Disclaimer: Todo lo que reconozcan, no es mío.

Capitulo diez: Desechable.

Nadie me había preparado para sentir lo que experimenté en los brazos de Edward Masen. Él tenía sus muslos entre mis rodillas, su cuerpo levemente arrodillado encima de mí, mientras que sus labios no dejaban los míos ni siquiera para respirar.

Sus manos recorrieron toda la extensión de mi torso, pellizcando en los lugares adecuados y acariciándolos cuando la sensibilidad se hacía casi insoportable.

Con mi espalda arqueada hacía arriba, gemí su nombre y llevé las manos a su espalda. Su piel era suave y estaba caliente. Su olor se hacía más intenso en mi nariz, hasta el punto que prácticamente podía sentir su sabor en mi lengua.

—Oh si, tócame—Pidió en un ronroneo. Y lo hice, sentía mi sexo arder por la necesidad y mis pezones, como pequeñas rocas, clamaban por sus atenciones.

Edward no perdió tiempo. Desabrochó los botones de mi camisa uno a uno, acariciando la piel que exponía con su lengua y sus labios.

Miré su rostro mientras él metía las manos debajo de mi espalda y desabrochaba el sostén. Sus ojos brillaban de una forma extraña e intensa, como si estuvieran cubiertos por un velo más oscuro. Algunos mechones de cabello húmedos, caían sobre su frente.

Me enderecé lo justo como para poder lamer su mandíbula, después la mordí suavemente también. Edward gimió guturalmente y tiró de mi sostén con firmeza, dejando que mis senos se liberaran.

Con un sólo vistazo se inclinó y llevó uno de mis pezones a su boca. Lo hizo rodar con su lengua, dejándolo húmedo, para después soplar y hacer que toda mi espina dorsal convulsionara. Apoyó sus manos en mis costados y se lanzó en un camino de besos desde mis pechos hasta mi vientre, allí mordió con un poco más de fuerza, marcándome. Jadeé y apreté mis muslos uno contra otro, en busca de la fricción que tanto necesitaba.

Él rió entre dientes, triunfal y me desabrochó el vaquero con maestría. Suavemente bajó el pantalón por mis piernas y cuando sólo quedaron mis bragas cubriéndome el cuerpo, adentró sus manos en la cara interna de mis muslos y los abrió con un único movimiento.

Gemí, demasiado excitada para sentirme expuesta. Lo único que yo quería era calmar las brasas que ardían entre mis piernas.

Edward tenía sus ojos en mi cuerpo, en mi rostro, en mis ojos. En todos lados. Y yo quería más. Lo quería todo.

—Sigue—Pedí y lo observé con deseo. Edward tenía su rostro a escasos centímetros de mi sexo, había sujetado la cara externa de mi muslo con su mano y restregaba su mejilla contra la zona interna, con tal expresión de éxtasis que hizo que mi sexo palpitara enfebrecido—Sigue por favor…—Supliqué cerrando los ojos y removiéndome sobre mi espalda.

Edward emitió una especie de gruñido y sus dedos sujetaron el borde de mi ropa interior, la arrastró sobre mis piernas hasta sacarlas por los tobillos. El contraste entre el aire más frío de la habitación y el calor de mi cuerpo me hizo sufrir escalofríos. Pero en cuanto él separó mis labios internos con su lengua y apretó mi clítoris con su pulgar, me olvidé de todo lo demás.

Al principio él sólo besó la húmeda zona y la acarició con suavidad, más tarde, los movimientos de su lengua contra mi sexo aumentaron en intensidad y rapidez. Edward lamía, chupaba y dejaba que su lengua entrara en mi cuerpo con delicadas embestidas. Parecía hambriento de mí.

El placer parecía no llegar a su fin, su lengua experta se enroscaba y se adentraba, se clavaba y volvía a acariciar. Su aliento caliente se derramaba sobre mi sexo y mis palpitaciones llegaron al límite cuando llegó el primer orgasmo. Grité, gemí y jadeé ondulando mis caderas, mientras que él no cesaba en sus atenciones.

