuenta individuos totalmente ataviados de negro los rodearon. El resto del grupo también se puso en guardia. Y al frente de ese grupo, la capitana del Segundo Escuadrón, Soi Fong, los miraba bastante seria y con los brazos cruzados.
― ¿Qué hace aquí, Fong? ―cuestionó Toushiro, sin bajar la guardia.
― Sólo cumpliendo órdenes, Hitsugaya ―respondió Soi Fong, sin inmutarse.
― Tengo entendido que Urahara le había pedido ayuda al comandante y viceversa ―intervino Matsumoto, atenta al menor movimiento del Escuadrón de Castigo.
― Lo sé ―dijo Soi Fong, tranquilamente―. No he venido a llevarme a todos ustedes, sino a ellos dos ―señaló a Chad, quien estaba con sus puños preparados, y a Ichigo, aun inconsciente.
― ¿Por qué? ―interrogó Renji, preparado con Zabimaru― ¿Acaso es otro capricho de la Central de los 46?
― Por el asesinato de un segador ―contestó la capitana, endureciendo un poco su tono―. Ahora, procedan ―les ordenó a sus elementos.
― Ellos están conmigo, capitana Fong ―dijo Toushiro, sin alterarse pero colocándose en guardia. Los del Escuadrón de Castigo adoptaron posición de ataque―. Ese asesinato no se dio en circunstancias normales. Sabes que Ichigo no dañaría a uno de nosotros.
― Hay que hacer cumplir las órdenes, capitán Hitsugaya ―comentó Soi Fong―. Después de tan severa invasión quincy se endurecieron los castigos, también lo sabes. Ahora procedan ―repitió, algo más dura que la vez anterior.
Los hombres y mujeres del Escuadrón de Castigo desaparecieron. El grupo de segadores y humanos se puso en alerta máxima y rodearon a Ichigo y Chad. Entonces la defensa comenzó. Toushiro liberó el shikai de su zampakuto, logrando repeler a unos cuantos. Rangiku, Renji e Izuru también prepararon sus zampakutos, listos para defenderse.
― No gasten sus energías ―dijo Soi Fong, más calmada―. He estado entrenando más duro a estos hombres, así que ya pueden bajar sus espadas.
Casi enseguida que terminó de hablar la capitana, la corpulenta figura de Marechiyo Omaeda apareció. Pese a los años y su enorme cuerpo, Omaeda seguía siendo uno de los elementos más veloces del Escuadrón. Y así lo demostró al tener a Ichigo y a Chad, éste inconsciente, sobre sus hombros. El grupo de segadores se sorprendió bastante, incluso hubo algunos que miraron varias veces hacia el espacio vacío que dejaron los dos jóvenes y a Omaeda, moviendo la cabeza de un objetivo a otro.
― Buen trabajo teniente ―le felicitó Soi Fong. Omaeda sólo sonrió―. Ahora, ¡vámonos! ―ordenó.
― ¡Fong, espera! ―intentó adelantarse Hitsugaya, pero fue demasiado tarde. Soi Fong y su Escuadrón se habían esfumado. Toushiro se quedó estático un momento, con su teniente, contemplado el punto donde la capitana partió. Luego escuchó el sonido de varios pasos dirigiéndose hacia donde él estaba.
― Vaya, vaya, vaya ―dijo Mayuri, situándose al lado derecho de Toushiro―. Parece que siguen siendo exagerados, ¿no lo cree, capitán Hitsugaya? ―preguntó un poco burlón y se encogió de hombros―. Todo por la muerte del novato.
― No lo sé, Kurotsuchi, pero matar a un segador es bastante serio, incluso el asunto se puede agravar si el asesino es otro segador ―opinó Toushiro, con la mirada aun fija en el lugar vacío.
― ¿Y qué vamos a hacer capitán? ―preguntó Rukia, de manera tranquila― Tenemos que explicarles a los de la Central que Ichigo no estaba en sus cinco sentidos ―se oyeron algunos murmullos de aprobación.
― O podríamos sacar a Ichigo y su amigote a la fuerza ―dijo Ikkaku, entusiasta―. Como pasó con la teniente Kuchiki, así podríamos provocar un poco de caos y muchas peleas.
