Capítulo 9
Repentinamente, el fiero clamor de la tormenta pareció calmarse dejando tras de sí un silencio casi tangible y doblemente atemorizante.
—¿Aislados? —repitió Candy—. No puede ser.
—Sucede —repuso el conde lacónicamente.
—Pero, ¿cuánto tiempo va a durar esta situación? —preguntó a la defensiva.
—Hasta que pase la tormenta. Luego, veremos lo que se puede hacer.
Incrédula, Candy movió la cabeza de un lado a otro.
—¿Y ni siquiera te importa?
—¿Por qué? No puedo hacer nada, mia cara. Así que dejaré que te preocupes por los dos —dijo con una sonrisa.
Candy se llevó el vaso a los labios consciente de su mano temblorosa y rogó que él no lo notara.
—Tienes el jeep. Podríamos ir a un lugar con luz y teléfono.
—¿Con este tiempo y tal como está la carretera? —preguntó con suavidad—. De pronto te has vuelto muy valiente, mia bella. Debo decir más valiente que yo. Así que si quieres te dejo las llaves porque yo no iré a ninguna parte. ¿Sabes conducir?
—Aprobé el examen —respondió con cautela.
La sonrisa del conde se hizo más amplia.
—Entonces, tú decides. Aunque aquí estarás más segura —sugirió. T
ras una pausa, Candy asintió con la cabeza—. Bene. Y ahora haremos un pacto, Candy mia. Mañana, cuando el tiempo haya mejorado te llevaré donde quieras. Pero sólo si esta noche... —Albert hizo una pausa deliberadamente.
Candy sintió que de improviso se le secaba la boca.
—¿Esta noche qué, signore? ¿Qué me quieres pedir?
—Que vuelvas a tocar el piano para mí —respondió tranquilamente.
—¿Tocar el piano? Seguro que no hablas en serio.
—Hablo muy en serio. Lo hiciste la primera noche que llegaste a mi casa. ¿Por qué no hacerlo la última noche? Puede que no vuelva a escucharle otra vez.
—Tendrías que agradecer eso.
—Eso se llama falsa modestia. Te he oído practicar todos los días. ¿Así que querrás tocar para mi?
A regañadientes, Candy lo siguió al salotto y esperó que Albert colocara unos candelabros sobre el piano.
—¿Está bien así?
—Supongo que sí. ¿Qué quieres que toque?
—Algo relajante —dijo con ironía al oír el estruendo de un trueno—. Tal vez esa pieza que has estado practicando.
—Claro de Luna. Tenía casi olvidada esa sonata, verdaderamente todavía no estoy preparada para interpretarla.
—Lo haces maravillosamente —rebatió el conde al tiempo que se sentaba en una esquina del sofá y estiraba las largas piernas.
Candy tragó saliva y, muy nerviosa, pulsó las primeras notas, demasiado consciente del hombre que la miraba en silencio.
Sin embargo, la concentración aumentó su seguridad y de pronto se encontró tocando con toda facilidad hasta que llegó al suave y casi anhelante pasaje final. Y luego, el silencio.
Albert se acercó al piano.
—Grazie —murmuró al tiempo llevaba la mano de la joven hasta sus labios.
Luego le besó el pulso palpitante de la muñeca y la palma de la mano con lenta sensualidad.
—Por favor... no hagas eso —dijo ella en un hilo de voz.
Albert alzó la cabeza con una mirada sonriente clavada en los ojos de Candy .
—¿No se me permite rendir homenaje al talento que ha vencido a la tormenta?
Candy notó que los relámpagos y los truenos se habían alejado.
—Sí, parece que se ha calmado la tormenta —dijo al tiempo que intentaba retirar la mano, pero sin éxito—. Tal vez la electricidad vuelva pronto. No es fácil leer a la luz de un candelabro y realmente quería terminar el libro antes de mañana —dijo con fingida ligereza sin dejar de notar que los dedos del conde acariciaban lo suyos y que un escalofrío recorría su columna.
—Entonces tendremos que pensar en otra forma de distracción. ¿Juegas a las cartas? Candy se encogió de hombros. —Sólo los juegos familiares.
—¿Y al póquer?
—Casi nada.
—Puedo enseñarte, si quieres.
Ella lo miró con fijeza.