—Ah, dios, sí—Murmuraba inconexa, completamente perdida en el placer que sentía mi cuerpo. Dios, lo había deseado tanto, que ahora que lo tenía parecía un sueño. Uno del que no quería despertar.

Sin poder esperar más para sentirlo adentro tiré de Edward hacía mí. Él no se resistió. Cuando su rostro estuvo a la altura del mío, apretó su miembro erecto, rígido e inmenso contra mi entrepierna. Siseamos al unísono.

—Estás tan…—Murmuré. Duro, quería decir. Duro, firme, gigante, delicioso. Y él terminó mis balbuceos. Apartó el cabello de mi rostro con las palmas de sus grandes manos, cerró mi boca con un beso y con sus labios contra los míos musitó:

—Tan excitado y es todo por ti—Acompañó su voz ronca y profunda meciendo sus caderas suavemente contra las mías. Hundí mis talones en el colchón y gemí de placer mientras arqueaba mis caderas en busca de un roce más profundo. Mi humedad se había adherido a su sexo por la fricción, y estaba tan caliente que juntos ardíamos.

Sin poder aguantar más juegos, deslicé mi mano entre nuestros cuerpos y tomé su erección en mi mano. Él dejó salir un resoplido parecido a un sollozo, lo acaricié de arriba abajo, deleitándome con la suavidad y el temblor de su grueso miembro. Llevé mi mano un poco más abajo, donde su poderoso saco estaba tenso y lo acaricié con delicadeza.

—No puedo aguantar más—Musitó—Necesito estar dentro de ti—Busqué su boca y ahogué las últimas silabas con mi lengua.

Entonces empujó y ambos gritamos. Edward clavó sus manos en mis muslos y permaneció quieto hasta que me acostumbré a su tamaño. Después comenzó a embestir lenta y profundamente. Él dejaba que su miembro saliera casi completamente para volver a clavarse hasta el fondo. Su rostro era la imagen perfecta del éxtasis. Una fina capa de sudor cubría su frente, tenía los ojos cerrados y sus párpados temblaban, de entre sus labios abiertos salía su respiración rápida y desacompasada.

Cuando volvió a entrar en mí cuerpo, cerré mis ojos también y disfruté de la fricción casi eléctrica. Edward aumentó el ritmo y el roce, sujetó mi trasero con las palmas de sus manos enterrándose hasta que lo sentí completamente en mi interior.

Entre mis gemidos y jadeos escuché cómo él rugía y convulsionaba, su miembro se tensó aún más dentro de mí y sentí cómo se descargaba en mi interior. Abrí los ojos mientras mi propio orgasmo llegaba arrasando mi cuerpo, los ojos de Edward viajaron hacía la parte posterior de su cabeza, quedando blancos por unos instantes. Ondulé mis caderas y ahogué las últimas palpitaciones de mi orgasmo clavando las uñas en su duro y contraído trasero.

—Joder—Suspiró dejando parte de su peso caer contra mí. Lo abracé y escondí mi cara en su cuello.

Una sonrisa extasiada se extendió por mi rostro. Mis nervios, ansias e inquietudes habían desaparecido. Él las borró con sus besos. Ahora sabía qué era lo que necesitaba para volver a sentirme plena. Lo necesita a él. A Edward.

Mucho antes de lo que yo hubiera querido, él salió de mi interior y se puso en pie. Me estiré como un gato satisfecho y le di una sonrisa. Él la devolvió. Sus ojos volvían a estar limpios, de ese tono verde mar que me hacía querer sumergirme en ellos.

Se inclinó una vez más y besó mi frente. Sin decir una sola palabra entró al baño y yo me recosté de lado, aún sonriente.

Todas aquellas pretensiones de permanecer lejos de él, se habían ido a la basura. Sí, pero también era cierto que una pasión como la que hubo entre nosotros no se podía fingir. Edward también me deseaba a mí y eso era todo lo que me importaba. Incluso pensé que podría llegar a ese corazón amurallado que me había parecido inalcanzable. Con estos pensamientos me dormí.

