Hola! con ustedes, otro capítulo de este delirio.
Disclaimer: el potterverso le pertenece a Rowling.
Advertencia: la perspectiva es viperina, puede herir susceptibilidades.
Editado: 16/08/2018
El baile de Navidad
Tenía frente a ella el vestido, los zapatos, el maquillaje y grandes, enormes cantidades de lociones para el cabello de procedencia muggle y mágica.
Y no quería nada de eso.
Lo que realmente deseaba era saltearse esa noche y que formara parte de un recuerdo olvidable. Sin embargo, había prometido ir, había aceptado la invitación, así que no tenía más salida que afrontar la situación con orgullo y el mentón en alto.
Con un suspiro profundo se sentó en el borde de la cama a pensar a repasar cómo se había metido en ese pequeño problema. Quería entender cómo todas sus barreras y máscaras cayeron dejando su alma desnuda frente a Viktor Krum, verdadero responsable de su actual dilema.
Todo había ocurrido una fatídica tarde de la semana anterior.
Desde que habían anunciado que el Baile de Navidad se llevaría a cabo, la escuela se había sumido en una especie de histeria hormonal que la asfixiaba. No creyó que el patetismo colectivo de Hogwarts pudiera agravarse hasta que vio lo que provocaban las persecuciones entre chicos y chicas cuya única misión era conseguir una cita. En su eterna búsqueda de tranquilidad y soledad, había decidido ir a orillas del lago a caminar y despejar sus ideas. Necesitaba paz con suma urgencia porque no sólo estaba todo el asunto del baile sino que también estaba la dichosa 'amistad' de Zabini y Nott.
Ambos jóvenes habían decidido comenzar una relación sin su consentimiento. Dónde ella mirara ahí estaban ambos o, por lo menos, uno de ellos. Todo el itinerario de Hogwarts era una excusa para interactuar: se sentaban junto a ella en el gran comedor, Zabini era su pareja en las clases que lo requerían y, por lo tanto, debían realizar las tareas juntos en la biblioteca, lugar en el que se encontraba con un silencioso y hermético Nott. Estaban prácticamente a un sólo paso de volverse compañeros de estudio. A pesar de sus quejas mentales, Hermione debía admitirse a sí misma que estudiar con Theodores era sumamente productivo intelectualmente, algo que no quitaba que odiara estar cayendo en sus redes y responder a esa compañía constante.
Y ella no era la única que protestaba en silencio o a viva voz.
Los otros miembros de la casa no vieron con buenos ojos este cambio. Algunos como Malfoy fueron directos en sus reclamos, otros ocasionaban pequeños 'accidentes' para herirla y así darles un mensaje a las otras dos serpientes insurrectas. Sin embargo, ella demostró que podía defenderse muy bien y, en el caso de esos dos, justamente, estamos hablando de un Nott y de un Zabini y ninguno rendiría obediencia a aquellos a los que consideran subalternos o sus iguales. En consecuencia, llegaron a batirse en pequeños duelos con algunos estudiantes que aún no comprendían que más allá de sus deseos, esos dos estaban por encima de los demás.
Obviamente ganaban.
Debían parar y Hermione no sabía cómo hacerles entender que no los necesitaba, no los quería a su lado y, en especial, no debían estar cerca de ella. Esa mutua compañía podría hacerles daño en el futuro. ¿Acaso no pensaban en sus padres?, ¿no pensaban qué harían ellos cuando se enterasen?, o peor, ¿qué harían otros con ellos y sus padres cuando las lechuzas llegaran con la noticia de que decidieron tener la compañía de una sangresucia?
Estaba perdida en su mundo de meditación y reflexión al punto de no sentir los pasos de Viktor hasta que casi lo tuvo encima. Al verlo, pensó que él estaría escapando como ella de la horda de chicas que se rendían a sus pies. Consideró un instante la situación del joven y popular Víktor Krum y, por primera vez en mucho tiempo, sintió compasión por alguien. Ahora que lo conocía un poco más sabía que él sólo disfrutaba de la emoción del juego, del frenesí de los partidos, de la adrenalina del peligro y el vuelo. Él no buscaba la fama y la fortuna y, decididamente, padecía esa contracara de su propio éxito.
Con esa línea de pensamiento y sabiendo el infierno que debía estar viviendo, le sonrió e hizo un lugar en la roca para que ambos pudieran sentarse. Hermione lo llegó a conocer y ahora comprendía que Viktor no era sólo músculo y velocidad, sino que también era muy inteligente aunque carecía de astucia maliciosa. Fue refrescante para ella encontrar a alguien así y se sorprendió al verse buscando su compañía durante las tardes libres.
Él era como una extraña mezcla balanceada entre un Hufflepuff y un Gryffindor, según había observado. Era valiente, temerario y honrado, rasgos que suelen tener los de Gryffindor pero no tenía ese doble estándar, esa hipocresía que los leones flamean sin darse cuenta, además no era suicidamente directo y arrojado, sabía medirse. También era correcto, sincero y caballeroso pero no hacía alarde de eso, era natural en él ese comportamiento y no se lo exigía a los demás, aceptaba lo bueno y lo malo de los que lo rodeaban. Lo que todo el mundo ve en él, ese hermetismo y frialdad, que podría confundirse con el de las serpientes para un ojo no entrenado, era simplemente timidez. Este extraño espécimen que ahora se sentaba junto a ella la hacía sentir cómoda. Podía estudiar y él la acompañaba, podía compartir sus opiniones y él la entendía e incluso le hacía aportes valiosos con sus breves comentarios.
Si algo hablaba a gritos de su capacidad intelectual, era la rapidez con la que estaba aprendiendo el idioma local. Según él, era como el quidditch y si practicaba todos los días con el incentivo adecuado, que en este caso era la posibilidad de comunicarse con Hermione, podría manejarlo a buen ritmo.
—¿Cómo has estado? ¿Avanzaste con la pista? — preguntó ella a modo de saludo.
Él le sonrió. Pensaba que Hermione tenía interés en sus avances pero no para advertirles a Diggory y a Potter sino por simple curiosidad intelectual, algo cierto a medias porque también ella deseaba saber la pista para ayudar indirectamente a Potter, quién no había vuelto a la biblioteca. Ahora se la pasaba en su sala común queriendo resolver el acertijo y, si seguía así, ella no podría hacer nada. Interceptarlo estaba fuera de los planes.
