"Una Navidad Dorada"
Capítulo 10: " Noche en casa de los Pataki"
Disclaimer: "Hey Arnold!" no me pertenece. Ella y todos sus personajes son propiedad de Craig Bartlett y Nickelodeon, excepto los que inventé para darle sentido a mi historia. Este fic no tiene fines de lucro.
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Para ser completamente franco, lo que había estado haciendo, le carcomía la conciencia. ¿Acaso esa chica bella, de ojos azules, que solía decir —aunque en bromas lo negara—, que lo amaba con locura, le había dado algún mínimo motivo como para desconfiar? Claro que no, por eso, ese espionaje que llevó a cabo junto a Gerald, no podía sino, estar ampliamente fogueado por unos muy entrometidos Stinky y Sid. Entonces, ¿por qué se sentía tan mal? Habiendo terminado de bañarse, comenzó a alistarse para otra de las cenas familiares a las que su novia lo convocaba desde hacía un tiempo. Quién hubiera dicho, que durante la niñez de Helga, sus padres fueron dos personas prácticamente ausentes para ella. Ahora, en el fin de la adolescencia y hacía ya bastante tiempo atrás, las cosas cambiaron drásticamente. Tanto así, que la chica podía llevar a su novio a cenar, a compartir un momento familiar junto a los suyos, sin que eso significara ningún tipo de problema.
Arnold se terminaba de arreglar el sweater y su bufanda, cuando esa sensación de ahogo lo invadió. No se trataba de un asunto menor: Esa noche, que se había vuelto algo tan crucial para ambos, sería la noche en que les contarían a los Pataki sus planes para el inminente futuro, en tanto que ellos creían que los chicos habían aplicado para una universidad local, sin embargo, esa no era la idea que tenían los rubios en mente, y el posible desacuerdo que los padres de Helga emitieran, delimitaba la estrecha línea entre ir de la mano hacia nuevos caminos, o apartarse muy prolongadamente. Y otra vez, ese estúpido ardor en el estómago, de sólo pensar en alejarse de ella, o en que la alejen de él. Esos estúpidos celos infundados, pero firmes, de haberla visto reír con —según todas las voces femeninas—, "El galán castaño y sensual", el (ahora) idiota jefe de Helga...
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El reloj daba las nueve en punto, y el chico se hizo presente en el hogar Pataki. Helga fue quien lo recibió, ya que Miriam finiquitaba asuntos culinarios y Bob veía la transmisión de una semifinal que casi acababa.
—Buenas noches, guapo.
—Hermosa mía. —Asintió con una amplísima sonrisa y, aprovechando la lejanía del matrimonio, le estampó un intenso beso de saludo a la chica.
— ¡Vaya! —Susurró sin aire, separándose del rubio—, ¿hacía mucho frío allí, afuera, cabeza de balón?
—Te extrañé mucho.
— ¿Extrañarme? Sólo nos desencontramos... Culpa de tu abuela... —bromeó con falso enojo.
—Lamento mucho que hayas tenido que pasar la tarde con tu jefe... Eso apesta. —dijo lo último, con cierta molestia, que Helga no percibió.
—Sí, bueno, podría haberla pasado peor... Resulta que el sujeto no es tan pelmazo como pensé. Arnold arqueó una ceja, dudoso y asombrado ante tal afirmación.
— ¿En serio? —preguntó con ironía.
—Sí. Pero no viniste para que hablemos de eso, ¿o sí? —Preguntó retóricamente—, ven, deja tu abrigo en el vestíbulo... Les diré que estás aquí, porque seguramente con el televisor de Bob tan fuerte, ni siquiera se enteraron...
—Estás hermosa esta noche.
—Lo sé. —Lanzó divertida—. Tú no estás nada mal, Arnoldo.
El chico la vio alejarse camino a la cocina, con prisa. Quizás, si los padres rechazaban la idea, también la vería alejarse de él con idéntica rapidez, y vaya que la quería. Nunca antes pensó que podría amar tanto a alguien, y, si bien todo comenzó como una historia más de tipo post-niñez y adolescencia, el amor por Helga se dimensionó en una forma irracional, casi como el mismo amor posesivo y tan único que ella siempre le profesó secretamente. Arnold no conocía su costado posesivo y celoso, hasta ver a su novia tan solo pasando una tarde con otro muchacho, claro, también, propiciado por más de una frase ponzoñosa de sus amigos. ¿Y si Helga no podía emprender ese camino junto a él? Por Dios santo, los nervios estaban haciendo estragos con él internamente.
