Capítulo 10

Enero de 1943.

Grindelwald era adicto a la sangre.

No en el sentido de un vampiro; sino más bien necesitaba ver sangre para saciar momentáneamente su sádica voluntad.

Sus amigos en Polonia habían capturado varios hijos de muggles que presentaban altos niveles de magia. Interesado en el suceso, había decidido trasladarse hasta allí para poder practicar diversos hechizos oscuros.

Comenzó con un hombre, cuyo aspecto era cercano a lo inhumano. Sus rasgos estaban desfigurados; su piel levantada y tenía diversas señales de infecciones. Fue rápido, al primer crucio había muerto.

Luego siguió con una mujer mayor, que lo maldijo hasta que el mago la calló con un potente aturdidor para luego hacer un hechizo complicado que produjo que largos lazos de cuero azotasen a la mujer que afortunadamente, murió en el acto.

— Mejoren la calidad de vida de los prisioneros. No me sirven así. Me ven como una salvación, están muriendo al primer contacto. — ordenó de modo implacable.

— Si señor. — respondió un hombre que vestía una larga túnica de seda oscura.

— Y por favor, selecciona los que peor aspecto tengan y mátalos. Quiero que dejen los cuerpos en las puertas del ministerio inglés, del americano y del egipcio.

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Pánico. Ese era el sentimiento común que albergaba en los habitantes del colegio de Hogwarts de magia y hechicería.

Los estudiantes se movían en grupos, asustados por lo que podía pasar. Se conversaba en susurros, tonos intranquilos llenaban las aulas donde los profesores ejercían la mayor de las hipocresías diciéndoles a sus alumnos que nada sucedía.

Sin embargo, perdido entre esos corazos apresurados que bombeaban sangre temiendo no poder hacerlo más, Tom Riddle se hallaba muy tranquilo; mientras disfrutaba un momento de bonanza en su rincón oscuro de la biblioteca.

A su lado estaba Orión Black, quien leía muy enfrascado en su libro mientras respondía los cuestionarios obligatorios de cada materia.

Sin embargo, Abraxas Malfoy no se encontraba tranquilo.

Reconocía los signos obvios en los comportamientos de los animales.

Los gatos tenían sus pelos alzados y sus uñas extendidas; los perros ladraban y la arañas huían.

Los arácnidos se movían inquietos, buscando grietas por donde salir hacia el exterior.

"El mayor enemigo de las arañas es el basilisco." Rezaba el pasaje de un libro.

Y las arañas huían despavoridas de Hogwarts.

— ¿Piensan decirme por qué están tan tranquilos pese a las pintadas que se encontraron y la chica petrificada?

—Yo no se nada. — respondió Orión, sumamente distraído. Tom alzó una ceja de modo irónico y negó con la cabeza.

— Sé menos que Orión.

Silencio nuevamente, pero rápidamente interrumpo por Abraxas Malfoy:

— ¿No tienes ninguna idea, entonces amigo mío, de quién pueda ser el heredero de Slytherin?

— No. — respondió Orión.

— Ha de ser un mago de gran habilidad— Abraxas miró el interés con el que Tom lo miraba de reojo y siguió-, no puedo pensar en ningún Slytherin que tenga tal.

Más silencio, junto con nuevas miradas de interés por parte de Tom.

— Claro que un mago de tan indudable poder, seguramente ha de ser inteligente. O lo suficientemente astuto por lo menos, para saber en que se mete.

Orión miró a Abraxas y sonrió de lado.

— Creo que es inteligente, siempre y cuándo tenga un plan con el que escapar si le pasa algo. Las más brillantes ideas suelen fallar en eso.

— Un detalle inquietante, sin duda alguna.— siguió Abraxas— Pero lo que me inquieta de gran modo, es como logró que un rey lo obedeciese.

Silencio absoluto, casi de cementerio; pero cortado con la macabra carcajada de Tom Riddle.

— Evidentemente te subestime, mi buen Abraxas- siseó-. No volveré a hacerlo, sin duda alguna. ¿Cómo lo descubriste?

— Las arañas escapan de su mortal enemigo. — citó sin vacilar y mirándolo a los ojos con gesto desafiante— Lo que no entiendo, es como lograste que te obedeciese y por qué esa Hufflepuff.