—Aún no— respondió—, puedo decirte que al abrir el huevo lo único que se escucha son fuertes chillidos.
Viktor observó cómo se arquearon las cejas de la chica y mordía su labio.
—¿Fuertes chillidos? Mmmm… es claro que ahí está la pista pero no puede escucharlas… tal vez… tal vez está en otra frecuencia, una que no podemos oír claramente… necesita un medio que filtre… podría ser que…— meditaba sin emitir sonidos.
—¿Qué piensas?
Ella lo miró de golpe y suspiró.
—Mmmm… pienso que podría estar en otra frecuencia— apoyó su mentón en su brazo mientras miraba el horizonte—. Podrías buscar un filtro… un medio en el que pueda ser escuchado el mensaje…— negó con la cabeza y terminó diciendo—: La verdad, no sé lo que digo… sólo pienso en voz alta.
—¿Me estás ayudando? ¿No estás siendo desleal con tu escuela? — dijo a modo de broma.
Sin embargo, ella encontró eso casi insultante por lo que respondió con altanería.
—Mi lealtad está con mi casa y ninguno de ellos compite.
—Pero eres de Hogwarts. Tu casa pertenece a esta escuela.
—Por cómo nos tratan y consideran, podríamos tranquilamente ser de otro lugar… además— sonrió de lado—, no dije nada que tú no hayas pensado ¿no?
Las divisiones de casa en Hogwarts era algo que Víktor no comprendía del todo. Sabía que era un método eficiente de organización y control pero parecía ser que en este colegio la identidad que adquirieron por separado a lo largo de los siglos hizo que, en la Inglaterra Mágica, esas divisiones adquirieran autonomía por encima de su identidad colectiva como estudiantes de Hogwarts. Como buen estratega que era, solía pensar las situaciones de la vida como si se trataran de un torneo que debía ganar sí o sí, aunque eso significase tener que perder un partido alguna vez. Entendía que lo que observaba en esta escuela era perjudicial y que podría traer profundas complicaciones en el futuro. Si lo pensaba en términos de quidditch era como si el buscador, los cazadores, los golpeadores y el guardián fueran cada uno por su lado, sin un objetivo en común, sin pensar que jugando todos juntos en colaboración ganarían más que yendo por su cuenta.
Tal como le ocurrió en la final del Campeonato Mundial de ese año.
Pero este no era el momento de divagar con sus observaciones sino de atender a la joven bruja que le había quitado varios suspiros y horas de sueño.
—Tienes razón— respondió—, había pensado algo así pero aún no sé cómo resolverlo.
—Mariska seguro sabe…
Él asintió a modo de respuesta mientras la miraba embelesado. A su lado estaba la chica más extraña que alguna vez haya conocido, una que no parecía seguir el curso de la manada sino que vivía a su propio ritmo y midiendo la distancia de sus pasos.
—No estabas en la biblioteca. Te busqué y no te encontré.
—Escapé de las serpientes— dijo con desdén.
—¿Hay serpientes en la biblioteca? — frunció el ceño extrañado.
—¡Uy! decenas de ellas— dijo con un gesto de horror exagerado, luego se acercó a su oído y susurró—. Ten cuidado, estás con una.
Dejó escapar una pequeña risa juguetona mientras llevaba su mano a su boca, cubriéndola como si hubiera revelado un gran secreto.
—Oh, entiendo, entiendo.
Fue lo único que pudo decir mientras trataba de evitar los pensamientos que se agolpaban en su cabeza cuando se le erizó la piel al sentir el aliento de Hermione en su cuello.
—No sé qué se traen esos dos realmente pero no permitiré que jueguen conmigo.
Viktor la miró y pensó en esas palabras. Recordó a esos dos magos que ahora parecían acompañarla a todos lados.
—Quieren ser tus amigos. Eso dijeron durante la cena.
Hermione lo miró como si hubiera dicho una barbaridad, con sus ojos color café, vidriosos y enormes. Guardó silencio mientras negaba con la cabeza, no tenía palabras para contradecir lo que acababa de decirle porque eso significaba explicarle toda su dinámica dentro de Hogwarts. Se sentía cómoda junto a él, tenía la extraña habilidad de hacerla sentir segura con su simple presencia, como si pudiera relajar su guardia que siempre tenía en alto cada vez que estaban juntos.
Él sólo la observó y respetó su silencio aunque deseaba preguntarle las razones por las que rehuía de esos otros dos. Al cabo de unos minutos el mago tomó valor para decir lo que pensaba antes de que el tiempo siga transcurriendo y la chica decida volver al castillo. Tomó aire como quién va a enfrentar un duelo decisivo y habló:
Nunca pensó que su pregunta abriría la Caja de Pandora que era el corazón de Hermione.
—Jean… te busqué porque debo preguntarte algo— se paró, extendió su mano hacia ella quien le dio la suya al ver que eso era lo que él esperaba, se arrodilló y preguntó—: ¿Me harías el honor de ser mi pareja en el baile de Navidad?
El corazón de Hermione se detuvo. Por un instante creyó que necesitaría del hechizo 'anapneo' para continuar respirando. Recobró su conciencia casi de inmediato y respondió con suma tranquilidad como quien habla del clima.
—Víktor, creo que no sabes lo que estás pidiendo, tú no puedes ir conmigo al baile— pestañeaba sin desviar su mirada de él.
El joven no logró entender el significado de lo que había escuchado. La chica no había dicho que no quisiera sino que 'él no debería', eso le resultaba extraño. Se preguntaba si había entendido mal esas palabras, si no las tradujo adecuadamente en su cabeza.
—¿Ya tienes pareja? — atinó a decir soltando su mano con cuidado e incorporándose, manteniendo una distancia prudente, mirándola con atención y rogando en su interior que ese no sea el problema.
Hermione se sonrió y negó con su cabeza.
—¿Quién en Hogwarts me pediría semejante cosa? — pensó antes de responder apropiadamente—. Víktor, simplemente no puedes, soy una sangresucia— concluyó sin que su voz siquiera temblara.
El semblante del mago cambió drásticamente ante la palabra empleada y la naturalidad con la que fue expresada. Se giró en dirección al lago mientras acariciaba su sien. Hermione continuó su explicación sin saber que sólo lo incomodaba aún más.
