10. ¿Muy tarde?
Kowalski jadeó con esfuerzo mientras observaba su material de trabajo esparcido en el piso. No era la mejor superficie sobre la que había trabajado, ni éste el mejor lugar. Estaba en un local abandonado de la ciudad de Nueva York. Muchas personas habían intentado establecer un negocio allí, desde un restaurant de comida china hasta una tienda de artesanías pero, por alguna razón u otra, siempre terminaba fracasando a causa de poca clientela y el local cerraba en cuestión de semanas. Era pequeño y estaba sucio, pero era lo mejor que había encontrado. Sabía que Skipper no lo encontraría aquí; este sitio no llamaba mucho la atención, dudaba que sus compañeros lo hubieran visto alguna vez en uno de sus viajes a la ciudad, pero él era más observador.
Una vez que quedó resuelto el problema de su escondite, sólo le restaba dar con la fórmula correcta.
Había estado trabajando sin descanso por dos horas y aún no tenía nada. Ni progresos significativos, ni resultados favorecedores. Su investigación no estaba avanzando pero el terrible dolor de cabeza sí. Sabía que, si no encontraba la fórmula que buscaba antes de que cayera la noche, estaría muerto.
No había sido difícil tranquilizar a Cabo. Éste había seguido haciendo preguntas con la poca energía de la que disponía y, mientras Skipper le explicaba lo de la enfermedad de Kowalski, el pequeño había vuelto a caer dormido. Ni siquiera estaba seguro de que lo hubiera escuchado. Así estaba bien, no quería que Cabo se preocupara. Entonces recordó que no sólo debería preocuparse de Kowalski, que Cabo también estaba enfermo y necesitaba cuidados. Se dirigió a la cocina y trajo un paño húmedo que colocó en la frente del niño enfermo y lo arropó para mantenerlo caliente.
Suspiró y salió del cuartel. Primero tendría que pedirle a Marlene que cuidara de Cabo por unas horas y luego iría a buscar a su amigo perdido a la ciudad. No iba a dejar que uno de sus soldados muriera hoy o ningún otro día mientras pudiera evitarlo.
Rico había terminado su búsqueda en el zoológico de Bronx. Cuando apenas la empezó, sabía que sería inútil. Kowalski no era ningún idiota, todo lo contrario. No sería tan tonto como para quedarse mucho tiempo aquí cuando sabía que sería uno de los primeros lugares en donde sus amigos lo buscarían. Si querían encontrarlo, necesitaban empezar a pensar como Kowalski. Incluso Rico entendía eso.
Rico emitió un zumbido y se acarició la parte inferior del pico, mientras con su aleta libre sujetaba su codo. Esto le daba una apariencia pensativa. Ideal, pues en verdad estaba pensando. Si fuera Kowalski… ¿dónde se escondería? Debía ser un lugar en donde considerara que sus amigos no buscarían porque sus cerebros eran demasiado pequeños para pensar en él. Reparó en que el único sitio donde podría estar ese lugar era la ciudad. Decidió que a partir de ahora él y Skipper deberían comenzar a buscar exhaustivamente en la ciudad al pingüino desaparecido. Buscar en los lugares más inesperados, no dejar ni una sola piedra sin levantar y entonces, tal vez encontrarían a Kowalski antes del anochecer.
Algo llamó la atención cuando estaba por dar media vuelta para salir del zoológico. A unos metros de distancia, un pingüino arrastraba una carretilla llena con aparatos de extraña apariencia: monitores, portasueros, respiradores artificiales, máscara de oxígeno, cables, tubos; Rico no reconoció ni la mitad de ellos. Imaginó que se trataban de los equipos que Douglas había tomado de la unidad de medicina. El zoológico de Bronx estaba por abrir y los encargados de este lugar seguramente notarían la presencia de estos aparatos en el consultorio, así que el pingüino médico tenía que ocultarlos. Parecía que Doug estaba teniéndola difícil para transportar los pesados equipos del consultorio hasta su hábitat, así que Rico decidió ayudarlo. Corrió hacia él y comenzó a empujar la carretilla mientras Doug jalaba. Eventualmente, el par de pingüinos llegó al hábitat del doctor y comenzaron a descargar los equipos para meterlos dentro del cuartel subterráneo; Douglas le pidió a Rico que fuera extremadamente cuidadoso.