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Todo transcurrió con una predecible normalidad durante el principio de la cena; sobraban las bromas, la buena comida y el buen humor, en general. Pero una media hora más tarde, eso cambiaría. Sonó el timbre, ante la sorpresa de los anfitriones.
— ¿Esperabas a alguien, Miriam?
—No, Bob, ¿tú, no?
—No, qué extraño. Iré yo. —dijo Bob, incorporándose hacia la puerta.
— ¡Hey, Bob! —exclamó un hombre.
— ¡¿Tú?! —Respondió en igual tono, Pataki—. ¡No esperaba verte! —continuó, ahora estrechando manos.
— ¡Pero qué dices! Te envié un texto recordándote. Perdón por la tardanza...
— ¡Ups, lo olvidé por completo, demonios! Pasen, pasen. Adelante.
—Buenas noches, Señor Pataki. Con permiso.
—Hola Daniel, adelante.
Arnold se atragantó con el bocado de comida que estaba masticando. Daniel Saint Priestley había llegado para arruinarle la noche.
—Adelante, adelante... —indicó Bob con cortesía.
—Permiso, —dijeron ambos—, buenas noches.
—Buenas noches.
—Miriam, Helga, ya conocen a Mark y a Daniel, pero Arnold no. Él es Mark, un viejo amigo, y Daniel, su hijo... —aseveró Bob—, y él es Arnold, el novio de Helga, continuó, presentándolos.
— ¿Qué tal, Arnold? —saludó el hombre canoso, y este respondió estrechándole su mano.
—Un gusto. He oído mucho sobre ti. —dijo Daniel, el castaño de los ojos azules más azules y la sonrisa más perfecta en la ya empalagosa definición de la perfección misma.
—Igualmente. —Afirmó el rubio, con idéntica sonrisa.
—Tomen asiento. —ordenó Bob.
—Disculpa, Bob, es obvio que no has recibido mis mensajes... —se excusó Mark.
—Nah, —negó con las manos—, no hay problema, ¿verdad, Miriam? Algo debe haber sobrado...
—No hay inconvenientes, Bob. —Aseguró, disponiéndose a ir a la cocina—, en menos de lo que parpadeas el microondas hace milagros.
Su esposo sonrió complacido de la utilidad de que Miriam haya hecho cursos de cocina en su tiempo libre.
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—Siento haber interrumpido... Supongo que estaban en una cena... —dijo con sinceridad y pena Daniel.
—No, de hecho, ya estábamos terminando... Casi íbamos por el postre. Arnold se sintió ligeramente molesto con tal afirmación, y con las pasajeras sonrisas de circunstancia que Daniel le dedicaba a Helga.
—Bien, gracias, Bob. Es por una cuestión meramente de negocios que estamos aquí...
—Oh...
—Es que mañana viajaré a Canadá, regresaré el martes veintitrés, por la noche...
—Ya veo...
—Quería proponerte una idea, claro, cuando termine la cena.
—Ya casi acabábamos. —volvió a asegurar Bob, visiblemente interesado por la propuesta.
—Bien, gracias Bob.
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Miriam había regresado con dos platos recién sacados del microondas, del mismo menú que antes habían cenado ella, Bob, Helga y Arnold, para luego, ir a la cocina por los postres.
—Muchas gracias. —Dijeron padre e hijo, mientras Helga parecía algo inquieta.
—Auch... —se quejó en susurro el rubio.
—Lo siento... —se disculpó Helga.
— ¿Qué ocurre? ¿Por qué el puntapié debajo de la mesa? —siguió en susurro.
Helga rió levemente.
—Es que... ¿Vamos a decirles, o qué? Bob parece apurado por irse a hablar de negocios... —protestó, ofuscada.
—Tranquila. No sé irá de la mesa hasta que ellos acaben y degusten el postre.
— ¿Tú crees, cabeza de balón? He visto a mi padre incluso comiendo en el baño, en pos de no perder negocios... —dijo rodando los ojos.
—Estás hermosa esta noche... —le susurró más cerca del oído.
—Gracias, je. —fingió toser para disimular su sonrojo.
—Y si no estuviéramos aquí, te daría un gran beso.
— ¿Sí?, ¿qué tan grande?