— Soy su amo.

— ¿Amo? ¿El mitológico rey te ha tomado como amo? No puedo entenderlo.

— No está en los libros sin duda alguna, pero el hablar parcel no es solamente una señal de oscuridad, sino de dominación sobre las serpientes. Sin duda, Slytherin sabía que su heredero lo hablaría.

— ¿Cómo estás tan seguro que eres su heredero?

— He descubierto la cámara y domino a su monstruo. Indudablemente soy el heredero. Según he leído, mi sangre proviene por mi madre. Era una Gaunt.

— ¿Los mismos Gaunt que dijo mi tía? — susurró Orión.

—Los mismos. Sé por que zona vivían, pero aún no tengo idea donde exactamente. Si tienen sangre Slytherin han de ser poderosos.

— No me suenan de la Liga. — susurró Abraxas Malfoy.

— Me parecen que son un poco más extremistas que los de la liga, Abraxas— siseó Tom Riddle, mientras un brillo rojizo llenaba sus ojos—. ¿Por qué tenerlos como aliados en la guerra si son nuestros sirvientes? Somos nosotros quienes empuñamos la varita.

Se hizo silencio. Ambos slytherin se miraron; Orión Black sonrió de lado y Abraxas forzó una sonrisa. Si bien compartía los ideales de Slytherin, no era extremista.

— ¿Dónde lo tienes?

— En la cámara. — respondió con mirada macabra.

-¿Tu sabes que le han ordenado a Dippet que encontrase al culpable por lo de la chica de Hufflepuff sí o sí, no?

— Estoy al tanto.

—Creo que dar miedo es correcto, Tom. — dijo Orión- Pero ten cuidado con que no se te vaya la mano.

— No se me irá…- hizo silencio un momento y continuó—, ¿saben que sospechan de ustedes, no?

— ¿De nosotros? —preguntó Abraxas confundido.

— Escuché la reunión en sala de profesores. Dicen que el heredero de Slytherin ha de ser de una de las familias tradiciones; aunque Dumbledore cree que todo es un plan de Gellert.

— ¿Sigue obsesionado con él? — chasqueó su lengua en forma de molestia.

— No sabe que sucede con Gellert desde que tomó Salem; además cree que el ataque al museo le dio algo importante.

— ¿Cómo sabes todo eso?- preguntó Orión extrañado; mientras vigilaba que nadie se acercase.

— Las paredes tienen oídos. — respondió en tono travieso— Pero, ¿saben que es lo más interesante? Por más que en el fondo sospeche que tengo algo que ver, no tiene pruebas.

Un grupo de niñas pequeñas de Slytherin pasó por allí buscando al parecer un libro; y los chicos hicieron silencio.

No era conveniente que los escuchasen, aunque el súbito silencio había provocado ciertas miradas curiosas por parte de las pequeñas.

— ¿Te conté que atraparon a ese idiota de Hagrid en el bosque de nuevo? Dumbledore tuvo que interceder para que Dippet no lo suspendiese de nuevo… Parece que intentó introducir una cría de Hocico Sueco.- dijo Abraxas a Tom, intentando crean un tema para que las niñas se fuesen más rápido. Tom sonrió de lado y respondió:

— ¿Qué más podíamos esperarnos de ese deforme?

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Los días pasaron. El clima en Hogwarts cada vez era más tenebroso.

Parecían estar dentro de una burbuja de terror; donde las noticias de la guerra ya no afectaban tanto como las horribles pesadillas que dominaban a todos los alumnos.

Muchos padres, miembros de la junta de gobernadores de la escuela, habían amenazado con dejar de enviar sus bolsas de gallons si la situación no cambiaba.

La presión que caía sobre los hombros de Dippet era tremenda; y así era la coacción que les transmitía a sus hombres.

Los prefectos debían asistir semanalmente a clases de defensa especiales; hacían sus rondas más a menudo y debían vigilar a los más pequeños si o si.

Pero la presión que el director ejercía sobre Tom, no era nada comparada con la presión que Dumbledore ejercía sobre el chico.

