Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. Esto es un compendio de autoras y la trama pertenece a: Susana Minguell, Aryam Shields Masen, Zoalesita, Gery Whitlock, Saraes, NikkyScully, Dark Warrior 1000, Betzacosta, Katlyn Cullen, Sarah Crish Cullen, Bertlin, Lakentsb, y Ginegine.


"La magia de este proyecto me ha demostrado que cuando nos proponemos algo, podemos hacerlo, a pesar del miedo o la inseguridad, podemos trabajar juntas..."
Gery Whitlock.

Enredos en San Valentín.
Capítulo VIII.
8 de febrero de 2013.
Viernes.


Garrett se había despertado de mal humor, como era lo normal en los últimos días, casi no había dormido en la noche ya que Sophie había llorado durante casi todo el tiempo.

Alzó su mirada de la sección económica del Times al escuchar a María susurrar algo en español a la niña. María llevaba la cuchara con papilla al estilo avioncito, mientras murmuraba, nada fuera de lo común, lo que era realmente chistoso en la escena era que cada vez que la morena sacaba la cuchara, Sophie le escupía la papilla haciendo un puchero que era realmente adorable.

—Sophie... —murmuró María cansada mientras limpiaba su boquita, la silla y parte de la camiseta de la muchacha estaban manchadas por el alimento—. Necesito que seas una nena buena y termines la papilla para poder ir a comprar las cosas al supermercado. —Volvió a hacer el tonto juego del avión y Sophie repitió la acción esta vez agitando sus manos y riendo alegremente, cosa que hizo que una de las comisuras de la boca de Garrett se alzara mientras la observaba.

María se quedó observando a su patrón. Nunca, jamás, él había sonreído a la pequeña Sophie, él nunca la alzaba o la besaba, siempre era ella quien estaba pendiente de la pequeña o la señorita Denaly cuando venía a visitarla.

Garret sintió como lo observaban y su boca se volvió una línea dura y seria antes de taladrar con los ojos a la joven que lo veía fijamente.

—Lo lamento, señor —se disculpó la chica entre susurros descuidando el tazón de la papilla y a la bebé que metía las manos dentro de este antes de sacudirlas—. ¡Sophie, no! —gritó la chica, pero era demasiado tarde.

—¡Por un demonio! —Garrett se levantó furioso de la silla, haciendo que la morena se levantara con él y que la bebé estallase en llanto.

—Yo lo siento, señor —dijo mientras humedecía un paño dispuesta a solucionar el desastre en la camisa de su jefe. La mancha salmón se hacía más grande en la impoluta camisa blanca, a cada paso del trapo.

—¡Basta! —Dijo Garrett duramente—. Solo... ¡Sácala de mi vista! —gritó apretándose el puente de la nariz, mientras la chica tomaba a la bebé de la sillita de comidas y caminaba con ella pegada al pecho rumbo a la habitación.

Garrett se golpeó la frente fuertemente, era un completo idiota, solamente de ver la cara de María daba para saber lo asustada que estaba la chica. Miró la mancha en su camisa y luego observó el reloj en su muñeca, al menos aún tenía tiempo para cambiarse de traje e ir a la Universidad. Caminó hacia la habitación, soltó su corbata negra tirándola en cualquier lado y luego soltó sus botones con brusquedad hasta deshacerse de la camisa. Fue hasta el closet buscando una camisa que hiciera juego con el pantalón y tomó una azul celeste, al sacarla del closet una cajita se cayó desparramándose todo su contenido en la alfombra.

Suspiró fuertemente, su paciencia estaba al límite, todo le estaba yendo peor de lo normal; primero se había intentado afeitar en la mañana pero la rasuradora no encendía; luego sus lentes se habían dañado y estaba usando los de contacto que le maltrataban como el infierno; Sophie había ensuciado una de sus camisas favoritas y la señora Hernández que lo ayudaba con el aseo del departamento no iba a ir a limpiar hasta después del quince.

Se colocó la camisa azul sin abotonar y se agachó a recoger lo que se había salido de la caja, pudo notar que dentro habían fotos, lazos de Kate y hojas dobladas, pero lo que llamó realmente su atención fue la pequeña banda de oro que estaba cerca a la mesa de noche; su alianza matrimonial, se la había quitado cuando Kate murió, solo Dios sabía que el simple hecho de mirarla hacía que le doliese el alma y el nudo en su pecho se intensificara.

Su mente divagó trasportándolo a ese momento cuando se había sentido pleno y dichoso por primera vez en su vida. Recién había terminado la universidad, pero amaba a Kate y deseaba convertirla en su mujer, aunque más deseaba convertirse en su esclavo. Su noviazgo solamente duró seis meses, tiempo suficiente para que él consiguiera un trabajo y un departamento pequeño, aunque se había negado a que ella siguiera trabajando en la cafetería, ella se había impuesto al final, y él había terminado cediendo. Como siempre había hecho.

Si tan solo hubiese sido más fuerte, ella estuviese aún con él…

Se sentó en la cama dejando que sus codos se afirmaran en sus piernas, y su cabeza entre las palmas de sus manos. Cerró los ojos fuertemente intentando opacar el dolor de la pérdida y el vacío en su interior. Cuando los abrió una fotografía de su matrimonio estaba en el suelo, un grito de dolor purgó por salir de su garganta; quería aullar, maldecir, ir con Kate, rastrillar su cabello con sus manos en un intento desesperado por alejar los recuerdos que inundaban su mente con miles de imágenes.

¿En qué momento su vida se había ido a la mierda?

Tenían un matrimonio casi perfecto, Kate entendía su obsesión por el control, su pasión por los números y su visión sobre el futuro, todo estaba planificado, calculado milimétricamente. Iban a ir de vacaciones a Hawái para celebrar su sexto aniversario de bodas, había tenido que hacerle un pequeño préstamo a Edward, pero con el nuevo trabajo podría pagárselo, lo único que tenía seguro era que se encargaría de hacerle el amor a su esposa desde el amanecer hasta el crepúsculo. Había sido el hombre más feliz del jodido universo, pero la felicidad siempre había sido efímera para él.

Recordó cuando ella había llegado al estudio, esa tarde de marzo, acababa de aceptar su puesto como profesor de primer año del área financiera y contable de la Universidad de Seattle y aunque aún faltaban unos días para empezar las clases, él ya tenía perfectamente organizado los temas que impartiría al grupo.

Kate se había sentado en sus piernas y él la abrazó rodeando su cintura con sus brazos y dejando descansar sus manos en su vientre ajeno al mundo de emociones que su esposa tenía en su cabeza. Ella rio tímidamente antes de recostarse a su pecho y que él inhalara en su cabello, sonriendo alzó su mirada conectando sus ojos azules como el océano con el par de orbes claros que adoraba antes de besar su barbilla algo rasposa por la barba de tres días y trazar un camino húmedo hasta detrás de su oreja.

Garrett tembló, Kate sabía perfectamente que ese era uno de sus puntos más débiles, la lengua de su esposa tanteó el lóbulo de su oreja antes de succionarlo levemente y hacerlo gemir bajito.

Amor… —susurró perdido en las sensaciones.

Estoy embarazada —había murmurado ella con voz sensual.

¿Qué? —dijo él separándola de su pecho sorprendido.

Lo voy a hacer padre, señor Smith —le comunicó antes de besarlo apasionadamente.

El día que Kate convulsionó entre sus brazos, supo que su vida se partiría en dos.

Como loco había llegado al hospital donde un viejo conocido de su abuelo trabajaba. Luego de varias horas inconsciente, Kate despertó, su rostro se veía sereno y ella aparentaba estar sana, pero no era así.

Su tensión estaba demasiado elevada para su estado, luego de muchos exámenes el doctor encontró la razón.

Eclampsia…

Tenemos que hacerlo —le había dicho él mientras ella lloraba aferrada a sus manos mirando al doctor.

La Eclampsia es la hipertensión durante el embarazo y se caracteriza por presentar convulsiones y estados de coma. Su aparición provoca espasmos en los vasos sanguíneos del útero, cortando el riego sanguíneo al feto que puede ocasionar una falta de oxígeno dando a lugar el sufrimiento fetal. Es una complicación muy grave tanto para la madre como el feto ya que se corre peligro de una disminución de oxígeno en el cerebro —había dicho el doctor.

Estaba asustado hasta los huesos, por eso cuando el doctor había sugerido interrumpir el embarazo él había dicho que sí, sin detenerse a escucharla.

No lo haré —expresó ella decidida.

Kate —susurró—, el doctor Hubert dice que más adelante puede ser riesgoso. Que el riesgo de Eclampsia…

¡No! —respondió enérgicamente—. No voy a matar a mi hijo, Garrett.

¡¿Y vas a morir tú?! —explotó el moreno separándose de ella y caminando de un lado a otro—. Entiende, podemos tener otro bebé más adelante si tú…

No quiero otro bebé, ¡quiero este bebé! —le pidió con voz ahogada—. Sé que hay tratamientos, hay esperanza. No todo está perdido con este bebé… ¿No es así, doctor? —La chica miró el doctor que veía a la pareja tomar una de las decisiones más importantes de su vida.