― No sería prudente Madarame ―le contradijo Toushiro, sin voltear a verlo―. El Seireitei ya ha pasado por muchas revueltas y está más reforzado que años anteriores. Además, la opción de Kuchiki es la más viable. El único problema ―les dirigió su mirada a todos― es que no tenemos cómo comprobar que ese tal Rotunslav Desmodov controló a Ichigo y a Chad.
Los murmullos de aprobación cesaron. Toushiro tenía razón, ya que no tenían ningún elemento, sustancia o kido, que pudiera comprobar el control del capitán Desmodov en Ichigo y Chad. Así, probarían su inocencia, pero por el momento, ambos jóvenes pasarían la noche en una de las celdas de la prisión del Primer Escuadrón.
Toushiro pudo ver cómo se comenzaba a asomar la derrota en los rostros de sus amigos y camaradas: ― Lo mejor será que vayan a descansar. Mañana pensaremos la forma en librar a Kurosaki y su amigo ―dijo y volteó a ver a Isshin―. Señor Kurosaki, lleve al quincy al cuarto escuadrón por favor ―luego se dirigió a Rangiku―. Matsumoto, llévate a Orihime al Escuadrón. Los demás pueden retirarse a sus respectivos Escuadrones.
Uno a uno, los segadores fueron retirándose hacia sus destinos. Una vez solo, Toushiro también se esfumó, pero teniendo en mente el Primer Escuadrón.
― Así que, ¿qué opina, comandante? ―preguntó el hombre moreno a Yamamoto, después de una interesante charla.
El comandante se quedó un rato pensativo. Este hombre le estaba pidiendo mucho, quizá demasiado. Sin embargo, expuso argumentos bastante convincentes, que coincidían con lo que estaba en los documentos que el oficial Otawara le trajo algunos días antes. Tal vez le pudieran ayudar en qué o quién estuviera causando tanto daño a los humanos en estos días.
― Bueno, de acuerdo ―respondió, después de mucho razonar―. Puede buscar y reclutar a Ichigo Kurosaki, además de las personas que mencionó. Aunque en este momento Kurosaki está arrestado ―el hombre moreno casi se palmea el rostro―. Y en cuanto a la ayuda extra en caso de que encuentre esa dichosa planta ―pausó un poco―, la enviaré cuando sus oficiales estén aquí. Puede retirarse, capitán Garicia.
El hombre, al oír incorrectamente su apellido, rodó los ojos, pero hizo una reverencia para ocultar el gesto: ― Muchas gracias, capitán. Buenas noches ―se despidió y salió de la oficina.
Ya afuera, avanzó unos pasos y se rascó la sien. Se podía ver un poco de frustración en su rostro, dado que le habían dicho que Ichigo Kurosaki, probablemente el mejor segador japonés hasta el momento, estaba en prisión. Y al parecer, por lo conversado con Yamamoto, el hombre moreno tenía planes que requerían la ayuda del chico de pelo naranja.
― ¡Cómo que no hay visitas! ―gritó una voz masculina en un pasillo cercano, sacando de sus pensamientos al capitán.
― Lo siento, pero el comandante me dijo que hasta mañana se puede atender lo de Ichigo Kurosaki ―dijo la voz del oficial Otawara.
― ¡Pero tengo que contarle qué sucedió ayer en la noche! ―exclamó la primera voz, menos alterada.
"Conoce a Ichigo Kurosaki" pensó el hombre y se apresuró a ir a donde se encontraba la discusión. Al llegar, se encontró al oficial que lo llevó con Yamamoto, junto con otro joven, algo alto, de pelo blanco, ojos turquesa y vestido como capitán segador.
― Disculpen, buenas noches ―saludó el hombre―, ¿alguno de ustedes conoce a Ichigo Kurosaki? ―preguntó.
Toushiro miró con un poco de desconfianza al hombre: ― Sí, lo conozco ―respondió―. Pero, ¿podría decirme quien es usted? ―preguntó cortésmente
El hombre sonrió, a modo de disculpa: ― Lo siento, pase por alto ese detalle. Soy Bernardo García López ―se presentó inclinándose un poco― y soy Capitán de la Legión de Apoyo del Mictlán.
Rukia, en una ventana de su habitación, miraba el claro de luna esparcirse por los jardines de la mansión Kuchiki. La pálida luz le daba un tranquilo aspecto a las plantas y estanques del lugar. En otros momentos esa vista le habría encantado, pero ahora tenía la cabeza llena con otros asuntos.
