Último Acto: Desenlace Final

Capítulo 47 – Poni Después de Todo

El viento del medio día corría fugaz acariciando suavemente los pastizales altos de una verde planicie que relucían brillantes y agradecidos por el favor del sol refulgente en lo alto mientras el sonido cantarín de pequeños arroyos secretos endulzaban el ambiente de la alegre campiña.

Atrás, hacia el norte, las cúspides tapizadas de nieve helada que coronaban las azules pendientes de las Montañas de Cristal; y al frente, al sur, flotando en el cielo primoroso, un paraíso de blanco y multicolor, un laberinto de suaves nubes que prodigaban generosas cataratas de arcoíris: la Magnifica Cloudsdale, hogar de los pegasos.

Debían quedar largas millas aun por recorrer hasta la solitaria cumbre donde descansaba Canterlot cuando Rainbow Dash sintió un tirón en la soga atada a su pierna delantera.

El prisionero se había detenido nuevamente.

―Andando Spades, tendrás tiempo de descansar en prisión. Ahora camina. ―Se giró la pegaso molesta a mirar al poni de tierra.

El aspecto que daba Burning Spades era deplorable. Las rodillas se le doblaban de cansancio, tenía el pelaje de todo el cuerpo sucio y las gafas rayadas y manchadas casi se le caían de la cara enmarcada en una despeinada melena gris. Bien sujeta por el torso y el cuello, una soga que recorría varios metros y acababa atada en uno de los cascos de Rainbow Dash parecía hacer las veces de correa.

―¿Segura que no prefieres detenerte? ―respondió diplomático el herrero. No llevaba nada encima además de sus anteojos. Rainbow había "confiscado" sus pertenencias, que no eran nada más que algunas migas de pan viejo, un odre vacío, un mapa y una bien pulida y cuidadosamente envuelta pieza de cristal tallado dentro de una vieja alforja. ―¿Hace cuánto que no comes? Apuesto a que por aquí podríamos encontrar algunas margaritas, sé que son tus favoritas y…

A toda respuesta, la pegaso tiro de la cuerda, y al tomarlo desprevenido, Spades cayó al suelo y permaneció ahí un momento mientras trataba de hacer acopio de sus fuerzas para volver a ponerse sobre sus cascos.

La sombra dura de Rainbow Dash entonces lo cubrió y bajando la cabeza, le dirigió algunas palabras llenas de molestia que se escurrieron entre los dientes apretados de la pegaso:

―¿Has terminado de jugar, Spades? ¿Entiendes que esto no es un día de campo, verdad? Sí, estoy cansada, y no, no me estoy divirtiendo, pero todo valdrá con creces la pena cuando lleguemos a Canterlot donde las Hechiceras de la Corte te esperan hace tiempo para un juicio… Entonces podré comer todas las margaritas que quiera y descansar con la conciencia tranquila.

Se dio la vuelta y echó a andar velozmente. Spades apenas tuvo tiempo de ponerse de pie y sin sacudirse el polvo del fatigado cuerpo comenzó a trotar tras ella con la mente distraída y los ojos mirando hacia el cielo como tratando de deducir la hora del día. Al bajar la mirada de vuelta al camino se topó de golpe con los furibundos ojos color magenta de su captora.

―No quiero más sorpresas, ¿está claro, Spades? Ni bromas, ni chistes, ni jugarretas, ni excusas, ni conmovedores discursos ni elocuentes disertaciones ¿entiendes?

Burns asintió con los resecos labios bien apretados. Rainbow se dio la vuelta y no había dado dos pasos disfrutando de la quietud del silencio cuando…

―Aunque…

La pegaso resopló hastiada y sus alas se tensaron en un acceso de cólera.

―No quiero oírlo…

―Pero…

―He dicho que no.

―¡Pero…!

―¡NO! ―le espetó Dash encarándolo otra vez ―No esta vez, Spades. Esta vez no vas a zafarte hablando. Es hora de que enfrentes las consecuencias de tus actos como un poni adulto. Ya no voy a protegerte más, así que lo que tengas que decir guárdatelo para el juicio. ―giró su rostro de nuevo al camino y echó andar muy enfadada. No quería que Burning viera que por las mejillas le resbalaban un par de insípidas lágrimas redondas. ―Talvez las Hechiceras tengan paciencia para oírte, porque yo ya no.

Silencio. Pasaron marcando un sendero entre el pasto alto que los cubría por competo. Debieron galopar varia horas en aquel mar de maleza sin poder ver nada más allá de las altas espigas que crecían en todas direcciones. De vez en cuando Spades se paraba de puntillas para ver si lograba divisar el fin del inmenso pastizal. Hacia el oeste comenzaba una pequeña arboleda y después, las vías del tren, largas y tendidas, se extendían conectando todo el reino aun con los más alejados rincones del continente.

―Nos verán.

Rainbow no dijo nada. Estaba determinada a ignóralo.

―Si los guardias pasan volando sobre nosotros nos verán. El pasto no hará mucho para cubrirnos. ―insistió él.

No hubo respuesta.

― Talvez entre el follaje de los arboles tengamos mejor oportunidad de pasar desapercibidos…

―Es algo tarde para pensar en eso, ¿no crees, Spades? ―se resignó Dash para dar por terminada la plática ―ya te capturaron. Perdiste, supéralo.

―Pero si nos descubren, serán ellos quienes me tomaran en custodia dejándote a ti aquí…

―Excelente, preferible que ellos sufran de tu conversación en lugar de mi… ―siguió sin detenerse ni variar su ruta la pegaso.

―No podrías cobrar la recompensa.

―No me interesa la recompensa. Quiero que llegues a Canterlot cuanto antes para que las Hechiceras te encierren o destierren o sea lo que tengan que hacer contigo.

―Entonces si el objetivo final es llegar a Canterlot, no habría problema en, digamos… ¿tomar una ruta alterna? ―negoció el poni de tierra.

―Nuestra ruta es la más directa. Una línea recta desde tu fuga hasta el banquillo de los acusados, donde debes estar.

―¿Sería posible que hiciéramos… una ligera escala técnica?

La soga ante Spades dejó de tensarse y el poni supuso entonces que Rainbow se había vuelto a detener. Unos pasos delante se encontró con ella entre el pasto. La pegaso lo miraba de reojo.