Si la controlamos a tiempo hay posibilidades.

¿Posibilidades? —Gruñó Garrett—. ¿Posibilidades? —repitió enojado—. ¿Sabes lo que significa? No es seguro… —La cortó con un gruñido presionándose el puente de la nariz y caminando de nuevo hacia ella tomando su mano—. Kate, amor, podemos intentarlo nuevamente. Bebé, por favor.

Quiero probar el tratamiento. —Ella miro al doctor—. No voy a matar a mi bebé cuando hay esperanza que todos salgamos bien de esto…

Y esa, había sido su última palabra hasta el final.

Por más que discutieron, por más que él insistió, ella no había dado su brazo a torcer. Si solo hubiese sido más enérgico, pero estaba tan decidida a llevar el embarazo a término que fue imposible hacerla cambiar de opinión. Desde ese día su perfecto mundo se había empezado a quebrar, pero fue el día que Sophie había llegado al mundo que se rompió por completo.

Cerró los ojos fuertemente al escuchar a Sophie llorar, últimamente su llanto lo fastidiaba más que de costumbre, peinó su cabello con sus dedos y colocó la sortija dentro de la caja antes de limpiar sus ojos que se habían humedecido ante los recuerdos. Tomó la corbata negra que recién se había quitado y sin importar los botones sueltos de su camisa salió de la habitación.

María no estaba por ningún lugar pero aun sentía el leve hipido de Sophie. Llegó hasta la puerta de la habitación de su hija y apoyó la cabeza en la madera respirando pesadamente, sus manos se convirtieron en puños y negó con la cabeza antes de caminar hacia el sofá tomar el maletín y salir del departamento.


*ESV*


Durante toda la mañana a Jasper le había resultado difícil apartar de su pensamiento a ese pequeño tormento personal. Aún no entendía cómo esa chica, después de como la había tratado, aún le sonreía si lo pillaba mirándola; y aunque odiara admitirlo, le resultaba muy difícil dejar de hacerlo.

Las palabras de Carlisle, con respecto a su trato con ella, volvieron a escucharse en su cabeza. Miró por la ventana ante ese recuerdo. Le gustó pasar ese rato con él; por alguna extraña razón se sentía bien. Quizás fuese porque era un hombre desconocido, no tenía ni siquiera que ser amable con él, y no fue únicamente amable después de haberle partido la ventanilla, sino que se mostró confiado, como sí él también necesitase que lo escucharan… Obviamente a los dos les unía un mismo sentimiento, la soledad.

De pronto el profesor Otilio llamó la atención de todos.

—Está bien, chicos, préstenme atención. Cómo ya sabéis me gusta acabar cada tema con la presentación de un trabajo, así que… el próximo lunes recogeré los trabajos que vais a hacer por parejas.

—¡Jooo! ¡El lunes! —protestó casi toda la clase.

—El lunes, y no hay más que hablar. Además, no creo que os resulte muy complicado, es sobre la flora autóctona. ¡Aplíquense, muchachos! ya saben que las notas de los trabajos influyen mucho en la nota final. Tienen exactamente cinco minutos para elegir pareja. Os dejaré el resto de la clase para que comiencen con el proyecto.

A Alice le brillaron los ojos al oír que podían elegir pareja. Los últimos dos días había estado pensando en cómo hacer para ayudar a ese chico, y justo la noche anterior había tenido la iluminación. El problema era que no sabía cómo iba a sugerírselo a ese cabezota. Pero ahora el señor Otilio le había puesto la oportunidad en bandeja, así que, ni corta ni perezosa, y dejando a Nicole con la boca abierta por pasar de ella, llegó hasta donde estaba sentado Jasper y soltó sus libros en la mesa de al lado.

—Al menos no me dirás que no al trabajo —le desafió sentándose a su lado mientras éste la miraba sin dar crédito—. Oh vamos, te estoy haciendo un favor, chaval, nadie vendrá a hacer el trabajo contigo, por descarte te tocará con Vilma, esa de ahí —le hizo una señal con la cabeza.

Jasper, aún sin decir una sola palabra, miró hacia donde le señalaba y sus ojos se abrieron como platos.

La tal Vilma era la típica tía fea, pero fea, que se creía guapa, lo que aún la hacía más fea todavía, y para más INRI… ya le había puesto ojitos alguna que otra vez.

—Tú ganas, hacemos el trabajo juntos —aceptó Jasper en el acto, y Alice emitió un gritito de emoción—. Oh, por Dios, quieres tranquilizarte —le regañó entre dientes—. No hagas que me arrepienta —le amenazó; pero nada de lo que Jasper le dijese podría arrebatarle la alegría que le embargaba.

El resto de la clase lo pasaron haciendo un esquema de cómo querían hacer el trabajo, o mejor dicho, Alice hacía el esquema; Jasper se limitó a recostarse en su silla y asentir a todo.

—Yo creo que sería buena idea que añadiésemos fotos, me consta que al señor Otilio le gustan mucho —le susurró como si fuera una confidencia.

—Por mí de acuerdo, google nos proporcionará el material —contestó Jasper sin más interés.

—¡Qué! ¡No! Me refería a fotos de verdad, reales.

—No me jodas. ¿Quieres ir de excursión? —exclamó Jasper casi horrorizado.

—Cualquiera diría que te da miedo el bosque —se burló ella.

—No me da miedo el bosque, lo que no veo muy agradable es tener que soportarte en modo Scout —se burló esta vez él haciendo que Alice le mirara achicando los ojos.

—Eres un idiota integral, ¿lo sabías? —Jasper le sonrió de medio lado; estaba encontrando divertido el hacerla mosquear últimamente—. Pero sabes qué, estás de suerte, hoy es mi día: "ayuda a un idiota integral" —Jasper no pudo reprimir la risa, y Alice se maravilló ante aquel melodioso sonido.

— Está bien, Mini Scout —volvió a burlarse—, tú ganas. ¿Cuándo quedamos?

— ¡Genial! —exclamó emocionada—. Esta misma tarde, después de las clases, conozco un lugar que es perfecto.

— ¡Hoy! —Jasper la miró un tanto abrumado.

—Bueno, si no tienes otros planes, claro. —Esta vez la voz de Alice sonó comedida—. Hoy podemos tomar las fotos y mañana… podemos quedar en mi casa para acabar el trabajo… si quieres.

—Oh… —Jasper se rascó la nuca realmente nervioso. Se había acostumbrado a estar solo, y eso de salir con una chica, aunque fuese por un trabajo, comenzaba a estresarle—. Es…está bien.

Afortunadamente la sirena sonó alertando del fin de la clase, lo que les hizo salir de ese momento que, a ambos, les estaba resultando embarazoso; y tomando de nuevo las riendas del juego, Alice se las apañó para quedar en el mismo parque dónde se habían encontrado la vez anterior, para salir juntos desde allí.

—¡No olvides llevar ropa cómoda! —le gritó Alice cuando vio que Jasper ponía en marcha su moto. Este asintió con la cabeza y salió disparado de allí.

.

Dio un par de vueltas antes de entrar en casa. Ahora no le parecía tan buena idea haber quedado con esa chica, y odió por un momento al profesor de ciencia; bien podía meterse el trabajo por donde quisiera; pero había dado su palabra, y no quería que por su culpa Alice bajara la nota.

Siguiendo los consejos de la chica se puso ropa de deporte y tras llevarse algo rápido a la boca salió en dirección al parque. Solamente tuvo que esperar por ella diez minutos. No podía pedir más, era una chica al fin y al cabo.

—¿Preparado para la gran aventura? —Le preguntó, saliendo de su Mini y yendo hacia Jasper que permanecía sentado cómodamente sobre su moto—. He pensado que podíamos ir en mi coche…

—¿Por qué no mejor en mi moto? —sugirió él, cortándole.

—Oh, no, no me monto ahí ni loca —no tardó en contestar ella.

—Vaya, la señorita Scout es una miedica —le picó Jazz, lo que hizo que ella lo mirara entre ojos.

—No soy una miedica, capullo. Está bien, si es lo que quieres, vayamos en tu moto. —Se hizo la valiente y Jasper no tardó en pasarle un casco que había traído por si acaso.

—Princesa… —se cachondeó ofreciéndole la mano para que se montara. Alice suspiró mirando con aprensión aquel cacharro pero se dio ánimo a sí misma. Apoyó el pie en un soporte que había en la dichosa máquina y agarrándose a sus hombros se impulsó hasta situarse detrás.

—Esto… no corras mucho, por favor —le pidió con cierto nerviosismo aferrándose como una lapa a su cintura. Jasper sonrió ante ese gesto y valoró el esfuerzo que estaba haciendo la chica.

Alice le fue indicando el camino y en menos de una hora Jasper frenó a la entrada de un campo de Paintball.

—¿Qué demonios? —farfulló mirando con reproche a Alice—. Pensé que veníamos a sacar unas fotos —le recriminó.