Fiel a su convicción, Dumbledore seguía sospechando que Tom era uno de los espías de Grindelwald en Hogwarts y había intentado por todos los medios encontrar alguna prueba.

— ¿Necesita algo, profesor?- preguntó la aguda voz de un elfo.

Dumbledore no se molestó en levantar sus ojos de los papeles e hizo un gesto; pero rápidamente miró al elfo y dijo:

— Me gustaría que me hicieses un favor.

— ¿Tippy puede ayudar al profesor?

—Si. Me gustaría que revisases la habitación de un alumno- el elfo abrió sus grandes ojos como pelotas de tennis.

— Tippy no puede hacerlo. Si el amo Dippet se enterase…

— No lo sabrá. Yo me encargaré de eso. Quiero que seas invisible y revises su habitación cuando no está allí. Tráeme todas las cartas que encuentres.

Resopló cansado y se tiró en su butaca.

Abrió el periódico y chasqueó su lengua con molestia al ver los amarillistas comentarios del Profeta sobre la inseguridad de Hogwarts.

La ineficaz respuesta en cuanto a medidas de seguridad en el colegio Hogwarts de magia y hechicería; evidencia nuevamente la poca capacidad de reacción que ha tenido el ministerio de magia desd hace casi cinco años.

Otra víctima más se ha cobrado el misterioso atacante que petrifica a sus víctimas en los corredores del colegio.

La nueva víctima, es una estudiante de tercer año de padres muggles; pertenecientes a la casa Gryffindor.

El director Dippet niega que los oscuros sucesos sean obra del maléfico Grindelwald; quien ha sometido a gran parte de Europa y América bajo su férrea mano.

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—Riddle, vaya a la oficina del director. — ordenó la profesora asistente de Astronomía. El chico asintió y salió de la torre rumbo a la oficina del director.

La luz anaranjada del atardecer, teñía de tono nostálgico los pasillos antiguos del colegio.

Las piedras del piso sonaban huecas bajo sus pies.

Murmuró la contraseña al fénix que custodiaba la puerta del director y rápidamente se activó la escalera giratoria.

Llamó suavemente a la puerta. Inmediatamente escuchó un "entre".

—Ah, Riddle. — dijo el director.

— ¿Quería verme, profesor Dippet? preguntó en un fingido tono educado; que el mago mayor no se percató.

— Siéntese— indicó el director—. Acabo de leer la carta que me envió.

— ¡Ah! — exclamó Riddle. Rápidamente tomó asiento y lo miró nervioso.

—Muchacho— dijo Dippet bonachonamente—, me temo que no puedo permitirle quedarse en el colegio durante el verano. Supongo que querrá ir a casa a pasar las vacaciones…

—No— respondió enérgica y rápidamente—, preferiría quedarme en el colegio que regresar a esa… a esa…

— Según creo, pasa las vacaciones en un orfanato muggle, ¿verdad?

—Sí, señor. — respondió ruborizándose.

— ¿Es usted de familia muggle? — preguntó el anciano mirando unos papeles sobre su escritorio.

— A medias, señor-—respondió—. De padre muggle y madre bruja.

— ¿Y tanto uno como otro han…?

—Mi madre murió al darme a luz, señor. Me dijeron en el orfanato que había vivido solo lo suficiente para ponerme mi nombre.

Dippet chasqueó su lengua en señal de compasión.

—La cuestión es, Tom— suspiró— que se que podría haber hecho con usted una excepción; pero en las actuales circunstancias.

— ¿Se refiere a los ataques, Señor? — preguntó preguntándose cual era la verdadera preocupación del director.

—Exactamente— afirmó el director—. Muchacho, tiene que darse cuenta de lo irresponsable que sería yo al permitirle quedarse en el castillo al término del semestre. Especialmente después de la tragedia… la muerte de esa pobre muchacha… Usted estará mucho más seguro en el orfanato.

Tom maldijo internamente a la metida chica que se había cruzado en el camino de su nueva mascota. Su muerte había sido accidental; no debía estar en ese baño a la noche.

El director continuó:

—No creo que estemos a punto de localizar al… la fuente de todos estos sucesos desagradables.

