Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 9
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BPOV
Avancé con tanta prisa por la acera que tropecé con una mujer robusta a la salida del colegio. Ella se dio la vuelta ofendida, esperando que ofreciera mis disculpas, pero entonces yo había continuado mi camino sin mirarla. No tenía tiempo para demostrar mi buena educación y poco me importaba quedar mal con una desconocida.
¿Cómo que se ha ido temprano? ¿Cómo es eso posible? ¿Quién se la llevó?
Casi arranqué la puerta del coche al abrir. El asiento se sintió caliente, el ambiente con una pesadez insoportable.
Elizabeth vino por ella. Pensé que estabas enterada, Bella.
Había un punto rojo en mi visión que no me dejaba en paz. Intenté eludirlo encendiendo el motor y apretando las manos al volante. Empecé a contar hasta el cien. No podía perder la calma tan pronto, e incluso si quería explotar en miles de pedacitos, no servía de nada si las cosas ya estaban hechas.
No me avisó.
Cuando Bonnie venía a esta escuela, si Edward y tú no podían venir, las únicas que sí podían hacerlo eran Esme y Elizabeth. Lo recuerdo, Bella, esa fue la condición de ustedes y por eso no puse ninguna objeción para…
Estaba tan, pero tan encolerizada.
¿Estuvo mal, Bella? ¿Ocurre algo malo?
El número de Elizabeth me envió a buzón de voz… por sexta vez.
No, no te preocupes.
Elizabeth siempre nos avisaba. Nunca recogió a Bonnie a menos que nos pidiera autorización antes y ahora no lo había hecho con Louisa. Y no es que estuviera haciendo todo este escándalo porque creyera que la había secuestrado, sino porque no le correspondía a ella decidir quién la iba a buscar.
Le marqué a Edward con los auriculares puestos y esperé a que atendiese, cuando lo hizo, no lo dejé hablar.
—Por favor dime que tu madre te avisó y que olvidaste decirme.
Hice un desvío en la calle para ir hacia la carretera.
—¿Cómo?
Maldición.
—¡¿Por qué ella se toma atribuciones que no le corresponden?! Ni siquiera quiere atender mis llamadas, Edward. Vine a buscar a Louisa a la escuela y resulta que tu madre se me adelantó y la recogió al medio día. Son las cuatro y quince de la tarde y no he recibido una puta llamada de ella avisándome. ¿Qué se cree?
Él trató de calmarme de alguna manera, pero no estaba en condiciones de escuchar su verborrea ahora mismo, así que prometió que la llamaría enseguida. Yo estaba entrando al pasaje donde vivían sus padres en eso que cortamos la llamada. Sabía que estaría molesto conmigo porque no iba a ser gentil con su madre. Estaba cansada de ver como todo el mundo seguía tratándola como a una persona convaleciente, a la que nadie podía contradecir. No estaba dispuesta a callarme para nada.
Frené de golpe por encima del pavimento, me bajé sin quitar la llave del coche y crucé la calle hasta la casa de los Cullen. Empujé el alambrado con los brazos para entrar y me quedé en el mismo sitio. Hubiese podido hacerlo si este no tuviera puesto un candado de acero a su alrededor. Eché un vistazo a las ventanas de la casa, segura de que Elizabeth se encontraba allí mirándome desde su lugar oculto. Eso solo confirmaba que lo del candado era totalmente intencionado.
Retrocedí en mis pasos, llamando a todo grito en medio de la calle como una loca.
Me importaba una mierda.
Una soberana mierda.
Estuve demasiado tiempo en la calle muriéndome de frío, escuchando el sonido de la risa de mi hija mientras corría por los pasillos. La casa no era tan grande, las paredes no eran suficientes para impedirlo y las ventanas, con protección, estaban semi abiertas. La podía escuchar... estaba segurísima que no era mi imaginación. Fue eso mismo lo que hizo que actuara bajo el manto de furia que traía desde que salí del colegio, pateando la reja con los pies. Con cada patada que le di, la reja se tambaleaba y el candado chocaba contra los alambres.
