Ehhhh hola :D

Capítulo 10, quedan com (es mucho, pero en términos de historia no es tanto... no se cómo pasó eso) y la cosa es que estoy aquí, sobre la línea para decir que posiblemente tampoco les va a gustar este.


10. AFERRARSE

Durante los tres primeros días desde el cambio de planes, Sherlock se sentó, al igual que lo había hecho hace poco más de una semana, simplemente a esperar, monitoreando cada movimiento que le pudiese dar una pista y levantándose de su asiento únicamente para revisar la lista de marcadores y antecedentes que tenía sobre la pared y se extendía por el sofá, hasta tocar los bordes de la alfombra. Nada. Todo estaba callado y tranquilo. Demasiado tranquilo.

- ¿Sabes cuál es el gran problema con el silencio, John? - Preguntó el detective durante la tarde del tercer día a su amigo, apenas alzando la voz.

- ¿Aburrido?

- No. Ese es un problema. El Gran problema es que siempre precede al caos, o a una tormenta… o a algo que desencadena un hecho inevitable… el gran problema del silencio es que no dura para siempre.

- Nada dura para siempre. - Replicó el médico y se sentó frente a él, sin que el detective notase como.

- No. - Reflexionó el hombre, luego de un largo silencio y se puso de pie, encaminándose a su habitación.

John se quedó un rato más, en silencio; acompañado de sus propias cavilaciones y de ese vacío inmenso que parecía ser la sala del 221 B de Baker Street. Y si, era odioso.

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En alguna parte de la conversación, Sherlock decidió que su espera tampoco podía durar para siempre y que quizás, había llegado el momento de hacer frente a sus obligaciones y elaborar un plan para poner a Irene a salvo, sin que eso significase necesariamente devolverla a Alemania. Nada dura para siempre.

Su duda, y la razón por la que había preferido dormir esa noche tenía que ver con el modo en que decidiría que hacer. Y hasta ese momento, su única opción era revisar la bendita memoria. Pero eso significaría, quizás, la decepción de la Mujer.

Con esos antecedentes sobre la mesa, e intentando mantenerse aferrado a su lado racional, cerró los ojos e intentó dormir.

Casi lo lograba, cuando oyó un pequeño ruido, demasiado pesado para ser los gatos de su vecina, desplazarse por el borde de su pequeño balcón. Se quedó inmóvil unos segundos, con los ojos cerrados, por lo que solo tuvo la percepción de la ventana abriéndose, y alguien entrando por ella a paso suave y cauteloso. Ella se acostó a su lado, en la cama, sobre el cobertor y se volteó hacia él, encorvándose un poco, para finalmente, meter las manos debajo de la almohada.

-Tú sabes que no deberías estar aquí. - Dijo el hombre en un susurro profundo, volteándose hacia ella para abrir los ojos y mirar a Irene de frente.

- La obediencia no es realmente lo mío. - Respondió Adler y se puso de espaldas, mirando al techo, con las manos entrelazadas sobre su vientre. - Pero no te preocupes, tomé todos los resguardos necesarios para asegurarme de que no había ningún peligro de venir.

- Bueno, si lograste salir de dónde Mycroft te tiene y venir aquí sin que nadie lo haya notado, comienzo a dudar de qué tan segura estás allí.

Irene lo miró y él alcanzó sus labios, pero cuando comenzaba a profundizar el beso, ella lo detuvo.

-No… no es que no quiera, es que…

Él la miró con detención. Las cortinas que había dejado descuidadamente entreabiertas dejaban pasar con cierto misterio las luces de la calle, por lo que Sherlock pudo, oculto en la semi-penumbra, analizarla sin que ella se diese el tiempo de poner esa pantalla que utilizaba para evitar que el detective la leyese como a todos los demás. Lucía triste y cansada. Sola. ¿Qué tan extraño ha de ser ese sentimiento para ella? Entonces, el hombre deslizó el dorso de su mano por la cara de Irene, ganándose una sonrisa melancólica en respuesta.

- Es curioso cómo estar en la mira de dos gobiernos y una organización terrorista te hace notar cuan sola estás en realidad. - Comentó ella, intentando hacer una broma. Su tono claramente no ayudaba.

- Lo sé. Pasé dos años moviéndome entre ellos para derribar la red de Moriarty.

- Si. Pero de igual forma, volviste y toda esta gente que te quiere y se preocupa por ti estaba aquí para ti… - Ella lo miró de reojo y sonrió. -No tienes idea de cuan afortunado eres, Sherlock Holmes.