-Nada de estos equipos es mío; los de la unidad de medicina ni siquiera saben que los tomé, me matarían si los regresara dañados, -dijo Douglas ya que habían dejado el último de los aparatos en un espacio libre en el consultorio.
-¿'Onde operar a Kowalski? –preguntó el experto en armas.
-Bueno, si el teniente Kowalski aparece a tiempo, -contestó Douglas, sin notar la mirada molesta de Rico al poner en duda que encontrarían a Kowalski- la cirugía la llevaré a cabo aquí. Había planeado hacerla en las instalaciones de cuidado animal del zoológico porque habría más espacio y no estaría nadie. Pero supongo que no habrá problema si se hace aquí.
Rico asintió y se despidió del médico para dirigirse a la ciudad.
Kowalski frotó sus ojos con cansancio. Lo sentía. Estaba cerca de completar la nueva medicina. Encontraría la fórmula en cuestión de segundos.
Mezcló una sustancia verde con el líquido que había dentro del frasco de la medicina que le había administrado a Cabo. La cabeza le dolía demasiado, pero mantuvo la vista fija en el frasco, esperando por una reacción. Finalmente, hubo una explosión en miniatura y Kowalski revisó unas anotaciones en su portapapeles detenidamente. Al poco rato, una débil sonrisa le iluminó el rostro. Era exactamente el resultado que debía obtener. Sólo un ingrediente más le hacía falta para completar su fórmula: paracetamol, sólo unas gotas. Buscó entre las sustancias de las que disponía y se encontró con que no le quedaba más paracetamol.
Si quería conseguir un poco, la única forma que tenía era robar algo de una farmacia (que sería bastante difícil de hacer sin ser atrapado en este estado tan debilitado en el que se encontraba) ó conseguirlo de las reservas que tenía en su laboratorio.
Pero, ¿cómo iba a volver al zoológico de Central Park sin que lo vieran? Su capitán ya habría avisado a todos los animales de que había escapado para que estuvieran alertas en caso de que se apareciera por ahí. Suspiró mientras se ponía de pie en medio de tambaleos. Apenas comenzó a levantar sus cosas, lamentó no haber traído una mochila consigo, pues cargar con todo este material con las aletas desnudas no era fácil en su condición.
Caminó con todo el sigilo que podía por las calles de Nueva York, esperando que ningún humano lo notara. Avanzó unos cuantos bloques con éxito hasta que escuchó una voz conocida no muy lejos de él. Al mirar a un costado, vio con horror como Skipper venía en esta dirección. Decenas de punzadas llegaron a su cerebro; el dolor de cabeza empeorando. Sin embargo, siendo tan inteligente como era, pensó rápidamente y corrió a esconderse detrás de un edificio. Intentó aguantar la respiración, pero estaba tan débil que sólo pudo seguir respirando agitadamente mientras escuchaba los pasos de Skipper acercándose. Tragó saliva y abrazó sus instrumentos con fuerza pero con cuidado de no romperlos.
Cuando creyó que el pingüino ya se había ido, otra voz familiar llegó a sus oídos.
-¡Skipper! –Era la voz ronca de Rico, por su proximidad, Kowalski dedujo que estaba ahora al lado del líder.
-Rico, -dijo Skipper con algo de sorpresa.- ¿No te dije que te quedaras en Bronx y buscaras a Kowalski?
-Kowalski no allí, -explicó Rico.- Busca en ciudad.
El pingüino más alto casi pudo imaginar a Skipper asintiendo con comprensión pero con un ceño fruncido en el rostro.
