Capitulo 10:
Si Ginny no hubiera estado tan nerviosa, se habría echado a reír al ver la expresión de Harry. Hasta ese momento había conseguido ocultar sus emociones, pero si tenía cuidado su máscara empezaría a resquebrajarse muy pronto.
—¿Qué demonios quieres decir con que me quieres… a mí?
—Es muy simple —dijo ella, obligándose a hablar con naturalidad a pesar del nudo que tenía en la garganta—. Quiero tener sexo contigo… y más de una vez, por eso también quiero tiempo.
—No soy un gigoló —declaró el, visiblemente ofendido.
—No estoy diciendo que vaya a pagarte.
—Es lo mismo.
—No seas tan puritano. Lo quieras admitir o no… tú también me deseas —respiró hondo y soltó el aire lentamente. Estaba siendo más difícil de lo que había imaginado—. En circunstancias normales, dos personas normales que se desean mutuamente acabarían juntas en la cama.
—¿Estás insinuando que no soy normal, princesa?
—¿Un multimillonario que dirige negocios por todo el mundo y que tiene su propia agencia de detectives? No, no creo que seas un hombre normal.
Él sacudió la cabeza.
—No puedes estar hablando en serio.
—¿Igual que cuando digo ser ciudadana estadounidense?
Potter dejó escapar un gemido de frustración.
—Oye, no te estoy pidiendo nada que no quieras dar. Piénsalo, Harry —se puso en pie—. Y mientras lo piensas, ¿por qué no avisas a ese chico tan guapo para que venga a recoger las cosas? —sugirió, y se quitó la camiseta mientras se alejaba de la mesa para ofrecerle a Harry un atisbo de lo que le estaba ofreciendo. A Ginny le costaba reconocerse en un descaro semejante, pero nunca se había acobardado a la hora de perseguir lo que quería.
Y ahora quería libertad. Una liberación sexual que, por desgracia, sólo Harry podía proporcionarle… por mucho que hubiera bromeado sobre el chico del desayuno. El joven le había tocado la cadera, pero ni mucho menos le había afectado tanto como la mirada de Harry cuando ella se levantó para enseñarle el tatuaje.
Sólo llevaba cinco minutos en el jacuzzi cuando Harry irrumpió en la habitación.
—¿Qué pasa con tu príncipe? —le preguntó con voz fría y severa.

—Por última vez, él no es mi novio ni mi príncipe ni mi nada. Mi padre y tú podéis pensar lo que queráis, pero la única verdad es que yo nunca he dado mi consentimiento, ni implícito ni del tipo que sea, para que mi padre elija a mi futuro marido.
—Sabías que él creía tener el derecho de hacerlo.
—También creyó que tenía el derecho a echarme de casa como si no fuera más que un objeto cuando tenía seis años. No estuve de acuerdo con eso y no estoy de acuerdo con esto.
—¿Sólo quieres sexo? —Le preguntó él, sin apenas contener su temperamento—. ¿No esperas que se convierta en algo más?
—Tranquilo, Harry. Me enamoré de ti hace ocho años porque pensé que eras un hombre distinto. No tienes de qué preocuparte. No podría enamorarme de un hombre tan parecido a mi padre, por muy sexy que sea.
—Entonces, ¿por qué demonios quieres tener sexo conmigo?
—Mis motivos no son asunto tuyo. La pregunta es: ¿estás dispuesto?
Él masculló una palabra tan explícita como soez.
—Esa esa la idea, sí —bromeó ella.
La mirada de Potter, aunque furiosa, la excitó de un modo tan extraño como intenso. Ginny lo deseaba como nunca había deseado a ningún otro hombre. Era una reacción incomprensible, irracional, pero única y exclusiva.
Él murmuró algo en voz baja que Ginny no alcanzó a entender.
—¿Qué has dicho?
—He dicho que no puedo creerlo.
—¿En serio? ¿Qué te cuesta tanto creer?
—Que estés intentando chantajearme para que me acueste contigo —hablaba lentamente, como si se lo estuviera explicando a una persona torpe y obtusa.
Ginny no se ofendió. Al fin y al cabo Harry Potter era un hombre y estaba acostumbrado a controlar cualquier tipo de situación. La revelación de su nacionalidad lo había dejado confuso y aturdido, y eso no debía de gustarle nada de nada.
—No es chantaje. Es un trato. Y, sinceramente, tú te llevas la mejor parle. No tengo la menor obligación de cooperar contigo, pero tengo mis razones para hacerlo. A cambio quiero algo que, si fueras sincero contigo mismo y conmigo, tú también admitirías que deseas.
—¿Cómo puedes ser tan atrevida?
—¿Es que una princesa no puede serlo?
—¿Quieres la verdad?
—Estaría bien, sí.
Potter la miró en silencio por unos segundos. Ella estuvo a punto de estremecerse bajo su escrutinio, pero a duras penas consiguió mantener su actitud indolente y despreocupada.
Entonces una media sonrisa asomó a su boca.