- Tú también vas a volver, Irene. Te prometí que te ayudaría y…

- Si, lo sé. - Interrumpió ella con suavidad. - Y lo agradezco. Pero ambos sabemos que tú me vas a ayudar a volver, a sentarme quizás en una mesa con él a hablar sobre lo que ha pasado y… lo que pase después de eso no está a mi alcance.

- De todas formas, no estás sola. - Dijo él y se recostó sobre su espalda para intentar ver qué le parecía tan interesante a ella sobre el techo, por lo que se perdió la sonrisa que emanó de sus labios tras esa declaración.

- Háblame de ti. De lo que ha pasado en el último tiempo. - Sugirió Adler, intentando alivianar el ambiente y tratar de sacarse todas las ideas oscuras de encima.

- ¿En el último tiempo? Nada… Mucho… Aprendí mucho sobre mí mismo. - Replicó el hombre y soltó una ligera y pequeña risa - Supongo que ahora estamos a mano.

- ¿De qué hablas? - Preguntó ella, sin entender a qué se refería.

- Ya no sabes todo sobre mí. - Giró la cabeza para mirarla y agregar con gracia: - Aun conservamos el misterio, señora Adler.

Irene sonrió coqueta y el hombre se mordió el labio inferior para mirar al techo. No todo tenía que ser sobre pensar o analizar y quizás esa misma idea de dejar todo ir lo ayudaría a decidir qué hacer respecto al caso que aun tenía sobre la mesa.

- Eso se puede solucionar esta noche, señor Holmes. -Dijo ella coqueta. - ¿Te apetece jugar? - Y se volteó, apoyando el codo sobre la almohada y su mejilla en la palma de su mano.

- Bien, pero me apego a mi derecho de abstenerme de responder cualquier cosa cuyo contenido me parezca irrelevante.

- Está bien. Oh, por dios… tengo la oportunidad de mi vida y no se me ocurre una miserable pregunta. -Dijo ella y se echó a reír.

- Ok. Entonces supongo que yo comienzo. - Sugirió el hombre, tomando el control de una situación que comenzaba a írsele de las manos. - Veamos… Además del señor secretario nuclear, ¿te has enamorado?

- Si. - Contestó ella, con seriedad, pero agregó una pequeña sonrisa. - Tú sabes que sí.

- Es como el detector de mentiras, tengo que hacer una pregunta de cotejo antes. - Se excuso el hombre.

- Podrías haber preguntado por mi edad. - Insinuó ella, arqueando una ceja.

- ¿Si sabes que no soy un maldito telépata, verdad? - Inquirió él, con gracia.

- Ok. Supongo que es mi turno… ¿Qué hay sobre ti? Me refiero a que, ¿has…? Alguna vez - Hizo un gesto de exageración con su mano libre y rodó los ojos en esa parte de la pregunta. - ¿Has estado enamorado?

- No lo sé. - Contestó él, mirándola de forma honesta.

- Esa chica con la que saliste, la asistente de Magnussen… ¿te gustó de verdad o fueron sólo fríos negocios?

- Se supone que es mi turno.

- Responde la maldita pregunta.

- No suelo mezclar trabajos con asuntos personales y ella era parte de mi trabajo. - Replicó él, en tono calculador. - Por supuesto, siempre hay excepciones a la regla general.

- Todo apunta a que sí. - Contestó ella, alagada. - Pero… ¿Qué tan lejos llegó…? Y no me refiero a lo físico, ambos sabemos que… - Irene bajó la mirada y sonrió nostálgica. - Hablo de emociones.

- Bueno, de hecho, le propuse matrimonio, y a juzgar por su expresión inicial, iba a decir que sí.

- Una proposición de matrimonio no es más que un gesto vacío si no hay algo genuino detrás de ella.

- Cómo ocultar secretos nucleares. - Ejemplificó el detective, punzante.

- Por ejemplo. - Irene sonrió, sabiendo lo que él intentaba decir, sin embargo, aun tenía elementos para salir de la encrucijada. - Es que le doy vueltas en mi cabeza y me pregunto cómo es que ella no se dio cuenta… y me asusta pensar en qué tan convincente puedes llegar hacer… me pregunto… ¿alguna vez se lo dijiste…? ¿Le dijiste… hablaste de… sentimientos?

- Pregunta sin miedo. No me voy a paralizar porque dices esas palabras. Hay contexto, recuérdalo. -Animó el detective.

- ¿Alguna vez le dijiste te amo? - Preguntó Irene, sintiéndose incómoda de todas maneras.

- No a ella, pero sí. - Respondió él a gran velocidad y antes de que la mujer pudiese hilar otra frase él estaba hablando. -¿Qué hay sobre ti? Todo el drama de la gran confesión de amor ¿fue por la tensión del caso o porque es primera vez que verbalizas tus sentimientos por alguien?