—¿No se necesitan más personas? Además, si pierdo no tengo dinero
para pagar.
—También se puede jugar por otras cosas, carissima. A veces es más divertido que jugar por dinero simplemente —sugirió al tiempo que le quitaba con suavidad un pendiente de plata y lo dejaba sobre una tecla del piano—. ¿Ves? Ya tienes algo para apostar.
«Santo cielo, una partida de póquer para quitarse la ropa», pensó Candy consternada. Bruscamente liberó la mano. —Sí —dijo con amarga frialdad—. Sin lugar a dudas tengo mucho que perder. Ése es el problema de sus lecciones, signore. Tienen un precio muy alto.
Imperturbable, Albert la miró sonriente. —¿Cómo se puede tasar el precio de una nueva tenencia, bella mia?
Enfurecida, Candy se enfrentó a él.
—Tienes respuesta para todo. ¿Por qué haces esto? ¿Por qué me atormentas de esta manera? —inquirió con la voz súbitamente enronquecida.
—¿Te atormento, mia cara? —replicó con aspereza al tiempo que deslizaba una mano bajo los cabellos de la nuca y con el pulgar acariciaba el hueco detrás de la oreja. De inmediato, Candy experimentó una dulce sensación— ¿Entonces, por qué te empeñas en negar lo que sabes que ambos deseamos?
Candy pudo sentir la oleada de calor que invadía su cuerpo. Asustada a causa del repentino y anhelante ardor entre los muslos se sintió amargamente avergonzada de su propia debilidad.
—No puedo hablar por ti, signore —dijo con voz temblorosa—. Pero sólo deseo marcharme de aquí, de esta casa y de este país y volver donde pertenezco, nada más —añadió antes de hacer una pausa. Luego, alzó la barbilla y lo miró desafiante—. Y ahora que ha pasado la tormenta, seguro que el teléfono ha vuelto a funcionar.
Albert retiró la mano con un leve suspiro.
—Creo que pecas de excesivo optimismo —dijo secamente.
—¿Podrías averiguarlo, por favor? Necesito saber los horarios de los vuelos de mañana.
Con una cierta desesperación, pensó que él era su anfitrión, que no iba a rechazar su petición por muy estúpida que fuera y entonces saldría del salón. Y ésa sería su oportunidad, porque necesitaba alejarse de él de todas las formas posibles. Sabía que la puerta de su habitación tenía llave y podría encerrarse allí.
Ya no confiaba en sí misma como para quedarse a solas con él por más tiempo. Una verdad tan simple como ésa. La necesidad de arrojarse en sus brazos y sentir su boca en la suya era una agonía que nunca antes había experimentado. Una angustia que la consumía y que no había soñado que pudiera existir.
No se podía arriesgar a que él volviera a tocarla sabiendo que la leve caricia de sus dedos la había inflamado de esa manera.
Candy lo vio alejarse hacia la puerta y luego oyó sus pasos por el corredor mientras llamaba a George.
Entonces, salió apresuradamente del salón. Conocía el camino hacia su dormitorio. Lo había hecho unas veinte veces desde su llegada, pero siempre de día, nunca de noche. Y no había contado con la absoluta oscuridad en el exterior. Las hermosas lámparas ornamentales que iluminaban patios y galerías estaban apagadas y el cielo completamente cubierto, ni un fulgor de las estrellas o de la luna.
Candy había asumido que junto con la tormenta también había cesado la lluvia, pero se equivocó. Llovía a raudales.
Tras correr unos cuantos metros ya estaba totalmente empapada, el vestido pegado al cuerpo como una segunda piel. Los pies resbalaban dentro de los zapatos mojados y los mechones de pelo le caían sobre la cara.
Candy intentó ver algo a través de la oscuridad, pero fue imposible. Sólo le quedaba la esperanza de ir en la dirección correcta. Intentaba correr, pero los zapatos se deslizaban en el césped mojado y temía caer de bruces al suelo.
No habría podido asegurar cuándo se dio cuenta de que la seguían. De que el conde iba tras ella, corriendo en silencio, persiguiéndola como uno de los lobos solitarios de las colinas.
De pronto, sintió que le aferraban la mano con fuerza y se vio corriendo junto a Albert que avanzaba con la cabeza inclinada, tirando de ella.
Candy intentó zafarse.