-Buena idea. La ciudad es muy grande para que un solo pingüino busque en ella. Muy bien, entonces tú busca por allá y yo buscaré por acá. Nos vemos aquí cuando el sol empiece a meterse, preferentemente con Kowalski.
Y ambos se separaron. Kowalski vio de reojo a Skipper deslizarse a su lado, afortunadamente iba tan rápido que no lo notó. Había sido un golpe de suerte. Fue entonces que se dio cuenta que llegar hasta Central Park sería más difícil de lo que había anticipado.
Estaba aburrida.
Skipper había venido hace unas horas a dejarle a Cabo para que cuidara de él. El pingüino no le daba muchos problemas, sólo tenía que remplazar de vez en cuando la toalla fría en su frente. Pero los chicos ya le habían pedido muchas veces que cuidara de Cabo. No le gustaba verlo tan enfermo y sólo le hacía preguntarse qué clase de parásito había atrapado el pequeño para terminar en ese estado.
Supuso que nunca lo sabría, ya que los pingüinos siempre mantenían todo como clasificado. También estaba preocupada por Kowalski. ¿Qué ganaba en posponer su cirugía e irse a hacer experimentos a alguna parte donde no pudieran encontrarlo? Sabía que debía haber algo escondido detrás de todo esto, pero no tenía forma de saber qué. De cualquier modo, Kowalski tendría que aparecer pronto, ¿no? Seguro que a Skipper y a Rico no le tomaría más de unos días encontrarlo. No debería angustiarse tanto por eso.
Durante la última hora, había estado observando atentamente a Cabo mientras ordenaba sus pensamientos. El pingüino estaba recostado en su cama de piedra, Marlene dudaba haberlo visto moverse en alguna ocasión. Se estaba cansando de estar allí sentada así que finalmente decidió salir a nadar en su estanque. Hasta que escuchó una débil voz llamarla.
-M-Marlene… -murmuró Cabo. La nutria se volteó y, al ver al pingüino despertar, volvió a su lado.
-¿Sí, Cabo? –preguntó con dulzura ella.
-¿D-dónde está Kowalski?
Marlene arqueó las cejas, confundida. -¿Skipper no te dijo nada? –No deseaba ser ella quien tuviera que hacerlo.- Sobre el tumor…
Cabo tosió con aspereza. Su repentino ataque de tos duró varios minutos y Marlene pensó en traerle un vaso de agua. Pero no fue necesario. -¿Qué? –preguntó él débilmente, Marlene podía decir que estaba a punto de desmayarse otra vez.
-No es nada, Cabo, -le aseguró mientras le tocaba la frente como un gesto maternal. El ave tembló bajo su mano.- Sólo… dejemos que Skipper y Rico traten con eso, ¿sí?
El pingüino no pudo responder antes de volver a cerrar los ojos y no abrirlos otra vez. Marlene suspiró al saber que no podía hacer nada para ayudarlo. Aunque el más joven parecía más preocupado por Kowalski que por sí mismo. Por el bien de todos, ella esperaba que encontraran al científico pronto y el más joven se recuperara.
Kowalski corrió a través de los campos de Central Park con sus instrumentos en sus aletas. Apenas había salido de la ciudad sin ser atropellado. Jadeaba mientras trotaba torpemente hacia el zoológico que con cada paso que se acercaba se hacía más grande. El primer síntoma de que el tiempo se le estaba acabando apareció cuando su visión comenzó a volverse borrosa. De pronto no sabía cual dirección era cual y comenzó a sentirse mareado. Parches de diferentes colores empezaron a aparecer en su visión hasta que su mundo se oscureció por unos segundos y tropezó, cayendo sobre su material.