―¿A dónde quieres ir? ¿Piensas despedirte de alguien? No creo que nadie se alegre de verte… ni siquiera Pinkie Pie. ―cierta nota amarga en la voz de Dash pasó completamente desapercibida para el joven corcel.

―No, es a los lindes de Everfree a donde quisiera ir y me gustaría que fueras conmigo si no es mucho problema.

―¿Qué es lo que hay ahí? ¿Pretendes sobornarme? Temo decirte que no funcionará. Esta pegaso es leal a la justicia.

―Lo que hay ahí es la verdad. ―los ojos dorados de Spades la miraron al pasar junto a ella y después continuó caminando ―quiero que cuando yo ya no esté, seas tú quien la conozca.

―Spades… ―aun con sus agudos ojos de pegaso, Rainbow lo perdió de vista entre la maleza ―no es en esa dirección, Spades…

La cuerda comenzó a tensarse y en la distancia, Dash escuchaba las pisadas de su prisionero alejándose. Había comenzado a correr.

―¿Qué relámpagos estas tramando? ―aleteó la poni celeste, elevándose por encima de la planicie.

Lo único que alcanzo a divisar, antes de que la cuerda atada a su casco tirara de ella como si se tratase de una cometa multicolor, fue el correr errático y torpe de Burning Spades entre el forraje.

Le costó mantenerse al vuelo fatigada como estaba, pero su orgullo de atleta no permitiría que un enclenque como Burns la superase en cualquier tipo de prueba física. Se dispuso a sujetar la cuerda con fuerza y darle un duro tirón para frenar lo que parecía un nuevo intento de escape por parte de su prisionero, cuando un distante y familiar sonido la hizo ponerse alerta.

Sonaba como el batir de alas a lo lejos. Coordinado, casi al unísono. Debían ser guardias.

Aleteando con mayor fuerza, la pegaso tomó la delantera y no tuvo dificultad alguna para atajar a un despistado Burning Spades que por alguna razón se había detenido y tenía la cabeza inclinada al piso.

Derribándolo, tiró de la cuerda y lo introdujo casi a rastras en la cuenca de un diminuto arrollo que había divisado desde las alturas. Guarecidos debajo de la sombra de una roca, vieron pasar sobre sus cabezas un pequeño escuadrón de cinco guardias pegasos que sobrevolaba la zona a toda prisa. Rainbow Dash esperó a que se alejasen y al mirar de nuevo detrás suyo, Spades se acomodaba las gafas y dejaba sobre el suelo aquello que se había inclinado a recoger entre el pasto:

Un ramillete de margaritas frescas descansó a los cascos de Rainbow. Entonces Burning no había tratado de escapar después de todo.

La pegaso miró las flores, luego a Spades. De nuevo las flores y una vez más a él. Como no vio respuesta, las tomó decidida y comenzó a comerlas, mientras el herrero se acercaba al diminuto riachuelo a refrescarse la cara.

Al volver, Rainbow había apartado algunas de las margaritas y las había dejado ahí para él.

―Oh, no. Muchas gracias ―se negó cortésmente el poni de tierra ―las flores no son lo mío. Algunas me gustan secas, en infusión; pero frescas…

―No puedo creerlo ―lo miró ella entrecerrando los ojos ―Eres un melindroso insoportable…como un potrillo malcriado.

―No tengo hambre realmente… ―con un sonoro rugido, su estómago lo desmintió.

―Oh, por favor, ―se burló entonces Rainbow ―dígame que le apetece entonces a Burning Spades, rey de los caprichosos.

―En realidad… ―desvió la mirada al responder ―se me antoja mucho una patata al horno con mantequilla y especias.

―¿Algo más, su Alteza? Que lastima, no tenemos. Ahora come las margaritas antes de que te las de en el hocico como a un potranco recién nacido.

Sabiendo que hablaba en serio, Burns se aplicó a masticar las flores tratando de pasarse enteros los tallos cuyo sabor amargo le desagradaba mucho.

―No sé en qué estaba pensando… ―se dijo a si misma Rainbow, escrutando el cielo mientras Spades hacia gárgaras con agua para quitarse el sabor a clorofila de la boca. ―jamás llegaremos a Canterlot sin ser vistos. Deben estar vigilando los caminos.

―El tren ―sugirió el herrero ―estarán vigilando las estaciones pero no requerimos pasar por Ponyville. Podemos bajarnos antes.

―De verdad te has convertido en todo un delincuente… ¡ahora me harás abordar un tren como polizonte!

El semblante de Burns se ensombreció. Parecía que la idea no le encantaba, pero comprendía que, como las margaritas, era su única opción.

―Andando. ―le dijo la pegaso poniéndose en marcha ―busquemos las vías y si tenemos suerte, talvez podamos desenterrar alguna patata silvestre. Pero no te hagas ilusiones: no creo que encontremos un árbol de mantequilla o un horno salvaje en el bosque.

El tren de medio día rugía poderosamente, dejando tras de sí una esponjosa estela de vapor blanco, recorriendo a toda velocidad las vías que, bordeando por el Cañón Galopante y extendiéndose junto a la Cordillera del Unicornio; conectaban Canterlot con el Imperio de Cristal, bifurcándose a medio camino rumbo a Vanhoover.

El ruido de la poderosa máquina alertó a Burns y a Rainbow, que esperaban atentos escondidos tras un arbusto, al borde de una arboleda a un lado de las vías.

―¿Estas lista? Ahí viene. Debemos tratar de entrar en un vagón de carga donde no nos descubran. Necesitamos ser veloces para no ser vistos.

―Toma notas para ti mismo, Spades, a mí no tienes que darme consejos sobre ser veloz. Eso es lo mío. ―respondió Dash estirando las alas y flexionando las rodillas traseras lista para saltar al vuelo.

Tan pronto el tren estuvo a buena distancia, y tomando el chasquido de la pegaso al saltar a la acción como aviso de salida, Burning se disparó a todo galope tratando de seguir el paso al vuelo de su compañera, pero ni aun en sus mejores días, bien descansado, comido y en su mejor forma, jamás habría podido superar a Rainbow que cortaba el aire más velozmente que una saeta.

Tan pronto como ella posó sus cascos en uno de los vagones, sintió el fuerte tirón de la soga en su pata delantera. Al mirar atrás pudo ver, como fatigado y a todo correr, Spades se debatía en vano tratado de alcanzar el tren. De hecho, la cuerda que estaba atada a su torso y cuello, que Rainbow trataba de sujetar para evitar que el peso del poni la derribara del tren, tiraba de él prácticamente haciéndolo arrastrar por el camino.