—Supuse que lo sabías porque no es ningún secreto y, generalmente, es lo primero que advierten mis compañeros de casa— rió bajito—. Incluso imaginé que Draco Malfoy te lo había advertido. No es que me incomode, sólo sé que puede causarles problemas a los sangrepura si se relacionan con alguien como yo. La verdad, los demás no me importan pero tú…— se detuvo un instante y lo miró, tras suspirar continuó—. No sé cómo explicarlo, no quiero que te acechen aún más los medios. Veo que es incómodo para ti ser una estrella de fama internacional y esa tal Rita Skeeter puede hacer de tu vida un infierno, la he visto con Potter y…
Viktor la escuchaba y recordó aquella cena en la que ese chico Malfoy le habló de Hermione. Recordó cada segundo de cada minuto de su tiempo en Hogwarts y pudo comprenderlo. Jean, la bruja solitaria, excluida del mundo mágico guardando su distancia, manteniéndose al margen, trabajando y estudiando, no era para nada tímida ni antisocial, simplemente la dejaban sola al punto de que ahora ella alejaba a los que quisieran acercarse. Si tuviera que describirla diría que ella era como el fuego: misteriosa y convocante desde la distancia, cálida y sonriente si uno se acercaba lo suficiente pero peligrosa y abrasadora si no se tenía cuidado. No se la podía domar, no se la podía contener, sólo se la podía respetar.
Y estar con ella era insaciable.
Escuchaba sus argumentos, oía como caían esas palabras de su dulce boca. Notaba que parecía no haber dolor en lo expresado pero él estaba seguro de que estaba ahí, en lo profundo, escondido y resguardado a base de orgullo. Suspiró porque él entendía a la perfección lo que ella vivía ya que padecía algo similar. Imaginó que no sería nunca tan doloroso como lo que ella había vivido pero sí había algunas semejanzas. Él era un Krum, heredero de un ininterrumpido y ancestral linaje que databa desde la conquista griega y que resguardaba poder e influencia. Desde la cuna su padre quiso arreglar su matrimonio con diversas familias pero fue gracias a su madre que eso no ocurrió. Siempre siendo juzgado por ser un sangrepura, habitando la soledad y el peso de esa responsabilidad. Él sabía que no era el único con esa carga pero, a diferencia de muchos, él se hubiese deshecho de todo si no fuese por su hermana. Si él le daba la espalda a sus deberes, condenaba a la dulce Ina Krum.
Mientras Viktor se encontraba inmerso en sus pensamientos, Hermione seguía con sus argumentos:
—Tú, como campeón de Dumgstrang, abrirás el baile y se espera que asistas con alguien de tu círculo. Karkarov así lo espera seguramente. Imagino que muchas chicas de Beauxbatons e incluso de Hogwarts estarían dispuestas. Cualquiera de ellas es una mejor opción, sería menos problemático. Ir conmigo sólo haría que te agobien y no quisiera que te vieras en dificultades por una sangresucia que…
No pudo continuar porque, intempestivamente, Viktor se giró hacia ella y llevó sus manos a sus mejillas, sujetando su rostro como si fuera un delicado cristal a punto de quebrarse. Ella abrió sus ojos extrañada mientras él recorría con su pulgar sus pequeños labios mirándola con firmeza, devorándola con esa oscuridad que se concentraba en sus pupilas, bebiendo el café de los ojos de Hermione. Apoyó su frente en la de ella, la miraba fijamente, su respiración se aceleraba, el calor subía a su rostro, su mente estaba clara.
Como nunca antes encontró las palabras adecuadas y le susurró a Hermione:
—No puedo siquiera imaginar las cosas que has vivido, querida Jean, para que sientas y pienses que todo lo que eres se resume en tu origen— acarició uno de sus rizos y luego la llevó más hacia a él, abrazándola, acunándola, protegiéndola.
Hermione no supo cómo reaccionar y sólo se dejó envolver por él. Sintió como si hubiese sido reprendida pero no sentía enojo, estaba desconcertada. Los fuertes brazos de Víktor la envolvían y removían algo dentro de ella, algo que se estaba concentrando en su garganta. Su máscara de frialdad y sarcasmo se cayó y, como un aluvión de verano que llega sin previo aviso, estaban sus lágrimas surcando su rostro en un profundo y doloroso silencio, empapando el abrigo del búlgaro.
—No me importa si eres nacida de muggles, mestiza, sangrepura, veela, súcubu o la combinación de todo eso. Yo te quiero a ti conmigo, a nadie más— susurró en su oído y besó su cabello.
—No… no sabes… no sabes lo que dices, Viktor… no tienes idea de lo que… lo que estás diciendo, lo que implica— decía entre lágrimas.
—Lo sé… entiendo más de lo que tú crees— se separó un poco para verla a los ojos. Buscó su pañuelo y limpio sus mejillas—. No olvides, Jean, que como dijiste, soy un sangrepura y sé lo que se espera de mí en esta sociedad.
—Entonces… ¿por qué quieres ir conmigo al baile?
—Porque nada de eso me importa y mucho menos debería importarte a ti.
Ella lo miró entrecerrando sus ojos y luego se giró hacia un costado, perdiéndose en el lago. Las lágrimas seguían cayendo y con el pañuelo de Viktor intentaba limpiar sus mejillas.
—Sangresucia— repitió ella y antes de que Viktor volviera a decirle que no debía llamarse así, continuó: —Es… es sólo una palabra y una realidad, queramos o no reconocerlo. Antes dolía, dolía mucho…. pero ahora… ahora lo he aceptado.
La miró un momento, la contempló a ella y lo que estaba diciendo. Quería entenderla y por eso le habló:
—Esa palabra la usas para alejar a todos de ti, ¿o me equivoco? — ella volvió a mirarlo fijamente—. Entre más lejos estén, menos daño te harán. Te preservas aunque duele, ¿verdad?, la soledad duele.
Esperó su respuesta. Ella mordía su labio inferior, quería bajar la mirada y huir de los oscuros ojos de Viktor pero no, su orgullo no se lo permitía por ahora. A pesar de que sentía profunda vergüenza no bajaría su rostro ante nadie, así estuviera llena de lágrimas que se habían vuelto traicioneras y caían a pesar de su intento por contenerlas.
—Jean… las palabras crean mundos… ellas pueden ser armas que hieren muy profundo— dio un paso hacia ella con precaución—. Las palabras son importantes, el cómo nos llaman o cómo nos llamamos a nosotros mismos… las palabras lo son todo, incluso nuestra magia se manifiesta a través de ellas, sean expresadas o sólo pensadas.