Afortunadamente, su pérdida de conocimiento fue fugaz y en cuestión de segundos su estropeada visión estaba de vuelta. Se preguntó si sería capaz de volver a ponerse en pie. Le tomó unos momentos darse cuenta que algunas de sus cosas se habían roto al caer sobre ellas. Entró en pánico por unos instantes, ¿había quebrado el contenedor de la nueva fórmula que estaba tan cerca de terminar? Se levantó lentamente del piso y observó los daños: sólo algunos matraces y unos tubos de ensayo se habían roto. La nueva medicina, de alguna forma, había sobrevivido. La recogió junto con su portapapeles y continuó andando hacia el zoológico.
El Sol había comenzado a descender desde lo alto del cielo.
-Aguanta un poco más, -se dijo jadeando.- No me defraudes ahora, cerebro.
Fue difícil recorrer los pasillos del zoológico sin ser visto. Tuvo que permanecer escondido detrás de un muro por veinticinco minutos hasta que finalmente los gorilas se distrajeron. Maurice casi lo ve en más de una ocasión, pero cuando creía haber visto algo, su Rey le decía que debía estar alucinando y le ordenaba seguir abanicándolo. Los animales grandes como Burt y Roy era de los que más temía, sus hábitats eran pequeños y podían ver por encima de las paredes a varios metros de distancia. Sin embargo, tampoco estaban muy alertas ni eran muy inteligentes, por lo que los pasó sin problemas.
Se dejó caer dentro de la piscina que rodeaba su hábitat y nadó lentamente hacia la superficie de concreto en el centro. Dejó sus cosas arriba antes de subir él mismo. Aquí se detuvo un momento para tomar aire y dejar que las punzadas más fuertes dejaran de apuñalar su cerebro. Tenía trabajo que hacer, lo sabía. Se puso en pie con movimientos cansinos e hizo el plato de comida a un lado para poder entrar.
El cuartel estaba a oscuras y en silencio, como si nadie hubiera vivido en él desde hace años. El teniente se sujetó la cabeza y caminó hasta su laboratorio, cuando la encendiera, esa sería la única luz que iluminaría el cuartel. Abrió la puerta, que se sentía tan pesada como si estuviera hecha de iridio, y consiguió entrar. Se dirigió a su mesa de trabajo y dejó los instrumentos que habían sobrevivido a su caída encima de ella junto con su portapapeles. Tomó el contenedor que tenía la medicina casi terminada dentro y lo colocó sobre una malla. Después giró un interruptor y un fuego azul comenzó a arder debajo de la malla, calentando la mezcla.
El científico tosió mientras buscaba en sus cajones sus frascos de paracetamol; sabía que todo estaba por terminar. El sufrimiento de Cabo y el suyo. Y si no iba a terminar bien para él, sí iba a terminar bien para Cabo.
Skipper miró al horizonte. El Sol estaba casi oculto ahora; recordaba las órdenes claras que le había dado a su experto en armas. "Nos vemos aquí cuando el sol empiece a meterse". Hace horas desde entonces y él seguía aquí; observando a través de unos binoculares en uno de los edificios más altos de Nueva York las calles rebosantes de tráfico de la ciudad, con la más mínima esperanza de por casualidad ver a un pingüino conocido caminar por ellas. Seguramente Rico ya estaría en el punto donde habían acordado encontrarse, y él lo estaba haciendo esperar. "Preferentemente con Kowalski".
Durante las últimas tres horas, había sido incapaz de encontrar a Kowalski. Sabía que tenía que estar aquí, de hecho, estaba seguro de ello. ¿Por qué no podía encontrarlo? ¿Rico habría tenido mejor suerte? ¿O tal vez los residentes del zoológico lo habían visto? Sólo podía desear por lo mejor mientras bajaba por la escalera de incendios del edificio y se dirigía a donde se suponía que Rico lo vería.
