Capítulo 10: Poseidón

Mientras miraba el atardecer desde Cabo Sunión, Kanon se percató de que estaba orgulloso de sí mismo. A pesar de que había cometido muchos errores a lo largo de su vida, no solo tenía el valor suficiente para aceptar todos y cada uno de ellos, sino que también hacía lo posible para pagar por sus pecados. Nada de lo que hiciera podría traer de nuevo a la vida a todos aquellos que la perdieron durante las inundaciones del Crónida. Kanon sabía que lo único que podía hacer para enmendarse era servirle a la Diosa que tan valerosamente defendía a los seres humanos.

El anaranjado cielo le hacía rememorar tiempos más tristes, tardes solitarias en algún rincón escondido del Santuario. El arenisco suelo debajo de sus pies crujía constantemente, evocándole el dolor de las rocas marinas encajándose en sus dedos mientras trataba de sobrevivir a la prisión marina. El aroma de agua salada le hacía recordar los enormes pilares que sostenían el templo submarino, y la tibia brisa en su rostro a las gotitas de agua que anunciaron el derrumbe del mismo.

A pesar de que aquellos recuerdos le pesaban, Kanon solía visitar el Cabo Sunión cada cierto tiempo. Disfrutaba colarse entre los turistas para luego sentarse en una achatada piedra con vista al atardecer. No era que le gustara revivir su difícil pasado; simplemente disfrutaba contrastarlo con su auspicioso presente.

Kanon caminó un largo trecho desde el muchachillo irresponsable, pasando por el manipulador de Dioses, hasta llegar a ser un ávido defensor de la justicia. Cada escalafón parecía tan lejano el uno del otro que Kanon se preguntaba cómo había sido posible que consiguiera tantos títulos a lo largo de su corta vida.

Aunque mirar hacia atrás le recordaba sus malas decisiones, también le ayudaba a sentirse mejor consigo mismo. Cabo Sunión era un perenne recordatorio de que no era perfecto, pero que, mientras aceptara las consecuencias de sus actos y tratara de enmendarlos, no necesitaba serlo.

Después de la plática que tuvo con el Santo de Escorpio, Géminis tuvo deseos de visitar el antiquísimo templo del Dios. Necesitaba un recordatorio de que, a pesar de su pasado, se había convertido en alguien digno de su rango y que merecía ser feliz. Usualmente lo tenía en mente: tanto la Diosa como su hermano se lo reiteraban día a día a través de gentiles miradas y sonrisas orgullosas. Desafortunadamente, las últimas desazones de su corazón le hicieron flaquear y sólo el cálido ambiente del Cabo podía reconfortarle en esos momentos.

Kanon sonrió para sí cuando el sol desapareció entre las doradas líneas del mar. La hermosa visión le reconfortaba, llenándolo de algo que careció por mucho tiempo: esperanza. Ya no había dudas de que Milo estaba a punto de ceder. Si no lo estuviera, lo habría asesinado al instante en el que se atrevió a posar sus labios sobre los suyos. Ahora sólo era cuestión de que decidiera enfrentarse a sus miedos o bien que se rindiera y escapara como un cobarde. Géminis sabía que el Octavo Guardián era temerario y confiaba en que sería capaz de lanzarse contra aquello que tanto temía con tal de no sentirse derrotado.

La mayor esperanza de Kanon recaía en el orgullo de Milo. ¿Sería éste lo suficientemente poderoso como para permitirle ceder?

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de un par de sandalias arrastrándose por la arenisca. Kanon alzó el rostro y se sorprendió al encontrarse con Milo.

—¿Qué haces aquí?

Preguntó quedamente y con sincera curiosidad. Por unos instantes creyó que el muchacho finalmente había tomado una decisión, pero con sólo mirarle a los ojos supo que se equivocaba. Kanon sabía que cuando Milo eligiera aceptarlo o rechazarlo podría leerlo inmediatamente en su mirada y en esos momentos sus iris flaqueaban con un tenue brillo que parecía confundirse con los últimos reflejos del sol.

Su nervioso rostro confirmó sus sospechas y, hasta cierto punto, Kanon se alegró de aún tener tiempo para regodearse en sus ilusiones.

—Saga me dijo que estarías aquí.

Kanon asintió y se movió un poco para darle espacio en su asiento de piedra.

—Espero no interrumpir —murmuró con la mirada perdida en la hierba que procuraba hacerse paso entre la arena.

—Descuida, el espectáculo ya terminó.

Y es que el crepúsculo había dado paso al anochecer, amenazando con dejarles en la penumbra en tan sólo unos minutos.

—Quería verte, necesitaba disculparme. Me burlé de tus sentimientos y dije cosas terribles. Fui un estúpido.

Kanon estuvo satisfecho con las escuetas palabras del menor. Era obvio que el muchacho no estaba acostumbrado a disculparse y el simple hecho de que se atreviera a enfrentarse a él con la mirada gacha era suficiente logro para él.

—Está bien. La gente suele precipitar sus palabras cuando tiene miedo.

—¡Yo no tenía miedo! —aseguró indignado—. ¡Estaba molesto!

Una ronca risa salió de la garganta de Kanon.