—¡Abre… la… maldita… puerta! —vociferé entre patada y patada hasta el cansancio. Agarré ambos extremos entre mis manos, como si de pronto me hubiese convertido en Hulk y lograra derribarlo— ¡Louisa! —grité.
No hubo respuesta. Le di una última patada y me fui hacia atrás, buscando el teléfono en mi bolsillo del pantalón para llamar a la policía. Ella no podía quitármela porque sí y ponerle un candado a su mugrosa puerta para no dejarme pasar. Me temblaban los dedos de la irritación que tenía. No ayudaba que Edward se tardara tanto en llegar. Mis dedos se quedaron en el aire sin poder recordar dónde se encontraba la agenda de llamadas de emergencia. ¡Por Dios! Me sacudí la estupidez y me fui a contactos.
Estaba en eso cuando alguien abrió la puerta principal.
—¡Bella! —su melodiosa voz me detuvo de lo que sea que estaba haciendo, y corrió la distancia que nos separaba para saludarme.
Me agarré al alambre de nuevo y me puse en cuclillas.
—Pequeña… hola. —metí la mano en el espacio que había y toqué su rostro. Tan dulce como era, de pronto me había tragado toda la bilis que llevaba dentro— ¿Estás bien, cariño? ¿Qué estás haciendo?
Alzó un crayón azul y una hoja de papel con múltiples y extrañas, pero artísticas, rayas.
—Estamos jugando con el señor alto de allá.
Miré hacia la puerta, pero no había mucho espacio para echar un vistazo.
—¿Eleazar?
—Sip
Me quedé mirándola y empujando el alambrado con suavidad para no asustarla, como si se fuera a abrir de la nada. No sucedió. Estaba pensando en cómo trepar allí sin rasgarme la ropa y sin electrocutarme con la seguridad, cuando Elizabeth salió a mi encuentro.
Nos contemplamos como quién contempla a su enemigo.
—Louisa, ve adentro con Nilo, cariño, aquí hace mucho frío.
Le tomé la mano desde donde estaba antes de que hiciese algo más. Ella se quedó quieta con el roce de mis dedos.
—Ábreme la puerta, Elizabeth. No hagas que esto se ponga peor.
No me miró.
—Louisa, entra a la casa.
—Voy a llamar a la policía.
—¡Louisa!
—¡No le grites!
Edward vino corriendo desde una esquina con el celular en la mano. Me enderecé en mi lugar sin soltarle la mano a Louisa y Eleazar salió con las llaves del candado. Elizabeth lo miró con el ceño fruncido, y sus ojos no pudieron esconder su decepción.
Él me echó un rápido vistazo antes de poner una mano por delante de mí.
—Tranquila, Bella. Por favor.
Louisa corrió dentro de la casa y Elizabeth la siguió.
—¿Tranquila? ¡Tranquila las pelotas!
No fui yo la que entró deprisa como un huracán para poner a Elizabeth en su lugar, fue Edward. Ni en mis mejores sueños él se había puesto por delante de su madre.
—Dame una buena razón para hacer lo que hiciste. ¿Qué demonios tienes en la cabeza?
Elizabeth se llevó una mano al cuello.
—Edward, no me faltes al respeto. —lloriqueó.
—¿Y la falta de respeto que tuviste conmigo, madre? ¿Cómo se te ocurre llevarte a mi hija sin avisarnos? ¿Te das cuenta que pudimos haber llamado a la policía por secuestro?
Yo hubiese añadido algunos improperios, pero supongo que todavía recuerdo que es su madre. O yo estaba demasiado encolerizada.
—¡Secuestro! —exclamó ella— No se fue con ninguna extraña, soy su abuela.
—Sin nuestro consentimiento. —añadí.
Elizabeth rugió.
—Discúlpame, querida ¿pero desde cuándo te nació el amor de madre por ella? ¿Se puede saber? No les avisé porque estaban trabajando. Iba a llevarla a casa tan pronto como llegaste aquí y empezaste a destrozar mi casa.