—Déjame sola...
—Idiota —gruñó casi sin aliento—. ¿Quieres que te lleve en brazos? Avanti!
Finalmente, Candy percibió una luz ante sus ojos y pensó que habían llegado al patio de su habitación. Y así era. Albert empujó las puertas de cristal y la empujó dentro.
También había candelabros encendidos sobre la cómoda y en la mesilla de noche. Y Dorothy ya le había preparado la cama para dormir.
Candy se quedó inmóvil, con la cabeza inclinada. El agua le corría por la cara y el cuello, el bajo de la falda goteaba.
Con la camisa empapada, Albert pasó junto a ella hacia el cuarto de baño y luego apareció descalzo con dos toallas. Tras lanzarle una, se secó la cara y el pelo con la otra.
Candy continuaba inmóvil, con la respiración contenida mirando cómo se quitaba la camisa y se secaba el torso y los brazos. De pronto sintió que el corazón latía desbocado en su pecho.
Albert alzó la vista y sus miradas se encontraron.
—No te quedes ahí, tonta. Estás empapada. Quítate el vestido antes de que pilles una pulmonía —ordenó secamente.
—Yo... yo no puedo...
Tras proferir una maldición en voz baja, Albert se acercó a ella y bruscamente le quitó el vestido y lo tiró al suelo.
Candy dejó escapar un gemido parecido a una protesta, pero él la ignoró. Tras quitarle la toalla de las manos, empezó secarla con energía, sin la menor gentileza.
No se oía el menor sonido en la habitación, excepto la respiración entrecortada de ambos. Las sombras que danzaban en la pared parecían reducir el espacio a la mitad encerrándolos en la pequeña parcela de luz que arrojaba la luz de las velas.
Finalmente, Albert tiró la toalla al suelo y se detuvo a mirarla.
—En nombre de María, ¿qué intentabas hacer, Candy?
—Escapar —respondió en un hilo de voz.
—Estás tan ansiosa por huir de mí, que no pudiste esperar hasta mañana. Incluso no te importó arriesgar tu salud. ¿Por qué, Candy? ¿Por qué lo hiciste? —preguntó con súbita aspereza.
—Tú... lo sabes.
—Si lo supiera, no te lo preguntaría. Así que dímelo.
Candy no hubiera podido expresar con palabras lo que sentía en ese instante.
Era la ansiedad que las manos de Albert habían despertado en su cuerpo mientras la secaba.
Era la tenue luz de los candelabros.
Era la cama que esperaba abierta.
«Oh, Dios. Lo deseo tanto. No sabía que esto podría ocurrirme alguna vez. Y no puedo echar marcha atrás. No ahora. Ésta tiene que ser mi noche, sólo mía», pensó con desesperación.
Con la garganta apretada, alzó las manos hasta colocarlas en los hombros de Albert y, tras alzarse en puntillas, lo besó tímidamente.
Durante un segundo, él se quedó inmóvil y luego la abrazó estrechamente mientras pronunciaba su nombre. Luego, sus labios tomaron los de ella explorando el contorno de la boca con apasionada urgencia.
Era suya y se había ofrecido a él, como una vez se lo había prometido a sí mismo. Pero eso ya no importaba. Lo esencial era Candy, por fin en sus brazos, con los labios entreabiertos mientras sus besos alcanzaban una dulce y afiebrada intimidad.
Albert empezó a acariciarla en la garganta y el cuello antes de deslizar los tirantes del sujetador de los esbeltos hombros. Y luego contuvo la respiración al verla semidesnuda. Con los ojos cargados de deseo, la estrechó contra su cuerpo de modo que los pechos deliciosos y perfectos rozaron su piel desnuda con delicado erotismo.
Albert volvió a tomar posesión de su boca y, mientras las lenguas se entregaban a un dulce jugueteo, las manos continuaron deslizándose por el esbelto cuerpo femenino hasta que las braguitas de encaje cayeron al suelo.
Esperaba sentir las manos de ella en su cuerpo ayudándolo a desvestirse pero, un tanto sorprendido, notó que no hacía el menor intento en ese sentido.
Entonces, se desnudó rápidamente y la llevó en brazos a la cama.