—De acuerdo, de acuerdo, estabas molesto.

Milo asintió, exhaló largamente y una vez más perdió sus ojos en el suelo.

—Es sólo que... —sonrió de medio lado—. Bueno, tú sabes lo que dicen de mí.

Géminis asintió sin estar del todo seguro a lo que se refería. La gente en el Santuario no conocía el respeto a la privacidad y los chismeríos estaban a la orden del día. La mitad de lo que se decía era increíblemente exagerado, mientras que la otra solía ser aberrantemente falsa. A sabiendas de que no podía confiar en ellos, Kanon dejó de prestar atención a los rumores hacía años.

Sólo una idea le vino a la mente, deducida por lo que le dijo aquella ocasión hacía varias tardes atrás, cuando le aseguró que a él no le interesaba el sexo casual.

—Hace muchos años me relacioné con un hombre que no valía ni mi tiempo ni mis esfuerzos —empezó a decir—. Era muy joven e ingenuo y… y ahora sueno a una novela de colegialas.

Milo rio nerviosamente, gesto que Kanon fue incapaz de imitar. Éste, ya casi seguro de hacia dónde se dirigía la conversación, mantuvo el rostro serio para alentarlo a continuar.

—El asunto es que las cosas no funcionaron bien. Abusó de mi confianza y me odió cuando decidí ponerle un alto. Era rencoroso y no se molestó en reservar sus comentarios negativos. Lo único que me dejó esa relación fue una mala experiencia y una fama todavía peor. Supongo que mi silencio y mi modo de ser únicamente atizaron esa fama. Aunque nunca me molestó lo que dijeran de mí, admito que me hizo desconfiar mucho de los demás.

Kanon supo al momento que Milo mentía. Era claro que el joven estaba mucho más consciente de los rumores de lo que quería aceptar. ¿Por qué otro motivo se mantenía constantemente a la defensiva? Sin embargo, su inseguridad no era la única culpable de sus preocupaciones. La noche de la fiesta Camus comentó que varias personas habían buscado a Milo únicamente para pasar un buen rato. Seguramente al menos un par fue erróneamente catalogado en ese grupo, pero el mismo modo en el que el hombre buscaba proteger a su amigo le hizo comprender que la desconfianza de Milo no estaba del todo mal infundada.

—Cuando pensé que tú también creías en esos rumores me sentí desilusionado. No quería que me vieras de esa forma y pensé que aclarándolo todo podríamos regresar a como estábamos antes —alzó la mirada—. Pero tú no lo permitiste. Comenzaste a decir cosas extrañas sobre el amor y sobre el fuego y yo decidí no creerte porque…

—Porque ya habías escuchado eso antes.

Milo asintió.

—Dijiste que no te interesaba mi amistad. Eso me enfureció porque creí que habías fingido con tal de acercarte a mí y también…

Interrumpiéndose a sí mismo, Escorpio rehuyó la inquisitiva mirada de Géminis. Tragó saliva y cerró los ojos con fuerza.

—También me sentí avergonzado. En todo este tiempo has llegado a conocerme muy bien, Kanon; más de lo que hubiese deseado. Pensé que si alguien tan cercano a mí había llegado a creer en todas esas tonterías, quizá… quizá no eran tonterías. Quizá los rumores no estaban tan desviados de la realidad como había querido creer —nuevamente se atrevió a mirarle a la cara—. Realmente no quería que me vieras de esa forma, Kanon.

—Nunca lo hice.

—Ahora lo sé.

—Es bueno ver que mis taimadas palabras acabaron por convencerte.

—No fueron sólo tus palabras —aseguró—. La verdad es que nunca antes habían luchado por mí de un modo tan… gentil. Fue una experiencia reconfortante.

Encantado por su honestidad, Kanon apenas contuvo sus ganas de abrazarle y besarle nuevamente. Milo compartió bastante con él aquella tarde y Kanon no se atrevió a exigirle más.

—Aún no estoy seguro de si esto es lo indicado. Tengo que pensarlo bien porque no quiero lastimarte —dudó—, todavía más.

—Por mí no te preocupes —aseguró con una media sonrisa—. Soy un hombre fuerte, resistiré lo que tenga que resistir.

Milo agradeció sus palabras con una rápida caricia en su brazo. Le deseó buenas noches e inició su camino de regreso al Santuario.

Kanon decidió permanecer en Cabo Sunión por un par de horas más. Se sentía satisfecho independientemente del curso que tomaran las cosas. Logró convencer a Milo de que sus sentimientos eran reales y, en el proceso, llegó a conocer aún más de él.

Hacía catorce años que domó al Agitador de la Tierra en ese mismo lugar. Confiaba en que en unos días triunfaría también sobre el Asesino de Orión.

Comentario de la Autora: ¡YAY! Capítulo cliché y cursi. Me encantan esos. Me hacen reír mucho. Hoy no les tengo más comentario porque me enfermé de gripe y no ando en mis cinco sentidos. Según yo revisé el capie, pero espero que no haya empeorado las cosas con mi dopado estado. De antemano una disculpa si en lugar de subir el capie indicado subí la letra de alguna canción de Michael Jackson. ... ¡Se cuidan! ¡Nos vemos en un mes!