—He cambiado de opinión, aunque… si te dan miedo unas bolitas de pinturas, siempre podemos…

—Así que quieres jugar, ¿no? Está bien, ¡juguemos! —contestó Jazz y acelerando de nuevo su moto, llegó hasta el lugar dónde pagar la entrada. Afortunadamente había ido un grupo que solamente contaba con tres participantes, lo que les dio la oportunidad de entrar al juego formado equipo con ellos.

Y por una hora, Jasper se divirtió como un enano. No sabía qué clase de adrenalina le hacía sentir eufórico, pero tenía que admitir que se estaba divirtiendo, más cuando comprobó el buen equipo que hacían él y Alice.

Pero entonces ocurrió algo que lo cambió todo. Alice se descuidó por un instante y uno de los miembros del otro equipo descargó varios disparos en ella. El impacto fue tan grande que Alice cayó hacía tras y por unos segundos quedó quieta en el suelo.

—¡Alice! —gritó Jasper horrorizado corriendo hacia ella—. Alice, ¿te han hecho daño? ¡¿Te han lastimado?! —La joven, aún aturdida, se llevó una mano al brazo donde había recibido varios impactos y se quejó antes de mirar a Jasper; pero en ese instante el chico que le había disparado salió de su escondite y la furia, hasta entonces contenida de Jasper, salió a flote en su máxima expresión y, levantándose, caminó hacia su oponente descargando sobre éste una multitud de disparos.

El chico también cayó disparado hacia atrás tratando de protegerse de los disparos, que, aunque eran de pintura, no dejaban de ser dolorosos; pero Jasper estaba como fuera de sí, de pronto toda la rabia contenida por la muerte de sus padres a manos de un desalmado, le hizo perder la realidad y disparar contra ese joven como si estuviera disparando contra aquel infame cabrón.

De nuevo habían disparado a alguien por su culpa. Él había accedido al juego. No importaba que nada fuera cierto, no lo veía, lo único que podía sentir era que Alice estaba herida, y el responsable estaba en frente. Alguien a quien podía atacar, alguien con quien podía acabar.

— ¡Muere, hijo de puta! ¡Muere! —gritaba Jasper sin dejar de disparar.

—¡No, Jasper! ¡Para! ¡Jasper, para! —le comenzó a gritar Alice corriendo tras de él. Pero no parecía escuchar a nadie; el chico quedó inconsciente en el suelo cuando otra bola impactó contra su pecho, y en ese instante Alice llegó a su lado y, abrazándolo desde atrás, le siguió pidiendo que parara, en gritos, susurros, cada vez más desesperada.

De pronto, Jasper fue consciente de lo que estaba haciendo; ver la imagen de ese chico tirado en el suelo le hizo palidecer y, sin poder evitarlo, cayó arrodillado en el suelo y comenzó a llorar como un niño.

Nunca los había visto… como habían quedado… pero, así lo imaginaba, y en sus pesadillas, a veces, así los encontraba. Pálidos, caídos, y lejos de su alcance, para siempre.

—Ya pasó —comenzó a susurrarle Alice, que, arrodillándose a su lado, hizo que él se dejara caer en su regazo, abrazándolo y meciéndole mientras le susurraba palabras tranquilizadoras.

—Nunca más volveré a verlos —balbuceó llorando desconsoladamente —. Mis padres se fueron, Alice, ya nunca más podré recuperarlos.

—Lo siento, lo siento… Estoy aquí contigo, no te dejaré nunca solo, Jasper. Te lo prometo. No permitiré que te sientas solo nunca más. —las lágrimas comenzaron a surcar las mejillas de la joven que sintió como suyo propio el dolor que ese chico estaba experimentando.

Jasper permaneció acurrucado entre sus brazos, deshaciéndose entre lágrimas, desahogando, al fin, todo ese dolor que sentía y que trataba de contener tras la muerte de las personas que más amaba en este mundo.


*ESV*


Las cosas se habían calmado nuevamente, no había tenido más encuentros con Jacob. Aunque también había evitado volver a visitar el parque. Su pequeño aún seguía molesto con ella por lo que esa mañana le había prometido que al salir del trabajo irían por hamburguesas. El niño había besado su mejilla y se había ido con su maestra más feliz. Aquella sonrisa era igual a la de su padre y solía derretir el corazón de Leah a la vez que la atormentaba. Si él le viera no habría manera de ocultar que era su hijo.

En la noche Jared y el pequeño Jake pasaron a su trabajo por ella. De camino a casa pararon en un restaurant de comidas rápidas, donde el niño comió y jugó, dándole tiempo también a Leah y a Jared de conversar. Él volvía a repetirle que era momento de enfrentar el pasado, que no siguiera huyéndole, pero ella se negaba

—Estoy demasiado asustada de perder a mi hijo —susurró—. No soportaría ver el desprecio en sus ojos, y ya ves cómo se pone Jake con el tema de su papá, imagínate qué pasaría si Jacob se le acercase. —El miedo a que su hijo fuera arrebatado de su lado era mayor al sentimiento de culpa que le embargaba.

En cuanto a su hijo ella era egoísta, no dejaría que nada ni nadie obstruyese la relación que tenía con él, no permitiría que nadie lastimara a su bebé como lo habían hecho con ella y menos cuando no estaba segura que Jacob no fuera a hacerlo. Se preguntaba una y otra vez qué pasaría si lo despreciaba únicamente porque era suyo, sin importar el tiempo que hubiese transcurrido. Jake no soportaría eso y tal vez terminaría odiándola a ella y culpándole de todo, lo cual sería peor. Su hijo era lo único que le quedaba, lo que le había dado fuerza, lo único suyo, y no dejaría que se lo quitaran. No, definitivamente no podía permitir que ese encuentro ocurriera en este momento.

—No interferiré más con tus decisiones, pero sabes que en algún momento tendrás que hacerlo. Él se vuelve cada vez más curioso y ha comenzado a preguntar por qué sus demás amiguitos tienen un papá y si él había hecho algo malo para que su papá no esté. Piénsalo. —Con esto su amigo finalizó la conversación.

Durante todo el camino a casa ella se encontró pensativa, analizando las palabras de Jared. Tendría que aclararle a su pequeño que él no tenía que ver con las decisiones que hubiesen tomado los adultos. En momentos como esos era cuando su determinación flaqueaba. Solo por amor a su hijo era capaz de ceder, pero no si este podía verse lastimado en el proceso. Sobre todo porque a partir de ahora ya no tenía la excusa de que no sabía dónde estaba Jacob. Estaba allí, en esa misma ciudad, como si el bendito destino que la castaña había dicho a principios de la semana, fuera cierto.

—¿De veras irías? —La pregunta de su hijo la sacó de sus luchas internas.

—¿Ir a dónde? —Le preguntó a Jared. Este se acercó cargando a Jake, quien le miraba ilusionado, pasó el brazo sobre los hombros de Leah y la apremió a caminar hacia el ascensor.

—La próxima semana será el día de las profesiones en la escuela y tienen que ir los padres, y yo le dije a este enano que si quiere yo voy.

—¿Por qué no me enteré de esto hasta ahora? —le preguntó al niño, este le miró con cara de pena y se acurrucó en los brazos de quien le sostenía.

Sintió cómo su corazón se contraía, era un momento en que tendría que estar con su papá y lo había privado de ello. Jared aferró el abrazo sobre los hombros de su amiga en apoyo y ella sintiendo el cansancio de toda aquella lucha, se refugió allí.

La campanilla sonó anunciando que habían llegado, Jared no permitiendo que nadie saliera de aquel fraternal abrazo los sacó al pasillo, y al ver al pasillo sintió que el mundo giraba al revés. "¿No he pagado suficiente?", pensó sintiendo como la tensión recorría su cuerpo al igual que el temor. Sus ojos buscaron los de Jared, quien la miraba preocupado. Ella se paró estratégicamente frente a Jared y la persona que estaba esperando junto a su puerta. Este le miraba con una mezcla entre asombro y furia.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con voz ahogada.

Él seguía observando la escena y a Leah le pareció por un momento ver el dolor cruzar por sus ojos, pero estos volvieron a mirarle con odio, tan rápidamente, que decidió que lo había imaginado.

—¿Papá? —Leah sintió al pequeño removerse en los brazos de Jared para que este le soltara y se asomó por el lado de su madre un poco temeroso. Quería tomarlo en sus brazos y huir, pero estaba clavada en su lugar—. ¿Ves mamita? Te lo dije. Papá vino por nosotros. —Miró a su hijo, y luego a Jacob. No, ya no había forma de que evitara lo inevitable, solamente podía rezar en que no le rechazase.

Este tenía los ojos clavados en el pequeño niño frente a él y Leah notó el reconocimiento. No había duda que eso sucedería. Sus rasgos eran prácticamente los mismos, no podían negarse los lazos que unían a aquel hombre y el niño.