La joven bruja no pudo esconderse más, Viktor podía ver a través de ella. ¿De qué servía aparentar cuando alguien era capaz de separar la verdad de la mentira, lo real de la simulación?
Suspiró. Debía explicarle, debía hablarle como nunca le habló a nadie en su vida.
—Es cierto, Viktor, tienes razón.
Ella le sonrió apenas y eso conmovió aún más al mago. La imagen que tenía frente a él era triste, frágil y melancólica. No le gustaba verla así y tuvo que contenerse para no ir directo al salón comedor a maldecir a todos y cada uno de los estudiantes de Hogwarts. No sabía quiénes la habían maltratado de manera directa, aunque podía hacerse una idea, pero por lo que entendía e imaginaba ninguno en esta escuela era inocente ya que todos, por acción u omisión, habían sido cómplices de las heridas de Hermione Jean Granger.
Ella lo tomó de la mano y lo invitó a sentarse una vez más. De alguna manera, volvía a tomar control de la situación a pesar de que algunas lágrimas rebeldes la desafiaban y se deslizaban por sus mejillas. Las limpió una vez más y quedó un instante mirando el pañuelo de Viktor, atendiendo la manufactura mágica y las iniciales debajo del escudo familiar. Con sólo ver eso debería sentirse intimidada pero no, a ella no le importaban estas cosas y la única razón por la que no aceptaba de inmediato era porque le importaba él más que su linaje, no quería que él salga lastimado por estar con ella.
—Es cierto que aún duele— volvió a decir cuando se sintió segura de que su voz no se quebraría por el llanto—, pero no es esa palabra la que lastima.
—Tú más que nadie conoce el poder que tienen, Jean, ellas crean y destruyen.
—Tienen poder... pero sólo el que uno permite que tengan.
Él la miraba atento.
—Lo que intento decir es que la palabra 'sangresucia' tiene poder pero sólo el que yo le permito que tenga. No mentiré diciendo que nunca me afectó porque de hecho… de hecho sí lo hizo. Hace años, cuando llegué a este nuevo y maravilloso mundo dónde se me prometía no ser una extraña porque estaría con otros magos y brujas, dónde aprendería y crecería, en ese momento exacto conocí esa palabra que determinó mi origen ajeno a los demás y que inundó cada espacio de mi vida diaria, cada rincón, y por supuesto tuvo el poder de herirme— lo viró una vez más y agregó—: pero ya no.
—'Mrŭsnakrŭv'… 'nechist'— dijo siseando en búlgaro—, es despreciable.
Hermione elevó una ceja interrogativa antes de decir:
—Imagino que eso significa 'sangresucia' en tu lengua.
Viktor asintió:
—Parecido. 'Nechist' era la palabra con la que Grindewald marcaba a los que no estaban de acuerdo con sus… ideas… él escribió esa palabra en la frente de mi abuelo antes de matarlo— la miró un instante y agregó—: significa 'vergüenza', 'impuro', 'inmundicia'.
—Pero tú eres sangrepura… tu abuelo también lo era… entonces…
—Para Grindewald mi familia era impura, traidora… 'predatelstvo'— murmuró palabras antes de encontrar la traducción que quería dar—: los Krum éramos un linaje traidor… impuro en nuestras ideas y… y convicciones.
—'Traidores a la sangre' dirían por aquí.
Meditó la frase y luego asintió entendiendo que tenía el mismo sentido que la que Grindewald usaba hace cincuenta años.
—Si ya no duele… ¿qué es lo que te lastima, Jean?
Ella rió despacito. Ese sonido no contenía alegría en absoluto, casi parecía una risa sarcástica y resignada. Ella no sentía dolor por ser una sangresucia, una bruja nacida de muggles, una niña carente de un linaje y una familia en ese mundo mágico, no, ella sentía dolor por otra cosa y Viktor había acertado en algo.
Tragó y sintió el nudo en su garganta. ¡Cómo costaba expresar sus sentimientos! Miró hacia el lago. Si no lo miraba a los ojos, le era más sencillo hablar de lo que consideraba su mayor debilidad.
—La soledad— dijo y abrazó sus rodillas antes de continuar—. Ser 'sangresucia' o que me llamen 'sangresucia' es una realidad y no cambiará. Tampoco deseo que cambie porque estoy orgullosa de serlo… lo que duele… lo que lastima es que eso sea lo único que todos ven… incluso aquellos que dicen no guiarse por esos prejuicios. Los profesores me ven y sienten lástima porque soy una slytherin 'hija de muggles', lo que viene a ser lo mismo que decir 'sangresucia' pero con respeto. Los chicos de otras casas me ven como una doble traidora, mis compañeros de casa ven sólo mi origen muggle— giró su cabeza aún apoyada en sus rodillas hacia Viktor—. Todos se apartan… no pertenezco al mundo muggle porque soy una bruja, no pertenezco al mundo mágico porque mis padres son muggles, no soy aceptada por los slytherin porque soy una mancha en su glorioso linaje, no me aceptan las otras casas por los colores de mi corbata.
¿Qué podía decir Viktor ante semejante declaración? La soledad era su escudo y su debilidad pero las cosas pueden cambiar.
—El miedo muestra la peor cara de las personas.
Hermione alzó su cabeza y lo miró atenta.
—Todos le tememos a lo desconocido porque tiene el poder de cambiar el orden de las cosas que nos rodean y con la que nos sentimos cómodos— le sonrió a Hermione antes de decir—: y tú cambias todo a tu alrededor con tu simple presencia.
—Yo no busco cambiar nada— dijo con cierto asombro—, sólo quiero… sólo quiero…— miró hacia un costado—, ¿qué demonios quiero en realidad? — pensó.
—Quieres ser aceptada— completó lo que Hermione no podía—. Pero a la vez le temes a eso porque es algo desconocido para ti.
Ella volvió a reír.
—Al final no soy diferente a los demás.
—Le temes al cambio como todos. Has aprendido a vivir en soledad aunque duele y lastima… pero es un dolor que conoces y al que estás acostumbrada— chasqueó con la lengua antes de decir—: aceptar a otros en tu vida abre la posibilidad a otras formas del dolor y eso aterra, ¿no?