—Tu franqueza y empeño para conseguir lo que quieres me resultan… excitantes.
Lina bajó la mirada a sus pantalones y sintió cómo se ponía colorada.
—Ya veo…
Él soltó una breve carcajada.
—Sí, supongo que lo puedes ver. La verdad, no sé por qué me parece tan tentadora esta situación.
—Um… ¿quizá porque tú también me deseas?
—Hay algo muy excitante en una joven inocente que se muestra tan descarada.
—¿Tan seguro estás de que soy inocente?
—Se te da bien actuar, princesa, pero le has ruborizado al ver mi erección, y eso dice más sobre tu inexperiencia que cualquier comentario que puedas hacer, por descarado que sea.
Ella se mordió el labio. El rubor volvía a delatarla.
—Supongo que no pasa nada porque te lo diga… —él ladeó la cabeza hacia un lado, como si esperase su respuesta con interés—. Aún soy virgen —confesó, pero no le dio más detalles. Potter no tenía por qué saber que era el único hombre con quien había compartido una cierta intimidad sexual.
Él asintió. Ella suspiró y él volvió a reírse.
—Has hecho bien en decírmelo.
—¿Por qué?
—¿Quieres decir que no lo sabes… después de haber leído todos esos libros sobre sexo?
—¿Tendrás más cuidado?
—Lo tendría en cualquier caso, pero… sí.
Ginny lo había imaginado. Quizá se había pasado de lista, pero al menos había quedado todo claro.
—Entonces… ¿trato hecho?
—Eso depende.
El corazón le dio un vuelco a Ginny. ¿Potter iba a aceptar su oferta o qué?
—¿De qué? —le preguntó con una voz embarazosamente chillona.
Él se quitó la chaqueta. Era de color gris pizarra y de un elegante y exclusivo diseño inglés, aunque Ginny no sabía por qué se estaba lijando en esos detalles. Tal vez porque si prestaba atención al hecho de que Potter so estuviera desnudando… porque eso era lo que estaba haciendo, ¿no?… correría el riesgo de sufrir una hiperventilación.
Se mordió el labio mientras él se aflojaba la cortaba. Quería preguntarle qué estaba haciendo, pero temía cuál pudiera ser la respuesta. Tal vez se había precipitado en sus conclusiones y Potter sólo estuviera poniéndose cómodo. Hacía mucho calor allí dentro, después de todo.
—¿Ginny?
—¿Si?
Él se desabrochó el botón superior de su impecable camisa blanca.
—¿Cuáles son exactamente las condiciones del acuerdo?
—¿Condiciones?
—Sí, Ginny. Condiciones. Soy un hombre de negocios. Quiero saber lo que esperas exactamente a cambio de tu cooperación.
—Ya te lo he dicho —¿iba a obligarla a que se lo deletreara?
—Quieres sexo, eso ya lo sé. Pero también dijiste que querías tiempo. ¿De cuánto tiempo estamos hablando?
Ella tragó saliva, intentando humedecer su garganta reseca.
—No lo había pensado —era cierto. Sólo sabía que una noche no sería suficiente. Pero se sintió estúpida al admitirlo. Al fin y al cabo, era ella quien había propuesto el trato y debería haber pensado en las condiciones antes de sugerirlo.
—Comprenderás que no me sienta cómodo con un acuerdo de duración indefinida. Tu padre está esperando resultados.
—Y tú no estás dispuesto a que tu reputación profesional se vea perjudicada —igual que ocho años antes.
—Preferiría que no.
—Um… —se lamió los labios, pensando—. Una semana… siete días.
—Eso es demasiado. Tu padre sabe que yo espero encontrarle antes.
—Que tú esperes que algo suceda no significa que tenga que ser así.
—Para mí sí.
—Esta vez, no.
—Ya te he encontrado, princesa.
—Mi padre no tiene por qué saberlo.
—Tengo una responsabilidad… Es mi cliente.
—Sí, tu responsabilidad es encontrar a su hija y entregársela. Pero no podrás hacerlo si yo me niego a cooperar… a menos que quieras enfrentarte a acciones legales. Así que, técnicamente, necesitas una semana para cumplir con tu obligación.
—Tres días, princesa.
A Ginny se le agotó la paciencia y las ganas de seguir discutiendo. Estaba cansada de las trabas que ponía Potter para algo tan simple y natural como un deseo sexual compartido.
—De acuerdo —respondió fríamente—. Si crees que en dos noches podemos apagar el fuego que arde entre nosotros, me someteré a tu vasta experiencia en este campo.
Él la miró con ojos muy abiertos.
—Esperaba una contraoferta, princesa.
—Pues te has equivocado —salió de la bañera y agarró una toalla del banco para empezar a secarse, ignorando a Harry.
—He dicho tres días, no dos noches, Ginny.
—Es lo mismo —murmuró ella, encogiéndose de hombros sin molestarse en mirarlo.
—No, no es lo mismo. Tres días quiere decir setenta y dos horas. Si empiezan ahora, abarcarían tres noches.