- Si. Si se lo había dicho. A él y… si, puede ser que a un par de personas ¿Quién se acuerda de todos modos? Lo he dicho más veces de lo que lo he sentido, pero si. ¿Cómo vamos por tu lado? A esa persona... asumo que en esa única oportunidad… ¿Lo sentías?

- No lo sé. - Replicó él con los ojos clavados en el techo.

- ¿A quién…?

Irene no alcanzó a terminar la pregunta porque Sherlock la retuvo, con dos dedos sobre sus labios. Entonces, ella se dio cuenta de lo que ocurría y también comenzó a prestar atención a lo que se distinguía detrás de la puerta de la habitación. Pasos. Pasos sigilosos, como si tratasen de ocultar su presencia, pero en ese momento, tocaron a la puerta de Holmes.

- ¿Sherlock? - El susurro firme del doctor Watson apagó una alerta e inició otra.

El detective sabía que su compañero de piso tenía razones de sobra para suponer que estuviese haciendo algo inadecuado y por otro lado, no estaba tan seguro de que tan bien visto sería lo que estaba haciendo en realidad. El hecho es que dentro de los siguientes diez segundos, John volvería a tocar, esperaría otros tres y abriría la puerta para verificar que todo estuviese en orden; Sherlock le hizo un gesto a Irene y le señaló que se pusiese de pie frente al armario, de tal forma de que la puerta la cubriese cuando fuese abierta.

Adler se ubicó y dos segundos después, John tocó a la puerta; y antes de que el doctor pudiese empujarla, Sherlock la abrió.

- ¿Todo bien? - Preguntó Watson, extrañado.

- Si, si. Bien. ¿Tú? - Cuestionó, tratando de parecer dormido.

- Si, todo en orden. Es solo que… oí ruidos… tu hablando… ¿Seguro que está todo bien?

- Absolutamente. Ya sabes, quizás hablaba dormido. Resolver el caso, lo tengo, no hay problema, en serio.

- Bien. Bueno. Descansa, buenas noches Sherlock.

- Buenas noches, John.

El detective cerró la puerta y se quedó apoyado en ella hasta que el andar de John, desde el cuarto del detective a la cocina, de ahí una vuelta por la sala y de ahí, finalmente a su habitación, desapareció por completo. Entonces, se volvió a concentrar en Irene.

Se paró frente a ella, y esta vez si la analizó, mirándola de pies a cabeza… había algo distinto, y sin saber por qué, lo vinculaba a esa cosa que ella no le había dicho.

- Debería irme - Susurró ella, sin ningún tipo de convicción en sus palabras.

- No, no… John no volverá a interrumpir.

- Tú sabes que no debería… no deberíamos estar aquí, Sherlock.

El detective entendía lo que ella estaba haciendo. Convencerlo de ser él quien buscase excusas para marcharse, pero no. No ahora que estaba por fin, un paso delante de la situación.

- No es como que el mundo se vaya a acabar porque te quedas una noche más conmigo, Irene Adler. - Afirmó él y dibujó la mejilla de La Mujer con sus dedos.

- No, pero… ¿Lo sabes verdad? Dime que sí. - Solicitó Irene, casi suplicante.

- ¿Saber qué?

Ella sonrió. Expulsó una gran cantidad de aire y miró al detective, mientras apoyaba su brazo en el hombro de Holmes, para tener mejor acceso a su cabello, el que acarició con delicadeza, mientras explicaba:

- Que a pesar de este acuerdo implícito entre nosotros, no podemos aferrarnos, querido. Que todo eso que la gente dice sobre los amores eternos y los finales felices; sobre las almas gemelas es en el mejor de los casos, basura barata para vender a buen precio. En el peor, la mentira más cruel de la historia de la humanidad. Y que, incluso si eso fuese real, una parte de ello fuese real, está lejos de nuestro alcance. - Se detuvo y contempló su expresión estoica pero forzada, con los labios apretados, relajó un poco el agarre de su cabello y comenzó a hacer círculos en su cuero cabelludo. - Que nosotros no vamos a conseguir más que esto. Que incluso hablar de amor es absurdo y completamente fuera de lugar… incluso, si tenemos mucha pero mucha suerte, vamos a terminar de vez en cuando en un pequeño hotel, de algún pueblito que ni siquiera aparece en los mapas, de un país que ha cambiado de nombre tantas veces que ni nosotros sabremos exactamente dónde estamos. Y que incluso eso va a terminar terriblemente mal. Nada dura para siempre, Sherlock.

Silencio.

- Pero quédate de todos modos.