—Mejor vamos adentro. —Jacob dio un paso hacia ellos pero se detuvo cuando el niño tomó la mano de su madre. Aquello para Leah fue un rayo de esperanza. No hubo gritos ni insultos, de los ojos de Jacob había desaparecido cualquier indicio de odio, solamente existía sorpresa y su pequeño aún buscaba la seguridad que ella le brindaba. Abrió la puerta permitiendo que entrase a lo que hasta ahora era su pequeño refugio. El niño aún temeroso le siguió—. ¿Vienes? —Se volvió para preguntarle Jared.

—Este es un momento privado de ustedes, pero estaré pendiente. —Ella asintió y agradeció contar con aquel silencioso apoyo.

Una vez dentro, Jacob se quedó de pie viéndose incómodo ante la situación. Había llegado el momento, pero no de hablar, si no de dejar que padre e hijo se vieran por primera vez. Respiró profundamente, tratando de controlar su tembloroso cuerpo y sacando fuerzas de donde no tenía. Le indicó a Jacob que tomara asiento y lo imitó. Vio a su hijo de cinco años acercándose a su padre y mirándolo con la mano extendida, queriendo tocarlo.

Se le apretó el corazón, eran tan parecidos, incluso ambos fruncían el ceño de la misma manera. Sus ojos se aguaron cuando siendo el niño osado que era, terminó de acortar la distancia y acarició la mejilla.

-¿Cómo te llamas…? –le preguntó ladeando la cabeza.

-Jacob… -respondió con la voz ligeramente ahogada.

-Sabía que nos encontrarías… -le dijo y sonrió ampliamente.

Un silencio incómodo se instaló después de eso.

—¡Ya sé! —Gritó el niño haciéndolos estremecer, porque cada uno estaba perdido en sus pensamientos—. Voy a buscar a Spiderman, para que conozca a mi papá —dijo el niño emocionado y corrió a su habitación.

—¡No corras, Jake! —le reprendió ella.

—¿Jake? —preguntó Jacob en voz baja, mirándose sus manos, mientras las apretaba en puños.

—Se llama Jacob Ephraim Clearwater —respondió Leah en el mismo tono de voz.

—¿Por qué…? —No pudo terminar su pregunta al ser interrumpido por la presencia del pequeño.

Leah observaba la escena como si estuviera en una película. El niño contestaba cada pregunta que Jacob le hacía. Ambos sonreían tímidamente, hasta que el pequeño se tiró a los brazos de su padre y lo abrazó, casi media hora después.

—¿Verdad que ya no te vas a volver a perder? —El corazón de Leah volvió a contraerse, ella no sabía qué esperar de aquella situación, sería el momento perfecto para arruinarla, acusándola y poniéndola en contra de su todo. Ahora su futuro era incierto, dependiendo de un solo hombre.

—No, no me volveré a perder. Trataré de estar lo más cerca que pueda. —Sintió que el alivio llegaba hasta sus huesos, alzó la cabeza y sus miradas se cruzaron.

En ese instante, decidió que por el bien y la felicidad de su angelito, era momento de enfrentar el pasado, resolverlo y enterrarlo.

Tiempo después, había llegado la hora de que Jake fuera a la cama y Leah permitió que Jacob se encargara de hacerlo. Ella se había retirado dejándolos solos en la habitación, dándoles un momento de privacidad. Se sentó en la sala y como era últimamente costumbre, comenzó a pasar las manos por su pelo. Estaba agotada física y emocionalmente, se sentía totalmente drenada.

—Tenemos mucho de qué hablar. —Aquella voz estremeció su cuerpo, todavía tenía un poder sobre ella que pensó que había superado. Ni siquiera levantó su cabeza, no conseguía la suficiente fuerza para hacerlo.

—Mañana, por favor —casi suplicó—. Hoy no puedo…

—Me pidió que lo llevara a su primera clase de yudo y lo haré… —dijo como una imposición y especie de amenaza.

—Está bien, tiene que estar allí a las nueve, puedes pasar por Jake y si quieres antes, para llevarlo a desayunar. Yo entro a trabajar a las cinco, así que no puedo tenerlo listo, pero Kim te estará esperando. —No pondría resistencia. "Todo por mi bebé", se repitió. Su integridad era lo más importante—. Pero quiero dejar algo claro, Jacob —anunció consiguiendo fuerza de su instinto de protección—. No lo dañarás, nuestro pasado es de nosotros dos, no lo involucra a él…

—Él es el resultado de nuestro pasado, Leah —le respondió con odio—. Y lo has mantenido demasiado tiempo alejado de mí…

Leah lo miró con incredulidad y después negó con la cabeza.

—No voy a tener esta conversación hoy —le interrumpió—. Solamente quiero aclarar que él es el ser más importante de mi vida, y no permitiré que tu odio y resentimiento lo afecte. Si lo haces…

—¿Me estás amenazando? —interrumpió con el ceño profundamente fruncido.

—Es mi hijo y lo protegeré de lo que sea.

—También es mío… —dijo entre dientes, casi como si fuera a saltarle encima.

—No lo estoy negando, Jake… —Ella lo miró con súplica y después lo vio negar con la cabeza.

—A la siete estaré aquí, y tenemos que hablar, quiero saber a qué hora podremos encontrarnos. —Leah sentía que si no sacaba a Jacob de su casa, terminarían hablando más, y no podía arriesgarse a perder el control y que Jake los escuchara.

—Hablaré con mi jefe y estaré aquí a las nueve. —Solamente esperaba que su jefe aceptara y esto no le trajera consecuencias en el trabajo.

—A las nueve, entonces. —Caminó hacia la puerta se detuvo un momento, ambos se observaron, Leah sostuvo su cabeza en alto, no dejaría que él notara cuan afectada estaba.

—Hasta mañana —dijeron ambos y este se fue.

Leah se dejó caer desplomada en el sillón cuando alguien volvió abrir la puerta. Ella ya no podía contenerse y las primeras lágrimas de lo que seguro serian un rio comenzaron a salir.

—Por Dios, Jared, busca una manta, está congelada. —Los familiares y cálidos brazos de su amiga la envolvieron. Escuchó pasos y luego algo pesado sobre su cuerpo.

Su amiga no mentía, ella sentía frío, pero no era producto del ambiente, era el mismo frío que había sentido cuando su vida se derrumbó.

Estuvo horas llorando, tratando de drenar aquel dolor, para luego comenzar a intentar pensar en que pasaría ahora en su vida. Ya más calmada caminó hasta su habitación, se dio un baño y se sentó en su cama. Sobre la mesita, Kim le había dejado una taza de té caliente. Al tomarlo se fijó en aquel sobre que olvidó abrir hace días y pensó en la característica chica que se lo había dado. Decidió abrirlo y su contenido la hizo sonreír.

—Palabras ciertas, Bella, yo también odio a San Valentín y él puede muy bien caerse muerto si lo desea. Ese jodido Cupido me debe unas cuantas…


*ESV*


¿Ir o no ir?

Era la pregunta del millón que rodeaba la cabeza de Esme.

Carlisle Cullen le había mandado un mensaje de texto a las cinco de la tarde para invitarla a tomar un café al día siguiente.

Había estado con Emmett en su oficina, arreglando unos papeles del señor Anderson y lo único que había podido hacer, fue mirar a su jefe y rogar porque no descubriera quién le estaba hablando. Él había seguido muy concentrado leyendo un documento que le acababa de pasar y no tomó atención a lo que ella hacía.

"Lo pensare".

Le había mandado en un mensaje de respuesta.

Guardó bien su celular y siguió en la junta que tenía con Emmett, no quería que sospechara nada, porque no sabía cómo lo tomaría, tenía miedo de que si se enteraba que hablaba con Carlisle la despidiera y ella no podía perder su trabajo, de él dependía Jasper y ella nunca dejaría que le hiciera falta una casa y comida.

Más tarde mientras entraba a su departamento, pensando en qué haría para cenar, se sorprendió al ver a su sobrino tendido sobre el sillón de la sala.

Traía puesto ropa deportiva manchada de pintura.

Cerró la puerta sin hacer mucho ruido y se sentó a su lado.

—Hola, Jazz.

El aludido solamente asintió con la cabeza, pero se mantuvo en silencio, tenía la mirada fija en el techo y Esme notó que el contorno de sus ojitos estaban ligeramente rojos e hinchados. Su niño había llorado.

—¿Cómo te fue en la escuela?

—Bien —respondió desganado.

Al ver que no iba a recibir más respuestas que esa, se sentó igual que él desparramada en el sofá, viendo al techo.

—¿Qué te gustaría cenar?

—Me da igual.

Esme guardó silencio, pensando en otra forma de hacerlo hablar, porque debía de aprovechar la oportunidad de que no había salido corriendo y se había quedado con ella en el sofá.

—No sabía que te gustaba el gotcha.

Jasper suspiró al darse cuenta que obviamente su tía lo había notado.

—Fui a hacer una investigación de la escuela y terminé en un campo de gotcha, una compañera de clases me llevó.

—Me da gusto, salir te hará bien.

—Ella es una molestia. —Suspiró cansado. Tanto llanto que había tenido lo había dejado agotado.