Unos golpecitos a su puerta la trajeron de nuevo a la realidad.
― ¿Se puede pasar? ―preguntó Byakuya, tan apacible y frío a la vez.
— Adelante ―respondió Rukia, sin dejar de mirar los jardines.
Byakuya entró y cerró la puerta. El paso del tiempo no parecía haber dejado marca fuerte en el noble. Tenía los mismos rasgos faciales, salvo por una que otra arruguita queriéndose asomar cerca de sus ojos, el mismo pelo, largo hasta la nuca y un poco ondulado, y las mismas vestimentas que usó cuando llegó a Karakura para ayudar a Ichigo. Observó a su hermana por un momento. A lo largo de los años, y pese que la gente nunca lo haya notado, había aprendido a leer el lenguaje corporal de las personas, en especial sus familiares y allegados. Ahora, esa pequeña habilidad le indicaba que algo pasaba por la cabeza de Rukia.
― ¿Qué es lo que ocurre, Rukia? ―preguntó, acercándose un poco hacia ella.
― Encerraron a Ichigo, hermano, junto con su amigo Chad, por matar a un segador ―respondió Rukia, sin voltear a verlo.
Byakuya se sorprendió un poco, alzando una ceja. ¿Ichigo y su amigo encerrados? Eso era imposible de creer. Ichigo Kurosaki había hecho tantas cosas por la Sociedad de Almas que resultaba prácticamente estúpido que lo encarcelaran por un motivo que nunca podría llevarse a cabo.
― ¿Estás segura? ―cuestionó Byakuya.
Rukia afirmó con la cabeza y miró a su hermano. Tomando aire, comenzó a contarle a Byakuya lo ocurrido la noche pasada, desde la pelea con las hermanas Mikoba, pasando por el ataque de Rotunslav Desmodov y su llegada a la Sociedad de Almas. Sin embargo, no le contó cuando Urahara le dijo su muerte, pues aun no sabía como asimilar bien ese tema.
El noble escuchó cada palabra. Se dirigió lentamente hacia la ventana y contempló el panorama. Era bastante difícil creer lo que puede pasar en una noche, y menos que Rukia y sus amigo se hayan topado con ese tipo de criaturas.
― ¿Cree que podamos sacarlo de ahí? ―preguntó Rukia,
Byakuya no apartó su vista de los jardines: ― No lo sé Rukia ―respondió serio―. El Seireitei se ha reforzado tanto desde la invasión del Vandenreich, intentar sacarlo por la fuerza no es una opción prudente ―pausó un poco―. Además, va a ser casi imposible demostrar la inocencia de Ichigo. Sólo queda esperar el juicio y que tú te presentes como testigo.
Rukia se quedó en silencio, pero no podía estar más tranquila. Sabía que irrumpir en el Primer Escuadrón sería una estupidez, con los altos niveles de seguridad instalados. Por un momento recordó como ese terco de Ichigo entró en el Seireitei, dispuesto a rescatarla y demostrar que ella no merecía ser ejecutada. Sonrió un poco cuando los recuerdos comenzaron a correr, imaginándose ella misma en el rol de heroína.
Byakuya miró esa pequeña sonrisa en el rostro de su hermana. Él ya sabía quien era capaz de hacerla sentir mejor, inclusive si no estuviera físicamente a su lado
― Buenas noches, Rukia ―se despidió Byakuya, encaminándose hacia la puerta.
― Buenas noches, hermano ―le respondió Rukia, haciendo una pequeña reverencia.
Una vez sola, la pelinegra volvió a contemplar los jardines. Ya mañana iría al Primer Escuadrón a arreglar todo. Por ahora, sólo quería relajarse un poco de lo sucedido y esperar que, por lo menos, Ichigo estuviera bien.
Al dar la media noche en la ciudad de Sendai, la tranquilidad se cernía sobre la ciudad. Sin embargo, no era una tranquilidad pacífica, más bien, era inquietante, ya que unos días atrás la ciudad había perdido más de cuatro mil habitantes por culpa de una grave enfermedad respiratoria que fulmina a las personas en segundos. Además, la ciudad estaba bajo un cerco sanitario, casi igual a los que aparecen en esas películas de corte apocalíptico, sólo que un poco menos severo.