No esperó una respuesta. Ella no tenía más que decir que la sonrisa infantil que emanó de sus labios ante tan escueta frase. Y la besó. Se besaron; como si ella hubiese estado esperando ser interrumpida por ese beso.

Bueno, si lo que oculta tiene que ver con su cuerpo, alguien debería revisar.

Sherlock abandonó los labios de la Mujer para dirigirse a su cuello y luego, delinear su clavícula entre sus dientes, mientras sus dedos, casi con vida propia se abrían paso, con agilidad pero sin prisa por los botones de la blusa de Irene, que cedían sin problemas. Holmes comenzó a bajar con sus labios también, mientras los dedos de Adler volvían a su cabello, desordenándolo aun más. El detective estaba prácticamente de rodillas, cuando sus manos delineaban el borde del pantalón negro de La Mujer y su boca se deslizó hasta ese sitio, dándose cuenta por fin de la pieza faltante de su puzle. El hombre deslizó sus pulgares, desde las caderas hasta el centro del vientre, hasta que consiguió su atención. Se miraron en silencio.

- No puedes decirle a nadie.

Él no contestó, solo dejó un beso sobre su ombligo y desabotonó el pantalón, para luego arrastrar en un solo movimiento la prenda y la ropa interior de Irene. Se aseguró de remover la ropa de una pierna por completo, con zapato de tacón incluido y ella se apoyó en su hombro, mientras Holmes besaba la cara interior de su muslo y seguía avanzando, hasta que su lengua hizo contacto con su entrada y ella tuvo que retener su gemido. Sherlock se ayudó de sus pulgares para encontrar los puntos sensibles de la mujer, y una vez que los hubo identificado, sus manos se dedicaron a masajear sus caderas, mientras él atendía con especial dedicación cada uno de ellos.

Irene no sabía qué hacer con sus manos. Jalaba el cabello del detective, intentaba aferrarse a las puertas del armario y rasguñaba la superficie de madera, buscando soporte. Su pecho subía y bajaba de forma exagerada y mordía tan fuerte sus labios que creyó sentir el sabor a sangre emanando de ellos. Finalmente, cuando llegó al orgasmo, abrió la boca lo más que podía y dejó salir un gemido que posiblemente, fue oído fuera de las paredes de ese cuarto.

Holmes bajó la pierna de Irene de su hombro y se limpió con el dorso de la mano, pero en vez de alejarse de Adler, se puso de pie, rozando su piel y la recogió por la espalda baja, ayudándose de su poco peso para levantarla. En el transcurso a la cama los pantalones de la Mujer se cayeron por completo y ella rió incrédula. Sherlock la dejó sobre el lecho y se puso de rodillas frente a ella, para quitarse la camiseta de su pijama. Ella sonrió lasciva y deslizó las manos por el torso del hombre, hasta alcanzar su cuello y atraerlo hasta su cuerpo. Él deslizó su pantalón y bóxer hasta una altura adecuada y entró con cuidado. Irene podría haberlo apresurado; cambiar la posición y tomar el control, después de todo, esa era su área. Podría haberlo arañado exigiendo más fuerza, sin embargo, enganchó las piernas a las caderas de Holmes y se dejó llevar a su voluntad.

Y quizás si había cierta necesidad en los besos, y tal vez en el jugueteo de no saber qué hacer con el resto de sus cuerpos, sus manos se entrelazaron por un instante.

Cuando estaban a punto de terminar, Irene se colgó del hombro de Sherlock con un brazo y aprisionó la cintura del hombre con el otro, enterrando sus uñas en su costado, mientras sus piernas se apretaban más y más en torno a las caderas del hombre que apoyó su frente en la de la Mujer al acabar, dándose cuenta que tenía que moverse un poco más, entonces, apartó la cabeza y la vio arquear su cuerpo un poco, mientras de sus labios esta vez, emanaba un sonido sordo; un suspiro que fácilmente pudo haber sido fingido, pero él sabía que no, porque incluso él había sido capaz de sentir su orgasmo. Y había sido uno bueno.

Irene cerró los ojos y se mantuvo en la misma posición, sin permitirle a Holmes moverse al costado, buscó sus labios por inercia y lo besó, y cuando la respiración le comenzaba a fallar; se aferró a él tanto como pudo, apretándolo contra su cuerpo, como si no quisiese que el momento terminase nunca; como si quisiese que todo lo que había dicho fuese mentira.

El hombre se movió despacio a su costado y ella, aun abrazándolo (aunque había dejado sus caderas ir) giró con él. Abrió los ojos cuando finalmente lo soltó y lo miró por un largo rato. Hasta que él cerró los ojos y ella pudo asegurarse de que estaba completamente dormido. Entonces, se marcho.

Después de todo, nada dura para siempre.