Inútilmente el herrero trataba de frenar su faena con los cascos o de mantener el equilibrio. Estuvo a punto de caer de cara al suelo, cuando Rainbow Dash, alzando el vuelo una vez más bajó del tren, llegó con él y levantándolo del piso, lo cargó varios metros haciendo un esfuerzo extra por alcanzar a la maquina cargando con sus piernas delanteras el peso de Burning Spades.

Aquella medida desesperada logró fatigar un poco a la pegaso que pudo tomar el tiempo de recuperar el aliento cuando los cascos de ambos ponis estaban bien plantados en el balconcito en la parte posterior del último vagón del tren.

―Descuida, yo me encargo del resto… ―se asomó el poni de anteojos al interior del vagón a través de la ventanilla trasera.

―No lo sé, Spades… hasta ahora me da la impresión de que no eres tan buen fugitivo…

―¿Qué puedo decir? Es una experiencia nueva para mí, pero admito que ha sido bastante educativa ―observó el poni de tierra echando un último vistazo ―Esta libre, podemos pasar.

Abriendo la puerta, se internaron en el solitario vagón, poblado totalmente por cajas y paquetes de varios tamaños y materiales.

―No hagamos ruido, no sabemos cuándo puede pasar el inspector del tren haciendo su ronda habitual ―Burns bajó su voz hasta volverla un susurro.

―No sé si será una idea tan buena si estaremos escondiéndonos de todos modos, Spades. ¿Acaso no tenías una capa que te hacia invisible? Todo esto habría sido más fácil de traerla contigo ¿no crees? ―le respondió Rainbow hablando por lo bajo.

―Es posible, pero en contra de la guardia real no habría servido de mucho. Hay unicornios bien entrenados que pueden ver a través de hechizos sencillos de ocultación como ese, sin mencionar que detectan fácilmente las presencias mágicas que ese tipo de objetos emite.

―Sí, pero te habría mantenido fuera de la vista de pegasos y ponis de tierra sin ningún problema, genio. ―le objetó Dash ―Creo que los ponis listos como tú o Twilight resuelven primero lo más complejo y dejan pasar lo simple en algunas ocasiones.

―Puede que tengas razón, pero además, no tuve tiempo de tomarla ―añadió Spades ―la persecución me tomó desprevenido y solo tuve tiempo de traer lo indispensable.

Rainbow se detuvo un momento a pensar que de toda la basura que Burning traía en su modesto equipaje era lo que él llamaba "lo indispensable".

―Debo traer suficiente pan en mi mochila aun para el día de hoy…

―No, no, no ―lo detuvo ella ―No pienso comer ese pan y tú tampoco deberías. Esta tan invadido de moho que ya ha comenzado a comerse a sí mismo. De ninguna manera. Yo iré al vagón comedor y nos conseguiré algo sabroso, después de todo, yo aún puedo dejarme ver. Sigo siendo un miembro respetable de la sociedad de Equestria.

―¿Y que harás si algún inspector te pide que le muestres tu boleto?

―Lo mandaré a dormir de un derechazo o saltaré por una de las ventanas del tren.

―Muy bien. Eso definitivamente suena como un plan.

La pegaso bajó la cabeza para desatarse la soga del casco derecho antes de salir en busca de alimentos.

―No puedo llevarte conmigo, así que te quedas aquí, pero no vayas a intentar nada demasiado astuto… o demasiado tonto ―le advirtió.

―Descuida, no pienso moverme de aquí.

Lanzándole una última mirada severa, Dash le dio la espalda dispuesta a atravesar la puerta hacia los vagones para pasajeros.

―Y… ahm… Rainbow…

―Lo sé, Spades, veré si tienen patatas al horno…

La puerta se cerró tras ella y, con una sonrisa dibujada en el rostro, Burns se preguntó en que estaría pensando cuando creyó que podía intentar hacer todo esto sin el apoyo de Dash…

El sol realizó todo su recorrido por el cielo, y un par de horas antes del atardecer, el tren proveniente del helado norte comenzó a bordear los límites del bosque. Por las ventanillas de un lado, el alto y empinado risco de roca purpurea donde descansaba la ciudad de Canterlot regalaba una vista impresionante, mientras que del lado opuesto, los campos sembrados decoraban las colinas y a lo lejos, algunas columnas de humo delataban la presencia de las humildes y pintorescas chimeneas del poblado de Ponyville.

Antes que la maquina tornara rumbo a la estación, Rainbow y Burning se dispusieron a bajar del tren, habiendo pasado la tarde entera escondiéndose de los inspectores. Siendo dos, habían podido tomar turnos para montar guardia mientras el otro tomaba una bien merecida y necesitada siesta.

Tan pronto supieron que la siguiente salida era la del pueblo, decidieron retirarse al balconcillo del último vagón y desde ahí realizar su pirueta de descenso. Aunque la pegaso estaba segura que dejar a Burns intentar saltar del tren sin ayuda habría tenido un resultado muy cómico, prefirió ahorrarle al poni de tierra el dolor y sujetándolo nuevamente del cuerpo, lo sacó volando del tren y ambos ponis aterrizaron cerca del linde de Everfree sin mayor complicación y sin llamar la atención de nadie.

Tan pronto los cascos maltrechos de Spades tocaron el húmedo suelo del bosque, un aroma denso y distante de misterios perdidos, secretos ocultos de eras lejanas sepultados bajo el lodo, sobre los que crecía aquel mundo de vegetación antigua y celosa; emergió de las entrañas de la espesura llenándole por completo los pulmones y atrayendo su mente curiosa y despierta.

La pegaso y el poni de tierra se internaron entonces en el bosque, descubriendo caminos invisibles entre los árboles y las enramadas, donde nudosas ramas, vados ocultos y riachuelos traviesos poblaban el sendero volviéndolo agreste e inhóspito. Ahora Spades iba a la cabeza guiando y aunque no había mas cuerda que los atara el uno al otro, los ojos agudos de Rainbow no perderían de vista a Burning ni un segundo. Ya no más.