—¡Te llevaste a mi hija! ¡Pusiste un candado a propósito para no dejarme entrar!
—Pensé que no iba a importarte que me llevara a tu hija, como bien has dicho. Qué bueno que lo tengas claro. —agregó con sarcasmo— Además de todo eso, llegaste agresiva a mi propia casa ¿cómo crees que te iba a dejar entrar así?
Me emputecí. Su voz me emputecía. Su presencia completa me emputecía de la cabeza hasta el dedo chiquito del pie. Me coloqué delante de Edward y miré a Elizabeth a los ojos. Levantó el dedo índice para decir algo más, pero lo sostuve con mis dedos con un poco más de fuerza.
—No quieres saber lo que soy capaz de hacer contigo si sigues metiendo a Louisa al baile solo para fastidiarme. No eres una chiquilla inmadura, Elizabeth, compórtate como la mujer que eres y deja de dar lástima.
Se echó para atrás enfadada, soltándose de mi mano y moviéndose de un lado a otro. Su cara se puso roja como una plancha caliente y empezó a agitar los brazos.
—Fuera de aquí… ¡fuera de aquí les digo!
No fue necesario que volviese a repetírmelo. Tomé a Louisa de la mano y salimos al exterior. Ella me siguió los pasos entre saltitos por lo agitada que iba.
—No pude despedirme de Nilo…
—Otro día lo volverás a ver.
Estuvo en silencio todo lo que tardé en ponerle el cinturón de seguridad. Mis manos seguían temblando y ahora que la tensión comenzaba a irse, me dolían mucho los pies.
Di la vuelta rápidamente hacia el asiento del conductor cuando Edward llegó hasta mí y abrió la puerta esperando que bajase.
—Puedo manejar sola, déjame.
—No en ese estado, manejaré yo y eso no está en discusión.
Me llevé las manos a la cabeza, apoyé los codos en el volante y aguanté las ganas de llorar. Seguía tan nerviosa y asustada por lo que acababa de suceder. Me cambié de asiento ahí mismo mientras Edward dejaba la mochila en el asiento trasero y se devolvía para encender el motor. Lo noté molesto también. Frenó en algunas partes donde no tenía que hacerlo y tocó el claxon a la camioneta delante de nosotros porque iba muy lenta. Esperé algunos minutos para que ambos nos calmáramos del todo, no quería discutir en el auto con Louisa presente.
Estacionó en nuestro sitio de la cochera, dejé que Louisa entrara en casa y Edward se desahogó.
—¿No se supone que cualquier persona no puede retirar a los niños del colegio? ¿Qué clase de seguridad tienen?
—Es tu madre. —recordé, sacando la mochila del auto— De todos modos ¿hace cuánto que conoces a Carmen? ¿desde qué dejaste los pañales? Fue tu primera maestra en el preescolar. Conoce a tu mamá incluso más que yo y nosotros mismos le autorizamos para que tanto mi madre como la tuya, pudiesen ir en caso de que nosotros no pudiéramos.
—Eso era con Bonnie.
—Sí, pero nunca cambiamos las reglas cuando llevamos a Louisa a su primer día. El problema aquí es que ella se la llevó porque le dio la gana hacerlo y porque sabía que iba a tener problemas conmigo después de que me diera cuenta que no estaba en el colegio.
—Vamos, Bella, no creo que…
—Ni se te ocurra defenderla.
—¡No lo hago!
Edward me siguió por la puerta trasera de la casa, tiré la mochila sobre la mesa y me quité el blazer del trabajo. Hasta ahora había olvidado que traía el uniforme aún puesto y que se me habían hinchado tanto los pies. Hice una mueca de dolor mientras me quitaba los zapatos allí mismo delante de él.
—Diablos…
—¿Qué…?
Negué con la cabeza.
—Me duelen tanto los pies.
—Déjame ver…
—No, déjalo… se me va a quitar. —no lo hizo. Se acercó y de un empujoncito me sentó en el sofá— Edward, tengo un remedio factible para el dolor y la hinchazón.
