Ep. 10: Pasado vs. futuro
Tras la segunda huida repentina de su captor, Hermione no volvió a verle durante días. Aunque teniendo en cuenta lo mal que se encontraba a causa del embarazo, tampoco es que tuviera ganas de verle... ni a él ni a nadie, en realidad. Ella era así, cuando se ponía enferma no era de las personas que quieren tener a mucha gente alrededor mimándote y preocupándose de cada uno de tus quejidos, sino todo lo contrario, prefería estar sola. Después de todo, ¿quién tendría ganas de recibir visita cuando el mero hecho de ponerte en pie hacía que todo se tambalease, y no figuradamente?
Pero incluso debilitada, embarazada y de muy mal humor, Hermione seguía siendo Hermione, y estaba aburrida como una ostra. Si al menos Malfoy estuviera allí, podría gritarle y discutir con él, culpándole de todo (y con derecho, porque en verdad era su culpa). Sabía, por lo que le habían contado Ginny y un poquito Lavender, que las primeras semanas de gestación eran fatídicas para el buen ánimo, pero intuía que en su caso era exagerado. Lo cual no era de extrañar, si se tenía en cuenta que ella estaba SECUESTRADA, en poder del enem... esto, en poder de Malfoy, cargando un bebé que no había sido buscado por ella... y totalmente sola. Eso necesariamente empeoraba la situación de modo exponencial.
- ¡Maldito Malfoy! - chillaba acongojada la leona, mientras destripaba una indefensa almohada - ¡Ya verás, en cuanto te vea te arrancaré los ojos, serpiente detestable!... No, espera, hacer eso me revolvería el estómago... ¡creo que mejor te cortaré las orejas! ¡O arañaré tu perfecta cara hasta que quede tan horrible que ninguna mujer vuelva a mirarte con lujuria!
En caso de que esto último fuera posible (cosa que la leona misma dudaba), ¿de qué le serviría a ella? Ni que le importase lo más mínimo quién babeaba o dejaba de babear por el padre de su hijo.
- ¡Sniff, sniff, príncipe cruel y despiadado! - sollozó la joven, contemplando el cadáver de plumas que había en sus rodillas - ¿Por qué tienes que ser tan malvado conmigo? ¿No te basta todo lo que me has hecho sufrir desde que nos conocimos? ¡Buaaaaa, buaaaaa!
La futura madre lloró hasta el cansancio, pero nadie vino a consolarla. Agotada por la llorera, se recostó en el nido que tenía ahora por cama y cerró los ojos, queriendo descansar un poco. Comenzaba a preguntarse si habría alguien más en la mansión aparte de Draco. Los elfos aparecían puntualmente para traerle comida y bebida, pero seguían sin hablarle. Por lo que sabía, el señor Malfoy se había ido tras su breve visita y no regresaría hasta dentro de unos meses... pero estaba Scorpius, y Malfoy tenía negocios que atender, así que alguien más debía estar cuidándole. ¿Lo tratarían bien? Teniendo en cuenta cómo habían educado a su papaíto, Hermione no pudo sino preocuparse por el chiquillo.
Su estómago dio un vuelco. La castaña salió corriendo hacia el baño antes de que fuera demasiado tarde... tuvo suerte.
Esto era horrible. ¿Dónde se encontraba el encanto de la maternidad de la que tanto hablaba Ginny? Ella no podía más que dejarse caer agotada en la cama una y otra vez. Se estaba volviendo vaga... o tal vez es que su cuerpo se estaba debilitando. No sería extraño, si al hecho de estar gestando se le añade que no había salido de esos 80m2 en más de seis semanas. Daría lo que fuera por dar unos pasos en el exterior, sentir el aire frío recorrer su piel aunque fuese no más unos pocos minutos... se estaba ahogando.
Verdaderamente se asfixiaba en ese dormitorio, no importaba lo ilógicamente grande que fuese para una sola persona. Ni que abriese cada día los ventanales para renovar el aire, o que las carísimas sábanas fuesen cambiadas cada tres días, ni que por algún hechizo no hubiera nunca ni una sola mota de polvo o ceniza... era la maravillosa fastuosidad de la alcoba lo que la ahogaba. Podía ser una estancia encantadora, acogedora y preciosa, pero de algún modo era demasiado bella. Las paredes de un turquesa suave, como la superficie de un tranquilo lago; la esbelta chimenea de alabastro, que olía suavemente a cedro quemado; los muebles de madera en tonos crema, finos y elegantes, con delicados lirios tallados o pintados por doquier... Era como estar metida en un cuarto de muñecas, el dormitorio ideal para una princesa, pero ella no lo era.