—Pero será una buena chica si se acerca a ti, porque supongo que te comportas igual en la escuela que en casa.

—Estoy muy cansado y no quiero sermones. —Se iba a levantar pero Esme lo jaló del brazo reteniéndolo en su lugar.

—Deja de huir, es una simple conversación y nadie te está atacando.

—Simplemente me quiero duchar.

—No te preocupes, la mugre no mata—le sonrió cariñosamente y aunque él no le devolvió la sonrisa si se quedó sentado a su lado.

—Sabes… tal vez sea mi mente de romántica que tengo por leer libros rosas, pero será… ¿Qué esta compañera de trabajo esté sintiendo algo por ti?

—¿Vamos a tener la conversación de chicas? Porque créeme que ya tuve Educación Sexual en la escuela.

—Nunca está de más hablarlo, además, en estos tiempos, los chicos no son pudorosos, todos sabemos qué es un condón y cómo se usa, quiero pensar que tú eres responsable y no dejarás embarazada a ninguna chica en un futuro cercano.

—¡Dios! —Jasper se llevó las manos a la cara avergonzado, esta no era una plática que quisiera tener con su tía.

—No te preocupes, Jasper, no te daré la plática de las flores y las abejitas. Mi conversación iba dirigida a otro lado.

—¿Cuál? Porque cualquiera es mejor que este.

—Mira, escúchame y si quieres no me contestes pero escúchame bien. —Su tía Esme siempre sonaba tranquila y serena cuando hablaba—. No sé quién sea esta chica, pero si consiguió que salieras de casa yo le debo una, aunque sobre todo mi pequeño Jazz, si esta chica se acerca a ti a pesar de lo arisco que eres y no te estoy criticando, tienes tus razones para ser así; solo digo, que si a pesar de eso se acerca a ti, entonces deberías de darle una oportunidad para conocerla.

—¿Por qué debería de hacer eso?

Aunque no lo reconociera, le encantaba escuchar a su tía hablar, había algo en su voz que le recordaba a su madre y eso lo tranquilizaba, por eso la mayoría de las veces, no era que la odiara, sino que prefería escucharla.

—Porque solamente alguien realmente bueno es capaz de ver lo maravilloso que eres aunque tú te niegues a dejarlo a la luz.

—Es complicado.

—¿Quieres hablar de eso?

Negó con su cabeza, pero por fin viéndola a los ojos y no había rastro de enojo.

—Está bien.

—Tía. —A Esme se le aceleró el corazón al escucharlo llamarla así.

—Dime.

—¿Tú eres soltera?

Esme lo miró extrañada.

—Sí —le sonrió—. ¿Ahora vamos a hablar de hombres? —le bromeó.

—No. —Jasper intentó sonreír pero solo salió una débil mueca—. Yo solamente no quisiera que te quedaras sola por cuidarme a mí, no soy un niño.

La experiencia de liberarse con Alice, lo había hecho pensar en muchas cosas y una de ellas era su tía, aunque todavía no estaba listo para acercarse a ella, quería intentarlo un poco.

—Sé que no eres un niño. —Se acercó a él y acarició su cabello—, pero siempre serás mi niño y siempre cuidaré de ti. No te preocupes por mí, yo he aprendido que las cosas pasan cuando tienen que pasar, si en un futuro fueras a tener un tío te aseguro que te lo presentaré para que le des el visto bueno. Espero que tú también un día tengas esa confianza conmigo y me presentes a la que llegue a ser tu novia. —Jasper negó con la cabeza, rendido, no quería hablar de amor—. Simplemente déjate amar en cuerpo, alma y corazón.

—¿En qué?

—No te preocupes, con el tiempo lo entenderás.

—Está bien —contestó extrañado.

—¿Por qué estás tan existencial?

—Hoy en la tarde —él dejó que su mente viajara a la visión de Alice tirada en el piso por varios impactos de bala de pintura—, me di cuenta que la vida dura un segundo… tú y yo estamos conscientes de eso.

Ella se quedó callada absorbiendo esa información.

Aunque fuera poco, Jasper al fin se abría y asimilaba la idea de la muerte de una manera más tranquila. Pero tenía razón en lo que decía, la vida era solamente un minuto, no se debía desperdiciar nada.

Jasper estaba preocupado a su manera por ella y ella debía de agradecer eso pero sobre todo, agradecerle a su sobrino que esa simple frase le había abierto los ojos de una manera más directa.

¿Qué tal si Carlisle moría al día siguiente, igual que su hermana?

La sola idea causó que le doliera el corazón.

El rencor no podía reinar para siempre.

Si tenía una oportunidad la debía de aprovechar, eso era lo que inconscientemente le decía Jasper.

El que Jasper se levantara de su asiento la despertó de sus tristes pensamientos.

—¿Qué te parece si en lo que voy a comprar algo para cenar tú te das un baño? —le dijo antes de que se marchara a su habitación.

—Existe el teléfono.

—No, es que necesito salir, necesito hablar con mi jefe en este momento. —Se puso de pie agarrando las cosas que había dejado sobre la mesita de centro—. Regreso como en una hora. —Se acercó a él y poniéndose de puntitas le dio un beso en la mejilla antes de salir—. Y Jazz —su sobrino la miró todavía apenado por el beso—, deja la ropa en el cuarto de lavado, tenemos suficientes manchas en el sofá.

El aludido vio pequeñas manchas verdes en el sillón y la miró con pena, pero su tía se reía y supo que realmente no le importaban las manchas.

Esme manejó hasta el edificio donde vivía Emmett y subió directo a su penthouse.

Cuando llegó hasta su piso, Emmett ya la estaba esperando a la salida del elevador gracias al mensaje de texto que le había mandado.

—¿Pasa algo malo, Esme? —Su jefe la vio preocupado, ya que era extraño que ella lo fuera a buscar a su casa a esa hora.

—Necesito hablar contigo de algo personal.

—Pensé que era de la oficina. —Ella negó—. Está bien, pasa y ponte cómoda.

La adentró en su piso y fueron directo a la terraza donde Emmett había estado desde que había llegado de la oficina, sintiendo el fresco aire de Seattle y tomando un whisky, la corbata estaba floja y torcida en su cuello, y los primeros botones de su camisa abiertos.

Esme se recargó en el barandal viendo la espectacular vista.

No había manera fácil de decir esto, pero lo tenía que intentar.

—¿Qué es eso que te preocupa y te hace arrugar la frente como una abuela amargada? —le preguntó colocándose a su lado.

—Me he vuelto a ver con Carlisle.

Emmett se quedó serio con su vista en la bahía.

—¿Y eso?

—Él me ha buscado.

Asintió.

—¿Por qué vienes a decírmelo? —preguntó mientras arrugaba el ceño.

—Porque eres mi jefe Emmett y sé cómo él nos afectó a todos. Yo, tal vez… intente algo con él otra vez, pero no quiero perder mi trabajo.

—¿Tú crees que yo te despediría por eso?

—No lo sé, yo sé que lo odias, pero necesito saber sobre qué terreno voy a pisar ya que bien sabes que ahora también tengo a mi sobrino a mi cargo y no me podría quedar sin trabajo.

—Esme —se acercó a ella y le pasó el brazo por los hombros—, ¿estás completamente segura de regresar con él?

—No, pero lo quiero intentar, no sé si funcione pero no me quiero quedar con el "hubiera" y sobre todo quiero perdonarlo.

—¿Lo amas?

Ella asintió tímidamente.

—El amor nos lleva por lugares desconocidos, no sabemos cómo se presentará, pero mi querida Esme, entiendo lo de las segundas oportunidades, a veces necesitamos vivirlas y todos nos merecemos una.

Ella vio a su jefe y amigo como no entendiendo de dónde había salido eso.

—¿Estás enamorado?

—Desde hace años, solo que lo creí imposible… No, no es una mujer casada, ni tampoco estoy saliendo del closet, pero… Creo que conseguí una segunda oportunidad.

—¿Entonces, no me vas a despedir?

—Por supuesto que no, Esme, ese cabrón sí le hizo daño a mi empresa, pero era dinero, a ti te hirió de una manera más personal y si tú fuiste capaz de perdonarlo, yo no te cerraré las puertas. No es que vayamos a ser amigos pero yo no te lastimaría, sé que tu sobrino ahora es tu responsabilidad y no te quitaría tu trabajo.

—Gracias, Emmett, eres tan buen hombre como tu padre.

—De nada, Esme, solamente mantén las cosas separadas, "el trabajo en la mesa y el amor en la cama"

—¡Emmett! —gritó divertida.

—¿Qué? Eso siempre me lo decía mi padre, además, quería que lo entendieras, yo no impediré que seas feliz, si tú así lo decidiste tienes mi apoyo.

Esme lo abrazó en agradecimiento, además de ser su jefe era su amigo.

—Espero que tú también aproveches la segunda oportunidad.

—Tenlo por seguro —la atrapó en un abrazo que le cortó la respiración antes de susurrarle al oído—. Un caso de bolas azules por una semana es un buen castigo para la trastada que te hizo; créeme, eso lo enseñará a no volver a jugar contigo —dijo causando que ambos rieran de la ocurrencia del moreno.