Sus habitantes casi no salían, sólo a comprar víveres y ya, pues se la pasaban la mayor parte del tiempo encerrados en sus casas. Aunque algunos, sobre todo los jóvenes, aun pasaban un tiempo en las calles, sobre todo para divertirse.
Ya sea que estuvieran bajo el ataque de una brutal enfermedad, la vida nocturna en Sendai no se iba. En uno de los clubes nocturnos más populares y accesibles, económicamente hablando, los hombres y mujeres adolescentes hacían fila para entrar. Tanto encierro por parte de sus padres los ponía un poco estresados, y que mejor forma de relajarse que con unos tragos y, tal, vez, una fugaz cita de una noche.
A unas cuantas calles del club, tres siluetas, situadas en la entrada de un callejón, contemplaban la escena. Una salió a la luz del alumbrado público, y Kihuoteoncho Mikoba les dedicó una sonrisa malévola al grupo de gentes.
― Mirá, che, ¿no te parecen adorables estos pibes? ―preguntó con una tenebrosa dulzura.
Gerlstina Mikoba salió de las sombras: ― Vivos se ven muy bien ―contestó, y desenfundó su revólver derecho―. Pero yo creo que ahogándose con su propia sangre estarían mejor, o ¿tú qué opinas huerca? ―preguntó, dirigiéndose a la tercera silueta.
Con pasos lentos, Mibértola Mikoba emergió del callejón. Ambas manos las llevaba hacia atrás y tenía una pose bastante pensativa.
― ¿Che, qué ocurre? ―cuestionó Kihuoteoncho, algo extrañada.
― Si, morra ―dijo la de aspecto vaquero―. Has estado así desde que llegamos, ¿qué chingaos te pasa?
La del vestido victoriano soltó un suspiro: ― Es que en la ciuda donde contactamos a Karame vi a Zatemnenia ―contestó seriamente.
Las otras dos se quedaron mudas, para después soltar varias carcajadas. La de la cimitarra frunció el ceño.
— ¡No digas chingaderas, hermana! ―exclamó la de pelo rosa, en medio de la risa.
― ¡Cómo podés creer eso! ―dijo la de pelo lila, aguantándose la risa un rato― ¡Esas son pelotudeces de aquel loco italiano!
Mibértola siguió mirándolas bastante seria: ― No es cosa de risa ―se defendió, alzando un poco la voz―. Esos cuentos del italiano loco se han vuelto verdá innumerables veces. Y yo vi a Zatemnenia atrapaa en dos segaores ―enfatizó.
Gerlstina y Kihuoteoncho se calmaron un poco: ― Pero si es cierto lo que dices…―comenzó la de pelo lila.
―…entonces el fin se aproxima ―completó la de aspecto vaquero, con un deje de felicidad.
― Tal vez ―dijo Mibértola―. Pero aun así no me equivoqué que íbamos a perturbar el destino, ya que Zatemnenia comenzó a respirar. Sólo falta que se encuentre en el lugar adecuao para salir ―dirigió su mirada al club nocturno―. Y cambiando de tema, no me había dao cuenta que muchos chavales japones van a ese sitio ―desenfundó su cimitarra―, ¿les parece si les damos un escarmiento para que aprendan a no salir? ―preguntó maliciosa.
Gerlstina desenfundó su otro revólver: ― Hasta la pregunta ofende, morra.
Kihuoteoncho preparó si katana: ― Vos conocés la respuesta.
― ¡Pues vamos! ―exclamó Mibértola y despareció, al igual que sus hermanas.
La entrada del club era custodiada por un portero, quien cuidaba que todo aquel que ingresara. Al dejar pasar a una pareja, tosió y se cubrió con la mano. Y al mirar su palma descubrió un líquido sanguinolento con manchitas verdes.
La medianoche nunca es discriminatoria. Se extiende a lo largo del mundo, a lo largo de los planos mortales y espirituales. Y al mismo tiempo que en Sendai, hacía su aparición en la Sociedad de Almas, cubriéndola con su penumbra, sólo que, a diferencia de la ciudad japonesa, ésta era serena. Así, las almas podían conciliar su sueño, ya sea en sus casas o en el interior de una celda.