- Si tuviera aquí mi varita, al menos podría cambiar un par de detalles - susurraba Hermione, a medio camino del sueño - Aunque no pudiera salir por culpa de esa maldita puerta, me sentiría un poco menos frustrada y atrapada...
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No te amo.
Hacía ya dos semanas que había recibido esas palabras de Hermione, y aún continuaban resonando dolorosamente en su cabeza. No importaba cuántas horas se encerrase en su despacho, con la intención de trabajar y concentrarse en asuntos más relevantes que requerían su atención. ¿Por qué demonios no lograba desprenderse de ellas? Ni que le importaran tanto... Los documentos que tenía entre manos ahora mismo, sí, ésos sí que eran importantes, y no el hecho de que su rebelde cautiva no le amase.
- Condenada sangr... - se atragantó a mitad de palabra, sin saber por qué - ¿Tan importante te crees, Granger, como para despreciarme? ¿Acaso piensas que eres tan especial, señorita "Bruja-más-poderosa-de-esta-generación"? No eres más que una sabelotodo con pelos de rata, tal como eras en Hogwarts... con un buen cuerpo, pero lo eres. Y con una bella sonrisa que hace que me derrita por dentro, pero todavía eres esa insufrible gryffindoriana. ¡Una repelente mojigata con un corazón más dulce que...!
¡SCRIIIICHSS!
- Por Merlín, otra vez no... - murmuró compungido Draco, mirando los documentos rotos entre sus manos, los papeles deshechos en trozos - Ya es la cuarta esta semana.
No te amo.
- ¡Está bien, pues no me ames! Ya ves lo que me importa - farfulló para sí mismo, mientras con un hechizo reconstruía sus valiosos documentos - Te acabarás casando conmigo tarde o temprano, serás mi esposa y tendremos a nuestro hijo... qué más da el resto.
- ¿Realmente piensas así, tesoro? - preguntó una amable voz a sus espaldas, sobresaltándole.
- Mamá, ¿qué hac...? - dijo volteándose, pero reparó en la bandeja con dos tazas de té que Narcissa Malfoy tenía en las manos - ¿Por qué vienes tú a servirme el té? ¿No hay ningún elfo disponible?
- Quise hacerlo yo - sonrió su madre levemente, posando la bandeja sobre su escritorio y sentándose frente a él - Casi no sales de aquí desde hace varios días. No quise interrumpir mientras estás trabajando tan arduamente, pero comenzaba a echar de menos el tener un hijo.
- Oh, lo siento, no pretendía que te sintieras abandonada - se disculpó sincero, su madre era una de las pocas personas que todavía podían conmoverle... de hecho, una de las tres únicas personas que había en todo el mundo - He estado un poco... irascible últimamente, no quería decir ni hacer nada de lo que luego pudiera arrepentirme.
- Sí, lo he notado - asintió suavemente Narcissa, removiendo su té de menta con una cucharilla de plata - ¿Hay alguna razón en concreto para eso? ¿Una que tal vez se encuentra prisionera en cierto dormitorio contiguo al tuyo?
No te amo.
- ¿Qué te hace pensar que tiene algo que ver con Granger?
- Nada... simplemente que soy tu madre, te llevé nueve meses en mi cuerpo, te traje al mundo, y te he criado y consentido durante veinticinco años - una ladina pero hermosa sonrisa apareció en el aristocrático rostro de la mujer - Además de que ya sólo la llamas "Granger" cuando estás enfadado con ella. ¿Aparte de todo eso, quieres decir?
- Touché, mamá - aun sin querer, Draco sonrió también y volvió a sentarse, tomando su propia taza de té - Es culpa suya, por supuesto.
- Por supuesto - aceptó ella.
- Es demasiado terca, incluso para ser Hermione. ¡No hace caso a nada de lo que le digo!
- Ya veo.
- Honestamente, no comprendo qué es lo que tanto le disgusta - insistió el platinado - Si aceptara nuestro matrimonio, no habría nada en el mundo que estuviera fuera de su alcance.