—Un gran beso.
—Cállate. Me haces avergonzar, Arnoldo. —dijo cruzándose de brazos.
—Increíble.
— ¿Qué?, ¿qué cosa? Arnold solo rió para sí. ¿Qué?, no seas tonto. Dime.
—Tres años juntos y aun te sonrojas como cuando teníamos once.
—Quince.
—Doce. —insistió él.
—Catorce, no menos. —negó ella, orgullosa.
—Helga, vamos. Confesaste que yo ya te gustaba desde antes... Y, la verdad, haciendo memoria... —rodó los ojos, con expresión de inocencia—, todo cuadra con la idea.
—Ya cállate.
—Yo te gustaba... —le dijo burlón, aún en susurros, cuando Bob interrumpió el jueguito de los tórtolos, junto a interesantes y atentas miradas de Daniel.
—Helga, no sabía que Daniel pasó la tarde contigo, ayer...
La rubia cambió su expresión a una de estupefacción.
— ¿Por qué no me dijiste nada?
—Ah, ¡sí! —fingió haberlo olvidado, para restarle importancia—, era por una subasta de la escuela... Estamos recaudando dinero para un Hogar de niños...
—Ah, el Hogar del que tanto me habías platicado...
—Sí, ese mismo... —afirmó, comenzando a comer los brownies y salsa de chocolate que Miriam había servido.
—Preparó una cena maravillosa, Miriam... —elogió Daniel.
—Oh, muchas gracias, querido... No fue nada.
—Oh, nada de modestias. Usted es toda una experta en la comida gourmet...
—No, de hecho, gran parte de esto se lo debo al microondas. —rió, en simultáneo con el muchacho.
—La ayudaré a recoger los trastos.
—No, no, eres un invitado, Daniel. Helga, ¿puedes ayudarme?
—Sí, mamá... —aseguró, poniéndose de pie.
—Insisto, Señora Pataki. Helga está con Arnold, no queremos molestarlos. Demasiado con haber llegado casi a las diez de la noche.
—Está bien, gracias, querido. —asintió Miriam, dirigiéndose con éste hacia la cocina.
—Dime, Helga... —comenzó Mark—. ¿No es mi Daniel un muchacho único?
Helga rió, sin responder.
—Es decir, es un buen jefe, ¿no?
—Claro, sí... —afirmó tomando su copa de agua.
—Es amable, atento... Buen mozo... —dijo esto, guiñando un ojo—. Siempre supe que tiene un harén de muchachas detrás de él, pero el chico no sienta cabeza... —comentó riendo junto a Bob. Arnold ya se estaba cansando del tópico de conversación, tan monótono.
—Y para ser sincero, siempre creí que lograría emparejar a tu Helga con mi Dany...
El rubio parpadeó varias veces sin comprender.
—Ja, ja, ja... —rió Bob—, yo también, Mark, pero la niña tiene a su Arnold, ¿sabes?
— ¡Papá!... ¡No me llames 'niña'!, ya tengo dieciocho años. —se indignó.
—Oh, vamos, Helga... —minimizó Bob.
—Ay... Cómo pasa el tiempo, Bob. Nos hacemos viejos, y ellos buscan nuevos horizontes por ahí... —comentó el hombre, elevando su brazo, como señalando el horizonte.
Bob asintió, pensativo.
—Ahora... ¡Pss...!, Arnold, dile... —le rogaba Helga—. Es la oportunidad, el tema de 'los horizontes'... —señalaba histérica, con la mirada. El rubio dudaba. ¿Hacer pública una noticia tan importante para ellos, frente al jefe de Helga y su padre? Quizás ahora, luego de conocerlo un poco, recapacitó sobre esa paranoia inicial que había tenido con el asunto. Daniel era más grande que su novia y escuchando a Mark, se infería que el joven estaba en otro lugar muy diferente al de ellos en la vida; inmerso ya, en una vida más adulta. Eso lo tranquilizó.
—Espera, sólo un segundo... —suplicó Arnold, aguardando un momento en el que Bob se desocupara del dúo, apoyando su mano en la de su novia, para calmarla de su ansiedad.
Miriam y Daniel ya habían regresado al comedor, con los postres restantes y una bandeja plateada con pequeñas tazas de café para todos.
—Te encantará la idea, Bob. Tú sabes cuán rentable es esta época del año...