Después de un buen rato de caminata, Dash comenzó a temer que estuvieran perdidos. Entre las gruesas y tupidas hojas, el cielo había comenzado a tornarse naranja y oscuro conforme el sol se iba ocultando. Everfree era grande y engañoso, aun para ella que había realizado varias expediciones en su interior y que tenía más de un lugar bien conocido dentro de sus límites. Rainbow podía ubicar sin problemas la cabaña de Zecora y a vuelo relámpago sin duda localizaría las demacradas ruinas del antiguo Palacio de las Dos Hermanas, pero de alguna manera solía tener como referencia la entrada desde un lugar conocido, Ponyville. Ahora, Burning la conducía, a partir de un punto completamente arbitrario, por un sendero que parecía improvisado hacia un destino para ella desconocido.

El viento comenzó a silbar extrañamente, proyectando su gélido aliento por entre los resquicios de los troncos cercanos y, entre las ramas de los árboles, todo el tiempo se agitaban inquietas creaturas misteriosas y anónimas. Un peculiarmente intenso frio comenzó a entumirle las alas y ella trató de estirarlas en vano, para disimular la incomodidad y el desconcierto. La situación no mejoró en nada cuando, poco a poco, Rainbow comenzó a tener la impresión de que su camino iba constantemente de bajada. ¿Tenía el herrero idea de a donde los estaba conduciendo?

En el último momento, una luz de un rojo intenso brilló entre los arboles despertando destellos como de fuego en las desgastadas gafas del poni de tierra. Siguiendo aquella luz por un camino en extremo estrecho, Spades la condujo hasta salir de bosque a un enorme claro en cuyo interior descansaba un tranquilo lago.

―El lago Saddle, siempre ha sido mi referencia para orientarme ―le comentó Burns a su compañera que se sentó en el pasto. La escena era sobrecogedora, pues el agua clara del manantial reflejaba los últimos rayos del sol poniente y casi hacían parecer que el cielo y el lago estaban en llamas. ―me tranquiliza haberlo encontrado. Por un momento temí que nos hubiésemos perdido.

―¿De verdad, Spades? Casi no lo noté ―le aseguró la pegaso quien, desviando su potente vista hacia el norte pudo ver, recortada contra el cielo cada vez más oscuro, la silueta del solitario risco en el centro de Equestria, y sobre él, la mismísima ciudad de Canterlot, capital del reino. ―Espero que no sea esto todo lo que hemos venido a ver porque te recuerdo que aun tienes una cita pendiente en la corte…

No hubo ninguna respuesta.

Rainbow volteó sorprendida. Burning Spades, el poni que siempre tenía un comentario preparada ¿se había resignado finalmente quedándose sin habla?

―¿Spades…? ―Los ojos de Dash le buscaron entonces extrañada. No hubo una respuesta porque el poni rojo había desaparecido. Ya no estaba ahí.

Poniéndose sobre sus cascos otra vez, la pegaso lo llamó. Sus alas cansadas comenzaron a batir, propulsadas por la ira que empezaba a acumularse dentro de ella cuando finalmente pudo entenderlo:

Se había ido. Burning se había fugado en la primera oportunidad que tuvo. La había llevado a un lugar con una vista hermosa, incluso la había convencido de que fueran lo suficientemente cerca de Canterlot, donde ella pudiera entregarlo, para que sonara convincente, pero lo suficientemente lejos de ahí para que Spades no sintiera demasiado la navaja sobre su cuello.

Rainbow apretó mucho los dientes y bajó la cabeza un momento. No lloró. No iba hacerlo. Se había decidido a no volver a derramar una sola lágrima por aquel poni traicionero y lo cumpliría. De hecho, remontaría el vuelo con tanta velocidad y potencia que esperaba arrancarle las hojas a cada árbol del bosque hasta encontrar a ese infame criminal que se había burlado de ella abusando de su confianza.

Ese rufián y pusilánime, ese malagradecido, burdo y miserable, ese…

―Rainbow…

Escuchó su voz, distante y apagada por el crepitante llamear de su propio enfado dentro de su alma.

―No quiero apresurarte, pero aún tenemos algo por ver antes de retomar nuestro camino ―sin duda era él.

Al girarse, lo vio. Su cabeza sobresalía por el borde de una zanja como si se tratase de un topo en un agujero. Al parecer no había ido a ningún lado. No había escape, fuga o traición. Spades tenía un talento peculiar para pasar desapercibido, aun sin su capa mágica encima.

La pegaso se acercó a él sin mediar palabra. En parte pensativa, en parte sintiéndose culpable por haber pensado lo peor de él. A final de cuentas, no tenía por qué decirle que creyó que se había escapado. Si Spades no se enteraba que ella lo juzgo mal, no tendría por qué disculparse.

Al descender al fondo del pequeño surco, los cascos de Dash se empaparon. Al parecer, era la cuenca de un pequeño rio que en ese momento sufría de una notable escases de agua.

―¿Qué hacemos aquí? ―indagó ella. El agua helada la había traído de vuelta de sus pensamientos.

―Es el único acceso a donde queremos llegar. Se pondrá más oscuro adelante y talvez se estreche demasiado. Me disculpo de antemano por lo sucio y desordenado ―le anticipó a toda respuesta el herrero al comenzar a andar, siguiendo la cuenca del arroyito.

El sendero fue volviéndose más profundo y el agua comenzó a crecer en volumen conforme avanzaban hasta que el canalillo se internó bajo tierra transformándose en una especie de angosto y húmedo túnel del que colgaban viejas raíces y parecía ser la madriguera de varios tipos de insectos y otras creaturas.

Rainbow agradeció que Spades fuera de nuevo a la cabeza, sobre todo cuando notó que pausó un momento lo que le iba explicando al sentir que se le metían las telarañas a la boca:

―Lamento haberte traído tan lejos, pero comprenderás que después de los sucesos del año pasado tuve que buscar un escondite seguro para realizar mis investigaciones.

―¿Te refieres a… lo que pasó con tus viejos camaradas los pronis del otro mundo? ―indagó ella sacudiéndose la melena de lodo. Se internaban cada vez más hondo y lo único que iluminaba el túnel era la luz moribunda que se colaba por los resquicios entre las raíces.

―Se hacen llamar bronis, y me refiero más bien a lo que sucedió mientras tú, yo y el resto de las chicas lidiábamos con ellos. ―dijo él, bajando la cabeza para esquivar una raíz especialmente gruesa. El mentón le quedó sumergido bajo el agua. El nivel del arroyo ya había subido mucho.