- Es cierto.
- ¿No debería entonces dejar sus pataletas y estar feliz con la oportunidad que se le presenta?
- Desde luego - afirmó Narcissa, dándole la razón a su vástago - Es realmente incomprensible el comportamiento de esa muchacha. ¿Quién no querría tomar lo que le ofreces? Después de todo, ella ya lo sabía cuando vino aquí voluntariamente contigo, ¿verdad? - Draco la miró confundido por un instante - Qué descaro el suyo, con lo mucho que insistió para que la pidieras matrimonio, y hasta te sedujo repetidas veces para asegurarse de que no pudieras escapar, ¿me equivoco?
- Pues... eso no es exactamente lo que...
- Y eso sin olvidar - continuó su madre, haciendo gala de un refinado sarcasmo - lo amablemente que la recibió Lucius en esta casa, a pesar de su origen. Y lo bien que te portaste siempre con ella en Hogwarts... ¿cómo se atreve a despreciar esta familia? Ni que hubiera estado a punto de morir varias veces por nuestra culpa o algo... - concluyó, tomando con elegancia otro sorbo de té.
Durante un par de minutos, tan sólo el silencio acompañó la disertación de Narcissa. Teniendo en cuenta el punto de vista de su madre, Draco no pudo evitar el soltar un hondo suspiro.
- No has venido para apoyarme, ¿no?
- Claro que sí, Draco. ¿Qué te hace suponer lo contrario? - se extrañó la mujer, con una leve mueca de fingida sorpresa - Eres mi hijo, siempre estaré de tu parte. Pero eso no significa que apruebe la forma en que haces las cosas, sobre todo si no pueden llevarte a nada bueno.
- ¿Qué hago entonces? - resopló cansado - No sé... no sé qué más hacer para intentar convencerla. Le he ofrecido absolutamente cualquier cosa que quisiera, sin excepción. ¿Por qué no es suficiente?
- Escucha, tesoro - Narcissa pasó de mostrarse diplomática a un aire maternal - Debes entender que no todos ven el mundo como nosotros, ni tampoco piensan o sienten igual. Esperaba que ya lo hubieras comprendido a estas alturas, tras los muchos sufrimientos y cambios que trajo la guerra. Deberías aprovechar la ventaja que te da el haber conocido a esa muchacha mucho antes de que eso sucediera... y sobre todo, asimilar cuanto antes que Hermione no es como ella.
- ¿A quién te refieres? Oh, hablas de Astoria - comprendió ante el gesto triste de su madre - Yo... supongo que tienes razón. No puedo seguir viviendo en el pasado, reteniendo emociones y recuerdos que no me llevarán a ninguna parte.
- Creo que ella estaría feliz por ti.
- Lo dudo mucho, yo no le importaba lo más mínimo a Astoria - la miró fijamente - Dilo. Di su nombre.
- Pero... tú me pediste que... - replicó ella confundida.
- Sé lo que pedí, pero ya no importa - insistió con pesar - Puedes decirlo.
- ... Draco, comprendo que no lo creas, pero te aseguro que Ast... Astoria en verdad te quería mucho.
- Ciertamente, no lo creo. ¿Podría pedirte un favor, mamá? - ella asintió - Respecto a Hermione, hay una cosa que me gustaría que hicieras...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Amanecía un nuevo día... ¿o se estaba haciendo de noche? Era difícil saberlo, teniendo en cuenta que sus patrones de sueño estaban completamente descolocados a causa del embarazo. Pero tras acomodarse en la gran cama y esperar un poco, Hermione comprobó que la luz aumentaba en lugar de disminuir, ergo se hacía de día. Y teniendo en cuenta la época del año en la que estaban, calculaba que debían ser alrededor de las 9.00h... y necesitaba ir al baño. Al menos hoy las náuseas matutinas venían antes del desayuno, si tenía suerte puede que esta vez lograse retenerlo en el estómago.
Un par de horas más tarde, se felicitó a sí misma por haberlo conseguido. Eso se merecía... hummm, veamos... ¡una buena siesta! Daba igual que estuviera apenas levantada, tampoco es que tuviera algo que hacer o con lo que entretenerse.
¡TOC, TOC, TOC!