Yamamoto, acompañado de Hanataro, iba recorriendo lentamente la prisión del Primer Escuadrón. Desde la invasión del Vandenreich, el Seireitei se había reforzado de manera casi exagerada, convirtiéndose en un inexpugnable bastión que podía soportar cualquier tipo de entrada. Los edificios ya eran capaces de sentir terribles oleadas de poder espiritual y fuerza bruta sin soltar ninguna piedra, así ya eran factibles para retener personas del calibre de Ichigo Kurosaki.
La prisión en esos momentos sólo era ocupada por dos personas. El comandante y el oficial llegaron a dos celdas contiguas, ocupadas por Sado Yasutora e Ichigo Kurosaki. Ambos dormían apaciblemente en el piso, debido al efecto de la zanpaperona.
― ¿Ya los examinó, Yamada? ―preguntó Yamamoto, sin dejar de observar a los jóvenes encerrados.
Hanatarou se sobresaltó un poco: ― Sí, señor ―respondió―. Se encuentran en perfecto estado de salud, pero al parecer están bajo los efectos de algún tranquilizante.
― ¿Conoce el tranquilizante? ―inquirió el comandante.
― No señor ―contestó Hanatarou―, es desconocido para el Cuarto Escuadrón.
Yamamoto siguió observando a Ichigo y a Chad. En ese momento, el joven de pelo naranja se dio media vuelta, y se pudo observar un fino rastro de baba saliendo del lado derecho de su boca.
― ¿Los ha examinado de su presión espiritual? ―cuestionó el comandante, sin apartar la mirada de los prisioneros.
― Sí señor ―respondió Hanatarou―. Parece que ambos tienen la energía de Hueco bastante alterada. Es casi como si se quisiera salir de sus cuerpos, como si sintieran temor de algo.
Yamamoto abrió un poco sus ojos. Eso si era algo fuera de lo normal, incluso tratándose de Ichigo Kurosaki.
― Puedes retirarte Yamada ―ordenó el viejo segador.
Hanatarou hizo una reverencia: ― Gracias señor ―y se fue por los pasillos de la prisión, rumbo a la salida.
Una vez que los pasos del oficial del Cuarto Escuadrón dejaron de resonar, Yamamoto tuvo la tranquilidad necesaria para razonar. Iba conectando las ideas de los documentos, las palabras de ese capitán García y, ahora, el arresto de Ichigo y su amigo. Pero algo más crucial faltaba, ya que Soi Fong le había dicho cuantos y quienes habían cruzado el seikaimon. El comandante pudo saber quien estaba asuente, y para colmo era la mente más brillante de todos los segadores: Urahara
Al intentar unir las ideas, daban como resultado que, lamentablemente, un nuevo enemigo se estaba asomando. Y aunque no se mostrara interesado en la Sociedad de Almas, como anteriores rivales, estaba causando estragos en el Mundo de los Vivos. Y lo peor de todo era que no era nuevo, ya que según los documentos y las palabras de García, tenía por lo menos tres mil años pudriendo las mentes e ideales humanos.
Yamamoto dio media vuelta, siguiendo el camino de Hanatarou. Aunque no lo expresara, se sentía bastante molesto.
Pues la paz que se había establecido desde hace seis años comenzaba a romperse, y esta vez, parecía que no iban a tener tanta suerte en alcanzar la victoria.
Porque cuando se invaden mutuamente los destinos, no hay forma de predecir un futuro bueno para todos.
Fin 1
Notas del autor
*Bueno, antes que nada, les ofrezco disculpas. Admito que tarde debido al servicio social, ya que le doy prioridad en cuanto a la administración de tiempo.
*Pues hasta aquí llega este fanfic. Pero la historia va a continuar, en otro fanfic titulado "Die Arbeit des Drachen". Como dije al principio, van a ser una serie de fanfics, así que tenganme paciencia si les surgen dudas, conforme avance la trama se iran aclarando.
*Y agradezco a todos y todas los que dedicaron un tiempo en leer esta historia. Sobretodo a las que dejaron un comentario. Nos veremos en otra historia.
Glosario
(1) Fugu: Variedad de pez globo que habita las aguas marinas de Japón. Cuenta con un veneno, la tetradotoxina, altamente tóxico. Es considerado un manjar para los japoneses.
Muchísimas gracias por leer.