Luego volvió a besarla murmurando tiernas palabras mientras abrazaba el cuerpo tembloroso y lo atraía hacia sí. Las manos de Albert comenzaron a acariciarle los pechos y luego los pezones, ya excitados, hasta que con una sonrisa de ternura oyó el leve suspiro de placer que escapaba de la boca de la joven. Entonces, acarició los pechos con la lengua en círculos de dulce tormento. Pese a su total estado de excitación y acuciante deseo no pudo evitar notar que, aparte de sus besos, Candy respondía pasivamente. Todavía mantenía esa reserva que siempre le había intrigado. ¿Cómo era posible que desnuda en sus bracos siguiera sin abandonar su timidez?
Deseaba que lo acompañara en su pasión, anhelaba el contacto de su boca y de sus manos en su cuerpo. Con toda suavidad, besó cada rincón de su figura y luego, con la mejilla apoyada en su vientre, separó los muslos y sus dedos descubrieron la ardiente humedad del deseo femenino.
Albert oyó el grito ahogado al tiempo que el cuerpo de Candy se arqueaba involuntariamente hacia él, derrotado bajo la presión sensual de sus dedos. Entonces, inclinó la cabeza para proporcionarle mayor placer con la boca y la lengua.
Sin embargo, repentinamente Candy intentó apartarlo con las manos aferradas a los oscuros cabellos.
—No, no. Por favor, no. Yo no puedo...
—No te asustes, carissima —susurró en tanto se alejaba un poco—. No haré nada que no desees —añadió sin dejar de acariciar su húmedo secreto con pequeños golpecitos mientras su boca volvía a los pechos excitados hasta que ella dejó escapar un gemido de placer.
—Albert...
—Tócame —murmuró presa de una violenta excitación al tiempo que guiaba la mano temblorosa a su excitada virilidad y la cubría con su cuerpo tomando posición entre los muslos a la espera de que ella lo guiara hasta el cálido interior de su feminidad.
Sin dejar de temblar violentamente, ella obedeció la silenciosa demanda; pero cuando él la penetró suavemente sintió que el cuerpo de Candy volvía a oponer resistencia.
Al darse cuenta de que el esperado grito de placer se convertía en un grito de dolor y que esa vez la resistencia parecía ser física, se detuvo un instante.
—Mi amore, mi dulzura. Relájate para mí.
Y sucedió que al mirar los ojos agrandados de temor, Albert supo la verdad. La aguda punzada de dolor desapareció cuando Candy, con los puños contra la boca, sintió que él se retiraba de su cuerpo.
Con los ojos cerrados y un temblor incontenible, la joven se puso de costado sin dejar de oír la agitada respiración de Albert, que luchaba por recuperar el control.
Los siguientes minutos a la joven le parecieron una eternidad mientras esperaba algo, sin saber qué realmente.
—Candy, mírame —ordenó Albert, finalmente. Ella abrió los ojos y volvió la cabeza hacia él. Estaba sentado en la cama y parte de la sábana le cubría hasta los muslos—. Ésta es tu primera vez, ¿no es así? No mientas, quiero la verdad.
—Sí —dijo casi en un sollozo.
—¿Y no pensabas decírmelo?
—No creí que fuese necesario —murmuró al tiempo que inclinaba la cabeza con desolación—. Nunca pensé que podría doler. Supuse que no notarias que yo... nunca...
—Dio mió —murmuró con fatiga. Y tras una larga pausa añadió—: Neil y tú me hicisteis creer que erais amantes. ¿Por qué?
—Decidimos viajar juntos para ver si lo nuestro funcionaba —confesó en un murmullo. Incluso en esos momentos tenía que intentar mantener el secreto—. Oh, Dios, lo siento.
—No tienes nada que lamentar. La culpa es mía solamente —dijo al tiempo que se levantaba y empezaba a vestirse.
—Albert — lo llamó al tiempo que se arrodillaba en la cama y extendía una mano hacia él—. ¿Adonde vas?
—A mi habitación.
—Por favor no te vayas. No me dejes.
—Lo que pides es imposible.
—Albert, por favor. Lo que acaba de pasar no tiene importancia. Yo... yo te deseo.
—No, aquí acaba lo que nunca debió haber empezado. No tengo derecho a... tocarte.
—Pero yo te di el derecho.
—Entonces alégrate de que tenga la fuerza de voluntad de dejarte.