Ginny sintió un destello de esperanza, pero lo reprimió rápidamente. Al fin y al cabo, Potter le había negado una semana.
—Entendido y anotado —murmuró mientras se ponía la camiseta.
—¿Adónde vas?
—A darme una ducha.
—Podemos empezar en la ducha, pero preferiría que pasáramos un rato en el jacuzzi.
Entonces ella lo miró y vio que estaba desnudo de cintura para arriba. Se había bajado la cremallera de los pantalones y su erección era evidente a través de los bóxers negros. Y lejos de parecer vulnerable e inseguro, ofrecía la misma imagen resuelta y autoritaria de siempre.
—¿Es una sugerencia o una orden?
—¿Qué quieres que sea?
A Ginny se le desbocó el corazón, pero antes de que diera responder él se acercó a ella y le puso la mano la mejilla.
—¿Quieres que yo me haga cargo de todo?
—¿Eso te piden tus amantes? —le preguntó ella con voz jadeante.
—Aquí sólo estamos tú y yo, Ginny —bajó la mano a su cuello y la posó en el costado de un pecho, con pulgar a un centímetro del pezón.
—Quiero…
—Sí, nena, ¿qué es lo que quieres?
—Quiero quedarme en el jacuzzi.
—Estupendo —dijo él con una sonrisa—. Pero no es eso lo que te he preguntado.
Ella tragó saliva, sintiéndose cada vez más nerviosa y, al mismo tiempo, más poderosa. Potter le había dado la oportunidad de elegir, y algo en su interior la ¡acuciaba a confiar en él.
—Lo que decida ahora… ¿se mantendrá durante los tres días?
—De momento lo limitaremos al jacuzzi.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo qué?
—Quiero que tú te hagas cargo de todo —su cabeza no estaba tan segura, pero su cuerpo sabía que era lo mejor.
El destello de alivio que brilló en los ojos verdes de Potter se lo confirmó, un segundo antes de que su pulgar cubriera la escasa distancia que lo separaba del pezón. A pesar del sujetador y de la camiseta que se interponían entre su piel y la suya, sintió una descarga; eléctrica que se propagó hasta el otro pecho y que alcanzó su entrepierna.
¿Estás segura, princesa? Porque durante los próximos tres días… las próximas setenta y dos horas… sólo estaremos tú y yo y nadie más.
—En ese caso… —volvió a tragar saliva—. Lo estoy.
Los labios de Potter se curvaron en una de sus escasas sonrisas y se inclinó para besarla. Apenas fue un roce fugaz, pero de algún modo bastaba para sellar su acuerdo. Una parte de Ginny deseaba que aquello pasara en su noche de bodas, pero sabía que sí no superaba lo de Harry, no podría compartir aquella intimidad con nadie. Y mucho menos con el príncipe Draco.
—Voy a quitarte esto —dijo él, agarrando el bajo de su camiseta.
Ella asintió y levantó los brazos para facilitarle la tarea. No era la primera vez que llevaba un bañador delante de él, pero en aquella ocasión se sintió más expuesta que nunca.
La mirada de Potter la recorrió de arriba abajo, haciéndola temblar con una caricia invisible.
—Eres preciosa…
—¿De verdad?
—Sí —levantó las manos y descendió con los dedos desde sus sienes hasta sus caderas—. Eres la mujer más sensual y fascinante que jamás he visto.
A Ginny le pareció una exageración, pero sabía que Potter no prodigaba halagos vacíos.
—Me alegra que me veas así…
—Y a mí me alegra que me desees tanto como yo te deseo a ti.
Por fin lo había reconocido en voz alta. Ginny no supo lo mucho que necesitaba oír aquellas palabras hasta que finalmente salieron de su boca. El alivio fue tan inmenso que las rodillas le cedieron y estuvo a punto de caer, pero él la agarró por las caderas y la apretó contra su cuerpo.
—¿Estás bien, princesa?
—Mejor que bien —respondió ella. La sinceridad de Potter se merecería la suya propia.
—Estupendo… porque ahora voy a besarte y a quitarte el sujetador. Y voy a contemplarte como quise hacerlo hace ocho años.
—Sí —dijo ella con un hilo de voz. Él unió su boca a la suya y ella volvió a probar el sabor con el que llevaba soñando tantos años. La lengua de Potter se introdujo en su boca y la retiró lentamente, mordiéndole el labio inferior.
—Harry… —protestó ella con un gemido.
—Ten paciencia, princesa —volvió a besarla al tiempo que le desabrochaba la parte superior del biquini. La prenda cayó al suelo, sin que ninguno de los dos le prestara la menor atención. Los ojos de Ginny estaban fijos en los de Harry, y él devoraba con la mirada la piel recién descubierta.
—¿Cómo lo haces? —le preguntó ella, asombrada.
—¿El qué?
—Tocarme con la mirada.
—No lo sé… Sólo sé que eres un regalo para mis sentidos.
—¿No quieres tocarme? —se atrevió a preguntarle.
—Oh, claro que quiero tocarte, princesa, pero antes quiero verlo… todo.