N/A: ¡Hola! En agradecimiento al apoyo que he recibido de su parte a través de sus palabras en los reviews, la inspiración se desbordó y como resultado nació este bonus extra en forma del capítulo 10; es un poco más corto que las actualizaciones anteriores, pero yo de verdad espero que les guste. A mi beta, Isa, millones de gracias siempre. Y, de verdad, no tengo cómo expresar lo que sus comentarios significan para mí. Feliz mitad de semana.

A/N2: La mayor parte de los comentarios que recibo son de "guests" por lo que no hay posibilidad de contestarles y eso, créanme, me da mucha pena. Es desesperante no poder agradecer de forma directa a quienes me hacen sentir tan bien con sus palabras. A cada una de ustedes, mi sincero aprecio y gratitud por tan benévolas opiniones. Valen oro para mí.

Descargo de responsabilidad: Castle no es mi propiedad, sólo mi inspiración.


Capítulo 10.

Después de tanto tiempo esperando noticias, alguna pista, un minúsculo trazo de evidencia que le permitiera sentir que avanzaba rumbo a la consecución de justicia para su madre; tras meses enteros de inmovilidad y silencio en ese renglón de su vida, resulta que Rick tenía información de primera mano y se la ocultó. Un golpe bajo que, definitivamente, no esperaba de él. La pregunta que prevalece en la mente de Kate es ¿por qué? No, no es un por qué, sino muchos, demasiados, suficientes como para calentarle la cabeza y fundirle las neuronas si no obtiene respuestas ya.

Kate está ahora de pie frente a la ventana que le sirve de tablero guía en la investigación del asesinato de Johanna Beckett. A su espalda, Rick ha dejado también su lugar en el sillón y la observa atentamente en tanto que, con las manos en los bolsillos del pantalón, se pregunta si ha llegado el tan temido momento de despertar de la hermosa fantasía, encararse con la dura e inflexible Detective Katherine Beckett, aceptar que ha sido demasiado bueno para ser cierto lo de las últimas horas y considerar seriamente la retirada definitiva. El compás de espera lo está acabando lenta y dolorosamente y, en definitiva, hay cosas a las que uno no se acostumbra nunca. Cada sombría vacilación que toma forma en su cabeza se evidencia en los claroscuros de sus ojos y en los contraluces de su cara.

Por su parte Kate, durante lo que a ambos les parecen siglos, no hace más que rebobinar en su mente la breve pero concisa confesional por medio de la cual Rick la puso al tanto de lo que ni remotamente hubiera esperado; de cómo por instrucciones de Roy Montgomery y por conducto de un tal señor Smith, Castle –hace aproximadamente un año- se atrevió a negociar por su vida; y cómo también terminó tomando decisiones trascendentales por ella, ocultándoselo y llevando a cabo una investigación paralela sobre un caso que le concierne a Kate más que a nadie.

Después de todo, qué razón hay para que se sorprenda si, desde que se conocen, Rick no ha hecho otra cosa que meterse en sus asuntos, presionarla, obligarla a que cuestione lo incuestionable –incluida ella misma-; si él nunca ha sido capaz de respetar sus límites, abriéndose camino por los más recónditos rincones de su vida, a punta de pura perseverancia y paciencia. Fue ese escritor obstinado quien movió todo cuanto tenía que mover para volverse su sombra, su compañero, su mejor amigo y…el amor de su vida. Fue él quien reabrió el caso de su madre por su iniciativa y lo hizo avanzar con sus propios medios, manteniéndose estoicamente a su lado en cada paso de la intrincada ruta, aún a pesar de ella.

Los pensamientos de Kate se producen y caen en cascada a una velocidad de vértigo. Una vez desencadenado el proceso de intentar, con uñas y dientes, hallar una explicación a lo que acaba de escuchar y todas sus posibles implicaciones, no hay manera de frenar el ritmo al que su cerebro trabaja. El conflicto interno está partiéndola en dos. Su raciocinio, arengado por la modalidad más rigurosa de su carácter, está librando una lucha a muerte con sus sentimientos; mismos que emergen revestidos de un inesperado e invencible poder a causa de la reciente amenaza de perder al único hombre con la capacidad de hacerla sentir viva. El mismo hombre que le acaba de confesar lo que ella debería considerar una traición.