Hermione cerró sus ojos, su orgullo iba claudicando. No lo miraría porque de hacerlo lloraría una vez más. Sólo pudo hacer de sus manos un puño y clavar fuerte sus uñas en su palma.
—Ya no estás sola— siguió él—, yo estoy contigo—, pasó su brazo por la espalda de la chica y la abrazó llevándola junto a él—. Yo te acepto como eres, con tu origen y tus miedos… yo estoy aquí y no soy el único.
La bruja tragó fuerte ante esas palabras. No lloraría, no lloraría, no lloraría.
—Mis hermanos de armas también te aceptan. Mariska y Dimitri no ven en ti a una descendiente de los muggles sino a una bruja muy poderosa, inteligente, suspicaz y hermosa.
Ella bajó su cabeza, hundiendo su mentón en su pecho para que sus rizos cubrieran su rostro que sabía había alcanzado tonalidades carmesí.
—Y aquí en Hogwarts otros comienzan a aceptarte… esos chicos que te buscan, parecen ser sinceros.
Eso último la sacó de su estupor y elevó todas sus barreras una vez más. Especialmente la palabra 'sinceros' hizo que sonriera con sarcasmo.
—Tú no los conoces— dijo con resolución—, ellos tienen planeado algo, lo sé.
—Ellos te quieren conocer más allá de lo que siempre se ha dicho de ti. Eso es lo que yo sé y observo. Creo que puedes darles una oportunidad como hiciste conmigo y mis camaradas.
No respondió, no sabía que decir, no sabía que sentir. Sólo pudo soltarse de Viktor y separarse sin levantar aún su cabeza.
—Piénsalo, Jean… dales una oportunidad. No temas salir herida porque ya no eres la pequeña de once años que fue sorprendida con la guardia baja. Ahora eres una bruja que sabrá cómo responder si las intenciones de esos dos no son genuinas.
—Claro que no saldrían ilesos si lo que buscan es fastidiarme… ¿pero sólo por eso debería aceptar su compañía?, ¿no sería riesgoso para ellos estar conmigo?, ¿no los metería en problemas con sus padres o con los demás por estar con una sangresucia? — se preguntaba y repreguntaba y la respuesta vino a ella como una revelación. Sintió en su interior una determinación que la sorprendía, como si un fuego vengativo se encendiera en su pecho—. Si ellos son sinceros… si realmente buscan mi amistad y alguien los lastima… será ese alguien quien descubra de lo que soy capaz ahora que ya no soy una niña.
Fue en ese momento que unos cuervos graznaron no muy lejos y alzaron vuelo.
—¿Cuervos otra vez?— pensó Hermione—, ¿por qué siempre hay cuervos cerca de mí?
La mirada de ambos estaba fija en ese pequeño manto negro que cubrió el cielo. Viktor se giró hacia Hermione una vez más, la vio más calmada y relajada por lo que decidió volver a intentarlo.
—Querida Jean— tomó su mano desprevenida—. ¿Me honrarías con tu compañía durante el baile?
Capturada por sus ojos y su voz, deleitada con sus dedos que acariciaban el dorso de su mano, sólo pudo asentir antes de agregar:
—Sí, por supuesto que sí.
Se abrazaron resguardados por la noche que vino a protegerlos de las miradas ajenas.
Ahora, sólo con recordar aquella tarde, los colores subían a su rostro resquebrajando su gesto imperturbable. Debía aprender a serenarse porque no deseaba darle de comer a los chismes que circulaban por los pasillos y que aumentarían en cuanto la vean de la mano de Viktor.
Suspiró y volvió su mirada hacia su vestido. Ya era hora de comenzar a prepararse y sólo Merlín sabría cuánto tiempo le tomaría domesticar sus rizos. En ese preciso momento, como si respondiera a un llamado del destino, Millicent entró a la habitación, la miró y sonrió:
—Veo que irás al baile, eso es un alivio.
—¿Por qué te interesa?
—Porque nunca asistes a la celebración de Navidad a pesar de que nunca vuelves a tu casa para estas fechas.
—Me gusta quedarme a estudiar— se sorprendió al ver que respondía, ella nunca daba explicaciones. Frunció el ceño y agregó—: y lo que haga o deje de hacer, no debería importarte. Cuida de tus propios asuntos, Bulstrode.
—Lo sé— dijo sonriendo.
Hermione comenzaba a ponerse nerviosa por la intromisión. No deseaba testigos que dieran cuenta de su lucha contra sus propios rizos.
—¿Necesitas algo más? — preguntó Hermione con un claro tono que dejaba ver su molestia.
—Nada en particular— se acercó a su vestido y lo levantó para observarlo con detenimiento—. Es precioso, dime ¿Qué harás con eso que llamas cabello?
—¿Disculpa? ¿Acaso crees que hablaré de eso contigo?
—Tú no hablas con nadie de nada salvo que no sea estrictamente necesario así que ahórrate el sarcasmo ¿quieres? — devolvió el vestido y se asomó al pasillo— ¡Pansy! ¡Ven! — gritó.
Al escuchar que alguien descendía las escaleras rumbo a las habitaciones, apretó fuerte sus puños y su mordida endureció su gesto altivo.
—Estás de broma… ¿Qué demonios está haciendo Bulstrode?— pensó Hermione un tanto confusa.
En ese momento, no sabía si echar a Millicent con un hechizo y clausurar su puerta o esperar a ver qué pretendían. Al entrar la infame Parkinson que tantos dolores de cabeza le había traído, Hermione alzó su guardia.
—Mira Pansy, piensa ir con ese cabello al baile.
La recién llegada la miró de arriba hacia abajo, luego observó su vestido y zapatos. Frunció el ceño y la encaró:
—Es obvio que tu sentido de la belleza y la estética dista mucho de ser simplemente aceptable. Al principio creí que era porque eres una sangresucia pero viendo a otros de tu clase puede entender que la inepta en realidad eres tú.
—No pedí tu opinión al respecto, Parkinson— dijo entre dientes y agregó con sarcasmo—. Ahora que dejaste en claro lo que pensabas, puedes volver por el mismo camino. Ahí está la puerta.
Sin embargo, ambas brujas la ignoraron por completo.
—¿Me ayudas a arreglarla? — preguntó Millicent.
—¿Por qué lo haría? — devolvió Pansy cruzando sus brazos.