De camino a casa pasó por el McDonald's que se encontraba sobre la calle Madison y compró dos especiales, para su sobrino y ella, pidiendo que le agrandaran el combo con más papas porque sabía que Jasper amaba las papas fritas.

Mientras esperaba la cena en el auto, no dejaba de mirar el celular, no sabía de qué manera contestarle.

¿Un mensaje? ¿Una llamada? ¿Cuál era la respuesta correcta?

Durante los diez minutos que estuvo esperando la comida no se decidió por ninguna, así que aun sin responder salió con su cena rumbo a su casa.

Cuando estuvo de regreso en su edificio, estacionó su coche en su cajón y decidió que debía de dejar de ser una cobarde, ella era Esme Platts y estaba decidida a no dejar que el miedo la dominara más. También tenía derecho a ser feliz y sobre todo a serlo con el hombre que a pesar de todo no había podido dejar de querer, aunque aún no estuviera preparada para decírselo.

Lo había llamado "príncipe" en sus pensamientos cuando lo conoció, para ella parecía salido de un cuento de hadas y ese era el mote que más le iba cuando suspiraba de amor con él, antes de que se descubriera la verdad… Y ella quería llamarlo así otra vez.

Sacó su celular y le mandó un mensaje de texto.

"Acepto la invitación… ¿nos vemos mañana?"

Se quedó viendo la pantalla durante un minuto y pensó que estaría ocupado. Iba a salir de su coche cuando recibió otro mensaje de texto.

"Por supuesto. ¿Paso por ti?"

Enseguida contestó, no quería que Jasper lo viera todavía.

"No, yo llevare mi vehículo"

"Está bien. Cómo tú lo prefieras. Entonces te veo en ShowBox SoDo a las seis"

"Ahí estaré"

"Gracias Esme, prometo que no te defraudaré, solamente no me dejes plantado".

Ella sonrió en cuanto lo leyó.

"Confía en mí, ahí estaré"

"Te estaré esperando"

Esme ya no respondió más porque no quería meterse en asuntos de despedidas cursis y además la cena se enfriaría.

Tomó las bolsas y caminó hacia el elevador con paso más tranquilo y ligero, podía sentir que tal vez, mañana iba a ser un buen día, empezar de cero, no más dolor, no más lágrimas.

El día anterior había llorado lo que debía de llorar al desahogar todo su rencor y dolor; ya no quería eso otra vez, se había fijado de objetivo dejar eso en el pasado y tratar de perdonar.

Ella quería amar y ser amada otra vez.

Iba a ser difícil, pero no imposible.


*ESV*


Ángela no podía dejar de pensar en la vez que se había encontrado a Ben frente a la máquina de café, al final de la mañana de ese día. Tenía la cara demacrada y se veía desesperanzado. No recordaba haberlo visto así en meses, tal vez en todo un año, o más, no estaba segura. Había tenido su rostro sin afeitar y estaba como descuidado, como si ni siquiera se hubiese duchado esa mañana, o le importara hacerlo de nuevo.

Su rostro sin afeitar solamente realzaba la palidez de su piel y hacía más visible aún esa cicatriz que tenía en su lado derecho, justo sobre la mejilla y el costado de la sien. Moría por tocarla y preguntarle qué le había sucedido, tal vez había sido un accidente. Se preguntaba si perdió a algún ser querido en él y era por eso que a veces pareciera hasta triste; sin embargo era demasiado cobarde y le importaba demasiado el qué dirán o la lengua filosa de Jessica, para tratarlo libremente y poder preguntarle algo personal, consiguiendo con ello salir de dudas.

Ni siquiera le había dicho aún si iría o no a la bendita fiesta. No era que Ben le hubiese pedido que fueran juntos, únicamente le había dicho que iría, que sería entretenido, que las veces anteriores lo fueron, y que solo era una fiesta y era bueno salir y divertirse de vez en cuando sobre todo si trabajabas demasiado. La había mirado con preocupación cuando le había dicho eso y algo en su pecho se sintió cálido al ver que había notado que se pasaba demasiado tiempo ahí, tal vez mucho más del que debería.

Estaba al borde de que le llamaran la atención porque había un límite para las horas extras y estaba segura de que el mes anterior lo había sobrepasado. Pero necesitaba el dinero desesperadamente, los gastos en casa parecían aumentar como la peste y si no lo hacía no iba a alcanzar apartar la suma que siempre guardaba para volver a estudiar alguna vez.

Jessica había estado más venenosa que de costumbre cuando había pasado a recordarle que irían al bar en la noche y maldijo el momento en que le dijo que lo haría. Seguro que el mal humor se debía a la falta de sexo, el hecho que ese día habían llegado dos boles gigantes de caramelos de colores en forma de corazón, con un transcrito "I love you", y una tarjeta diciendo "día ocho", a su jefa, o el hecho de que el propio Edward Masen había sacado a la jefa Bella, de su oficina, esa tarde, declarando que la estaba secuestrando y que nadie sabría de ella hasta que la liberara, o a que la habían dejado botada por insistente, de nuevo. Solía pasarle tan seguido que no entendía cómo no aprendía. A regañadientes había ido hasta su departamento y se había cambiado por algo más cómodo e informal y un abrigo más grueso. Sobre todo se cambió esos tacones de infierno que soportaba por doce horas para verse perfecta, por unas botas de caña alta. No podía dejar que por comodidad su mala imagen la privara de algún privilegio. Después de todo, necesitaba todo lo que pudiera obtener.

Hooverville estaba rebosando como todos los viernes de noche. La música retumbaba en las paredes y las luces bajas auguraban una noche larga y cargada de diversión. Ángela se dejó arrastrar por su amiga hasta la pista de baile al fondo del local y se sacudió de forma mecánica y vacía al ritmo de un par de canciones antes de sentarse en su mesa habitual. Jessica como siempre desapareció con la excusa de ir al baño y aprovechó para relajarse, cerrando los ojos por un momento. Se sentía cansada y la verdad le apetecía volver a casa.

De repente se sintió observada y su mirada oscura recorrió la penumbra hasta que dio con Ben, estaba sentado solo en una mesa apartada, con actitud abatida, pero había desviado la mirada. Escaneó rápidamente el lugar buscando alguno de sus habituales secuaces pero o no estaban ahí o no podía distinguirlos entre tantas personas, y por primera vez en semanas se sintió con el coraje suficiente de ser ella quien se acercase a entablar conversación con él. Siempre había sido Ben quien llegaba en su rescate cuando se quedaba a la deriva en el bar, parecía que supiera cuando no andaba de conquista y necesitaba ser rescatada… Tal vez eso fuera porque cuando salía de conquista no era a ese bar precisamente…

De todos modos, esta vez caminó decidida y se sentó frente a él llamando su atención. Ben ni siquiera levantó la vista, solamente gruñó un: "no estoy interesado, puedes largarte por donde viniste". Luego de un momento de desconcierto, ella soltó una carcajada que le hizo levantar la vista y abrir la boca con una expresión de sorpresa que intentó ocultar rápidamente.

—Lo siento, pensé que eras… —se apresuró a decir arrastrando un poco las palabras. ¿Estaba borracho?

—¿Jessica? —respondió ella enarcando una ceja con expresión burlona. Esta vez quien se carcajeó fue él, haciendo que Ángela sonriera sinceramente por primera vez en la noche.

— ¿Jessica? Claro… Jessica buscándome a mí. Ni que fuera el fin del mundo… — murmuró al final.

—Mmm, cierto, ella te tiene cierta… —Ángela se interrumpió abruptamente por las palabras que iba a usar. Definitivamente repulsión por ti, no era lo adecuado.

—Dilo, ella odia los fenómenos, puedes decirlo tranquilamente —contestó Ben ahora con acritud.

—Vale, lo siento, se ve que hoy no es uno de tus días, tal vez querías estar solo. Yo… creo que es mejor me voy…

Para su sorpresa Ben estiró su mano y atrapó su muñeca antes de que pudiera levantarse y la miró a los ojos, directo. Haciendo que su respiración se detuviera.

—No. Quédate —susurró—. Por favor…

No supo qué contestarle o siquiera encontró su voz por un momento o dos, por toda la tristeza que encontró en su mirada y sin entender de dónde salió su osadía, se relajó y colocó su otra mano encima de la que apretaba aún su muñeca.

—Vale, pero si tú me dices qué es lo que te tiene tan mal.

Ben se removió un poco en la silla para luego mirarla de nuevo por unos largos segundos.

—Quiero largarme de aquí —murmuró mirando a su alrededor y haciendo que ella chequeara automáticamente. Con cierto alivio se dio cuenta de que no estaban siendo el centro de atención.

—Caminemos —propuso poniéndose de pie—, hace un frío horrible pero al menos no tendremos que fingir que estamos pasándola de maravilla.