Y es, llegada a ese punto, donde la lucha interna se vuelve encarnizada. Porque, aparentemente, su lado racional también empieza a jugarle en contra al ponerla frente a una contundente certeza: el hombre que ha hecho por ella lo que nunca nadie más hizo, bajo ninguna circunstancia actuaría en su contra; Rick procura su bien siempre, así tenga que arriesgarse a su furia y a su rechazo. Y ese es el punto de quiebra para la coraza impenetrable con la que en vano quiere volver a cubrirse la abatida detective. Cuando el concepto de rechazo toma forma en su mente, una aguda sensación de incomodidad, que rápidamente transmuta en pánico, se le clava en el alma como una daga helada y punzante. La asfixia el remordimiento por las múltiples veces y formas en las que le ha dado la espalda a quien ha salvado su vida en más de una ocasión y en más de un sentido; la rompe en pedazos el recuerdo de los días interminables en los que lo veía alejarse, dolido y cansado de su desidia e insensibilidad. Richard Castle es sinónimo de lealtad, de solidaridad, de un perpetuo afán de protegerla aun a costa de su felicidad o su vida.

Así que sólo hay dos alternativas y Kate sabe perfectamente con cual no podría vivir. O deja de lado su maldito orgullo y sus ideas preconcebidas, y lo escucha paciente y silente hasta que sus argumentos barran con el último rescoldo de duda e inquietud. O puede permitir que su lado más oscuro se imponga, agredirlo con acusaciones y reproches; verlo marcharse lastimado, enmascarado con la frialdad y la indiferencia de que la hizo depositaria en las últimas semanas; y resignarse a ver cómo sale de su vida el mejor regalo con el que ha sido obsequiada por la gracia de algún benévolo poder superior.

Ni siquiera hay demasiado que discernir. La respuesta a su dilema es diáfana y el curso de acción a seguir no tiene vuelta de hoja. Lo que ha hecho Castle en el último año con respecto al caso de su madre, debe tener una justificación que sólo él puede hacerle entender a pesar de su ofuscación; y ella, Kate Beckett, la misma que apenas ayer era un manojo de angustia, melancolía e incertidumbre, va a hacer acopio de toda su comprensión para poder volver al punto en el que estaban antes de que las cosas se pusieran de cabeza…otra vez. De modo que da media vuelta, se encamina hacia él, lo toma de la mano, guiándolo de regreso al sofá donde vuelven a sentarse para reabrir el debate. Rick está más en un estado de shock, expectación y cautela que en posición de defensa. Kate aprecia en todo lo que vale el hecho de que no se haya ido aun, a pesar de su largo y reflexivo silencio. Es obvio que él sigue dispuesto a que le den una oportunidad a lo que hay entre ellos, y no será Kate quien eche a perder un intento por el que apenas veinticuatro horas atrás estaba rogando al cielo.

-Rick, ¿por qué me lo ocultaste? –hay mesura y contención en cada sílaba; un visible deseo de entender y conciliar en lugar de acusar y condenar.

-Porque te amo, Kate. Porque verte morir una vez en pro de tu causa fue más que suficiente –estruja sus manos con vehemencia en un inconsciente anhelo de que Beckett sienta lo que ha sido para él saberla en peligro-. La instrucción era precisa y muy tajante: o yo lograba que dejaras ese asunto en paz o Smith no podría garantizar tu seguridad. Él también tenía un trato en el que el expediente que le dejó Montgomery no vería la luz a cambio de que no atentaran contra tu vida; pero si tú insistías en seguir indagando, el acuerdo se rompía. No sé si puedas ponerte en mi lugar y darte cuenta de la enorme responsabilidad que tenía sobre los hombros, Kate. A como dé lugar yo necesito mantenerte segura, protegida…de ellos y de ti misma. Te oculté la verdad, pero no me arrepiento. Lo volvería hacer las veces que hicieran falta para garantizar tu vida y tu bienestar, aunque con ello sacrifique la posibilidad de una relación contigo. De todos modos, desde las sombras yo continué con la investigación; y tienes mi palabra de que, eventualmente, vamos a dar con el culpable de la muerte de tu madre…juntos, si tú me permites seguir a tu lado.