—¡¿Y yo por qué demonios aceptaría?! ¡¿Qué creen que hacen?! ¡No quiero ni espero ayuda de ninguna! ¡¿pueden sacar sus pretenciosos y puros traseros de la habitación?! — ordenó Hermione exasperada.
Era la primera vez que mostraba enojo ante una Pansy que nunca se guardaba absolutamente nada. Disfrutó verla de esa manera y quiso incordiarla aún más. Se dio cuenta que la mejor manera de molestarla no era siendo cruel sino siendo amable. Nunca importó cuantas maldades le hiciera, la sangresucia se las devolvía pero siempre manteniendo la cordura, algo que la sacaba de quicio. Además, no podía evitar pensar que si los rumores eran ciertos, Granger había sido la responsable de los eruptos de las Patil, Brown y Weasley. Millicent les había contado a ella, Daphne y Tracey cómo la sangresucia la ayudó y cómo sospechaba que se las había cobrado. Tal vez Granger nunca sería una de ellas, su sangre impura no lo permitía, pero estaba demostrando ser leal.
Y la lealtad es el bien más preciado para una serpiente.
—Con esa respuesta me es suficiente, ahora sólo quiero intervenir para molestarte— respondió con una sonrisa.
Así fue cómo, hechizo inmovilizador de por medio, comenzaron a intervenir sobre el cabello de Hermione. Al cabo de unos minutos, Tracey y Daphne entraron a la habitación y comenzaron pulular a su alrededor. Hermione hervía, literalmente, por dentro.
—Dinos ¿quién es tu pareja, Hermione?
Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero al escuchar su nombre en boca de Daphne. La muy princesita y recatada señorita de slytherin le hablaba como si fuera cualquier otra compañera de casa y no la anomalía que todos creían.
—Tiene un hechizo inmovilizador, no puede responderte— aclaró Millicent mientras la maquillaba.
—Es un hermoso vestido— indicó Tracey—, debes verte muy linda en él.
Todas se arreglaban e intercambiaban opiniones. Hermione, se había visto envuelta en lo que se llama comúnmente "una tarde de chicas" sin poder siquiera opinar, algo que la enfurecía. En cuanto le quitaran el hechizo, las iba a maldecir una por una hasta el fin de los tiempos.
Una vez terminado todo el proceso y habiéndose vestido todas y cada una, Pansy miró fijamente a la inmovilizada bruja y le advirtió.
—Escucha, hice un trabajo más que decente con esa maraña que te atreves a llamar cabello. Voy a quitarte el hechizo pero no te atrevas a mover un sólo mechón de lugar porque me conocerás y no te agradará.
Le acercó un espejo, se lo puso enfrente y retiró el hechizo. Para sorpresa de todas, Hermione no emitió sonido alguno, se quedó observando su propio reflejo, estaba admirada por el trabajo de Parkinson.
—Ni se te ocurra agradecer ¿me oyes? — señaló y antes de salir de la habitación se giró y le dijo—: sea quien sea el que te haya invitado, deberá protegerte porque atraerás la mirada de más de un jodido desgraciado— se sonrió con malicia—, ¿quién diría que debajo de tanta ropa y pelo arbusto se escondía una bruja sensual?
Esas últimas palabras hicieron que Hermione la fulminara con la mirada mientras las demás la iban dejando sola. Que se hayan arreglado juntas era un secreto resguardado por las paredes de la habitación que compartían y era algo que nadie diría a nadie. Ahora cada una tomaría el camino hacia el Salón Comedor por su cuenta.
Unos minutos más tarde y tras una revisión más frente al espejo, se decidió a salir.
—Llegó la hora— se dijo a sí misma casi susurrando.
Ascendió por las escaleras, dejando atrás la frialdad y humedad de las mazmorras. Víktor la esperaba cerca del salón comedor y aun debía recorrer mucho para llegar hasta ahí. No se cruzó a nadie en todo el trayecto así que pensó que debía ser la última de cuarto año de slytherin en dejar la sala común. Podía sentir la mirada de los retratos y cómo estos murmuraban a sus espaldas, trataba de que eso no la pusiera aún más nerviosa. Saludó al Barón Sanguinario quien le ofreció una maquiavélica sonrisa y una reverencia, acompañándola hasta su destino con la excusa de que una señorita de slytherin no debía transitar sin escolta un lugar tan solitario.
A medida que se acercaba, veía a todos desde la distancia. El Barón se situó frente a ella haciendo que su figura se tornara borrosa para los que quisieron observar y adivinar de quién se trataba. Viktor fue el primero en percatarse de su llegada. Como buen buscador que era, sus ojos estaban entrenados para encontrar lo que deseaba. Saludó a la improvisada escolta fantasmal quien entregó a Hermione a su compañero de baile.
—¿Quién será? — se preguntaban el resto de los campeones del Torneo y sus respectivas parejas.
Los demás estudiantes aguardaban del otro lado de la puerta.
—Ya que su pareja ha llegado, joven Krum, por favor ubíquense para dar comienzo a la fiesta— señaló una Mcgonagall un tanto apremiada por el tiempo.
En ese momento, Hermione miró a Harry con su típica media sonrisa que le provocaba al mago un nudo en el estómago, al recordarle todo lo que le debía por sus inesperadas ayudas.
—Gran-granger— susurró pero no pudo decir más.
Las puertas se abrieron casi de inmediato y Hermione respiró profundamente, apretó el brazo de su compañero con fuerza y alzó su mentón.
—No temas— le dijo él.
—Sólo temo hacer una estupidez, ¿te he dicho que no sé bailar?, por lo menos no tengo suficiente experiencia.
—Yo sí sé, te guiaré. Deberás confiar en mí— le respondió sonriendo.
—¿Confiar? Maldita sea— pensó mientras era guiada por el búlgaro.
Mariska y Dimitri vieron a su amigo y su pareja, por sus expresiones se podría concluir que no daban crédito a lo que miraban. El joven durmstrang silbó sin reparos para la incomodidad de la pelirroja, haciendo que muchos otros siguieran el rastro de su sonido. Enmudecieron, todos y cada uno de los presentes enmudecieron ante la belleza que iba tomada del brazo del Campeón. Una joven de vestido chifón color salvia de corte princesa, escote cuadrado hasta la rodilla, con volantes y un sutil bordado que brillaba a cada paso que daba con sus zapatos plateados. El maquillaje que portaba era exquisito, resaltaba sus ojos con un esfumado oscuro y sus labios reclamaban ser besados gracias a su sutil brillo. Transmitía una inocencia interrumpida por la feroz mirada que poseía.