En efecto, el del mohawk ya estaba esperándolo con los brazos cruzados y viendo a la nada. Skipper se sintió mal por haberlo hecho esperar. Antes de que su capitán llegara a su lado, Rico se dio cuenta de que al fin había vuelto y le dirigió una débil sonrisa. Skipper supuso que no había tenido mejor suerte que él en su búsqueda. No se encontró con suficientes fuerzas para devolverle el gesto a su soldado y sólo suspiró. Fue como si su deprimente energía hiciera desaparecer la sonrisa del otro pingüino.
-¿Qué 'asemos ahora? –le preguntó Rico a su líder con un encogimiento de hombros. Skipper levantó la vista y vio los últimos rayos de luz desaparecer en la lejanía, un segundo después, las farolas de la ciudad se encendieron en sucesión.
-Reloj, -pidió el capitán. Rico hizo unos ruidos de gorgoteo y regurgitó un reloj de bolsillo en la aleta extendida de Skipper. Luego de verlo brevemente, Skipper lanzó otro suspiro.
"¿Cuánto tiempo tenemos antes de que… sea demasiado tarde?" "Siendo optimistas: hasta el anochecer."
En el reloj que sujetaba se leían las siete treinta y cinco pm. El sol ya se había ocultado.
"He hecho los cálculos yo mismo y sé que, a más tardar, sólo tengo hasta hoy a las veinte mil horas hasta que el tumor en mi cerebro me provoque una hemorragia interna y muera."
-Volvamos al cuartel, soldado –contestó Skipper finalmente, viendo hacia la dirección en la que estaba Central Park. Antes de empezar a caminar, agregó:- Ya veremos qué hacer en la mañana.
Los dos pingüinos caminaron de vuelta a Central Park, el cielo oscureciéndose un poco más con cada minuto que pasaba. Aún así, no tenían prisa. Llegaron al zoológico para cuando el reloj estaba por dar las ocho pm. Skipper decidió dar una vuelta alrededor para visitar algunos hábitats y hacer preguntas sobre Kowalski. Como esperaba, nadie lo había visto; todos le desearon suerte en encontrarlo pero nadie pudo darle información útil. Tampoco les mencionó a los residentes del zoo que sólo tenían hasta el anochecer de hoy (que por cierto ya había pasado) para encontrarlo. Eso sólo los habría hecho entrar en pánico.
Finalmente, cuando se resignó a que en verdad nadie en absoluto tenía una pista que lo condujera a su segundo al mando, él y Rico comenzaron a caminar hacia su hábitat.
-Ve a recoger a Cabo, está con Marlene –le indicó Skipper a su experto en armas cuando pasaron al lado del hábitat de la nutria. Su soldado asintió y saltó el muro. Skipper sólo siguió andando sin prisa y eventualmente se encontró descendiendo la escalera hacia el cuartel. Usualmente no la usaba para bajar, sólo pateaba el tazón de comida y saltaba dentro. Sin embargo, hoy no se sentía de humor.
Como al quinto escalón, se detuvo y observó las literas. La más alta era de Rico; la segunda de arriba hacia abajo era de Kowalski; la tercera era suya y la del fondo la de Cabo. A veces cambiaban el orden, a ninguno le importaba, pero normalmente ese era. Se imaginó las figuras de ellos cuatro durmiendo en las camas… luego lentamente uno de esos pingüinos desapareció; el de la segunda litera. En cuestión de segundos, otro más desapareció; el de la litera del fondo. Y de pronto sólo había dos pingüinos durmiendo en las camas.
Meneó su cabeza y gruñó para apartar esos deprimentes pensamientos de su cabeza. Aunque tenía presente que esa imagen tenía muchas posibilidades de hacerse realidad. El reloj ya marcaba veinte minutos después de las ocho. Las mejores probabilidades indicaban que a más tardar Kowalski sólo viviría hasta el anochecer si no se operaba antes. Habían fallado. Skipper había fallado. Había dejado que uno de sus soldados muriera sin que él pudiera hacer nada al respecto más que dar vueltas por la ciudad como idiota. Probablemente Kowalski estaba tirado en algún callejón. Con sangre en la cara. Muerto. Sus aletas aún estarían sujetando el frasco con la medicina que había muerto tratando de completar.