Ese repentino sonido extrañó a Hermione. ¿Alguien había llamado a la puerta, o se lo había imaginado? No estaba segura. Los elfos se aparecían y desaparecían sin más únicamente para levarle alimentos, lo cual ya habían hecho por ahora, y si era Malfoy no era su costumbre el llamar antes. Y en todo caso, él solía utilizar la puerta que comunicaba ambos dormitorios.
¡TOC, TOC, TOC!
- ¡A-adelante! - soltó la castaña sin darse cuenta.
La puerta se entornó con lentitud, y tras ella apareció una elegante dama que Hermione reconoció de inmediato como Narcissa Malfoy, la madre de Draco. Aunque apenas la había visto escasamente un par de veces, su agraciado porte y aire aristocrático no eran fáciles de olvidar... ¡y tampoco el adorable niñito rubio que traía en brazos!
- Buenos días, señorita Granger - saludó Narcissa educadamente, mientras la puerta se cerraba tras ella - Mucho tiempo sin vernos, ¿verdad? ¿Me recuerdas?
- Claro que la recuerdo, señora Malfoy, buenos días a usted también - contestó de forma automática la leona, anonadada - Es cierto, la última vez que nos encontramos fue apenas un momento, cuando usted y el señor Malfoy ayudaron a Harry en la guerra.
- Sí, fue entonces. Aunque doy por hecho que sabéis que no lo hicimos por vosotros, sino porque Draco estaba en peligro.
- Desde luego, eso fue obvio. Pero aun así estamos agradecidos.
Un tenso silencio llenó la estancia. Las dos se miraban sin disimulo, como intentando hallar algo en común, lo cual era difícil (por no decir imposible).
- Ten, ¿te gustaría cogerlo? - le dijo repentinamente Narcissa, ofreciéndole a Scorpius con un gesto.
- Pues yo... esto... s-sí, gracias.
E indecisa, Hermione caminó los pocos metros que las separaban para cargar al chiquillo, que nada más estar en sus brazos, gorjeó alegremente y tiró de un mechón de su cabello. La castaña protestó juguetona, y al ver la entrañable escena, Narcissa no pudo evitar el sonreír también.
- ¿Te hace daño, señorita Granger? - preguntó.
- Sólo un poco, nada que no pueda soportar.
- Quizás le gustas por eso. Yo siempre llevo el cabello recogido, así que no puede hacer lo mismo conmigo. Y los elfos están calvos - un buen ambiente se estaba formando entre ellas, aunque siguiera tirante - El tuyo está mucho mejor que la última vez que lo vi. ¿Ahora utilizas alguna poción alisadora, o tal vez un hechizo?
- No, señora, es natural. Simplemente tuve más suerte con mi desarrollo físico en los años posteriores - sonrió - Y por favor, llámeme Hermione. El ser tratada como "señorita Granger" me hace sentir como si todavía estuviera en la escuela.
- Como gustes, Hermione - la madre de Draco caminó despacio y con elegancia hasta uno de los sillones que había en el dormitorio, y se sentó - En ese caso, tú también llámame por mi nombre.
- De acuerdo, señora Narcissa - la mujer mayor negó con la cabeza - Sólo Narcissa entonces, mensaje captado.
- Sé que tu situación actual no es la más agradable que se pueda tener, pero dentro de lo cabe, ¿cómo te sientes?
- Tengo la sensación de que ambas tratamos de mostrarnos diplomáticas, pero ciertamente, no hay muchas cosas buenas que decir al respecto - confesó la gryffindoriana, sentándose también en otro sillón y dejando al pequeño Scorpius sobre sus rodillas - Resultará tonto enfatizarlo, pero a pesar de estar aquí retenida contra mi voluntad, realmente siento que me asfixio. No he puesto un pie fuera de este cuarto en semanas, desde el mismo día que su hijo me trajo aquí, y de eso hace ya casi... dos meses - suspiró frustrada, echando la cuenta mentalmente.
- Lo entiendo, es lógico. ¿No te agrada esta alcoba? Bueno, supongo que es normal también...
- No es que no sea hermosísima, pero es cierto que hay algo en ella que me desagrada. ¿A qué se refiere con que es normal? - inquirió la joven extrañada.
Narcissa la miró confundida por un segundo, hasta que una luz de comprensión apareció en sus fríos ojos.
- Pero muchacha, ¿es que no lo sabes? - titubeó - Éste era el dormitorio de Astoria... la esposa de Draco.