—Oh, cielos, entonces debe ser algo realmente bueno...
—Claro que sí, socio. Muchas gracias. —asintió, levantando su taza de café.
—De nada. Daniel me ayudó a prepararlo.
—No fue nada, Miriam.
—Delicioso el café, Sra. Pataki.
—Gracias, Arnold. —replicó sonriente.
—Qué me dices, Bob. Tu niña ya se gradúa. —comentó amistosamente el hombre, como quien habla de bueyes perdidos.
—Ah, sí, es esta semana, ¿cierto, Helga?
Arnold estaba sorprendido de que el sujeto se encontrara tan empapado sobre la actualidad de la vida de la hija de su socio.
—Sí, papá. En cuatro días.
—Es asombroso, para mí, es como si siguiera usando su vestido rosa y sus dos colitas a los lados...
—Eso fue hace tiempo, Bob... —lanzó Helga con ironía.
—Y así es como uno se hace viejo, y accede a todos los caprichos de estos niños. Alejarme de Olga me hizo darme cuenta de muchas cosas, Mark. —aseguró.
— ¿De que los años no vienen solos? —bromeó.
—Sí, y de que debía cambiar mi forma de ser, o me perdería ciertas cosas importantes de la vida.
—Papá, esto se está tornando tedioso, ¿por qué aburres a los invitados narrándoles tu vida? —comentó con su no olvidado sarcasmo. Bob y Mark rieron seguidos por Miriam.
—En algo cambié, Mark. Hoy por hoy, no dejaría que mi hija se marchara de aquí en busca de un sueño. A Olga le resultó, ¿pero y si no fuera así con Helga? —preguntó retóricamente.
El par de rubios lucía pasmado.
—Tienes razón, Bob. —Pronunció, mientras le daba el sorbo final a su café—, Daniel ha viajado por todo el mundo... —Helga lo interrumpió.
— ¿En serio?, no me habías contado eso. —dijo en tono de reclamo. Arnold parpadeó como si se hubiera perdido de algo.
—Bueno, supongo que hablamos de muchas cosas ayer, pero no pude contarte toda mi "biografía no autorizada", jajaja. —rió Daniel, simpáticamente.
Alto, ¿Bob había dicho semejante cosa, y los dos segundos, Helga lo olvidó por reír con estupideces personales de su 'jefe', a quien, hasta hacía dos días, detestaba?
—Bueno, habrá tiempo... —afirmó Helga aún divertida.
—Bueno, como les decía... —Continuó Mark—, Daniel viajó por todo el mundo, él es mi único hijo, el consentido... —todos sonrieron ante el comentario. Y como experiencia propia, sé que nunca lo olvidará... Pero si tuviera una hija o hijo más pequeño, y… Me sentiría solo si me dejara para recorrer el mundo.
—Pienso igual, ¿sabes? Bueno... Cielos. —Comentó viendo la hora que se había hecho—, hablemos de negocios, ya es bastante tarde. ¿Qué te parece si vamos a mi sala de estar?
—Perfecto. Miriam, ha sido una velada maravillosa.
—Gracias, Mark. Siempre es un gusto recibirlos.
—Con permiso, gente. Los negocios no tienen hora límite.
Y de esa manera, Bob se había alejado con el hombre, para hablar de negocios, y Daniel, junto a los demás, se quedó haciendo una especie de sobremesa.
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— ¿Recuerdas la camarera? Jajaja, qué tipa molesta, por Dios Santo. —comentó Helga.
— ¿Cuál? ¿La castaña o la de cabello de colores?
—No sé, a estas alturas, creo que comimos en una peluquería, jajaja.
Helga y Daniel reían en simultáneo, acotando cada mínimo e insignificante detalle que hubiera ocurrido en la jornada del día anterior. ¿Podía Arnold, sentirse más relegado? ¿Cómo es que la noche tan planeada por ambos se había vuelto algo comercial, por un lado, y cómo podía ser que Daniel se había robado la atención de Helga, otra vez? Un poco hastiado, se levantó para dirigirse al baño. Lo más increíble de todo, era que Miriam ya había terminado con las labores domésticas post-cena, Bob y Mark reían estruendosamente desde la otra sala, y Helga y Daniel, seguían conversando. ¿Es que era tan interesante la vida de ese tipo? ¡Por Dios!, ni siquiera habían notado su ausencia. La rubia sonreía mientras él le contaba vaya Dios a saber qué anécdota, al compás que intercambiaban sonrisas, en un feedback, podría decirse, un ida y vuelta. Arnold maldecía su suerte, las jugadas del destino y principalmente, maldecía a Daniel, por acaparar a su chica. Una vez fuera del toilette, pasó por casualidad por la sala del living, sin hacerse ver por los dos hombres.