Ben le dedicó otra sonrisa triste mientras esperaba a que se abrochara el abrigo para guiarla afuera. El gélido aire de la noche los recibió a ambos, pero era refrescante en algún sentido poder caminar en el silencio de la noche. Ángela aguardó hasta que él tuviese ganas de hablar y simplemente caminaba junto a él con las manos dentro de los bolsillos. Casi sin proponérselo ambos se detuvieron de forma automática frente al parque al que solían ir de paseo. Ben se volteó para mirar las luces de la costa y luego de un momento, se giró hasta quedar justo frente a ella.

—Perdí a mi bebé hace cinco años, un día como hoy —confesó en un murmullo suave y Ángela tuvo que repetir las palabras en su cabeza para comprenderlas totalmente. Se lo quedó mirando en shock—. Se llamaba Claire, iba a cumplir tres años y…

—¿Tenias… una hija? No sabía que estabas casado —le interrumpió casi sin pensar.

—Ya no lo estoy… —La voz de Ben sonaba tan apagada que ella quiso golpearse a sí misma.

—Yo… lo siento. De verdad… lo siento… No sé qué decir…

—No tienes que decir nada. Solo te estoy diciendo por qué mi día está tan mal…

—Claro…

—Clare estaba enferma. Nació con una rara complicación cardíaca y no resistió lo suficiente, no pudimos hacer nada, fue algo tan estúpido, ella estaba ahí jugando con Max y me vio entrar. Ella solamente corrió hacia mis brazos, yo ni siquiera lo pensé, la levanté y la giré, ella reía y de repente… la perdí. Ella solamente estaba siendo una niña de tres años contenta de ver llegar a su papá. Dios, duele tanto…

Ben se quebró completamente y se volvió hacia la costa. No quería que ella lo viera llorar.

Ángela lo vio, sin importar lo que él hiciera para evitarlo, y se sintió más aturdida que antes, tenía muchas ganas de tocarlo aunque no se atreviera. De todas las cosas que él podría haberle dicho, no esperaba algo así.

—Podrías… simplemente haberte quedado en casa. Fue algo masoquista ir a la oficina —dijo después de un silencio incómodo, sintiéndose estúpida por no tener nada mejor con que consolarlo.

—No, la oficina me distrae. Créeme que quedarme en casa solo lo hace peor.

—Sí, eso lo entiendo —dijo con intensidad—, de verdad que lo hago.

Por un momento, mientras Ben la escudriñaba como tratando de entender el verdadero significado de sus palabras, ella se preguntaba si podría contarle cuánto extrañaba a su padre últimamente y lo cansada que estaba de ser la fuerte, todo el tiempo. Justo cuando iba a comenzar a abrirse por primera vez con una persona desde que murió su padre y su vida cambió, sintió su bolsa vibrar.

—Discúlpame —dijo, sacando el Blackberry parpadeante y viendo con confusión el nombre en la pantalla. Se apartó un poco para atender con el pánico retorciéndole el estómago, no podía ser nada bueno si su madre la estaba llamando al celular.

—¿Mamá? —preguntó sin poder ocultar el miedo de su voz.

—¿Dónde estás? ¡Llevo más de una hora llamándote! —La voz de su madre sonaba tan alterada que apenas le resultaba comprensible en medio del llanto.

—Mamá, por Dios, cálmate que no entiendo qué es lo que estás diciéndome.

—Es Alec, tuvo un accidente en la motocicleta… Me llamaron del hospital…

—¿Qué motocicleta? Espera… Es casi media noche. ¿Qué hacía a esta hora en la calle, mamá? ¿Cómo rayos él se accidentó? —preguntó, sintiendo crecer la rabia dentro de su cuerpo.

—La que él… uh… es que estaba con unos compañeros… Ellos… vinieron por él… —su madre titubeaba y presintió que le estaba mintiendo—. Hija, no sabes lo difícil que es controlarlo, no estás aquí para lidiar con él… No te enojes conmigo.

—Vale, vale, mamá, lo siento. ¿Dices que está en el hospital? ¿Está muy grave?

—No lo sé, los médicos dicen que tiene una conmoción cerebral, que hay que esperar, que tal vez necesite una cirugía. Hay riesgo de que se haga un edema. No sé qué significa eso, pero ellos me explicaron que no entra en el seguro. ¿Qué vamos a hacer? Dios, estoy tan preocupada…

De repente ella entendió cuál era el verdadero motivo de la llamada y explotó.

—¡No tengo dinero, mamá! No puedo… Yo solo... ¡No puedes llamarme para darme una noticia así y pedirme más dinero, entiéndelo! —gritó con todas sus fuerzas y su madre respondió en el mismo tono.

—¡¿Qué pasa contigo?! ¡Se trata de tu hermano, Ángela! ¡¿Vas ser tan egoísta y dejar que le pase algo?! ¡¿Nos vas a abandonar así?!

— ¡Tendrías que haber pensado qué iba a hacerse daño! ¡Tendrías que haberlo imaginado cuando lo dejaste salir en una estúpida motocicleta con una panda de irresponsables! ¡Yo no soy una máquina de fabricar putos billetes, mamá! —Gritó con rabia y arrojó el teléfono en la arena.

Ben lo recogió algo desconcertado por esa repentina explosión y se lo alcanzó, dejándolo caer con suavidad sobre su regazo, luego de que ella se sentara en el suelo y se derrumbara en sollozos.

—¡No puedo más! ¡Juro que ya no puedo más! ¡Estoy tan agotada! ¡Tan agotada y ella…! Ella solo pide más y más —chilló Ángela y gimió entre sollozos con un dolor que desgarraba el alma sorprendiéndolo completamente—. Ni siquiera… ni siquiera es capaz de controlarlos para que no se hagan daño… ¡Dios! ¡No puedo más…! ¡Oh Dios! ¡Oh, papá… papá, ¿qué voy a hacer?!

Ángela murmuró más cosas que no entendía una y otra vez y él estaba desesperado, toda la tristeza y la rabia que había captado por meses con su lente estaban ahora desbordadas ante él y no sabía si agradecerlo o llorar a su lado. La abrazó en silencio mientras trataba de comprender el sentido de toda la conversación que había logrado escuchar y de sus palabras entrecortadas. Ángela ni siquiera se daba cuenta de la forma en que se aferraba a su pecho, como si fuera un náufrago mientras dejaba escapar un llanto cargado de angustia que había reprimido por años, quizás.

Después de quien sabe cuánto tiempo sosteniéndola entre sus brazos y acariciando su cabello hasta que dejo de llorar Ben sabía que ya no podría dejarla ir, no cuando por fin sabía, sin lugar a dudas, que en verdad era quien había deseado por tantos años, que estaba tan quebrada como él, y que quizás, solamente quizás, ambos podrían unirse juntos. Allí se dio cuenta de que tiritaba de frío por lo que la levantó con suavidad.

—Está helando. Vamos, te llevaré a casa —murmuró conduciéndola hasta la calle.


*ESV*


Jessica Stanley se tambaleó un poco mientras se prendaba el abrigo para salir del bar. Era casi media noche y la caza de esa noche había sido un completo fracaso. Tal vez estaba comenzando a perder el toque… o tal vez no había sido una buena idea volver al Hooverville después de haberse llevado a la cama al imbécil de Jacob Black, el maldito dueño.

Había pensado que era un buen partido cuando logró meterlo a su cama y que esta vez lograría algo más, como engancharlo en sus redes al menos para un par de revolcones más porque había sido de lo mejor que lograba últimamente. Pero él la había humillado como nadie lo había hecho en años y ahora estaba al borde de las lágrimas por la rabia. No quería estar sola de nuevo un viernes por la noche y patéticamente todos los que veía a su alrededor tenían pareja y estaban pasándosela en grande.

El día había arrancado mal desde la mañana y todo se fue una completa mierda. Debía ser porque era viernes y odiaba los viernes. Era cuando todo el mundo estaba ansioso por el fin de semana, teniendo citas por la noche o planeando ir al shopping con amigas el sábado, o pasando tiempo con la familia descuidada entre semana, sin contar que había visto al hermoso Edward Masen, pero en vez de mirarla, como venía deseando desde años atrás, se había ido directo a la oficina de Rarella, y se la había llevado a alguna parte desconocida. Qué no daría para que él lo hiciera con ella.

Ella estaba sola, desde años atrás, o al menos eso era lo que prefería proclamar, porque su familia era demasiado patética como para admitirla y prefería inventarse esa historia de que no vivían en la misma ciudad y como trabajaba tanto nunca los iba a visitar. Era la verdad, pero ellos vivían en los suburbios de Seattle y nunca los llamaba. Y su madre era demasiado ordinaria, vieja y obesa como para que alguien siquiera las relacionara. Su padre las había dejado hacía tanto tiempo que ni siquiera lo recordaba y ni de coña admitiría que tenía dos hermanas menores, adictas, que se dejaban con cualquiera y en cualquier lugar con tal de conseguir una dosis gratis.