Pansy, Daphne, Millicent y Tracey sonreían, su misión fue cumplida y quién diría que con semejante éxito. Bueno, en realidad reconocían hacia sus adentros que el mérito era de Granger por estar con Krum, la estrella del momento, pero fueron sus propias manos las que llevaron a esa belleza escondida a un nivel insospechado. No se apenaron en lo absoluto por haber ayudado a una sangresucia porque con sólo ver el rostro sorprendido y alucinado de las gryffindor, hufflepuff y ravenclaw era suficiente para congraciarse con su compañera. El éxtasis de todas las serpientes llegó cuando escucharon la voz estridente de Ronald Weasley.
—No, no, no, no… no puede ser… ¡Es Granger! — gritó la comadreja con su mirada asesina.
—No, no puede ser— dijeron varios al escucharlo y reconocer que tenía razón.
—¡Mierda! ¡No puede ser! — se quejó Zabini—, ahora sí que no voy a poder quitarla de mi jodida imaginación.
—¿Es necesario que me grites al oído, Blaise? — preguntó Nott.
—Jodido, jodido, jodido… estoy jodido, ya no podré verla como un espécimen asexuado… ¡Por Salazar! ¡Mira ese trasero!
—Intenta mantener tu mirada en sus ojos si no quieres perder el orgullo que llevas en tu entrepierna— aconsejó el misántropo—, dudo que a Granger le agrade que tu atención se fije en otras partes de su cuerpo.
—¡Vamos! Debes reconocer que está como quiere.
—Nadie podría pasarla por alto en este momento.
—¿Ni siquiera tú? ¿Será posible que Theo-no-me-atraen-las-mujeres-Nott esté interesado en Granger?
—¿Por qué negarlo? Aunque no necesariamente me atrae de la misma manera en la que ahora tú estás interesado Zabini.
—Sólo mírala, podremos ser frías serpientes pero acaba de encendernos a todos—respondió.
—Blaise… el hielo está junto al ponche, si continúas diciendo estupideces pasará a estar entre tus pantalones.
Las cuatro parejas avanzaron hacia la mesa principal con el aplauso y ovación de todos los presentes. Hermione sonreía al estilo slytherin, con soberbia y orgullo. Con un rápido ojeo observó a sus dos queridos enemigos y se deleitó una vez más con sus reacciones: Weasley no dejaba de apuntarla y Malfoy le dirigía su mirada petulante de la mano de una Pansy altiva y triunfal. Era un paisaje extraño.
La cena se desarrolló con tranquilidad a excepción de los comentarios poco disimulados de Karkarov sobre el origen muggle de Hermione. Ella notó cómo Viktor se tensó en más de una oportunidad, pero no fueron necesarias las intervenciones gracias a los comentarios del viejo Dumbledore que parecía extrañamente congraciado con la sorpresiva presencia de Granger. Potter trataba de ser gentil aunque era torpe con sus intentos, no podía deshacerse de sus prejuicios hacia una serpiente, temía ser mordido si se distraía. En cambio Delacour estaba extrañamente interesada en ella, el mismo interés que había mostrado Mariska el día que cenaron juntas por primera vez semanas atrás, preguntando sobre sus estudios y preferencias, debatiendo especialmente sobre pociones.
El baile dio inicio.
Caminar hacia el centro de la pista fue la marcha más bochornosa que alguna vez haya hecho Hermione. Odiaba ser la protagonista de las situaciones, prefería actuar tras bastidores pero no podía escapar de esta situación y juraba que podía sentir reflectores apuntando hacia ella. Víktor la tomó de la cintura haciendo que se sonrojara y ella apoyó su mano en su hombro.
—Sólo déjate llevar— pensó.
Cerró sus ojos esperando a que diera inicio el vals. La sensación en su estómago no disminuía, sentía vértigo mientras era guiada por esos firmes brazos que le permitían volar sobre la pista.
—Abre tus ojos, Jean— dijo acercándose a su oído—, mírame sólo a mí por esta noche al menos.
Sus ojos se encontraron. La profundidad del negro sobre el dulce veneno del chocolate: luz y sombras danzando sobre el mismo eje.
—¿Te sientes bien?— preguntó él.
—Sí, creo que sí— decía con nervios mientras le regalaba una sonrisa.
—Creo que te entiendo— respondió de igual manera.
Así siguieron mientras pasaban del vals a ritmos más entretenidos y juveniles. El tiempo transcurría con velocidad.
—¿Quieres beber algo? — preguntó Víktor.
—Sí, vamos por algo fresco.
—Deja que yo lo haga, ve a sentarte y descansa un poco.
—De acuerdo, pero antes iré al tocador.
Hermione avanzó hacia el corredor con un semblante controlado aunque por dentro desbordaba de alegría. Al intentar volver vio que dos chicos la aguardaban, decidió ignorarlos.
—Oye, Granger, ¿piensas pasar de nosotros? — dijo Michel Corner y comenzó a seguirla.
—Espera, queremos hablar contigo— agregó Marcus Belby al alcanzarla.
Ella sólo caminó poniendo distancia entre ellos pero, al girar en una esquina, Ernie Macmillan la esperaba con una sonrisa. Suspiró y decidió enfrentar la situación ya que parecía no tener otra opción.
—Ustedes dirán.
—Creo… creo que las cosas no terminaron bien entre tú y yo… quería ofrecerte mis disculpas— decía Belby con una sonrisa.
Hermione alzó su mentón y le dedicó su mejor gesto soberbio.
—En realidad, disiento contigo, Belby. Tu balbuceo al final de la clase de pociones fue lo más coherente que te he escuchado decir en todos estos años— comentó con arrogancia.
Los tres chicos estaban demasiado cerca para el gusto de Hermione. Una vez más la sensación de sentirse acorralada la invadía y no le gustó en absoluto. Los observaba, al menor indicio de que alguno quisiera sacar su varita, ella haría lo mismo. De hacerlo antes demostraría temor de su parte y sería imprudente.
—Puedo ver que te atraen los chicos rudos ¿no, Granger?
Michel tenía la misma mirada libidinosa que mostró aquél día. Le resultaba asqueroso y Hermione sólo giró su rostro con desagrado sin dejar de vigilarlos de reojo.