Rainbow sabía bien a que se refería Spades. Hacía más de un año que habían sido sustraídas de su herrería algunas de sus posesiones. Algunas piezas sencillas, muestras de cristales de animita y los planos del prototipo de lo que Burning solía llamar el Poni de Acero, que era un loco y destartalado invento suyo.

Se trataba de una especie de armadura propulsada por magia. Spades le había puesto un par de rudimentarias alas y decorado la frente con una pieza de cristal en lugar de cuerno. Lo impresionante es que el cachivache de hecho servía. Ese mismo y desafortunado año Burns pudo poner a prueba su invención en una situación de verdadero riesgo y la armadura había funcionado, permitiéndole volar y hacer magia.

También habían robado el libro. Su libro. El libro que el herrero mismo había escrito y guardaba celosamente. Rainbow ignoraba realmente su contenido. A diferencia de una buena novela de Daring Do, el libro de Spades contenía exclusivamente disparates solo aptos para los más dedicados y prometedores cerebritos. De hecho, era muy probable que solo tres ponis, contando a su autor lo hubiesen leído. Otro de esos era Twilight, y en cuanto al tercero, al parecer había sido demasiado para él y no lo soportó, o por lo menos no con su cordura intacta. Ese libro era trascendente pues había sido la razón por la que las Seis Ponis de la Armonía habían llegado a conocer a Burning Spades, una noche de lluvia hacía ya más de dos años.

Desde que dichos objetos se extraviaron, el comportamiento del herrero, que ya era distante y poco sociable de por sí, se volvió errático, ermitaño y hasta paranoico. Las últimas semanas casi no lo habían visto por el pueblo y se decía que rondaba las calles de Ponyville solo algunas veces por semana, siempre por las noches y envuelto permanentemente en una capa con capucha.

Talvez, lo que sea que hubiera estado haciendo, se encontrara oculto en aquella húmeda y perdida esquina de Everfree.

Rainbow ya no alcanzaba a ver gran cosa más allá de su nariz cuando escuchó el cuerpo de Spades, varios metros delante de ella, salir del agua. Un duro golpe en la frente le avisó a la pegaso que había llegado al final del túnel donde una dura saliente de corteza hacia más pequeño el acceso hacia un espacio más alto que se abría ante ella.

―Cuidado con la cabeza al final ―aconsejó el herrero, prestándole a Dash uno de sus cascos delanteros para ayudarle a salir del agua helada y subir a unos poco uniformes escalones empedrados.

―Muy oportuno tu consejo, como siempre, Spades ―frotándose la frente adolorida, la pegaso salió del arroyo. El lugar estaba oscuro como una cueva y una tenue y mortecina luz se filtraba apenas por una especie de agujeros redondos en las paredes.

Tan pronto Spades encendió un par de linternas de aceite, la estancia quedó más iluminada. Rainbow entonces comprendió: se encontraban en el interior de un árbol. No era ni remotamente tan grueso como el de Twilight, pero definitivamente era más viejo. Dash supuso que por la forma que tenía por dentro, desde afuera debía lucir como una especie de enorme y muy feo nabo. En su interior, un espacio como de una redondeada sala albergaba una infinidad de objetos dispersados por todos lados. Había algunos muebles, sobre todo banquitos y mesas de trabajo, pero casi cada centímetro de suelo, pared o superficie alguna estaba tapizada por trozos de papiro con esquemas, anotaciones, mapas o dibujos. Algunos trozos incluso estaban atados con un hilo de color rojo que circulaba formando senderos en la pared, como interconectando varios recortes, dando a entender que tenían algún tipo de relación entre sí.

―Bienvenida a mi sala de la locura ―le Burns dijo sosteniendo con su hocico una tercera lámpara de aceite recién encendida. ―te ofrecería un asiento, pero yo mismo ya no tengo donde sentarme. Además, espero nuestra visita sea breve.

―¿Qué es todo esto, Spades, que estoy viendo? ―los ojos de ella iban y venían recorriendo las paredes y los muebles donde notas escritas de todo tipo mostraban cartas, planos de edificios y recortes de periódicos.

―Esto, es mi más reciente investigación. El caso que ocupa esta misma noche a la Corte de Hechiceras de Canterlot y la razón por la que estemos tú y yo aquí.

Y parándose junto a la pared, señaló decidido a un grupo de recortes especialmente abundante. Un dibujo hecho a carboncillo mostraba lo que parecía el cuerpo de un poni. El dibujo no tenía color, desde luego, pero parecía haber sido muy bien sombreado en escalas de grises. Otros de los recortes eran encabezados de diarios y testimonios de entrevistas que parecían tener cierto tema en común:

"¡Invasión Frustrada! Ponis locales detienen horda invasora con ayuda de enormes lagartos extranjeros." Informaba el Noticioso de Ponyville en un numero de hacía más de dos años.

"Relato de los avistamientos de una numerosa caravana de descoloridos ponis en las cercanías del valle" se titulaba a transcripción del testimonio de un granjero de localidad no muy distante.

"Mapa de las supuestas rutas en que se han encontrado comerciantes ambulantes de gemas y metales en las cercanías de Ponyville" venia titulado un mapa con varias señales en forma de cruz poblando caminos y senderos.

―Como bien recordaras, hace casi tres años, haciendo uso del poder de los Elementos de la Armonía, Scriptlore, quien fuera Gran Bibliotecario de la Colección Real de Canterlot, pudo abrir con éxito un portal a otro mundo. ―describió ceremonioso Burning Spades.

―¿Cómo olvidarlo? Fue la primera de muchas veces que yo y el resto de las chicas salvamos tus flancos de la total destrucción ―apunto Rainbow certera.

―Esa noche un grupo de alrededor de 60 entidades de un mundo más allá entraron en Equestria, quedando transformados en ponis de tierra, todos grises y sin marcas especiales. ―continuó el poni con la serenidad de un profesor. ―Admito que de cierta manera, esperaba que su permanencia en este mundo les enseñara lo que su vida en el suyo no pudo: el valor de la confianza, de los buenos sentimientos, de la tolerancia y la amistad.