En mis sueños, Edward no dejaba de hacerme el amor en toda la noche. Entraba y salía de mí, llegábamos al orgasmo y sin siquiera abandonar mi cuerpo, volvíamos a empezar. Él me llamaba por mi nombre y me susurraba palabras gentiles al oído y yo sonreía porque por fin había encontrado mi cima. Mi paz y todo lo que había buscado durante mi vida, había aparecido en forma de hombre.

Y cuando desperté y vi que Edward no estaba en la cama, ni siquiera en la habitación, me sentí enfriar por dentro. Un punzada desagradable estalló en mi estomago.

Mas preferí no darle importancia, él solía despertar muy temprano y como yo me había dormido antes de que Edward saliera del baño, no sabía si durmió o no a mi lado.

Me levanté con ánimos y me vestí para ir a mi habitación. Allí tomé una ducha rápida, silbando y canturreando. La verdad es que me sentía como nueva, parecía haber rejuvenecido un par de años y ese día, incluso mi piel brillaba.

Bajé la escalera con el cabello aún mojado y entré al salón. Y mi estomago volvió a contraerse, ésta vez, por un mal presentimiento.

—Buenos días niña—Saludó Amanda jubilosa. Nunca había visto al ama de llaves tan animada. Contra su cadera apoyaba una bandeja vacía y sonreía a las dos mujeres que estaban sentadas a la mesa—Ven aquí que te presente—Me acerqué cautelosa. Ellas no me sonrieron ni dieron señal alguna de apreciación por mi llegada—Ella es la joven de la que os estaba hablando. Isabella Swan—Asentí como saludo, la más joven de las dos mujeres frunció los labios en una pálida sonrisa.

—Encantada—Musité cortés y seca.

—Niña, ellas son la señora Carmen Denalí y su hija Tanya—Me sorprendí por el parentesco, ya que ellas no podían ser más distintas. La madre era una mujer bajita y algo robusta, de ojos grandes y almendrados en un tono castaño oscuro. Su piel bronceada lucía limpia de todo maquillaje y sus labios carnosos y oscuros estaban contraídos en una sincera sonrisa.

—Un placer conocerte. En el pueblo no se habla de otra cosa que no sea tu llegada—Le devolví la sonrisa algo sonrojada. No era atención precisamente lo que yo buscaba o algo de lo que pudiera disfrutar.

Sin embargo, la tal Tanya mantenía esa mueca extraña en su rostro blanco y perfectamente maquillado. Sus ojos de un claro tono miel brillaban suspicaces y sus mejillas, arreboladas por los polvos compactos parecían tensas mientras me escrutaba de arriba abajo.

—Mucho gusto—Murmuró entre dientes. Sus rizos rubios rojizos se mecieron suavemente cuando asintió hacía mí y las aletas de su pequeña y pecosa nariz se dilataron levemente.

—Bueno ¿Y cómo está mi primo? Supongo que dando guerra como siempre—La señora Cope se sentó frente a ellas. Por supuesto, si el parentesco entre las dos desconocidas me resultaba extraño, no sabría ni qué decir del hecho de que fueran primas políticas de Amanda.

La conversación transcurrió amena para ellas e irrelevante para mí, porque no podía dejar de mirar una y otra vez a la puerta, esperando ver entrar a Edward en cualquier momento.

Comí despacio, alargando el tiempo. Si tenía que ser sincera, estaba bastante nerviosa con el "reencuentro". Mi entereza al despertar por la mañana se había evaporado, claro que yo había imaginado encontrármelo a mí lado y sí, también me decepcionó un poco que no fuera así. Pero el hecho de que ni siquiera se dignara a buscarme después del desayuno, terminó por crear una especie de hueco en mi estomago. Me retiré al sótano e hice como que trabajaba, cuando en realidad, después de releer unas quince veces la misma frase, seguía sin encontrarle sentido.

Podía escuchar las risas de las invitadas y Amanda arriba en la cocina y por alguna extraña razón, esto sólo conseguía enfurecerme.

Rellené algunos datos en el contrato que tenía en mi mano y guardé el resto de los documentos en la carpeta. Estaba poniendo en pie para llevarlos a la cajonera, cuando Edward apareció frente a mí.