—¿Te importaría callarte?
Bufé. No pasó mucho tiempo antes de que sus dedos frotaran la parte hinchada de mi pie y en el inicio de los tobillos. No sé qué demonios hacía Edward trabajando como constructor civil cuando perfectamente podía ser mi masajista personal. No obtuvo ninguna queja por mi parte nunca más.
Descansé lo ojos.
—¿Qué le estás haciendo?
Percibí el salto de Louisa arrimándose al sofá.
—Masajes de pies.
—¿Te duele? —preguntó directamente, arrugando la nariz.
—Un poco.
—¿Tienes que ir al doctor?
—No, voy a estar bien.
Observó concentrada la tarea de los masajes hasta que Edward se aclaró la garganta para llamar su atención.
—Oye, Lou.
—¿Uh?
Mis pies comenzaron a deshincharse poco a poco.
—Tienes que prometernos que nunca más te irás de la escuela con otra persona que no seamos Bella y yo.
—¿Estoy en problemas?
—No lo estás, pero prométenos eso.
—Lo prometo.
Se me escapó un suspiro de mis labios. Sabía que su promesa era implícita a su edad, pero me quedé más tranquila.
—¿Por qué estás llorando?
Sorprendida, noté las lágrimas reunirse en mis ojos. Las aparté enseguida y sobé su mejilla colorada y rechoncha. Me reí.
—Por mi pie, nada más.
No iba a decirle cuán enojada e indignada me sentía con su abuela, ni que en un momento de desesperación por sacarla de esa casa había sido capaz de echar abajo la puerta. Fue ese candado de mierda lo que hizo que perdiera la cabeza.
—Voy a traer a Poly para que no estés más triste.
Se tambaleó al bajarse, pero pudo recobrar el equilibrio con prontitud. Edward me observó todavía masajeándome los pies cuando desapareció de nuestra vista.
Sonreía, pero sabía que también estaba preocupado.
—Nunca te vi enfrentar así a tu madre antes ¿sabes?
Se mantuvo en silencio por un buen rato, hasta que meneó la cabeza para restarle importancia.
—Sé dónde tengo y dónde siempre estarán mis prioridades, Bella. —también las tenía yo, así que asentí, al tiempo que hacia una mueca de dolor— Tienes el pie derecho más hinchado que el otro.
—Parece una empanada.
—¿De verdad te pusiste a aporrear el alambrado? ¿Y esperas que tu pie no esté hinchado, por el amor de Dios?
Rodé los ojos.
—Tu madre me hace perder el juicio…—gruñí molesta y adolorida.
—Lo siento.
—No es culpa tuya que Elizabeth sea así.
—Es culpa mía y de papá por protegerla tanto con su enfermedad.
Había un punto en eso. Dejarla hacer y deshacer a su antojo porque pensaban que en cualquier minuto podía morir. En cierto modo lo entendía. Estaban tratando de agradarla de alguna manera debido a sus quimioterapias. Yo no le quitaba mérito a eso, tampoco le deseaba mal. Fui testigo de lo mucho que sufrió, pero tampoco podía permitir ese tipo de reacciones por su parte.
No pude decir nada más cuando Louisa llegó hasta nosotros a toda prisa, echando el labio inferior hacia afuera en un puchero.
—¿Qué pasó, pequeña?
Ella cruzó los brazos sobre el pecho, a punto de llorar.
—¡Me olvidé a Poly!
¡Holaaaa!
En el anterior capítulo todas quedamos preocupadas por Lou, pero ya ven que nada malo le pasó. Ahora, supongo que todas rechazamos la actitud de Elizabeth. Suegras entrometidas hay en todas partes (bueno, no siempre. En mí caso, sí xd)
Mil gracias por leer, por unirse al grupo, por seguir la historia, por dejarme su parecer en un lindo comentario. Les prometo no tardar en actualizar, así que nos vemos en unos días.
Buenas noches a todas ;)