»Supongo que me equivoqué. A final de cuentas, son en verdad antibronis y fue el odio y el rechazo hacia todo lo que este mundo representa lo que los trajo aquí. Durante todo un año permanecieron en el anonimato, como sombras errantes en un mundo extraño. Supongo que en un punto de su peregrinaje decidieron detenerse y poner su base de operaciones en algún lugar fijo dentro del reino. Lamentablemente, no pude prever a tiempo que de entre ellos, aquel que fungía como su líder tenia aun planes hostiles en contra de nuestro mundo.

Caminando por la estancia y siguiendo el recorrido de una de los rojos listones, Spades le mostró a Rainbow el orden de los acontecimientos.

―Yo no tenía idea de que nos observaban. De que un porcentaje de sus activos estaba concentrado en ir de un lado a otro de Equestria, comerciando con artículos que minaban de la tierra, pero aprendiendo, observando. Lo sucedido al año siguiente fue lo que me mostró cuanto había subestimado a este grupo.

Los siguientes recortes en la pared eran recuerdos de la invasión y ataque de las tropas de los Bronis Radicales y de su infame monarca, Azorakt el Maligno, a quien las Seis Principales habían derrotado y exiliado de vuelta a su mundo. Dash miró recordando y al encontrar un dibujo de Emperor, el Poni Terrible de la Derrota, recordó aquella injusta y riesgosa carrera en la que se vio obligada a competir a la par de su amiga Fluttershy.

―Al desparecer mis planos y mi libro, no me cupo duda de que los antibronis estaban al acecho, pero también comprendí que les había permitido tomar demasiada ventaja. Su plan estaba ya en marcha y su astuto líder se encontraba ya varios movimientos delante de mí en este juego. ―enunció Burns y al hacerlo, se detuvo sentándose en el suelo, mirando desde abajo un dibujo de perfil de un poni de crin negra, pelaje gris claro y largas patillas.

―¿Cómo sabes que es él? ―cuestionó Rainbow parándose a su lado.

―Porque lo vi. Fue el primero en salir del portal. Aquel que se dirigió con furia a Scriptlore y lo reprendió por condenarlos de alguna manera a tomar esa forma y condujo al resto de la horda hacia afuera de la fosa de los lizerinos. Sospecho que él comandó al grupo de antibronis en su invasión, aun desde antes de venir, aun desde más allá de la Cascara del Mundo. ―Spades bajó la vista al suelo meditabundo. En su corazón había algo más. Algo que no sabía explicar. Algo que el mismo no comprendía del todo, o que por lo menos no comprendía completamente de este lado. ―La verdad es que… de cierta manera llevo siguiendo su rastro desde muy lejos. Como si hubiera contemplado y perseguido los estragos de sus fechorías aún más allá… desde el otro… desde mi

―Desde su mundo. ―lo corrigió la pegaso, poniendo uno de sus cascos en el hombro de el en señal de apoyo y comprensión. En su interior Burning lo agradeció profundamente.

―Y hace apenas unos meses ―indicó el herrero, retomando su seriedad y temple. ―los movimientos de este líder y su grupo se volvieron más que evidentes. Esto que vez aquí son réplicas de los sobres de varias cartas que el propio líder envió a nada menos que a nuestra amiga Twilight Sparkle, calcadas a través de un complicado proceso químico de disolución aplicado en la tinta. Todas tienen por remitente a un tal Doctor Greycoat

―Oye oye, Spades, ¿y cómo hiciste para conseguirlas? Es una invasión a la privacidad leer cartas ajenas ―afirmó Dash sincera.

―Lo sé, pero para este punto yo ya sospechaba que el reino, y aun nuestro mundo estuviera en resigo. Además no leí las cartas, solamente realice una réplica de la escritura del sobre al aplicar presión en él contra un lienzo limpio después de administrar algunas sustancias que extrajeran algo del contenido de metales pesados contenidos en la tinta, para de esa manera…

―Sisisi, ahórrate la charla de nerd ¿Cómo tuviste acceso al sobre?

―¿Recuerdas que te hable de los agentes que el séquito de antibronis tenía dispersos como espías por todo el reino?

―Si.

―Algunos de ellos comenzaron a trabajar hace varios meses en el servicio postal del reino.

―Bien, ¿y entonces?

―Pues que no son los únicos con agentes infiltrados en el correo. ―Spades entrecerró los ojos y trató de disimular una sonrisa de pura malicia y orgullo. ―Cierto informante, cuya identidad prefiero mantener en el anonimato…

―Es Derpy, ¿verdad? Apuesto a que es Derpy. ―atajó Rainbow al instante.

No hubo manera de que Burns disimulara su asombro. Por su reacción era obvio que la pegaso había dado en el clavo.

―¿Pero, como supist…? No es posible que… ―tartamudeó contrariado el herrero.

―Vamos, Spades, es más que obvio. Todo el pueblo sabe que Derpy estuvo saliendo un tiempo con tu amigo el grandulón. ¿Cuál era su nombre?

―Leadhawk.

―Si. Ese. Admítelo, tú no tienes tantos amigos y contactos como para que pretendas que se mantengan anónimos.

Resoplando y tratando de no sentirse desanimado por su fracaso al intentar impresionar a su audiencia, Burning finalmente tomó aire y concluyó su relato:

―En fin, fue a través de las cartas…

―Que te facilitó Derpy. ―sonrió Rainbow.

―Sí, esas. Fue a través de ellas que supe varias cosas. Primera, que los antibronis habían colocado su base de operaciones cerca de un rio, ya que los metales contenidos en la tinta, son característicos del arrastre que varios arroyos del reino llevan en sus cauces. Sumado a los reportes de ponis descoloridos vendiendo y cambiando gemas y metales preciosos por los caminos, pude determinar que su fortaleza debe estar ubicada al suroeste de la villa, en la cuenca del rio que cruza el Barranco Fantasmal. ―Con su casco, señaló el mapa justo la región precisa.

»Segunda, que estaban intentando dar un golpe importante al reino, pues a través de Twilight, es de suponer que su líder, ese tal Greycoat, estaba intentando aprender tanto fuese posible de la sociedad de los ponis y del mundo en general con el objetivo de encontrar un punto donde desequilibrarlo.

»Tercera y última, que su plan estaba ya en una fase avanzada si no es que en plena fase final. No se habrían arriesgado a mostrarse aun a través de correo si no estuvieran seguros de que tenían como afrontar una posible contraofensiva.