Carraspeé y me mordí el labio inferior mientras él me miraba fijamente. Esa mañana estaba especialmente atractivo, embutido en un pantalón vaquero claro y una camiseta roja con letras blancas.

Quizás había imaginado que algo habría cambiado en su rostro después de la noche anterior. Pero no era así. Sus ojos volvían a ser fríos, distantes y cautelosos y sus labios estaban apretados en una mueca tensa.

Tragué saliva y escondí mis manos detrás de mi espalda, sin saber qué hacer con ellas—Hola—Saludé. Mi corazón dio un vuelco y me sentí ridícula por lo nerviosa que me encontraba.

—Hola—Contestó él y sorbió su nariz secamente, para después esconder sus manos en los bolsillos de su pantalón vaquero—Quería hablar contigo…—Murmuró. Emití una corta respiración, mi pulso se aceleraba y mi estomago parecía lleno de hormigas.

—Si—Apremié con voz muy baja. Edward bajó la mirada y cambió su peso de un pie a otro. Estaba nervioso, muy nervioso y lo entendía, porque yo estaba en las mismas—Edward—Llamé y di un paso adelante. Él no se movió, pero levantó la vista hacía mí—Puedes decirme lo que sea—Musité gentilmente, casi como un suave arrullo. Algo pareció cambiar en él con mis últimas palabras.

El hombre que tenía ante mí se irguió en toda su estatura, levantó la barbilla y me miró por debajo de sus pestañas. Le sonreí tentativamente, pero él jamás devolvió la sonrisa.

—¿Tienes ya redactados los nuevos contratos?—Me descolocó completamente. Pestañeé rápido y desconcentrada musité un par de incoherencias. Luego di un paso hacía atrás y me aparté el cabello del rostro.

—Eh…Si, si los tengo pero…—Balbuceé y negué con la cabeza tratando de aclarar mis ideas.

—Me los entregarás en el almuerzo, los necesito—Ordenó tajante. Por más que traté de despejar la nebulosa de mi cerebro no pude hacerlo. No pude terminar de entender qué estaba pasando.

Sin esperar mi respuesta ni decir nada, él se dio la vuelta y comenzó a subir la escalera.

—Edward espera—Chillé trastabillando un par de pasos hacía su encuentro. Paró en seco y de espaldas aún inquirió:

—¿Qué quieres?—La mano que había levantado hacía él con la tentación de colocarla sobre su espalda, quedó congelada en el aire por su gélido tono de voz. Su sequedad y su tensa postura me sentaron igual que un balde de agua fría sobre la cabeza. Dejé caer los brazos a mis costados y suspiré profundamente.

—Nada. No quiero nada—Me rendí. Él ni siquiera se dio la vuelta. Se marchó y me dejó sola con mis pensamientos. Cuando sus pasos se perdieron en la distancia, solté el aire que había reprimido en mis pulmones.

Un sollozo quebró mi garganta. Lo reprimí y me senté con fuerza sobre la silla.

No llores Isabella, no seas ridícula. Me grité mentalmente.

Sonreí sombría y negué con la cabeza. Una vez más me había equivocado. Una vez más y podía jurar que ésta era la más dolorosa. No es como si hubiera querido matrimonio después de un polvo, porque no, no era así. Pero al menos un poco de gentileza no me habría venido nada mal. Yo no estaba enamorada de Edward y era obvio que él no lo estaba de mí, pero tampoco me merecía tal trato ¿Verdad? Pues para él, además de un polvo rápido no significaba nada.

Me sentía humillada y estúpida. Una niña tonta, desabrida y torpe de ciudad. Su contable y ahora su desahogo personal. ¡Genial! De la noche a la mañana me había convertido en algo de usar y tirar, un simple objeto de plástico al que follarte por la noche y despreciar por la mañana.

-.-.-.-

N/A: ¡Hola! Quizás me odien por esto, pero es necesario. Las historias deben tener de todo un poco, al menos para mí. Y como hubo gente que me "pidió" que no pusiera nada de drama pues desde aquí digo que por algo lo dejé en general. Tendrá de todo. Espero les guste. Un besazo.

Pd: Me voy de vacaciones! Así que en una semana o menos llega actu.

Gracias por todo y besos.