Lo miró con atención; quizá aún tuviese una oportunidad de no tener que desperdiciar su verano en ese inmundo lugar infectado de muggles.

—Seño, si esa persona fuera capturada… Si todo terminara…

— ¿Qué quiere decir? — preguntó Dippet, con un chillido. Se incorporó nerviosamente del asiento— ¿Riddle, sabe usted algo sobre esas agresiones?

—No, señor. — mintió Riddle con presteza

Dippet volvió a hundirse en el asiento, ligeramente decepcionado.

—Puede irse, Tom…

Se levantó del asiento y salió de la habitación decepcionado.

Bajó la escalera caracol que se autodeslizaba y salió juntos de la gárgola; en el corredor que iba quedando en penumbras.

Se mordió suavemente el labio inferior, intentando ahogar sus ganas de gritar de felicidad.

Hagrid sería su salvación.

Salió pitando para el vestíbulo, donde un mago de gran estatura con cabello castaño miraba como se llevaban el cuerpo de una chica. La idiota de Myrtle, pensó para sí.

—¿Qué hace paseando por aquí tan tarde, Tom?

Sonó fuerte la voz de Dumbledore, quien lo analizaba cuidadosamente con sus ojos celestes quietos en él.

—Tenía que ver al director, señor. — respondió Riddle.

—Bien, vaya rápido a la cama— dijo Dumbledore, escrutiñándolo reflexivamente—. Es mejor no andar por los pasillos durante estos días, desde que…

Dumbledore suspiró hondo y le dio las buenas noches.

Riddle lo vio desaparecer y su cara se iluminó con una mueca maligna.

Continuó con rapidez hacia las mazmorras. Las antorchas ya no estaban encendidas y la oscuridad reinaba el lugar.

Se quedó en la penumbra, oculto por las sombras hasta que escuchó los torpes zancos de Hagrid, su próxima excusa para alcanzar un poco más de gloria.

Salió de la mazmorra con sumo cuidado, siguiendo los pasos.

Escuchó que la voz decía:

—Vamos, te voy a sacar de aquí ahora… a la caja…

Dobló la esquina de repente, presionando fuertemente su varita.

—Noches, Rubeus. —sonrió malignamente.

El mostrenco muchacho cerró la puerta detrás suyo con un golpe y se sobresaltó al ver la imponente figura de Tom.

— ¿Qué haces aquí, Tom?—preguntó nervioso; haciendo que su voz temblase.

— Todo ha terminado, Hagrid— dijo con cierta sorna—. Voy a tener que entregarte Rubeus. Dicen que cerrarán Hogwarts si los ataques no cesan.

—¿Qué vas a …?— pero la pregunta se interrumpió por que Tom continuó.

— No creo que quisieras matar a nadie. Pero los monstruos no son buenas mascotas— sonrió mentalmente al recordar a Nagini atacando a Pierre—. Me imagino que lo dejaste salir para que tomase un poco de aire…

—¡No he matado a nadie! — intentó defenderse alocadamente.

— Vamos, Rubeus— dijo Tom acercándose aún más—. Los padres de la chica muerta llegarán mañana. Lo menos que puede hacer Hogwarts es asegurarse que lo que mató a su hija sea sacrificado.

Ante la última palabra, Hagrid saltó en defensa de su cariñosa mascota.

—¡No fue él! — bramó el muchacho. Su voz resonaba desesperada en el corredor— ¡No sería capaz! ¡Nunca!

— Hazte a un lado. —ordenó Tom claramente.

Hizo un movimiento con su varita y el conjuro iluminó el corredor. La puerta detrás del muchacho se abrió con tal fuerza que golpeó el muro que tenía enfrente.

Un cuerpo peludo, casi al ras del suelo lleno de ojos brillosos se hizo presente… Riddle levantó su varita, y mientras el animal corría por sobrevivir; lanzó su conjuro.

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Muchos describirían como un episodio sumamente dramático y por demás triste y conmovedor; ver a dos padres abrazados entre sí y llorando en silencio cuando el director de la escuela de su única hija les explicaba como habían encontrado el cadáver de la niña, tirado en un baño a altas horas de la noche.