―Vaya, es una suerte que haya en el mundo ponis locos que se creen detectives como tú, de lo contrario, seguro se saldrían con la suya ―afirmó Dash. Algo le decía que Spades aún tenía algo más que decir y eran malas noticias.

―Lamentablemente, fueron más listos que yo. ―dijo él cabizbajo. Rainbow sabia cuán difícil debía ser para el herrero admitir eso.

»El líder debió suponer que yo lo investigaba. Él me tuvo en cuenta en sus planes todo el tiempo y debió deducir que, al ver la magnitud del problema, acudiría a las Princesas por apoyo. No solo estaba espiándome, no solo sabía que yo lo espiaba a él, sino que me dejó continuar investigando hasta que me condujo… a una trampa.

»Hace apenas unas semanas, aquella noche pedí a Sus Majestades Reales me concedieran una audiencia fuera del palacio, en un lugar que pensé sería seguro…

―La torre de la Colección Real de Canterlot… ―susurró la pegaso entendiendo a que noche se refería.

―Exacto. Se anticiparon a mis planes y colocaron un dispositivo explosivo en el edificio. Pensaban acabarnos a todos, a las Princesas, a mi… y a Twilight, pues representábamos una amenaza a los planes de su líder.

―Espera… ¿Twilight?

―Ella estuvo ahí esa noche. Ignoro realmente el porqué, pero puedo suponer que las influencias de Greycoat en la oficina postal debieron dar sus frutos. Supongo que falsificó una carta invitándola a mi reunión con Sus Reales Majestades, así, aunque llegase a sobrevivir, no culparía al supuesto doctor con quien había sostenido comunicación vía correo.

―Entonces todo fue una trampa… ¿Twilight lo sabe?

―Lo ignoro. Talvez lo sospecha, pero no sé hasta qué punto el líder de los antibronis haya logrado confundirla. Ella es inteligente, mucho, pero después de lo ocurrido aquella noche debió de sentirse muy vulnerable…

―Burning Spades… grandísimo cabeza hueca…

El poni de tierra se giró hacia la pegaso y un potente bofetón del casco de ella le derribó las gafas del rostro dejándole el cabello hecho todo un lio.

―¿Pero porque…?

―¡Cállate! ¿No ves que estoy enfadada?―le espetó Dash sin levantar la cabeza. Su fleco multicolor le cubra el rostro ―Escúchame tu ahora.

»Eres un poni tan listo y aun así eres tan tonto. Pudiste pedir ayuda, pero preferiste como siempre hacerte el fuerte, el importante y me dejaste… nos dejaste afuera, a mí y a las chicas…

―Pero Rainbow, lo hice porque no quería…

―No querías involucrarnos, querías que no saliéramos lastimadas, lo sé. Conozco ya todas tus excusas, Spades, y la verdad es que ninguna me convence. ¿No ves a donde te han traído? Eres el criminal más buscado de Equestria y hay un precio por tu cabeza… el simple hecho de que andes suelto ha llenado el corazón de todoponi en el reino de resentimiento y miedo…

Resentimiento y miedo… los engranes en la mente del herrero comenzaron a girar como si se hubiesen desatascado. De pronto, una idea apareció en su cabeza, una idea clara y evidente, amenazante y aterradora.

―Hay que detenerlos… a los antibronis. No podemos esperar más ―dijo con aire sombrío mirando a Rainbow.

―Y de seguro crees que debes hacerlo solo…

―Yo… no, claro que no. ―el poni se acomodó los anteojos sobre la cara y al mirar a su amiga frente a él no podía ser más sincero ―No podré solo, Rainbow, por eso debo pedirte que me ayudes… te necesito

La petición tomó por sorpresa a la pegaso que se quedó sin habla, con los ojos muy abiertos mientras Burning caminaba por la estancia hasta un rincón donde, bajo una empolvada sabana parecía descansar un par de maniquíes.

Al retirar la cubierta y cuando la nube de polvo se hubo disipado del interior del árbol, la poni celeste pudo ver los peculiares atuendos que estaban usando las figuras. Burns entonces le explicó:

―Los antibronis robaron mis planos del Poni de Acero y no dudo que intentaran desarrollar armaduras funcionales en base a mi diseño. Basándome en el reciente cambio tan drástico en la caligrafía de las cartas de Greycoat, es de suponer que dejó de tomar la pluma con su boca y comenzó a encantarla con magia de una armadura de su propia creación.

»Si pensamos enfrentarlos debemos, por lo menos, estar preparados para que sean capaces de volar y utilizar magia. Requerimos protección en contra de ello y, en mi caso, la capacidad de despegar del suelo, así que invertí mis últimos días antes de ser un prófugo construyendo esto. El de la derecha es el tuyo.

De negro brillante, y cubriendo el cuerpo entero de los muñecos, un ceñido traje elástico hacía las veces de armadura. Varias líneas sin color alguno recorrían las piernas y el torso dándoles un aspecto deportivo y, sobre los flancos, una pieza metálica, pequeña y redonda cubría el reactor mágico de cada una protegiéndolo.

―La tela es un preparado único que Rarity me ayudó a desarrollar. ―le mostró el herrero, de cerca la textura de la prenda parecía la piel de un reptil ―Es una cota de ligeras y delgadas escamas metálicas cubiertas por dentro y por fuera por un lienzo elástico fabricado usando la espesa savia de los árboles de Everfree. Ella pensó que era horrendo y que jamás en su vida vestiría algo fabricado con ello. Yo pensé que era cómodo y muy resistente a impactos y golpes.

»Las líneas que lo recorren son delgados hilos formados por cristales de animita pulverizados. Conducen la magia desde el reactor, irradiando todo el traje.

Los ojos de Rainbow, que seguía callada observando las piezas pasaron de un maniquí al otro notando varias diferencias importantes.

―Como verás, el tuyo es mucho más ligero. Dado que tú ya tienes alas, solo cuenta con los orificios para que las saques, sin nada que te estorbe al volar. Básicamente, la magia de tu reactor cumple dos simples propósitos: generar un sencillo escudo mágico a tu alrededor para deflectar proyectiles de energía y alimentar el dispositivo de comunicación en tus gogles. Mientras los uses escucharé todo lo que digas en mi casco y tú oirás lo que diga yo. Es para estar en contacto al vuelo. ―descolgándolos del figurín se los mostró. Eran redondos y metálicos, con cristales muy pulidos. No lo dijo, pero a la pegaso pensó que lucían taaaan geniales.