Skipper suspiró y bajó un poco más rápido los últimos escalones. Fue hasta entonces que se percató del hilo de luz que se colaba de la puerta entreabierta del laboratorio, iluminando tenuemente parte del cuartel a oscuras. Caminó hacia el hilo de luz, viéndolo fijamente con el pico abierto, y luego levantando la vista para ver el espacio dejado entre la puerta de acero y el marco de ésta.
Se acercó lentamente y colocó una aleta sobre la puerta, de alguna forma asustado de lo que encontraría detrás. Pero de otra forma, sabía exactamente lo que encontraría. Sin pensarlo otra vez, empujó la puerta y ésta se abrió sin mayor esfuerzo con un rechinido, dejando ver al pingüino lo que ocultaba.
Kowalski sonreía frente a su mesa de trabajo, observando un contenedor. Skipper notó como recargaba la mayor parte de su peso en el borde de la mesa, y como sus pies temblaban, quejándose por tener que sostenerlo. Podía ver su pecho contraerse y expandirse notablemente con cada respiración que el pingüino hacía. El capitán suspiró, no sabía si con alivio o con miedo, y dio dos pasos dentro del laboratorio.
-¿Terminaste de jugar a las escondidas? –Su voz sonó más profunda de lo normal y con una carga de resentimiento. Kowalski se llevó una aleta a la cabeza al oír su voz, como si le taladrara el cerebro, y emitió un suave gemido.
-Terminé… -susurró el científico, recogiendo con cuidado el contenedor con su medicina dentro en una aleta. La sola acción parecía requerir mucha energía. Skipper cruzó las aletas.
-¡Si crees que voy a darle esa medicina que acabas de crear a Cabo y arriesgarme a que le pase algo peor, estás muy equivocado! –espetó Skipper gritando. Kowalski hizo una mueca, molesto por los estridentes gritos. Pero comenzó a dar pasos tambaleantes hacia su líder con el contenedor apretado contra su pecho.
-Pero… pero… Skipper, la medicina… es segu-gura ahora; revis-sssé más de una vez y Cabo…
-¡Cállate, Kowalski! ¡Nos tuviste todo el día dando vueltas por toda la ciudad buscándote sólo para que ese medicucho de cuarta pudiera sacarte esa cosa de la cabeza que se está comiendo tu cerebro! ¡Y ahora es muy tarde! –El capitán no se dio cuenta de las lágrimas arremolinándose en sus ojos. Pero él era un hombre, inconscientemente, las hizo regresar.
Skipper gruñó con el pico apretado y derribó varias cosas de cristal de una mesa. Todas cayeron al piso y se hicieron añicos con ruidos que hicieron al pingüino más alto cerrar los ojos y arrugar la frente. Skipper jadeó, viendo el desastre que había causado y luego levantando la mirada para volver a ver a Kowalski; el científico miraba al suelo.
-La medicina es segura ahora, -repitió Kowalski con calma. Esperaba con todo su corazón que Skipper le prometiera que le daría esta medicina a Cabo. Podía sentirlo; no le quedaba mucho tiempo.
Skipper sólo se frustró más. Sintió la necesidad de reclamarle a Kowalski por todo lo que había hecho mal y habían culminado en esto.
-¡Claaaro! La medicina es segura ahora, -dijo imitando la voz del teniente, quien permaneció inexpresivo.- Lo mismo dijiste de los nanitos, si no mal recuerdo. Y los furros. ¡Y dijiste lo mismo sobre la medicina que le diste a Cabo hace tres días! ¡Estoy harto de tus errores, Kowalski! ¡Y de que corras a intentar repararlos poniéndonos a todos, incluyéndote, en riesgo!
Kowalski frunció el ceño con rabia.
-¡No me importa! ¡No me iré hasta que digas que le darás esta maldita medicina a Cabo!