—Si quieres, podemos ser rudos nosotros también— completó Corner.
Ella no iba a soportar mucho tiempo más. Estaba lista para sacar su varita cuando sintió una mano apoyarse sobre su muñeca deteniéndola y un rostro que se acercó a su oreja a susurrarle.
—Tranquila, no estás sola.
Era la voz de Theodore Nott que se quedó a su lado, interponiéndose entre ellos.
—Creo que no les quedó claro la última vez ¿no es cierto? — Blaise se acercaba con su varita en mano—. Hostigar y provocar… creí que eso es lo que hacíamos las serpientes, aunque ahora parece que se ha vuelto el deporte de un par de águilas y un tejón.
—No se metan, esto es con Granger— Belby había sacado su varita y apuntaba directamente a los slytherin.
Blaise chasqueó con la lengua y negó con la cabeza:
–Permítanme aclararles algo— comenzó a decir con un tono que nada tenía que ver con su sonrisa o su mirada—. Granger no está sola y si tienen algún problema con ella, lamentablemente lo tienen con nosotros, así que decidan.
Los tres miraron con incredulidad a Hermione y pasaban su mirada a Blaise y Theodore. Era algo extraño de ver, un trío de plata.
—¿Ustedes responden por lo que ella hace? — preguntó Macmillan.
—¿Tú respondes por lo que tus amigos hacen? — dijo Blaise con ironía en su voz.
¿Acaso eso era una declaración de amistad? ¿Dos sangrepuras estaban anunciando que protegerían a una hija de muggles? Lo cierto era que el riesgo no valía la pena.
—Ya, ya vámonos— dijeron y se retiraron.
Nott condujo a Granger hacia una silla cercana. Ella guardaba silencio, controlaba sus impulsos. Se había prometido darles una oportunidad pero tampoco quería que creyeran que ella era una damisela en peligro.
—Yo podía con ellos.
—No lo dudo— respondió Nott.
—Debieron dejar que yo me ocupara.
—Una dama en una fiesta no debería tener motivos para sacar su varita. Un duelo podría arruinar su peinado, maquillaje o vestido— Theo le respondió con seguridad.
Esas palabras no tenían el encanto juguetón de Blaise sino la certeza de alguien que realmente está convencido de ello.
Hermione sólo los observaba. Estaba segura que todo este despliegue de machos alfa era absolutamente ridículo. La situación era simplemente absurda pero intervenir en el improvisado marcado de territorio de esos dos era un gasto de energía inútil a todas luces.
—Sabes que debes cuidar tu espalda— indicó Nott con parsimonia en su voz.
—Siempre ha sido así.
Blaise chasqueó la lengua antes de decir:
—Estás con uno de los hombres más codiciados, sacándome a mí por supuesto, eso te traerá problemas dentro de la población femenina.
—¿Por qué les importa?, en serio, ¿qué buscan?
—Lo sabes Granger, eres inteligente— respondió Nott.
—Porque somos tus amigos dulzura— concluyó Zabini con un guiño de ojo.
Ambos se levantaron al ver que se acercaba el búlgaro con la bebida. Lo saludaron con un apretón de manos.
—La dejamos a tu cuidado— afirmó Blaise antes de que ambas serpientes se retiraran.
—¿Te encuentras bien, Jean?
Ella suspiró.
—Sí… sólo algo cansada— respondió y pensó—: En realidad me siento ahogada y acalorada pero decir eso es una invitación al jardín y no sé si debería... si Viktor...
—¿Quieres salir un momento a tomar aire?
Mordió sus labios. Claro que quería tomar aire pero no quería presionarlo para dejar la fiesta. Lo pensó un segundo y respondió:
—Claro, vayamos.
Se abrieron paso entre una multitud de miradas que vigilaban cada uno de sus movimientos. El jardín mantenía su tranquilidad a pesar de las diversas parejas que discurrían en él, buscando una privacidad directamente proporcional a sus intenciones. Ella mantenía la calma, su máscara estaba en su lugar, no mostraría ni un atisbo de incomodidad o nervios, eso debía quedar sepultado.
—Eres la más hermosa.
—A tus ojos, sólo a tus ojos.
Él le sonrió con complacencia.
—Es extraño lo que siento al verte hoy— comenzó a decir.
—¿Y eso por qué?
—Siempre supe que eres una mujer muy bella y hoy lo pudo ver todo el mundo. Eso no me hace completamente feliz, muchos te devoraban con sus miradas— respondió mientras ella se sonrojaba—. Antes tu belleza era sólo para mis ojos porque todos estaban ciegos, ahora que se dieron cuenta no dejarán de observarte.
Los nervios y el comentario provocaron una leve risa en la bruja.
—Me cuesta creerlo… aun así… se olvidarán rápidamente en cuanto me vean con mi túnica y el cabello de siempre— amplió su sonrisa—. El encantamiento terminará al salir el sol y la dama volverá a ser la cenicienta.
Él rió ante sus palabras. Reconocía la alusión a ese cuento aunque en su mente estaba la versión mágica mientras que Hermione hacía mención a la versión muggle.
—¿Debo quedarme tranquilo entonces? ¿Sigo siendo el único que puede admirar tu belleza más allá de las apariencias que quieres mantener?— preguntaba mientras acariciaba sus mejillas y jugaba con uno de sus bucles, depositándolo tras su pequeña oreja.
—Víktor… tú eres el único que ha mirado más allá de mis colores, de mi origen, el único que ha mirado mi humanidad.
—Entonces soy el buscador más afortunado...— se fue acercando a sus labios—... porque tengo al alcance de mis manos la preciada snitch con la que tanto he soñado.
Selló sus palabras yendo hasta su boca y dejándose consumir por el fuego de la bruja a su lado. Liberó en ese momento la tormenta de emociones reprimidas que hacía de sus labios un manjar de múltiples sabores que se deshacían con cada respiración, con cada aliento que escapaba durante esa fría noche navideña. Cada aroma en la piel de ambos parecía potenciarse: el de cuero, bergamota y madera en él; el de lavanda, jazmín y hierba buena en ella. Eran ellos dos, sólo ellos, el mundo continuaba girando pero, a su alrededor, el tiempo se había detenido para brindarles la oportunidad de saciar sus corazones hambrientos con cada beso y con cada caricia.
N/A: Evidentemente, mi búlgaro es el google translate.
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