-Rick, es que eso es lo que me cimbra hasta los cimientos. Sí, sí siento enojo, ansiedad y un impulso enfermizo de no parar hasta conseguir a ese tal Smith, sacarle los documentos que revelan y comprometen al asesino de mi madre, e irme contra él con todo lo que soy hasta obtener justicia. Pero ¿sabes qué es lo que me detiene, Rick? No es el temor de lo que me pueda pasar a mí, sino a ti. Me está sacudiendo por dentro el percatarme de que todos estos meses tú sí seguiste hurgando en ese pozo oscuro, solo, sin mí para cubrirte la espalda. Maldita sea, Castle, ¿qué no te das cuenta de que no hay manera de que yo pueda seguir viviendo sin ti, sabiendo que te perdí porque no pude protegerte? ¿Es que no pensaste en eso? Yo te amo, Richard Castle; más allá de todo y de todos; de mi sed de justicia; de mi insensatez y mi osadía. Si te pierdo en medio de mi enloquecida guerra contra ese monstruo que me arrebató a mi madre y también mi felicidad hasta antes de encontrarte, no hay posibilidad alguna de que yo supere ese golpe, Rick…nunca.

Y entonces es una arrolladora mezcla de necesidad y alivio la que los empuja a uno en brazos de la otra. Las lágrimas empapan los besos fieros, desesperados y furiosos que comparten como si fueran la puerta de entrada al paraíso. En ese momento lo demás se queda lejos, inaccesible, intrascendente. Ya no hay pensamientos que logre sobrevivir, argumento que se pueda construir o barrera que consiga resistir. Todo queda reducido a sus dos cuerpos en calidad de combustible y fuego que consume lo que encuentra a su paso, como un ritual purificador del que emergerán dos seres renacidos y fundidos en uno solo.

Las manos apremiantes de Kate lo despojan del saco que permaneció cubriéndolo desde su llegada, desabotonan su camisa con movimientos trémulos e imprecisos, mientras la boca de él ataca su cuello con caricias que la desquician, despertando hasta la última de sus terminales nerviosas. Las manos de Rick, que no permanecen pasivas ni perezosas, se deslizan por la anatomía de Kate como si quisiera trazar su cartografía y fijarla en su memoria para la posteridad. Recorre cada curva, cada cumbre, cada valle, atendiendo una por una de las reacciones que su piel muestra al contacto; registrando los sonidos, los indicios y las señales que su cuerpo emite cuando una descarga de placer la hace vibrar cada vez que sus dedos diestros exploran una zona sensible.

Sus labios vuelven a buscarse y se reúnen con deseo renovado, con un hambre insaciable y una sed voraz que los sumerge en lo infinito y despoja sus pulmones de sus reservas de oxígeno. Es enervante, alucinante, tóxica la marea de sensaciones potentes que cobran vida y se apoderan de sus sentidos, envolviéndolos en un incendio que sólo puede apagarse dejando que los aniquile.

De alguna manera Kate termina en el regazo de Rick, a horcajadas sobre las piernas de él; la evidencia de su deseo se yergue triunfal, enloqueciéndola al punto de forzarla a actuar por puro instinto. Los movimientos cadenciosos y enfáticos de Kate no hacen sino aumentar la fricción e inflamar el deseo a grado tal, que Rick siente que ya no es mucho el tiempo que queda antes de alcanzar la liberación, a menos que moderen el paso. Pero es complicado pensar en moderarse…es difícil incluso hilar una idea coherente mientras esa vorágine de fuego y pasión los atrae irremisiblemente. Sin embargo, en medio del fragor de la batalla, el caballero que prevalece siempre cuando se trata de Richard Castle se superpone y, haciendo alarde de una colosal fuerza de voluntad, se obliga a darle cabida al último remanente de sensatez del que puede echar mano y, entre jadeos, consigue formular la pregunta de rigor:

-Kate… ¿estás segura?