-¿Irte? ¿A dónde irás? ¡Ni siquiera puedes tenerte en pie! ¡Te reto a que salgas por esa puerta!
-¡Sabes lo que quise decir!
-¡¿Por qué no hablas derecho?! ¡Sabes que vas a morir!
-¡¿Por qué no tú…?!
Kowalski sintió una punzada recorrer su cerebro. Más fuerte que todas las anteriores. Fue como una onda eléctrica que le avisaba que el show había terminado. "Se acabó," pensó. Skipper lo vio balancearse y olvidó la furia que sentía hasta hace unos segundos. Corrió hacia él, dándose cuenta hasta ahora que había desperdiciado valiosos minutos discutiendo con su teniente.
-¡Soldado!
El pingüino colapsó en sus aletas. Él y el contenedor que sostenía cayeron al mismo tiempo, pero Skipper sólo se preocupó por atrapar a Kowalski. Su cuerpo se sentía pesado y caliente, nueva sangre había comenzado a salir de su pico y sus ojos estaban en blanco, pero sus párpados no se habían cerrado. Skipper sabía que no podía significar nada bueno.
Con esfuerzo, comenzó a arrastrarlo fuera del laboratorio.
-¡RICO! –gritó pidiendo ayuda. En cuestión de segundos, el experto en armas bajó las escaleras y reaccionó con asombro al ver al capitán sosteniendo a un inconsciente Kowalski.- ¡Tenemos que llevarlo con Douglas! ¡AHORA!
En el piso del laboratorio, el contenedor con la medicina que Kowalski recién había creado rodó hasta detenerse por sí mismo. Afortunadamente el contenedor estaba hecho de metal, de haber sido de cristal, se habría roto al momento que el intelectual lo soltó, derramando la cura para Cabo por todo el suelo y echando a perder todo el esfuerzo de Kowalski durante las últimas horas.
¡Cuatro mil palabras, nene! ¡Ooh siii!
Dato curioso: Cuando comencé a pensar en esta historia, la trama era ligeramente diferente. En mi idea original, Cabo enfermaba de un resfriado común y Kowalski inventaba una medicina que lo único que hacía era empeorar su estado (en esta idea, no había dolores de cabeza ni tumor alguno, ni Cabo corría peligro de muerte por la enfermedad); pero aquí es donde las similitudes entre estas dos ideas terminan. Skipper se queda muy decepcionado de Kowalski por esto y le prohíbe volver a hacer experimentos. Una noche, Kowalski escapa para ir a Brooklyn y conseguir un químico que le falta para perfeccionar su medicina, pero es secuestrado por Espiráculo. El doctor se pone en contacto con el equipo y les dice que sólo tienen hasta tanto para venir por Kowalski; Skipper y Rico parten en una misión para salvarlo, dejando a Marlene a cargo de Cabo. Sin embargo, Cabo se entera de que Kowalski ha sido secuestrado y va tras sus amigos para ayudar.
Como verán, en mi idea original iba a aparecer Espiráculo, e incluso Kitka (los pingüinos pedían su ayuda), el alcón que secuestró a Julien y el tío Nigel. Iba a haber más acción y básicamente iba a enfocarse en como Skipper se preocupaba más en proteger a Cabo (luego de que se enterara que los había seguido) que en salvar a Kowalski, mientras Rico hacía lo contrario. Las cosas culminarían en que Skipper tenía que decidir entre salvar la vida de Cabo o la de Kowalski, y al final decidía salvar a Cabo ya que Kowalski había sido herido en la batalla final y no era probable que sobreviviera. Aun así, la historia iba a tener un final feliz ya que Kitka y el otro alcón salvarían a Kowalski.
Sí, hice muchos cambios al final. La historia también iba a ser más larga. Aun tengo los borradores de mi idea original, que describe algunas escenas. Luego les contaré como terminé haciendo todos esos cambios.