Sí, su vida era solo una fachada vacía que intentaba sostener con fuerza cada lunes cuando llenaba a Ángela de historias de sus conquistas de fin de semana; todas fabulosas, todas con tipos geniales, ricachones, bien parecidos, de cuerpo escultural, con un auto de infarto y una verga alucinante y que la cogieron como los dioses. También le presumía del nuevo vestido que se había comprado, de los nuevos Jimmy Choo de la semana y de que iba a redecorar otra vez su piso porque estaba aburrida.

Ella lo hacía, se gastaba su dinero en aparentar, se esforzaba en ser una rubia modelo con actitud superada, aunque eso significara horas en tratamientos de estética, liposucciones, una cirugía de tetas a los diecinueve años con el dinero que le heredó su abuelo junto a sus hermanas cuando falleció, y que había sido una buena inversión, porque creía que había sido lo que le abrió el camino a su primer buen trabajo.

Pero la verdad era que estaba sola. Nadie se quedaba en su cama luego de un buen revolcón y siempre despertaba sola, con resaca, desnuda, en un departamento vacío. Ni siquiera dejaban una nota, menos flores, o un desayuno en la cama. Ya había dejado de esperar una llamada para repetir. Lo cierto era que a veces ni siquiera recordaba el rostro o el nombre del tipo que se había llevado a la cama, pero era una perra con suerte porque hasta ahora estaba invicta con las enfermedades venéreas y cruzaba los dedos para que eso continuara sucediendo.

Ah, pero ella tenía ese discurso que no se cansaba de repetir a quién quisiera oírla sobre que es de mente abierta y que jamás tendría una relación porque no quiere una. ¿Para qué necesita una? ¿Para qué iba a atarse a un hombre si podía tenerlos a todos, si era joven, linda y exitosa? ¿No trabajaba en una de las principales empresas de Seattle? Ella era una femme fatale que no necesitaba un hombre para llegar a la cima y se encargaba de proclamarlo a diestra y siniestra.

¿Acaso no había llegado a ser asistente de presidencia una vez? igual que la insípida de Bella Swan...

La odiaba. En su mente, Bella Swan había llegado a McCarty's para quitarle todo lo que le había llevado años conseguir y se lo había arrebatado en un abrir y cerrar de ojos. Representaba todo lo que ella no podía ser y tenía todo lo que ella no poseía: un buen puesto, amigas fieles, amigos que se partían de buenos y seguro le hacían favores; la amistad incondicional del presidente de la empresa, y por supuesto no olvidemos el novio perfecto, que podría ser modelo de GQ y que no tenía ojos para otra mujer en kilómetros a la redonda, ni siquiera para ella que era rubia y caliente, y de por lejos tenía mejores tetas y más caderas que la castaña insípida de su jefa. Incluso tenía una familia que la llamaba y le enviaba presentes en las fechas importantes. Y llegaba de imprevisto los viernes, solamente porque quería pasar un fin de semana con ella, sin que nadie los molestara.

Esa era la parte que más odiaba.

¿Cómo fue que ella, quien era más eficiente, capacitada, que había estudiado para ser la ejecutiva que es y hacía cursos cada año y llevaba más tiempo ahí que cualquiera de los otros perdedores que la rodeaban en la empresa, había quedado de asistente y no al revés?

No, no lo comprendía y eso la amargaba. Oh, sí, lo entendía perfectamente, las cosas funcionaban por acomodo, cuña, enchufe, por encamarse con el adecuado. Sin ir más lejos, ahí estaba el mejor ejemplo: Bella Swan, o Rarella como prefería llamarla cuando cotilleaba en el baño con las otra secretarias sobre sus extrañas aficiones o las incoherencias que a veces la escuchaba decir...

Síp, realmente su jefa era algo delirante.

Pero no podía darse el lujo de renunciar, o contradecirla abiertamente. Se conformaba con criticarla a sus espaldas y esparcir rumores. Después de todo, tenía un estatus que mantener; gastos, un departamento en el centro de Seattle que jamás hubiera comprado si hubiese sabido que su carrera de ascenso terminaría allí donde quedó. No podía darse el lujo de empezar de nuevo ahora.

En su lista de odio, seguía, muy de cerca, Ben Cheney; ese tipo extraño que había traído Emmett de quién sabe dónde y que más bien parecía un exconvicto con esa horrenda cicatriz, que un asistente, y tal vez lo fuera; nadie sabía con certeza sobre él, o su vida antes de llegar a la compañía, y él mismo no había hablado con alguna persona sobre un tema personal durante años, hasta que había llegado la mosquita muerta de Tanya Denali a trabajar a legales y lo primero que había hecho fue entablar lazos con el fenómeno.

Sí, Ben era repulsivo y era más que suficiente con que tenía que comunicarse con él por los encargos de su jefa y viceversa, ah, y compartir el mismo aire, momento en el que era completamente falsa. Por suerte, es excelente actriz y muy eficiente en su trabajo y también se regodeaba en ello. No iba a perder su puesto por ser despectiva con él ante los jefes.

El problema era que ni siquiera Ángela estaba a su altura en ese lugar, la chica era una pendeja, ¿vale? Tal vez lo que en realidad le molestaba de Ángela era que era hermosa y no hacía esfuerzos para serlo —o es lo que ella creía—. Además, era morena y la odiaba secretamente por ser tan delgada aunque vivía comiendo chocolate, y tenía esa melena espesa y brillante que juraba era virgen.

Lo peor era que Ángela era una perra con rostro de niña inocente, ella lo había notado apenas empezó en la empresa y antes de que alguien más pudiera acapararla se encargó de tenerla en sus redes y transformarla en una perra a tiempo completo. Necesitaba compañía, lo admitía, y la chica parecía tener talento como para aprender y estar a su altura. Y vaya si a veces la sorprendía.

Únicamente fingía ser su amiga para conocer sus secretos oscuros, pero Ángela era demasiado hermética para su gusto y en todo este tiempo todo lo que lograba saber eran detalles de sus citas calientes, detalles que eran reales, y que envidiaba a morir, porque Ángela no tenía que inventarlos como hacia ella. De su vida sabía lo que todos, que su padre había muerto y que tuvo que dejar la universidad para ayudar a la familia. Sí, la perdedora le enviaba dinero a su familia todos los meses. Patético.

Nunca la escuchaba realmente cuando hablaba y si la invitaba a salir era porque sabía que tenía más posibilidades de ligar algo con clase porque era sumamente atractiva y dos mujeres hermosas eran mejor que una para un buen ligue. Solamente por eso la había invitado esa noche y todos los viernes que no tenía una cita en vista, para ir al bar a tontear un rato. Ya que una vez que localizaba un objetivo interesante no tenía problemas en plantarla como siempre hacía.

No le importaba. Seguro que si ella no conseguía algo estaría el perdedor de Cheney para rescatarla de nuevo, siempre estaba rondándola.

Se echó a reír pensando en que otra vez se habían ido juntos, no estaban ninguno de los dos cuando salió del bar.

No era que estuviera muy consciente de todo, apenas si podía poner un pie detrás de otro con dignidad, pero estaba tan cabreada que no tenía ánimos de llegar a su casa tan rápido y prefirió perder tiempo caminando.

La noche estaba más helada de lo que esperaba y la espabiló haciéndola aún más consciente de todo. Sus pasos apresurados resonaban en la acera del parque y fue entonces cuando vio a esa ridícula pareja congelándose sentados en el suelo.

Idiotas. Podrían estar pasándola mejor en un cuarto caliente.

Ella jamás se rebajaría a pasar frío en un parque por un polvo. Una risa estúpida se le escapó, porque sabía que no era cierto, lo había hecho millones de veces.

Algo en la pareja solitaria le llamó la atención y entonces se dio cuenta de que era Ángela. Sí. Ángela Weber, y que estaba en los brazos de Ben, el fenómeno.

Se quedó viéndolos un momento debatiendo entre interrumpirlos o reírse. La verdad era que se sentía traicionada. Ángela le había jurado dos días atrás que no tenían nada y por la forma en que él la sostenía… Sí, ella definitivamente le había mentido y sí estaban saliendo. No podía creerlo. "¡La muy perra! ¡Qué ella elija a ese perdedor!". No, no iba a perder a la única amiga que tenía, y más importante a su pareja de ligue, porque ella se había dejado envolver por un pobre tipo que no valía la pena, se iba a encargar de abrirle los ojos y mostrarle que él no era para ella, era demasiado poco, no tenía dinero, ni siquiera era lindo, y no estaba hablando de esa grotesca cicatriz, era todo el paquete.

Decidió dejarlos estar y enfrentarla el lunes en la oficina. Era su territorio, y a Ángela le importaba demasiado el qué dirán como para permitirse un escándalo. Sí, eso era lo que iba a hacer. Ángela no podía hacerle esto, no después de todo el tiempo que había invertido en ella en esos dos años para que fuera la mejor. "Una perra pero con estilo", como solían decir entre risotadas después de humillar a alguien.


¿Cuáles autoras escribieron estos personajes?

P.D.: Jessica fue un regalo de la autora Ángela-Ben, no estará participando en ningún reto.

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