Pero no para Tom; quien sólo deseaba recibir su premio, rodearse de gloria y comenzar sus vacaciones para conocer los resultados de sus, seguramente, excelentes TIMOS.

—Este es el chico— la voz del sensible director tembló un poco, quizá por tristeza, quizá por agradecimiento hacia el prefecto —, que encontró al monstruo que asesinó a su hija. Ya hemos tomado todas las medidas necesarias. El culpable ha sido severamente castigado; no hace falta decir que el Ministerio de Magia está a su entera dispocisión. El penado era alumno de la institución; y lo hemos descubierto gracias a la increíble ayuda de Tom.

Los padres de Myrtle Smith habían abrazado al prefecto de Slytherin – quien compuso una perfecta cara de afectado por la muerte de su compañera- y le habían agradecido infinitamente por ayudarlos a guardar la memoria de su hija.

Rápidamente, el director les dijo a los padres que Tom recibiría un premio especial por los servicios brindados al colegio.

Tom agradeció y dijo en tono afectado que el mayor premio había sido poder ayudar.

El plantel de profesores, también presente en el encuentro aunque en silencio durante toda la reunión; sonrió dulcemente y conmovidos ante las palabras emotivas de Tom.

Aceptó el trofeo que el director le dio; nuevamente dio sus condolencias a los padres de la chica y salió del despacho.

No pensaba abandonar la cruzada de Salazar Slytherin; su cruzada en pos de la limpieza de la sangre.

Solo cambiaría sus métodos.

Era hora de tomar el asunto en sus manos.

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Hermione resopló molesta, intentando ordenar en vano su pelo.

Estaba cansada; ojerosa y sudada por culpa de la maldita poción que les habían ordenado hacer.

Si bien se había puesto al día con sus tareas, aún sentía que le costaba volver a tener el ritmo de estudio de antaño. Estaba distraída todo el tiempo, aunque sus nulos amigos no lo percibiesen.

—¿Qué te pondrás para la fiesta? — preguntó Ginny Weasley, con tono amable. La pelirroja intentaba esforzarse por ser un poco más amigable con Hermione. Lamentablemente, la castaña ejercía una terrible influencia tanto en su hermano como en su novio.

—No se. Pensaba ir a Hogsmeaden. ¿Tú?

—Algún vestido que mamá me mande. — respondió sonrojada; y envidiosa. Había visto la cuantiosa bolsa de galleons que Hermione tenía para gastar en un vestido que solo usaría un par de horas.

Hermione siguió con lo suyo; mientras Ginny la miraba de reojo y fingía estar concentrada en sus deberes.

—Ron está muy nervioso por la fiesta.

—¿Si? — preguntó con falso interés. El pelirrojo no se acordaba cuando sería.

—Si— afirmó la chica—. Me ha dicho que te tiene una sorpresa.

—Pues no me la digas así es más sorpresa. — sonrió con falsa dulzura.

—¿Tienes visto algún vestido?

—Tengo una idea.- respondió distraída.

—Estoy segura que encontraremos uno fantástico.

Hermione la miró rápidamente de reojo y sonrió de lado:

—No es tan importante para mí el vestido. Hay cosas mucho más importantes en que pensar.

—Claro— concedió Ginny, aunque mentalmente creyese que Hermione estaba loca—, pero la fiesta también es importante.

—Si, pero no urgente. Y si me disculpas, debo terminar la investigación de alquimia; que es urgente.

Hermione se apresuró a largarse del lado de la pelirroja. Dobló un pasillo y entró a un aula vacía con bancos apilados a un costado.

Sacó el collar que le había dado Luna.

Aún no entendía por que el collar marcaba tres horas antes o por que sentía como cosquillas en los dedos cuando lo tocaba. Pero lo que más le extrañaba eran las iniciales poco claras que había en el reloj.

Miró el largo pergamino que tenía en su mano. Si lograba hacer bien la tarea, aunque eso significasen menos horas de sueño, quizá podría aprovechar la mañana del sábado, cuando los chicos jugaban al quiddich, para darse una vuelta por la relojería del callejón Diagon; y de paso conseguir un vestido sin la revoltosa pelirroja cerca suyo.