-Nunca he estado tan segura de algo en mi vida, Rick. Sólo te quiero a ti.

Todo está dicho y no hay nada más que pensar. Pero el paréntesis les permite recobrar no sólo el aliento sino una relativa calma. Sus frentes se mantienen unidas y la vista de cada uno fija en el otro. No es nueva su capacidad comunicarse sin que medien las palabras. Mientras las respiraciones se ralentizan y los temperamentos se serenan, una intimidad distinta y mucho más intensa se genera en el breve espacio que comparten, y un pacto no expreso se sella en medio del silencio. Es su primera vez juntos; habrá muchas más pero ninguna podrá ser como ésta. La noche es toda suya y es para conocerse, para explorarse, para conquistar territorios nuevos y reclamarlos como propios. No hay prisa ni quieren que la haya; desean amarse sin premura ni arrebato. Anhelan hacerse el amor y estudiarse hasta los últimos rincones del alma y el cuerpo, sin pasar nada por alto en beneficio de ganarle al tiempo, cediendo ciegamente a la pasión.


Kate se levanta y lo estira junto con ella. Con las manos unidas caminan el espacio que los separa de la habitación principal y, una vez junto a la cama, vuelven a fundir sus labios en un beso que desborda ternura. Rick acuna el rostro de ella entre sus manos mientras que los brazos de Kate rodean su cintura, bordeando tentativamente la pretina de sus pantalones para luego despojarlo de su camisa y acariciar su pecho con ganas de marcarlo a fuego. Una a una las prendas de ropa caen a sus pies, permitiendo que la piel a lo largo de sus cuerpos se encienda al calor de un roce vehemente y constante.

Nada más llena la quietud de la noche que los suspiros callados, la danza de los labios en una armonía perfecta y susurros ininteligibles que terminan ahogados en besos entre la penumbra de la alcoba. Todo es suavidad y dulzura, envolviendo una pasión que al fin encuentra la tan buscada liberación. Kate siente que estalla una y mil veces, que toca el cielo y ve las estrellas, elevada a dimensiones desconocidas por las caricias mágicas con las que las manos y la boca de Rick veneran su cuerpo como si fuera un altar, un santuario, el receptáculo sagrado de su amor y su deseo. Jamás nunca nadie la había amado así. La entrega del cuerpo al mismo tiempo que la del alma, así, sin reservas ni temores, confiada y entregada a la única persona en la que confía con el corazón y la vida, es una experiencia divina, religiosa, insuperable e inolvidable.

Los minutos se vuelven tan cortos como segundos y, al mismo tiempo, tan plenos como la eternidad. Cuando la gloriosa miríada de sensaciones, sentimientos y emociones, se desintegra en una cegadora y enajenante explosión de placer consumado, lágrimas de felicidad pura descienden por las mejillas arreboladas de Kate, bautizando con sal y agua ese beso en el que se ahogan sus gemidos y que resume en un suave contacto la compleja comunión de almas que acaban de regalarse uno al otro.


Abrazados aun e intentando descender de las alturas a las que viajaron juntos, sólo se contemplan maravillados, saciados, deslumbrados por lo recién descubierto y preguntándose sin hablar, cómo fue posible que durante tanto tiempo se hayan privado de vivir estos momentos para los que no hay descripción; y ninguno de los dos recuerda, ahora mismo, qué de malo podía haber en algo que los hace inmensamente felices. Incorporándose sobre un codo para poder ver mejor a Rick, quien yace sobre su espalda con una mueca de satisfacción en su cara, Kate se recarga sobre el costado de él y le toma el mentón con su mano libre al tiempo que le murmura al oído:

-Gracias…Te amo.

-Siempre…Yo también te amo.

Continuará…


Espero haber cumplido sus expectativas, si no, prometo seguir intentándolo. Como siempre, desde ya gracias por sus reviews para este capítulo. Abrazos desde México,

Val.