—¿Alegrarme? ¿Cómo podría alegrarme? ¿Por qué?
—Porque un día te casarás. Y tu inocencia es un don que debes preservar para tu marido. Él debería tener la alegría de saber que será tu primer y único amante —dijo y luego respiró a fondo—. Es un ofrecimiento demasiado precioso como para malgastarlo en alguien como yo.
—No... no eres cualquiera. Eres un hombre muy especial, Albert.
Su anhelo de ella era como una dolorosa herida, pero no podía permitirse flaquear en esos momentos. Porque un día necesitaría poder perdonarse a sí mismo.
Albert recogió la camisa empapada y ocultó su dolor tras una máscara de cinismo.
—Olvídate de los sentimientos. La verdad es que esta noche necesitaba una mujer y no una niña inexperta —declaró sin dejar de notar la afligida mirada de los ojos verdes y supo que no la olvidaría durante el resto de sus días—. En el curso de la mañana nos ocuparemos de su partida que estoy seguro no desea prolongar un día más. Buenas noches, signorina —el conde inclinó la cabeza con cruel cortesía y se marchó.
«¿Cómo no te diste cuenta, ciego y estúpido imbécil?», se preguntó Albert con la cabeza inclinada bajo el chorro de agua fría.
El hecho de que hubiera renunciado a seducirla por un profundo sentido del honor no disminuía un ápice su sentimiento de culpabilidad.
De pronto recordó algo que su padre le había dicho cuando era un adolescente: «Como la mayoría de lo hombres, en la vida encontrarás muchas mujeres carentes de escrúpulos que te ofrecerán placer, por tanto debes tratar a las jóvenes inocentes con gran respeto. Al menos hasta que tus intenciones sean absolutamente honorables». Había sido un sabio consejo y hasta ese momento él lo había cumplido.
Simplemente no se le había ocurrido imaginar que Candy aún fuera virgen. Una ignominiosa y salvaje alegría lo invadió al pensar que ella nunca se había entregado a Neil. Pero tuvo que recordarse con creciente desolación que tampoco le pertenecía, que nunca sería suya tras el episodio de necesaria crueldad que acaba de suceder.
Su castigo y penitencia serían llevarla al aeropuerto de Roma y contemplar pasivamente cómo se alejaba de él para salir definitivamente de su vida.
—Candy , mi Candy —susurró.
No había llorado desde la muerte de su padre, pero al pronunciar ese nombre, súbitamente sintió el cálido sabor amargo de las lágrimas en la garganta y tuvo que apelar a su autocontrol para no echarse a llorar como un niño que ha perdido algo precioso.
Albert salió de la ducha con la firme decisión de que había llegado el momento de poner orden en su vida.
Entre otras cosas, tendría que enfrentarse a su tía. Y si ella llevaba a cabo sus amenazas, habría que prever las consecuencias de sus revelaciones.
«Tendría que haberme negado desde el principio. Debí haberle dicho que actuara como le viniese en gana y luego alejarla de mi vida junto con Neil» pensó con un rictus de ira. «Pero todavía puedo hacerlo y lo haré. Lo único que jamás podré remediar es el daño que he hecho a Candy. Y tendré que vivir con esa culpa durante el resto de mis días».
CONTINUARÁ...
Hola a cada una de ustedes... ¿observaciones de este capitulo? ... pronto mas entregas de nuestro querido conde.
Gracias por animarme a seguir.
Un caluroso saludo a :
grysy.- nena , Albert siempre será un caballero rompecorazones..
Melisa.- EL capitulo creo que responde tu pregunta :) aunque no esperaban la reacción de Albert, ah que no?
Josie.- Niel, siempre será el hijo de mami, y lo patán no cambia, ya verás mas adelante porque.
MiluxD.- espero tus coments .
Ale .- Si, es un poco sinverguenza, pero quita el aliento aun asi , ¿ no crees? :p
JadeAndrew.- Amiga , gracias por tus animos...quien iba imaginar que las circunstancias harian que tuvieramos un cruce de caminos jejeje Pero me encanta haberte conocido. Algun día espero podamos volvernos a en contacto. Besos.
Y a ti mi querida lectora anónima, espero estés disfrutando de esta historia con nuestro rubio hermoso.
Un abrazo en la distancia.
Lizvet