—Oye, Bob... —le susurra en tono de confianza—, ¿oyes eso? Mira cómo Daniel platica con Helga. ¿Has pensado, que de ser diferentes las cosas, estaríamos emparentados? —concluyó, echando a reír, divertido.
—Mark... Te conozco hace veinte años, somos más que conocidos. No parientes, pero cerca, ¿no?
—Sí...
—Siempre consideré a Daniel un chico muy listo y cordial. Pocos muchachos lo son... —acotó Bob.
— ¿Y qué hay de Arnold? Parece un buen chico. —comentó Mark.
—Sí, sí... —esbozó Pataki sin esmerarse demasiado en aclarar alguna virtud del rubio— Bueno, hombre. Tienes un 'sí' de mi parte, ¡Pero rotundo! —dijo golpeando levemente la espalda de este.
Arnold decidió regresar al comedor, donde Helga y Daniel continuaban riendo con ganas.
—Arnold... Debiste escuchar esto... —dijo haciendo una pausa, entre risas— no sabes lo que le pasó a Daniel cuando...
—No, Helga, —reía el ojiazul—, no creo que sea tan interesante de contar... A Arnold lo aburriría con mis historias... —dijo poniéndose de pie.
— ¡Pero qué dices! Nadie se aburriría contigo. —aclaró ella, dándole un amistoso golpe en el brazo, que no pasó inadvertido.
—Lo siento, ya estoy algo cansado. Aunque tú luces muy fresca... —rió, devolviéndole el golpecito.
Nos vemos mañana. Es tu último día de trabajo, ¿eh?
—Sí, qué rápido pasó mi estadía en el 'trabajo de medio tiempo'.
—Sí. Mañana será un día pesado. Ya quedan dos días para Navidad.
Arnold permanecía serio y atento.
—Ugh, ya me imagino lo que será eso... —dijo Helga rodando los ojos—.Hasta mañana.
—Nos vemos, hasta pronto, Arnold.
—Adiós, Daniel. —saludó con el mayor cinismo que pudo.
—Oye... Estuviste muy callado esta noche. ¿Estás bien?
Arnold resopló. Nunca se había sentido así, tan fuera de foco. Era tan horrible esa sensación de opresión y amargura…
—Es que las cosas no salieron como las planeé, eso es todo. —respondió con sequedad.
—Oh, tranquilo. Gracias por quitarme esa estúpida ansiedad, me sentía fatal. Se lo diremos a Bob mañana, y todo saldrá tal cual los estipulamos. Ahora... —dijo socarronamente—, ¿dónde está ese beso que habías prometido, Arnoldo? —preguntó enarcando una ceja. El chico rió, olvidando parcialmente su frustración, para besar a su novia. Mientras tanto, los hombres de negocios se despedían de Miriam.
— ¿Y si tu padre no acepta nuestra idea? —le dijo, separándose de Helga.
—Bob finge dureza, y a la vez, ese rol protector. Él no querría que renuncie a mis metas. Y bueno... Si no acepta, yo... Me escaparé contigo.
La preocupación por el futuro, en vez de ser menor, cada vez era más grande para Arnold.
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CONTINUARÁ…
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Hola queridos lectores. Muchas gracias a todos por leer y comentar, me alegra que les guste cómo va esta historia, prácticamente ya por el final.
Actualizo con un capítulo bastante largo, dedicado exclusivamente a la pareja de rubios. Aun no tengo listos los dos siguientes, que planeo sean los últimos, ojalá me alcancen, sino, tendrán que ser trece o catorce en total.
Gracias Sweet-sol y Alexamili por sus reviews. Tengo todo más o menos ideado en mi cabeza, lo que no tengo es tiempo para sentarme y terminarlo, por los exámenes. El siguiente será "El Cumpleaños de Nadine", luego, la Navidad, y, finalmente, el Baile de graduación.
Cumpliendo casi con la fecha prometida de actualización, me retiro, sin asegurar cuándo publicaré el próximo. Buena semana a todos!
MarHelga.