Spades también se guardó para sí mismo que, aunque había intentado, no pudo encontrar la manera de mejorar la velocidad de Rainbow al vuelo o la agudeza de sus sentidos a través de la magia de la armadura. Después de horas y horas de hacer cálculos y formulas, simplemente no encontró la solución, no había manera. La magia natural que residía en la pegaso y le daba sus excepcionales habilidades simplemente no tenía forma de ser superada, y aunque cargando con un fracaso más, el herrero admitió su derrota, admirado.

―La mía tiene todos los refinamientos básicos. Alas artificiales para el vuelo, mucho más aerodinámicas y ligeras que las de la versión anterior, gracias a mis estudios de la dinámica aérea de los pegasos. Cambie un poco la durabilidad en pro de la versatilidad, de lo cual espero no arrepentirme.

―Pues ese es tu problema. Mientras hables del vuelo como especie de ciencia rara y fría, jamás serás un verdadero pegaso ―se sonrió Rainbow bromeando ante el evidente enfado del herrero.

―El casco tiene, además del cuerno cristalino que me permitirá tener acceso a un limitado aunque indispensable repertorio de hechizos, un panel de visión imbuido con energía mágica que me ayudará en la navegación y detección de posibles amenazas por anticipado… sin mencionar que no tendré que usar mis anteojos cuando lo tenga puesto… he hecho mi tarea respecto a la refracción de la luz en lentes mágicas…

―¿Y cómo te protegerá si te deja la cara descubierta?

―Oh, es cierto ―recordó el poni de pronto, al ver que su casco no era más que una delgada pieza de metal que enmarcaba la cabeza del maniquí. Un agujero enorme lucia en la parte de la cara ―¿podrías darme mi alforja?

Al alcanzársela, Burning extrajo de ella la enorme pieza de cristal pulido que consiguiera en el Imperio de Cristal a un altísimo precio. Esperaba que la inversión valiera la pena el sacrificio. La cristalina bóveda encajó a la perfección en la metálica pieza, completando un casco redondo de aspecto modero que cubría por completo la cabeza de su portador, del que además destacaba un cuerno metálico, cuya base era un finamente cortado cristal.

―Listo… ahora está completa… ―contempló su creación con un dejo de orgullo en el pecho.

―Aun no. ―se paró a su lado la pegaso ―aun le hace falta un poni loco y temerario dentro.

Las estrellas ya brillaban en cielo nocturno sobre Ponyville cuando, desde el sur y el este, infames y malevolentes resplandores verdes surcaron la inmensidad a una velocidad vertiginosa. Parecían estrellas fugaces, pero de cerca, era claro que se trataba de ponis vistiendo complejísimas y pesadas armaduras de metal que les cubrían enteras la cabeza, el torax y los flancos, envolviendo sus cuerpos con enfermizas llamaradas de un verde repulsivo que no quemaban su piel pero mantenían sus corazones enajenados por un odio irracional.

Eran una hueste portentosa, un enjambre de soldados de metal y carne dispuestos a reducir a cenizas la villa y la ciudad de Canterlot, con el fin de que el sufrimiento, el dolor, el miedo y la tristeza y aun el rencor y la desesperación de sus víctimas alimentara un aparato mucho más poderoso que cualquiera de sus armaduras. Su objetivo, era generar con su odio, uno más grande, lo suficiente como para accionar una máquina que trajera el fin a todo el mundo poni.

Pero cuando la primera oleada de perversos y desquiciados Antibronis de Acero comenzó a cernirse sobre la aldea, dos estrellas más se elevaron desde la tierra, y se opusieron a ellos en las alturas. Una brillaba con el fulgor de siete tonos de azul, como un arcoíris de neón que volaba con la velocidad inigualable de un relámpago de índigo, marino, celeste y añil. La otra fulguraba con el crepitar rojo de un alto horno en plena forja, con el resplandor refulgente del metal al rojo vivo.

Ambas estrellas volaban como describiendo espirales en conjunto, formando una doble hélice bicolor de azur y gules. Aquella danza cósmica, coordinada y hermosa en su armonía, pero terrible y abrumadora en su potencia, se precipitó con fuerza inigualable sobre las invasoras estrellas verdes que poco pudieron hacer para defenderse además de disparar ráfagas mágicas desde sus cuernos falsos antes de que fueran embestidos por la brillantez de aquel arcoíris gemelo.

"Frente a mí," se dijo Burning Spades, vistiendo ya la segunda versión de su fiel Poni de Acero y henchido de confianza y motivación por volar a la par de su atesorada Rainbow Dash. "Hay no menos de tres oponentes vistiendo poderosas armaduras mágicas…"

A la velocidad que volaban, los ojos de Burns se veían favorecidos por el Panel de Visión Mágica que su armadura tenia equipado, pero su mente, veloz y fugaz como un cometa en el espacio sideral, consideraba toda posibilidad y estudiaba la situación en un tiempo menor que un parpadeo.

"Las piezas de su indumentaria son toscas, abultadas, parecen más pensadas para apresarlos que para darles libertad de acción. Sus yelmos limitan sus sentidos encerrándolos, talvez para ayudar al portador a concentrarse en su odio interno y fijar la mira en su objetivo sin distracciones. Parecen especialmente vulnerables cerca del cuello, es posible que sus rectores no estén optimizados y por lo que veo, su sistema de vuelo parece basado en propulsores más que en finas alas…"

"Plan de acción: Atacar por los lados donde sus amplios puntos ciegos los hacen vulnerables. Atacar al cuello en un afán de inhabilitar o al reactor con el fin de desactivar, teniendo especial precaución en los exhaladores de sus espaldas por donde emana la energía que les permite volar. Resultado del Análisis: 51% de probabilidades de derrotarles y salir ileso, más menos margen de error, siempre y cuando las lluvias torrenciales que pronosticaron que caerían sobre Las Pegasus el día de ayer se dieran conforme a lo previsto…"

¡Zooom! ¡Flash!

El herrero no tuvo tiempo de poner en práctica su plan, pues, disfrutando del vuelo y de un poco de sana competencia, Rainbow, usando también su armadura, pasó volando y en simples y raudos movimientos dejó fuera de combate a los oponentes a quienes el poni había echado el ojo.

―Será mejor que no te duermas, Spades, ¡te llevó ya ventaja de tres puntos a cero!